Capítulo 1
13 de julio de 2026, 1:04
Ånyr siempre ha sido más silencioso que Fėssam. Los pequeños copos de nieve danzaban en el aire helado, girando lentamente en unas espirales asimétricas, cayendo una sobre la otra como bailarinas exhaustas. Las estrellas lejanas cortaban la oscuridad del cielo nocturno, guiñando de vez en cuando. La luna clareaba el paisaje ligeramente haciendo brillar tenuemente la nieve, como si la madre Invierno derramara sus lágrimas que se cuajaban en joyas.
Los ventisqueros crujían bajo los pies de la niña, como si estuvieran quejándose por la perturbación inesperada de la paz. Måjja caminaba hacia el claro con determinación arrastrando trineos viejos, de color desgastado y pálido, a sus espaldas. El óxido, el hijo del descuido continuo, teñía el blanco del suelo con un leve polvo anaranjado. Los abetos y pinos oscuros, encorvados bajo la sábana nevada en sus ramas parecían apartarse ante ella.
Poco después el claro finalmente apareció entre los arbustos desnudos y dormidos. Måjja golpeó dos ramas más bajas y las pequeñas florecitas violetas tintinearon abriéndose paso entre la nieve como si se estremecieran tras un largo sueño otoñal.
—¡Ōfūgl! —la voz clara de la niña subió sobre los abetos y pinos, y decenas de pares de ojos amarillentos y rojizos de diferentes tamaños aparecieron en la oscuridad bajo las ramas parpadeando perezosamente—. Ya estoy aquí.
—¿Y qué me traes? —la respuesta llegó en el susurro, las vocales guturales arrastrándose como si fueran unas piedras que el río removía por el fondo.
—He encontrado algo —Måjja alzó la mano mostrándole pequeñas cristalitas iridiscentes de rojo intenso a negro profundo—. Nunca las he visto de este color.
La criatura se cayó del hueco en el abeto sin perturbar la nieve en las ramas y sigilosamente se deslizó sobre los ventisqueros evitando chasquearlos, acercándose. De la masa gris e informe de repente fluyó una cabeza pequeña felina, sin orejas, sobre un cuello delgado y largo. Quedó suspendida ligeramente sobre la palma abierta de la niña. De algún lugar entre los árboles se oyó un grito agudo. Era una llamada de los pájaros para repartir la cacería.
Ōfūgl seguía flotando, sus ojos anaranjados fijos en las piedritas sin parpadear. Analizaba.
—Está mal —finalmente retumbó él y bajó la cabeza cubriendo las cristalitas por un segundo. Cuando la levantó, estas desaparecieron sin rastro como si nunca estuvieran. La niña sintió ligera frescura en la mano.
—Sentí algo raro, por eso las traje —ella se encogió de hombros y se sentó sobre los trineos apoyando la cabeza en las palmas, los codos hundiéndose en las rodillas—. Pero eran bonitas —suspiró, su voz sonaba con una pena genuina.
La criatura la miró desde el suelo, reuniéndose de nuevo en una mancha casi imperceptible sobre la nieve bajo la luz gris de la luna.
—Están mal —repitió como si esto explicara todo—. Incorrectas. Huelen mal.
Måjja no entendía mucho de magia ni de cómo sus seres la sentían o usaban, solo sabía que ellos eran expertos. Miró la palma vacía sintiendo el nudo en la garganta, cerró los dedos metiendo la mano en el mitón caliente y se encogió un poco, frunciendo el ceño. Ella quiso mostrar las piedritas raras a sus padres y hermanito. Y nada era mejor que presumir que en la víspera de Ånyr pudo encontrar algo de lo que solo había leído en los libros de historia viejos y polvorientes. Pero ahora no estaban.
Pequeños copos de nieve danzantes que aún flotaban en el aire, asentándose, de repente adquirieron un resplandor suave iridiscente, reflejándose de sus hermanos caídos en el suelo con los diminutos arcoíris.
Auroras boreales.
La niña y la criatura levantaron las miradas al cielo donde aparecían los colores, como si alguien estuviera pasando con una aguja dejando el hilotornasolado como un rastro fugaz. Azul, verde, celeste, violeta bailaban en espirales infinitas escondiendo las estrellas tímidas, perdiéndose en la bóveda celeste.
—Estas están bien —interrumpió el silencio Ōfūgl y salió disparado hacia arriba como un resorte.
Una estela pálida atravesó la oscuridad nocturna llegando hacia una llama de aurora más brillante y se desplomó bruscamente, haciendo que Måjja saltara de los trineos con el corazón en puño de miedo. Ni un sonido logró escapar de sus labios, el hilo resplandeciente del fuego celestial se derrumbaba en cascada, como si alguien decidiera descoser el bordado recién ornamentado.
—¡Ōfūgl! —su voz temblaba en los bordes. ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si se había lastimado? Ella no sabía si debía correr o buscar la ayuda—. ¿Estás bien?
El silencio ensordecedor cayó al claro, interrumpido solo por el susurro casi imperceptible de los copos al estrellarse contra los ventisqueros que lentamente perdían su brillo iridiscente. Pero antes de que la niña siquiera pudiera moverse, la criatura apareció entre los abetos esquivándolos con maestría.
Ōfūgl voló alrededor de Måjja tirando las olas frías de la nieve polvo, flotando más arriba con cada giro. En su pico él tenía agarrado un hilo que interminablemente cambiaba colores de verde a azul, a blanco, a violeta, a rojo y de nuevo a verde. Era aurora boreal sacada del cielo, arrastrada en espirales alrededor de la niña, como si fuera una burbuja coloreada, resplandeciente y mágica que la dejaba boquiabierta por su belleza. Måjja aplaudía y saltaba en el mismo lugar. La luz se reflejaba en sus ojos abiertos de par en par, y su risa se derramaba por el claro elevándose hacia el cielo salpicado de estrellas que guiñaban con suavidad.
La criatura aterrizó en un ventisquero haciéndolo explotar en millones de pequeñas partículas, como una nube, cubriendo a Måjja por completo. Ella rió aún más sacudiéndose y dejándose caer en los trineos de nuevo.
—¡Ōfūgl, es maravilloso! —la voz llena de pura alegría infantil resonó en el aire; los fragmentos caídos de la llama celestial en el suelo titinearon por un momento—. Nunca he visto nada igual, ¡ni siquiera el maestro Hēlvrîe ha hecho eso!
Ōfūgl no respondió, solo agitó su cuerpo informe como si estuviera enrollando las auroras en un ovillo. Los hilos sueltos se convertían en una piedra ovalada, sólida que guardaba todos los colores que antes habían tejido en la bóveda celeste.
—Para presumir —la criatura alargó el cristal recién hecho y resplandeciente hacia la niña—. Es mejor.
—Pero no lo encontré yo —dudó ella todavía sin atreverse a tocar—. En Ånur el regalo para la familia es algo que está hecho o encontrado por mí —en su voz sonaba una pena genuina mezclada con el deseo de llevar el milagro consigo.
—El fuego celestial lo encontraste tú; yo solo lo bajé. Es tuyo —Ōfūgl con cuidado colocó la piedra en la mano de ella y se retiró un poco en la sombra de una rama cercana—. Ve a tu familia, te esperan.
Måjja sintió la calidez en la piel, como si el milagro de verdad contuviera en su interior un fuego y lo apretó con reverencia contra el pecho, justo sobre el corazón que latía con más fuerza. Ahora ella tenía algo que regalar, y era aún mejor de lo que había recogido antes. Nadie en su pequeño pueblo podía decir que tenía auroras boreales en casa, ¡nadie!
—Gracias —susurró la niña sabiendo que Ōfūgl la escuchaba y no importa que ella no lo vea. Tomó los trineos por la soga y corrió hacia atrás, hacia la luz de la casa.
Se acababa la nevada, y el año nuevo pisaba la tierra trayendo consigo los cambios que nadie esperaba.