ID de la obra: 762

Say Please

Mezcla
NC-21
En progreso
1
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planificada Mini, escritos 8 páginas, 2.684 palabras, 1 capítulo
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Capítulo 1

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La sala estaba bañada por una tenue luz cálida, suavizada por las cortinas de lino que se movían apenas con la brisa nocturna. Era el piso más alto del edificio corporativo de Bang Enterprises, y esa oficina, más que un despacho de negocios parecía un santuario construido con precisión para inspirar poder. Christopher Bang no solo era el CEO de una de las empresas más influyentes de Corea; también era un amo meticuloso, cuidadoso, dominante. El control no era solo parte de su día laboral; lo era también de su esencia más íntima. Seungmin estaba de rodillas frente a él, perfectamente inmóvil, con la cabeza baja y la respiración tranquila. Llevaba un collar negro de cuero fino que brillaba bajo la luz como si fuese un diamante oculto. No era un castigo estar ahí. Era una entrega. Voluntaria. —Dime, Min —la voz de Chan era baja, grave, vibrante, con esa cadencia pausada que podía hacer que el mundo se detuviera— ¿Quién eres cuando estás conmigo? —Soy tuyo, señor —respondió Seungmin sin titubear, sus labios rozando apenas las palabras. Christopher se acercó, caminando con pasos deliberados. Vestía un traje oscuro impecable, pero ya había dejado la corbata a un lado. Sus dedos rozaron la barbilla de Seungmin, elevándola con delicadeza, obligándolo a mirarlo a los ojos. Los de Seungmin estaban dilatados, brillantes, entregados. —Y yo soy tuyo, cuando decides confiar así —dijo, rozando su mejilla con el dorso de la mano— No tienes idea de lo hermoso que luces cuando te rindes por completo. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue intenso. El tipo de silencio que sólo existía entre dos personas que conocían los límites... y los habían destruido con confianza. Chan se inclinó hacia él, sus labios rozando apenas su oreja. —Hoy no se trata de castigos —susurró— Hoy se trata de adorarte por la lealtad con la que me perteneces. Con una mano, aflojó lentamente el cinturón de su traje, mientras la otra acariciaba el cabello de Seungmin. Suavemente, paciente, como si cada segundo fuera parte de un ritual. Porque lo era. Porque lo suyo no era solo pasión. Era entrega, control, vulnerabilidad y poder. Era un contrato silencioso firmado, con palabras claves, con manos que sabían dónde apretar y cuándo detenerse. —Palabra de seguridad, ¿Min? —preguntó, como cada vez. —Estrella —respondió él, firme. Chan asintió, y en ese instante, Seungmin supo que ya no era el CEO el que estaba frente a él, sino el hombre que conocía cada rincón de su cuerpo y cada rincón de su alma. Y estaba listo para rendirse. Otra vez. Solo ante él. ------ Hace 2 años atrás —Ey Chan, ¿cómo estás? —preguntó Minho al otro lado del teléfono, con ese tono casual que siempre usaba cuando quería saber más de lo que decía. —Minho, estoy ocupado. Dime, ¿qué quieres? —respondió Chan, sin levantar la vista del informe que tenía frente a él. La relación entre ellos era directa, sin rodeos. Amigos desde la universidad, habían compartido más que solo departamentos y clases; compartieron derrotas deportivas, tragos amargos, secretos. Christopher, o Chan como todos lo conocían, había estudiado Administración de Empresas. Minho, en cambio, Derecho. Años después, se había convertido en uno de los abogados más temidos en tribunales… y también en el abogado personal de Chan. No era raro que lo llamara por asuntos legales, pero Minho sabía que esa no era la verdadera razón de su llamada. Durante su época universitaria vivieron juntos en un pequeño departamento cerca del campus. No era un lugar lujoso, pero se sentía como hogar. Era ahí donde Chan mostró por primera vez su lado controlador —no de forma negativa, sino estructurada, meticulosa, con una necesidad casi natural de que todo tuviera un orden. Minho solía burlarse de él por alinear los cubiertos y por hacer listas para todo, pero con los años entendió que eso no era una manía, era parte de quién era Chan. A lo largo del tiempo, Chan solo había tenido una relación seria. Su exnovia había sido una figura pública menor, alguien del medio artístico. Lo acompañó durante algunos años, pero un día, sin escándalos ni drama, la relación terminó. La versión oficial fue que habían tomado caminos distintos, pero Minho —que conocía a Chan demasiado bien— sabía que había algo más. Desde entonces, no se lo vio con nadie más. No había rumores, ni fotos, ni escándalos. Solo silencio. —Escuché que despediste a otro asistente —dijo Minho, rompiendo el breve silencio incómodo. —Era incompetente —respondió Chan simplemente, y pasó una página. —Ese ya es el tercero en el año. —No estoy buscando a alguien eficiente. Estoy buscando a alguien que encaje —su tono fue firme, pero había una nota apenas perceptible de otra cosa. Algo más personal. Más… interno. Minho dudó un segundo antes de decir —¿Aún no lo superas? Chan no respondió de inmediato. Bajó el bolígrafo. Cerró el informe. Se apoyó en el respaldo de su silla de cuero negro y dejó que sus ojos se perdieran en la ventana, donde la ciudad seguía su curso bajo un cielo grisáceo. —No se trata de superarlo —murmuró— Es que… después de conocer lo que realmente quiero, es difícil conformarse con menos. Minho no necesitaba más detalles. Sabía. Lo sabía desde aquella noche en que Chan le confesó, en voz baja, que su relación se había roto no por falta de amor, sino por la incomodidad de mostrarse tal como era. Que había deseos, necesidades y un lado de él que su pareja no pudo —o no quiso— entender. Desde entonces, Chan se refugió en el trabajo, en la empresa, en su rol como CEO, donde el control era absoluto y nadie cuestionaba sus decisiones. Pero también se encerró. Esperando. Buscando algo… o alguien. Minho respiró hondo. —Tarde o temprano aparecerá alguien que no solo encaje… sino que pertenezca. Chan no dijo nada, pero una sombra cruzó su mirada. Una mezcla de certeza y anhelo. Aún no lo sabía, pero ese “alguien” estaba más cerca de lo que creía. Y tenía nombre. ----- Seungmin. Kim Seungmin siempre fue alguien que pasaba desapercibido... hasta que hablaba. Tenía una voz serena, clara, con una seguridad tranquila que capturaba la atención sin necesidad de elevar el tono. Su presencia no buscaba brillar; se imponía en silencio. Creció en Seúl, en una familia exigente, donde el orden, la disciplina y la perfección eran más importantes que la expresión emocional. Desde pequeño, aprendió a ser funcional, correcto, y a no fallar. Ser el hijo modelo era una carga que nunca cuestionó, simplemente la cargó. Pero detrás de esa fachada metódica, había alguien que aprendió a encontrar libertad en lo estructurado. Para Seungmin, lo emocional siempre fue más difícil que lo racional. Por eso, cuando llegó el momento de elegir una carrera, descartó cualquier opción artística o creativa. En su lugar, se decidió por algo concreto, lógico, donde su eficiencia pudiera brillar sin tener que exponerse: estudió Administración y Gestión de Empresas. Destacó en la universidad, no por ser el más extrovertido, sino por su capacidad de análisis, organización y resolución de problemas. Era de los que sabían prever el desastre antes de que ocurriera. Trabajó en departamentos administrativos de empresas medianas durante algunos años, siempre en roles logísticos u operativos, siendo el engranaje silencioso que hacía funcionar a otros. Su mejor amigo desde la secundaria, Han Jisung, fue su contraparte emocional durante toda su vida. Donde Seungmin pensaba antes de actuar, Jisung saltaba sin mirar. Eran opuestos, pero inseparables. Y aunque sus vidas tomaron caminos distintos —Jisung en el mundo de la comunicación y la creatividad, y Seungmin en el orden empresarial—, siempre se mantenían cerca. Fue precisamente Jisung quien un día, mientras almorzaban juntos, le habló de una vacante en su empresa. —Oye… están buscando asistente nuevo para el CEO. Duran poco, eso sí. Nadie sobrevive ahí más de un mes. —¿Y tú me estás diciendo eso como incentivo? —preguntó Seungmin, entre sarcástico y curioso. —No, te lo digo porque tú no eres como los otros. Tú podrías con eso. Eres paciente, meticuloso, y no te asustas fácil. Además… creo que a Chan le vendría bien alguien como tú. —¿Chan? —Christopher Bang. El CEO.Yo trabajo en comunicaciones internas, así que no lo trato tanto… pero he escuchado cosas. Buenas y… peculiares. —¿Peculiares cómo? —Peculiares como que no le gusta repetir órdenes, que observa más de lo que habla y que parece tener una lista de asistentes rotos a sus espaldas. —Jisung rio, pero Seungmin notó algo más en su mirada— Pero también es brillante. Exigente. De esos que te hacen sentir que, si fallas, no sirves para nada. Seungmin no respondió de inmediato. El reto, en lugar de asustarlo, lo intrigo. No por ambición, sino por una sensación extraña que no pudo nombrar en ese momento. Algo dentro de él reaccionó. Y aunque no lo sabía aún, esa decisión —enviarle su CV al asistente de RRHH de Bang Enterprises— sería el primer paso hacia una vida que jamás imaginó. Una vida donde no solo pondría a prueba su capacidad administrativa, sino también su control emocional. Donde sería observado más allá de sus habilidades. Donde aprendería que el orden también puede ser una forma de rendición. Y todo empezaría en el piso 47. El ascensor se detuvo con un ding preciso. Eran las 08:00 en punto. Seungmin salió con paso firme, ajustándose discretamente la manga del traje. Llevaba el rostro sereno, la postura recta y una carpeta delgada bajo el brazo. La secretaria del piso 47, una mujer de rostro pulido y voz entrenada, lo recibió sin expresiones innecesarias. Solo un vistazo al reloj y luego a su rostro. —Kim Seungmin, ¿verdad? —Sí. Ella asintió, sin sonreír. —El señor Bang lo recibirá ahora. Espere aquí. Seungmin se mantuvo de pie frente a una hilera de sillas vacías, pero no se sentó. Lo hacía por costumbre. Porque sabía que en ciertas oficinas, incluso eso era observado. Dos minutos después, la secretaria se acercó a la puerta de vidrio esmerilado, la entreabrió, y anunció con voz clara —Señor Bang, ha llegado el señor Kim. Una pausa. Del otro lado, la respuesta fue baja, apenas audible: —Que pase. Ella giró hacia Seungmin y abrió por completo la puerta. —Adelante. Seungmin entró. La oficina era amplia, con una vista panorámica de la ciudad que parecía expandirse como una maqueta. Los muebles oscuros contrastaban con las paredes claras. Todo olía a madera, silencio y control. Y allí estaba él. Christopher Bang. De pie junto a la ventana, las manos cruzadas en la espalda, inmóvil. Su presencia era distinta. No buscaba atención, la generaba. Seungmin no dijo nada. Cerró la puerta sin que le pidieran. Se quedó esperando, como si entendiera que cada movimiento debía tener permiso. Chan no lo miró de inmediato. Correcto. No habla. No se impacienta. No intenta llenar el silencio. Ya era mejor que los últimos tres. Cuando finalmente giró, sus ojos fueron directos. No miraban como quien evalúa un CV. Miraban como quien mide estructuras internas. El joven frente a él no se encogía. Tampoco se ofrecía. Solo estaba. Firme. Neutral. —Puntual —dijo Chan. —Gracias por recibirme —respondió Seungmin con tono controlado. Chan se acercó al escritorio y tomó una hoja. —Administración y gestión. Graduado con honores. Buena trayectoria. Nada fuera de lugar. Miró de nuevo. Esta vez, más a fondo. No hay ansiedad en los dedos. No hay prisa en la mirada. El tipo de persona que nunca pide nada... y sin embargo, lo entrega todo sin que se lo exijan. —¿Por qué este puesto? —preguntó Chan sin levantar la voz. —Porque se alinea con mis capacidades. Soy organizado. Resuelvo bajo presión. Sé adaptarme. Frases limpias. Sin decoración. No intenta impresionarme. Solo informa. Como si supiera que, si debe demostrar algo, será en el terreno, no en la entrevista. Chan dejó la hoja. Caminó lentamente hasta quedar frente a él, a menos de un metro. —¿Eres obediente? Seungmin lo miró, sin sorpresa. —Sí. —¿Incluso si no entiendes la razón detrás de la orden? —Dependería de la estructura. Pero si la autoridad es clara, sí. Chan sostuvo la mirada. Lo escaneó sin pudor: su respiración, su postura, el leve control en sus músculos al hablar. No se defiende. No huye. Y, lo más interesante… no necesita que lo validen. —¿Tienes límites? —Sí. Pero no me molesta que me los pongan a prueba. Ahí. Justo ahí. Algo en los ojos de Chan brilló. Una chispa de reconocimiento. No dijo nada. Se giró, volvió al escritorio, y colocó una carpeta delgada sobre la mesa lateral. —Ahí están las tareas, las reglas y los códigos. Si llegas mañana a las siete, el puesto es tuyo. Si no, no hay necesidad de avisar. No hago seguimiento de ausentes. Seungmin asintió. Se acercó con calma, tomó la carpeta. Antes de abrir la puerta, Chan habló una última vez —Aquí no necesito gente que quiera ascender. Necesito alguien que sostenga la estructura. Que funcione como extensión. Precisa. Leal. Silenciosa. Seungmin se giró. —Entonces vine al lugar correcto. Y se fue. Chan se quedó de pie unos segundos más, mirando la puerta cerrada. No sonrió. Pero sí entrecerró los ojos. Disciplina natural. Control corporal. Obediencia que no se ve. Interesante. Muy interesante. El reloj marcaba las 22:31 cuando Seungmin cerró la puerta de su departamento y dejó escapar un suspiro largo. Se soltó los cordones del zapato con el pie contrario, como siempre, y dejó el maletín en la entrada. Había sido un día largo. Después de la entrevista primero fue a visitar a sus padres, luego pasó por el banco, recogió unos documentos, y antes del almuerzo tuvo una reunión rápida con un conocido que buscaba ayuda con una auditoría interna. Seungmin no paró. Así era él: eficiente. El silencio del lugar lo recibió como un viejo hábito. No había nadie esperándolo, ni ruido, ni caos. Solo la luz cálida del pasillo y el aire familiar de lo conocido. Caminó hasta la cocina, se sirvió un vaso de agua, y se apoyó contra la encimera. Respiró hondo. Durante la entrevista no lo había sentido. Ni en el ascensor. Ni al salir. Pero ahora que estaba en casa... lo notaba. Una sensación rara en el pecho, como si la conversación de esa mañana se hubiera quedado suspendida dentro de él, apenas rozando la superficie. Christopher Bang. Su voz. Su mirada. La manera en que se acercaba sin apuro, como si midiera el mundo a su ritmo. La forma en que hizo esa pregunta: "¿Eres obediente?" Seungmin cerró los ojos un momento, intentando sacudirse el eco. No lo logró. No era incomodidad. Tampoco era miedo. Era… otra cosa. Tomó el celular y se dejó caer en el sofá. Abrió su conversación con Jisung. [22:47] Seungmin: Fui a la entrevista. La respuesta no tardó. [22:48] Jisung: ¡¿QUÉ?! ¿¡Y NO ME AVISASTE!? ¿¡Cómo te fue!? ¿Te gritó? ¿Te ignoró? ¿Te escaneó el alma? [22:49] Seungmin: No me gritó. No habló mucho. Solo hizo preguntas raras. [22:50] Jisung: ¿Tipo? [22:50] Seungmin: "¿Eres obediente?" [22:51] Jisung: … OK. Eso es tan controlador que me dan escalofríos. [22:51] Seungmin: ¿Siempre es así? [22:52] Jisung: No sabría decirte. No lo conozco tanto como para entender qué piensa. Pero te vi a ti y supe que iba a interesarse. Eres demasiado... medido. Seungmin no respondió de inmediato. Se quedó mirando la pantalla, con el pulgar inmóvil sobre el teclado. [22:54] Seungmin: Me dijo que si me presento mañana a las 7, el trabajo es mío. Si no, que no hace falta avisar. [22:55] Jisung: ¿Y? [22:55] Seungmin: Creo que voy a ir. [22:56] Jisung: ¿"Creo"? [22:56] Seungmin: No sé. No es solo por el trabajo. Es él. Hay algo… no sé explicar. Jisung dejó el visto por unos minutos. Luego llegó el mensaje. [23:02] Jisung: Solo una regla: Si vas, que sea porque tú lo eliges. No porque él te haga sentir que debes. Seungmin leyó el mensaje varias veces. Luego apoyó el teléfono en su pecho y cerró los ojos. "¿Eres obediente?" Lo peor era que no se sintió ofendido con la pregunta. Lo peor… era que parte de él quería saber la respuesta.
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