Hilos de sangre.

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planificada Mini, escritos 30 páginas, 10.693 palabras, 13 capítulos
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Verdad.

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Oliver: *Pensamiento* Solo esta mintiendo.  Oliver: Ese maldito, ¡BASTARDO!   ☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆* Hace tiempo existió un reino gobernado por demonios. Un eco de pasos mecánicos comenzó a romper el silencio de los pasillos más recónditos de la fábrica abandonada, aquellos muros de concreto aún guardaban las memorias de la masacre, el recuerdo de una violencia tan cruda y brutal que transformó el santuario infantil en un purgatorio, un rincón olvidado del mundo donde Dios parecía haber dado la espalda, permitiendo que los demonios reclamaran el lugar como suyo. Al cruzar bajo las luces titilantes, su sombra se proyectó contra el muro, desvelando una anatomía tan imponente como aterradora, la viva imagen del soberano de ese infierno de juguetes. En esos días el dolor y la agonía se apoderaron en aquellos inocentes que rezaban e imploraban por la llegada de un salvador. La criatura solo caminaba mientras los juguetes pequeños que se cruzaban en su camino, sentir su presencia sus instintos primarios, aguzados por el miedo, les ordenaban huir despavoridos, trepando por las tuberías y ocultándose en las grietas del concreto para salvar sus vidas, Sin embargo, el terror no era la única fuerza que movía las sombras de la fábrica. Entre el caos de la huida, aquellos que aún se encontraban en la zona, mantenían una devoción ciega y fanática. Al distinguir la silueta de su salvador, no dudaron en desplomarse sobre sus rodillas mientras alzaban sus manos deformes hacia el techo, rompiendo el silencio con un coro de cánticos siseantes, rezos y alabanzas desesperadas dirigidas al dios que caminaba entre ellos. Anhelaban una mirada, una bendición, una migaja de atención de su redentor. Los demonios sin saberlo habían creado a un salvador y fue la condena de ellos. Pero la majestuosa aberración ni siquiera se dignó a bajar la vista, como si realmente no le importara absolutamente nada de sus miserables existencias, porque no era la atención de aquellas criaturas desgraciadas que buscaba su atención. Nuestro redentor nos salvo de ellos, pero a pesar de que por fin nos liberó, para nuestro salvador no era suficiente… No podía negarlo, una irritación corrosiva le arañaba las entrañas. Se suponía que en ese preciso momento debería estar regocijándose bajo las alabanzas de sus súbditos, ejerciendo con mano de hierro su papel de soberano absoluto. O, mejor aún, podría estar con su querida doncella y escucharla mientras hablaba por horas a su lado, relajado y disfrutando de su preciada compañía. Pero, en su lugar, se descubría sumido en un fastidio sofocante, una rabia sorda que se alimentaba de sí misma. La marea de sus propios pensamientos chocaba contra su cráneo, enfureciéndolo cada vez más al sentirse atrapado en su propia mente. Se suponía que era un líder, un salvador y un redentor, ¿por qué, entonces, era incapaz de gobernar su propio pecho? Le enfurecía saber de dónde venia sus sentimientos, en especial cuando sabía quién era la única figura que hacía que aumentara su inestabilidad. Sin embargo, muy en el fondo, sabía que mantener la cordura era una batalla perdida. Era matemáticamente imposible dominar el pulso de su ira, bastaba un solo destello de su recuerdo aquella divina, delicada y perfecta doncella para que toda su lógica se desmoronara, arrebatándole la razón y reduciendo su soberanía a cenizas. Porque a pesar de todo el solo quería una cosa tan simple como sencilla y eso era poder ser feliz a lado de aquella diosa rojiza. La criatura detuvo su marcha abruptamente. Necesitaba recuperar el aliento, arrancar el aire viciado de la fábrica para llenar sus pulmones. Elevó el rostro hacia la negrura del techo alto, intentando diseccionar con fría lógica lo que acababa de ocurrir, sin embargo, a cada segundo de análisis, el pecho le pesaba más. Era un dolor punzante, físico y visceral que nacía directo de su maltrecho corazón, hundiéndolo en una miseria aún más profunda de la que ya lo habitaba. Con lentitud, alzó sus manos una amalgama de metal bruñido y falanges esqueléticas y hundió el rostro en ellas, presionando con fuerza, buscando en ese encierro a oscuras el control que se le escapaba de los dedos para no cometer una locura. Se quedó así, inmóvil en mitad del pasillo, devorando los segundos en una amarga reflexión sobre la conversación que había sostenido con Lily hacía apenas unos instantes. Aquella maldita pelimorada se había incrustado como una espina en lo más profundo de su mente, y él la aborrecía con cada fibra de su ser por haber demostrado cuánta influencia tenía sobre su estabilidad. Fue entonces cuando El Prototipo deslizó las manos hacia abajo, revelando finalmente su fisonomía ante la penumbra. Lejos de la tosquedad de otros engendros de la fábrica, él portaba con orgullo la silueta estilizada de un bufón de corte, un diseño que él mismo se había encargado de modificar y refinar para recuperar la elegancia que tanto lo caracterizaba. Vestía un jubón de un azul y carmín vibrante, rematado con pulcros bordes dorados que brillaban tenuemente bajo la luz escasa, la cual remarcaba su rostro tan pálido. En su cabeza, el clásico gorro de cascabeles había sido sustituido por una pieza única de su propia autoría, un elaborado gorro fusionado con los picos alargados de un arlequín, coronada majestuosamente por una amapola roja como la sangre. De uno de sus costados pendían delicados aretes dorados con formas de estrella y luna que tintineaban con sus movimientos. Sus ojos, enmarcados por sombras oscuras, se entornaron con una mezcla de amargura y altivez. Se sentía como un rey caído, un bufón maldito en un teatro en ruinas, porque era tan patético por pensar que existía una gran lejanía entre él y aquella doncella, que había decidido hacer su reina. No dudo en soltar otro respiro lleno de resentimiento y cansancio, mientras que seguía avanzando hacia aquel lugar específico que le permitía ver mejor, desde las alturas a ciertas áreas de la fábrica, solo tuvo que subir algunas escaleras las cuales conocía perfectamente, ya que no seria la primera vez que venía, mientras ignoraba a todo aquel que se le cruzaba. Toda su atención estaba fija en un punto ciego de su propia memoria, encadenada a aquellas frases malditas que Lily le había escupido. Eran palabras que se le pegaban a la conciencia como veneno, provocándole una náusea profunda y una repugnancia que amenazaba con hacerle perder el control en cualquier momento. Solo está mintiendo. Se repitió internamente una y otra vez, pero aun así por alguna razón aquí estaba, confiando en aquellas palabras, que provocaban un dolor insufrible en su pecho, una punzada agónica nacida del terror más profundo que albergaba su ser, la posibilidad de que su delicada doncella este con otro, y la sola idea de que ella fuera apartada de su lado para siempre, le provocaba un terror puro y viceral, con cada peldaño que subía, el eco de esa conversación no tan gratificante cobraba fuerza en su mente, obligándolo a saborear una y otra vez el cinismo de aquella mujer envidiosa. Lily había dicho algo tan doloroso que arrastraba a Oliver al borde del abismo, transformando su seguridad en un torbellino de sospechas y miedo puro. No sabía si era una mentira o una verdad a medias que amenazaba con destruir el único refugio que Oliver tenía en ese maldito mundo. El amor de Poppy. La amaba tan dolorosa y profundamente, que no quería perderla por nada y nadie. El eco de los pasos metálicos se extinguió cuando Oliver alcanzó el piso superior. Su cuerpo, una majestuosa y refinada obra de arte vestida de gala, se movía con una urgencia felina que contradecía la pesadez de su cuerpo mecánico. Cruzó el umbral hacia los pasillos superiores del primer piso con la mente fija en un único propósito, la disección absoluta de la duda. Necesitaba comprobarlo. Su intelecto, agudo y paranoico, le exigía el testimonio irrefutable de sus propios ojos para destruir la blasfemia que Lily había plantado en su conciencia. No podía permitirse el lujo de la incertidumbre, la duda era un ácido que carcomía su cordura. Se deslizó por el corredor del ala este, hasta detenerse frente a una habitación que antaño sirvió como oficina de supervisión. La puerta de madera astillada cedió sin resistencia ante la caricia de su mano. Al cruzar el umbral, el entorno quedó suspendido en un silencio sepulcral, pero por dentro, el Prototipo era un hervidero de pura ansiedad. Sin embargo, tras esa máscara de “control” su pulso se aceleraba con la violencia de una bomba, una tormenta de cólera contenida que amenazaba con reventar y hacer una locura en esos momentos. El trauma del abandono ancestral, el pánico atroz a perder el único lazo de amor puro que poseía en ese lugar maldito, lo hacía sentirse miserable, expuesto y peligrosamente inestable. Con paso lento pero implacable, se aproximó al ventanal polvoriento que dominaba las áreas exteriores del complejo industrial. El aire atrapado en la estancia se sentía denso. Al llegar frente al marco, Oliver alzó su mano metálica, y sujetó con firmeza el borde de la vieja cortina que bloqueaba la luz artificial. Con un movimiento calculado, descorrió la cortina, permitiendo que un haz de luz pálida inundara su ojo. Oliver clavó la mirada en la distancia, buscando la verdad que definiría el destino de su cordura, hasta que sus ojos captaron dos siluetas inconfundibles en el patio. El impacto fue tan fulminante que su mandíbula se descolgó levemente en un gesto mudo, la arrogancia de su máscara real se agrietó por completo, dejando al descubierto un pánico descarnado y un terror absoluto ante la imagen que se desplegaba ante él. Cada engranaje de su ser pareció congelarse, atrapado en la peor de sus pesadillas hecha realidad. * º ❀ * º El eco de unas risas cristalinas y menudas rompió la habitual pesadez del aire en aquel pequeño parquecito que poseía las instalaciones de Playtime co, aquella enorme estancia interior diseñada para simular un parque bajo el techo de la factoría, un lugar perfecto en donde los juguetes y los humanos convivían en “paz” en esos entonces cuando aún existían los humanos, pero ahora se había vuelto un lugar bastante tranquilo para los juguetes que habían tomado este lugar como un territorio basto. La pequeña y preciosa muñeca pelirroja corría sobre el césped artificial con una sonrisa radiante, desbordando un júbilo puro por salir de la rutina y, sobre todo, por disfrutar de la compañía de su querido amigo Giblet. Poppy no pudo evitar soltar una risa cristalina mientras contemplaba a su alrededor ese rincón tan hermoso que aún conservaba intacto. Era uno de los pocos santuarios que no había sido profanado por la brutalidad de aquel trágico evento que todos llamaban "La Hora de la Alegría". Absorta por completo en su dulce burbuja de felicidad, sus mejillas de porcelana se tiñeron con un tierno y rubor natural. —¡Que maravilla Giblet! —La pequeña muñeca soltó un grito de júbilo y dio un salto ligero, extendiendo sus manos hacia lo alto como si buscara tocar aquel cielo artificial. Con una sonrisa radiante, contempló el verdor a su alrededor, entregándose por completo al disfrute de un momento que le resultaba sencillamente perfecto. — No importa cuantas veces venga aquí, este lugar sigue siendo tan hermoso~♡. A unos pocos pasos de distancia, caminando con un ritmo pausado y protector, iba aquel juguete llamado Giblet, aquel ser poseía una anatomía similar a un tipo de canino antropomórfico. Su cabello caía de manera desenfadada sobre su frente, destacando un marcado mechón que contrastaba con el resto de su pelaje. Vistiendo de forma impecable, con una camisa de cuello pulcro y mangas ligeramente recogidas que le daban un aspecto tan ordenado como práctico, ya que al ser más activo físicamente necesitaba estar ligero y sobre llevar ropa bastante cómoda, para poder defenderse o proteger si era necesario. Sus ojos siempre atentos eran enmarcados por facciones finas acompañados con una pequeña nariz oscura. Su mirada habitualmente seria y analítica, se habían suavizado por completo al contemplarla, a aquella dama tan espectacular, la miraba con una devoción profunda, un brillo inequívoco de ojos enamorados que delataba el tierno secreto de su pecho, la cual hacía que aquel precioso sentimiento latiera con un profundo dolor tan único, que le encantaba tanto, porque no iba a negar que estaba loco por aquella diosa rojiza en miniatura. Un ligero color carmín tiñó sus facciones al verla tan desbordante de vida, tan ajena a las horribles atrocidades que se cometieron en ese lugar. —Jeje, lo sé... Es una de las pocas cosas de este lugar que todavía me atrevo a llamar bella. Aunque, para ser honesto, no podría decir que sea la primera —Respondió Giblet. Una sonrisa cómplice y suave iluminó su rostro mientras contemplaba a Poppy. Para él, absolutamente nadie en el mundo podría arrebatarle el primer puesto a esa pequeña muñeca, ella era, sin el menor atisbo de duda, la criatura más preciosa y pura que existía en mitad de aquel maldito lugar. De pronto, Poppy se detuvo en seco en mitad de un claro iluminado por un reflector templado. Con una enorme sonrisa infantil, su cabellera pelirroja se sacudió y con una ingenuidad encantadora, sujetó con ambas manos los pliegues de su vestido azul. Inspirada por una melodía que solo sonaba en su imaginación, comenzó a realizar giros suaves y rítmicos, imitando los pasos de ballet que tanto le fascinaban, no podía contener la emoción que sentía su propio corazón maravillado, de poder salir a distraerse un rato mientras tenia a Giblet a su lado. Su delicada silueta giraba una y otra vez con una gracia frágil, balanceándose como una flor que resaltaba en aquel lugar artificial. —¡Poppy, por favor, detente! —intervino Giblet de inmediato, dando un paso apresurado hacia ella. Ya que la preocupación de que ella se cayera y se lastimara hacían que este se alterara un poco—. Puedes perder el equilibrio y lastimarte, eres muy frágil. Recuerda que el suelo está desnivelado aquí. Al escuchar la voz de su amigo, Poppy detuvo su danza a mitad de un giro. Se tambaleó un poco antes de clavar en él sus grandes e inocentes ojos, un par de orbes azulados que destellaban como preciosos zafiros. Aunque su mirada desbordaba un inmenso cariño, la pequeña muñeca infló las mejillas con un adorable mohín de fastidio, le enternecía, pero a la vez le molestaba un poco que él se preocupara tanto por ella. Con un tierno rubor extendiéndose por sus mejillas, reclamó en silencio esa constante atención, no quería que Giblet pasara el tiempo tan pendiente de sus pasos, sino que simplemente se relajara y disfrutara del paseo junto a ella. Al notar el adorable berrinche de su compañera, una risilla suave escapó de los labios de Giblet, aunque la preocupación no abandonó del todo sus ojos. Poppy, decidida a demostrar su punto, dio un pequeño paso hacia atrás mientras gesticulaba con las manos. —No te preocupes, Giblet —le reclamó aquella pelirroja con una sonrisita confiada y llena de energía—. Estoy perfectamente bien, ya no soy una... Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Tal como el astuto Giblet había advertido segundos antes, el terreno artificial ocultaba un pronunciado desnivel. El talón de la muñeca pelirroja no encontró apoyo firme, provocando que su cuerpo se tambaleara peligrosamente hacia atrás. Perdiendo el equilibrio por completo, y sus brazos comenzaron a agitarse en el vacío en un intento desesperado por sostenerse. —¡Ahh, ahh, Giblet! —Exclamó Poppy con la voz entrecortada. En un intento desesperado por aferrarse a algo, estiró la mano hacia él con los dedos abiertos, buscando su auxilio en el aire. Las facciones de su rostro se contrajeron en una mueca de puro espanto al sentir cómo el vacío y la gravedad la arrastraban inevitablemente hacia atrás. Al verla trastabillar, el corazón de Giblet dio un vuelco. El pánico anuló cualquier rastro de su habitual seriedad. —¡Poppy! —gritó con la voz rota por el susto, aterrado ante la idea de que su frágil y delicada flor impactara contra el suelo. Haciendo gala de sus reflejos y su agilidad, Giblet se impulsó hacia el frente, acortando la distancia en un parpadeo. Estiró el brazo con desesperación y logró aferrar la mano de Poppy justo a tiempo, sin embargo, el impulso de su propia carrera, sumado al peso muerto de la muñeca que ya caía, terminó por traicionar su estabilidad. El calzado de Giblet resbaló en el césped sintético y él también perdió el equilibrio. El vacío los reclamó a ambos. En esa milésima de segundo previa al impacto, Giblet reaccionó con puro instinto protector, en lugar de intentar amortiguar su propio golpe, usó sus fuerzas para girar en el aire y atraer a Poppy hacia su pecho. Envolvió sus brazos firmes alrededor de ella, dispuesto a convertirse en el escudo que recibiera todo el daño de la caída. Un golpe seco resonó en el claro del parque cuando la espalda de Giblet impactó contra el suelo, amortiguando por completo el cuerpo de la muñeca pelirroja, provocando que Giblet soltara un quejido doloroso, pero no le importo en absoluto mientras pudiera proteger a Poppy. El silencio volvió a reinar en la estancia, interrumpido únicamente por la respiración agitada de ambos. Durante unos eternos segundos, ninguno de los dos se movió. Poppy se encontraba recostada directamente sobre él, con sus rostros a una distancia tan mínima que podían sentir el calor ajeno. Giblet, cuyos brazos aún rodeaban firmemente las caderas de la muñeca para mantenerla a salvo, se quedó petrificado en el momento que se recuperó del golpe, dándose cuenta en la posición en la que ambos se encontraban, atrapado por la intensidad de la cercanía, del calor, de sentir la respiración de Poppy en su pecho, de olfatear su aroma tan dulcemente florar emanando de ella, hizo que la propia respiración del canino comenzara a calentarse y sin poder controlarlo, tragar en seco ya que sentía que su saliva se secaba. Al clavar la mirada en esos inmensos ojos de zafiro que lo observaban con total inocencia, el pulso del caballero se desbocó, sintió que su corazón comenzaba a latir con una fuerza tan descomunal que temió que ella pudiera escucharlo, al mismo tiempo que un sonrojo violento y carmín invadía por completo sus mejillas afelpadas. La timidez lo paralizó, incapaz de apartar la vista de la criatura que adoraba en secreto, observando y admirando a aquella pequeña diosa divina acostada encima suyo, ignorando el hecho de que alguien mas los observaba. Poppy, por su parte, pestañeó un par de veces, asimilando la extraña posición en la que habían quedado. Miró el rostro completamente rojo de su protector y luego el suelo. Para su mente ingenua e infantil, toda la secuencia de la caída las advertencias, los gritos, el rescate fallido y el aterrizaje forzoso resultó ser la escena más cómica del mundo. Rompiendo la tensión romántica que abrumaba a Giblet, Poppy arrugó la nariz y soltó una carcajada cristalina y espontánea. Su risa llenó el espacio, libre de cualquier atadura o segunda intención. Al escucharla reír con tanta gracia y notar que se encontraba completamente ilesa, la rigidez en el cuerpo de Giblet se disipó. El rubor continuaba en su rostro, pero una sonrisa avergonzada y honesta terminó por curvar sus labios. Se contagió de la alegría de la muñeca y comenzó a reír junto a ella en el suelo, admitiendo en su fuero interno que, en efecto, la aparatosa caída de ambos había sido una completa y divertida ridiculez. ¡¡COMO TE ATREVES ESCORIA!! Tras el estallido de diversión, Poppy fue la primera en incorporarse con agilidad infantil. Se puso en pie sobre el césped y con unos golpecitos rápidos y rítmicos, sacudió el polvo de los pliegues de su vestido azul. Con una sonrisa radiante que borraba cualquier rastro del susto anterior, se inclinó hacia adelante y le extendió su pequeña mano a Giblet. —¡Ay, perdóname, Giblet! —le dijo aquella pelirroja arrugando la nariz en un gesto de sincera disculpa—. Qué torpe soy... debí hacerte caso jiji. Giblet, que aún sentía el eco de los latidos desbocados en su pecho, observó la mano que ella le ofrecía. Una calidez infinita lo inundó y al mismo tiempo una pequeña molestia por que ella se había separado de él. Así que llevó su propia mano hacia la de ella, entrelazando sus dedos con suavidad, pero con firmeza, y negó con la cabeza mientras una sonrisa mansa y protectora se dibujaba en sus facciones afelpadas. —Esta bien Poppy, mientras no te hayas hecho daño con eso es más que suficiente —respondió Giblet con su habitual madurez, aunque el tono de su voz delataba una ternura desarmante—. Ya te lo he dicho, no importa lo que pase, yo siempre voy a estar aquí para protegerte, incluso si tengo que amortiguar mil caídas por ti. — Él fue totalmente honesto con ella, haciendo que Poppy solo extendiera su sonrisa de ángel. Con un tirón suave, Giblet se impulsó hacia arriba. Una vez que ambos estuvieron de pie, la burbuja de complicidad no se rompió, siguieron riéndose de la aparatosa secuencia, manteniendo sus manos unidas de forma natural. Sin romper ese tierno agarre, comenzaron a caminar con lentitud por los senderos del parque, moviéndose con una sincronía tan unida que acortaba cualquier distancia física entre ellos, porque ambos disfrutaban de la compañía del uno del otro. Mientras avanzaban, Poppy, completamente distraída por el entorno, comenzó a parlotear alegremente sobre cualquier trivialidad que cruzaba su mente, hablaba del sabor de los arándanos azules y cuanto extrañaba probarlos, de lo lindo que sería teñir de rosa algunas partes del parque y de nuevos bailes que le gustaría practicar. Giblet la escoltaba con la mirada fija en ella, sonriendo como un auténtico tonto, incapaz de disimular la absoluta adoración que sentía hacia aquella dama tan amada. Por dentro, el joven canino era un torbellino de emociones puras. Escuchar la voz melodiosa de la muñeca hacía que su alma se llenara de júbilo y una profunda emoción, no podía controlarse ella era su razón del porque se levantaba cada día. A cada segundo que pasaba, a cada risa espontánea que ella soltaba, sentía que se enamoraba un poco más de su maravillosa esencia. Un deseo ardiente le quemaba el pecho, quería detener la marcha, rodearla con sus brazos una vez más y estrecharla contra sí con todo el amor y el cariño reprimido que guardaba desde el día en que se hicieron amigos, mas en el momento que él se dio cuenta que la amaba y la quería para él con todas sus fuerzas. Quería darle un solo beso que lo alcanzara hasta que muriera. Ella ya era su vicio que alcanzaba sus ojos. La necesitaba en su vida más que a nada ni a nadie en esta vida, ella era su luz y su mundo. Sin embargo, detrás de la fachada pacífica de su paseo, un nudo comenzó a cerrarse en la garganta de Giblet. Recordó el verdadero propósito de haberla llevado a lugar intacto, aquel era el momento que había planeado para abrirle su corazón y confesarle, de una vez por todas, la profundidad de sus sentimientos, necesitaba decirle cuanto la amaba y si lo aceptaba se aseguraría de hacerla la mujer más feliz del mundo, necesitaba liberarse y confesarle que cuando ella se acercaba se aceleraba su corazón, volviéndose una fiebre que el realmente disfrutaba, hasta volverse un fuego profundo que consumía su mente al pensar en solo en Poppy. Pero al ver la pureza de sus ojos de zafiro y recordar cuán inocente era ella para entender el amor romántico, el miedo y el pánico empezaron a apoderarse de su mente. La inseguridad lo golpeó con fuerza, dejándolo paralizado ante la duda de si ella sería capaz de aceptar su amor o si, por el contrario, terminaría distanciándola de él para siempre, pero aun así decidió arriesgarse y confesárselo de una vez por todas, mientras se detenían y este cerraba sus ojos con fuerza mientras temblaba, al mismo tiempo que su corazón se volvió un loco de remate. ¡¡ALEJATE DE ELLA!! —Poppy — Giblet la llamo en un murmullo que apenas logró romper la barrera de sus propios miedos, mientras sus mejillas se mantenían manchadas de un carmesí por su rubor. Sin embargo, sus palabras llegaron tarde. Porque ella absorta en su propio mundo, la muñeca pelirroja ya se había adelantado unos pasos. Giró levemente el rostro hacia él con una chispa de emoción renovada, agitando su mano libre para captar su atención de inmediato. —¡ Giblet, mira allá en frente! —exclamó con entusiasmo, señalando hacia el claro del parque, donde ahí había un grupo pequeño de juguetes jugueteando felices, como si nada malo existiera en ese lugar—. ¡Están jugando con un balón! Vamos con ellos, ¡hay que unirnos al juego! Antes de que Giblet pudiera procesar la petición, Poppy soltó su mano de manera repentina. —¡No Poppy!, ¡Espera! —Pidió el canino mientras trataba de sujetar a Poppy, ya que ellos no sabían si ese grupo de juguetes, pertenecían a esa facción asquerosa, la cual Giblet odiaba con todo su ser. Con una ligereza ingenua, sujetó los pliegues de su vestido azul y comenzó a avanzar con pasos rápidos, casi corriendo sobre el césped hacia el pequeño grupo que se divisaba a la distancia. Se trataba de un pequeño equipo de amigos una Hoppy Hopscotch, un Kickin Chicken, una Baba Chops y un Mako Maggie, quienes compartían risas y pases dinámicos con la pelota en mitad de la estancia. —¡Hola! ¿Puedo jugar con...? —empezó a decir Poppy a viva voz, acortando la distancia con los brazos abiertos y una sonrisa llena de buena voluntad. El efecto de su llamado fue inmediato, pero devastador. Al escuchar la melodiosa voz de la muñeca, el grupo interrumpió el juego en seco, la pelota que Maggie había pateado nadie la detuvo, solo los juguetes se quedaron estáticos mientras observaban a la no invitada. Los rostros animados y las risas de los cuatro juguetes se congelaron, transformándose en muecas de absoluto desagrado y desprecio visceral, provocando que Poppy lo notara de inmediato. —Mírenla, ahí viene... "La peste" —siseó aquella pequeña Baba con amargura, entornando los ojos y dando un paso hacia atrás con clara repulsión. —Vámonos de aquí rápido, antes de que se acerque más —añadió Kickin en un tono lo suficientemente alto como para que el eco del parque transportara sus crueles palabras. El resto del grupo comenzó a murmurar pestes y comentarios despectivos entre dientes, dándole la espalda de manera tajante. La pequeña Hoppy solo se enfocó en recoger el balón de prisa y se alejaron a zancadas del claro, huyendo de su presencia como si el simple roce de su sombra fuera contagioso. La carrera de Poppy se frenó de golpe. Sus pasos se congelaron a mitad del camino, quedándose completamente inmóvil mientras observaba cómo la distancia entre ella y el grupo se agrandaba. El silencio que dejaron a su paso cayó sobre sus hombros como una losa de cemento. En ese instante, sintió una punzada agónica en el pecho, su noble corazón dolió con una intensidad física ante el rechazo gratuito de quienes solo consideraba sus iguales. Una marea densa de profunda tristeza y una culpa completamente injustificada la invadió, porque sabía la razón por la cual había juguetes que la odiaban tan profundamente. Lentamente, Poppy bajó la mirada hacia el suelo. Sus preciosos ojos, antes brillantes como zafiros, comenzaron a inundarse de lágrimas gruesas que amenazaban con desbordarse por sus mejillas de porcelana. Apretó los labios con fuerza, mordiéndose el labio inferior en un intento desesperado y doloroso por contener los sollozos y no permitir que sus lamentos rompieran el aire, rota por la fragilidad de su propio ser sentimental. Detrás de ella, Giblet presenció la escena completa. El loco frenesí que hace un instante dominaba su corazón se transformó en una furia fría y un dolor punzante al ver la silueta temblorosa de la muñeca. Giblet no lo pensó dos veces, rompió su parálisis y corrió a zancadas hacia ella, acortando la distancia en un instante para tomarla con firmeza de la mano. Sus dedos afelpados se apretaron contra los de Poppy, mientras sus rasgos se endurecían por la rabia contenida. —No te preocupes, Poppy... Voy a darles una lección que jamás olvidarán —siseó entre dientes, clavando una mirada gélida en la dirección por la que el grupo se había marchado. Su intelecto ya maquinaba la forma de hacerles pagar por su crueldad y hacer llorar a la mujer que amaba. Al escuchar sus intenciones, el pánico inundó el rostro de la muñeca. Poppy negó rápidamente con la cabeza, tirando con suavidad de su agarre para detenerlo, ya que no quería que él hiciera algo horrible, ya que tampoco soportaría que esos juguetes aunque fueran malos con ella, sufrieran un tipo de tortura, porque simplemente no soportaría que ellos fueran lastimados, en especial si era por culpa de ella, su corazón tan noble no lo soportaría. —¡No, Giblet, por favor no lo hagas! —le suplicó la pelirroja, con la voz quebrada—. Por favor, no les hagas daño... No pasa nada. Levantó la mirada hacia él, haciendo un esfuerzo sobrehumano por forzar una sonrisa. Era una mueca fingida y dolorosa que intentaba transmitir una tranquilidad que no poseía, mientras un par de lágrimas gruesas y brillantes finalmente vencían la resistencia de sus pestañas, resbalando en silencio por sus mejillas blanquecinas. Al ver esa falsa sonrisa rota por el llanto, Giblet soltó un gruñido ahogado desde lo más profundo de su pecho. Cerró los ojos con fuerza, invadido por una rabia impotente que le quemaba las entrañas, se sentía miserable al no saber qué más hacer para blindar su frágil corazón del odio gratuito de esos bastardos. Ella era demasiado pacífica, incapaz de defenderse y aunque ella supiera la razón del odio, aun así ella jamás haría algo para lastimarlos, porque simplemente no era la naturaleza de esa pequeña diosa. Obligándose a dominar la tormenta de su mente, Giblet dejó escapar un largo suspiro para relajar la tensión de sus músculos. Se plantó frente a ella y, con una delicadeza infinita, alzó sus manos para acunar el rostro de la muñeca. Con las yemas de sus dedos barrió las lágrimas que humedecían sus mejillas, acariciando su piel con un cuidado extremo, como si temiera romperla. —Por favor, Poppy, ignora todo lo que digan —le pidió el canino en un murmullo impregnado de una ternura desarmante—. No vale la pena que te pongas triste por unos juguetes tan patéticos como ellos. Tú eres mucho mejor que cualquiera en esta fábrica. Poppy, reconfortada por el calor de su protector, guardó silencio y se limitó a asentir levemente. Giblet deslizó sus manos con suavidad por el contorno de su rostro hasta volver a tomarla de las manos, invitándola con un gesto pausado a romper la rigidez de su postura, haciendo que Poppy reaccionara al sentir el tacto tan tibio de aquel canino, que hacia que ella soltara un suspiro lleno de alivio que tuviera a Giblet en esos momentos a su lado, porque de lo contrario ella no pararía de llorar y culparse por todo. —Ven, siéntate conmigo —le propuso con dulzura el canino. Ambos se dejaron caer sobre el césped del claro. Giblet se acomodó a su lado, reduciendo cualquier distancia para mantenerla pegada a su cuerpo, ofreciéndole su presencia como un refugio seguro donde tranquilizar sus alterados sentimientos, porque ahora sentía tanta rabia porque esos bastardos habían arruinado su oportunidad para confesarse, no quería decirle algo tan intimo en un momento como este, no cuando ella necesitaba de su cuidado. Por lo que continúo hablando con una sonrisa. —Ya buscaré un balón más tarde y jugaré contigo todo el tiempo que quieras. A decir verdad... no soy nada bueno pasando la pelota con los pies, seguro terminaré tropezando, pero te prometo que lo intentaré. —Dijo Giblet, desvió un poco la mirada, visiblemente apenado por tener que admitir sus nulas habilidades en los deportes. Alzó una mano para rascarse la nuca con timidez, dejando que un tierno rubor coloreara sus mejillas ante la idea de hacer el ridículo frente a ella con tal de verla sonreír. Al escuchar aquello, la desbordante imaginación de Poppy voló de inmediato. En su mente infantil, visualizó la figura habitualmente seria y formal de Giblet moviéndose de manera torpe, persiguiendo un balón con dificultades y perdiendo el equilibrio con gracia. La imagen mental fue tan absurdamente tierna que la muñeca no pudo evitarlo, una pequeña risa, cristalina y espontánea, escapó de sus labios rojizos. —Eso sería muy divertido de ver, Giblet —admitió ella con un hilo de voz, mientras el brillo de sus ojos de zafiro comenzaba a recuperar su calidez habitual. Giblet al ver que ella, poco a poco, estaba recuperando su alegría y dejando atrás el dolor de la humillación, le devolvió la paz que la fábrica le arrebataba a diario, enamorándose un poco más de la inquebrantable pureza de su alma. Ambos se sumieron en un pacífico silencio durante unos segundos, permitiéndose descansar de la tormenta de emociones agitadas que acababan de vivir. A medida que la serenidad regresaba a sus pechos, Poppy contempló el parque con una sonrisa genuina dibujada en el rostro. Por supuesto que el rechazo de los otros juguetes todavía dejaba una punzada dolorosa en su alma, pero tener a Giblet a su lado le brindaba un alivio tan inmenso que la culpa se desvanecía. Ahora su mente no tenía espacio para la tristeza, estaba completamente ocupada fantaseando con la divertida imagen de su amigo intentando dominar una pelota. —¿Sabes, Giblet? —rompió Poppy el silencio, fijando su mirada al frente, perdiéndose en la vastedad artificial del parque—. Yo realmente quiero hacer que todos dejen de odiarme. Giblet se tensó de golpe, girándose a verla con una profunda sorpresa grabada en sus facciones afelpadas. Su madura mente se tambaleó ante la enorme escala de lo que acababa de escuchar, en su infinita ingenuidad, Poppy no alcanzaba a dimensionar el verdadero peso de la realidad. Desconocía el daño irreversible y el resentimiento implacable que los humanos habían sembrado en el corazón de esos juguetes, una herida tan sangrienta y profunda que hacía que la reconciliación fuera una utopía casi imposible de alcanzar. —¿Qué? —alcanzó a articular Giblet mirándola con incredulidad—. Poppy... ¿cómo planeas hacer algo así? La pequeña muñeca se limitó a alzar los hombros con total ligereza, dibujando una expresión risueña que demostraba que, en efecto, no tenía la menor idea de cómo lograrlo. Con una gracia infantil, se impulsó hacia arriba para levantarse del césped artificial. Dio un paso hacia el frente, tomó con ambas manos los bordes de su vestido azul y comenzó a dar un nuevo giro suave sobre el prado, sin embargo, su sonrisa era completamente real, desbordante de una determinación que nacía desde lo más profundo de su noble pecho. —¡Tampoco lo sé! —exclamó con una risilla melodiosa mientras terminaba su pirueta, para luego mirar a Giblet con determinación—. Pero mi sueño es que todos vivamos felices aquí dentro, y que yo pueda ser parte de ellos. Se detuvo a mitad del claro, extendiendo las manos con los dedos abiertos hacia el paisaje, como si en su mente ya pudiera ver el futuro que tanto anhelaba. —Solo quiero que todos formemos un lugar mejor, feliz... un mundo lleno de júbilo y de paz absoluta. No me importa si me odian, Giblet. Aunque me miren con desprecio, yo seguiré velando por cada uno de ellos y cumpliré mi promesa de darles un auténtico paraíso. —Expreso Poppy mientras sonreía imaginando su un mundo ideal perfecto para todos. Giblet se quedó completamente petrificado en el suelo, asimilando las palabras de la muñeca. En sus ojos, que brillaban intensamente con una devoción renovada, se podía leer lo perdidamente maravillado y conmovido que estaba por ella. Una sonrisa mansa y llena de orgullo curvó sus labios mientras la contemplaba alzada en mitad de la luz, tan motivada y tan pura a pesar de haber sido lastimada minutos antes. Fue en ese preciso instante cuando Giblet comprendió algo con total claridad, no era el momento de declararse. No cuando ella cargaba en sus frágiles hombros un anhelo tan inmenso y desinteresado por el bienestar ajeno, un propósito tan grande no dejaba espacio inmediato para el romance, y él no iba a ser quien la distrajera de su hermoso ideal. Lejos de desmotivarse o sentir que su oportunidad se había esfumado, aquella epifanía provocó que una emoción desbordante y esa emoción sincera encendieran el alma del inventor. Ver a Poppy llena de vida, soñando con un mañana pacífico para la fábrica, era el motor que le devolvía el sentido y la alegría a su propia existencia. Con el corazón latiendo con fuerza, pero ahora en perfecta calma, Giblet se puso en pie y caminó hacia ella, dispuesto a ser el guardián eterno de ese hermoso paraíso que ella tanto quería construir. La distancia entre ambos se redujo a nada cuando Giblet se plantó frente a ella. Con una devoción y amor que no podía ocultar, extendió sus manos y tomó las de la muñeca entre las suyas, sosteniéndolas con una firmeza absoluta que pretendía transmitirle toda la seguridad del mundo. —No vas a estar sola en esto, Poppy. Te lo prometo —declaró Giblet, mirándola fijamente a esos profundos ojos de zafiro con una seriedad templada y conmovedora—. A partir de hoy, haré todo lo que esté en mis manos, usaré cada uno de mis inventos y todo mi conocimiento para asegurarme de que ese sueño tuyo se vuelva una realidad. Sus dedos se apretaron con suavidad, reforzando el juramento silencioso que acababa de nacer en su pecho. —Jamás voy a permitir que vuelvas a derramar una sola lágrima por culpa del rechazo de los demás. Si el mundo entero decide darte la espalda, no me importa, yo seré tu más leal aliado en esta nueva meta. Caminaré a tu lado sin importar los peligros que tengamos que enfrentar. Dicho esto, incapaz de contener por más tiempo el desbordante afecto y la admiración que le inundaban el alma, Giblet dio un paso al frente y la envolvió en un abrazo protector y profundo, haciendo que su propio corazón se encendiera porque no iba a negar, que cada abrazo con ella hacía que este explotara de una dicha eterna. La estrechó contra su pecho con una calidez tan genuina que pareció desvanecer cualquier rastro de rechazo que ella fue sometida. Al verse rodeada por esos brazos firmes y seguros, la barrera emocional de Poppy terminó por ceder. Una risilla trémula y cristalina escapó de sus labios, mezclándose de inmediato con un llanto suave y liberador que nació puramente de la emoción. Lejos de apartarse, la muñeca pelirroja se estrechó con fuerza contra él, escondiendo el rostro en su pecho mientras correspondía el abrazo con todas las fuerzas de sus pequeñas manos, Poppy no podía evitarlo estaba tan feliz que Giblet estuviera a su lado, alentándola y protegiéndola y fue en ese mismo instante que agradeció a cualquier dios, por haberle mandando un ángel tan cálido y protector como Giblet. —Gracias, Giblet... De verdad, muchas gracias —articuló Poppy entre sollozos felices, con la voz ahogada por el sentimiento, hundiéndose más en el pecho de aquel macho, mientras sonreía sin poder creer que el fuera tan unido a ella—. No sabes lo infinito que es mi agradecimiento por tenerte conmigo en este momento, en esta situación... Saber que estás aquí y, sobre todo, que no me dejarás sola en mi meta, es todo lo que mi corazón necesitaba para no rendirse. Aferrados el uno al otro en mitad del claro del parque, el pacto quedó sellado. Giblet sonrió en silencio contra el cabello de la muñeca, consciente de que, aunque el amor tendría que esperar en las sombras, la complicidad y la lealtad que ahora compartían los volvía completamente invencibles. Giblet se sumergió por completo en la calidez de ese abrazo, sintiendo una felicidad tan inmensa y pura que el resto de la fría factoría pareció desaparecer por completo. Sin embargo, la melancolía duró poco en el corazón de Poppy. Con la emoción renovada y los ojos aún brillantes por las lágrimas de júbilo, se separó suavemente de su pecho. Antes de que él pudiera reaccionar, la muñeca entrelazó sus dedos con los de él y comenzó a jalarlo con entusiasmo. —¡Festejemos, Giblet! ¡Baila conmigo! —le pidió con una voz cantarina y desbordante de alegría, ansiosa por celebrar ese pequeño pero significativo pacto en mitad del parque artificial. El inventor parpadeó sorprendido, pero la contagiosa energía de su compañera disipó cualquier rastro de timidez. Con una sonrisa mansa y decidida, aceptó la invitación. Antes de que Poppy tuviera tiempo de procesarlo, sintió el toque firme y cálido de las manos de Giblet deslizándose con naturalidad hacia su estrecha cintura. Una pequeña exclamación de sorpresa quedó atrapada en su garganta al verse despegada del suelo, con un movimiento ágil, seguro y repentino, él la alzó por los aires. Giblet giró sobre su propio eje con entusiasmo, y el asombro inicial de la muñeca se disolvió en una risa cristalina que resonó por todo el claro, mientras la suave brisa artificial meciera su cabello pelirrojo en lo alto. Al devolverla al suelo con extrema delicadeza, Giblet no rompió el contacto en ningún momento. Manteniendo una de sus manos entrelazada con la de ella, asumió el liderazgo con suavidad y comenzó a guiar el compás, dando inicio a una danza fluida y distinguida sobre el césped, provocando que esta cercanía volviera encender el corazón del canino, lo que hizo que volviera a sonrojarse por no poder contener su emoción al tenerla de nuevo tan cerca de ella. Se movían juntos en una sincronía tan perfecta y natural que el terreno escarpado y desnivelado pareció desvanecerse bajo sus pies, en ese instante, nada en el mundo importaba más que el ritmo que compartían. Poppy, dejándose llevar por la firmeza de sus pasos, lo miró con auténtica sorpresa y admiración en sus ojos de azulados. —¡Vaya! No sabía que sabías bailar tan bien, Giblet —mencionó ella con una sonrisa radiante a mitad de un giro, mientras disfrutaba de su baile con su leal caballero. El joven canino soltó una risa baja y melodiosa, contagiado por el encanto del momento, mientras pegaba mas el cuerpo de Poppy sobre él. —Bueno... tal vez no sea el mejor persiguiendo balones con los pies —admitió con un guiño divertido y una pizca de ese orgullo maduro que lo caracterizaba— Pero tengo que admitir que en la danza nadie me gana. Poppy no pudo evitar que su sonrisa se ensanchara aún más al escuchar su ocurrencia. Olvidando por completo las penas del pasado y el peso de sus grandes metas, se entregó por completo al ritmo de sus pasos, confiando ciegamente en el juguete que había jurado ser su más leal protector en ese mundo tan maravilloso para ella. ¡TE ODIO!, ¡TE ODIO! ¡¡ALEJATE DE MI POPPY!! De pronto, la magia del momento se hizo añicos. En mitad de un compás, el corazón de Giblet dio un vuelco violento, sacudido por una punzada horriblemente dolorosa en el pecho. No era el dulce e intenso ardor del amor que le profesaba a Poppy, esto era algo oscuro, primitivo y devastador. Era un pánico ciego, un terror absoluto que encendió su instinto animal, gritándole desde las entrañas que huyeran de inmediato, que algo de una naturaleza perversa los estaba observando desde las sombras... que algo estaba listo para asesinarlo. Una oleada de frío recorrió su cuerpo mientras sentía cómo el pelaje de sus brazos y de su espalda se erizaba por completo. Giblet se detuvo en seco en mitad de la danza con la doncella rojiza. Su cuerpo comenzó a temblar de forma descontrolada bajo el peso de un miedo que jamás había experimentado. El instinto de supervivencia anuló su raciocinio y, en un reflejo ciego por retener a Poppy y protegerla, su agarre se volvió tosco y excesivamente fuerte, cerrándose con violencia alrededor de ella, con el pavor que algo le pasara exclusivamente a ella. La muñeca se quedó congelada, desconcertada por la súbita interrupción. Al levantar la vista, la sorpresa en sus ojos azulado se transformó en desconcierto absoluto al leer el pánico puro y el horror que desencajaban las facciones de su amigo. —Giblet... ¿Qué tienes? ¿Qué pasa? —preguntó la pelirroja con un hilo de voz, asustada por su perturbadora rigidez, no entendía que pasaba y su preocupación se notaba al llamarlo. Sin embargo, antes de obtener respuesta, la presión de los dedos del inventor se incrementó tanto que Poppy no pudo contenerlo, soltó un quejido doloroso, sintiendo que su delicado cuerpo era aprisionado sin piedad. —¡Giblet, me lastimas! —volvió a llamarlo, con los ojos abiertos por el dolor y el temor. El lamento de la muñeca actuó como un latigazo que lo trajo de vuelta a la realidad. Giblet reaccionó de golpe y abrió las manos, soltándola como si se hubiera quemado. Su respiración era errática y pesada. —Lo siento... ¡Lo siento mucho, Poppy! No quería... —articuló con la voz rota por la culpa, pero el pánico en su interior seguía rugiendo con fuerza, mientras su corazón martilleaba tan dolorosamente y su sexto sentido se activaba de forma alarmante, fue entonces que tomo una decisión—. Tenemos que irnos. Ahora mismo. Presiento que este lugar ya no es seguro... algo es muy peligroso aquí. Sin perder un segundo, Giblet comenzó a mover la cabeza de forma paranoica, observando en las estructuras altas y en cada rincón oscuro del parque, buscando desesperadamente con la mirada a la presencia invisible que lo había puesto en alerta. La tétrica atmósfera de la factoría parecía haberse cerrado sobre ellos como una trampa mortal. Poppy, contagiada por el terror genuino de su protector y el ambiente opresivo que de pronto los rodeaba, asintió con rapidez, con el rostro pálido. Sin decir una sola palabra más, Giblet la tomó de la mano esta vez con firmeza, pero con cuidado y ambos rompieron a correr a toda velocidad, huyendo de aquel claro maldito mientras sentían la invisible e implacable mirada clavada en sus espaldas. * º ❀ * º ¡VETE AL INFIERNO GIBLET! En la penumbra de aquella habitación que había servido para vigilar los movimientos de la doncella, El Prototipo se tambaleaba, emitiendo un sonido metálico y gutural mientras respiraba con una dificultad espantosa, sus pulmones le dolían terriblemente, su corazón palpitaba tan dolorosamente. Su caja de voz distorsionada subía y bajaba en un ritmo errático. Lo había visto todo. A través de la ventana su ojo había sido testigos de cada caricia, de cada risa y de ese maldito baile, y lo peor es que Poppy nunca lo rechazo en su toque, en sus caricias, todo esta mal y se sentía tan enfermo de tan solo observarlo. ¡Ella es mía…! ¡¡ELLA ES MÍA!! En la penumbra asfixiante de aquella habitación desde donde vigilaba cada movimiento de Poppy, El Prototipo se tambaleaba como una bestia herida de muerte. De sus fauces escapaba un siseo metálico y gutural, un quejido agónico salió de su boca con cada bocanada. Dentro de ese pecho en su corazón palpitaba con una violencia tan dolorosa que amenazaba con romper su propia estructura. Su caja de voz distorsionada vibraba en un ritmo errático, enloquecido. Lo había visto todo. A través del cristal de la ventana, su ojo había sido el testigo maldito de cada caricia, de cada risa y de ese infame baile. Pero lo que verdaderamente lo estaba despedazando por dentro, lo que hacía que se sintiera asquerosamente enfermo, era que Poppy... su pura y perfecta Poppy, nunca rechazó el toque de ese infeliz. Aceptó sus caricias. Todo estaba mal, el mundo se estaba torciendo ante sus ojos y la bilis de los celos lo ahogaba en su propia locura. A su alrededor, el entorno era la viva e idéntica imagen de su propia devastación interna. Aquella rabieta ciega y frenética, desatada en el instante exacto en que vio a Giblet tomar la mano de Poppy para arrastrarla lejos de él, había empujado a Oliver a un abismo de pura demencia. Había destrozado la habitación por completo, no por maldad, sino porque el dolor en su pecho era demasiado grande para contenerlo. Las paredes de concreto macizo mostraban profundas hendiduras donde sus garras se habían enterrado buscando un anclaje para su cordura, los muebles yacían reducidos a astillas y metal retorcido, proyectados con una violencia salvaje contra los muros en un intento desesperado por acallar las voces de su cabeza, en especial de esa bastarda de pelo morado, la cual no había mentido en absoluto. Incluso el suelo de hormigón se encontraba hundido y fracturado, cediendo ante el peso muerto de sus pesadas patas metálicas cada vez que daba un pisotón fuerte, Oliver se sentía tan asfixiado por el pánico de perder a su diosa, su bendita y preciosa Poppy. ¡Mi amada Poppy! Pero la destrucción material no había bastado para apagar la tormenta que rugía en su mente. Al contrario, su voz en su propia cabeza comenzó a gritarle sin piedad, amplificando su tormento hasta volverlo insoportable. Oliver comenzó a agitarse de nuevo, sacudido por un frenesí violento e incontrolable. Una mezcla altamente tóxica de rabia indomable, ira pura y una inseguridad extrema y enfermiza lo consumía por dentro, devorando los últimos vestigios de su cordura ante la sola y aterradora idea de perderla. El pánico que lo invadió fue tan absoluto y paralizante que ni siquiera se percató del momento en que gruesas lágrimas, cargadas de una tristeza infinita, comenzaron a deslizarse en silencio por sus mejillas para terminar estrellándose contra el frío e implacable suelo. —¡No... no, no, NO! —rugió la amalgama de voces robóticas y orgánicas, un eco estridente que hizo vibrar el techo de la estancia—. ¡¿Por qué lo permites, Poppy?! ¡¿Por qué sonríes con él?! Giblet había estado demasiado cerca de ella, intolerablemente cerca. Los había visto caminar unidos, compartiendo una complicidad que le revolvía las entrañas, los había visto abrazarse, y su ojo sediento de control presenció el momento exacto en que ese canino la tomaba por la cintura. Para el Prototipo, aquel toque fue una afrenta directa y descarada hacia su soberanía. La sola idea de verlos tan juntos encendía un fuego maldito y paranoico en su mente. No lo toleraba. Su mente no podía soportar que los puros ojos azulados de la muñeca miraran con devoción a alguien que no fuera él, su único y verdadero “amor” que debía tener, no debería existir absolutamente nadie más. ¡¿Acaso piensa abandonarme como ellos?! ¡ELLA JAMÁS ME HARÍA ESO! En un arranque de absoluta desesperación, el Prototipo enterró sus garras en la ventana, ejerciendo una presión brutal hasta hacer que el cristal estallara en mil pedazos que llovieron como metralla. El estallido del vidrio apenas logró camuflar la punzada de pánico extremo que le atenazaba el pecho, un terror primitivo y asfixiante que jamás admitiría, pero que en ese instante le helaba la médula por completo. —Él quiere apartarte... —siseó el Prototipo, y su voz cayó a un susurro tembloroso, distorsionado por una paranoia descontrolada—. Ese maldito bastardo... ve lo mismo que yo. Siente lo mismo que yo... ¡Existe una posibilidad! ¡UNA MALDITA POSIBILIDAD DE QUE INTENTE QUITÁRTE DE MÍ! La simple y maldita idea de que Giblet pudiera usurpar el afecto de Poppy, o atreverse a interponerse en el sagrado destino que él había diseñado para ambos, desató una nueva y devastadora oleada de locura en su mente. Su cuerpo crujió bajo una tensión insoportable entonces, Oliver liberó un grito frenético y ensordecedor que desgarró la densa quietud de la habitación. Fue un rugido espantoso, un lamento de pura posesión e ira incontrolable. —¡ERES MÍA, POPPY! —Bramo El Prototipo, mientras su garra metálica se cerraba en el vacío, como si intentara atrapar el recuerdo de la muñeca—. ¡No dejaré que nadie te toque... no dejaré que nadie te aleje de mí! ¡NADIE! El eco de su propio rugido se apagó lentamente, dejando tras de sí un silencio denso, pesado y cargado de una agonía sofocante. La rabia, antes hirviente, mutó de golpe en un frío glacial que le atenazó el pecho. El pánico al ser abandonado regresó con la fuerza de un tsunami, arrastrando consigo los fantasmas del pasado. Los recuerdos, fragmentados pero dolorosamente nítidos, perforaron su mente, aquella familia del pasado que lo había dejado atrás, que lo había abandonado absolutamente todo, ignorando su dolor y su existencia. Un temblor patético sacudió su masiva estructura. No podía permitir que la historia se repitiera. No con Poppy. No con la única criatura que amaba con una locura tan ciega y devota, aquella hermosa doncella que se había convertido en el núcleo absoluto de su maltrecha existencia, la única razón por la que su corazón seguía latiendo. Perderla a ella significaba quedar sumido en la nada más absoluta. Obligándose a respirar de forma más pausada, el Prototipo intentó contener el colapso de su cordura. Siseó con fuerza, forzando apagar sus pensamientos intrusivos. Con un movimiento pesado, alzó el rostro sucio por sus lágrimas hacia el techo agrietado de la sala, clavando su mirada en la oscuridad superior mientras estabilizaba sus funciones. Solo necesitaba pensar, la paranoia no le ayudaban esta guerra necesitaba la frialdad matemática que lo caracterizaba. Tenía que trazar sus siguientes pasos para acabar con esa plaga. Necesitaba pensar y estar en ese lugar no le servía de nada, porque en esos momentos necesitaba liderar un plan, para alejar a ese bastardo de su preciosa Poppy. Necesitaba de ellos. Como un acto final para cerrar su tormento, bajó la cabeza y apretó sus garras con una determinación implacable. —Esto no me ayuda... —siseó Oliver, y su voz ahora arrastraba una desesperación peligrosa—. Debo convocar a mis súbditos y planear… en como quitarme a esa rata y que se aleje de ella… Giblet se había convertido en una anomalía, en una plaga que debía alejar antes de que envenenara la mente de su amada. El Prototipo necesitaba buscar a sus súbditos, aquellas criaturas a las que, muy en su interior y con un orgullo que jamás se atrevería a admitir en voz alta, consideraba sus únicos amigos en ese infierno. Quizás el simple hecho de estar entre ellos lograría apaciguar un poco la tormenta de su pecho, dándole la frialdad necesaria para idear el plan perfecto, para que ese maldito infeliz no se acercara a Poppy jamás. Con paso lento pero imponente, arrastrando sus extremidades metálicas con un crujido ominoso, El Prototipo comenzó a retirarse de la destrozada habitación, sumergiéndose por completo en los pasillos más profundos de la fábrica, listo para mover sus hilos y desatar una cacería silenciosa. Porque a él no le importaba iniciar una nueva hora de la alegría, si eso significaba tener a Poppy a su lado. Después de todo por ella sería capaz de todo. * º ❀ * º Pero en ese preciso momento el salvador no tenia ni idea que cometería un error que le costaría muy caro en su propia existencia.
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