ID de la obra: 1047

Beastars The Eden history

Het
R
En progreso
2
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planificada Mini, escritos 113 páginas, 63.582 palabras, 4 capítulos
Descripción:
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Capitulo 1 Llegada

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Septiembre de 19XX, el asalto a la colina de Zebuth. Una ligera llovizna caía suavemente sobre los campos verdes, salpicados de flores que se mecían al ritmo del viento. El sol, oculto tras las densas nubes grises, apenas dejaba entrever algunos rayos tímidos que intentaban atravesarlas. A lo lejos, entre la bruma y el horizonte, un campo de barro se extendía, oscuro y desolado, contrastando con la serenidad de la naturaleza alrededor. El barro se mezclaba con la lluvia, formando pequeños charcos que reflejaban el cielo sombrío, mientras el eco distante del conflicto se abría paso. Explosiones, ráfagas de rifles en la distancia y gritos resonaban en el aire. Un silbato rompía el caos en los campos verdes, ahora destrozados y cubiertos de barro y agua. Alambres de púas se extendían por el terreno, y el hedor a pólvora y hierro contaminaba la tierra. Decenas de bestias emergían de sus trincheras, carnívoros y herbívoros luchando juntos. —¡Avancen, solo hay que empujar un poco más! —rugía el líder del escuadrón, su silbato colgando del cuello, mientras guiaba a la carga. Corrieron sobre el campo embarrado, el sonido de miles de balas cruzando el aire los rodeaba, como una cortina de hierro que amenazaba con destrozar a cualquiera que intentara atravesarla. Explosiones de artillería caían implacables, levantando tierra, piedras, y desintegrando a algunos de los soldados en una niebla roja. —¡Ahhh! ¡Mi pierna! —gritaba un lobo, tirado en la tierra mojada, aferrándose al barro mientras su pierna sangraba profusamente. Los gritos de dolor se entremezclaban con el estruendo de los rifles y las ametralladoras. Algunos soldados, heridos, eran arrastrados por herbívoros hasta los cráteres creados por la artillería, buscando refugio en medio del infierno. —¡Avancen, hay que llegar a la colina! —se escuchaba entre los bramidos de los combatientes. El campo, inundado de muerte y destrucción, era un caos de voces y órdenes entrecortadas. —¡Falta poco, acaben con esos demonios! —gritó el sargento, encabezando un grupo de caninos y otras especies hacia las trincheras enemigas. Saltaron al interior, enfrentándose cuerpo a cuerpo con los humanos, que los esperaban con las bayonetas listas. Gritos de lucha y disparos resonaban por toda la trinchera. —¡Maten hasta el último de ellos! —rugió uno de los caninos, sus fauces cubiertas de sangre tras destrozar a un humano. Pero la brutalidad de la batalla solo se intensificaba. Desde uno de los pasillos de la trinchera, apareció un humano con un lanzallamas, rociando fuego a su alrededor. Las llamas envolvieron a los que estaban cerca, convirtiéndolos en antorchas vivientes. Gritos de dolor inundaban el aire, mientras las bolas de fuego atravesaban la línea de combate. Algunos soldados, desesperados, saltaban fuera de la trinchera, rodando por el suelo en un intento inútil de apagar las llamas. Pero el fuego era implacable, pegajoso, imposible de extinguir. El olor a pelo y carne quemada impregnaba el lugar. El líder del escuadrón vio su oportunidad cuando el humano con el lanzallamas no lo había detectado. Sin dudarlo, se lanzó sobre él, derribándolo y haciendo que soltara el arma. Rápidamente intentó morderle el cuello, pero sus dientes no podían atravesar el blindaje del humano. Sus garras resbalaban en la armadura, inútiles. El humano, recuperándose del golpe, sacó su cuchillo de trinchera y golpeó al lobo en el rostro, rompiéndole un diente. —¡Ahhhhh, muere maldita bestia! —gritó el humano con voz ronca, abalanzándose sobre el lobo con toda su furia, tratando de apuñalarlo. El lobo bloqueó el ataque con su mano, pero el cuchillo atravesó su carne, y la sangre brotó, salpicando su rostro. Aún así, resistió, sosteniendo el arma mientras la mirada furiosa del humano, oculta tras una máscara, lo perforaba. En sus ojos, el lobo solo veía odio y una furia que parecía insaciable. Cuando de repente, un rinoceronte irrumpió, golpeando al humano y apartándolo de encima del lobo. —¡Maldito humano! —gritó el rinoceronte con furia. El humano se estrelló contra el muro de la trinchera, soltando un alarido de dolor. Mientras tanto, el lobo se paraba jadeando, con su boca y su mano sangrando. —Gracias... acabemos con estos demonios —dijo el lobo, su voz entrecortada por el dolor y el agotamiento. Apenas podía respirar después de lo cerca que había estado de morir. El humano, malherido, se puso de pie de nuevo, sus ojos llenos de rabia. El lanzallamas seguía encendido, tirado en el suelo lodoso y manchado de sangre. Todos, lobo y rinoceronte, fijaron su mirada en el arma, aún conectada al tanque de combustible. El humano, en un último acto desesperado, intentó arrastrarse hacia el lanzallamas, pero el rinoceronte lo interceptó, golpeándolo con toda su fuerza. —¡No lo harás! —gritó, aplastando al humano contra el suelo. El lobo, aún débil pero decidido, corrió hacia el lanzallamas, lo levantó con esfuerzo y disparó una llamarada sobre el humano, el rinoceronte se apartó rápidamente. El fuego envolvió al soldado, que gritaba mientras las llamas devoraban su carne. Pero el humano, en lugar de caer, sacó su pistola con manos temblorosas y apuntó al tanque del lanzallamas, gritando con una voz desgarrada por el dolor y el odio. —¡LA HUMANIDAD PRIMERO, MUERAN! —disparó. El disparo encendió el tanque de combustible, provocando que las llamas se avivaran. El humano, envuelto en fuego, se lanzó hacia ellos con las pocas fuerzas que le quedaban. A medida que avanzaba, su forma se deformaba por las llamas, y lo que una vez fue un hombre ahora parecía una figura esquelética, riendo de manera macabra mientras se consumía en llamas. El rinoceronte y el lobo comenzaron a correr, desesperados para alejarse, pero la explosión fue inmediata. Una enorme bola de fuego los alcanzó antes de que pudieran escapar. El rinoceronte fue arrojado hacia adelante, envuelto en llamas que consumieron su espalda. El lobo, más cerca de la explosión, gritó de dolor cuando el fuego le quemó el antebrazo, pero la devastación fue inminente. El calor y las llamas los envolvieron, cubriendo la trinchera de muerte y destrucción. El campo de batalla, que momentos antes vibraba con el sonido de disparos y explosiones, ahora estaba cubierto por una nube espesa de humo, fuego, y el sonido de cuerpos cayendo. El lobo sentía un zumbido intenso en sus oídos producto de la explosión. No podía sentir la parte quemada de su antebrazo, calcinado y adormecido por el dolor. Trató de incorporarse, sus ojos recorrieron el terreno y vio, en el lugar donde estaba el humano, un enorme cráter. Luego notó al rinoceronte, tumbado boca abajo, su espalda envuelta en llamas que se aferraban a su cuerpo como una sombra infernal. Sin pensarlo, arrancó su chaqueta, empapada de agua y sangre, y la usó para intentar sofocar las llamas que devoraban al rinoceronte. Aunque logró apagar parte del fuego, este seguía siendo letal. De repente, uno de los herbívoros del equipo, un conejo, se acercó apresuradamente para atenderlos. —¡Señor, déjeme ver sus heridas! —gritó el conejo, pero el lobo solo escuchaba el zumbido persistente en sus oídos. —¿¡Qué!? —respondió el lobo, confuso. El conejo, viendo que el lobo sangraba de un oído, le hizo una señal para que se tocara. Cuando el lobo se llevó la mano a la oreja, sintió el líquido caliente manchando sus dedos, sangre. Su mente estaba nublada, incapaz de procesar el caos que lo rodeaba, pero el conejo, insistente, lo trajo de vuelta a la realidad. El lobo lo detuvo rápidamente. —¡Atiéndelo a él primero! —ordenó, señalando al rinoceronte. El conejo asintió y, antes de dirigirse hacia el rinoceronte, le administró al lobo una dosis de morfina para mitigar el dolor. Con la ayuda del lobo, lograron sentar al rinoceronte y vendar sus heridas lo mejor que pudieron. Luego el conejo trató al lobo, cubriendo sus heridas para detener el sangrado. —Bien... tengo que volver con mis hombres —dijo el lobo, mientras se incorporaba con dificultad, tomando su rifle. Corrió hacia el frente, donde la batalla seguía rugiendo. El sonido ensordecedor de los disparos llenaba el aire cuando un labrador, visiblemente estresado y con el rostro cubierto de barro, agua y sangre, lo vio y se acercó corriendo. —¡Señor! ¡No podemos pasar! —gritó el perro, su voz temblorosa por el miedo—. ¡Tienen dos ametralladoras en el pasillo que sube la colina! —¿No hay otra forma de subir? —preguntó el lobo, alzando la voz para ser escuchado sobre el ruido de las balas. —¡No, señor! Ya varios intentaron escalar, pero fueron pulverizados por el fuego de las ametralladoras —respondió el labrador, aterrorizado. Había visto a sus compañeros volar en pedazos, reducidos a nubes de sangre y escombros. El lobo apretó los dientes. No podían quedarse allí. —¡Hay que encontrar una manera de pasar esas defensas! ¡No podemos quedarnos aquí! —gritó a todos los que estaban a su alrededor. Fue entonces cuando sus ojos se posaron en un águila calva, acurrucada contra el muro de la trinchera, abrazando su rifle. Temblaba visiblemente, atrapado por el miedo. El lobo, enfurecido por la desesperación de la situación, corrió hacia él. —¡Tú! ¿¡Crees que podrías volar esa defensa!? —gritó el lobo, mirando directamente al águila mientras las balas zumbaban y las explosiones continuaban a la distancia. El águila, paralizada por el terror, apenas pudo reaccionar. Temblaba, y sus ojos parecían perdidos. El lobo lo agarró por los hombros y lo sacudió con fuerza. —¡Soldado, te estoy preguntando si puedes volar esa defensa! —gritó de nuevo, esta vez más fuerte. Finalmente, el águila tartamudeó una respuesta. —Se... se... señor... lo intentamos... pero cuando volamos por encima, ellos... empezaron a disparar fuego de cobertura... mataron a varios de mi unidad. El lobo lo miró por un momento, consciente del riesgo. La misión era suicida, pero no había otra opción. Sabía que, si no lograban destruir esas ametralladoras, todos morirían en esa trinchera. El lobo pensó rápidamente, sus ojos fijos en el águila. —¡Te daremos fuego de cobertura cuando empieces a volar! —dijo con firmeza. Luego, volteó a mirar a los demás. —¡Denme sus granadas que les queden! —gritó de nuevo. Los soldados obedecieron sin dudar, sus manos temblando mientras entregaban lo que les quedaba. El lobo se quitó una cuerda de su bota y ató las granadas restantes, de manera que se pudieran jalar todas al mismo tiempo. Luego se las entregó al águila. —¡Toma! Cuando estés sobre ellos, jala y lánzalas. ¡Te cubriremos! Volvió a girarse hacia sus hombres, sus ojos buscando a alguien que tuviera una bengala. —¿¡Alguien tiene una bengala!? —gritó nuevamente. El labrador sacó una pistola de señales y se la entregó rápidamente. —¡Bien! Cuando lance la bengala hacia ellos para distraerlos, abriremos fuego para cubrir al águila. —La tensión era palpable en el aire, el miedo se reflejaba en los ojos de todos, pero ninguno se atrevía a hablar. Todos temblaban ante lo que estaba por venir, pero el grito del lobo rompió el silencio. —¡ENTENDIDO! —bramó, y finalmente, los soldados respondieron. —¡Sí, señor! —corearon con energía renovada. El lobo tomó un pequeño espejo de su cinturón y lo asomó con cuidado por una abertura en la trinchera. Observó a los humanos posicionados en las ametralladoras, vigilando cada movimiento, esperando a que alguien cometiera el error de salir. Con el espejo, ajustó el ángulo y apuntó la bengala hacia arriba, justo lo suficiente para que cayera en el lugar adecuado. Jaló el gatillo, y la bengala voló en dirección a los humanos, encendiéndose justo en frente de ellos. Una luz cegadora se desplegó, acompañada por una densa nube de humo blanco que comenzó a elevarse rápidamente. Sin perder tiempo, el lobo sopló su silbato, y todos avanzaron con él al frente, gritando mientras tomaban cobertura y comenzaban a disparar en dirección a las ametralladoras, creando una línea de fuego de supresión. El águila desplegó sus alas y empezó a volar rápidamente hacia el enemigo. Las balas volaban en todas direcciones, y las explosiones lejanas solo añadían caos a la escena. Los humanos, desorientados, comenzaron a devolver el fuego a la entrada de la trinchera, pero la cobertura fue suficiente para que el águila lograra su misión. Mientras volaba por encima de ellos, jaló los pines de las granadas y las dejó caer sobre las ametralladoras. Los soldados humanos, al sentir que algo caía sobre ellos, miraron hacia arriba, solo para ver las granadas antes de que explotaran. —¡CORR…! —gritó uno de los humanos, pero su voz fue ahogada por el estruendo de las explosiones. Las ametralladoras quedaron destruidas, y los soldados que las operaban fueron eliminados en un solo instante. El águila, en lo alto, celebraba su victoria, cuando un disparo desde tierra lo alcanzó. Un humano, apostado con su rifle, le había dado en un ala. El águila cayó en picada hacia el suelo, incapaz de seguir volando. El lobo lo vio caer, su corazón acelerado, pero no podía detenerse. No ahora. Había logrado destruir las ametralladoras, pero la batalla aún no había terminado. El silbido resonó en el aire, y todos comenzaron a avanzar. El lobo corrió hacia el águila, que yacía en el suelo fangoso, su ala sangrando tras el disparo. Uno de sus compañeros se acercó rápidamente para ayudar. —¡Ahhh, mi ala, creo que está rota! —gritaba el águila, retorciéndose de dolor. El perro labrador llegó a su lado con rapidez, tratando de mantener la calma. —Tranquilo, te llevaré con los médicos. —Lo levantó con esfuerzo, cargándolo sobre sus hombros mientras corría por la trinchera, esquivando a los soldados que avanzaban para relevar a su escuadrón. —¡No te mueras, vamos! —gritó mientras sentía el peso del águila y la urgencia de la situación. Llegó al área médica, donde los heridos esperaban ser atendidos. El lugar estaba lleno de gritos y gemidos, algunos soldados en estado de shock, otros retorciéndose de dolor bajo vendas ensangrentadas. El perro gritó desesperado. —¡Necesito un médico! Uno de los médicos, un gato con manchas grises, se apresuró a acercarse. El labrador bajó con cuidado al águila, que ya se veía pálido por la pérdida de sangre. —¡Ey, mírame! —gritó el perro, pero el águila no respondía. El médico lo revisó rápidamente, su expresión volviéndose sombría. —Mierda… ha perdido mucha sangre, le han dado en una arteria. —El gato se giró hacia el labrador, su mirada cargada de gravedad. —Tendremos que amputarle el brazo, o no sobrevivirá. El gato tomó un torniquete y lo ajustó alrededor del ala herida del águila, apretando con fuerza para detener el sangrado. Luego, le administró morfina para aliviar el dolor. El águila, entre jadeos, murmuró. —Lo hice… realmente lo logré… —Su voz era tenue, pero consciente. El labrador lo miraba fijamente, con una mezcla de orgullo y tristeza. —Sí, lo lograste... pero ahora tienes que vivir —le dijo con voz ronca, inclinándose para escuchar mejor las últimas palabras del águila. —Si no vuelvo... diles a mis padres que los amo… y a mi prometida… que la amé… Su voz se apagó, y el médico ya había comenzado con la amputación, trabajando con rapidez y precisión, sus garras afiladas y herramientas desinfectadas cortando para salvar la vida del águila. El labrador desvió la mirada, incapaz de soportar la brutalidad del procedimiento, mientras el sonido de la carne cortada y los instrumentos de metal lo llenaban de impotencia. Volvió la vista hacia el campo de batalla, que ahora se había transformado en un verdadero infierno. Cadáveres esparcidos por el suelo fangoso, el cielo gris cubierto de nubes, una fina llovizna que lo empapaba todo. La pequeña ciudad a lo lejos humeaba, destruida casi por completo, lanzando columnas de humo negro al cielo. El campo, teñido de rojo, era testigo de las decenas de vidas que habían sido apagadas. El labrador respiraba con dificultad, sintiendo el peso de la guerra sobre sus hombros, incapaz de apartar la vista del paisaje desolador. Cada rincón de ese lugar, antes hermoso, ahora solo representaba muerte y destrucción. El paisaje era un caos. El suelo fangoso estaba teñido de rojo, y el aire cargado de muerte y humo. El perro labrador solo quería vomitar ante la escena sangrienta frente a él. Pero antes de que el asco lo venciera, escuchó gritos de alegría a lo lejos. Giró la cabeza rápidamente hacia la colina, donde una bandera blanca ondeaba, señalando el fin de la batalla. Sus compañeros en la colina celebraban la rendición de los humanos, gritando y alzando los brazos en triunfo. Había terminado……… El zumbido del proyector se desvaneció lentamente mientras la máquina se apagaba, dejando la sala en un silencio incómodo. Las luces del aula se encendieron de golpe, revelando los rostros atentos de los estudiantes, una mezcla de carnívoros y herbívoros sentados en sus lugares, procesando lo que acababan de aprender. Algunos murmuraban entre ellos, intercambiando impresiones, mientras otros seguían en silencio, reflexionando sobre el largo conflicto que les había sido explicado. Frente a la clase, la profesora Helen se apartó del proyector y se cruzó de brazos, observando a su diversa audiencia. Los estudiantes, jóvenes animales de distintas especies. -Así fue como, el 1 de septiembre de 19XX, los humanos finalmente se rindieron. Un día después, el 2 de septiembre, se firmó el cese al fuego, poniendo fin oficialmente al conflicto que enfrentó a homínidos contra carnívoros y herbívoros. El general Franz Welcker, representando a las Naciones Unidas Animales (NUA), y el general Norbert Bauman, en nombre de las Naciones Humanas Unidas, firmaron el acuerdo de paz. En dicho acuerdo, los humanos, también conocidos como homínidos, serían exiliados a una isla lejana cerca de Zebuth, llamada Edén, con la condición de que no volvieran a interferir con las naciones restantes, que ahora serían administradas por la NUA. La profesora de historia mundial, Helen, una bisonte de aspecto imponente, observaba a su clase en la academia Cherryton mientras explicaba los detalles de este trascendental momento. Tras una pausa, preguntó. —¿Alguna pregunta sobre el tema? Un joven perro labrador levantó la pata tímidamente. —Sí, Jack, ¿qué te gustaría saber? —preguntó Helen con paciencia. —Tengo curiosidad —dijo Jack—, ¿cuántos años duró la guerra contra los humanos? La profesora asintió, consciente del impacto de su respuesta. —Bueno, todo comenzó en 19XX, cuando los herbívoros y carnívoros firmamos la paz entre nosotros. Sin embargo, los humanos aprovecharon esa tregua para continuar el conflicto, que duró hasta 19XX. En total, fueron 45 años de guerra. Tras el exilio de los humanos, llevamos 117 años sin actividad significativa de su parte… hasta hace poco, cuando comenzaron a comerciar con nosotros nuevamente. El salón permaneció en silencio, mientras el peso de la historia caía sobre los jóvenes estudiantes. Jack continuaba anotando con rapidez, asegurándose de no perder ningún detalle. Cuando la profesora Helen preguntó si había más dudas, una joven labrador de pelaje negro levantó la pata. —¿Por qué los humanos empezaron otra guerra? —preguntó con curiosidad. La profesora suspiró, pensando un momento antes de responder. —Realmente, nadie lo sabe con certeza. Algunos dicen que fue para apoderarse de nuestras naciones y gobernarnos, pero no hay un motivo claro o registrado que lo explique. —Su respuesta dejó más preguntas en el aire, pero la clase debía continuar. —Bien, si eso es todo... —comenzó a decir Helen, pero fue interrumpida nuevamente por Jack. —Profesora, antes de terminar, ¿los homínidos son carnívoros o herbívoros? —preguntó Jack, su curiosidad evidente. Helen sonrió levemente ante la pregunta. —No son ni una cosa ni la otra. Son omnívoros, lo que significa que pueden comer tanto carne como plantas sin volverse salvajes, como los carnívoros. Pueden controlar sus instintos mejor que nosotros en ese aspecto. Además, pueden consumir alimentos que para nosotros serían tóxicos, pero que no les hacen daño. Algo curioso es que durante la guerra, se decía que sus soldados tomaban una sustancia que hacía su carne tóxica, lo que evitaba que los carnívoros los comieran, y se descomponían rápidamente, dejando pocos rastros —explicó Helen mientras Jack anotaba con entusiasmo. —Bien, la clase está por terminar. Recuerden traerme el ensayo la próxima semana, quiero que hablen sobre cómo la historia de nuestra ciudad influyó en la victoria de la NUA —indicó la profesora justo cuando el timbre sonó, anunciando el final de la clase. —Ya pueden retirarse. Que tengan un buen fin de semana. Ah, y si tienen dudas, no duden en enviarme un correo —dijo Helen antes de que los estudiantes se levantaran de sus asientos y comenzaran a salir tranquilamente del aula. Jack se levantó de su asiento y salió del aula, aún dándole vueltas al informe que debía preparar para la clase de historia. Las palabras de la profesora resonaban en su mente mientras pensaba. "Tal vez más tarde pueda buscar un poco de información en la biblioteca o en internet". Absorto en sus pensamientos, revisaba su libreta cuando, sin darse cuenta, chocó contra alguien. —¡Ah, lo siento! —dijo rápidamente, levantando la vista. Frente a él, estaba el director Gon, un tigre de bengala imponente. —No te preocupes, Jack. Yo también estaba distraído —respondió el director con una sonrisa amable, escondiendo sus colmillos por cortesía. Jack se apresuró a disculparse de nuevo. —Lo siento mucho, director. No estaba prestando atención. —No te preocupes —repitió Gon—. Tengo algo urgente que atender, así que no hay problema. Que tengas un buen día. El director se alejó con prisa, dejando a Jack un poco desconcertado. "Qué extraño", pensó Jack. No era normal ver al director tan nervioso. Cuando llegó a la entrada de la academia, un coche negro esperaba con el motor en marcha. Gon salió rápidamente por las puertas y se dirigió al vehículo. La puerta trasera se abrió, revelando a una leona elegantemente vestida con un traje de oficina y una falda larga. Gon se acomodó en el asiento junto a ella. —Buenos días, Else —saludó Gon. —Buenos días, Gon. ¿Estás listo para ver al consejo de la NUA? —respondió la leona, Else, con una sonrisa, aunque su mirada transmitía seriedad. El director suspiró, claramente agobiado. Sabía que la reunión con el Consejo Nacional de la NUA, donde varias especies debatían los temas más críticos, no sería fácil. —Sinceramente, no sé qué quieren ahora —dijo Gon, mientras el coche comenzaba a descender la colina—. Han sido años difíciles para nuestra academia. No hemos producido ningún Beastar en mucho tiempo y ahora tengo que lidiar con la muerte de un alumno, que fue depredado. —Lo sé, Gon, pero no creo que sea por eso —respondió Else, con tono tranquilizador—. El consejo ha estado muy preocupado desde que los humanos reanudaron el contacto con nosotros. Gon, intrigado, decidió preguntar. —Dime, Else, ¿tú has visto a los humanos? He escuchado que como diplomática has estado muy ocupada con todo este tema. Else hizo una pausa, como si intentara encontrar las palabras adecuadas para describir lo que había visto eligiendo cuidadosamente sus palabras. —De alguna manera... sí. Cuando enviaron a su primera tripulación para negociar, tras recibir la carta oficial de su parte que nos enviaron... —Else se detuvo unos segundos, buscando cómo continuar—. Es difícil describirlos. Todos vestían lo mismo, un tipo de uniforme negro, blindado. Usaban cascos que les cubrían por completo la cabeza y máscaras que ocultaban sus rostros. No pudimos ver ni un solo rostro. Algunos llevaban capas que cubrían uno de sus brazos, pero ninguno estaba armado. Gon frunció el ceño, sorprendido por la descripción. Era difícil imaginar que aquellas figuras misteriosas eran los humanos que habían desaparecido hacía tanto tiempo. La última vez que se supo de los humanos había sido hace generaciones, y ahora, regresaban de una manera que parecía más intimidante que diplomática. —Pero lo más impactante —continuó Else— fue cuando uno de ellos, con un uniforme blanco con rayas negras, salió del interior del barco. Estaba acompañado por dos más, vestidos de negro con detalles rojos, cuyas máscaras tenían cristales rojos donde deberían estar los ojos. Todos a bordo lo saludaron como si fuera un superior. Caminó hacia nosotros y se presentó como su diplomático. Else hizo una pausa, claramente afectada por el recuerdo. —Nunca había sentido una presión tan intensa. Incluso los oficiales y soldados que nos acompañaban estaban asustados. Sentía que me iba a desmayar al saludarlos. Gon se quedó en silencio, procesando lo que Else le había contado. No solo por la descripción aterradora, sino porque era la primera vez que alguien veía a los humanos desde su exilio, hacía más de un siglo. —Entonces... los humanos están regresando —murmuró Gon, más para sí mismo que para Else, mientras el coche avanzaba por la carretera que descendía la colina hacia la ciudad bulliciosa llena de animales de todo tipo de especies. Gon miró por un momento a través de la ventana del auto, perdido en sus pensamientos, antes de preguntar. —¿Y qué fue lo que negociaron? Se giró hacia Else, buscando una respuesta clara. —Bueno, el diplomático humano nos dijo que solo querían vendernos granos, verduras, hierbas, y algunas cosas como vino, entre otros productos —respondió Else con tranquilidad. Gon asintió lentamente, pero una duda le rondaba la mente. No había preguntado sobre cómo sonaba la voz de aquel humano. —Oye, Else... cuando habló con ustedes, ¿cómo sonaba su voz? —preguntó, recordando las historias de su bisabuelo. A él siempre le contaban que los humanos tenían voces ásperas, antinaturales, aunque sabía que su bisabuelo estaba profundamente afectado por las experiencias traumáticas de la guerra. Else lo miró por un momento, recordando. —Mmm... sonaba normal. De hecho, era bastante amigable, pero la máscara distorsionaba su voz un poco —explicó, evocando el sonido que había escuchado durante la negociación. —Interesante... —murmuró Gon, mientras su mirada se dirigía hacia el parabrisas del conductor, que se detenía en un semáforo rojo—. Entonces, no eran demonios después de todo. —¿Por qué dices eso? —preguntó Else, curiosa por el comentario. —Ah, es que mi bisabuelo siempre los describía como monstruos poseídos. Decía que, a pesar de todo, nunca se rendían. O al menos, eso es lo que mi padre me contó de las historias de él. La verdad... no sé qué creer. Gon explicó su perspectiva, con una mezcla de confusión y escepticismo. Aunque las historias familiares siempre lo habían marcado, empezaba a cuestionarlas. Else, por su parte, nunca había escuchado esas historias de su propia familia, pero conocía bien los registros históricos de las guerras que habían enfrentado. Los había leído minuciosamente. En esas descripciones, los humanos no eran ni los más fuertes, ni los más rápidos, ni los más ágiles. En términos de inteligencia, estaban a la par con ellos. Sin embargo, lo que más miedo causaba en todos los informes era su inquebrantable determinación. Todos los relatos coincidían en lo mismo, a pesar de estar rodeados o superados en número, los humanos seguían luchando sin detenerse. Incluso cuando estaban gravemente heridos, continuaban sin mostrar miedo. El coche se detuvo, sacando a Else y a Gon de sus pensamientos. —Hemos llegado, señora —anunció el conductor, una pantera negra que los miraba a través del retrovisor. —Sí, gracias —dijo Else. Gon y ella abrieron las puertas del auto y salieron frente a la sede. Ambos se pararon un momento frente al imponente edificio, subieron los escalones y atravesaron las grandes puertas dobles. Entraron al vestíbulo principal, que estaba vigilado por varios guardias. Tras pasar por el control de seguridad, caminaron por un largo pasillo flanqueado por cuatro puertas, y al final, una puerta doble se alzaba imponente. Avanzaron hasta llegar a esa puerta, y mientras se acercaban, comenzaron a escuchar una acalorada discusión proveniente del interior. Dentro, los representantes de varias especies estaban sentados alrededor de una mesa redonda. A los lados se encontraban aquellos que votaban a favor de las distintas propuestas. Sin embargo, en ese momento, parecía que todos estaban discutiendo entre sí, alzando la voz por encima de los demás. La tensión en la sala era palpable. La discusión se detuvo abruptamente cuando vieron entrar a Else y Gon. Todos los ojos se posaron en ellos, y el silencio cayó pesadamente sobre la sala. Gon sentía las miradas de todos sobre él, al igual que Else, hasta que uno de los presentes, un oso hormiguero llamado Koda, rompió el silencio. —Ah, Else y Gon, veo que ya llegaron. Por favor, tomen asiento. Ambos asintieron y se acercaron a la mesa, moviendo las sillas para sentarse. Gon suspiró, agotado y con algo de estrés por la repentina reunión. Koda retomó la palabra. —Sé que te preguntarás por qué te hemos llamado aquí, Gon, pero tenemos algo importante que discutir. Gon se acomodó en su silla y respondió con voz algo cansada. —Sí, de hecho, me lo pregunto. ¿Tiene algo que ver con lo que sucedió al estudiante la semana pasada? —preguntó preocupado, temiendo que el incidente afectara el presupuesto de la academia, ya que la muerte de un estudiante era grave, sumado al hecho de que la academia no había producido un Beastar en mucho tiempo, a pesar de ser una de las más solicitadas. —No, no es eso. Es sobre otra cosa que estuvimos discutiendo esta mañana —respondió Koda, tratando de calmar la preocupación de Gon—. Supongo que ya sabes que los humanos han vuelto a negociar con nosotros en los últimos dos años, después de un siglo sin ningún contacto. —Sí, Else me comentó algo de eso en el camino hacia acá —respondió Gon. Koda asintió y continuó. —Bueno, esta mañana recibimos otra carta de los humanos. Venía en un barco pequeño, que la entregó directamente en la aduana, y nos la trajeron con urgencia. Else, sorprendida, alzó la voz. —¿¡Por qué no se me avisó!? —exclamó, molesta por haber sido dejada fuera de una decisión tan importante. —No teníamos tiempo —respondió Koda—. Quien la entregó lo hizo con tal urgencia que pensamos que era algo demasiado importante como para dejarlo esperando, y estábamos en lo cierto. Por eso te pedimos que trajeras al director de la Academia Cherryton, para discutir el asunto en cuestión. —¿Y cuál es exactamente ese asunto? —preguntó Gon, cansado de las vueltas que le daban al tema—. ¿Qué tiene que ver conmigo? Koda tomó aire y explicó. —Bueno, ese es el tema. La carta dice que quieren establecer una relación diplomática más... estrecha. Han enviado un comunicado diciendo que desean mandar a un humano a estudiar en una de nuestras escuelas como símbolo de paz entre nuestras naciones, para que podamos conocernos mejor, a pesar de nuestras diferencias en el pasado. Gon y Else quedaron estupefactos. La sala, que se había calmado por un momento, volvió a llenarse de discusiones. —¡No podemos aceptar a un humano aquí! ¿Y si viene con malas intenciones? —dijo una jirafa desde el otro lado de la mesa. —Sí, creo que debemos tomarnos esto con más calma y pensarlo bien —agregó un alce rojo. Las discusiones se intensificaron hasta que Koda levantó la voz. —¡Silencio! Todos se callaron de inmediato, y Koda continuó. —Por eso te hemos mandado a llamar, Gon. Queríamos saber tu opinión, ya que estamos en un punto muerto con esta decisión. Gon parpadeó, sorprendido por la responsabilidad que le estaban entregando. Tras un momento de reflexión, suspiró y se frotó las sienes con los dedos, murmurando por lo bajo. —Qué fastidio... Luego, levantó la vista y encaró a todos los presentes. —Bueno... creo que sería una buena oportunidad para demostrarles cómo han cambiado las cosas. Ahora somos un poco más tolerantes que antes. Es una oportunidad única para cualquier academia, especialmente la nuestra, que acepta tanto a carnívoros como a herbívoros por igual. La sala quedó en silencio mientras Gon observaba a cada uno de los presentes, esperando sus reacciones. Koda miró a Gon y habló. —¿Crees que podrías recibirlo en tu academia? —preguntó Koda, esperando una respuesta. Gon, por su parte, pensaba en cómo salir de esa situación. —Bueno, no sé si sería una buena idea, después del caso de depredación en la escuela... sería muy malo si se enteraran —dijo, algo nervioso y apresurado, tratando de disuadirlo. Aunque, en el fondo, también pensaba que aceptar al humano podría traerle más prestigio a la academia, siendo la primera en aceptar a un estudiante de esa especie, un paso histórico. Koda, sin perder la calma, le ofreció una contra argumentación. —Mmm, pero no tiene por qué enterarse. Además, al ser un estudiante diplomático, podríamos aumentar el presupuesto de este año y reforzar la seguridad del campus para protegerlo. La propuesta era tentadora. Gon exhaló, sintiéndose derrotado. —Creo que sí... —contestó, aceptando el trato. A pesar de sus intentos por resistirse, no podía dejar pasar una oportunidad así. La sala se llenó de murmullos; muchos no podían creer lo que acababan de escuchar. —Pero antes de todo eso, tenemos que prepararnos para su llegada —dijo Gon, ahora con una curiosidad creciente—. ¿Cuándo creen que podrán responder la carta para que lo envíen? Koda, algo nervioso, lo miró antes de responder. —Bueno... acerca de eso... Hizo una pausa y observó al director con cierta incomodidad. —Verá, en la carta decían que querían enviarlo... pero en los últimos párrafos mencionaban que llegaría mañana temprano. Al escuchar esto, la expresión de todos en la sala cambió a una de angustia. Por su parte, la cara de Gon pasó por varias fases de incredulidad y frustración hasta quedar en puro nerviosismo. —¿¡QUÉ!? ¡¿Por qué no lo dijo antes?! Ni siquiera tenemos tiempo suficiente para prepararnos —gritó Gon, visiblemente sorprendido. —Bueno, la verdad es que lo discutimos con otras academias, pero ninguna quiso aceptarlo. Usted, en cambio, aceptó... Pero no se preocupe, sabíamos que esto podría pasar algún día, así que ya tenemos un plan. Solo tendrá que avisar a los profesores —explicó Koda, nervioso. Gon, claramente molesto, murmuró para sí. —¿Para qué me molesto...? Bajó la cabeza, suspiró y luego alzó la mirada. —Está bien, será mejor que me vaya para preparar todo —dijo con una voz seria, levantándose de la silla y volteándose hacia la salida. —Espere —dijo Koda, deteniéndolo antes de que se fuera. Gon se giró para mirarlo. —Mañana pasaremos por usted y luego al muelle para traerlo de manera segura a la academia —dijo Koda con tono serio. Gon asintió y salió de la sala. Mientras se alejaba, escuchaba cómo los demás volvían a discutir intensamente. En su mente solo pensaba. "Ah... en qué lío me acabo de meter. Un humano vendrá a nuestra academia. Solo espero que no cause más problemas." Mientras seguía caminando, fue alcanzado por Else. —Espera, te llevaré —dijo ella, alcanzándolo en el pasillo. —Gracias, Else —respondió Gon mientras ambos avanzaban. Pasaron nuevamente por el control de seguridad y salieron a la calle donde el auto los esperaba con el conductor al volante. Al verlos acercarse, el conductor encendió el motor. Subieron al vehículo, y el conductor los observó por el retrovisor antes de preguntar. —¿A dónde, señora? —preguntó la pantera, esperando instrucciones. —A la academia Cherryton, por favor —dijo Else con amabilidad. —Enseguida —respondió el conductor, comenzando a mover el auto. Gon estaba con los ojos cerrados, evidentemente lidiando con un dolor de cabeza. Else lo notó y, preocupada, le preguntó: —¿Qué te pasa? Después de todo, fuiste tú quien aceptó el trato. —¡¿Y cómo iba a saber yo que vendría mañana...?! —comenzó a decir Gon, claramente frustrado, pero Else lo interrumpió suavemente, colocando su garra sobre su hocico para que se calmara. Luego, miró al conductor, quien entendió la señal y activó el vidrio de privacidad, separándolos completamente de la cabina. —Bien, ahora sí, ¿qué ibas a decir? —preguntó Else, apartando su garra. —Decía que cómo iba a saber que el humano llegaría mañana... prácticamente me tendieron una trampa —dijo Gon, más tranquilo pero visiblemente agotado por el asunto. —Lo sé, pero míralo de esta manera, tal vez, en el futuro, los humanos se integren a nuestra sociedad, y este podría ser el primer paso para ver si eso funciona —respondió Else, intentando sonar alentadora. Gon suspiró, masajeándose las sienes. —Sea lo que sea, solo espero que no ponga todo patas arriba —dijo, luchando por aliviar su dolor de cabeza. Else le dio unas palmaditas en el hombro, intentando reconfortarlo. —Vamos, vamos, ánimo... —dijo con una sonrisa, tratando de aliviar la tensión. Gon soltó un pequeño suspiro, pero no pudo evitar preocuparse por todo lo que se avecinaba. El sonido de las olas rompiendo en la costa llenaba el aire, y la suave brisa marina refrescaba el ambiente. A lo lejos, una voz femenina resonaba por el camino de tierra. —¡Elias! ¡Elias! ¿Dónde estás? —gritaba la joven mientras avanzaba rápidamente. —¡Aquí estoy, María! —respondió una voz masculina. María corrió hacia la dirección de la voz. Al llegar, encontró a Elias sentado bajo un árbol. Su largo cabello castaño ondeaba en el viento, tapándole parcialmente las orejas, y su rostro, de un tono rosa pálido, brillaba a la luz del sol. Llevaba una camisa azul grisácea ajustada a su musculoso torso, y sus pantalones negros holgados se manchaban de tierra mientras descansaba, recargado con los brazos detrás de la cabeza. Sus zapatos negros, ya cubiertos de polvo, mostraban lo relajado que estaba. —¡Elias! ¡Padre te está buscando! —lo regañó María, cruzando los brazos con el ceño fruncido. Elias abrió lentamente sus ojos, tan azules como el cielo, y la observó. María, con su largo cabello castaño idéntico al de él, lo miraba severamente, con las manos en la cadera. Llevaba una falda larga de un rosa pálido, zapatos sin broche, y una camisa blanca de botones que solo cubría hasta sus hombros. —¡Hermano! Padre dijo que debías ir a la reunión en la iglesia —lo reprendió nuevamente mientras se acercaba, su enojo evidente en su tono. —Sí, lo sé, lo sé —respondió Elias, exhalando con cansancio—, pero quiero descansar un poco de todo el trabajo en el campo y el entrenamiento con el ejército. Nunca tengo tiempo para mí, entre los estudios y todo lo demás —se quejaba, aún recargado contra el árbol—. Sabes muy bien que el servicio en el ejército es obligatorio. Solo necesito un descanso. María se apartó de él, cruzando los brazos con irritación. —Sabes que si no vas, el padre de la iglesia te castigará de nuevo, como la última vez —le recordó, su tono severo. Elias sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo al recordar el castigo anterior: limpiar toda la iglesia solo con una esponja y un cubo de agua. Rápidamente, se levantó. —Está bien, está bien, tú ganas. Ya voy —dijo mientras se estiraba y exhalaba resignado, abandonando su cómoda posición. —Por cierto, ¿trajiste tu máscara? —preguntó María al notar que no la tenía con él. —Eh... sí, está en la bicicleta —respondió Elias, caminando detrás del árbol y sacando su bicicleta. En la canasta llevaba una máscara blanca que cubría completamente su rostro, decorada con ocho ojos azules oscuros dibujados. —¿Tú traes la tuya? —preguntó Elias de vuelta. —Sí, la tengo aquí —dijo María, mostrando la máscara que llevaba colgada a un lado de su cadera. La suya tenía un diseño distinto, con líneas doradas que formaban una cruz por el lado derecho del ojo y un color negro que contrastaba con el resto. —Bien —dijo Elias mientras se ajustaba la máscara sobre la cabeza, dejándola levantada por el momento. María hizo lo mismo, acomodándosela de manera similar mientras Elias se sentaba en la bicicleta. —Vamos, hermanita —dijo Elias, señalando la parte trasera de la bicicleta. María asintió y se acomodó de lado, sujetándolo por la cintura con un brazo. —No vayas muy rápido, ¿sí? Me asusta cómo manejas de forma tan errática, siento que me voy a caer —dijo María, algo nerviosa, mientras apretaba su agarre. —Lo sé, lo sé, tendré cuidado —respondió Elias, medio regañadiente, mientras comenzaba a pedalear por el camino de tierra. A medida que avanzaban, el sendero de tierra se fue transformando en un camino de piedra más uniforme. Pasaron por los campos de granos, vegetales y árboles que se extendían a su alrededor. A lo lejos, las casas de los granjeros salpicaban el paisaje, y más adelante se veían algunas construcciones de material y madera decorando la entrada de la muralla interna. Aunque no era especialmente alta, esa muralla de treinta metros de altura sobresalía lo suficiente como para dominar las casas y los negocios circundantes. Elias se detuvo brevemente al ver pasar un tranvía lleno de gente que bajaba en la estación cercana, luego continuó pedaleando por las bulliciosas calles llenas de transeúntes. Cuando llegaron a la entrada de la muralla, un guardia uniformado de naranja, con poco blindaje, alzó la mano para detenerlos. —¡Alto! —ordenó el guardia al verlos aproximarse. Elias frenó con rapidez. —Ah, ¿y ahora qué quieres, Tamer? No ves que tengo prisa —dijo Elias, al reconocer a su amigo, un joven de cabello corto y oscuro, con ojos café claro y piel perlada, que sonreía al verlo. —Nada, solo quería hacerte llegar más tarde —contestó Tamer, soltando una pequeña risa—. No, es broma. Por cierto, ¿escuché que hoy tienen un anuncio importante en la iglesia? Tamer dejó de reír, su curiosidad evidente mientras hablaba de manera más amable. —Sí, pero en realidad no sé qué quieren anunciar —dijo Elias, suspirando con frustración—. Solo espero que no sea más trabajo. Ya tengo suficiente con todo lo que hago. Es como malabarear todo el tiempo. Tamer soltó una carcajada al ver la reacción cansada de su amigo. —Vamos, vamos, hombre. Quizás sea algo bueno. Ten un poco más de fe —dijo Tamer, dándole una palmada en el hombro. —Lo sé... —respondió Elias con resignación. De pronto, Tamer se dio cuenta de que María estaba detrás de Elias, observándolo con una pequeña sonrisa. —¡María! No te había visto —dijo Tamer, ruborizándose ligeramente. María le devolvió la mirada con una sonrisa. —Sí, fui a buscar a este tonto, que siempre está holgazaneando en sus deberes —respondió María alegremente. Tamer, aún algo embobado, sonrió ampliamente al escucharla. —Mhhh —gruñó Elias, llamando la atención de ambos. —Bueno, nos tenemos que ir. Te veré allá —dijo Elias, sonriendo a Tamer. —Sí, nos darán permiso de dejar el puesto de guardia durante el anuncio —respondió Tamer, sonriendo alegremente. —Bien, entonces ahí te veo —dijo Elias, y se puso en marcha pedaleando. —¡Adiós, Tamer! —dijo María, mientras pasaban frente a él, aún sentada en la parte trasera de la bicicleta. Cuando cruzaban la entrada de la muralla, Tamer les gritó: —¡Hey, suerte! —mientras movía su brazo en señal de despedida. María se volteó sonriendo para responderle con un gesto similar. A medida que avanzaban, las calles se llenaban de vida. Se podían ver negocios y casas construidas con ladrillo y madera, mientras los postes de luz adornaban las aceras. Las calles empedradas estaban llenas de señalizaciones, y de vez en cuando aparecía algún automóvil. Sin embargo, estos eran raros, ya que solo quienes tenían mucho dinero podían costear la gasolina, pues la isla contaba con pocas reservas, y la mayoría de ellas estaban destinadas al ejército. Elias pedaleaba con rapidez a través de las bulliciosas calles. Al llegar al centro, que conectaba con varias vías, tomó el camino de enfrente que subía hacia la colina donde se erigía la catedral. En esa zona, los edificios comenzaban a escasear, dejando espacio para un campo verde adornado con flores de múltiples colores y un pequeño arroyo que corría por detrás, brindando un aspecto hermoso y tranquilizador al lugar. La catedral, imponente y majestuosa, era el punto focal del paisaje. Elias, decidido a llegar a tiempo, pedaleaba con todas sus fuerzas, ascendiendo por el camino de piedra. Finalmente, alcanzó la entrada de la catedral, donde dos enormes puertas de madera se alzaban ante él. Detuvo la bicicleta bruscamente y se inclinó hacia adelante, respirando con rapidez mientras trataba de recuperar el aliento. —Ah, llegamos —dijo Elias, intentando recuperar el aliento mientras María bajaba de la bicicleta. —¡Ahhh! ¿De qué te sirven tantos músculos si no puedes subir una colina? —se burló María traviesamente, riendo al ver a su hermano agotado. —Bueno, si no fuera porque tengo que cargar un saco de papas... —contestó Elias con sarcasmo, devolviéndole la broma, pero fue interrumpido por un golpe en la cabeza. —¡¿Cómo te atreves a llamarme así?! —gritó María, enojada, mientras Elias se sobaba la cabeza, agachándose por el dolor. —¡Auch! Solo estaba bromeando, hermanita, no lo decía en serio... —se quejó Elias, mientras ella se cruzaba de brazos, haciendo un puchero. Sabía que María seguía molesta. —Lo siento, ¿qué tal si más tarde te llevo a comer fideos de Jutsuku? —intentó disculparse, sabiendo que ese lugar era su favorito. Al escuchar la propuesta, los ojos de María se iluminaron, aunque intentó disimular. —Está bien, acepto tus disculpas, pero me llevarás y tú pagarás —dijo, fingiendo ser dura, aunque en el fondo ya había aceptado. Elias sonrió. —Bien, será mejor que entremos, ya debe haber empezado el sermón del día. Ponte la máscara —le recordó Elias mientras se bajaba la suya, cubriendo completamente su rostro. María lo imitó, y ambos se ajustaron las máscaras. Elias dejó la bicicleta apoyada contra un árbol cercano y subió los pequeños escalones que llevaban a las enormes puertas de la catedral, con María siguiéndolo de cerca. Con cuidado, Elias abrió la puerta lo suficiente para echar un vistazo. El sacerdote estaba en el centro, vestido con una túnica negra que lo cubría por completo. Llevaba guantes negros y una máscara blanca con una estrella dorada en el centro, rodeada de símbolos religiosos. En ese momento, el sacerdote daba su sermón. Elias hizo una seña a María para que lo siguiera en silencio, y ambos entraron sigilosamente cuando el sacerdote se volteó para tomar algo. Aprovecharon el momento para esconderse entre las bancas llenas de fieles, todos ellos con máscaras decoradas de diferentes colores y diseños. Se movieron con cuidado hasta sentarse en las cercanías, justo cuando el sacerdote volvía a hablar volteando al frente. —¡Nuestro Señor, que se haga tu voluntad en estas tierras sagradas habitadas por tus hijos! No nos dejes caer en las garras de aquellos que hacen el mal. Bendice a los fieles que te siguen con tu fuerza, Señor, y cuídalos de las pesadillas que existen fuera de este paraíso, tu pequeño Edén! —exclamaba el sacerdote, con los brazos extendidos hacia el techo adornado con imágenes de ángeles y el cielo. —¡Guíanos hacia un mañana lleno de esplendor y paz! ¡Amén! —finalizó, juntando las manos. —¡Amén! —respondieron todos al unísono. El sacerdote bajó las manos y, con voz tranquila, hablo nuevamente. —Elias, otra vez llegas tarde. Elias sintió que las gotas de sudor le caían por la frente, deseando que la tierra lo tragase. Se puso de pie, nervioso. —L-lo siento, sacerdote... Se me hizo tarde, tenía algunas cosas que hacer antes de venir... —dijo, intentando disculparse, con la esperanza de que creyeran su excusa. El sacerdote lo miró con escepticismo, luego desvió la mirada hacia María, quien también se puso nerviosa al sentir el peso de la observación. —¿Es eso, verdad, María? —preguntó el sacerdote con una mirada inquisitiva. Aunque llevaba una máscara, María podía sentir la presión de sus ojos. Se levantó de su asiento, temblorosa, y respondió: —S-sí, de hecho fui yo quien lo buscó —dijo, mintiendo para evitar uno de los castigos que temía recibir. El sacerdote la observó en silencio durante unos segundos antes de responder con una voz tranquila: —Muy bien, entiendo. Pueden sentarse. María y Elias soltaron un suspiro de alivio, agradeciendo internamente que el sacerdote hubiera aceptado la mentira. Ambos tomaron asiento nuevamente, intentando mantener la calma. —Ahora bien, continuemos con lo que nos reúne hoy —dijo el sacerdote, retomando el control de la situación—. Hoy habrá un anuncio importante del gobierno de la NHU, aquí cerca. Así que, hijos míos, acompáñenme al campo para tomar nuestro lugar. Con esas palabras, descendió del altar y comenzó a caminar hacia la salida. Todos en la iglesia se levantaron de sus asientos, siguiendo al sacerdote en procesión. Antes de salir, se acercó a Elias, poniendo una mano firme sobre su hombro. —Elias, tú vendrás conmigo. Elias asintió en silencio, sintiendo cómo el nerviosismo se apoderaba de él. Siguió al sacerdote mientras las puertas se abrían, dejando entrar una ráfaga de aire fresco. Caminaban por un pequeño sendero de tierra que atravesaba un campo de flores multicolores. A lo lejos, se podía ver una plataforma en un campo verde, adornada con banderas y estandartes que ondeaban al viento. La bandera del país, azul con una línea blanca horizontal y otra vertical en el lado derecho, mostraba la imagen de un humano sosteniendo una lanza de forma majestuosa, mientras las nubes cubrían parcialmente su figura. Elias no pudo evitar impresionarse por los detalles decorativos del lugar. "Esto parece muy importante... debería haberme vestido más formal," pensó con frustración. Las campanas de la ciudad comenzaron a resonar, llenando el aire con su estruendo. Subieron los escalones de la plataforma y el sacerdote indicó a Elias que tomara asiento. —Siéntate y esperemos la llegada de los oficiales. Elias obedeció, ocupando una de las muchas sillas vacías mientras miraba la creciente multitud que se acercaba. Hombres, mujeres y niños, todos con máscaras, adornaban el lugar. El sacerdote se acercó al podio y, con una voz fuerte y clara, comenzó a hablar: —¡Hijos míos! Hoy es un día importante para nuestra nación, y también para todos ustedes. Dediquemos unas palabras de bendición a este joven mientras esperamos la llegada de los oficiales. Elias sintió que el peso de las miradas recaía sobre él. La tensión en su cuerpo crecía mientras observaba cómo el sacerdote levantaba los brazos, al igual que la multitud, y comenzaba a recitar una oración. —¡Señor, que habitas en nuestros cielos y en nuestros corazones, bendice a este joven para que siga el camino de la luz y la sabiduría! La multitud repetía las palabras del sacerdote con fervor, levantando sus brazos al cielo. Elias, incómodo y nervioso, no podía evitar pensar que todo esto era demasiado. "No soy el más devoto, pero esto es una exageración," pensaba, observando cómo el sacerdote continuaba su discurso, aparentemente imperturbable por la magnitud de la ceremonia religiosa. Mientras el sacerdote continuaba con su discurso, Elias apenas prestaba atención. Su mirada se perdía en la multitud, y fue entonces cuando notó que varios vehículos se estacionaban a lo lejos. Eran vehículos del gobierno y del ejército, claramente identificables por sus símbolos. Tras ellos, un grupo de periodistas seguía a cierta distancia. Elias desvió la mirada de los autos hacia el sacerdote justo cuando este finalizaba su oración. —¡Amén! —dijo con fervor, y la multitud repitió al unísono. Mientras todos concluían la oración, Elias vio cómo múltiples oficiales descendían de los vehículos. Uno de ellos, en particular, capturó su atención: un hombre con un traje blanco adornado con rayas negras, su rostro oculto bajo una máscara y casco. Llevaba una capa roja que cubría su brazo derecho, la cual estaba decorada con una insignia militar. Elias no pudo evitar sentir un nudo en el estómago, reconocía ese uniforme. Lo había visto antes en el campo de entrenamiento, y sabía muy bien a quién pertenecía: el ministro de Asuntos Exteriores del país de Edén. Este ministro no estaba solo, lo acompañaba su guardia personal, un grupo de soldados de élite. Aunque había oído hablar de ellos, jamás los había visto en persona. La presión que emanaba el grupo era palpable, como si la atmósfera misma se volviera más densa a medida que se acercaban. Elias, consciente de la importancia de este encuentro, se paró de la silla y se enderezó rápidamente, intentando mantener la compostura. El sacerdote también notó la llegada de los oficiales. Levantó la vista y les hizo una señal a las personas para que se apartaran, creando un camino despejado hacia la plataforma. La multitud obedeció al instante, abriendo paso mientras los oficiales avanzaban con paso firme. Los guardias entre la gente saludaron al ministro y a los demás oficiales con respeto, y Elias, nervioso, imitó su gesto. El ministro, acompañado de los otros oficiales, subió a la plataforma, mientras los periodistas tomaban sus posiciones. Algunos sostenían cámaras fotográficas, otros grabadoras, y algunos incluso portaban grandes cámaras de video, listos para documentar el momento. La guardia personal del ministro se quedó en la entrada del lugar, vigilante. El sacerdote, al ver que los oficiales habían llegado a la plataforma, se apartó del podio y los recibió con una sonrisa. Estrechó las manos de cada uno de ellos, mostrando el debido respeto y, al parecer, intercambiando algunas palabras cortas y formales. Un oficial del gobierno se acercó al podio; era el alcalde de la ciudad. Rápidamente, alguien debajo de la plataforma trajo un micrófono con un cable largo que conectaba a unas bocinas. El alcalde lo tomó con gratitud. —Gracias —dijo, golpeando el micrófono para comprobar que estaba encendido. Aclaró su garganta y continuó—. Primero que nada, quisiera agradecer al sacerdote por recibirnos con este anuncio tan importante. Ahora, si me permiten, comencemos. Hoy es un día muy especial para nuestra nación de Edén, y quisiera presentarles al ministro de relaciones exteriores, Tyler Hughes; al general Norbert Bauman Tercero; y al ministro de la corte suprema, Malte Maisner, quienes nos honran con su presencia. La multitud aplaudió con entusiasmo mientras el alcalde se retiraba, no sin antes dar la señal al ministro. El ministro Hughes se levantó de su asiento y caminó hacia el podio, con el público aún aplaudiendo. Alzó la mano en un gesto para que guardaran silencio, y luego comenzó su discurso. —Como siempre, muchas gracias al alcalde Jacob por todo lo que ha hecho para nuestra llegada a esta hermosa ciudad y por sus amigables ciudadanos de Ainthen. La gente volvió a aplaudir con emoción, y nuevamente el ministro hizo el gesto para que se calmaran. —Pero quería hablarles de algo muy importante para nuestra patria, Edén. Sé que para muchos no es un secreto que, desde hace dos años, comerciamos con las bestias del continente perteneciente a la NUA. Entiendo que, para algunos, es difícil olvidar lo sucedido en esas guerras atroces que nos costaron la vida de miles de nuestros compatriotas, y tampoco espero que los perdonemos fácilmente por esos actos crueles que cometieron en el pasado. Es precisamente por eso que estoy aquí, para darles un anuncio importante. Hoy daremos el primer paso hacia la reconstrucción de relaciones amistosas con ellos. La multitud estalló en gritos, indignada. Algunos preguntaban qué le pasaba, si había perdido la cabeza o si estaba loco. El ministro levantó ambas manos, pidiendo calma. —¡Tranquilos, tranquilos! ¡Déjenme terminar! —insistió, y la gente, aunque molesta, guardó silencio para escucharlo. —No confundan esta relación con confianza total hacia ellos. No bajaremos la guardia en caso de que se atrevan a intentar algo. Sin embargo, también sé que no podemos permanecer aislados del mundo exterior para siempre. Si nosotros no avanzamos primero, ellos lo harán, y nos tratarán como se les plazca. Y es por eso que la corte, junto con otros cuatro ministros y el general, han tomado la decisión de enviar a un estudiante excepcional. El mejor en todas nuestras disciplinas y conocimientos, a una de sus escuelas, para demostrarles a esas bestias que nunca nos podrán domar. ¡QUE EL ALMA HUMANA NUNCA SE RENDIRÁ! ¡QUE PREVALECEREMOS ANTE TODA AMENAZA EXISTENTE! El ministro gritaba con fuerza golpeando el podio con su mano cerrada, encendiendo la llama de la multitud que respondió con un rugido ensordecedor. Los vítores resonaban por toda la ciudad y llegaban hasta los que veían la transmisión o escuchaban por radio. Grito nuevamente Hughes. -¡EDEN PREVALECERA Y SU HUMANIDAD TAMBIEN! —¡Viva la humanidad! —gritaba la multitud con fervor, mientras sus voces llenaban el aire. Elías, inmóvil, sintió cómo un escalofrío recorría su cuerpo. La idea de enviar a alguien a las tierras de las bestias lo aterrorizaba. Pero algo en las palabras del ministro lo hizo detenerse un momento. "¿Enviar a alguien?", pensó. Sus ojos recorrieron la multitud buscando la figura de ese estudiante que supuestamente sería enviado. Pero no vio a nadie más que él mismo. La incomodidad creció dentro de él, y el sudor frío comenzó a recorrer su frente. "No puede ser... Esto no es real... Debe estar esperando a que lo nombren", pensaba mientras intentaba calmarse. "No soy yo, no puede ser yo". Pero entonces, el ministro Hughes habló de nuevo. —Y el estudiante seleccionado para esta misión es... Elías Wulfhart. Elías sintió que el mundo se detenía. Las palabras resonaron en su mente, lentas, pesadas. La multitud, lejos de enfurecerse, estalló en aplausos y vítores nuevamente, pero Elías apenas podía oírlos. Todo a su alrededor se volvió borroso, y un frío aún más intenso se apoderó de él. "Esto no puede estar pasando", pensó. Pero la realidad era innegable. Había sido elegido, y no había vuelta atrás. La multitud comenzó a corear el nombre de Elías con fervor, mientras Hughes lo buscaba con la mirada y le hacía señas para que se acercara. Sin embargo, Elías estaba paralizado por sus pensamientos, incapaz de moverse. Fue el sacerdote quien lo trajo de vuelta a la realidad, empujándolo suavemente hacia adelante. Elías, aún en estado de shock, caminó lentamente hacia el podio, saludando al oficial de alto rango de manera automática, sin ser consciente de sus acciones. Los gritos de la multitud se intensificaban a medida que él avanzaba. Hughes, notando que Elías todavía mantenía la mano en posición de saludo, se acercó a su oído y le susurró: —Puedes descansar, hijo. Baja el brazo. Elías obedeció instintivamente, sin pensar. Hughes entonces volvió su atención a la multitud, levantando los brazos y continuando con su discurso. —¡Él será nuestra guía hacia un futuro seguro y próspero para nuestra nación! ¡Traerá la paz necesaria para que esas bestias no se atrevan a meterse con nosotros nuevamente! —gritaba Hughes, avivando aún más a la multitud. Mientras los vítores y los aplausos resonaban, Elías sabía que si no fuera por la máscara que llevaba puesta, todos habrían podido ver el terror reflejado en su rostro. En algún lugar entre la multitud, María, su hermana, no celebraba. Sentía un nudo en el estómago, llena de preocupación. Sabía que su hermano estaba aterrorizado por lo que le esperaba. Hughes levantó la mano, pidiendo silencio nuevamente. —Como ya saben —continuó—, este joven fue seleccionado entre los mejores en su categoría de estudios, disciplina y convicción. Pero también fue elegido porque es uno de los tres mejores en el dominio del idioma de esas bestias y en la comprensión de su cultura. El público estalló en aplausos otra vez, mientras Elías, abrumado, no sabía cómo reaccionar. Hughes se inclinó levemente hacia él, sin perder el control de la multitud. —Y por eso mismo —dijo Hughes—, lo enviaremos mañana temprano. Yo lo acompañaré personalmente para asegurar su llegada a la costa. El anuncio causó una mezcla de sorpresa y emoción en la multitud, que gritaba y aplaudía con renovada energía. Elías en cambio estaba estupefacto, su mente apenas procesando lo que acababa de escuchar. —Ha sido un honor venir a esta hermosa ciudad, con todos sus buenos habitantes. Que pasen un buen día, y que Dios salve a la humanidad —finalizó Hughes, poniendo fin al anuncio mientras tomaba a Elías del hombro y lo guiaba hacia una zona más privada, junto con los demás oficiales. Descendieron de la plataforma, y la multitud, emocionada, les abría paso, mientras los periodistas no dejaban de tomar fotos, cegando a Elías con los destellos de las cámaras. Entre la multitud, María observaba con el corazón en un puño cómo se llevaban a su hermano, sin poder hacer nada más que mirar. Caminaron hasta los vehículos, donde varios guardias de élite se acercaron a Elías. Lo tomaron por debajo de los hombros y lo ayudaron a subir a la parte trasera de un camión militar, donde lo sentaron junto a otros soldados. Elías no reaccionaba; seguía procesando lo que acababa de suceder. Uno de los guardias golpeó el costado del camión, señal al conductor de que estaban listos para partir. Mientras el vehículo arrancaba, los ecos de la multitud aún resonaban en el aire, pero para Elías, todo se sentía lejano, como si estuviera atrapado en una pesadilla de la que no podía despertar. Elías seguía sumido en sus pensamientos, intentando asimilar todo lo que estaba ocurriendo, hasta que sintió una mano en su hombro, moviéndolo suavemente. —Oye, niño, tranquilo. No es como si fueras a la guerra —dijo uno de los guardias de élite sentado a su lado, riendo suavemente bajo su máscara. Su voz era fuerte, pero tenía un tono amigable. Otro guardia, más pequeño y delgado, se acercó también y se sentó junto a Elías. —Sí, relájate. Cuando lleguemos, podemos enseñarte algunos trucos para controlar tu miedo hacia ellos —dijo con una voz más aguda. Elías asintió en silencio, esforzándose por calmarse mientras el camión avanzaba por las calles. El suave vaivén del vehículo ayudaba a disipar un poco su ansiedad, aunque no del todo. Después de unos minutos, el camión se detuvo, y se oyó un golpe en el exterior. —Llegamos —anunció uno de los soldados. La rampa del camión se abrió, y los soldados comenzaron a bajar. Elías seguía sentado, ya un poco más tranquilo, hasta que los dos guardias de élite se dirigieron a él. —Vamos, niño. Te están esperando —le dijeron. Elías se puso de pie lentamente y comenzó a avanzar. Al salir del camión, vio que estaban en una base militar. Los caminos estaban pavimentados con piedras lisas, rodeados por cuarteles donde los soldados dormían, un comedor y varias oficinas. La bahía de vehículos estaba llena de actividad, con soldados bajando de los camiones, otros caminando por los senderos y algunos entrenando bajo la atenta mirada de un sargento que les gritaba órdenes. Todos vestían ropa camuflada verde y botas negras. —Ven, te llevaremos con el ministro —dijo uno de los guardias de élite, aún con la máscara y el casco puestos. Elías asintió y, quitándose su propia máscara, la amarró a su cinturón. Había estado en una base militar antes, pero nunca tan profundamente en su interior. Todo le parecía sorprendentemente organizado. Mientras avanzaban, vio a varios soldados vestidos completamente de negro, como la guardia de élite, pero sin las líneas rojas características. Los saludaron con un gesto militar al pasar. Elías siguió a los dos guardias sin decir una palabra, atravesando la entrada principal de las oficinas. El lobby estaba lleno de escritorios ocupados por secretarias, y al fondo había una escalera. Subieron al segundo piso, donde había más escritorios, y al final del pasillo estaba la oficina del ministro Hughes. El nombre del ministro y su título estaban grabados en la puerta de cristal. Uno de los guardias, el más pequeño, abrió la puerta y entró, seguido por Elías y el otro guardia, que cerró la puerta detrás de ellos. Ambos guardias, ya dentro, cruzaron las manos enguantadas detrás de ellos, permaneciendo en posición firme mientras esperaban. Elías no pudo evitar observar las fotos colgadas en las paredes de la oficina. Hughes estrechaba la mano con figuras importantes, líderes políticos y militares. Las estanterías estaban llenas de medallas y libros, y la habitación en sí era bastante espaciosa. En un rincón, un cómodo sillón doble ocupaba parte del espacio, y el imponente escritorio de madera tallada estaba justo en el centro, flanqueado por dos sillas frente a la silla del ministro. Desde la ventana, se veía el campo de entrenamiento, donde los soldados continuaban con sus ejercicios. Elías estaba fascinado por el lugar, pero su mente seguía inquieta, preguntándose qué pasaría a continuación. —Toma asiento, niño. El ministro llegará pronto —le dijo el guardia más grande con amabilidad. Elías asintió nerviosamente, dirigiéndose hacia una de las sillas frente al escritorio. —S-s-sí... —respondió, su voz temblorosa mientras se sentaba. Los minutos se hicieron eternos para Elías, su nerviosismo incrementaba con cada segundo que pasaba. Finalmente, la puerta de la oficina se abrió, y Elías se tensó al ver al ministro Hughes entrar, todavía con su máscara y uniforme. Hughes caminó hasta su silla y se sentó al otro lado del escritorio. A pesar de la sonrisa que intentaba proyectar, la máscara no hacía más que intensificar el nerviosismo de Elías. —Bienvenido a mi pequeña oficina, joven Elías —dijo Hughes, su voz mucho más alegre de lo que su aspecto intimidante sugería—. No te pongas nervioso, te aseguro que no te pasará nada. La manera de hablar de Hughes, casi cantarina, intentaba ser tranquilizadora. Se cruzó de brazos y se recostó en su silla, intentando romper la tensión. —Relájate un poco. Sé que tienes muchas preguntas, pero te prometo que las responderé, ¿de acuerdo? Elías tragó saliva y asintió lentamente. —S-sí... es solo que... estoy muy sorprendido por todo esto. No entiendo por qué me eligieron a mí, y lo que dijiste allá afuera... —Elías empezó a hablar rápidamente, con las palabras atropellándose unas con otras—. Todo esto hace que me dé vueltas la cabeza. ¡Y luego ir a ese lugar lleno de bestias tampoco ayuda! Hughes levantó una mano, deteniendo el torrente de palabras de Elías. —¡Tranquilo, tranquilo! Vamos por partes —dijo, con un tono firme pero calmado—. No te dejaremos solo cuando estés allí. Jamás abandonaría a uno de los nuestros en un lugar como ese, ¿me entiendes? —Hughes tomó aire y continuó—. Fuiste elegido porque calificaste como el más apto. Tus calificaciones son excelentes, y necesitamos a alguien capaz si queremos mejorar nuestras relaciones con ese gobierno de bestias. Elías se calmó un poco con la explicación, aunque todavía sentía incertidumbre sobre cómo lo protegerían. —Entiendo... —murmuró, hundiéndose un poco más en la silla—. Pero, ¿cómo me van a proteger si algo malo pasa allá? No creo que puedan aparecer mágicamente del aire —añadió sarcásticamente, aunque su tono había perdido algo de la tensión inicial. Hughes rió ante el comentario. —No te preocupes por eso. Tenemos algunos soldados infiltrados en ese lugar. Si algo te ocurre, ellos estarán allí para sacarte —explicó, haciendo gestos animados con las manos—. Además, el equipo que te daremos está un poco más avanzado de lo que suelemos tener aqui, aunque no podemos igualar toda la tecnología que manejan. Elías lo escuchaba, pero no podía evitar que un sentimiento desolador se instalara en su pecho. Aunque Hughes intentaba ser optimista y tranquilizador, la magnitud de lo que enfrentaba seguía pesando sobre él. Hughes observó a Elías, intentando proyectar una imagen tranquilizadora. —Sé cómo te sientes, pero debes ser más optimista. También hemos hablado con tus padres y les explicamos todo esto con tiempo, así que ten un poco más de fe. Además, te daremos un pequeño entrenamiento sobre cómo defenderte en caso de que lo necesites. ¿Mis guardias ya te lo mencionaron? —preguntó Hughes con tono amable. —Sí, me lo dijeron en el camino hacia aquí —respondió Elías, algo más calmado. —Bien. También te proporcionaremos un libro de biología con información que podrías usar si algo malo llegara a ocurrir. El libro estará en nuestro idioma, así que no podrán entender lo que dice —explicó Hughes, sonriendo bajo su máscara. Elías asintió, reconociendo los esfuerzos que hacían para garantizar su seguridad. Aunque no podía evitar sentirse inquieto, empezaba a relajarse. —No te daremos armas de fuego ni armas blancas, pero... —Hughes hizo una pausa mientras buscaba algo en su escritorio. Sacó un conjunto de anillos que parecían simples juguetes. Elías los miró con curiosidad. —¿Qué es eso? —preguntó, señalando los anillos. —Esto es una manopla —respondió Hughes sin preocupación, entregándole el objeto a Elías. —¡¿Pero está seguro de eso?! ¿No me arrestarán por portar un arma? —preguntó Elías, algo alarmado y preocupado. Hughes soltó una pequeña risa. —No lo harán. Si te preguntan qué es, solo diles que es un juguete para la ansiedad. No parece un arma, así que no te darán problemas... A menos que prefieras pelear a puño limpio. Aunque eres fuerte, dudo que puedas hacer mucho contra ellos si algo llegara a suceder —explicó Hughes con tranquilidad. Elías dudó por un momento, pero finalmente tomó la manopla. No estaba seguro de cómo se sentiría usándola, pero decidió confiar en el plan. —Bueno, ya puedes retirarte. Mis guardias te darán el pequeño entrenamiento —añadió Hughes mientras Elías se levantaba de la silla. Antes de que pudiera salir de la habitación, Hughes lo detuvo. —Ah, una cosa más. Te llevaremos a tu casa cuando termines el entrenamiento, y pasaremos a recogerte mañana por la mañana —dijo con tono alegre, despidiendo a Elías. —Sí... —respondió Elías, aceptando las instrucciones. Elías salió acompañado de los guardias, quienes cerraron la puerta tras él. Hughes exhaló profundamente, cansado por la conversación. Se levantó de la silla, caminó hacia la puerta y cerró la cortina para bloquear la luz que entraba. Apagó la luz del despacho y regresó a su silla. En la oscuridad, sacó un cigarro, encendiéndolo con un chisporroteo que iluminó brevemente la habitación. Inhaló profundamente y luego exhaló, dejando escapar una larga nube de humo mientras se quitaba la máscara y el casco, dejando que la tenue luz que entraba por la ventana distorsionara su silueta. —Solo espero que todo esto salga mejor de lo que esos burócratas creen... —murmuró Hughes para sí mismo, agotado—. No quiero tener que enterrar a más gente. Siguió fumando en silencio, apagando lo que quedaba del cigarro en el cenicero, mientras sus pensamientos vagaban hacia las posibles consecuencias de todo lo que estaban planificando. Afuera, en el campo de entrenamiento, Elías forcejeaba contra el guardia grande, quien lo tumbaba al suelo por tercera vez. Elías se quejaba del dolor mientras intentaba reincorporarse. —Bien, 2 de 3. Eres rápido aprendiendo, niño —dijo el guardia más pequeño, sentado en el suelo, con una risa en su voz. —Sí, pero duele mucho... además, él pega muy fuerte —respondió Elías, señalando al guardia grande. —¡Oh, vamos! Ni siquiera estoy usando toda mi fuerza —rió el guardia grande mientras cruzaba los brazos. Elías suspiró, agotado, y se sentó en el suelo para descansar un poco. Después de un momento, miró a los dos guardias. —Por cierto, ¿cómo se llaman? Nunca les pregunté sus nombres —dijo Elías, curioso. Los guardias permanecieron en silencio por unos segundos, hasta que el guardia pequeño habló. —Me puedes llamar Mei —dijo alegremente. —Y a mí me puedes decir Geruft —contestó el guardia grande, con una sonrisa debajo de su mascara. —Pues un gusto conocerlos, Mei y Geruft. Nunca había oído nombres así —respondió Elías, sonriendo. Los guardias asintieron, algo nerviosos por la formalidad. —Nunca pensé que conocería a la guardia de élite. Siempre que hago mi servicio, los demás compañeros hablan de ustedes como si fueran un mito —comentó Elías, emocionado. Mei y Geruft se rieron con admiración. —¡Bien, niño! Pues aquí nos tienes en persona —dijo Geruft, haciendo una pose para presumir, mientras Mei reía. —Sí, pero sería mejor continuar con tu entrenamiento. Te enseñaremos cómo intimidar a las bestias del lugar al que te enviarán —dijo Mei, poniéndose serio—. Verás, los animales tienen un instinto de temor natural hacia los humanos, y una manera de hacer que lo sientan es mirarlos directamente, pero no de forma normal. Tienes que verte...como decirlo antinatural. Eso los inquieta por alguna razón. Mirada fría, sin expresiones. Las veces que hemos estado allá, he visto de esa manera algunos a pesar de tener la máscara puesta ellos apartan la mirada o se alejan, también escuchado que los guardias del muelle piensan que nuestras voces suenan demoníacas —explicó Mei. Elías escuchaba con atención. —Pero ten en cuenta que no siempre funcionará, y algunos animales pueden reaccionar de formas diferentes. Así que, ten cuidado. Ahora, muéstrame si puedes mantener una cara sin expresiones —pidió Mei. Elías asintió y trató de relajar su rostro, intentando mantener una mirada fría. Sin embargo, cada vez que veía a los guardias, no podía evitar sonreír. —Ah, lo siento, es muy difícil cuando ustedes me están mirando —se disculpó Elías, mientras volvía a intentarlo—. ¿Y por qué les dan miedo nuestras voces? —preguntó, intrigado. —Mmm, realmente no lo sé, pero creo que tiene que ver con las historias de guerra que contaban los supervivientes de las trincheras —respondió Mei, pensativo. Elías finalmente logró mantener una expresión fría, sus ojos azules perdiendo el brillo por un momento. Mei se sorprendió. —¡Ahí está! Así es como debe verse —celebró Mei, con entusiasmo. —Bien hecho, niño. Realmente aprendes rápido. ¿Qué te parece si continuamos con el entrenamiento cuerpo a cuerpo? —dijo Geruft alegremente. Elías sonrió, dejando de lado la expresión seria. —Sí, vamos —respondió, levantándose para continuar el entrenamiento. Las horas pasaron, y cuando se dieron cuenta, ya estaba atardeciendo. Elias yacía en el suelo, exhausto, sudoroso y adolorido por la paliza que le había dado Geruft. Mei se acercó para observarlo de cerca. —Lo hiciste bien para ser solo tu primer día de entrenamiento, pero realmente necesitas practicar más —dijo Mei mientras se agachaba sobre sus rodillas y le extendía la mano—. Vamos, es hora de llevarte a casa para que te prepares para mañana. Elias miró la mano extendida antes de tomarla y, con el esfuerzo de Mei, se levantó, aunque Mei era más pequeño en comparación. Geruft, por su parte, todavía trataba de recuperar el aliento después de tanto entrenamiento. —Listo, vamos —indicó Mei, dirigiéndose hacia la bahía de vehículos. Elias lo siguió, con Geruft avanzando lentamente detrás de ellos. Al llegar, vieron a Hughes conversando con un comandante. Al notar que sus guardias se acercaban, Hughes se volvió rápidamente hacia ellos. Mei y Geruft saludaron al unísono, y Elias los imitó; aunque él solo prestaba servicio, sabía que debía respetar los rangos. —¡Señor, hemos terminado con el recluta, señor! —informó Mei con voz firme. —Bien, ya podemos irnos. Escóltenlo hasta el auto, ahora voy enseguida —ordenó Hughes. —¡Sí, señor! —respondieron Mei y Geruft al unísono. Elias siguió a sus compañeros hasta el coche. Mei abrió la puerta trasera y le hizo un gesto para que entrara. —Adelante —dijo en voz baja. Elias asintió, sonriendo levemente mientras se sentaba en una de las esquinas del asiento trasero, un vehículo espacioso con doble fila de asientos, lo que permitía acomodar hasta ocho personas. Se acomodó con la espalda contra el respaldo, tratando de ponerse cómodo mientras se perdía en sus pensamientos. "¿Qué me dirán mis padres cuando llegue a casa? ¿O mi hermana? Parecía tan preocupada cuando me vio pasar..." Se pasó una mano por la cabeza, intentando calmarse. "Espero no causarles demasiada angustia. Al fin y al cabo, me envían a un lugar que no conozco, lleno de criaturas salvajes que podrían devorar a un humano en un abrir y cerrar de ojos". Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando la puerta se abrió de nuevo y Hughes entró, sentándose frente a él. La puerta se cerró con un suave chasquido, mientras Mei y Geruft se acomodaban en los asientos delanteros, Mei en el puesto del conductor y Geruft como copiloto. Mei encendió el motor y comenzó a conducir, alejándose de la base. El silencio en el interior del vehículo era incómodo. Ni Elias ni Hughes parecían dispuestos a romperlo, hasta que Elias decidió armarse de valor y hablar. —Señor Hughes, ¿puedo hacerle una pregunta? —preguntó, intentando disimular su nerviosismo. —Claro que sí, mientras no sea algo confidencial —respondió Hughes con una sonrisa y una risa tranquila. —Bueno, es que he tenido una duda desde que llegamos aquí —dudó Elias antes de continuar—. Me preguntaba, ¿por qué siempre llevan la máscara y el casco puestos? Incluso los soldados en el camión nunca se los quitaron. Pero en la base, nadie llevaba máscara, todos dejaban ver sus rostros. Al escuchar la pregunta, Hughes permaneció en silencio unos momentos. Mei y Geruft intercambiaron miradas a través del retrovisor, mientras el ambiente se llenaba de una leve tensión. Finalmente, Hughes habló. —Hmm, lo hacemos para crear una convicción, para que todos sientan esperanza al vernos como una unidad especial y poder inspirar a los jóvenes a ser como nosotros —explicó con voz relajada. Elias suspiró aliviado al ver que Hughes le respondía. Sonrió con nerviosismo. —Por un momento, pensé que era algo confidencial que no debía preguntar —dijo, soltando una risa incómoda. Hughes lo miró con calma. —No te preocupes, no hay nada malo en querer saber. A la mayoría de la gente le da curiosidad nuestra unidad. Algunos incluso creen que somos sobrenaturales, y me da risa cómo piensan eso de nosotros —agregó con una sonrisa. —Sí, de hecho, muchos de mis compañeros decían que ustedes son como un mito dentro de los rangos del ejército. —añadió Elias, riendo nerviosamente. La conversación había logrado disipar un poco la tensión, aunque el viaje continuaba, con el vehículo avanzando por las calles hacia el hogar de Elias. Mientras reía, Elias decidió cambiar de tema. —Por cierto, ¿qué sabe de la escuela a la que me van a mandar? —preguntó con curiosidad, ansioso por saber más sobre su destino. —Bueno, al mediodía llegó una carta de la escuela respondiendo a nuestra solicitud. Te puedo decir que es una institución de prestigio, muy reconocida entre ellos. Es un campus donde los estudiantes viven dentro de la escuela —explicó Hughes, resumiendo el contenido de la carta. Elias reaccionó de inmediato, alarmado. —¡Espere, me van a hacer dormir junto con esas bestias! ¿Y qué pasa si me atacan mientras duermo? —exclamó, sintiendo un nudo de inquietud en el estómago. La idea de compartir el mismo espacio con esos seres que podrían atacarlo lo tenía tenso. —Tranquilo —lo calmó Hughes—. La carta mencionaba que te asignarán un cuarto privado, solo para ti. También indicaron que aumentarán la cantidad de guardias en el campus para garantizar tu seguridad. Aunque, siendo sincero, no confiaría demasiado en ellos para que te ayuden si algo ocurre. Elias sintió un alivio momentáneo al escuchar que tendría su propio espacio. —También decía que el campus fue construido en la colina de la ciudad de Zebuth —añadió Hughes con seriedad, observando la reacción de Elias. —¿Esa colina no es donde las fuerzas de la NHU se enfrentaron por última vez, como el último bastión de la humanidad antes de rendirse? —preguntó Elias, recordando las lecciones de historia sobre la guerra. —Sí, así es —respondió Hughes, manteniendo el tono serio—. Por eso, trata de no mencionar nada relacionado con ese tema. Puede que no les guste recordar algunas cosas del pasado. Elias asintió, comprendiendo la advertencia. No quería provocar ninguna situación incómoda ni indeseada. Continuaron avanzando en silencio, el vehículo deslizándose por la carretera hasta llegar a un distrito lleno de campos y casas. Las calles se volvían más de terraceria, lo que los obligó a detener el auto y continuar a pie. El entorno era tranquilo, con las luces de las farolas encendidas y el murmullo distante de la ciudad resonando en el aire. Mientras caminaban, Elias no podía evitar sentirse nervioso ante la idea de lo que le esperaba en la escuela, pero también había una chispa de curiosidad y desafío en sus pensamientos. Elias caminaba por las calles junto a Hughes, Mei y Geruft. A medida que avanzaban, las luces artificiales comenzaban a iluminar el camino mientras el sol se desvanecía lentamente en el horizonte. Pronto llegaron a una casa de dos pisos, de tamaño mediano, rodeada por un pequeño jardín. Hughes llamó la atención de Elias. —Bien, parece que llegamos —dijo Hughes, deteniéndose frente a la casa. —Sí, señor Hughes. Fue un gusto y un honor poder conocerlo realmente, señor —respondió Elias, sonriendo con respeto. Mei y Geruft se mantenían a su lado, en silencio, escuchando atentamente—. Nunca imaginé en mi vida que conocería a la unidad especial, y mucho menos que recibiría un poco de entrenamiento de su guardia de élite. Aunque solo fue un día, fue un honor. Sé que no es suficiente para aprender mucho, pero seguiré practicando —añadió con una sonrisa. Mei y Geruft intercambiaron una mirada de orgullo contenido. Hughes, por su parte, asintió con tranquilidad. —Ah, sí. Por eso, de vez en cuando iremos a buscarte para que continúes con el entrenamiento —comentó Hughes de forma despreocupada. Elias reaccionó con sorpresa. —¡Espere, no me dijo nada sobre eso! —exclamó nervioso. —Se me olvidó mencionarlo. El entrenamiento continuará, y estarás allá durante tres años —dijo Hughes con calma. La expresión de Elias se volvió en blanco, como si le hubieran echado un balde de agua fría encima. —¿¡Qué!? ¡¿Creí que solo sería por unas semanas?! —gritó Elias, alterado al enterarse del tiempo que estaría lejos. Hughes se encogió de hombros con tranquilidad. —No te lo dije antes porque sabía que te alterarías. Pero ahora que has escuchado todo lo que tenía que decir, pensé que era el mejor momento para mencionarlo —respondió mientras se acariciaba la barbilla, pensativo. Elias soltó un suspiro, derrotado y cansado. —Sí, señor... —contestó, resignado. Hughes rió levemente, justo cuando la puerta de la casa se abrió de golpe. Una joven salió corriendo y se lanzó sobre Elias, abrazándolo con fuerza. Era María, su hermana. La inesperada acción tomó por sorpresa a todos. —Hermanita... —susurró Elias, mirando a María, que mantenía su rostro oculto en su hombro, sollozando. —Hey, no llores. Sé que estás preocupada —le dijo con voz suave, tratando de calmarla. —¿Y cómo no quieres que me preocupe? Papá y mamá apenas me acaban de contar por qué fuiste elegido. —Las palabras de María salían entrecortadas por los sollozos—. Solo tengo un hermano y no quiero perderlo. Elias la abrazó con fuerza, buscando tranquilizarla, cuando Hughes intervino con amabilidad. —Puedes estar tranquila, te aseguro que no le pasará nada. Su seguridad es nuestra prioridad número uno —dijo Hughes, mirando a María con comprensión. María alzó la vista, todavía con algunas lágrimas en los ojos. —No tienes que preocuparte. Haremos todo lo posible por protegerlo —continuó Hughes, sacando un pañuelo de su traje y ofreciéndoselo—. Toma, sécate esas lágrimas. María aceptó el pañuelo, agradecida. —Gracias —respondió, secándose los ojos. Hughes se volvió hacia Elias con seriedad. —Bueno, Elias, mañana temprano vendremos por ti. Recuerda estar listo antes de tiempo, no podemos hacer esperar a los demás. ¿Entendido? —Sí, señor —respondió Elias con formalidad. —Una cosa más, ponte ropa formal para la ocasión. También te daremos ropa especial para cubrirte el cuerpo, y por si tenías dudas sobre el uniforme de la escuela, les envié una carta con tus medidas para que lo tengan listo —añadió Hughes, dándole las últimas instrucciones. —Entendido, señor. —Elias lo saludó con un gesto militar, sintiéndose un poco más preparado para lo que venía. —Te veré mañana, Elias —dijo Hughes, enderezándose firmemente antes de darse la vuelta para marcharse. Elias mirava como lentamente se alejaban, bajo la mano y volteo a ver a maria. –vamos a dentro. Dijo en un tono calido sontiendo, ella asintió entrando junto con el. La oscuridad cai oscureciendo todo. —¡Legoshi, Legoshi, Legoshi! —La voz insistente despertó a Legoshi de su profundo sueño. Se sentó en la cama, respirando agitado y con los ojos abiertos de par en par. Cuando enfocó la vista, se dio cuenta de que Jack estaba allí, sacudiéndolo suavemente para que despertara. —¿Qué pasa? —preguntó, aún adormilado, mientras descorría la cortina que colgaba en el borde de su cama empotrada en la pared. —Acabamos de recibir un anuncio por parte de la Ama de llaves —explicó Jack, con tono urgente—. Nos dijo que todos los estudiantes debemos ir al auditorio de inmediato. Al parecer, el director tiene un anuncio importante que hacer. Legoshi salió de su cama y comenzó a vestirse rápidamente. —Me pregunto de qué se tratará ese anuncio tan importante —comentó Collot, sentándose en el borde de su litera mientras se ponía los zapatos. —No lo sé, pero me interrumpieron en medio de una partida —se quejó Durham, abotonándose la camisa de manera apresurada. —Vamos, tal vez solo sea por un rato. No creo que nos tome mucho tiempo —añadió Miguno, ya vestido y esperando en la puerta mientras los demás terminaban de prepararse. La habitación se llenaba del murmullo de sus voces mientras todos se alistaban, y pronto, salieron para dirigirse al auditorio, uniéndose a los demás estudiantes que abandonaban sus dormitorios. Los golpes resonaban en la puerta de la casa de los Wulfhart. —¡Voy! —gritó María mientras bajaba las escaleras a toda prisa. Abrió la puerta y se encontró con un oficial uniformado frente a ella. —¿Está el joven Elías Wulfhart listo para partir? —preguntó el oficial con formalidad. María pudo ver a los soldados formados a lo largo del camino y al Ministro. —Sí, ya viene en seguida —respondió María, justo cuando Elías bajaba las escaleras. Llevaba una camisa blanca con las mangas dobladas hasta los codos, un chaleco café y un pantalón negro, además de zapatos del mismo color. A su espalda colgaba una mochila de cuero. Detrás de él, sus padres lo seguían. Su madre, una mujer de cabello castaño y ojos color miel, vestía un elegante vestido blanco con volantes; mientras que su padre, alto y robusto como Elías, lucía una camisa blanca bajo un saco gris y pantalones del mismo color. Elías salió por la puerta y se acercó al oficial, saludándolo con formalidad. —Buenos días, señor —dijo con una inclinación de cabeza. El oficial le hablo formal mente. —Descansa, hijo. Vamos, ve con el oficial al mando. Hoy será un gran día. —Sí, señor —respondió Elías, manteniendo la compostura. Caminó con su familia hasta donde Hughes los esperaba. Se detuvo frente a él y lo saludó de la misma manera. —Señor, ¿sería posible que mi familia me acompañe un momento? Quieren despedirse de mí —dijo Elías con tono sereno, aunque sus ojos reflejaban la mezcla de emoción y nerviosismo. Hughes los miró y asintió con una leve sonrisa tras su mascara. —Claro que sí, no hay problema. Vengan, subamos al vehículo. Elías sonrió agradecido. —Gracias, señor. Todos caminaron por el camino de tierra hasta llegar el automóvil donde Mei y Geruft ya los esperaban. Mei, con un gesto cortés, abrió la puerta trasera para que subieran. Elías se acomodó junto a Hughes, mientras que su familia se sentaba en los asientos frente a ellos. El motor arrancó con un suave rugido, y mientras el vehículo se alejaba, Elías miró a sus padres y a su hermana una vez más, intentando grabar sus rostros en su memoria antes de comenzar esta nueva etapa de su vida. El interior del automóvil estaba sumido en un tenso silencio, roto finalmente por la voz grave del padre de Elías. —Señor ministro, es un honor para nosotros que nuestro hijo cumpla un deber tan importante —dijo, mirando con seriedad a Hughes—, pero como su padre, también estoy preocupado por él. ¿Puede asegurarme que estará bien? Hughes, con su uniforme impecable, lo miró con firmeza antes de responder. —Por supuesto, señor Wulfhart. La seguridad de su hijo es nuestra máxima prioridad. Haremos todo lo posible para que todo salga bien —afirmó con seguridad, lo que tranquilizó un poco al padre de Elías. El automóvil continuó su trayecto hasta llegar al astillero, donde ya se había congregado una multitud. Periodistas y curiosos se agolpaban detrás de las barreras de seguridad, mientras el ejército mantenía el orden. Después de pasar el control de seguridad, el grupo descendió del vehículo y se dirigió hacia los muelles, donde un imponente barco los esperaba. Hughes se detuvo un momento para observar la nave, un acorazado de guerra desarmado, de apariencia robusta y solemne. Había sido descomisionado y transformado en un museo flotante, pero en ese momento, su silueta poderosa evocaba un pasado belicoso que parecía fuera de lugar. Con expresión seria, Hughes se dirigió al segundo oficial al mando. —¿Se puede saber por qué estamos usando un acorazado de guerra como medio de transporte para esta misión diplomática? —preguntó, dejando clara su desaprobación. —Señor, los ministros pensaron que sería una buena idea. Eso es todo lo que me dijeron —respondió el Vicealmirante, visiblemente incómodo. Hughes solo pudo pensar: "¿Cómo se les ocurre emplear esto? Vamos a una misión diplomática, no a una declaración de guerra". —Está bien, descanse, soldado —respondió finalmente con un tono serio, antes de dirigirse nuevamente hacia Elías y su familia, quienes miraban el barco con asombro. Nunca imaginaron que algo tan grande pudiera moverse; siempre pensaron que solo era un museo. —Bien, Elías, creo que ha llegado la hora de despedirte de tu familia —dijo Hughes, llamando su atención. —Sí, señor —respondió Elías, y luego se giró para encarar a su familia. Se acercó a su madre, quien lo envolvió en un fuerte abrazo. —Ten mucho cuidado, hijo —le dijo, con la voz temblorosa. —Hermano, por favor mándanos cartas si puedes, y cuídate mucho —añadió María, sin poder ocultar la tristeza en su voz. —Muchacho, no te metas en problemas allá afuera. Siempre te estaremos esperando —dijo su padre, rodeándolo con sus brazos en un abrazo fuerte y reconfortante. —Sí, lo haré. Los quiero mucho a todos —respondió Elías, separándose de ellos con esfuerzo. Dio un último vistazo a sus rostros antes de dirigirse hacia Hughes, quien lo esperaba junto a la pasarela que llevaba al barco. —¿Estás listo? —preguntó Hughes, mirándolo con un leve gesto de aprobación. —Sí, vamos —respondió Elías con determinación. Hughes asintió y giró sobre sus talones, comenzando a caminar por la estrecha pasarela de metal que subía al acorazado. Elías lo siguió con paso firme, mientras los guardias de Hughes abordaban la nave tras ellos, formando una escolta silenciosa. A medida que subían, el viento traía el murmullo de la multitud y el sonido lejano de las olas, una melodía que acompañaría la partida de Elías hacia un destino incierto. Al abordar el acorazado, un capitán de porte distinguido ya los esperaba. Vestía un uniforme militar blanco con líneas azules que delineaban su cuello y muñecas, y llevaba guantes, un casco, y una máscara azul decorada con estrellas que representaban su rango. —Bienvenido a bordo, ministro Hughes. Mi tripulación estará a su disposición para asistir en este importante viaje —dijo el capitán con respeto, inclinando ligeramente la cabeza. —Sí, el Vicealmirante en tierra me informó que ustedes serán nuestro transporte. Sin embargo, para mayor seguridad al llegar al puerto, dejaré a uno de mis guardias para que los asista con la navegación. No queremos encallar por un error —respondió Hughes con seriedad, aún molesto por la idea de usar un acorazado como transporte diplomático. —Entendido, señor —respondió el capitán, aceptando la recomendación sin objeciones. Hughes esperó hasta que todos sus hombres subieron a bordo para hacer una señal a uno de ellos. Un guardia vestido de negro, con una capa que cubría su brazo derecho, se acercó rápidamente. —¡Sí, señor! —exclamó el guardia. —Hugo, ayuda al capitán para que navegue con seguridad hasta el puerto —ordenó Hughes. —¡Señor, sí, señor! —respondió Hugo, dirigiéndose al capitán, quien le hizo un gesto para que lo siguiera. Cuando todos estaban a bordo, la pasarela fue retirada y las personas en tierra soltaron los amarres el acorazado emitió un profundo sonido de su sirena, señalando su partida. Elías se acercó a la barandilla para ver a su familia y a la multitud abajo. Mientras el barco se alejaba lentamente del muelle la gente y su familia comenzó a despedirse con gritos y saludos. —¡Adiós! —gritaba Elías, agitando la mano mientras la distancia entre ellos se agrandaba y su hogar se desvanecía en la lejanía. La tristeza llenaba sus ojos mientras observaba cómo el puerto se hacía cada vez más pequeño. Hughes se acercó y le dio unas palmadas en la espalda, sacándolo de sus pensamientos. —Bien, creo que es hora de prepararte y entregarte tu equipo. Ven, sígueme —dijo Hughes con calma. Elías asintió y lo siguió por los estrechos pasillos del acorazado. Mei y Geruft, dos de los hombres de confianza de Hughes, llevaban unas cajas pequeñas. Tras caminar un poco, llegaron a una pequeña oficina decorada con logros históricos y menciones sobre la humanidad. Hughes tomó asiento en la silla detrás del escritorio y miró a Elías con seriedad. —Muy bien, Elías. Vamos a entregarte tus cosas. Mei, Geruft, denle su equipo. Mei y Geruft abrieron las cajas. En una de ellas había una protección negra y flexible para el cuello, equipada con botones y un cierre. También había un dispositivo con un cristal que Elías nunca había visto antes. —¿Qué es esto? —preguntó Elías, mirando el dispositivo con curiosidad. —Es un teléfono. Con esto podremos saber tu posición y podrás contactarnos en caso de que sea necesario —explicó Hughes. Elías miraba asombrado el dispositivo mientras Hughes continuaba—. Dentro de la caja están los manuales, revísalos después. Geruft le entregó un libro grueso a Elías, titulado "Biología de las Bestias", escrito en el idioma local. No contenía imágenes, por lo que parecía un libro de texto común y corriente. Junto con el libro, le dieron una gabardina con capucha blindada en el interior y unos guantes negros. Elías miró la gabardina, los guantes y la protección para el cuello con cierta inquietud. —¿Para qué es todo esto? —preguntó, un poco nervioso. —Son para que los uses cuando desembarques. Por orden de los ministros, no podemos dejar que vean cómo somos realmente. Dicen que es para intimidar, pero si fuera por mí, hace mucho me habría quitado esto —respondió Hughes, tocando su propia máscara. Elías asintió, aceptando la explicación, y comenzó a ponerse el equipo, dejando su rostro descubierto. Hughes lo miró con aprobación y añadió. —Ponte la máscara. Elías obedeció y sacó la máscara de su mochila, colocándosela en el rostro. El material era frío al tacto, y al ajustarla sintió cómo su visión se estrechaba ligeramente por el diseño de la máscara. —Muy bien, ya estás listo. Ahora solo queda esperar. Vamos al puente para observar —indicó Hughes. Elías asintió una vez más y siguió a Hughes, con Mei y Geruft caminando detrás. Salieron de la oficina y se dirigieron al puente del acorazado, mientras la nave avanzaba hacia su destino, dejando atrás las costas familiares y adentrándose en las aguas abiertas. En la costa de Zebuth, el muelle hervía de actividad. La presencia de periodistas, que de alguna forma se habían enterado del evento, sumada a los oficiales que acordonaban el área del puerto, creaba un ambiente cargado de expectación. Gon bostezó cansado, tratando de calmar su inquietud. —Ahhhh, no esperaba tanta neblina para hoy. Seguramente se tardarán en atravesarla —dijo, forzando un tono tranquilo, aunque por dentro sentía cómo los nervios y la ansiedad se apoderaban de él. —No deberían tardar mucho. Revisé el pronóstico del clima y en unos diez minutos debería despejarse —respondió Else, con un intento de mantener la serenidad. Ambos observaban el mar con atención, donde las olas rompían contra la costa. El astillero era lo suficientemente grande para albergar un carguero, pero la neblina era tan densa que apenas permitía ver más allá de cien metros. De repente, un grito rompió el silencio: —¡Barco! Todos giraron rápidamente la vista hacia la neblina, que parecía arremolinarse como un ente vivo. En ese momento, una bengala fue disparada, elevándose y estallando en una brillante luz roja que iluminó la neblina desde dentro. La figura imponente de un barco emergió poco a poco, su silueta descomunal parecía surgir de las profundidades mismas del océano. Bajo la luz rojiza de la bengala, el acorazado aparecía como un depredador gigantesco acechando a sus presas. El sonido grave de la sirena del barco sacudió el puerto, despertando a todos del trance. Fue un ruido tan potente que resonó en los muros del astillero y se sintió como un temblor bajo los pies de los presentes. Mientras el barco maniobraba lentamente hacia el muelle, las cámaras de los periodistas capturaban cada detalle, transmitiendo en vivo la escena a un público que observaba con una mezcla de fascinación y miedo. Las banderas ondeaban en la brisa marina, y el nombre "Gabriel" brillaba en letras grandes en el casco gris del acorazado. Gon y Else intercambiaron una mirada tensa, sintiendo el peso del momento. La visión de aquella inmensa máquina superaba con creces sus expectativas, y por primera vez comprendían el verdadero alcance de la tecnología humana. No habían imaginado que poseyeran semejantes construcciones. El acorazado se detuvo finalmente, y la tripulación en la cubierta comenzó a lanzar las cuerdas de amarre. Los trabajadores del muelle reaccionaron con rapidez, asegurando las cuerdas y anclando el barco. La pasarela descendió lentamente, creando un eco metálico mientras tocaba el suelo. La tensión en el aire se hacía palpable; los nervios de Gon se intensificaban al ver a la tripulación humana, perfectamente alineada y con el rostro oculto tras máscaras sin expresión. Parecía una fuerza militar fantasmagórica, sin una pizca de humanidad en sus gestos. Cuando la pasarela tocó tierra, Gon pudo ver claramente a la figura que Else había mencionado. Descendía acompañado de otra persona que llevaba una máscara blanca decorada con múltiples ojos dibujados, y una mochila a la espalda, lo que llevó a Gon a suponer que se trataba del estudiante. Detrás de ellos, dos guardias con atuendos oscuros con líneas rojas completaban la escolta. Gon sintió un nudo en el estómago, al igual que Else, quien avanzó para recibirlos, tratando de mantener la compostura. La sensación de inquietud era ineludible, y con cada paso que daban los humanos hacia tierra firme, el puerto entero parecía contener el aliento. La llegada del acorazado Gabriel y su tripulación era un momento que, para bien o para mal, marcaría el comienzo de una nueva era en las relaciones entre humanos y bestias. —Bienvenido, embajador Hughes —dijo Else, con un ligero temblor en la voz. —Buenos días, embajadora Else, y gracias por recibirnos —respondió Hughes con cortesía. A un lado, Elias observaba con cautela a las bestias presentes en el muelle, especialmente a Else, quien tenía un aire imponente y majestuoso. La leona mostraba sus colmillos levemente al hablar, lo cual no pasó desapercibido para Elias. A pesar de los nervios, mantuvo la compostura. —Ah, sí. Aquí está el estudiante que asistirá a su escuela. Su nombre es Elias Wulfhart —presentó Hughes, señalando al joven. Elias inclinó ligeramente la cabeza en señal de saludo sentia el miedo que le recorría la espalda. Else también lo saludó, aunque no pudo evitar sentirse inquieta al ver cómo los ojos de Elias, apenas visibles a través de las aberturas de su máscara dejándole ver que eran azules, se posaban en ella con una intensidad casi desconcertante. —Permítame presentarle al director de la escuela. Acompáñenme —añadió Else con amabilidad. Hughes asintió y avanzó junto a ella, seguido por Elias, Mei y Geruft. Al llegar frente a Gon, el tigre se tensó. Podía sentir una especie de aura intensa emanando de los humanos, como si sus instintos le susurraran que se alejara de ellos. Pero, con esfuerzo, mantuvo la calma y los saludó nerviosamente. —Es... es un gusto conocerlo, embajador —dijo Gon, haciendo una reverencia automática. Hughes dejó escapar una leve risa. —El gusto es mío, director... —Hughes hizo una pausa, buscando el nombre. —Puede llamarme Gon —respondió el tigre, respondiendo a la mirada inquisitiva del embajador. —Es un placer conocerlo, Gon. Aquí está el estudiante —dijo Hughes, indicando a Elias para que se acercara al frente. Gon miró al joven humano, y un escalofrío recorrió su espalda. Los ojos azules de Elias lo miraban fijamente, y aunque había conocido a muchas criaturas diferentes en su vida, era la primera vez que veía a un humano. La mezcla de emociones que sintió, desde la emoción y la curiosidad hasta el temor y la incomodidad, lo dejaron momentáneamente sin palabras. Elias era alto, casi de la misma estatura que algunos estudiantes lobo de la academia, lo que no hizo más que aumentar la extrañeza de la situación. —Es un gusto recibirte en nuestra escuela, joven —dijo Gon, tratando de sonar relajado mientras extendía la mano en señal de saludo. Por un momento, Elias simplemente miró la mano extendida sus garras eran largar lo que hizo dudar a Elias por un momento, creando una tensión palpable en el aire. Gon comenzó a ponerse nervioso, temiendo haber cometido un error cultural o hecho algo inapropiado. Finalmente, Elias tomó la mano de Gon, y el tigre pudo notar el tacto frío de los guantes del joven. La ansiedad de Gon disminuyó un poco, aunque no desapareció del todo, cuando Elias soltó la mano con calma. —Bien, vayamos a la academia. Nos están esperando —intervino Else, con la intención de disolver la atmósfera incómoda que se había creado. Antes de que el vehículo partiera, Hughes llamó la atención del grupo. —Por cierto, embajadora Else, acompañaré a Elias hasta la academia. Se lo prometí a sus padres y es mi responsabilidad. ¿No habrá problema? —explicó Hughes, mirando a Else. —Claro que no, embajador Hughes, puede venir con nosotros. De hecho, se me olvidó mencionarle que uno de los miembros del consejo quiere conocerlo y nos está esperando —respondió Else con amabilidad, lo que despertó la curiosidad de Hughes, quien asintió. El grupo comenzó a avanzar hacia el vehículo, cuyo conductor les abrió la puerta con un aire de nerviosismo, claramente intimidado por los humanos que acompañaban a Gon y Else. Primero entraron el tigre y la leona, sentándose juntos. Luego les siguieron Hughes, Elias, Mei y Geruft. Mei se acomodó en un extremo del asiento y Geruft en el otro, quedando Elias y Hughes en medio. Los dos guardias humanos mantenían una postura vigilante, mirando hacia el frente mientras le daban la espalda a la cabina del conductor. La puerta se cerró y, poco después, el conductor encendió el motor, comenzando el trayecto hacia la academia escoltados por patrullas que les abrían paso. Gon, todavía nervioso, sentía una presión constante al estar tan cerca de los guardias. A pesar de que Mei y Geruft tenían complexiones distintas, la tensión en sus posturas y el hecho de que no mostraran el más mínimo gesto relajado lo hacían percibirlos como una amenaza latente. El silencio que invadía el ambiente se rompió cuando Hughes habló, tratando de aligerar la atmósfera. —Veo que el clima en altamar estaba un poco neblinoso. Cuando partimos, era un día muy soleado —comentó Hughes, buscando iniciar una conversación para relajar el ambiente. —Sí, de hecho, se pronosticó un día despejado, pero parece que cambió a uno nublado —respondió Else con tono animado, tratando de dejar atrás la tensión. Mientras hablaba, Hughes miraba por la ventana, observando la ciudad y a las bestias que se detenían a mirar el inusual desfile de oficiales que escoltaban al vehículo. —Su ciudad es un lugar muy hermoso, embajadora. Nunca había visto tantas especies diferentes en un solo lugar —dijo Hughes con amabilidad, sonando genuinamente impresionado. —Muchas gracias —respondió Else, sonriendo—. Al principio, muchos creían que los herbívoros y los carnívoros no podíamos convivir como una sociedad unida, pero estamos haciendo el esfuerzo para superar nuestras diferencias. La academia del director Gon es un claro ejemplo, ya que asisten tanto herbívoros como carnívoros —añadió, volteándose para mirar a Gon—. ¿No es así, Gon? Gon, aún lidiando con sus nervios, respondió rápidamente. —S-sí, nuestra academia es la más prestigiosa de la región, y aceptamos a todas las especies sin discriminar a nadie. Queremos... quiero que todos puedan confiar los unos en los otros, sin importar sus diferencias —dijo, tratando de sonar seguro de sí mismo. —Eso suena muy bien. Es un objetivo admirable para su sociedad —respondió Hughes con amabilidad, mientras el vehículo continuaba su recorrido hacia la academia. Las palabras del embajador parecieron aliviar un poco la tensión en el aire, aunque Gon no podía evitar preguntarse cómo sería la convivencia entre los estudiantes con la inclusión de un humano en la escuela. Los estudiantes de la academia se dirigían al auditorio, llenos de curiosidad e incertidumbre. La conversación fluía rápidamente, y el ambiente estaba impregnado de inquietud. —Oye, ¿no notas que hay más guardias de seguridad ahora? —preguntó Collot, caminando junto a sus compañeros de cuarto. Observaba cómo el lugar estaba visiblemente resguardado. —Sí, es raro... ¿habrá pasado algo malo? —dijo Miguno, un tanto alarmado, recordando los eventos de la semana pasada. —No creo. Si algo hubiera sucedido, ya nos habrían avisado —añadió Durham, tratando de calmar a los demás, aunque sus palabras no disipaban del todo la preocupación. Mientras tanto, Legoshi y Jack caminaban juntos, también inquietos. —Oye, Legoshi, ¿qué crees que esté pasando? Hay demasiada seguridad. Esto es preocupante —murmuró Jack, nervioso, al ver la cantidad de guardias que vigilaban el campus. Cada veinte metros se podía ver a un guardia atento, vigilando los alrededores. —No lo sé, Jack, pero sí, es un poco inquietante —respondió Legoshi, pensativo. "¿Será por la muerte de Tem? ¿Estarán comenzando a investigar?", se preguntaba mientras llegaban al auditorio, donde se sentaron con el resto de los estudiantes. Los murmullos llenaban el lugar, con todos preguntándose qué estaba ocurriendo. Durham, quien revisaba su teléfono, se detuvo en seco al leer una noticia. Su expresión cambió drásticamente, pasando de la curiosidad al miedo. Mugino lo notó de inmediato. —¿Qué pasa, Durham? ¿Por qué tienes esa cara de terror? —preguntó Miguno, alterado por la reacción de su amigo. Antes de que Durham pudiera responder, un profesor tomó el micrófono. —¡Atención, por favor! Les pediré que guarden silencio para que puedan escuchar —dijo el profesor, una hiena que se encargaba de disciplinar a los estudiantes en eventos importantes. Poco a poco, el bullicio se apagó—. Gracias. Ahora vendrá el director para hablarles sobre algo muy importante, así que pongan atención. El profesor se retiró a la parte trasera del auditorio, y unos minutos después apareció el director Gon. Aclaró su garganta antes de hablar, el nerviosismo visible en sus movimientos. —Primero que nada, gracias a todos por venir hoy. Sé que algunos estaban descansando o estudiando, pero este anuncio es lo suficientemente importante para que nadie se lo pierda —empezó Gon, tratando de sonar firme—. Por favor, les pido su total comprensión y que mantengan la calma. Sé que habrán notado una cantidad inusual de guardias, y la razón para eso es que tendremos a un alumno muy especial que asistirá a nuestra institución. La marea de murmullos se intensificó, llenando el auditorio de especulaciones. —¡Silencio, déjenme terminar! —exclamó el director, logrando que el bullicio cesara de inmediato. —Ahora, les presentaré a Koda, miembro del consejo de especies y de la NUA, junto con la embajadora Else, de nuestra nación, y al alcalde de Zebuth —dijo Gon, y las tres figuras salieron por detrás del escenario, saludando al público con una sonrisa. Sin embargo, la tensión en el ambiente seguía latente. —Quiero que no se alteren y se comporten como corresponde. No espero menos de los estudiantes de mi institución —continuó el director, su voz temblando ligeramente—. Les presento al embajador Tyler Hughes, de la nación humana de Eden, y a Elias Wulfhart. El auditorio se quedó en silencio absoluto, como si el tiempo se hubiera detenido. Los estudiantes se congelaron al escuchar lo que el director había dicho, era difícil de creer, y algunos pensaban que debía ser una broma. Nadie había visto a un humano en un siglo. Entonces, de entre las sombras de detrás del escenario, aparecieron Hughes y Elias, seguidos por Mei y Geruft. Sus figuras, cubiertas por uniformes y máscaras que ocultaban sus rostros, proyectaban una imagen intimidante. Aunque Hughes saludó con alegría, levantando la mano para romper la tensión, el ambiente seguía cargado de un temor indescriptible. Elias, imitando el gesto de Hughes, intentó mostrarse amable, pero la tensión apenas disminuyó. La mera presencia de los humanos había logrado cambiar por completo el aire en la academia. El ambiente en el auditorio se mantenía tenso, con todos los ojos clavados en Hughes, Elias, y sus acompañantes Mei y Geruft, quienes permanecían inmóviles, con los brazos detrás de sus espaldas y la mirada fija al frente. La atención de los estudiantes se centraba principalmente en Hughes, quien parecía completamente relajado, y en Elias, cuyos ojos observaban detenidamente a la audiencia, provocando una sensación inquietante en aquellos que se encontraban en su línea de visión. Un silencio sepulcral envolvía la sala, hasta que el director Gon rompió la quietud. —Bien, queridos alumnos —dijo con voz firme—, espero que traten a su nuevo compañero como a un igual, sin distinciones. Y ahora, dejaré que el embajador dedique algunas palabras. Gon se apartó del podio, permitiendo que Hughes se acercara junto a Elias. Todos los presentes contuvieron la respiración, conscientes de que estaban a punto de escuchar la voz de un humano por primera vez. —Gracias, director Gon. Hola a todos, estudiantes, profesores y oficiales del gobierno —comenzó Hughes, su tono cálido pero firme—. Gracias por recibirnos con los brazos abiertos. Sé que será difícil asimilar todo esto, pero queremos mejorar nuestras relaciones con su hermoso país. Es por eso que hemos decidido que uno de nuestros mejores alumnos de Eden asista a su academia. Queremos fortalecer nuestra relación, al igual que su director busca que esta institución fomente lazos entre carnívoros y herbívoros. Nosotros también compartimos esa visión. Hughes se apartó del micrófono y se inclinó hacia Elias, susurrándole en voz baja. —Quítate las protecciones. Tenemos que ganarnos su confianza y demostrar que estamos comprometidos. Elias, aunque dubitativo, asintió. Lentamente, comenzó a despojarse de su equipo. Primero, se quitó la protección del cuello, entregándosela a Mei, que la sostuvo en sus manos. La audiencia observaba con atención, sin perderse ningún detalle, mientras Elias dejaba al descubierto más partes de su cuerpo. Bajó la capucha y se quitó la gabardina, revelando unos brazos musculosos que brillaban bajo la luz de las lámparas. La falta de pelaje en su piel resultaba impactante para los estudiantes, acostumbrados a ver cuerpos cubiertos de pelo, y su figura imponente sumada a su estatura lo hacía parecer aún más intimidante. Elias continuó despojándose de sus guantes, revelando manos sin garras, similares a las de un herbívoro. Esta imagen causó confusión entre los estudiantes, quienes intercambiaban miradas llenas de desconcierto. Por último, quedó solo su máscara. Elias se detuvo un momento, mirando a Hughes en busca de confirmación. Hughes simplemente asintió, alentándolo a continuar. Con una mano, Elias sostuvo la máscara frente a su rostro mientras soltaba las amarras con la otra. Todos en la sala lo miraban con anticipación, incluidos el director Gon, Else, y el resto del personal. Lentamente, bajó la máscara, y finalmente, su rostro quedó al descubierto. Por primera vez, los estudiantes contemplaron el rostro de un humano, y una inquietud indefinible se apoderó de ellos. La piel de Elias carecía de pelaje, y sus ojos azules no mostraban expresión alguna, lo que aumentaba la sensación de incomodidad en el auditorio. El director Gon sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al notar cómo Elias movía los ojos en su dirección, sin necesidad de girar la cabeza. Observaba a todos en el auditorio, captando cada detalle. Elias dio un paso hacia el micrófono del podio y habló con una voz seria y fría. —Hola a todos, mi nombre es Elias Wulfhart. Espero que nos llevemos bien. Su tono carecía de calidez, y aunque sus palabras eran corteses, no lograron disipar la tensión en la sala. En realidad, Elias estaba luchando por mantener la compostura. Por dentro, el miedo se apoderaba de él, mientras su mente se llenaba de pensamientos caóticos. “¡Hughes, por qué tengo que hacer esto! ¡Siento que quiero salir corriendo de aquí, todas esas bestias me miran muy raro!”, pensaba Elias, tratando de no dejar que sus emociones se notaran. A pesar de su apariencia controlada, actuaba casi de manera automática, intentando contener el pánico que crecía en su interior. Hughes se acercó al micrófono nuevamente mientras Elias se retiraba hacia donde estaban Mei y Geruft. —Bien, me alegra que puedan conocernos —dijo con una sonrisa—. No somos tan diferentes a ustedes. —Giró para mirar a Elias—. Espero que hagas muchos amigos aquí. Bueno, los dejo con el director Gon. Hughes se alejó del podio, riendo suavemente, y se dirigió hacia donde estaba Elias. Mientras tanto, el director Gon se acercaba lentamente, todavía procesando todo lo que había ocurrido. —También quería mencionar que el consejo quería conocer al embajador en persona, así que aprovecharé este momento para que se presenten formalmente —dijo Gon, antes de retirarse a la parte trasera del escenario. Koda, acompañado por Else y el alcalde, avanzó para saludar a Hughes y a Elias. Hughes extendió su mano hacia ellos, y Koda, con una sonrisa nerviosa, hizo lo mismo, ocultando su miedo. Algunos estudiantes aprovechaban para tomar fotos con sus teléfonos, y un periodista del club de relaciones públicas capturaba el momento, aunque sus manos temblaban. Su compañero tuvo que empujarla ligeramente para que reaccionara y comenzara a disparar una serie de fotos mientras se llevaban a cabo los saludos. Gon regresó al podio, luciendo más centrado. —Espero que todos lo traten como a un igual. Con eso dicho, pueden retirarse. Gracias por venir y que tengan un buen día —anunció Gon, dando por terminado el evento. Los estudiantes comenzaron a salir del auditorio, algunos en silencio, mientras otros, visiblemente nerviosos, corrían para salir del lugar. Elias, sintiéndose un poco más tranquilo, se puso nuevamente su máscara y las protecciones, lo que le brindó una sensación de seguridad. Sintió una mano en su hombro y se sobresaltó al darse cuenta de que era Hughes. —Lo hiciste bien —dijo Hughes con una leve risa. Elias exhaló profundamente, liberando el estrés acumulado. —Sentí que me moría del miedo, señor. Todos me miran muy raro —confesó con un tono de desaliento y una expresión de cansancio. —Lo sé, pero lo importante es que te conozcan para que puedan acostumbrarse a ti. Vamos, acompáñame, ya es hora de irme —respondió Hughes con voz tranquilizadora. Elias asintió y siguió a Hughes hacia la salida, donde Gon y Else despedían a los miembros del consejo. —Bien, supongo que eso es todo. Es hora de retirarme —dijo Hughes, mientras Elias se mantenía a su lado. Gon y Else asintieron, y los cuatro salieron del auditorio, donde algunos estudiantes curioseaban al ver a Elias, mientras que otros se alejaban rápidamente al pasar cerca de él. Llegaron a la entrada del campus, donde un vehículo esperaba a Else y Hughes. Mei y Geruft se mantuvieron cerca, vigilando. Antes de subir al auto, Hughes bajó la ventana para darle un último mensaje a Elias. —Si vas a enviar cartas, recuérdalo: debes mandarlas a la embajada para que se encarguen de enviarlas. Toma. —Hughes sacó unas estampillas de su uniforme y se las entregó a Elias, quien las aceptó—. Cuídate mucho. El auto arrancó, alejándose lentamente por el camino, dejando a Elias solo con el director Gon. Este lo miró, visiblemente nervioso ante la nueva responsabilidad que recaía sobre sus hombros. —Bien, joven Elias, sígueme. Te llevaré a tu dormitorio. Allí encontrarás algunas cosas que hemos preparado para ti, como tu uniforme, tus horarios y otras pertenencias —dijo Gon, sonando lo más amable posible. Elias asintió con un leve movimiento de cabeza. Aunque se sentía asustado, su expresión inmutable causaba cierta inquietud en el director. Gon lo llevó hasta el edificio de dormitorios para machos carnívoros, donde algunos estudiantes los observaban desde la distancia, mientras otros entraban apresuradamente al verlos acercarse. Como sabía que Elias podía consumir carne, lo asignó a esa categoría. —Bien, joven, este será tu dormitorio. Entra, la ama de llaves te estará esperando para llevarte a tu habitación —explicó Gon. —Sí —respondió Elias con una voz baja y firme, sin añadir nada más. El director lo observó mientras caminaba hacia el interior del edificio. "Qué raro es... ¿Serán todos los humanos así?", se preguntó Gon, intrigado por la naturaleza de su nuevo estudiante. Al entrar, Elias notó que algunos estudiantes lo miraban de cerca, con expresión nerviosa. De repente, una voz lo llamó. —Así que tú eres el nuevo estudiante, ¿verdad? Elias se giró rápidamente. Era un dril, una especie que conocía un poco, sabía que entre las diversas especies, los simios eran de las que más se asemejaban a los humanos. La ama de llaves lo observaba con curiosidad. —Bien, sígueme. Te llevaré a tu habitación. Elias asintió en silencio, cargando su mochila llena de ropa y otras pertenencias. Ambos subieron al ascensor y, después de unos minutos, llegaron al piso 700. Al salir, se encontraron en una sala común espaciosa. —Esta es la sala común —le explicó ella—. Puedes pasar el rato aquí si lo deseas. Mientras avanzaban, Elias notó a varios estudiantes sentados, hablando en voz alta sobre lo que habían presenciado en el auditorio. —¿Viste sus ojos? —dijo uno—. Todos se quedaron en silencio cuando lo vieron. Al notar que Elias se alejaba, algunos comenzaron a seguirlo discretamente, interesados en ver dónde se quedaría. —Bien, ya casi llegamos. Esta será tu habitación, la 710 —anunció la ama de llaves. Ella abrió la puerta y le entregó una llave del dormitorio. Elias entró y vio que la habitación era amplia, con una cama en el centro, un escritorio con un librero y un baño privado. La mujer prosiguió. —Te explicaré algunas reglas del dormitorio. Está prohibido traer chicas a este lugar, no puedes llevar herbívoros a tu cuarto y, por último, debes estar aquí antes de las 7:00 p.m. ¿Entendido? Elias asintió, mirando alrededor del cuarto. —Las reglas completas del dormitorio están impresas en una hoja sobre el escritorio, junto con otra información importante —continuó ella—. Además, me han informado que, cuando termines de instalarte, te llevaré a la enfermería para hacer un registro de tu estado de salud. Pasaré por ti a las 12:00 del mediodía. Eso te dará tiempo suficiente para desempacar. Que tengas un buen día. Con eso dicho, la ama de llaves se retiró, cerrando la puerta tras de sí. Elias exhaló profundamente y se sentó en la cama, dejándose caer sobre el colchón. El día había sido agotador, pero no quería perder tiempo, así que se levantó y empezó a sacar sus cosas de la mochila, acomodándolas en los cajones. Mientras lo hacía, murmuró para sí mismo. —Vaya, mi suerte... Aunque el cansancio lo invadía, se obligó a seguir organizando sus pertenencias. Sabía que este lugar sería su hogar por los próximos tres años.
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