Sexo Amateur | MiTake

Gen
G
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planificada Mini, escritos 8 páginas, 4.567 palabras, 1 capítulo
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Capítulo Único

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Advertencia: contenido sexual explícito. Si eres menor de edad lees bajo tu propio riesgo.

***

Línea temporal actual en el futuro, donde Bonten controla el mundo de las mafias y Mikey es su líder. Y en donde todos son mayores de edad

.

No había transcurrido más de una semana desde la muerte de Kisaki. Takemichi se había tomado unos pocos días en el pasado, antes de regresar al futuro definitivo, para reflexionar un poco respecto a todo lo que había sucedido. Le había caído como un balde de agua el hecho de que Kisaki Tetta ya no estaba; se sentía tranquilo sin dudas, porque su muerte significaba que la vida de Hina, y de todos aquellos a los que quería, estarían a salvo en el futuro. Estaba feliz en cierta forma, porque a su manera había podido salvarlos a todos. O casi. Pensar por un momento en Baji muriendo en sus brazos, o en las últimas palabras que Emma le había dirigido, hizo que unas cuantas lágrimas comenzaran a deslizarse por sus mejillas. Hanagaki se deshizo de ellas de inmediato, había llorado demasiado durante los últimos días, recordando que ya todo estaba bien a su manera; no quería derramar más llanto del que había derramado ya. Sin embargo era imposible no llorar a estas alturas. Pensar en todos a los que no había podido salvar, en cada batalla que pudo haber evitado si tan sólo hubiese actuado antes, pensar en las vidas que se habían perdido y que aquellas tragedias podrían haberse evitado. Pensaba demasiado en todo; principalmente en la idea, de que la sola existencia de Kisaki había arruinado muchas vidas, y acabado con algunas incluso. Había arruinado sus futuros; el de Hina, el de Baji-san, el todo TouMan. Y él, Hanagaki Takemichi, un virgen de veintiséis años y fracasado, lo había evitado. ¿Eso lo convertía en un héroe, tal vez? Volvió a llorar al pensar en ello. Una mano sobre su hombro hizo que volteara, con los ojos cristalinos y una expresión entremezclada de tristeza y felicidad. —Nunca vas a dejar de llorar, ¿eh? —inquirió Mikey, mirándolo. El invencible líder de TouMan le había solicitado a él y a Draken que lo acompañaran a casa, después de haberle comunicado a los miembros de la pandilla que ésta misma sería disuelta. Sin embargo, Draken había dejado claro que esta vez no podría acompañarlo, pues tenía que terminar unos cuantos trabajos de la escuela, y hacer algunos mandados para las chicas en el burdel. Así que ahí estaban ellos dos, solos en medio de la noche, acompañados únicamente de la luz lunar y las farolas de la calle que alumbraban su caminar, mientras se dirigían sin prisa a la casa de Mikey; que por lo que Hanagaki recordaba, quedaba a pocas calles se ahí. El héroe llorón volvió a limpiar las gotas saladas en su rostro y esbozó una sonrisa. —Lo siento —sollozó—, es sólo que... pienso en todo que pasó estos días. La muerte de Baji-san, lo que le pasó a Emma-chan... ellos... —Ya no pienses en eso —lo interrumpió Manjiro, caminando a su lado—. Ellos murieron por ti, para que hicieras lo que tenías que hacer. Si estuvieran aquí, probablemente serías su héroe. Héroe. Había decidido que esa palabra le gustaba. —También eres el héroe de TouMan —agregó el rubio, que ahora que lo notaba Takemichi, era apenas un par de centímetros más bajo que él—. Y el mío. —¿Eh? —volteó a verlo con sorpresa, asombrado de lo último que había dicho. —Eres mi héroe, Takemichi. Mikey le devolvió la mirada. Fue en aquel instante en que Hanagaki se percató de la escasa distancia que se interponía entre ellos, entre sus cuerpos y sus rostros. Los dos centímetros que él superaba en altura a Mikey se hicieron más notorios de pronto, y el brillo indescifrable en las pupilas del invencible ex líder de TouMan deslumbró por un momento la mente del viajero del tiempo. El aliento fresco de Manjiro le perforó el rostro. Takemichi miró su pequeña boca por un momento, el más bajo hizo lo mismo con él casi al mismo tiempo; y de pronto, como una sorpresa helada, la distancia que parecía separarlos se deshizo. Cuando los labios finos del rubio rozaron los suyos, y una suave corriente estática se esparció por cada célula de su cuerpo. Cuando la boca del más bajo atrapó la suya por sorpresa, y por unos breves segundos compartió su aliento en las fauces de un perdido Hanagaki. Volvió en sí de inmediato cuando Mikey se separó de él. Lo que había pasado le cayó como un balde de agua fría. Sano Manjiro lo había besado. Apenas había sido un gesto vago y fugaz, pero lo había hecho; y el propio Takemichi prácticamente le había correspondido. El beso le había gustado, de alguna forma. Se despidió de él con un tímido saludo de manos, al que Mikey correspondió con una amplia sonrisa, como si nada había pasado entre ellos hacía menos de diez segundos. E inmediatamente corrió en dirección a la casa de Tachibana, dispuesto a regresar al futuro, y con la sangre acumulada en sus mejillas teñidas de un tierno rosado. Se sentía extraño mientras trotaba bajo la noche; el efímero contacto de los labios de Mikey con los suyos había sembrado una serie de vibraciones dulces en sus entrañas que permanecían, y un ligero cosquilleo que todavía le acariciaba el estómago. No sabía qué era aquello que sentía, pero intuía que tendría consecuencias a futuro. Al mismo al que iría en breve. Tocó la puerta del departamento de Hina y respiró agitado, trotar más de cinco calles definitivamente no era lo suyo. Pero el alivio y el oxígeno le regresaron al cuerpo cuando ella le abrió y le saludó con besos en las mejillas y comisuras, un gesto al que se había vuelto aficionada tras la muerte de Kisaki. Takemichi tan sólo rió, con la sensación eléctrica pulsando aún en su boca. —¿Está Naoto? —preguntó, y Tachibana lo llamó en respuesta afirmativa. Cuando el chico apareció en el umbral de la puerta, con una expresión de hastío en él, Hanagaki Takemichi hizo lo mismo de las últimas veces: extendió su mano y se presentó pese a que ya lo conocía casi de memoria, esperando a que el joven Naoto le devolviera el gesto; que fue exactamente lo que hizo. Y cuando sus manos se juntaron, el pasado se desdibujó a su alrededor y se pintó de negro por un momento, mientras una fuerza extraña a la que aún no podía darle nombre lo halaba hacia el futuro. Que en segundos comenzaba a tomar color. Cuando recuperó la conciencia, lo primero que percibió fue un sonido peculiar. Saliva deslizándose por alguna superficie, una sinfonía semejante a los sonidos obscenos que había escuchado algunas veces en películas con escenas para mayores de edad. La segunda sensación que le invadió el cuerpo, fue la de calor; un cúmulo caliente que se arremolinaba en su entrepierna, y que se deslizaba también por su vientre bajo, mordiéndole las entrañas. Lo tercero que sintió, fue placer. Y la sangre acumulada en su ingle, acompañada a una melodía de sonidos obscenos y la fuerte sensación de urgencia; el calor, entremezclado con la satisfacción justo en su propio pene, podría jurar. Abrió los ojos como platos al caer de pronto en la cuenta de lo que estaba pasando, y con las mejillas calientes miró hacia su entrepierna. Allí observó una mata de cabello blanco, que se movía de arriba abajo sobre lo que ahora estaba seguro, era su propio miembro. La saliva que había creído oír, no era menos que una boca ajena deslizándose sobre su falo, engulliendo más de la mitad entre sus fauces, humedeciéndole la piel sensible. Takemichi pudo sentir una lengua trazar círculos sobre el glande, y una oleada de calor que comenzó a recorrerle con violencia cada músculo. Dejó escapar un pequeño gemido. Inmediatamente se mordió el labio inferior. Un par de ojos negros lo miraron; Hanagaki habría reconocido aquel brillito indescifrable en ellos incluso en mil años más, tan sólo hacía unos minutos -para él- se había despedido del chico que los portaba. Él se apartó algunos mechones blancos, y el que ahora era un adulto pudo ver mejor cómo hacía el trabajo: los labios finos de Mikey se movían ansiosos sobre su erección caliente, trazando un vaivén apresurado; su lengua se deslizaba sobre el glande, bebiéndose la gota salada del pre semen. El ambiente se llenó en milisegundo, de toda clase de sonidos obscenos. Las sensaciones eléctricas que Takemichi había sentido sobre sus labios hacía sólo unos minutos regresaron a él, esta vez con mayor intensidad, recorriendo todos sus músculos hasta picotearle los huesos. Vislumbró también la mano delgada de Mikey, moviéndose sobre el resto del miembro que no parecía caber en su pequeña boca; recorría al menos desde la mitad del órgano hasta la base con sus dedos, las gotas de saliva que escurrían por su pene brillaban, y la extremidad pálida del de cabello blanco las extendía por el resto del falo. El pelinegro había crecido con complejos respecto a su tamaño, sentía que no había sido dotado con un gigantesco tamaño a su parecer, y sabía que tampoco había aprendido a sacarle provecho a lo suyo. Sin embargo, ver aquella escena de los labios finos y húmedos del propio Manjiro desenvolverse justo sobre su pene, le hacía hervir la piel y la carne. Definitivamente el sexo oral le gustaba, al menos en los pocos segundos que llevaba sintiéndolo. Sin embargo, cayó en la cuenta por segunda vez, de lo que estaba sucediendo. Manjiro Sano, haciéndole una felación sin el más mínimo sentimiento reflejado en sus ojos, salvo la lujuria desenvuelta del momento. Takemichi se percató mirando a su alrededor, de que al menos estaban completamente solos en una habitación pequeña y desconocida; esperaba que estuviera cerrada con llave y pestillo. —Mikey-kun... —jadeó, su cerebro estaba frito y sus cuerdas vocales apenas respondían. No sabía si era que nunca había experimentado algo similar más que con su propia mano, pero la situación le estaba desarmando la razón. Jadeó de nuevo y se retorció bajo la boca de Manjiro cuando éste tomó uno de sus sensíbles testículos y lo estrujó, otra corriente estática serpenteó con dulzura en la carne del pelinegro. —¿Qué pasa, Takemichi? —inquirió el de cabello blanco cuando separó su boca del miembro erecto— ¿Esto ya no te gusta acaso? —N-no es eso, Mikey-kun —respondió Hanagaki, una de las manos de Manjiro no dejaba de masturbar su órgano sexual, y la otra frotaba y apretaba deliciosamente su testículo—. ¿Qué pasó? ¿Por qué... por qué estamos así? —habló como pudo, mirando en todas direcciones, en busca de algo que le brindara alguna respuesta. Sólo se encontró con muros grises y la puerta oxidada. —Porque tú querías esto —respondió el más bajo. —¿Qué? Mikey observó al pelinegro un par de segundos más mientras estimulaba su miembro, y pareció de inmediato haber comprendido su situación. —Acabas de venir del pasado ¿no? —el pelinegro asintió, hecho un amasijo de suaves jadeos y confusión—. Déjame ponerte un poco en contexto entonces. La extremidad sobre el falo fue reemplazada por la lengua de Manjiro, deslizó el músculo desde la base hacia la punta, llenando el miembro de su saliva. Takemichi no apartó su vista de la obra de arte que el ex líder de TouMan le ofrecía, y dejó escapar otro gemido. —Llevamos haciendo esto por lo menos once años —agregó Mikey. Su mano libre se posó sobre la parte baja del abdomen desnudo del pelinegro, en aquel instante Hanagaki se percató de su total desnudez, y de la única prenda que el de cabello blanco vestía: no era más que una camiseta negra, que parecía quedarle bastante grande. No le tomó demasiada importancia; todo en lo que podía pensar ahora, era en la lengua que dibujaba círculos sobre la punta de su pene, volviéndolo un cúmulo de calor y satisfacción. Cuando sintió el instinto de tomar a Mikey del cabello y coger su boca a su ritmo, se dió cuenta de que no podía mover las manos. Estaban atadas, en el respaldo de la cama; volteó a ver las ataduras, un trozo de tela oscura lo amarraba de las muñecas al tubo oxidado que funcionaba como respaldo, y la fricción que había ejercido previamente sobre la tela le había enrojecido la piel de las muñecas. Maldición. Se sentía confundido e insatisfecho, porque no sabía cómo había llegado a aquella situación; y a la vez sentía placer, y la urgencia de coger la boca o el trasero del chico frente a él. ¡Por Dios ¿En qué estaba pensando?! —Esto suele gustarte —habló Manjiro, continuando el vaivén sobre el falo, con la mano que hace milisegundos frotaba su escroto—, te gusta que use mi boca en tu verga. ¿Mikey-kun, qué cosas dices? No podía hablar con claridad. Las manos de Mikey se separaron de su piel, comenzó a deslizar su cuerpo como una culebra por la carne caliente de su abdomen desnudo, hasta que los rostros de ambos quedaron frente a frente; la fricción de la tela de la camiseta, mezclada con el olor, la cercanía y el calor de la piel del más bajo, le nublaron la mente. Se retorció bajo las extremidades del de cabello blanco; movió sus caderas en busca de más contacto, la punta del pene rozó apenas un poco de la carne del contrario. Mikey no mostraba expresión alguna. El pelinegro notó las bolsas bajo sus ojos y la sombra que las cubría; lucía cansado y completamente serio, salvo por el pequeño sonrojo salpicado en sus mejillas blancas. Los labios finos estaban húmedos, minúsculas gotas de saliva y pre semen le brillaban como perlas en las comisuras. Deslizó su vista hacia su cuello fino, decorado de marcas moradas que probablemente él mismo había causado, y luego quiso ver más allá del pedazo de tela. Era una maldita obra de arte. —¿Quieres que me lo quite? —inquirió Sano, su aliento a menta le acarició la nariz a Takemichi— ¿Quieres comerme con los ojos, Takemichi? Dímelo. Takemichi no se sentía en condiciones de hablar. Aún así, asintió como pudo, el aire le hizo falta por un momento. —¿Qué vas a hacer a cambio? No te mostraré nada gratis. No sabía qué decirle, no tenía idea de qué era lo que Mikey quería que hiciera. Recordó que hacía tan sólo minutos, ambos se encontraban caminando hacia la residencia Sano, hablando en medio de la noche. Recordó los labios de Mikey sobre los suyos, un suave roce que dejó su vientre bailoteando y la cabeza dándole vueltas. Recordó que corrió a la casa de Naoto en pos de regresar al futuro, tomó su mano y saltó en el tiempo. Y luego, aquí estaba. Habiendo despertado con la boca de alguien más sobre su pene, completamente desnudo y al parecer, dispuesto. Excitado, ansioso, deseoso. Doce años eran los que no recordaba, y según lo dicho por el propio Mikey, eran once los años que llevaban teniendo aquel tipo de contacto, al parecer. Quería recordar, rememorar todas esas veces que habían hecho el amor; pero sabía que en muchas ocasiones, nunca lograba recuperar las memorias perdidas. Quería respuestas. Pero primero, quería acallar el calor que pulsaba en todo su cuerpo. —Mikey-kun —gimió—, ¿q-qué quieres que haga? —gesticuló como pudo, con la sangre acumulada en las mejillas; el de cabello blanco le acarició la cabeza. Acomodó su cuerpo y depositó parte de su peso sobre el pecho de Takemichi, recargando el resto de su cuerpo sobre sus rodillas, una a cada lado del torso del pelinegro. Él se percató del miembro erecto bajo la prenda oscura, una pequeña gota de pre semen en la punta hacía brillar la tela negra. Mikey acercó el órgano al rostro de Hanagaki y retiró la tela, sólo entonces él deleitó sus ojos con el miembro que casi le acariciaba los labios. Respiró con dificultad, y como un movimiento automático abrió ligeramente la boca. —Takemichi —la voz de Manjiro lo hizo voltear a verlo a los ojos—, chúpamela —ordenó. No estaba en posición de desobedecer, tampoco quería hacerlo. Abrió su boca todo lo que pudo, el de cabello blanco no perdió tiempo e introdujo hasta la mitad, su erección dentro de sus fauces. Takemichi se sintió extraño por un momento; el sabor salado le acariciaba la lengua, y se le hacía ligeramente familiar la sensación de un pene llenando su boca. Entendió que eso ya lo había hecho antes. Mikey comenzó a mover sus caderas a un ritmo rápido y seguro, metiendo y sacando la mitad del miembro. Takemichi no podía hacer mucho, más que mover apenas la lengua sobre el glande y sus labios sobre el falo, que se humedecía con su propia saliva. Los dedos del ex líder de TouMan se enredaban en sus hebras azabache, y lo guiaban también al ritmo veloz deseado por él. Toda clase de sonidos obscenos brotaron de las fauces de Hanagaki, que se sentía caliente y ansioso. Gemía y jadeaba, únicamente era ahogado por el pene de Manjiro Sano, entrando y saliendo de su boca como el otro quería; escuchaba su saliva humectar el miembro, y aquellos sonidos sólo lo ponían más duro. Movía también sus caderas en vano, anhelando más contacto con su pene, que era recibido únicamente por el aire viciado y caluroso de la habitación. Forcejeó contra sus ataduras inútilmente, quería tocar a Mikey, o en su defecto que él lo tocara; como fuese, necesitaba más contacto, algo que le calmara la sensación calurosa y las corrientes estáticas que le calaban hasta los huesos. Once años, once largos años de hacer esa clase de cosas. Once años de haber tenido relaciones con el propio Mikey, once años de recuerdos que no regresaban, y que Takemichi dudaba que alguna vez volvieran a él. Ni siquiera atisbaba a comprender por qué era Mikey y no Hina, o quizás Emma, o alguna otra mujer; por qué un hombre, y por qué en específico el antiguo líder de lo que alguna vez fue la Tokio Manji. ¿Tendría que tener relación con el beso de hace doce años? No se le ocurría otra cosa. Ahí tendría que haber comenzado todo. —Ah... Takemichi —gimió Manjiro, que había echado la cabeza hacia atrás en algún momento, y le había brindado una vista privilegiada del rastro morado en su cuello—, para ti es tu primera vez ¿no? —Takemichi gruñó en señal afirmativa— Para mí es como la vez número mil. Sano aceleró todavía más el ritmo. Hanagaki apenas podía mover la cabeza, en vanos intentos de meterse un poco más del pene a la boca. Sin embargo le era imposible, apenas se sentía acostumbrado a introducirse la mitad. De pronto Manjiro retiró el miembro de su garganta con brusquedad, y lo miró con el mismo brillo de satisfacción en sus ojos negros. —Eres un verga caliente, Takemicchi —habló, cumpliendo su promesa y quitándose la camiseta. El pelinegro se percató de las manchas moradas curtidas en su piel pálida, se extendían desde el comienzo del cuello hasta casi la parte baja del abdomen. Delineó con sus pupilas la cintura estrecha del contrario—. Y yo también. Ambos tenemos la verga caliente, a ambos nos gusta esto. ¿Verdad? —Mikey-kun... —pronunció con dificultad— ¿a qué... a qué te refieres? —¿Quieres cogerme, Takemichi? —preguntó de imprevisto, y Takemichi se quedó sin voz ni oxígeno suficiente para responder en aquel instante— ¿Llenarme con tu verga hasta que quedes satisfecho, hasta que ambos lo estemos? ¿Eso quieres? Hanagaki sintió su garganta secarse. Le fue imposible de responder con palabras, porque se sentía incapaz de hablar; estaba como roca, imaginándose la escena que Mikey le había mencionado. Tal vez para sí mismo seguía siendo un virgen de veintiséis años -a pesar de que Mikey ya le había confirmado que no lo era-, pero sabía lo que era el deseo sexual, y más de una vez había experimentado el magnetismo de placer y calor que le hacía hervir las entrañas y electrificaba su cuerpo. El mismo, que ahora estaba sintiendo; esta vez hacia un hombre. Quería hacerlo. No le quedaba claro el por qué, pero sentía la necesidad urgente de coger a Mikey. —Eso quieres entonces —comprendió el de cabello blanco. Tomó de debajo de la almohada un pequeño paquete cuadrado y lo abrió, Hanagaki no necesitaba ser un prodigio para saber que eso era un condón. Sano lo colocó cuidadosamente sobre el miembro del pelinegro sin siquiera voltearse a ver, no le era necesario, conocía el órgano sexual de memoria. Inmediatamente alcanzó el tarro de lubricante en la mesita de luz a su izquierda y esparció una copiosa cantidad en sus dedos. Llevó a su propia entrada las falanges con el gel relucía reluciendo como perla en ellas; Takemichi tuvo una visión celestial de cómo el de cabello blanco, metía dos de sus dedos hasta los nudillos. Comenzó un ritmo parsimonioso, humedeciéndose con el líquido; sus facciones se convirtieron en un poema de lujuria y calor de pronto, apenas dejó escapar un par de suaves jadeos, pero la expresión de placer quedó curtida en su rostro. Hanagaki Takemichi se relamió los labios. Una vorágine de sensaciones nuevas y familiares a la vez le mordían el estómago; por esa misma razón desconocida a la que no encontraba tiempo de darle vueltas, ver a Mikey cogiéndose con sus propios dígitos a un ritmo apresurado, expandiéndose para él, provocó otra descarga eléctrica en todo su cuerpo; le recorría desde lo más recóndito del alma hasta las puntas de sus pies. —Cógeme, Takemichi —suplicó, acomodando su cuerpo sobre el miembro ajeno. Hanagaki movió sus caderas en señal de afirmación, de espera. De urgencia. De deseo. Y Mikey comprendió. Vio estrellas cuando sintió el cuerpo de Manjiro descender lentamente sobre su erección y recibirla con su propia entrada. Dejó escapar unos cuantos gruñidos cuando percibió el cuerpo del de cabello blanco sobre el suyo, acomodándose a la perfección, como probablemente habían hecho antes. La sensación de familiaridad regresó a él; movió de nuevo sus caderas engullido por el placer, y el más bajo respondió con un gruñido. Pasó una eternidad hasta que Mikey comenzó a moverse sobre el miembro, subía y bajaba su cuerpo sobre él. Takemichi se sintió en el cielo, se convirtió en un océano de respiraciones entrecortadas y jadeos, mientras removía su cuerpo acelerando las embestidas; el sonido de sus pieles chocando, mezclado con los gemidos de ambos, llenó la habitación. Podía vislumbrar el miembro goteante y duro de Mikey, meciéndose sobre su abdomen, tenía una perfecta visión de su propio pene entrando y saliendo de él. El de cabello blanco curvó su espada hacia atrás, se apoyó con sus manos sobre las rodillas de Hanagaki, obsequiándole una mayestática visión de su abdomen pálido decorado de morado, y el falo húmedo moviéndose al ritmo de sus propios saltos. El pelinegro tuvo que morderse la conciencia para no correrse ahí mismo. Pero no duraría mucho más, lo tuvo en claro cuando sintió una oleada de calor arremolinarse en su vientre bajo. Aumentó el ritmo de las embestidas y el de cabello blanco le correspondió, lo sintió tensarse sobre su miembro mientras llevaba sus dígitos a su propio pene, y comenzaba a masturbarse con vehemencia. No necesitó ser un prodigio para comprender que ambos se encontraban en el mismo estado de placer. No tuvo tiempo de pensar en la incomodidad de las ataduras en sus muñecas, o el calambre que se instalaba en sus rodillas gracias a los dedos fuertes de Mikey. Tampoco en el hecho de que hacía unos cuantos minutos, tal vez una hora o tal vez dos, había estado llorando pensando en aquellos que habían muerto para ayudarle; y ahora estaba en el futuro, disfrutando y a punto de acariciar el tan anhelado orgasmo. Eran cuestiones a las que les daría la vuelta más tarde. Ahora, pensaba en el cuerpo de Manjiro Sano sobre el suyo, dejándose penetrar una y otra vez, volviéndose laxo en el proceso. —Mikey-kun —jadeó con sus últimos alientos, y pidió con el aire que le quedaba—, bésame. Intuyó que Manjiro no le negaría aquella petición, a pesar de que hasta ahora no se habían besado en absoluto. Tuvo razón. Los labios de Mikey se unieron a los suyos. Al igual que hacía doce años, cientos de descargas eléctricas condujeron sobre los labios del pelinegro, que se movían como autómatas correspondiendo al beso hambriento; esta vez no se trataba de un mero roce de labios que lo dejaba en las estrellas. Pudo sentir la lengua del más bajo beberse su paladar de un suspiro; y su pecho se hinchó de un sentimiento al que no se sentía en condiciones de dar nombre. Bastó apenas con sentir el líquido tibio desparramarse sobre su abdomen para que el mismo Takemichi acariciara el clímax, vio blanco de pronto, y su cuerpo se llenó de vibraciones deliciosas que le mordían el estómago. Mikey alcanzó la cumbre junto a él, y se lo hizo saber de un suave gruñido entre sus fauces; le mordió el labio inferior cuando se separó unos milímetros, buscando un poco de aire. Takemichi respiró con dificultad, buscando también algo de oxígeno, cuando sintió el cuerpo de su amante desvanecerse sobre el suyo. Los recuerdos de las relaciones sexuales anteriores no regresaron; pero con sucedido ahora, se sentía más que satisfecho, ya tendría tiempo para ponerse al corriente. Les preguntaría a los chicos qué pasaba entre él y Mikey, y cómo era su relación a la vista de todos. Indagaría en lo que pudiera para comprender qué era lo que tenían exactamente, y cómo lo llevaban. ¿Manjiro era un amigo con beneficios, un amante, o algo más serio? Llegaría al fondo de todo. Más tarde. Mikey se incorporó de la cama y le quitó el condón para arrojarlo en el tacho de basura en una esquina de la habitación. Luego buscó en el suelo su camiseta negra y la vistió, Hanagaki debía admitir que se veía demasiado bien enfundado en esa única prenda, que era demasiado grande para el cuerpo delgado y pequeño del que era poseedor. —¿Eso estuvo bien? —cuestionó, y comenzó a desatarlo. Cuando sus muñecas fueron libres, el pelinegro cayó en la cuenta de que prácticamente no sentía las manos, y unas marcas rojizas se extendían sobre la piel. Dolería más tarde— ¿Te ayudó a recordar algo de estos años? El pelinegro negó con la cabeza. —Fue increíble —confesó con la sangre acumulándose en sus mejillas—, pero no tengo idea de cómo llegamos a esto, Mikey-kun. —Tendré que contarte todo lo que pasó durante estos años entonces —le extendió unas cuantas prendas arrugadas de color negro, que había tomado de algún rincón de la habitación. Acto seguido el propio Manjiro vistió su pantalón negro, que le quedaba tan grande y tan bien como la camiseta del mismo color. Parecía que se le caería en cualquier momento—. Ahora, date prisa y vístete, nos están esperando en Bonten. —¿Bonten? —cuestionó el pelinegro. Manjiro Sano esbozó una pequeña sonrisa. Su expresión se veía completamente diferente al rostro que lo había hecho venirse hacía dos minutos, como si no se tratara de la misma persona. —Nuestra actual pandilla —respondió—. Yo soy el líder, Sanzu es el número dos y tú el número tres, Takemichi. ¿Sanzu? ¿Una pandilla? ¿Exactamente qué había pasado en todos esos años?
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