Mi Turno Para Protegerte
12 de septiembre de 2025, 20:43
Sentía la boca seca y las paredes de su estómago contrayéndose dolorosamente sobre el espacio vacío. Odiaba aquella sensación porque significaba que John tenía razón. No es que odiara que la tuviera, sino que, en cuanto respectaba a su salud, el médico siempre tenía razón y ahora, teniendo que cuidar de alguien más, temía ser un estorbo.
Su pequeña Rosie…
John le había pedido en multitud de ocasiones que se cuidara, que usara a su pequeña hija como motivación para mejorar sus hábitos. Comer y beber adecuadamente. Y lo había intentado, de verdad que lo había hecho, pero aquel nuevo caso le estaba destrozando los nervios. Todas las pistas parecían colocadas para él y eso sólo le permitía pensar en algo: Moriarty había regresado.
Aquella teoría le había hecho mantener su atención centrada en las pruebas, en los nuevos cuerpos que aparecían día y noche, los lugares que ocupaban, las heridas (si es que las había) que presentaban…, todos los escenarios posibles parecían llevarle a un callejón sin salida. Se había refugiado durante días en su Palacio Mental, haciendo pequeños descansos para jugar con Rosie y besar a John. Éste le había rogado que descansara, pero no podía hacer aquello, no con la posibilidad de que Moriarty hubiera vuelto, lo que significaría una amenaza para John y para Rosie.
Aún con estas circunstancias, las primeras tres semanas había conseguido incluir en sus horarios tiempos de comida por el mediodía y la noche durante los cuales pasaba tiempo con su familia, pero en la última semana hasta esa pequeña rutina se había desplomado. Había estado comiendo de pie, mientras caminaba de un lado a otro y repasaba todos los datos en su cabeza, sin encontrar nunca una pista o algún camino claro que seguir.
Era desesperante.
Y la falta de resultados, de avances o conclusiones, le había empujado a abandonar por completo la comida y bebida, y a reducir sus horas de sueño a un desmayo de unos tres minutos que se produjo en el segundo día debido al agotamiento y que había sacado de quicio a John. Sabía que le había preocupado, y se odiaba por eso, pero no podía detenerse; cada minuto que pasaba sin conseguir algo que le acercara a la resolución de todo aquello, significaba mayor peligro para su familia.
No importaba si se desmayaba o llegaba a ser ingresado, todas las fuerzas que tuviera las emplearía en que ellos estuvieran a salvo.
Pero todo se había acabado con su segundo desmayo. En esta ocasión, no se había despertado tendido en el suelo, con la cara empapada y su pareja dándole golpecitos en la cara mientras sostenía en la otra mano un vaso vacío. No, esta vez había sido muy distinto.
Cuando abrió los ojos, sintió el cuerpo y cabeza sobre superficies acolchadas, esta última un poco más elevada que su torso. Al observar a su alrededor, y conforme las nubes del desconcierto despejaban su mirada, pudo identificar el lugar en el que se encontraba: su habitación. Siguiendo la línea de la lógica de aquello, entendió que la superficie que lo sujetaba era su cama y que la razón por la cual su cabeza se encontraba suspendida unos centímetros por encima del resto de su cuerpo era la almohada.
Cerró de nuevo los ojos, casi dispuesto a sucumbir ante el dolor y las náuseas que sentía. Pero aquel pequeño descanso duró tan solo hasta que su mente volvió a recopilar los últimos acontecimientos y recordó qué le había llevado hasta un segundo desmayo: los casos de asesinato que se estaban propagando por la ciudad y que ponían en entredicho la seguridad de las dos personas por las que daría su vida entera.
Su imaginación quiso castigarlo, reflejando en su mente una imagen de John y Rosie encerrados en algún lugar lejano, abrazados y temblando de miedo mientras Moriarty les observaba con aquella sonrisa cínica y diabólica impresa en su cara.
Aquel pensamiento tan atroz le rompió el corazón al instante y le hizo abrir los ojos de golpe. Su cuerpo se levantó como un resorte pero una fuerza desconocida, acompañada de un suave tintineo metálico, le impulsó hacia atrás, dejándole caer de nuevo sobre el colchón.
Cuando se hubo recuperado de la impresión que le produjo ver sus acciones frustradas, inclinó la cabeza hacia atrás, hundiéndola más en la almohada, y miró hacia arriba todo lo que pudo. Allí, enganchadas por la cadena a uno de los barrotes del cabecero, pudo ver unas esposas de peluche (aquellas que había ido a comprar con John meses antes en una de esas tiendas que venden artículos eróticos) que le encerraban las muñecas.
Se revolvió, tratando de escapar de su encierro mientras notaba como su corazón se iba acelerando por los nervios. En su mente resonaba el nombre de Moriarty y el temor a que hubiera entrado en su casa para hacer daño a su familia iba empapando cada vez más su alma.
Pero de pronto, como respuesta a los chasquidos constantes y atroces de las cadenas rebotando sobre la madera, John entró a toda prisa en la habitación. Inmediatamente, detuvo los intentos del detective por escaparse.
Y ahora ahí estaba: El Capitán John Watson, observándole desde los pies de la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión preocupada que rozaba el disgusto impresa en la cara.
—Esto no puede seguir así —dijo el médico mirándole fijamente—. Es tu segundo desmayo en lo que va de semana y llevas tres días sin probar ni un solo bocado —el detective abrió la boca para decir algo, pero fue silenciado por el tono severo de su pareja—. No te atrevas a negarlo, ni se te ocurra intentarlo, Sherlock; sé que no has tomado ni siquiera una taza de té.
—No iba a negarlo —susurró el detective con un hilo de voz, tras relamerse los labios.
—Dame un segundo.
John salió de la habitación con paso rápido y regresó a los pocos segundos con un vaso grande lleno de zumo de naranja. Se arrimó a la cama y, tras levantarle un poco la cabeza hacia adelante para que pudiera beber más cómodamente, acercó el borde del vaso a los labios resecos del detective.
—Tengo que medirte la glucosa en sangre, pero para eso antes tenemos que recuperarte un poco —dijo mientras Sherlock bebía pequeños sorbos—, después esperaremos quince minutos y si alcanzas unos niveles adecuados te daré algo de comer.
—Lo siento, John… —habló el detective, cuando el vaso medio lleno fue apartado de su boca.
—No necesito tus disculpas, Sherlock —lo interrumpió al instante el médico, dejando el recipiente en una de las mesillas de noche y girándose de nuevo para mirarle—. Sé lo que está ocurriendo, y créeme que te lo agradezco… —hizo una pausa para suspirar—, pero no puedes hacerte esto. Te necesito, Sherlock, necesito a mi marido, al padre de mi hija.
A Sherlock se le encogió el corazón en cuanto escuchó aquellas palabras. Había hecho lo correcto…, ¿pero a costa de qué? ¿De abandonar a su familia? Sabía que John entendía la situación, pero le había preocupado…, y Rosie…, cuánto echaba de menos escuchar su risa mientras jugaban. Habían pasado solo tres días, pero la falta de una presencia directa y consciente de su familia se sentía como una eternidad.
Siempre se había excusado ante sí mismo con la idea de hacer lo correcto, de mantenerlos seguros, pero había olvidado lo más importante: estar con ellos. Eso era primordial para protegerlos y alejarlos del dolor que la indiferencia genera en las personas.
—Tengo miedo de que os hagan daño…
—Shhh… —siseó con dulzura John, acaricándole la mejilla en un gesto reconfortante—. Lo sé, pero ahora soy yo quien tiene que protegerte a ti.
—¿Era necesario hacerlo de esta forma? —susurró Sherlock con una media sonrisa en la boca mientras agitaba sus manos para hacer sonar las esposas.
John rio.
—¿De verdad me hubieras dejado cuidarte en otras circunstancias?
El detective apretó los labios en un puchero. El médico podía anotarse un nuevo punto en su lista de momentos en los que tenía razón. Si no hubiera sido por el desmayo, que le había brindado la oportunidad de inmovilizarlo y obligarlo a asistir a la realidad de los acontecimientos que tan de cerca le incumbían, no habría permitido a John ayudarle.
Un pitido corto pero constante le sacó de sus pensamientos. Su marido miró hacia el reloj de plata que tenía en su muñeca derecha (un regalo de bodas de Sherlock), y esbozó una pequeña sonrisa.
—Ya han pasado quince minutos —explicó, levantando la vista hacia su pareja—. Voy a por el glucómetro, vuelvo enseguida.
Acto seguido, se inclinó para darle un suave beso en la frente, tras lo cual, se dirigió hacia la puerta y desapareció tras ella. Sherlock se recolocó para ajustar la posición y estar lo más cómodo posible mientras esperaba. No tuvo que hacerlo por mucho tiempo pues, apenas cinco minutos después, reapareció su pareja, sosteniendo entre sus manos una pequeña bolsita de tela.
—Hipoglucemia y deshidratación leve —dijo, apoyándola en la mesita de noche y abriéndola—. Cómo has pasado varios días sin consumir ni beber nada, tu cuerpo ha experimentado una bajada de azúcar, de ahí los desmayos. Necesito medir el nivel de glucosa que tiene ahora tu cuerpo después de haber bebido el zumo —explicó, mostrándole un pequeño aparato parecido a un cronómetro—, si nos situamos entre los setenta o cien miligramos por decilitro de sangre podrás comer algo, ¿de acuerdo?.
Sherlock asintió y el médico volvió a girarse hacia la mesa, donde dejó el pequeño aparato. Tomó otro objeto, con la forma de un bolígrafo pero mucho más grueso. Al detective le recordó a uno de esos recipientes para máscaras de pestañas que había visto en las tiendas de maquillaje cuando Rosie insistió en que le compraran un pintalabios para sus muñecas.
Sherlock sonrió al recordar cómo la pequeña había terminado pintarrajeando su cara y la de John, y cuánto habían tenido que luchar ambos por la noche para retirar las manchas rojas de su piel.
—Es una pluma disparadora —habló John, empuñando aquel extraño objeto—, tiene dentro una lanceta, una aguja finísima. Te lo voy a poner en el dedo y cuando apriete el botón hará un agujero muy pequeño en la piel para que pueda tomarte una muestra de sangre.
A Sherlock le dio mucha ternura que su marido se estuviera empeñando tanto en explicarle cada paso, poniéndole al corriente de lo que sucedía y evitando que el miedo a lo desconocido le pusiera nervioso. El médico se acercó, apoyó su mano libre en el dedo índice de su pareja e hizo exactamente lo que le había dicho.
—Ahora el glucómetro —dijo, tomando el aparato que tanto se parecía a un cronómetro y dejando la pluma disparadora sobre la mesilla—. ¿Ves el papelito que tiene incrustado? —preguntó, señalando con la cabeza una pequeña y delgada tira de papel blanco que sobresalía—. Es una tira reactiva, y será la que nos diga los niveles de azúcar —explicó, apoyando el papelito directamente sobre la gota de sangre que se había formado en la yema del dedo.
—Siento como si me estuvieras dando clases de Medicina —se burló con suavidad el detective cuando su pareja se alejó, observando fijamente la pantalla del glucómetro.
—Tan sólo quiero que te sientas seguro, no quiero convertir esto en algo traumático, suficientes problemas has tenido que soportar estos días.
Otro punto para el Doctor Watson.
Estaba realmente agotado, pero su mente estaba tan ocupada preocupándose por la seguridad de su familia que no se había permitido darse cuenta de ese hecho. Ya no sentía la boca tan seca, pero podía notar como su estómago protestaba, negándose a continuar fingiendo que no necesitaba obtener algo de comida.
—¡Noventa miligramos por decilitro de sangre! —exclamó de pronto John, con una marcada alegría en el tono, mientras le mostraba la pantalla—. Te traeré algo de comer enseguida.
Sin dar tiempo a que el detective dijera nada, apartó el glucómetro a un lado y salió a toda prisa de la habitación por tercera vez. Sherlock sonrió. La reacción de su marido no podía indicarle otra cosa más que el amor que le profesaba.
Acostumbrado como estaba, no le sorprendió que John reapareciera pocos minutos después sosteniendo una bandeja con una plato en el que reposaba un sándwich con varias lonchas de queso y un gran vaso de agua.
—Me tratas como un niño —sonrió burlón Sherlock.
—El día que esposes a la cama a Rosie te pego un puñetazo —respondió en un tono divertido John, apoyando la bandeja en el colchón, a un costado del detective.
—Sabes que jamás le haría eso a nuestra hija.
—A lo mejor deberías añadir a esa lista de cosas que jamás harías, el dejar de comer por días —dijo Watson, echándose a reír cuando vio el ceño fruncido en el rostro de su marido.
—
Touché.
John esbozó una media sonrisa y comenzó a rebuscar en sus bolsillos. Al fin, pudo dar con lo que quería: las llaves de las esposas. Las colocó frente a su cara de modo que Sherlock pudiera verlas. El detective asintió, comprendiendo que el precio de su libertad debía pagarlo alimentándose.
—Bien —asintió a su vez Watson y, mientras comenzaba a abrir los anillos de metal, añadió—. Tienes que comer algo contundente, por eso te he traído queso. Pero no bebas el agua de golpe, debes beber en pequeños sorbos, porque sino el estómago puede sobrecargarse.
Cuando las esposas cayeron, se alejó para tomar la bandeja y la colocó sobre el regazo de Sherlock, quien ya había comenzado a incorporarse. Las manos del detective parecieron responder de manera instintiva ante la promesa de una comida que tan ansiosamente reclamaba su estómago.
Tomó el sándwich con ambas manos y dio un buen mordisco al pan; el sabor del queso le llenó las papilas gustativas y no pudo reprimir un suspiro de placer al notar que era cheddar maduro, su favorito.
—Gracias, John… —dijo, tras tragar aquel bocado. Extendió la mano para tomar el vaso de agua pero, antes de beber, volvió a repetir—. Gracias…
El médico no respondió. Se limitó a observarle con ternura mientras comía con avidez. Después de tanto tiempo junto a ese hombre podría jurar que dos de las cosas que más feliz le ponía cuando las hacía, eran resolver casos, pues le dotaban de un orgullo que le hacía brillar el rostro y le alejaban de la amargura del aburrimiento, y verle comer. Esto último, porque lo primero solía impedirle hacerlo y le causaba un gran desconsuelo ver como su pareja se iba marchitando poco a poco.
Aunque, claro está, nunca se había dejado arrastrar hasta el nivel que había desencadenado aquella situación.
Observó como el sándwich iba desapareciendo, bocado a bocado, entre los dientes de Sherlock y se enorgulleció cada vez que captaba en las facciones del detective el placer producido por la degustación de una comida que había preparado con tanto cuidado y cariño. Cuando terminó, bebió lo que quedaba en el vaso de agua y trató de levantarse, agarrando por los lados la bandeja, con la intención de llevarla a la cocina.
—No —le detuvo al instante John, apoyando sus manos a pocos centímetros de las del otro hombre—. La llevaré yo, tú tienes que dormir, llevas semanas sin hacerlo adecuadamente.
Sherlock se resistió por un instante, pero sus músculos debilitados no pudieron hacer frente a la firmeza de su pareja, quien consiguió hacerse con la bandeja y desapareció por la puerta una vez más.
—¡John! —llamó el detective, con un puchero.
—No me hagas esposarte de nuevo, Sherlock —dijo Watson, volviendo a entrar en la habitación, con las manos ya vacías y una expresión de disgusto pintada en el rostro—. No pienso permitir que vuelvas al caso sin haber dormido —con un gesto aún más desesperado, añadió—. ¡Apenas te has recuperado aún!
—No es eso… —susurró Sherlock, negando con la cabeza agachada—. No quiero dormir sólo…
—Nadie ha dicho que tengas que hacerlo.
Sherlock levantó la cabeza cuando sintió que su marido se acercaba lentamente hasta la cama y se apoyaba en esta con las manos. Pronto, John se encontró tumbado junto a él, con la cabeza llena de rizos apoyada sobre su pecho y entretenido en la tarea de acariciar cada mechón de pelo negro. El detective, por su parte, disfrutaba de cómo el suave movimiento en la respiración de John elevaba y hacía descender su cabeza, meciéndole con tranquilidad y lentitud.
—Siempre voy a estar ahí para protegerte —le susurró John.
Su voz ya sonaba lejana, pero las redes de sus últimos restos de consciencia consiguieron atraparlas para que estas endulzaran los pensamientos previos al sueño.