Pov:
— Porque para odiarte no sirvo y quererte me está matando...
—Anonimo.
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La mansión estaba sepultada en silencio. Oculta entre los árboles retorcidos de un bosque denso y privado, su fachada de piedra blanca apenas se distinguía entre la niebla que reptaba como espectros por los jardines perfectamente cuidados. Las ramas, como dedos largos y afilados, rozaban las paredes de la construcción con un leve crujido que apenas rompía el mutismo reinante. Todo en ella gritaba lujo, poder, arrogancia. Ventanales altos y angostos, enrejados antiguos, molduras ornamentadas y una verja de hierro que parecía más una advertencia que un adorno. Y en esa noche en particular, también gritaba muerte. Una figura caminaba con seguridad entre las sombras. Alta, vestida con un traje oscuro que absorbía la luz, capucha ajustada sobre la cabeza y una máscara blanca, lisa, sin detalles. Solo dos orificios negros donde deberían ir los ojos, tan profundos y oscuros que parecían vacíos. Caminaba sin apuro, como si cada paso estuviera coreografiado. Como si el asesinato no fuera más que una rutina. Sus botas apenas hacían ruido contra la piedra del sendero, y aun así cada paso sonaba definitivo, como un reloj contando regresivamente el fin de alguien. El aire estaba cargado de humedad. Un búho ululó a lo lejos, rompiendo por un segundo el hechizo del silencio, pero ni eso logró alterar a la figura encapuchada. Su presencia imponía una calma siniestra. Como si la muerte misma se hubiese cansado de correr y caminara ahora con elegancia entre los vivos. La entrada principal de la mansión estaba abierta. Una luz tenue provenía del interior, cálida, acogedora en apariencia, como una trampa bien tejida. La figura no dudó en cruzar el umbral, sus movimientos fluidos y medidos. Todo parecía planeado al milímetro. No era la primera vez que lo hacía. Los pasillos eran amplios, decorados con cuadros caros y esculturas inútiles. El mármol del suelo reflejaba apenas su silueta, distorsionada por la penumbra. No necesitaba mirar alrededor para ubicarse. Ya conocía el camino. El empresario no tuvo tiempo de reaccionar. Estaba de pie, de espaldas, hablando por teléfono en su oficina. Una pared completa cubierta de estanterías con libros que jamás había leído, una chimenea encendida que no necesitaba y una copa de vino tinto a medio terminar sobre su escritorio. La conversación sonaba tensa, como si discutiera negocios que no iban bien. Pero ya no importaba. Un disparo seco. Preciso. Limpio. El silenciador hizo que pareciera un susurro de muerte. Cayó al suelo como si sus millones no pesaran nada. Como si en el momento final, toda su riqueza hubiese sido tan inútil como el aire que ya no podía respirar. La figura se agachó, con calma, casi con delicadeza. Como si aquel cuerpo aún mereciera respeto. Sacó algo del bolsillo interior de su saco: una rosa roja, perfecta, sin espinas. Las gotas de sangre que comenzaban a expandirse bajo el cadáver apenas tocaban sus bordes, y el contraste era casi poético. La colocó sobre el pecho del muerto, justo encima del corazón que ya no latía. -Para que no digan que no tengo sentido del romanticismo -susurró con una sonrisa apenas audible tras la máscara. Su voz sonaba tranquila, como la de alguien que terminaba un ritual bien ejecutado. Se incorporó lentamente, sin prisa. Un segundo más allí, contemplando su obra. Y luego desapareció por una puerta lateral que daba directo al bosque. Allí, la oscuridad lo recibió como a un viejo amigo. El bosque estaba más espeso en esa dirección. Las ramas entrelazadas parecían cerrarse a su paso y luego abrirse tras él, ocultando su huella como si el entorno mismo estuviera de su parte. Caminaba sin titubear, esquivando raíces y piedras sin mirar al suelo, como si conociera cada centímetro del terreno. La humedad empezaba a empapar la tela de su ropa, pero no parecía importarle. Un par de búhos sobrevolaron en círculos y luego se perdieron entre las ramas. Un zorro cruzó a lo lejos, deteniéndose por un segundo para observarlo antes de desaparecer con rapidez. La naturaleza reconocía lo que él era: un depredador. Sus dedos, enfundados en guantes negros, se cerraron alrededor del arma que aún sostenía. No por temor, sino por instinto. Aún quedaban kilómetros por recorrer, y aunque el asesinato había sido rápido, el escape debía ser meticuloso. Avanzó unos metros más hasta llegar a una colina desde la que podía verse parte del valle. La niebla lo cubría todo como una sábana gruesa, pero para él era familiar, incluso reconfortante. Allí, entre sombras y silencio, se quitó la máscara solo por un momento. Dejó que el aire helado le acariciara el rostro, cerró los ojos y respiró hondo. No era remordimiento. Era satisfacción. Luego, como si ese instante hubiese sido suficiente, volvió a colocarse la máscara. Revisó el reloj en su muñeca izquierda. Quince minutos. Le bastaban. Su salida estaba a medio kilómetro hacia el este: una moto negra, silenciosa, oculta bajo una lona vieja entre los árboles. Lo había preparado todo. Siempre lo hacía. No dejaba cabos sueltos. ━━ -¡Te juro por sapnap que si Karl me vuelve a llamar a las tres de la mañana para contarme teorías conspirativas de casinos ilegales, lo dejo en visto para siempre! -decía una voz masculina mientras el coche plateado avanzaba con suavidad por la carretera privada, flanqueada por árboles altísimos cuyos troncos se perdían en la neblina densa. El asfalto estaba húmedo por el rocío de la madrugada, y la luz de los faros se proyectaba en haces blancos que parecían partir el bosque en dos. Dentro del coche, el ambiente era cálido, acompañado por una playlist de jazz suave que apenas se oía por debajo de la conversación telefónica. En el asiento del conductor, un chico rubio, de mirada aguda y sonrisa torcida, se reía solo. Tenía el móvil en altavoz apoyado en el salpicadero, sostenido por una pinza magnética adornada con una pequeña calcomanía de rana. El dispositivo vibraba cada vez que el otro hablaba con entusiasmo. -No eras tú el que dijo que los dados estaban trucados y que el crupier hacía muecas raras cada vez que apostabas rojo, Clay -decía la voz chillona del otro lado, cargada de ironía dramática y diversión. -Muecas raras hacen todos cuando me ven ganar, Karl. Lo que no hacen es sobrevivir si me interrumpen el café -replicó Dream, ajustando una mano al volante mientras la otra descansaba despreocupadamente sobre la pierna. -¡Sólo digo que si me desaparezco, fue Sapnap! O una sirena. No estoy seguro. Probablemente ambas cosas. Una sirena asesina contratada por Sapnap con un contrato legal firmado con tinta de pulpo. Dream soltó una carcajada larga, genuina. Su risa llenó la cabina del auto como si por un momento no existiera el mundo exterior, como si el deber no lo estuviera esperando al final del camino con luces intermitentes y el hedor metálico de la muerte. En el fondo, sabía que esa conversación era su pequeño escudo. Una burbuja frágil antes de entrar, una vez más, al corazón podrido de otro caso. -Karl, si llegás a morir por una sirena contratada por Sapnap, juro que tu epitafio será "Atrapado por el canto y los contratos" -bromeó Dream con tono teatral antes de pulsar el botón rojo en la pantalla táctil del coche, finalizando la llamada. Apenas cruzó la última curva del sendero privado, el escenario cambió como si alguien hubiera corrido una cortina. Las luces rojas y azules de los patrulleros y vehículos forenses cortaban la niebla como cuchillas de neón. El contraste entre el silencio contenido del bosque y el bullicio del crimen era brutal. Las cintas amarillas ondeaban con el viento suave, marcando un perímetro que no necesitaba traducción: alguien había muerto, y no de forma accidental. Dream aparcó el coche con precisión y bajó con la misma calma con la que había conducido. El aire fuera era más frío, más húmedo. A lo lejos, los murmullos de los agentes se entremezclaban con el ruido sordo de las pisadas sobre el suelo de grava. Una escena congelada en la rutina del horror. Esperándolo en la entrada de la mansión estaban dos figuras familiares. Sam, alto, de complexión robusta, con una expresión seria que no cambiaba ni bajo tormenta. George, más bajo y pálido, con sus gafas ligeramente empañadas por el clima y la mirada entre aler ta y aburrida. -Llegas tarde, Wastaken -dijo Sam, cruzado de brazos, el chaleco antibalas resaltando contra su chaqueta oscura. -El crimen no corre. Yo tampoco. Es un pacto de respeto mutuo -respondió Dream sin perder la sonrisa ladina mientras ajustaba su chaqueta verde con elegancia despreocupada. George rodó los ojos y suspiró como quien ya se esperaba la respuesta. -Oye, al menos parece que es uno de esos casos que te gustan. Un muerto elegante y mucho misterio. Dream frunció levemente el ceño, esa arruga sutil que apenas se notaba, pero que decía mucho. Sus ojos verdes recorrieron la fachada de la mansión. Era imponente, casi imperial. Mármol blanco, ventanas alargadas con cortinas pesadas, columnas decoradas con grabados clásicos. Pero esta noche, cada detalle parecía burlarse de la vida con una mueca de sangre. Entraron cruzando la cinta amarilla. El interior de la casa olía a madera fina, perfume caro y pólvora reciente. El contraste era inquietante. Lujo y muerte, tomados de la mano. El cuerpo yacía frío sobre el piso de mármol del vestíbulo principal. La sangre, aún fresca, se deslizaba en pequeños riachuelos que seguían las vetas del suelo blanco, formando patrones que casi parecían artísticos. Vestido con traje de gala, el cadáver era la imagen de una contradicción: elegancia y brutalidad. Dream se agachó con cuidado, sus guantes negros contrastaban con el mármol blanco. Miró alrededor con detenimiento. No sólo al cuerpo, sino al entorno. Las ventanas estaban cerradas, las puertas selladas. Ningún vidrio roto, ningún rastro obvio. -No hay signos de lucha -comentó Sam desde detrás de él. -Cámaras desactivadas. Ninguna señal de entrada forzada. Nadie vio nada. Nadie oyó nada. Como si el tipo hubiera muerto en un maldito sueño. Dream no contestó de inmediato. Apoyó dos dedos enguantados sobre el suelo, tocando una pequeña mancha apenas perceptible, no de sangre, sino de humedad. Luego los acercó a su rostro y olfateó. -Disparo limpio. Directo al corazón. El asesino sabía lo que hacía. No hay desorden, no hay caos. Esto fue ejecutado con precisión... como un profesional, o alguien con demasiada práctica. Se puso en pie, moviéndose hacia el lado del cadáver. Algo captó su atención: una pequeña mancha de color rojo brillante, que no p ertenecía a la sangre. Extendió la mano. Entre sus dedos, cuidadosamente levantó el objeto que descansaba sobre el pecho del muerto. Una rosa. Roja. Impecable. Ni una sola espina. -¡Romántico el asesino! Tal vez debería invitarlo a salir -comentó con ironía, observando los pétalos como si fueran una obra de arte. George resopló desde la distancia. -¡No te lo tomes tan a la ligera! Hay un cadáver enfrente tuyo. -No lo hago. Pero vamos, no cada día alguien deja una flor como tarjeta de presentación. Esto es personal. Y viejo. Muy viejo -dijo Dream, girando la rosa entre los dedos, como si pudiera encontrar un código oculto en los pétalos. Sam dio un paso al frente. -¿Crees que sea un asesino en serie? Dream asintió lentamente. -Si lo es, no es nuevo. Tiene un estilo. Una firma. Esta rosa no es una coincidencia. Es un mensaje. O mejor dicho, una declaración. Y lo más interesante... es que no hay absolutamente nada más. Sin huellas, sin ruidos, sin testigos. Como un fantasma. Sacó una bolsa transparente con cierre hermético de su bolso, y colocó la flor dentro con un cuidado que casi parecía reverencial. -Vamos a necesitar un análisis completo. ADN, polen, tierra... todo. No quiero que me digan si es una rosa cualquiera. Quiero saber de qué jardín salió, a qué temperatura creció, si tiene trauma infantil y cuál fue su carta astral. George lo miró. -¿Lo decís en serio? -Por supuesto que no -respondió Dream con una sonrisa amplia, dándole una palmada en el hombro. -Pero que lo investiguen igual. Afuera, la niebla empezaba a disiparse lentamente con la llegada del amanecer. Pero dentro de la mansión, la oscuridad recién comenzaba. Dream se giró una última vez para mirar el cuerpo. -Esta vez, alguien está juga ndo conmigo. Y no pienso perder. Guardó la rosa con cuidado, como si llevara una bomba de tiempo. Y con pasos firmes, comenzó a salir de la mansión, seguido por sus compañeros, mientras los ecos del primer movimiento en esta nueva partida de ajedrez resonaban silenciosos entre las paredes doradas de una casa que, por esta noche, había visto a la muerte vestida de gala. Horas después, en un pequeño restaurante privado de la ciudad, Dream, Sam y George se reunieron con el resto del grupo. El ambiente del lugar era acogedor, con luces cálidas colgando del techo como si fueran luciérnagas detenidas en el tiempo, y un olor a pan recién horneado flotando en el aire. Afuera llovía, y el golpeteo de las gotas contra los cristales sucios del ventanal acompañaba la conversación animada que se desarrollaba dentro. Karl hablaba rápido, casi sin respirar, con las manos agitadas como si estuviera pintando la escena en el aire. -Y entonces se me ocurre que, ya que estás trabajando el caso, podrías ir a la gala en el casino -dijo, apoyándose en la mesa con ambos codos-. Nos rentaron el lugar por una noche. La seguridad estará loca, pero quizás veas algo. Contactos. O información. Sam miró a Karl con una mezcla de cansancio y sospecha. Su voz fue ronca pero firme. -¿Estás seguro de que no estás intentando convertir esto en una fiesta para cubrir tu adicción a los juegos de azar? Karl se ofendió, pero exageradamente, como siempre. -¡Por favor! ¿Yo? ¿Apostar en medio de una investigación? ¡Jamás! -Eso suena a trampa disfrazada de plan -intervino Sapnap, alzando una ceja mientras bebía de su vaso de soda con una pajilla torcida. -Todo suena a trampa si lo decís con esa voz, Sapnap -respondió Quackity, rodando los ojos y hundiéndose más en su silla. Tenía un gorro cubriéndole media cara, y apenas dejaba ver su sonrisa torcida. George jugueteaba con su cuchara, girándola entre sus dedos. Alzó la vista por un instante, hablando por primera vez en un rato. -Podría funcionar. Si la seguridad estará tan estricta, quizás se relajen con los rostros familiares. Podríamos entrar sin levantar sospechas. Dream apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos. Su voz salió calmada, pero cargada de intenciones ocultas. -Voy. Pero no iré solo. Esta vez, quiero ver de cerca al enemigo. Quiero saber si lo que estoy persiguiendo... es real o solo una sombra mal contada. En ese momento, la campana sobre la puerta del local sonó, anunciando la entrada de alguien. Todos giraron la cabeza al unísono. Un chico alto, delgado, con el cabello oscuro desordenado y unas gafas redondas que parecían demasiado grandes para su rostro, entró arrastrando una mochila escolar que parecía pesar el doble que él. -Ranboo -dijo Dream, levantándose con una mezcla de sorpresa y alegría en la voz-. ¡Pensé que ibas a dormir en casa de tus amigos! -Cambiaron los planes -respondió Ranboo, encogiéndose de hombros mientras se dejaba caer en la silla vacía junto a George-. Además, tenía que decirte que el gato se comió tu USB. Dream abrió los ojos, llevándose una mano al pecho con teatralidad. -Estaba allí mi tesis sobre el asesino de la rosa. Pero está bien. Me adaptaré. Seré un investigador del caos. -¿Qué asesino tiene una flor como símbolo? -preguntó Sapnap, arrugando la frente. -Uno que quiere hacerte pensar que todo es bonito antes de matarte -respondió Ranboo, sacando una libreta arrugada de su mochila-. Estuve leyendo cosas mientras volvía. ¿Sabías que el símbolo de la rosa también se usaba en ciertas sociedades secretas? Quizás no es solo una firma estética. Quizás es un mensaje. George se inclinó hacia adelante, intrigado. -¿Qué tipo de mensaje? -"Estoy por todas partes y soy tan hermoso como mortal" -dijo Ranboo con una sonrisa siniestra, bajando el tono de voz. Quackity soltó una risa. -¿Este niño siempre fue tan intenso o solo hoy desayunó paranoia? -Es un estilo -respondió Sam, y luego miró a Dream-. ¿Estás seguro de ir a esa gala? Si el asesino de la rosa está involucrado, puede que estés caminando directo a una trampa. Dream se quedó en silencio unos segundos, mirando el reflejo de las luces en la superficie de su vaso. Luego habló, casi en susurro. -Quiero que me atrape. Solo un poco. Lo suficiente como para entenderlo. Karl aplaudió, entusiasmado. -¡Entonces es oficial! Esta noche, mañana gala y un poquito de espionaje elegante. -No lo digas como si fuéramos personajes de una serie barata -gruñó Quackity. -Habla por ti, yo ya elegí traje -respondió Karl, sacando su celular para mostrar una foto con un esmoquin brillante. Mientras el grupo seguía con su charla -mezclando bromas, advertencias y planes improvisados-, Dream tomó su celular y revisó un mensaje reciente. Mensaje de contacto desconocido: "Esta noche estarás cerca. Pero no lo suficiente. El punto ciego está en ti." Dream frunció el ceño. El símbolo junto al nombre era una rosa roja. -¿Todo bien? -preguntó George, al notarlo. Dream bloqueó la pantalla. -Sí. Solo... tengo que ver algo antes de irme a dormir. Sam notó el cambio en su expresión. Lo conocía lo suficiente como para entender que algo se estaba moviendo bajo la superficie. Una intuición. O un miedo. -No vayas solo -le dijo en voz baja. Dream asintió. -No lo haré. Pero esta vez, voy a jugar según sus reglas. Porque si quiero entender al asesino de la rosa... tengo que pensar como él. Sapnap apoyó su vaso sobre la mesa con fuerza. -Pues piensa rápido, porque si te vas a infiltrar en un casino con asesinos y criminales, más vale que parezcas uno de ellos. -Eso me recuerda -intervino Quackity, sacando una carpeta de su bolso-. Aquí hay información sobre algunos de los invitados a la gala. Hay políticos, empresarios, gente que huele a ilegalidad desde kilómetros. Y entre ellos, alguien con una máscara de cerdo. Nunca se quita la máscara. Nadie sabe cómo suena su voz. Lo llaman "Techno". El ambiente se tensó. George tomó la carpeta y empezó a hojear los papeles. En una de las fotografías mal tomadas, se veía una figura alta, con una máscara blanca, como una calavera de cerdo tallada a mano. En la solapa de su abrigo negro, una rosa roja. Dream sonrió, aunque en sus ojos brillaba algo peligroso. -Entonces mañana en la noche, vamos a bailar Ranboo bufó. -Eso sonó tan cliché que te quita puntos de detective cool. -Estoy dispuesto a sacrificar estilo si eso me lleva al asesino -contestó Dream. Todos rieron, pero el ambiente estaba cargado. Porque esa noche, la caza comenzaría. Y nadie saldría igual de ella. ━━ A muchas calles de distancia, cuando la ciudad apenas comenzaba a dormir, una sombra se desplazaba sin hacer ruido entre los caminos serpenteantes de las colinas. La casa en lo alto no tenía vecinos cercanos, ni luces que la delataran. Oculta por los árboles, parecía más una reliquia que un hogar. La puerta se abrió con suavidad. Nadie lo esperaba, y sin embargo todo estaba preparado para él. Techno se quitó lentamente la capucha. Sus pasos no hicieron eco, pero el ambiente pareció contener la respiración. Bajo la capucha cayó una cascada de cabello rosa pastel, ligeramente enmarañado por el viento y la humedad de la noche. Su máscara, una calavera de cerdo tallada con detalles rojos, reposó en su mano un instante antes de dejarla sobre la repisa. Frente al espejo, Techno se quedó quieto. Sus ojos fríos, afilados, imperturbables, se encontraron con su reflejo. No había orgullo, ni culpa. Sólo una frase se deslizó entre sus labios con un suspiro desganado. -Otra noche, otro muerto. Nada más. Nada menos. Bajó la mirada por un instante. La sangre seguía ahí. No en su ropa -porque Techno no dejaba rastros físicos- sino en sus gestos. En lo que callaba. En lo que sabía. En lo que había aprendido a enterrar. En el salón principal, las luces eran tenues y cálidas, creando un contraste desconcertante con la oscuridad de lo que acababa de suceder. Philza, el patriarca de la casa, leía un libro viejo de tapas desgastadas, con una taza de té que ya debía estar fría. Wilbur, sentado en el sofá, hablaba con ademanes dramáticos mientras Tommy, el menor, le discutía con vehemencia desde el suelo alfombrado. -¡Solo digo que piña en la pizza no es traición! -exclamaba Tommy, cruzado de brazos. -Es un crimen, Tommy. Un crimen que ni yo cometería, y eso que he hecho cosas cuestionables -replicó Wilbur con teatralidad, apuntándole con una cuchara como si fuera un arma. -¡Es fruta! ¡Fruta en la pizza! ¿Qué sigue? ¿Helado con pepperoni? Philza no intervenía, aunque su ceja alzada mostraba que estaba considerando banear esa conversación del comedor. Techno pasó de largo, en silencio, como un fantasma. Ni siquiera les lanzó una mirada. Sabía que si se detenía, no iba a tener la energía para continuar. Su cuerpo pedía reposo, pero su mente ya iba varios pasos adelante. Subió las escaleras con una lentitud medida, cada paso exacto, como si todo el mundo pesara sobre sus pies. La puerta al final del pasillo se abrió sola. Dentro, el ambiente cambió. La habitación no era ostentosa, pero tenía lo necesario: tecnología, planos, fotografías, documentos clasificados. Era un centro de mando, no una sala común. Techno había construido ese espacio para su equipo. Para los que vivían entre la línea de la moral y la necesidad. Para los que habían elegido no obedecer ninguna bandera, salvo la suya. Allí lo esperaban. Niki estaba sentada al borde de una mesa, revisando un archivo con gesto serio. A su lado, BadBoyHalo hablaba en voz baja con Skeppy, que hojeaba unas fotografías con aire distraído. Fundy parecía haber estado peleando con una caja de cables y había perdido. Punz, como siempre, se mantenía de pie, con los brazos cruzados, como si fuera el único preparado para un ataque inminente. Cuando Techno entró, todos alzaron la vista. El silencio fue inmediato. -Misión completada -dijo, sin rodeos. Niki se levantó. -Nos llegó información hace una hora -empezó, entregándole una tablet. -El detective a cargo del caso... cambió. Todos los anteriores fueron reasignados o desaparecieron del radar. Techno ladeó la cabeza con leve interés. -¿Y ahora? Niki dudó apenas un segundo. -Ahora... hay uno nuevo. Nadie sabe de dónde vino exactamente. Solo usa un nombre. O más bien... un apellido. Punz fue el que completó la frase: -Wastaken. Techno parpadeó una vez. Nada más. -Wastaken -repitió, como si saboreara la palabra. -Nunca lo he escuchado. -Nadie ha escuchado mucho -intervino Bad. -No hay registros familiares públicos. No hay huellas escolares. Apenas unas menciones en expedientes confidenciales del norte. Al parecer, ha resuelto varios casos imposibles en otros países. Lo mandaron aquí porque la policía local está... desesperada. -Y porque quieren atraparte a vos -dijo Skeppy, medio en broma, medio en serio. Techno se limitó a asentir. Como si ya supiera. Punz sacó un sobre negro de su chaqueta. Lo entregó a Techno sin una palabra. Este lo abrió. Dentro, una tarjeta de invitación. Papel de alto gramaje, borde dorado, y una sola línea de texto en el centro: "Gala de Invierno - 23:00 - Casa de Cristal." Nada más. Ningún logo. Ninguna firma. -Ésta es la próxima misión -dijo Punz. -Y puede que te encuentres con alguien interesante allí. -¿Una trampa? -preguntó Fundy. -¿Qué no lo es últimamente? -resopló Niki. Techno no respondió. Sus dedos rozaron el borde de la tarjeta, analizando cada centímetro. El silencio se volvió pesado, hasta que finalmente habló. -Lo investigaré. -No podés ir solo -saltó Tommy, que acababa de entrar sin avisar. -¡Si ese Wastaken es tan bueno como dicen, podría descubrirte antes de que des el primer paso en esa gala! Techno giró apenas la cabeza para mirarlo. Tommy se encogió, pero no retrocedió. -No dije que iría solo -dijo Techno con un tono tan neutral que se volvió amenazante. -¿Entonces quién te acompaña? -preguntó Wilbur, que lo había seguido también. Techno se giró, caminó hasta una vitrina, y sacó una caja de madera. Al abrirla, reveló un anillo con un sello grabado: una rosa roja atravesada por una daga. -No necesito que me cubran. Necesito que observen. Desde lejos. Si algo sale mal... hagan que lo parezca un accidente. -¿Y si el tal Wastaken se te acerca directamente? -preguntó Bad, cruzado de brazos. -¿Y si va directo al grano? Techno dejó el anillo sobre la mesa. Lo miró un segundo. Luego alzó la vista. -Entonces... tendré que conocerlo ━━ La noche se había tragado la ciudad entera. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con un ritmo constante, como si marcara un compás sombrío que se sincronizaba con los pensamientos oscuros de Dream. La luz del despacho estaba baja, tenue, solo una lámpara de escritorio iluminaba el caos organizado que tenía enfrente. La pared frente a él estaba cubierta de notas, fotografías, recortes de periódicos, líneas rojas conectando casos, fechas, ubicaciones... Un mapa del infierno, como lo llamaban los demás. Él lo llamaba su propósito. Dream se encontraba solo. Apoyado en el borde del escritorio, con las mangas de su camisa remangadas hasta los codos y la corbata floja colgando del cuello como un lazo a medio apretar. Sus dedos jugaban con una rosa roja. Aún fresca. Sus pétalos suaves y perfectos contrastaban con la brutalidad del mensaje silencioso que llevaba consigo. Una nueva víctima. Una nueva rosa. Otro cadáver y ni una sola huella clara. Murmuró para sí mismo, con la voz rota por el cansancio: -Un año... un año entero de muertes... y ninguna pista clara. Se dejó caer en la silla de cuero que chirrió bajo su peso. El sonido fue tragado por el golpeteo de la lluvia contra los ventanales. Sus ojos se pasearon por los rostros de las víctimas, colgados frente a él como recordatorio de su fracaso. Trece personas. Trece asesinatos. Todos con el mismo patrón: limpieza quirúrgica, precisión casi poética, y una rosa roja colocada cuidadosamente sobre el cuerpo. Aquel asesino no era un improvisado. Era un artista del crimen. Dream apretó la rosa en su mano, como si intentara exprimirle respuestas. Pero solo obtuvo un leve pinchazo de una espina. Sangre en su palma. Ironía. -Pero esta vez... -dijo, y su voz se endureció- no vas a escaparte. Se levantó bruscamente, la silla se desplazó hacia atrás. Caminó hasta el mural de pistas, se detuvo frente a una foto borrosa de una silueta encapuchada. El único rastro que había conseguido en un año entero. Nada de huellas, nada de ADN, nada de cámaras claras. Solo eso: una figura delgada, encorvada por la velocidad, saltando por un tejado. Apretó los dientes. Te voy a encontrar. Seas quien seas. Llamaron a la puerta. Dos golpes cortos. Dream no respondió. La puerta se abrió de todas formas. Era George, su compañero y único amigo en ese maldito infierno de casos. Llevaba una taza de café en una mano y un sobre marrón en la otra. -¿Sigues aquí? -preguntó, cerrando tras de sí. -¿Tú qué crees? -contestó Dream sin girarse. George dejó la taza en el escritorio, al lado de la rosa. -¿Otra? -dijo, observando la flor. Dream asintió. -¿Alguna novedad? -preguntó, con un tono menos ácido. George levantó el sobre y se lo tendió. -Llamó alguien del Ministerio. Ya confirmaron que quieren que vayas a la gala de beneficencia mañana. Te enviaron esto. Dream alzó una ceja mientras tomaba el sobre. -¿Una gala? ¿Y qué tengo que hacer yo en una gala? -Contacto de alto perfil. Al parecer alguien relacionado con los últimos movimientos financieros de las víctimas va a estar ahí. Dicen que puede haber un nexo. Lavado de dinero. Algún donante fantasma. Dream abrió el sobre. Dentro había una invitación negra con detalles dorados. Su nombre impreso. Hora. Lugar. Etiqueta estricta. -Genial -gruñó-. Traje y sonrisas falsas. Justo lo que necesito. George se rió suavemente. -Puedes sonreír. Te vi hacerlo... una vez. En 2016. Creo que fue cuando te cayó café encima. Dream giró los ojos, pero una pequeña curva se dibujó en sus labios. La borró al instante. -Esto no me gusta. Algo no cuadra -dijo, mirando de nuevo la invitación-. ¿Y si es una trampa? ¿Y si él... o ella, está ahí? -Entonces lo sabrás -respondió George, serio por primera vez-. Y tendrás la oportunidad de cazarlo. Dream bajó la mirada a la rosa. -O de ser cazado. El silencio cayó sobre ambos como un manto espeso. George caminó hacia la pared de pistas, observando con atención. Tocó con un dedo una línea roja que conectaba dos muertes: un político corrupto y un banquero vinculado al tráfico de armas. -Todos ellos tenían enemigos. Todos vivían con miedo. Pero este... este asesino los hacía parecer limpios. Les dio el final perfecto. Ni una sola mancha de sangre fuera de lugar. Casi como si estuviera limpiando el mundo. -No es justicia -escupió Dream-. Es venganza disfrazada. Y no vo y a permitir que continúe. George se giró hacia él. -Entonces prepárate para esa gala. Podrías estar más cerca de lo que crees. Dream asintió con lentitud. Cuando George se fue, se quedó un largo rato inmóvil. Mirando la rosa. La levantó, la olió, cerró los ojos. -¿Quién eres...? ¿Y por qué haces esto... con tanta... precisión? Sus ojos se abrieron. Fríos. Determinados. -Sea quien seas... voy a encontrarte. Y cuando lo haga... vas a desear haberme dejado una pista más clara. Guardó la rosa dentro de una caja metálica junto con las otras doce. Trece flores. Trece nombres. La próxima sería la última. O eso pensaba él. ━ Fuera de la casa, la noche era espesa como tinta. Una niebla ligera empezaba a descender entre las calles silenciosas, colándose por las rendijas de los edificios viejos, cubriendo los faroles con un velo tenue. Solo una casa tenía luz aún: la de Wastaken. Frente a ella, estacionado a unos metros y medio oculto entre dos vehículos más grandes, un coche oscuro permanecía apagado. Desde el asiento del conductor, una figura solitaria observaba en silencio. No necesitaba ver el rostro. No necesitaba nombres ni placas ni registros. A esa hora, lo único que importaba era la energía. El movimiento. Y ese brillo persistente en la ventana del estudio hablaba más que cualquier informe policial. Alguien trabajaba. Alguien buscaba. Alguien estaba obsesionado. -Ya no duermes, ¿verdad? -murmuró techno dentro del auto. Su voz era baja, apenas un susurro para sí mismo, pero cargada de una burla ácida-. Qué obsesivo. Qué predecible. Se acomodó en el asiento, recostando la cabeza en el respaldo mientras sus dedos tamborileaban suavemente el volante. Cada gesto suyo era preciso, como si hasta la impaciencia estuviese coreografiada. Sacó un cigarrillo de su chaqueta, uno fino, envuelto en papel negro. No lo encendió. Solo lo giró entre los dedos como si pensara en algo. Como si decidir fumar o no pudiera determinar el destino de alguien más. -A las tres de la mañana y ya me estás pensando... qué dulce -repitió, esta vez con una risa suave que rompió el silencio del auto. Era un asesino, sí, pero no cualquier tipo de asesino. Había algo casi artístico en cómo hablaba del juego, del cazador y la presa. Como si no se tratara de huir, sino de seducir. Como si cada crimen que dejaba a sus espaldas fuese una carta de amor, retorcida, escrita con sangre y pétalos de rosa. Sus ojos se fijaron de nuevo en la ventana iluminada. La figura que se movía dentro era apenas visible, difusa tras las cortinas, pero eso bastaba. Sabía que era él. El nuevo. Ese detective de mirada fría que había empezado a hacer preguntas incómodas. Que había comenzado a unir hilos sueltos. Que había pronunciado su nombre en voz alta en una comisaría donde todos lo llamaban "el fantasma". Y eso, para él, era poesía. -¿Quién eres tú? -preguntó al aire, ladeando la cabeza como un cuervo curioso. Se inclinó un poco más hacia el volante, como si esperara que la figura respondiera a la distancia-. ¿Eres valiente o estúpido? ¿O una mezcla de ambas? Me gustan los que no saben cuándo correr... Una ráfaga de viento hizo vibrar los árboles cercanos, y el asesino desvió la mirada un momento. Estaba tranquilo, sí. Pero no descuidado. Del asiento del copiloto, sacó una pequeña caja de madera. Dentro, perfectamente alineadas, había varias rosas rojas. Algunas marchitas, otras aún con vida. El perfume encerrado en esa caja era potente, casi embriagador. Sacó una. La más fresca. La giró con cuidado, acariciando sus pétalos con un pulgar cubierto de cicatrices. Luego la dejó caer sobre el tablero, junto a una pequeña navaja que brilló con la luz de un farol lejano. -Una por cada error que cometen los que me siguen -susurró. Se incorporó lentamente, estirando los brazos antes de encender el auto con un suave zumbido. El motor ronroneó como una bestia vieja, contenida, hambrienta. Antes de marcharse, echó un último vistazo a la casa. El foco del estudio seguía encendido. La figura seguía allí. En movimiento. En guerra consigo mismo. -Nos veremos pronto -dijo. Y esta vez, no fue burla. Fue promesa. El coche arrancó sin prisas. Las luces se mantuvieron apagadas mientras se alejaba, cruzando la calle como una sombra entre sombras. No dejó huellas. No hizo ruido. Fue como si nunca hubiera estado ahí. Pero había estado. Y la rosa, aún perfumada, seguía sobre su tablero. La noche, silenciosa y paciente, cerró su telón.