Un Lobishome en el camino de Santiago

Slash
NC-17
En progreso
3
El trabajo participa en el concurso «Julio Siniestro»
Fechas del concurso: 03.07.26 - 31.07.26
Inicio de la votación: 20.07.26
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planificada Mini, escritos 6 páginas, 2.116 palabras, 1 capítulo
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Capítulo 1. El encuentro

Ajustes
Sergio se puso la mochila al hombro para salir del tren. Pesaba un poco la verdad. Era su primera vez haciendo algo así. Pero había tenido un año horrible y necesitaba desconectar y encontrarse a sí mismo en el proceso. Tecleo una búsqueda hacía un mes en Google que decía literalmente: “vacaciones para salir del bajón existencial en España”. Lo de en España era importante, porque no le quedaban muchos ahorros que pudiera destinar a sus vacaciones. Le salían sobre todo playas y zonas muy turísticas. Pero es que era lo que hacía siempre. Quería salir un poco de su zona de confort para ver si le daba nuevas perspectivas. Por eso, buscando ya a la desesperada en foros, conoció de casualidad el camino de Santiago. La gente lo describía como toda una experiencia semireligiosa, en medio de paisajes naturales y en una zona en la que la gastronomía parecía simplemente alucinante. En realidad, era solo andar una distancia de al menos 100 km, sellando una especie de pasaporte cada día en albergues, para que le dieran un papel al llegar a Santiago que certificaba la hazaña. Pero simplemente se le antojó. Estaba acostumbrado a andar, parte de su terapia eran larguísimos paseos por su Madrid natal y alrededores. Y lo de la naturaleza sonaba bien. Y lo de la gastronomía sonaba aún mejor. Se le había caído la baba viendo en Internet imágenes del pulpo á feira y la empanada gallega. No tendría mucho dinero para el viaje, pero pensaba comer bien. Así que se ciñó bien las correas del armatoste de mochila que llevaba y se internó por las calles de un pueblito gallego en la frontera con Portugal, que estaba situado al inicio de la distancia mínima para cumplir con las (absurdas) normas que tenía que cumplir si quería conseguir ese certificado, que se llamaba compostelana. Abrió el GPS en el móvil y busco la zona de encuentro. La verdad es que le daba algo de miedo irse a Galicia y caminar por aquellos parajes desconocidos solo. Por suerte, encontró una página en Internet que era, precisamente, para encontrar grupos que hicieran el mismo trayecto hacia Santiago. Había quedado con un chico y un par de chicas que coincidían en fechas y objetivos de tiempo, además de asegurarse de que era un grupo LGTB friendly, porque las chicas eran pareja. Ellos le habían indicado como llegar a aquel pueblo, que la verdad, le parecía muy cuco. Siguió el camino sugerido por su smartphone a la ubicación que le habían mandado. Mientras observaba la curiosa mezcla de arquitectura del centro, iba pensando en si reconocería al grupo. Ninguno del chat tenía una foto de su cara. Sus miedos se disiparon al llegar al bar en el que habían quedado y ver a solo tres personas con mochilas similares a la suya sentadas juntas en la terraza. Mientras Sergio se dirigía hacia ellos, el viento le revolvió el pelo de la nuca y ondeó su flequillo rubio ante sus ojos. El hombre del grupo estaba casi de espaldas a él, pero en ese momento, como si la brisa le hubiera avisado de que había llegado, el chico se giró hacia él. Y Sergio noto como se le atascaba un poco de saliva en la garganta. Era guapísimo. Pelo y barba cortos de color negro. Ojos verdes que dejaban ver su tono incluso en esa distancia. Mandíbula cuadrada, cuerpo como de boxeador de peso medio. Ese dios en la tierra lo miró directamente a los ojos con gesto confuso. Luego pasó un poco la mirada por él y sonrió, cambiando el gesto. Levantó la mano hacia él, invitándolo a acercarse y él obedeció por instinto. Cuando llegó las chicas también lo miraban sonriendo. —Hola, eres Sergio, ¿verdad? — preguntó él. —Si, el mismo. —Yo soy Iago— respondió levantándose y tendiéndole la mano. Aceptó el saludo. No se le escapó el agarre firme de aquella manaza tibia—. Ella es Claudia— siguió señalando a la chica de pelo corto— y Marta— la pelirroja que quedaba. Ellas se levantaron también y le dieron dos besos. Se sentaron todos y un camarero se acercó a tomar el pedido de Sergio. —Me encanta este paisano— dijo Claudia riendo—. Lo acabo de conocer y me presenta como si fuera su amiga de toda la vida. Elegimos bien el grupo. —Ya, esto pinta muy bien— respondió Marta—. Solo espero aguantar el tirón. —Ya verás que sí, cariño. No le des más vueltas. —No te preocupes, yo me adapto a cualquier ritmo— intervino Iago—. Teniendo el objetivo de hacer 15 km al día como mínimo, nos da para ir con calma y llegar antes de 10 días a Santiago de sobra. El objetivo lo cumplimos fácil. —¿Ya lo has hecho antes? — pregunto Sergio. —Qué va. Lo hizo mi abuelo un montón de veces. Me dio todo tipo de consejos sobre tiempos, donde dormir y así. Soy Gallego de toda la vida, pero no me había animado a hacerlo antes. —Nosotras también somos gallegas de toda la vida y nos animamos justo ahora. Pero he tenido unos meses terribles y quería romper la rutina. Y claro, mi amorcito siempre se apunta a todas mis locuras— dijo Marta poniendo una mano sobre la de Claudia. —Te entiendo bien— dijo Sergio—. Yo también vengo de una época horrorosa y me dio por hacer algo que nunca había hecho antes. Solo que yo no tengo un amorcito que me acompañe, ya me gustaría— añadió riendo. —Tú que eres de Madrid, a ver si te vas a enamorar de una gallega y te vas a venir para aquí a vivir. Que aquí somos muy riquiños todos. —Que significa “riquiños”? —Majos— le tradujo Iago a Sergio. —Ah vale. Majos se os ve un rato. Lo único es que las gallegas no son lo mío. Los gallegos aún lo tengo que descubrir…— dijo Segio llevándose dramáticamente a los labios el vaso con coca cola que le había traído el camarero. Todos rieron con picardía. Especialmente Iago antes de decir: —Lo mismo da. El producto gallego es bueno sea ella o él. Verás que de aquí sales enamorado. Ya sea de la zona o de un gallego. Mientras veía los labios llenos de Iago formar palabras, Sergio pensó que era muy posible. Nunca se había fijado en lo sexy que era el acento. O eso o a aquel hombre le quedaba bien todo. Hablaron durante bastante tiempo disfrutando la temperatura cálida en aquella terraza. De cine, de libros, anécdotas varias. Se acercaban las ocho de la tarde cuando se dirigieron al albergue. Al llegar se alegraron de haber reservado y pagado la estancia por Internet, porque el sitio estaba un poco lleno. Dejaron sus mochilas en las taquillas al lado de las literas que les habían asignado en aquella gran sala común abarrotada de camas iguales a las suyas. —Yo diría de ir a cenar y acostarnos pronto— dijo Iago—. Según mi abuelo es mejor salir temprano y cubrir la mayor parte de la etapa por la fresca, parar para comer y descansar al mediodía con el calor, y si tenemos ánimo hacer un poco más de tarde noche. —Creo que será lo mejor hacer caso al experto— respondió Claudia— Es más o menos lo que habíamos hablado de hacer. ¿A qué hora salimos? —¿A las siete os parece bien? Todos accedieron al plan y salieron a buscar un restaurante. —¿Que os apetece? — tomo la iniciativa Iago— Aqui lo mejor es ir a la bocatería de Areses, o si queréis más de plato, al Cabalo Tolo. —¿Tu eres de aquí?— preguntó Marta. —No, pero mi abuelo y mi padre sí. Yo es que soy del extrarradio de Santiago. —No fastidies— dijo Claudia riendo—. Entonces tú no tienes que coger tren de vuelta. —Pues no. Llevo ya unos días en casa de mi primo visitando parientes. Pero me apetecía empezar desde el albergue de inicio con vosotros. —Que considerado. —Yo soy asi. Un gallego encantador. A Sergio no se le escapó que le dedicó una mirada de refilón al decir esto. —¿Entonces qué queréis cenar? — continuó Iago. —A mí llevadme a donde haya empanada de aquí. Llevo soñando con probarla desde que descubrí que es una entidad en sí misma. Los demás rieron. —Claro, en Madrid no se debe comer como aquí. Vas a flipar. Nos tomamos la comida como una cosa muy seria— dijo Claudia. —Al Cabalo Tolo entonces. Es muy bueno, todo es casero, pero es ridículamente barato. —¿Eso se puede? — preguntó Sergio muy interesado. Iago se rió y rodeó los hombros de Sergio con un brazo, guiándole hacia el restaurante. —Ay amigo, tienes tanto que aprender aquí… El restaurante resultó parecer una casona antigua reformada cerca de una iglesia. El ambiente era tranquilo, porque la verdad es que, aunque el local estaba perfectamente limpio, tenía un poco de pinta de tasca de mala muerte. Se sentaron los cuatro en una mesa algo rústica y un poco coja al fondo del local. Cuando trajeron la carta, Iago se la quitó con suavidad a Sergio de las manos. —¿Quieres probar el buen sabor gallego? ¿Te fías de nosotros para pedir? —Por favor, adelante. Como de todo, solo le hago ascos al pescado cocido. —Perfecto. ¿Pedimos para compartir? Las raciones son generosas y así le damos a Sergio una buena primera impresión. Claudia y Marta se entusiasmaron con la respuesta. Cuando llego la comida, Sergio no daba crédito. Dos platos de pulpo con aceite y pimentón. Pimientos de Padrón. Zorza. Y cuatro raciones de empanada de mejillones. Todo en gran cantidad. A Sergio le preocupó un poco el precio hasta que se llevó un bocado de zorza al paladar. La carne adobada con especias y luego frita le dejó un sabor demasiado bueno en la boca como para que eso importara. Dieron cuenta de hasta el último pimiento entre risas y reacciones de placer por parte de Sergio. Aquello estaba buenísimo. Terminaron de cenar y Iago pagó la cuenta. Cuando el madrileño se enteró de que el precio por persona de lo que habían comido y bebido era 21,55 no se lo creyó. Los demás habían tomado la coña de enseñarle el “estilo de vida gallego” y que de allí se iba a ir queriendo volver. Era agradable aquel grupo. Cuando llegaron al albergue, Sergio y Iago se encaminaron juntos a los vestuarios masculinos para ducharse y cambiarse. Se metieron en los cubículos de ducha uno al lado del otro. Para su agradable sorpresa, cada cubículo tenía una mamparita que protegía una pequeña estantería donde dejar la ropa limpia para poder cambiarse dentro de la propia ducha. Sergio lo agradeció, porque no se sentía seguro estando desnudo en el mismo lugar en el que estaría desnudo Iago. Era demasiado guapo. Demasiado encantador. No podía ser que acabara de conocerlo y se estuviese pillando como un crío. Salió antes que él de la ducha y lo esperó secándose el pelo. Cuando salió del cubículo vestido con un short bastante short, y una camiseta ancha sin mangas, no pudo, de verdad que no, no pudo evitar mirarlo de arriba a abajo. Era musculoso, pero no a nivel exagerado. Y aquella piel tostada parecía un buen lugar donde arrimarse a derretirse con el calor. Una cosa era mirar a Iago vestido con vaqueros y camiseta normal. Pero es que verlo así le daban ganas de morderlo literalmente. Si que estaba pillado como un crío. Le había llevado una tarde. Galicia de verdad tenía magia. Llegaron a su dormitorio compartido con más grupos y allí estaban ya las chicas, sentadas en una de las estrechas literas, charlando. —¿Chicos— dijo Claudia cuando llegaron—, os importa dormir vosotros en las literas de arriba? No son suficientemente grandes para que durmamos las dos en una cama y a las dos nos dan mal rollo las alturas. Ambos accedieron, diciendo que estaba perfecto y que no había problema. Se dieron las buenas noches y se fue cada uno a su sitio para dormir. Faltaba poco para que apagaran las luces de la sala y se acomodaron todos. Sergio tomo posición de lado. Y cerró los ojos. Pero como aún quedaban unos minutos de luz y le costaba dormirse con ella encendida, volvió a abrirlos. Para encontrarse con la mirara verde de Iago. Al haber sido pillado en falta por estar mirándolo, en vez de parecer avergonzado, le sonrió de medio lado. Las puntas de las orejas de Sergio se encendieron, así como sus pómulos. Pero no apartó la mirada. Y así estuvieron un par de minutos, callados, hasta que dieron el aviso final y se apagaron las luces. Sergio juraría que podía seguir viendo la mirada de Iago, refulgiendo en la penumbra.
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