Capítulo 2 Primeros pasos
2 de octubre de 2025, 19:50
Hughes y Else se miraban en silencio mientras avanzaban por la ciudad en el auto, escoltados por varias patrullas de vuelta al puerto. La atmósfera era tensa, y Else decidió romper el incómodo silencio. Observó a los guardias del embajador, inmóviles y atentos, antes de hablar.
—Dígame, embajador Hughes, ese barco que utilizaron para venir aquí... —dudó por un momento, eligiendo con cuidado sus palabras para no sonar demasiado crítica—, es muy grande. Nunca pensé que tendrían barcos de esas magnitudes —comentó, tratando de ocultar su nerviosismo. Hughes se relajó en su asiento, recostándose contra el respaldo.
—Sí, es un barco viejo que teníamos por ahí. En realidad, es solo un museo flotante —respondió Hughes con tono alegre, intentando sonar casual.
—¿Un museo? Interesante... —replicó Else, con curiosidad evidente en su voz. Hughes percibió su interés, pero optó por cambiar de tema.
—Dígame, embajadora Else, si algún estudiante de la academia se hiciera amigo de nuestro estudiante y le ofreciera visitar nuestra nación, ¿permitirían que viajara? —preguntó Hughes, observando a Else a través de la máscara. La embajadora lo miró por unos segundos, pensativa.
—Bueno, claro que sí, pero tendríamos que consultarlo con sus padres primero. No sabemos si estarían dispuestos a dejar que sus hijos viajen —respondió Else, un poco nerviosa por la pregunta inesperada.
—Mmm, sería una buena idea si algún día llegara a suceder. Podríamos organizar un intercambio cultural —sugirió Hughes, con voz alegre—. Claro que informaríamos a nuestros habitantes para que no se sorprendan al verlos y les garantizaríamos protección —añadió, tratando de transmitir confianza.
—Bueno, si llega el momento, le haré saber —respondió Else amablemente, aunque aún se sentía algo inquieta por la propuesta.
—Me alegra que lo considere, embajadora. Esperaré ese día con ansias —dijo Hughes, manteniendo su tono formal. Pasaron unos minutos antes de llegar, el auto se detuvo, y la puerta trasera se abrió, indicando que habían llegado.
Ambos salieron del vehículo y caminaron hasta el muelle, donde los hombres de Hughes y la tripulación del acorazado Gabriel los esperaban. Se detuvieron al pie de la pasarela que conducía al barco.
—Embajadora Else, fue un placer visitar su hermosa nación y conocer a sus amables habitantes. Espero regresar pronto —dijo Hughes, extendiendo la mano en señal de despedida. A su alrededor, algunos periodistas capturaban el momento en fotos y videos en directo.
—Lo esperamos con los brazos abiertos, embajador Hughes —respondió Else, sonriendo mientras estrechaba su mano. Luego de soltarla, Hughes se dio la vuelta y comenzó a subir la pasarela, seguido de sus dos guardias. Una vez a bordo, la tripulación del muelle soltó las amarras, y el barco comenzó a moverse lentamente, despidiéndose del puerto con un sonido grave de la sirena.
Desde la proa, Hughes observaba cómo el muelle se desvanecía lentamente en el horizonte. Else se quedó mirando cómo el acorazado desaparecía entre la niebla que se había despejado, aunque el cielo seguía parcialmente nublado. Suspiró, aliviada por haber concluido la visita.
—Por fin podré descansar un poco —murmuró para sí misma. Pero justo en ese momento, su teléfono sonó, interrumpiendo sus pensamientos. Frunció el ceño con leve frustración, sacó el móvil y, al ver el número en la pantalla, abrió los ojos de par en par.
—¿Hola? Sí, soy yo. De acuerdo, voy enseguida —dijo rápidamente antes de colgar. Guardó el teléfono, se giró con urgencia y subió de nuevo al auto.
Elias terminó de acomodar sus cosas y miró el reloj de la pared: 10:21 a.m. Aún le quedaba tiempo antes de que la ama de llaves viniera por él, así que decidió revisar lo que le habían dejado en el escritorio. Tomó el reglamento y lo leyó rápidamente, revisó el croquis de la academia, su uniforme y una carta con un sello en el reverso que decía "Para Elias". La abrió y leyó el contenido:
Para Elias Wulfhart:
Joven humano, como representante del Consejo de Especies, nos complace su asistencia a una de nuestras instituciones más prestigiosas. Por ello, se le informa que recibirá asistencia para los gastos que tenga. Si necesita ayuda o tiene dudas acerca de esto, puede enviarnos un correo o asistir a las oficinas del director para aclarar sus inquietudes. Esperamos que tenga una excelente experiencia en nuestra institución.
Atentamente,
El Consejo
Al terminar de leer la carta, notó que había una tarjeta azul pegada en el interior, con un cubo dorado en la esquina izquierda. No sabía qué era, pero parecía importante, así que decidió guardarla en su bolsillo. Mientras pensaba en sus opciones, reflexionó: "Bueno, ¿ahora qué hago? Debería salir a explorar un poco... pero esas bestias me miran raro."
Elias se debatió internamente durante unos segundos. Sabía que, para que los demás se acostumbraran a su presencia, tendría que interactuar con ellos. Sin embargo, la idea de confiar en las otras especies le generaba dudas. Finalmente, decidió armarse de valor.
—Está bien, será mejor que salga. Tal vez así dejen de mirarme raro —murmuró para sí mismo, sintiendo una leve tensión en el pecho.
Se dirigió a la puerta, vacilando por unos momentos antes de girar lentamente el pomo y abrirla con cautela. Asomó la cabeza al pasillo y, al no ver a nadie, salió cerrando la puerta con llave tras de sí. Exhaló profundamente.
—Debo mantener la calma —se dijo en voz baja mientras avanzaba.
El pasillo estaba bien iluminado, pero la ausencia de personas lo hacía sentir incómodo. Continuó caminando hasta llegar a la sala común, donde se había encontrado con los otros estudiantes. Sin embargo, al entrar, se dio cuenta de que el lugar estaba vacío.
Caminó hacia la sala, observando las mesas y lo que parecía una televisión, pero mucho más delgada que las que conocía. La miró con admiración durante unos minutos, impresionado por su diseño. Luego se acercó a la ventana, desde donde podía ver la ciudad a lo lejos. El cielo estaba algo nublado, y los edificios altos se extendían en todas direcciones.
"Qué ciudad tan grande... es como la capital central de Edén, solo que aquí hay muchos más rascacielos", pensó.
Dejó de mirar la vista y se dirigió al elevador.
—Quizá debería avisarle a la ama de llaves que ya terminé de organizar mis cosas —se dijo mientras presionaba el botón para llamar al ascensor.
Escuchó el ruido del mecanismo mientras el ascensor subía. Cuando las puertas se abrieron, una voz salió del interior, haciendo que Elias se pusiera en alerta. Dentro del ascensor, había un tigre de bengala, diferente al director Gon, y una pantera negra. Ambos reían, pero al notar la presencia de Elias, sus expresiones cambiaron drásticamente a una mezcla de sorpresa y terror.
Por un momento, el silencio se hizo palpable.
Bill y Tao se habían estado riendo tratando de olvidar lo que habían visto esa mañana. La conversación había ayudado a distraerse, pero cuando el ascensor se abrió lentamente y vieron a Elias del otro lado, el aire se volvió tenso. La luz del pasillo le cubría parcialmente el rostro, dándole un aspecto sombrío. Ambos se quedaron paralizados, sintiendo cómo sus corazones se aceleraban al ver los ojos de Elias fijos en ellos. La máscara que llevaba solo aumentaba su inquietud, dándole un aire aún más intimidante.
Elias, sin decir una palabra, se movió a un lado para dejarlos pasar. Bill y Tao salieron rápidamente del ascensor, evitando mirarlo directamente, y él entró, presionando el botón para el primer piso. Las puertas se cerraron con un leve chirrido, y el ascensor comenzó a descender.
—Ese tipo da mucho miedo —comentó Bill, tratando de calmarse.
—Sí, sentí que debía huir lo más rápido posible... Y esa máscara es muy inquietante —añadió Tao, todavía nervioso.
Bill se quedó pensando por unos momentos hasta que una idea cruzó por su mente.
—¿Y si lo seguimos? —preguntó, intrigado por ver a dónde se dirigía Elias.
—¡Estás loco! ¿Qué tal si nos maldice o algo peor? —exclamó Tao, aterrado.
—Vamos, Tao, eres muy supersticioso. No creo que esas historias sobre los humanos sean reales —respondió Bill, intentando tranquilizarlo. —Lo seguiremos de lejos para que no nos note.
Tao dudó, pero finalmente aceptó.
—Está bien, pero si pasa algo, te dejaré solo —dijo, todavía asustado.
—Perfecto, vamos —dijo Bill, caminando hacia el elevador para bajar nuevamente.
Mientras tanto, en el ascensor, Elias suspiró, aliviado de haber escapado de la mirada de los dos felinos. "Qué estresante... y pensar que estaré tres años aquí," pensó mientras el ascensor llegaba al primer piso. Al salir, no vio a la ama de llaves por ningún lado, pero notó a un perro labrador un poco más bajo que el, estaba en el vestíbulo.
Elias había leído sobre ellos mientras estaba en el acorazado, sabía que eran modificaciones genéticas de los lobos para hacerlos más amigables y listos. El labrador lo observaba con una expresión nerviosa y evitaba su mirada, mientras que Elias lo miraba con intensidad. Finalmente, el perro decidió romper el silencio.
—N-n-n-¿necesitas algo? —preguntó Jack, titubeando.
Elias permaneció en silencio por un momento, lo cual solo hizo que Jack se pusiera más nervioso. Finalmente, respondió con voz calmada:
—¿Has visto a la ama de llaves?
Jack notó que, aunque su tono era tranquilo, la mirada de Elias seguía siendo penetrante.
—S-sí, salió por un momento. Dijo que iba a hablar con el director —respondió Jack, mirándolo de reojo.
Elias se acercó lentamente, lo que hizo que Jack temblara un poco.
—Gracias —respondió Elias, exhalando como si estuviera cansado. —Solo quería avisarle que ya había terminado de desempacar. Supongo que tendré que esperar.
El tono amable de Elias sorprendió a Jack y lo confundió, no esperaba que sonara tan cortés después de la primera impresión que había dado.
Elias, ahora más relajado después de haber mantenido una conversación con Jack, dejó escapar un suspiro mientras comentaba.
—Todos aquí parecen tenerme miedo, como si fuera a comerlos o algo. Realmente no entiendo qué pasa.
Su tono era más amigable, ya que por primera vez desde su llegada alguien le había hablado. Jack, aunque todavía nervioso, se sorprendió por la facilidad con la que Elias empezaba a confiar.
—E-es... es que la mayoría nunca ha visto un humano antes o mejor dicho nunca. Y tu máscara hace que todos te tengamos... —Jack se detuvo bruscamente al notar que Elias lo miraba, sintiendo una punzada de miedo.
Elias dejó escapar una pequeña risa nerviosa después de notar el cambio de actitud de Jack, quien poco a poco se estaba relajando.
—¿De verdad? No lo sabía. Sé que es la primera vez en un siglo que un humano está aquí, pero no pensé que mi máscara les causara miedo —dijo Elias con sinceridad, su tono ahora más alegre.
Jack, al ver la actitud más amigable de Elias, empezó a dudar de las historias que había leído sobre los humanos, en las que se los describía como demonios o seres temibles.
—Por cierto, ¿cómo te llamas? —preguntó Elias, queriendo conocer su nombre.
—Me llamo Jack —respondió él, ahora un poco más calmado.
—Bueno, supongo que ya sabes el mío, pero puedes llamarme Elias —añadió el humano, riéndose un poco, aunque con un aire algo nervioso.
La conversación se interrumpió cuando la puerta principal se abrió y apareció la ama de llaves.
—Oh, veo que ya terminaste de desempacar —comentó ella, observando a Elias junto a Jack. —Lamentablemente, no podré llevarte a la enfermería. El director quiere que revise algunas cosas.
Elias asintió rápidamente, pero con cierta inquietud.
—Entonces, ¿cómo llego allá? —preguntó, buscando una solución.
La ama de llaves miró a Jack con seriedad.
—Joven Jack, ¿podrías hacerme el favor de llevarlo? ¿Si no estás ocupado? —le pidió.
Jack, aunque nervioso, respondió con un leve temblor en la voz.
—Sí, claro, no hay problema.
—Bien, muchas gracias. Bueno, me voy, tengo cosas pendientes que el director Gon me pidió. Adiós —se despidió la ama de llaves, dirigiéndose a los elevadores y dejándolos solos a los dos.
El silencio que quedó entre ellos se volvió incómodo, pese a la breve conversación que habían tenido antes.
—Bueno, vamos —dijo Jack, mirando a Elias con una mezcla de nerviosismo y determinación.
Elias asintió sin pronunciar palabra, y ambos comenzaron a caminar hacia la salida de los dormitorios. Afuera, todavía había estudiantes merodeando. Cuando los compañeros de cuarto de Jack los vieron, iban a hablarle, pero al notar a Elias, que caminaba justo detrás, se quedaron en silencio. La presencia del humano, cuya altura casi igualaba la de Legoshi, imponía. Avanzaron en silencio, con todas las miradas fijas en ellos.
Mugino observaba cómo Jack caminaba nervioso junto al recién llegado.
—Oye, ¿crees que esté bien? —preguntó Mugino a sus amigos.
—No lo sé, pero ¿por qué no los seguimos? —sugirió Durham, mirando hacia los otros.
Legoshi, por su parte, no dijo nada. Se limitó a observar a la distancia, sintiéndose incómodo ante la presencia del humano. Sin embargo, no quería dejar a Jack solo, así que comenzó a caminar detrás de ellos, manteniéndose a cierta distancia pero asegurándose de que su compañero estuviera bien.
El ambiente en el campus se tornaba cada vez más tenso. La presencia de Elias, un humano en medio de bestias, no pasaba desapercibida, y el hecho de que fuera el primero en un siglo solo añadía más peso a la situación. Los susurros y las miradas curiosas los seguían a cada paso.
Elias notó la presencia de los otros caninos que los seguían, al igual que Jack. A medida que Legoshi y los demás se acercaban, Elias se percató de cómo el lobo lo miraba con los ojos entrecerrados. Era tan alto como él y podía ver sus garras con claridad. Recordaba lo que había leído en el libro que le habían dado, además de las lecciones de historia: los lobos eran fuertes y feroces en las peleas, con un olfato excelente, capaz de rastrear a cualquiera en medio del caos y escondites, altamente peligrosos.
Legoshi y su grupo llegaron junto a Jack, quien se apresuró a hablar para evitar cualquier malentendido.
—¡Ah, chicos! Estoy llevándolo a la enfermería. La ama de llaves me pidió el favor —explicó, con un toque de nerviosismo en su voz. Luego se giró hacia Elias—. ¿No es así, Elias?
Elias asintió y sonrió bajo la máscara, intentando aligerar el ambiente.
—Sí, así es. De hecho, quieren hacerme un historial médico aquí. No tengo idea de dónde está, y el croquis del campus que me dieron es demasiado simplificado —respondió de manera amigable.
Los amigos de Jack lo miraron con sorpresa, pues Elias hablaba con normalidad y confianza, lo cual los dejaba algo desconcertados.
—Mmm... Realmente das miedo con eso puesto —comentó Voss, mirando la máscara de Elias. El observó al pequeño zorro que le hablaba.
—Sí, eso parece. La única razón por la que la llevo es porque pensé que al verme sin ella los demás tendrían más miedo. Pero veo que es todo lo contrario —dijo Elias, con sinceridad.
—Bueno, no es como si esos ojos dibujados en la máscara no dieran miedo... pareces salido de una película de terror cabron. Si te veo de noche, seguro me da un infarto —respondió Voss en tono divertido.
Elias rió ante el comentario y la forma despreocupada de Voss, lo que sorprendía a los demás.
—¿De verdad? Entonces, déjenme quitármela.
Con una risa ligera, Elias llevó una mano a la máscara para sostenerla, mientras con la otra la desabrochaba y se la quitaba. Cuando dejó su rostro descubierto, los caninos lo miraron con nerviosismo. Aunque ya lo habían visto en el auditorio, tenerlo tan cerca les resultaba inquietante. Su cara, carente de pelaje o cualquier característica animal como un hocico o pico, les resultaba extraña. Elias sonrió, mostrando apenas sus pequeños colmillos.
Los demás lo observaban con atención, casi como si estuvieran buscando algo en su rostro. Al notar las miradas, Elias frunció el ceño, algo preocupado.
—¿Qué? ¿Tengo algo en la cara? —preguntó, llevándose las manos enguantadas al rostro para revisarlo.
Jack intervino rápidamente, cortando la tensión.
—No, no es nada... ¡Pero vamos a la enfermería, seguro que te están esperando! —dijo, comenzando a caminar delante de Elias.
Elias no hizo más preguntas y lo siguió, guardando la máscara dentro de su gabardina. Mientras caminaban, abrió su gabardina y la ajusto a su cinturón cerrándola nuevamente. Los compañeros de cuarto de Jack se quedaron atrás, intercambiando miradas y comenzando a murmurar.
—¿Viste? Tiene dientes de carnívoro —dijo Durham, confundido. Recordaba haber visto las manos de Elias cuando se quitó los guantes en el auditorio.
—Sí, es raro. Pensé que se habían equivocado al asignarlo a los dormitorios de los carnívoros —agregó Collot, mirando a los demás.
Legoshi, por su parte, observaba a Elias y Jack alejarse, mientras sus pensamientos rondaban en torno al extraño humano. Cuando Miguno le habló, lo sacó de sus cavilaciones.
—¿Legoshi, y tú qué piensas?
Legoshi miró a sus compañeros antes de responder.
—No lo sé... se ve diferente, pero no sabría decir si es un herbívoro o un carnívoro. Tal vez, cuando vaya a la cafetería a comer, podamos ver qué elige —respondió, con un tono reflexivo.
—¡Sí, qué buena idea tuviste, Legoshi! —exclamó Miguno emocionado, comenzando a correr para alcanzar a Jack y Elias. Los demás lo siguieron, con la curiosidad y la incertidumbre reflejadas en sus miradas.
Jack y Elias caminaron por los pasillos de la academia, rodeados de miradas curiosas y temerosas. Algunos estudiantes se apartaban con disimulo, mientras otros observaban con una mezcla de fascinación y recelo. La atmósfera se tornó incómodamente silenciosa, hasta que Elias decidió romper el hielo.
—Oye, ¿Jack? —dijo Elias, atrayendo la atención del canino.
Jack giró la cabeza, tratando de acostumbrarse a ver a Elias sin la máscara, lo cual aún le resultaba extraño.
—Sí, ¿qué pasa? —respondió con un leve nerviosismo en su voz.
—¿Esos eran tus amigos? Parecen muy curiosos —comentó Elias con una sonrisa.
—Sí, son mis amigos y también mis compañeros de cuarto —dijo Jack, y tras una pausa agregó con curiosidad—. Por cierto, Elias, ¿en qué habitación te alojas?
Intentaba no mirarlo directamente, para que Elias no notara lo inquieto que todavía estaba por su presencia.
—En la habitación 710. Es un cuarto privado —respondió Elias con naturalidad.
—Estás cerca de nuestra habitación —comentó Jack de manera casual, captando la atención de Elias.
—¿En qué habitación estás tú? —preguntó Elias, mirándolo directamente. La intensidad de su mirada aún incomodaba un poco a Jack.
—En la 701. Ahí estamos todos nosotros —respondió Jack, intentando mantener la calma y sin dejar que sus nervios lo delataran.
—Vaya, estamos en el mismo piso. Eso está bien —dijo Elias, sonriendo nuevamente.
Finalmente, llegaron a la enfermería, donde Jack se detuvo.
—Bien, aquí es —dijo Jack, observando la reacción de Elias.
—Muchas gracias, Jack. Me alegra que no todos aquí me tengan miedo —respondió Elias, con una expresión agradecida mientras miraba a Jack—. Por cierto, me alegra haberte conocido. Fuiste el primero en hablarme sin salir corriendo al verme.
Jack esbozó una sonrisa al escuchar esto y sintió cómo su cola se movía ligeramente de forma involuntaria.
—El gusto es mío, Elias. También me alegra haberte conocido —respondió Jack, sintiéndose un poco más relajado.
—Bueno, nos vemos después. ¡Adiós! —dijo Elias mientras abría la puerta de la enfermería y entraba, dejando a Jack solo en el pasillo.
Jack se quedó allí un momento, moviendo la cola pensativo. "Bueno, los humanos son muy raros, pero por alguna razón, no concuerda con lo que leí sobre ellos en mi clase de historia. ¿Será que es diferente a sus antepasados?", pensaba mientras suspiraba, dejando salir el cansancio acumulado.
De pronto, sintió una garra que lo tomaba por el hombro, lo cual lo hizo dar un respingo. Se volteó rápidamente y se encontró cara a cara con sus compañeros de habitación.
—¿Qué sucede? —preguntó curioso, aún un poco sobresaltado.
Los otros lo miraban con una sonrisa en los labios, pero había algo en sus miradas que le indicaba que tenían algo en mente.
Dentro de la enfermería, Elias observó el entorno con atención: las camillas al fondo, las paredes cubiertas de folletos médicos y estanterías llenas de suministros. Enfrente, un escritorio separaba una pequeña sala de espera con algunas sillas. El olor a desinfectante impregnaba el lugar, dándole un ambiente esterilizado pero incómodo. Detrás del escritorio, una zorra con bata blanca lo miraba, esbozando una sonrisa temblorosa.
—Tú debes ser el nuevo estudiante —dijo la enfermera con amabilidad, aunque su voz temblaba ligeramente.
—Sí, me dijeron que debía venir para un chequeo médico —respondió Elias, acercándose para verla mejor.
A medida que acortaba la distancia, notó cómo la zorra se ponía más tensa, como si su instinto le indicara que debía mantenerse alerta.
—Ven, vamos a medirte y pesarte —dijo ella, manteniendo la sonrisa a pesar del evidente esfuerzo que hacía para no dejar que el miedo la dominara.
Elias notó su incomodidad y se detuvo por un momento, preocupado.
—¿Está bien? Veo que tiembla mucho —preguntó, con la intención de romper la tensión.
—¿Qué? Oh, no, claro que no —contestó ella apresuradamente, riendo de forma nerviosa.
—¿Está segura, enfermera? Sé que algunos aquí me tienen miedo, pero no esperaba que fuera tanto. No es como si fuera a hacerles daño —dijo Elias, intentando bromear para aliviar la situación.
Ella tragó saliva y asintió, su cola temblaba ligeramente.
—Bueno... La verdad es que sí estoy asustada, pero estoy tratando de controlar mis instintos para no salir corriendo —confesó, evitando el contacto visual con él.
—Si le sirve de consuelo, yo también estoy muy asustado desde que llegué, aunque no lo demuestre mucho —añadió Elias con una sonrisa tímida. Su tono sincero logró calmarla un poco.
—Bien, pasa, vamos a medir tu estatura —dijo la zorra, que ahora parecía un poco más relajada—. Por cierto, puedes llamarme Sakane. Soy la enfermera de la academia.
—Encantado, Sakane —respondió Elias, asintiendo y siguiéndola hasta una máquina para medir la altura.
—Párate aquí, pero primero quítate los zapatos, por favor —indicó Sakane, mientras se preparaba para tomar la medida.
Elias obedeció, quitándose los zapatos y colocándose bajo el medidor. Sakane ajustó la barra de medición con cuidado.
—Mmm... Mides 1.88 metros de altura. Eres muy alto —comentó ella con un tono curioso.
—¿Por qué lo dice? —preguntó Elias, intrigado por el comentario.
—Ah, bueno, es que hace mucho tiempo leí un documento antiguo en el que se decía que los humanos solían ser más bajos. Al menos, esa era la percepción general —explicó Sakane, algo avergonzada por dejar ver su interés en el tema.
Elias soltó una leve risa.
—No todos los humanos tienen la misma estatura. Yo siempre fui el más alto de mi familia, seguido de mi hermana, que es un poco más baja —respondió, con una expresión nostálgica.
Sakane lo escuchaba atentamente, haciendo mentalmente notas de lo que Elias le contaba. La oportunidad de aprender más sobre los humanos, especialmente después de tanto tiempo sin contacto con ellos, era algo que no quería desaprovechar.
—Bueno, es que la mayoría de la información que tenemos está desactualizada o se ha perdido tras un siglo de aislamiento —admitió, intentando sonar casual, aunque su creciente curiosidad era evidente.
—¿Puedo preguntarte cuánto mide tu hermana? —dijo Sakane, dejándose llevar por la curiosidad.
Elias la miró por un momento, pensativo.
—Mmm, bueno, la última vez que nos medimos ella tenía 1.86 metros —respondió con naturalidad.
Sakane se quedó en blanco por un instante.
—¡¿Eh?! ¡Pero eso es casi tan alto como tú! —exclamó, sorprendida de que su hermana midiera casi lo mismo.
Elias notó su conmoción y se apresuró a explicarse.
—Bueno, es que somos mellizos, así que tenemos casi la misma estatura —dijo, tratando de aclarar la situación.
Sakane se calmó un poco, aunque seguía mirando con curiosidad.
—Entonces, ¿quieres decir que no todos ustedes son iguales? —preguntó, buscando asegurarse de lo que Elias le decía.
—Sí, todos somos de diferentes tamaños, dependiendo de la región de donde vengamos. Se pueden notar diferencias entre las personas de distintas partes de la isla —explicó Elias.
Sakane escuchaba con interés, pero decidió retomar los exámenes médicos.
—Es interesante... Ojalá pudiera saber más sobre ustedes algún día. Pero bueno, continuemos con tus exámenes —dijo, mostrando claramente su curiosidad.
—De acuerdo —asintió Elias.
—Ahora necesito que te quites todo lo que añada peso. Voy a tomar tu peso corporal.
Elias se quitó la gabardina y el collar protector que llevaba, dejando ver sus brazos tonificados. Sakane observaba con curiosidad su piel desnuda, ya que le llamaba la atención la falta de pelaje en su cuerpo. Elias, al notar que la enfermera no reaccionaba, le habló.
—¿Está todo bien, Sakane?
Ella parpadeó y respondió rápidamente.
—Sí, es solo que... me sorprende que no tengas pelaje. Además, estás en muy buena forma. Supongo que todos los humanos se ven así, ¿no?
—Bueno, no todos —respondió Elias, tranquilo—. Yo me mantengo en forma porque hago ejercicio regularmente, aunque la mayoría de los humanos tiene un aspecto más común.
—Entonces ustedes son realmente variados... Son una especie muy curiosa. Pero dejemos eso por ahora, sube a la balanza para pesarte —dijo Sakane, volviendo a enfocarse en la tarea.
Elias asintió y se subió a la balanza. Sakane ajustó el aparato, observando cómo se movía la aguja, hasta que se estabilizó.
—82 kilos. ¿Este es un peso normal para ustedes? —preguntó, con el ceño levemente fruncido.
—Oh, parece que he ganado un poco de peso... Me pregunto si habré aumentado masa muscular —murmuró Elias, antes de notar que no había respondido a Sakane—. Perdón, es que antes de venir aquí hacía mis ejercicios rutinarios, por eso lo mencioné. Pero sí, es un peso saludable para un humano.
Sakane asintió, comprendiendo mejor.
—Entonces, dices que es un peso normal para alguien como tú —comentó, mirando a Elias, quien asintió con una sonrisa.
—Exactamente.
—Bien, ahora hay una última prueba. Ven conmigo —dijo Sakane, avanzando hacia el otro lado de la sala.
Elias la siguió hasta una máquina con un mango negro y una pantalla digital. Sakane se volvió para mirarlo, preparada para explicarle el siguiente paso del examen.
—Bien, necesitaré que muerdas con todas tus fuerzas este mango para medir la fuerza de tu mandíbula, ¿de acuerdo? Primero con la parte delantera y luego con la trasera —indicó Sakane, mirando a Elias con atención.
Elias asintió, un poco confundido por la prueba, pero decidió no cuestionar el procedimiento. Se preparó y esperó la señal.
—Ya puedes morder —le indicó Sakane.
Elias se acercó y mordió el mango con la parte delantera de su mandíbula, apretando con fuerza hasta que escuchó un pitido.
—Está bien, puedes soltarlo —dijo Sakane, mirando la pantalla del dispositivo—. Hmm, 55 kilos... —comentó, algo preocupada, mientras miraba a Elias—. ¿Es normal que los humanos muerdan con tan poca fuerza?
—Supongo que sí... Nunca había medido la fuerza de mi mordida, en realidad —respondió Elias con tranquilidad.
Sakane asintió, aún sorprendida por la debilidad en la mordida de los humanos.
—Bueno, continuemos. Ahora hazlo con la parte trasera de tu mandíbula —le indicó.
Elias se preparó nuevamente, esta vez colocando el mango más al fondo de su boca, donde sus muelas podían morderlo. Al recibir la señal, apretó con todas sus fuerzas hasta que el dispositivo emitió otro pitido.
—Listo, tu fuerza de mordida con las muelas es de 77 kilos —dijo Sakane, revisando la pantalla—. La mayoría de los estudiantes suele superar los 100 kilos, así que es sorprendente ver una fuerza tan baja.
—¿En serio? Bueno, al menos está dentro de lo saludable para un humano —respondió Elias con una sonrisa.
—Sí, supongo... Bien, hemos terminado con las pruebas físicas, pero necesito hacerte algunas preguntas. Ven, vamos a sentarnos —dijo Sakane, señalando el escritorio.
Elias recogió sus pertenencias, se puso sus zapatos y la siguió hasta el escritorio, donde Sakane tenía un formulario preparado. Ella llenó algunos campos básicos y comenzó con las preguntas.
—Dime tu nombre completo —pidió.
—Elias Wulfhart —respondió.
Sakane lo anotó, pero se detuvo al escribir el apellido, mirándolo con curiosidad.
—¿Cómo se deletrea tu apellido? —preguntó.
—Es W, U, L, F, H, A, R, T —deletreó Elias.
Ella lo anotó con cuidado, pensando que era un apellido bastante inusual.
—Bien, ¿en qué año naciste? —continuó.
—En Febrero 12 del año 2000 —respondió Elias, viendo cómo Sakane completaba el formulario.
—¿Cuántas vacunas te han aplicado? —preguntó, levantando la vista hacia él.
—Bueno, desde que comenzamos a hacer tratos con ustedes, hace dos años, me han puesto casi todas las vacunas que tienen disponibles —explicó Elias.
Sakane marcó todas las casillas correspondientes en el formulario y luego arrancó la hoja duplicada que estaba debajo, entregándosela a Elias.
—¿Para qué es esta copia? —preguntó Elias, curioso.
—Es para que vayas a la rectoría y saques tu identificación. Hoy entraste sin tomarte las medidas ni hacerte una foto, así que seguramente te están esperando para completar el registro. No te demores —le explicó Sakane.
—Muchas gracias, enfermera Sakane. Fue un placer conocerla —dijo Elias, despidiéndose de ella con una leve inclinación.
—Igualmente. Ten cuidado, y si te sientes mal, no dudes en venir —respondió Sakane, agitando la mano desde su escritorio mientras lo veía salir.
Cuando Elias cerró la puerta, Sakane murmuró para sí misma:
—Los humanos realmente son raros...
Al salir de la enfermería, Elias ya no llevaba sus protecciones puestas. Miró la hoja que le había dado la enfermera y luego observó a su alrededor, notando a algunos estudiantes que lo miraban con curiosidad. Decidió seguir las indicaciones de Sakane y dirigirse a la rectoría, pero se dio cuenta de que, al tratarse de una identificación, probablemente necesitaría usar su uniforme, que había dejado en su cuarto. Así que decidió regresar a los dormitorios.
Caminó por los pasillos siguiendo el camino que Jack le había mostrado antes. A medida que se alejaba de la enfermería, sentía las miradas de los demás estudiantes siguiéndolo, lo que lo ponía un poco nervioso, pero decidió ignorarlo. Cuando salió al aire libre, trató de mantener la calma, pensando: "Solo debo volver al dormitorio." Sin embargo, su nerviosismo aumentaba con cada paso, notando que algunos alumnos lo observaban desde lejos. Aunque quería correr para alejarse de esas miradas, se obligó a mantener un paso tranquilo para no parecer asustado.
"Tal vez solo sienten curiosidad," pensó para sí mismo, intentando calmarse. Justo cuando estaba a punto de avanzar, escuchó la voz de Jack llamándolo.
—¡Elias! —dijo Jack, deteniéndose al notar que Elias se dio la vuelta rápidamente, con una mirada que le pareció amenazante por un segundo.
Elias se relajó al reconocer a Jack.
—Ah, hola Jack. No te vi, lo siento —respondió, suavizando su expresión y sonriendo un poco.
—¿Qué pasa? —preguntó, notando el nerviosismo en el rostro de Jack.
—B-bueno, quería preguntarte si... ¿te gustaría ir a comer con nosotros a la cafetería? —dijo Jack, señalando con el pulgar a sus amigos, que estaban parados a unos pasos de distancia, con expresiones algo incómodas.
—Claro, pero primero debo ir a cambiarme para que me saquen una foto en la rectoría, para mi identificación —respondió Elias, mostrándole la hoja que le había dado la enfermera.
Jack echó un vistazo rápido al papel antes de que Elias pensara en una idea.
—¿Qué tal si me ayudas a ir a la rectoría? No sé dónde está, y así luego los acompaño a la cafetería. Nos tardaríamos menos —sugirió Elias.
Jack asintió, tratando de sonreír.
—Sí, no hay problema. Te esperamos aquí —respondió.
—Bien, ahora vuelvo —dijo Elias, girando y retomando su camino hacia los dormitorios.
Los amigos de Jack se acercaron con evidente preocupación.
—¿Qué fue eso? —preguntó Miguno, todavía algo asustado por la forma en que Elias se dio la vuelta al escuchar a Jack.
Jack no respondió de inmediato, todavía tratando de procesar lo que había ocurrido.
—No lo sé, amigo, pero esa mirada que hizo... era muy inquietante —respondió Durham, con la vista fija en la figura de Elias que se alejaba.
Collot notó el nerviosismo en Jack y le preguntó:
—Oye, Jack, ¿estás bien?
Jack asintió lentamente, aunque su expresión mostraba cierta incomodidad.
—Sí, estoy bien. Es solo que su mirada me da un poco de miedo cuando nos ve. Tal vez tiene una mirada muy pesada, pero no parece que lo haga intencionalmente —respondió, tratando de calmarse mientras observaban a Elias desaparecer entre los estudiantes.
Entonces, Legoshi notó a dos figuras que seguían a Elias de manera disimulada, manteniendo cierta distancia. Eran Bill y Tao.
—Oye, Legoshi, ¿ese no es un compañero de tu club? —preguntó Jack, reconociendo al tigre que alguna vez había visto hablando con Legoshi.
—Ahora vengo —dijo Legoshi, caminando rápidamente en dirección a los dos que seguían a Elias.
Los amigos de Legoshi, algo confundidos, decidieron seguirlo.
Bill y Tao, escondidos detrás de un árbol, vigilaban a Elias hasta que Bill sintió una mano sobre su hombro, lo que le hizo dar un respingo. Al voltear, vio a Legoshi acompañado por los otros caninos.
—¡Legoshi! No me asustes así —dijo Bill, tratando de recuperar el aliento.
—¿Por qué están siguiendo al nuevo? —preguntó Legoshi, con el ceño fruncido por la curiosidad.
—Solo lo seguimos por curiosidad. Queríamos ver si las viejas historias sobre los humanos son reales —respondió Bill con una sonrisa traviesa.
Legoshi se quedó mirándolo, con la duda reflejada en sus ojos.
—Tal vez lo están poniendo más nervioso. Hace un momento, un compañero de mi cuarto le habló y Elias hizo una mirada que daba miedo —dijo Legoshi, cuestionando las acciones de Bill.
—¿Ves? Te dije que era mala idea, tal vez sabe que lo estamos observando —respondió Tao, claramente asustado y con su lado supersticioso al frente.
—Oh, vamos, Tao, deja de tenerle miedo —dijo Bill, restándole importancia antes de volver a dirigirse a Legoshi—. Dime, ¿tú no sientes curiosidad también?
Legoshi lo meditó por un momento.
—Un poco. Lo invitamos a comer a la cafetería —respondió, manteniendo la calma.
—¿Ves? Tú también tienes curiosidad sobre él. Pero dices que lo invitaron, así que, ¿por qué no lo acompañamos? —sugirió Bill con un brillo de interés en los ojos—. Quiero ver qué comen los humanos.
—Bueno, no sé si él se sienta cómodo con más de nosotros viéndolo —contestó Legoshi, tratando de considerar la situación desde la perspectiva de Elias.
—Ah, no lo miraremos directamente. Nos sentaremos en otra mesa, solo para observar. Tenemos curiosidad, eso es todo —dijo Bill, despidiéndose con un gesto de la mano—. Bueno, nos vemos allá.
Tao, sin decir nada más, lo siguió rápidamente, mientras Legoshi los veía alejarse, aún pensativo sobre la reacción de Elias y el creciente interés en él.
Elias entró nuevamente al dormitorio y se dirigió a su cuarto para cambiarse. Subió por el ascensor hasta su piso y, al llegar, fue directo al dormitorio. Allí dejó su ropa de protección ordenadamente en uno de los armarios, luego tomó el uniforme, lo desdobló y comenzó a ponérselo, quitándose la ropa que llevaba y sacando lo que tenía en los bolsillos. Una vez vestido, se miró en el espejo de la habitación.
—Espero no romperlo, pero parece lo suficientemente flexible —murmuró para sí mismo, girando ligeramente para comprobar la comodidad del uniforme. Miró el reloj: eran las 11:00 a.m.
—Bueno, no ha pasado tanto tiempo como creía. Parece una eternidad, pero al mal tiempo, buena cara —se dijo, dejando escapar un suspiro, consciente de que el día sería largo. Guardó las cosas que había sacado de sus bolsillos en los bolsillos del pantalón del uniforme, y luego se quedó mirando su máscara. Dudó unos segundos sobre si llevarla o no, pero finalmente la tomó y la ató a su cinturón. Le daba una sensación de familiaridad que le reconfortaba.
—Bien, me están esperando —dijo mientras salía de la habitación, cerrando la puerta detrás de él. Mientras caminaba por el pasillo, vio a algunos estudiantes entrando rápidamente a sus habitaciones al notar su presencia. Elias no le dio importancia y continuó su camino hasta los ascensores, bajando hasta la planta baja.
Al salir, vio a los amigos de Jack esperándolo. Caminó hacia ellos y se dirigió a Jack:
—Hey, ya estoy listo —dijo alegremente.
Jack se volteó de inmediato, visiblemente aliviado.
—Bien, vamos. Te llevaré allí —respondió, tratando de calmar sus propios nervios.
Notaron que Elias llevaba la máscara con él, pero nadie comentó nada; solo la miraban con curiosidad. Caminaron en silencio durante unos minutos por los pasillos de la academia. Mientras avanzaban, Elias no pudo evitar hacerse preguntas sobre el lugar y sobre los amigos de Jack, ya que no les había preguntado sus nombres. Decidió romper el silencio.
—Oye, tengo una pregunta —dijo con curiosidad, mirando a Jack.
—Sí, ¿qué es lo que quieres preguntar? —respondió Jack, tratando de sonar tranquilo, aunque aún sentía cierta incomodidad.
—Lo siento si no lo pregunté antes, pero ¿cómo se llaman tus amigos o compañeros de cuarto? —preguntó Elias con un tono monótono.
La pregunta provocó que el grupo se detuviera por un momento, lo cual hizo que Elias los mirara con preocupación.
—¿Dije algo malo? —preguntó al notar que se habían quedado parados unos segundos.
—Ah, no, para nada. Deja que te los presento —respondió Jack, recuperando la calma. Se acercó primero a Voss, un pequeño zorro.
—Este es Voss —dijo, señalando al zorro que lo saludó con un movimiento de mano.
—Y él es Durham —continuó Jack.
—¡Es un gusto! —saludó Durham amablemente.
—Este es Collot —dijo Jack, señalando al siguiente.
Collot solo levantó la mano para saludar, un poco tímido.
—Él es Miguno —prosiguió Jack.
Miguno sonrió, aunque parecía nervioso.
—Y finalmente, este es Legoshi, mi amigo de la infancia —dijo Jack, presentando al lobo gris.
Legoshi saludó moviendo su mano lentamente, pero Elias no pudo evitar notar la inquietud en su mirada.
—¡Bueno, es un gusto conocerlos a todos! —dijo Elias con una sonrisa genuina—. Supongo que ya saben mi nombre.
Ellos asintieron, y Elias simplemente sonrió ante sus reacciones, sintiéndose un poco más cómodo entre ellos.
—Bien, vamos y terminemos con esto. Así podré acompañarlos a comer —dijo Elias mientras seguía caminando. Jack rápidamente se adelantó para guiarlo, mientras los otros chicos se quedaban unos segundos atrás, sumidos en sus pensamientos. Se preguntaban si todos los humanos eran como él; su curiosidad crecía al igual que la de todos los estudiantes que habían presenciado la escena.
Caminaron hasta llegar a la rectoría.
—Bien, aquí es, Elias —dijo Jack, deteniéndose frente a una puerta con un letrero en la parte superior que indicaba el nombre del lugar.
—Gracias, ahora vuelvo —respondió Elias, tocando la puerta antes de abrirla y entrando al interior. Cerró la puerta corrediza tras de sí, dejando a los chicos afuera.
—Buenos días —saludó Elias, dirigiéndose a los profesores que lo miraban al entrar—. Me dijeron que viniera aquí para mi identificación —añadió, mostrando el papel que le había dado la enfermera. Los profesores lo examinaron con atención.
—Ah, eres el nuevo estudiante —dijo amablemente una profesora hiena.
—Sí, lo siento si me tardé un poco, es que todavía me pierdo un poco. Este lugar es muy grande —respondió Elias, rascándose la cabeza, tratando de calmar sus nervios. Notaba las miradas de algunos de los profesores; había curiosidad, miedo y, en algunos casos, una expresión de disgusto que no lograba entender.
—Bien, déjame avisarle al director Gon —dijo la profesora, levantándose de su silla y caminando hacia la oficina contigua, cuya puerta estaba cerrada. Tocó y luego entró. Elias podía ver que hablaba con el director, pero no podía evitar sentir las miradas curiosas de los demás profesores, especialmente la de un caballo, cuyo gesto parecía hostil. Sin embargo, decidió no dejar que eso lo afectara.
La profesora salió de la oficina y se acercó a Elias.
—Ya puedes pasar —dijo con amabilidad, llevándolo hasta la puerta.
—Gracias —respondió Elias, esbozando una sonrisa mientras entraba y cerraba la puerta detrás de él.
El despacho del director Gon estaba decorado con elegancia: un escritorio de madera pulida, periódicos enmarcados que destacaban logros académicos y fotografías de estudiantes en los muros. Gon estaba sentado en su silla, esperándolo.
—Toma asiento, joven Elias —dijo el director, hablando formalmente. Elias asintió y se sentó en la silla frente al escritorio.
—Y bien, Elias, dime, ¿qué te está pareciendo el lugar hasta ahora? —preguntó Gon, mirándolo directamente a los ojos. Ahora que lo tenía frente a él sin la máscara, podía observarlo con más detalle que la vez anterior en el auditorio.
—Está bien, solo que... —Elias hizo una pausa, sintiéndose repentinamente nervioso.
—¿Solo qué? —insistió Gon, con curiosidad.
—Es solo que los demás estudiantes parecen tenerme mucho miedo... Algunos incluso huyen despavoridos al verme. Sé que, por ser humano, podría causar cierto temor, pero no esperaba que fuera tanto —confesó Elias, sintiéndose un poco desanimado. Gon comprendía lo que decía. No era fácil para todos ver a un humano después de un siglo, especialmente cuando casi toda la información sobre ellos se había perdido. Pero Elias continuó hablando.
—Aunque acabo de conocer a alguien y me está esperando. Supongo que no todos me temen —añadió, esbozando una pequeña sonrisa.
Gon se sorprendió de lo rápido que Elias había comenzado a adaptarse, haciendo amigos tan rápidamente.
—Bueno, es de esperarse. Dales un poco de tiempo y tal vez se acostumbren a ti —respondió Gon, tratando de alentarlo.
—Sí, supongo que les tomará un tiempo —admitió Elias.
—Bien, joven Elias, ¿podrías darme tu hoja de historial médico, por favor? —indicó el director, cambiando de tema para proseguir con el proceso de admisión.
—Ah, sí, aquí está —dijo Elias, entregándole la hoja al director Gon, quien la tomó y la examinó con curiosidad. Al leerla, frunció el ceño, preocupado.
—¿Esto es correcto, Elias? —preguntó señalando la fuerza de la mordida.
—Sí, aunque nunca había medido la fuerza de mi mordida antes. No es algo muy común de donde vengo —respondió Elias, algo confundido por la expresión del director.
—Entonces, ¿es normal que los humanos no muerdan tan fuerte? Creía que eran carnívoros como nosotros —comentó Gon, mirándolo con interés.
—Bueno, sí, lo somos, pero tampoco dependemos totalmente de una dieta carnívora —respondió Elias. Gon lo observó con sorpresa.
—¿Entonces puedes comer frutas o verduras, como un herbívoro? —preguntó Gon, claramente intrigado.
—Sí, prácticamente soy un omnívoro. Puedo comer de ambos tipos de alimentos sin problemas, aunque no hay que excederse —respondió Elias con una sonrisa.
—Interesante. He leído lo poco que hay de información sobre ustedes, pero nunca pensé que pudieran hacer eso. Es una sorpresa para mí —admitió Gon, todavía asombrado. Elias solo rió un poco, nervioso.
—Pero bueno, joven Elias, basta de charlas. Vamos a tomarte la foto y a entregarte tu identificación —dijo Gon, poniéndose de pie y concluyendo la conversación. Elias también se levantó y lo siguió hacia la puerta.
Salieron de la oficina y caminaron por la sala, donde los profesores los observaban con curiosidad. Se dirigieron a un área con un fondo blanco y una cámara montada.
—Bien, ponte frente a la cámara y mírala. Solo será un momento —le indicó Gon. Elias asintió, colocándose frente a la cámara con una postura firme y un semblante relajado. Un profesor alce estaba manejando la cámara, y de pronto, un destello iluminó la sala.
—Listo, ya terminamos, Elias. Espera aquí un momento, ya te entregamos tu identificación —dijo el alce amablemente, alejándose para procesar la imagen. Elias se sentó a esperar, pensando que podría tomar más tiempo, pero en menos de un minuto el alce regresó con su tarjeta.
—Bien, Elias, ya eres oficialmente un estudiante de Cherryton. Si alguna vez te piden que te identifiques, muestra tu tarjeta, ¿de acuerdo? —dijo el director Gon, sonando amable.
—Sí, director. Muchas gracias —respondió Elias, sonriendo ampliamente. Algunos de los profesores y el propio Gon observaron con atención su sonrisa, sin decir nada.
—Bien, ya te puedes retirar —añadió Gon, despidiéndolo con una sonrisa.
—Gracias —dijo Elias, mientras se dirigía a la puerta. Salió y cerró la puerta detrás de él.
Los murmullos de los profesores llenaban la sala hasta que Gon alzó la voz con autoridad.
—¡Basta, por favor! Ya es suficiente con que tenga que lidiar con los estudiantes. Seamos profesionales —dijo, y los maestros se callaron de inmediato, guardándose sus comentarios.
Mientras tanto, en el pasillo, Elias miraba a ambos lados en busca de Jack y los demás. Cuando los vio conversando entre ellos, se acercó. Los chicos lo notaron y se agruparon para escuchar lo que tenía que decir.
—¡Listo, ya tengo mi identificación! —exclamó Elias, mostrándola con orgullo. Los demás se acercaron curiosos para leer el contenido.
—Oye, eres del 2000... Entonces tienes 17 años, igual que la mayoría de nosotros —dijo Jack sonriendo, tratando de crear un ambiente amigable.
—Sí, pero mejor vayamos a la cafetería. Prácticamente no he comido nada desde que llegué aquí —respondió Elias alegremente, aunque algo hambriento. Su estómago rugió, lo que hizo reír a los demás.
—Está bien, vamos —dijo Jack, caminando delante mientras seguía riéndose del sonido que había hecho el estómago de Elias. Elias guardó su identificación en el bolsillo del pantalón y los siguió, algo avergonzado pero sonriente. Los otros chicos también caminaron junto a ellos.
Recorrieron los pasillos hasta llegar a la cafetería, un amplio espacio con mesas dispersas y árboles plantados uno el centro con lo que parecían escalones pequeños. A los lados había grandes ventanas, y en uno de los extremos se encontraba la barra de servicio donde se repartía la comida. Elias notó que había un segundo piso, y para su sorpresa, parecía que algunos de los estudiantes allí eran más pequeños, lo que le llamó la atención.
Cuando entraron más profundamente en la cafetería, notaron que muchas miradas se posaban sobre ellos, especialmente en Elias. La cantidad de estudiantes en el lugar le hizo sentirse algo nervioso, pero trató de actuar con normalidad. Jack y los demás también sintieron las miradas, sintiéndose algo incómodos.
—Vaya, está atrayendo la atención de todos, como si fuera una lámpara rodeada de polillas —comentó Voss en voz baja, riéndose un poco para aliviar la tensión.
Los susurros llenaban el ambiente mientras Jack y los otros se acercaban a ver el menú. Elias se encontró frente a dos opciones sin prestar atención a los letreros de arriba; solo miraba las imágenes. Un menú tenía un plato con pan, huevos revueltos, filete de frijoles y leche; el otro, verduras al vapor, donas y leche de soya. Se quedó mirando los dos menús, con la mano en la barbilla, tratando de decidirse. Los chicos lo observaban en silencio, hasta que finalmente eligió el menú para carnívoros, sin notar los letreros.
Se formó en la fila con Jack y los demas, cruzando los brazos mientras esperaba. Todos en la fila miraban sorprendidos, y algunos se mostraban nerviosos al tenerlo detrás. Sin embargo, los trabajadores de la cafetería continuaban con su labor, manteniendo la compostura. Elias avanzó hasta recibir su bandeja de comida, sacó la tarjeta que le habían dado y pagó.
Con la bandeja en las manos, caminó con cuidado, mirando alrededor para no tropezar. Al ver a Jack parado, se detuvo cerca de él. Notó cómo los demás estudiantes apartaban rápidamente la vista cuando él levantaba la mirada.
—Bueno, ¿dónde se sientan? —preguntó Elias a Jack, que parecía distraído.
—¿Jack, estás bien? —insistió, preocupado.
—Ah, sí, sí, estoy bien. Solo estaba... leyendo el menú nuevamente —respondió Jack, riendo nerviosamente mientras salían de la fila juntos.
—¿Dónde se sientan? —preguntó Elias nuevamente, esperando una respuesta de Jack.
—Ah, sí, en aquella mesa. Vamos —respondió Jack, señalando una mesa en la segunda fila, casi cerca del árbol. Elias siguió a Jack mientras los demás lo seguían de cerca, saliendo de la fila poco a poco.
Elias se sentó en una esquina de la mesa, y los otros tomaron sus asientos habituales. Notó que todos lo miraban expectantes, sin tocar su comida, como si esperaran a que él fuera el primero en empezar. Antes de comer, Elias juntó las manos y murmuró algo en voz baja, lo que les pareció extraño a los demás, quienes lo miraron con curiosidad. Tras separar las manos, se escuchó un leve "amén" casi susurrado. Luego tomó sus cubiertos y comenzó a comer con normalidad, saboreando el primer bocado.
"No sabe mal, pero tampoco es especialmente bueno", pensó mientras masticaba. Al levantar la vista, notó que los demás seguían sin comer, observándolo con atención. Tragó su bocado y los miró, algo confundido.
—¿Qué pasa? —preguntó, deteniéndose un momento y notando que rápidamente apartaban la mirada.
—N-na-nada —respondió Jack, un poco nervioso—. Solo nos preguntábamos si eras un carnívoro como nosotros, pero ya vimos que sí —dijo, intentando sonreír. Al escuchar esto, los demás comenzaron a comer también.
—Eh... pero no lo soy exactamente —contestó Elias, provocando que algunos casi se atragantaran al escuchar su respuesta.
—¡Espera! Entonces, ¿por qué comes comida de carnívoro? —exclamó Durham, alzando la voz con sorpresa.
—¡Sí, no te hace daño! —dijo Miguno, mirándolo con preocupación. El alboroto atrajo la atención de otros estudiantes que estaban sentados cerca, quienes empezaron a escuchar atentamente.
—¿Por qué me haría daño comer esto? —Respondió Elias con naturalidad—. A menos que tenga veneno, no me va a pasar nada, y dudo que lo tenga, ya que todos están comiendo lo mismo —explicó, lo que dejó a los demás aún más confundidos.
—¿O es que ustedes no pueden comer vegetales y vivir de ellos? —preguntó Elias, mirándolos con una expresión perpleja.
—Espera, ¿estás diciendo que puedes vivir comiendo solo vegetales también? —preguntó Collot, con incredulidad en su voz. Los estudiantes alrededor mantenían el silencio, escuchando con atención.
—Sí, puedo comer cualquier cosa, como brócoli, cebolla, ajo, espinaca y zanahoria entre otras cosas más. —respondió Elias, enumerando los vegetales que conocía. Los otros lo miraban, algunos con asombro, y otros casi aterrados.
—¿Espera, comes cebolla? —preguntó Jack, alarmado. Los demás también lo miraban preocupados, y Elias no pudo evitar sentirse nervioso ante las expresiones de horror en sus rostros.
—Sí, ¿por qué? —respondió Elias, notando sus miradas como si hubiera dicho algo espantoso.
—Es veneno para nosotros —explicó Legoshi con seriedad, manteniendo la mirada fija en él. Todos se mostraban curiosos ante la fisiología inusual de Elias.
—Eh, no lo sabía. Creí que podían comer de todo, como yo —dijo Elias, intentando ignorar las miradas de los demás estudiantes que lo observaban con una mezcla de desconcierto y temor. Continuó comiendo con tranquilidad, sin darle demasiada importancia.
Durham fue el siguiente en hablar, haciendo la pregunta que estaba en la mente de todos los presentes.
—Entonces, ¿qué eres? —preguntó, mientras el silencio se apoderaba de la cafetería y todos escuchaban atentamente la conversación.
—Bueno, soy un omnívoro —respondió Elias, notando cómo la revelación parecía desconcertar a algunos de los estudiantes.
—Realmente eres un bicho raro —comentó Miguno, mirándolo con una mezcla de asombro y diversión. Elias solo sonrió ante el comentario, sin tomárselo a mal. Los demás estudiantes observaron su reacción positiva, lo que los hizo sentirse un poco más relajados, volviendo a sus comidas, aunque seguían echándole miradas furtivas.
Mientras comían, algunos empezaron a susurrar a su alrededor, curiosos por lo diferentes que eran los humanos en ciertos aspectos, pero al mismo tiempo tan parecidos. Justo cuando la tensión empezaba a disiparse, dos estudiantes comenzaron a pelear, atrayendo la atención de todos. Elias, que estaba sentado, vio de reojo la pelea entre un zorro y un perro. No reconocía la especie exacta del perro, pero intentó recordarla, ya que no había terminado de leer el libro sobre las diferentes razas.
La discusión entre los dos se intensificó.
—¡Oye, me pisaste la cola! —gritó uno de ellos, visiblemente enfadado.
El zorro, que llevaba una bandeja con comida, empujó al perro, y en el forcejeo, la bandeja salió volando junto con el perro que se estrelló contra la mesa donde estaba Elias, golpeándolo en el rostro derramando los alimentos sobre él y tirándolo al suelo. Un silencio absoluto cayó sobre la cafetería. El sonido de la bandeja al caer resonó en el ambiente, y todos miraron paralizados.
El perro se levantó rápidamente, visiblemente asustado, y el zorro lo siguió, sin saber cómo reaccionar ante lo que acababan de hacer. Los demás en la mesa vieron a Elias tirado en el suelo, cubierto de comida en su ropa y cabello, boca abajo. Lentamente, Elias se levantó y comenzó a sacudirse el uniforme, limpiando la suciedad sin decir una palabra. Luego se dio la vuelta para mirar a los dos con una expresión seria.
El miedo comenzó a apoderarse de ellos al ver su mirada penetrante. La atmósfera parecía oscurecerse, y los dos comenzaron a temblar.
Elias se acercó y les puso una mano en el hombro a cada uno. Todos en la cafetería observaban, conteniendo la respiración. Jack quiso intervenir, pero el miedo lo mantenía paralizado.
Para sorpresa de todos, Elias sonrió, provocando escalofríos en los dos.
—Tengan más cuidado, podrían lastimar a alguien —dijo con voz tranquila y alegre, retirando sus manos de sus hombros y dirigiéndose a los lavamanos cercanos para limpiarse.
El zorro y el perro se miraron, todavía temblando, llenos de terror. Nadie dijo nada. La cafetería entera observaba a Elias caminar hacia el lavamanos sin haberse enojado.
Elias se estaba limpiando la cara y el cabello mientras los demás lo observaban con preocupación. El zorro y el perro se retiraron rápidamente, cesando su pelea, pero el ambiente seguía tenso. En la mesa, sus compañeros miraban a Elias, visiblemente asustados por su comportamiento tan calmado. Se preguntaban si realmente estaba bien o si algo le pasaba.
Cuando terminó de limpiarse, Elias regresó a la mesa sin decir una palabra. Levantó su silla, se sentó de nuevo como si nada hubiera sucedido, y comenzó a comer. El silencio dominaba el lugar, hasta que Legoshi rompió la tensión.
—¿Oye, estás bien? ¿No estás enojado por lo que pasó? —preguntó Legoshi, con evidente preocupación en la voz.
Elias alzó la mirada hacia él, notando que los demás esperaban su respuesta.
—Sí, estoy bien. Y no, ¿por qué me enojaría por algo así? Claramente fue un accidente —respondió Elias con tranquilidad.
Aquellas palabras hicieron que todos se relajaran un poco, aunque seguían lanzándole miradas ocasionales mientras hablaban en voz baja. Los chicos en la mesa continuaron comiendo, aunque aún se percibía cierta inquietud.
—¿No te duele haberte caído de cara? ¿Seguro que no necesitas ir a la enfermería? —preguntó Jack, todavía preocupado.
—Mmm, no. Metí las manos antes de golpear el suelo. Si no lo hubiera hecho, sí me habría lastimado —respondió Elias, intentando calmarlo. Vio que Jack se relajaba poco a poco, así que continuó comiendo con los demás hasta que terminaron. Al salir de la cafetería, todos observaban a Elias con cierta curiosidad mientras caminaba con tranquilidad. Los demás lo seguían, aún sintiendo una ligera inquietud en su presencia, aunque cada vez se iban acostumbrando más a su forma de ser.
Elias bostezó, notando que aún era temprano y pensando en qué hacer a continuación. Fue entonces cuando Jack le habló.
—Oye, ¿te gustaría dar una vuelta? Si quieres, puedo mostrarte todo el campus para que te familiarices con el lugar —sugirió Jack, buscando pasar el tiempo.
—¿Seguro? ¿No tienen cosas que hacer? —preguntó Elias, mirando a los demás.
—No, estamos libres —respondieron casi al unísono.
—Bien, entonces vamos —aceptó Elias con una sonrisa. A medida que caminaban por el campus, les resultaba cada vez más fácil sentirse cómodos a su alrededor, aunque la inquietud seguía latente.
Recorrieron el lugar, pasando por el teatro, la biblioteca, los clubes y algunas aulas Elias estaba asombrado con la cantidad de lugares que tenía el campus, hasta que llegaron a un pasillo con una puerta doble. Elias notó que la puerta estaba golpeada y tenía cintas amarillas de "no cruzar", además de flores y una foto en el suelo.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó Elias mientras se acercaba y quedaba frente a la puerta. Los demás no sabían qué responder o cómo reaccionaría si le contaban la verdad.
En ese momento, un guardia, un perro pastor alemán, los vio y se les acercó.
—Oigan, niños, sigan avanzando —les dijo con tono firme, pero luego se percató de que Elias estaba mirando el cuadro con una expresión seria. El guardia notó que Elias juntaba sus manos y cerraba los ojos, murmurando en voz baja como lo había hecho antes de comer. Escucharon un "amén" casi susurrado, lo que llamó aún más la atención de todos.
—Ah, tú eres el humano del que habló el director. Sigue caminando, niño, no puedes estar aquí —indicó el guardia con los brazos cruzados. Llevaba una chaqueta azul, pantalones a juego, un sombrero de guardia y zapatos negros.
Elias asintió y siguió caminando por el pasillo, con los demás siguiéndolo en silencio hasta que salieron de la zona restringida. Nadie dijo nada, pero la curiosidad y las preguntas no desaparecieron.
Mientras caminaban, Durham rompió el silencio con una pregunta.
—Oye, ¿por qué juntaste tus manos? Como lo hiciste en la cafetería —preguntó, curioso pero algo nervioso. Elias se volteó ligeramente, mirando por encima de su hombro, lo que hizo que Durham retrocediera un poco, asustado.
—Es por mi religión, una costumbre en mi país. Es una forma de despedir a los que se van de este mundo o para rezar. Aunque, siendo honesto, no soy el más devoto, me sigo considerando parte de esa creencia —explicó Elias amablemente mientras continuaba caminando.
—Espera... ¿es como un culto o algo así? —dijo Durham, su tono mezclando curiosidad e incomodidad.
Elias se detuvo, lo que provocó que tanto Durham como los demás se asustaran. Luego, se giró para mirarlo.
—Eh, bueno, podría decirse que es algo parecido. Pero es más sobre las creencias de cómo Dios creó la Tierra, a los hombres y a las bestias. Aunque, como te dije, no soy el más devoto —le explicó Elias, notando que Durham se veía nervioso. Elias soltó una risa ligera.
—Tranquilo, no me molesta que lo llames así. Sé que para ustedes estas cosas no son comunes —añadió con una sonrisa, tratando de calmar el ambiente.
—¿Y esa máscara que traes? ¿Para qué es? —preguntó Voss desde el hombro de Collot.
—Ah, esto —dijo Elias, tomando su máscara—. También es un símbolo religioso, aunque principalmente la llevo porque me hace sentir más cómodo. Me recuerda a mi hogar —respondió, mirando la máscara con una mezcla de nostalgia y calidez.
Los demás observaron cómo las expresiones de Elias cambiaban mientras hablaba de su hogar, su rostro revelando sentimientos profundos. Cuando terminó su explicación, volvió a amarrar la máscara a su cinturón y miró a todos.
—Pero, saben, ustedes son los primeros en mostrar verdadero interés en hablarme —dijo Elias con tranquilidad, su semblante sereno dejando en claro que hablaba con sinceridad—. Si les soy honesto, desde que llegué aquí, he estado asustado…
Sus palabras dejaron a los demás algo confundidos, intercambiando miradas de incertidumbre.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Jack, confundido. Elias lo miró antes de responder.
—Bueno, es que… pensé que me devorarían en cuanto llegara aquí. Las historias que cuentan de ustedes en mi país no son las más bonitas —confesó Elias. La curiosidad se reflejó en los rostros de sus compañeros, pero también había un malestar latente ante sus palabras.
—¿A qué te refieres con historias? —inquirió Durham, mirando a Elias con cierta tensión.
Elias suspiró, su expresión volviéndose seria.
—Digamos que en mi país se dice que son bestias insaciables, que matarían a cualquiera y que pierden el control muy rápido. Muchos también creen que son monstruos que se apoderaron de la Tierra y que no estarán satisfechos hasta que nosotros, los humanos, desaparezcamos por completo —explicó con franqueza. Sus palabras cayeron pesadamente sobre el grupo, generando un incómodo silencio. No sabían bien cómo reaccionar, pero la incomodidad era palpable.
Elias notó su reacción y continuó hablando, su voz ahora más suave.
—Pero… realmente no son como las historias que cuentan allá. Por lo que he visto, no son tan diferentes de nosotros. Y quisiera pedirles disculpas por haber pensado eso de ustedes —dijo, haciendo una leve reverencia para disculparse, su sonrisa tímida intentando aliviar la tensión—. Su amabilidad me ha hecho cambiar de parecer. Lo siento mucho si en algún momento los juzgué mal.
El ambiente se alivió un poco, aunque todavía se sentía una pizca de incomodidad. Sus compañeros no sabían bien qué decir hasta que Legoshi rompió el silencio.
—A decir verdad, creo que algunos de nosotros también sentimos algo de miedo al verte —dijo Legoshi, su tono era honesto—. Porque también hay algunas historias sobre ustedes... Bueno, yo en específico lo sé porque mi abuelo me contaba historias de mi bisabuelo, de parte de mi abuela, que hablaba de su padre. Decían que ustedes eran como demonios que peleaban sin cansarse, que no le temían a nada, incluso cuando estaban superados en número. Pero supongo que es normal que ambos tengamos historias así.
Legoshi se frotó la oreja, visiblemente nervioso al notar que todos lo miraban. La incomodidad del ambiente comenzó a disiparse un poco.
—Ah, lo siento. Lo dije sin pensar —se disculpó rápidamente.
—No hay problema… —respondió Elias, sonriendo con alivio—. Me alegra haber podido decirles esto. Siento como si me hubiera quitado un peso enorme de encima. Espero que realmente podamos ser amigos.
Los demás lo miraron con más comprensión, captando la sinceridad en sus palabras. Miguno se acercó primero, esbozando una sonrisa.
—Bien, puedes confiar en mí —dijo, dándole una palmada en el hombro.
—Bueno, supongo que también en mí. Aparte, tengo mucha curiosidad —añadió Durham, sonriendo también. Poco a poco, los demás se acercaron, empezando a relajarse y a confiar en Elias.
Mientras reanudaban su camino por los pasillos de la academia, el ambiente cambió a uno mucho más ligero. Charlaban con entusiasmo, intercambiando anécdotas y riendo. Elias por fin sentía que había encontrado amigos genuinos, y aunque su apariencia los hacía diferentes, eso ya no le importaba. Se sentía aceptado solo por ellos, aunque los demás estudiantes tuvieran una imagen diferente de él, se sentía decidido a cambiarla.
El mar golpeaba con fuerza la orilla del muelle mientras la pasarela del acorazado descendía, tocando tierra firme. El ministro Hughes bajó del buque seguido de cerca por su guardia, que lo escoltaba en formación. Mientras avanzaban hacia los vehículos, Hughes caminó directamente hacia el auto que lo esperaba. Mei, una de sus escoltas, le abrió la puerta y él subió al interior. Luego, ella y Geruft ocuparon los asientos del conductor y el copiloto, respectivamente, mientras el resto de los guardias abordaban los camiones, listos para seguir al automóvil principal.
—¿A dónde, señor? —preguntó Mei tranquilamente, esperando instrucciones.
—A la capital —ordenó Hughes sin rodeos.
—Sí, señor —respondió Mei, encendiendo el motor y arrancando. El vehículo de Hughes se movió, seguido de cerca por el convoy, que abandonó el puerto y atravesó los campos de cultivo hasta llegar a la entrada de la muralla. Los guardias apostados en la entrada los dejaron pasar sin detenerlos, reconociendo de inmediato la insignia del gobierno y la milicia.
Mientras avanzaban, Tamer, uno de los soldados en turno, vio por un momento el vehículo del ministro y saludó formalmente con la mano en la frente. La escolta de Hughes continuó su marcha, sin detenerse, hasta salir de la ciudad, donde los edificios dieron paso a vastos campos verdes y extensos cultivos salpicados de molinos de viento. En el horizonte, algunas montañas se erguían a lo lejos, marcando el camino hacia la capital, Eden.
Pasaron junto a un campamento militar y, poco a poco, el paisaje comenzó a cambiar. Tras unos 20 minutos, el convoy llegó a la segunda ciudad de Eden, Balthioul, ubicada cerca de la capital. A diferencia de Ainthen, Balthioul era una ciudad vibrante y pintoresca, con un rio que la atravesaba. Los edificios de ladrillo y las casas de madera se alineaban a lo largo de las calles decoradas con flores de colores y árboles frondosos que embellecían los parques y avenidas. Mientras cruzaban el puente que unía ambos extremos del río, se podía ver a los habitantes paseando, conversando y trabajando en la vida diaria.
—Mei, ¿cuánto falta para llegar a la capital? —preguntó Hughes, queriendo saber el tiempo estimado.
—Diez minutos, señor, para llegar a Garden —respondió Mei con formalidad.
—Bien, solo espero que la sesión aún no haya terminado. Quiero hablar sobre el motivo por el cual me dieron un acorazado como transporte —comentó Hughes, con cierto malestar en la voz.
—Bueno, señor, si me permite decirlo, creo que se veían bastante asustados al vernos llegar en esa cosa. Estoy seguro de que ya llamaron a sus superiores para preguntar qué ocurría, y esto no pasará desapercibido —dijo Geruft, quien miraba atentamente la carretera.
—Lo sé, pero no entiendo qué estaban pensando eso idiotas al asignarme un acorazado. Esto solo puede complicar las cosas —replicó Hughes, suspirando con frustración—. Ahora tendré que pensar en cómo aliviar la tensión.
El ministro hizo una pausa antes de dirigir su mirada hacia Mei.
—Por cierto, Mei, ¿qué sabes de los insurreccioncitas? No he recibido actualizaciones desde la última vez que intentaron asaltar un depósito de armas en Geirvor —inquirió Hughes.
—Señor, la última información que obtuvimos indica que se están ocultando en un fuerte entre las colinas. Aún no hemos podido localizarlo debido a la espesura del terreno, nos tomará días encontrar su ubicación exacta —respondió Mei con tono profesional.
Hughes se quedó en silencio, reflexionando por unos momentos.
—Espero que los encontremos pronto, antes de que causen más problemas. No quiero tener que lidiar con esto más adelante. Ya es bastante complicado llevar a cabo una misión diplomática con la NUA mientras lidio con esta situación —dijo Hughes, maldiciendo su mala suerte por tener que enfrentar dos crisis al mismo tiempo.
El convoy continuó avanzando por la ciudad, dejando atrás la bulliciosa Balthioul y adentrándose nuevamente en las afueras, donde los campos abiertos se extendían en todas direcciones. A medida que el camino se elevaba ligeramente, el paisaje revelaba su majestuosidad: lagos y cascadas se podían ver a la distancia, bordeadas por montañas que parecían surgir del horizonte. El aire era fresco y puro, contrastando con el ambiente de la ciudad.
A lo lejos, apareció la capital, Garden, imponente y majestuosa en medio de un mar de flores y árboles que coloreaban el paisaje. Al aproximarse, se hizo evidente la robustez de sus defensas: una muralla alta rodeaba la ciudad, equipada con cañones estratégicamente posicionados, ametralladoras pesadas y guardias ataviados con uniformes rojo escarlata que cubrían sus cuerpos por completo. Los guardias llevaban máscaras negras, que les conferían un aspecto intimidante mientras patrullaban diligentemente.
Cuando el convoy llegó a la entrada de la ciudad, se detuvo para un control de seguridad. Mei bajó la ventanilla y un guardia se acercó con expresión seria.
—Identificación —ordenó, mirando con detenimiento.
Mei mostró los documentos correspondientes, y el guardia miró hacia el asiento trasero, donde Hughes lo observaba con calma.
—Bienvenido a Garden, ministro Hughes. Pueden pasar —dijo el guardia, dando un paso atrás y permitiendo el acceso.
Mei cerró la ventanilla y el convoy avanzó a través de la gruesa muralla, adentrándose en la capital. La vista dentro de Garden era espectacular: casas y edificios de ladrillo, algunos pequeños rascacielos elegantes, se erguían en las calles, construidos con materiales de alta calidad y decorados con figuras de ángeles y otras esculturas ornamentales. Árboles frondosos y flores de vivos colores adornaban los alrededores, mientras los habitantes, vestidos con elegancia y sofisticación, caminaban por las calles, algunos con trajes de negocios y otros disfrutando de un paseo.
El tráfico fluía con orden en las amplias avenidas, y al pasar por una rotonda, el convoy tomó rumbo hacia el centro administrativo, donde se alzaba el edificio principal de los ministros de Eden. La estructura imponente, adornada con columnas que sostenían el techo en forma de cúpula, dominaba la vista. En lo alto, la bandera de Eden ondeaba al viento, y los guardias vigilaban con atención cada rincón del lugar.
Mei condujo hasta la entrada del edificio, deteniéndose frente a la sede gubernamental. Salió del vehículo rápidamente y abrió la puerta para que Hughes pudiera bajar.
—Hemos llegado, señor —anunció Mei.
Hughes salió del auto con paso firme, pero antes de que Geruft pudiera bajarse, el ministro lo detuvo con un gesto.
—Quédate aquí en el auto. No quiero que esos de manos ligeras lo revisen los vehículos—dijo Hughes, lanzando una mirada hacia los guardias carmesí que patrullaban la zona.
—Sí, señor —respondió Geruft, obedeciendo la orden mientras cerraba la puerta. Desde el interior del auto, mantuvo la vista fija en los guardias escarlata, observando con atención cualquier movimiento.
Los otros miembros de la escolta bajaron de los camiones y tomaron sus posiciones, vigilando los alrededores con cuidado. Miraban tanto a los guardias carmesí como al tráfico y a los peatones cercanos, asegurándose de que todo estuviera bajo control mientras Hughes y Mei se encaminaba hacia la entrada del edificio ministerial.
Al acercarse a la entrada, los guardias saludaron a Hughes con respeto, y uno de ellos le abrió la puerta con un gesto firme. Mei, siguiendo de cerca al ministro, caminaba con pasos decididos, siempre alerta. Al cruzar el umbral, la luz natural que se filtraba desde la cúpula del edificio iluminaba la sala principal, creando un ambiente solemne y grandioso. Los muros estaban decorados con relieves de ángeles y retratos de figuras importantes, mientras que el suelo de azulejos blancos brillaba, ostentando en su centro la bandera de Eden en un diseño detallado con relieves dorados. Los pilares de mármol grisáceo sostenían la estructura, dándole al lugar una atmósfera de poder y autoridad.
Cinco grandes puertas se alineaban en la sala, cada una conduciendo a distintos espacios para sesiones específicas. Hughes se dirigió sin vacilación a la puerta central, la principal, adornada con tallas de figuras humanas con los ojos cubiertos y trompetas en las manos. El aire en el lugar era denso de formalidad, pero al acercarse, los gritos desde el interior se volvieron audibles.
—¡¿Cómo se atreven a enviar a un niño a esa nación de bestias inmundas?! —bramaba un hombre desde el centro de la sala. Su cabello negro contrastaba con su piel perlada, y sus ojos verdes relampagueaban de furia. Llevaba un saco negro adornado con medallas que tintineaban cada vez que se movía, junto con un pantalón a juego y zapatos pulidos. Los ministros presentes lo rodeaban desde sus asientos altos, decorados con terciopelo rojo y finas tallas artesanales. La luz natural entraba por las ventanas laterales y la cúpula superior, iluminando la confrontación.
—¡Silencio, general Gideon! —exclamó uno de los ministros, su máscara negra decorada con detalles dorados y una inscripción amarilla en un costado. Su voz resonó en la sala, pero el general no cedía.
—¡Cómo me atrevo! —gritó Gideon, cada palabra cargada de veneno—. Si no fuera por el débil bisabuelo del general Norbert Bauman Tercero, ¡habríamos conseguido la victoria sobre esas asquerosas criaturas! ¡Su falta de convicción nos costó no solo la guerra, sino nuestra soberanía sobre todas las naciones humanas!
La indignación en la sala crecía a cada segundo, mientras algunos ministros se miraban incómodos entre sí. Pero otro ministro, uno más imponente, se levantó con determinación.
—¡SILENCIO, GENERAL GIDEON! —Vociferó, su tono cargado de autoridad—. No toleraremos esa falta de respeto hacia uno de nuestros héroes nacionales. ¡Norbert Bauman tomó una de las decisiones más difíciles que un líder puede enfrentar! ¡Exigimos que se disculpe inmediatamente, o enfrentará las consecuencias!
Gideon, lejos de calmarse, continuó con su discurso enardecido.
—¡Ustedes son unos inútiles! —gritó—. ¡Si hubieran seguido las órdenes de mi bisabuelo, no estaríamos en esta posición, viviendo bajo el yugo de esas bestias que en cualquier momento podrían atacarnos! ¡Deberíamos haber conquistado sus tierras y gobernado sobre ellas! ¡Pero no, prefirieron rendirse en el último instante, justo cuando mi bisabuelo había preparado el contraataque naval que acabaría con ellos para siempre!
El eco de sus palabras resonó en la sala, pero esta vez fue el general Bauman quien respondió, con la calma tensa de alguien que ha escuchado lo suficiente.
—Mi bisabuelo no tomó una decisión débil, general Gideon. —Su voz era firme, aunque tranquila—. Sacrificar cien mil vidas por una victoria insignificante no habría valido la pena. Norbert Bauman tomó la decisión correcta al rendirse. Estábamos superados en proporción de uno a cien, y de haber continuado, habría sido una masacre total.
Bauman se giró para mirar a los otros ministros, su expresión llena de convicción.
—Con todo respeto a esta honorable corte, solicito la suspensión inmediata del general Gideon por desacatar órdenes e insultar a uno de los héroes que nos brindó la oportunidad de un futuro mejor.
Los ministros se miraron unos a otros, evaluando la situación, hasta que uno de ellos habló con voz firme.
—Por decisión de esta corte, levanten la mano quienes estén a favor de suspender al general Gideon Armstrong Tercero de sus funciones —anunció, y todos los presentes levantaron la mano en señal de aprobación—. ¿Aquellos en contra? —Nadie respondió.
Gideon, con el rostro endurecido por la furia, se quedó en silencio. El ministro que había hecho el llamado asintió y continuó.
—Bien, por decisión unánime de esta corte y con el poder que se me ha concedido, se le suspende de toda función de su rango hasta nuevo aviso, general Gideon Armstrong Tercero. Considérelo como un castigo leve —dijo con firmeza, quitándole su autoridad.
Gideon permaneció inmóvil, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Tras unos segundos de silencio tenso, el ministro añadió.
—Si no tiene nada más que decir, general, puede retirarse. A menos que prefiera que los guardias lo escolten.
—No, señor —respondió Gideon, enojado, mientras se giraba bruscamente para salir. Al pasar junto a Hughes y Mei, lanzó una mirada despectiva.
—¡¿Qué miras, fenómeno?! —le espetó con desprecio.
Hughes lo ignoró, avanzando hacia el podio mientras la puerta se cerraba con un fuerte golpe detrás de Gideon. Subió los escalones para dirigirse a los ministros y al general Bauman, quienes lo esperaban con expresiones expectantes.
—Disculpe el alboroto, ministro Hughes —se adelantó a decir uno de los ministros, cuya máscara alternaba entre rojo y negro, adornada con inscripciones doradas.
—No hay problema, ministro —respondió Hughes con cortesía.
—Bueno, ¿a qué debemos su visita? Hasta donde sabemos, ya entregó al niño en la escuela —comentó otro de los ministros, el que llevaba la máscara verde con blanco con inscripciones doradas.
—Sí, precisamente vine para hablar sobre eso —dijo Hughes, su tono volviéndose más serio—. Quisiera saber por qué se autorizó el uso de un acorazado decomisionado como medio de transporte para una misión diplomática.
Los ministros se susurraron entre sí antes de que uno de ellos respondiera.
—Ministro Hughes, el uso del acorazado fue autorizado para asegurarnos de no ser percibidos como inferiores por los habitantes de la NUA. Sabemos que pudo haber causado conmoción durante la visita, y le pedimos disculpas por no informarle con antelación —explicó, tratando de suavizar la situación.
Hughes escuchó la respuesta con una expresión impasible, aunque en su mente pensó con ironía: "Como siempre, nuestro orgullo nos impide dar un paso atrás." Mantuvo la mirada fija en los ministros mientras continuaba.
—Espero que entiendan que esto podría tener consecuencias en el futuro —advirtió con seriedad. La luz que se filtraba desde la cúpula iluminaba su uniforme blanco con rayas negras, acentuando el brillo de su máscara y casco.
—Somos conscientes de ello —respondió otro ministro—. Por eso, si nuestra misión resulta exitosa, enviaremos más estudiantes a la NUA para demostrar que nuestras intenciones no son hostiles simplemente queremos que no nos vean inferiores a ellos.
Hughes, sorprendido de que lo consideraran la idea de enviar a más estudiantes, decidió compartir su propuesta.
—Con todo respeto, quisiera sugerir algo que discutí con la ministra de la NUA —comenzó, captando la atención de los ministros—. Le mencioné que si nuestro estudiante lograba hacer amigos en la academia y este los invitaba a visitarnos, podríamos organizar un intercambio cultural para mejorar nuestras relaciones. Me dijo que lo consideraría.
Los ministros intercambiaron opiniones en voz baja, y después de unos momentos, uno de ellos respondió.
—Es una idea interesante, ministro Hughes. Sin embargo, no estamos seguros de cómo reaccionarían los habitantes de Eden ante bestias que vengan de esa nación. De todos modos, tomaremos en cuenta su sugerencia.
—Gracias, ministro —respondió Hughes, inclinando ligeramente la cabeza en señal de agradecimiento.
—Si ya no hay más asuntos que tratar, declaro terminada esta sesión —anunció el ministro, golpeando la mesa con un pequeño mazo—. Que Dios salve a la humanidad.
La frase fue repetida por todos los presentes, incluyendo a Hughes, quien se retiró junto a Mei. Al salir de la sala y caminar por vestíbulo, avanzaron a la salida donde los guardias abrieron las puertas para ellos, donde vieron a Geruft recargado de espaldas en el auto, esperando con los brazos cruzados y con impaciente mientras mueve los dedos.
Geruft los vio aproximarse y se enderezó rápidamente, aun impaciente.
—¿Qué sucede? —preguntó Hughes, notando el aire de tensión en su guardia.
—Señor, un par de esos "manos ligeras" intentaron revisar el camión, pero no los dejamos. Son muy molestos —respondió Geruft con voz seria, lanzando una mirada hacia los guardias carmesí que custodiaban la entrada del edificio.
Hughes asintió con un gesto de resignación.
—Bien, ya nos vamos. Suban al auto. Vamos a Geirvor —ordenó con firmeza.
Mei y Geruft obedecieron de inmediato, subiéndose al vehículo, mientras los guardias de negro también subían a sus camiones. Pronto, los motores rugieron al unísono y el convoy comenzó a alejarse del edificio ministerial, dejando atrás la solemnidad de la corte y las tensiones no resueltas que aún flotaban en el aire.
La tarde había caído, y en la habitación de Jack y los demás, el ambiente era más relajado mientras Elias se unía a ellos. Observaba con atención a Collot, quien manipulaba un dispositivo que nunca había visto antes.
—¿Qué es eso? —preguntó Elias, señalando algo que parecía una pantalla con botones a los lados. Lo miraba con curiosidad.
—Es una consola portátil —explicó Collot, notando la expresión de asombro en el rostro de Elias. La tecnología en su país seguía atrapada en el pasado, y cualquier avance moderno resultaba una rareza.
—¿Nunca habías visto una? —preguntó Collot, mirándolo con incredulidad.
—No, prácticamente todo lo que veo aquí es nuevo para mí —admitió Elias.
Los demás lo miraban atónitos. Voss, que estaba sentado en la cama de arriba, no pudo contener su sorpresa.
—¿Espera, dices que en tu país no tienen este tipo de cosas? —preguntó, con las cejas alzadas.
—No, nuestra tecnología no es muy avanzada —respondió Elias, mientras observaba a Collot manipular la consola. La curiosidad en el grupo se hizo palpable, y Jack fue el primero en romper el silencio.
—Entonces, ¿sabes qué son los teléfonos celulares? —preguntó Jack, observándolo con expectativa.
Elias frunció el ceño, recordando vagamente algo que Hughes le había dado en el acorazado, pero decidió no mencionarlo.
—¿Qué es un teléfono celular? —respondió, rascándose la cabeza con nerviosismo.
Los otros se miraron entre sí, sorprendidos.
—¿En serio no sabes lo que son? —insistió Jack, con un tono incrédulo. Elias asintió lentamente, lo que hizo que abrieran los ojos con asombro.
—Entonces, ¿tampoco sabes qué es el internet? —preguntó Miguno, sorprendido desde el suelo.
—Eh… no, no lo sé —admitió Elias, rascándose la nuca.
El asombro se extendió en la habitación. Había un silencio que lo abarcaba todo, mientras procesaban lo que acababan de escuchar.
—¿Por cuántos años están atrasados en tecnología? —inquirió Jack, intrigado. Observó a Elias contar con los dedos, murmurando en voz baja, antes de dar su respuesta se ponían más nerviosos alver que se tardaba cada vez más.
—Son como… unos 30 o 20 años, no lo sé realmente —dijo finalmente Elias.
La revelación dejó a todos atonitos, aquellos años de aislamiento habían dejado a su país muy atrás.
—¡Dime, por favor, que al menos tienen autos! —exclamó Jack, con un tono casi desesperado.
—Sí, tenemos —respondió Elias, logrando que se tranquilizaran un poco—. Pero son muy raros —añadió, dejando a los demás con la mirada perdida Elias solo sonreía al ver su reacción.
Por unos momentos, nadie dijo nada.
—Vaya… vives debajo de una roca —comentó Durham, lo que hizo que Elias sonriera.
—Bueno, puede que no tengamos muchas cosas como ustedes, pero tratamos de hacer lo que podemos con lo que tenemos —dijo Elias con una sonrisa sincera.
—¿Y qué haces para pasar el tiempo allá? —preguntó Legoshi, mirándolo con curiosidad.
—Bueno, yo no tengo mucho tiempo libre. Digamos que siempre estoy haciendo algo, ir al campo a cosechar, estudiar, ir a la iglesia, ayudar al sacerdote, entrenar y cumplir con mi servicio en la milicia —explicó Elias, cruzado de brazos mientras recordaba todas las actividades que ocupaban sus días.
Los demás se quedaron impresionados por la cantidad de tareas que realizaba, pero en especial les llamó la atención lo último que dijo.
—Espera, ¿estás en el ejército? —preguntó Jack, con curiosidad. Luego Durham agregó.
—¿Has usado armas?
Las preguntas empezaron a llegar una tras otra, poniéndolo nervioso.
—¡Uno por uno, esperen! —dijo Elias, intentando calmarlos. Después de un momento, el grupo se tranquilizó un poco, y él continuó.
—Bueno, sí y no. Digamos que estoy en la milicia, pero es obligatorio. Todos los que tienen 17 años deben hacerlo al menos por dos años. La mayor parte del tiempo consiste en hacer ejercicios, estudiar y entrenar un poco en combate cuerpo a cuerpo, pero, sinceramente, me aburre un poco. Una vez que terminas esos dos años, te enseñan a usar armas, pero yo aún no he llegado a esa parte —explicó Elias, respondiendo a sus preguntas.
El grupo lo miraba con curiosidad.
—¿Pero por qué los obligan a hacer servicio militar? ¿Están en guerra? —preguntó Miguno, mirándolo expectante, al igual que los demás.
—Eh… no, solo es obligatorio para todos los hombres. Supongo que es por temor… a ustedes —respondió Elias, bajando el tono de su voz al llegar al final.
La atmósfera se volvió tensa al escuchar esas palabras, y el grupo intercambió miradas nerviosas.
—¿Y cómo es donde vives? —preguntó Voss tranquilamente, tratando de aliviar la tensión en la habitación. Esto llamó la atención de Elias.
—Bueno, es un lugar muy hermoso —respondió él con una sonrisa—. Las afueras están llenas de campos de cultivo y árboles. En el interior hay un montón de casas y negocios hechos de ladrillos y madera, decorados con flores. Más lejos está la plaza principal, donde la ciudad se divide en diferentes calles, y arriba, en una colina, se encuentra la catedral, rodeada de un campo enorme adornado con flores de muchos colores. Detrás de ella corre un pequeño arroyo, y a veces en las noches voy al campo a ver las estrellas. También he ido a la costa, es muy fresco.
Elias describía su hogar con alegría, y los demás lo escuchaban atentamente, tratando de imaginar cómo era el lugar.
—Suena a que es un lugar muy tranquilo por la forma en que lo describes —dijo Miguno, sonriendo.
—Sí, de hecho lo es —respondió Elias con entusiasmo.
—Pero dime, ¿qué es el internet? —preguntó Elias, curioso y confundido por las preguntas anteriores.
Miguno se levantó, sacó su teléfono y se sentó al lado de Elias para mostrárselo.
—¿Qué es eso que tienes en la mano? —preguntó Elias, intrigado.
—Es mi teléfono. Tómalo, míralo de cerca —dijo Miguno, entregándoselo.
Elias examinó el dispositivo con curiosidad, dándole vueltas y observando los tres lentes en la parte trasera.
—¿Qué es esto? —preguntó, mirando las cámaras con interés.
—Son cámaras pequeñas —respondió Miguno con naturalidad—. Mira, déjame mostrarte cómo funciona. Bien, sonríe.
Volteó la cámara y se acercó a Elias para tomarle una foto. Elias sonrió ligeramente cuando escuchó el sonido del obturador.
—Veamos cómo quedó —dijo Miguno, mostrando la foto a Elias, quien la observó con asombro.
—Wow, es mucho más rápida que las cámaras que tenemos. A mi hermana le encantaría algo así —comentó Elias, recordando cómo a su hermana María le gustaba tomar fotos con su cámara de rollo. Los demás lo escuchaban con atención, sorprendidos al descubrir que tenía una hermana y preguntándose si ella sería tan peculiar como él.
Dejando de lado la foto, Elias cambió de tema.
—Díganme, ¿qué hacen ustedes en su tiempo libre? —preguntó, sonriendo.
La conversación se tornó más relajada, y el grupo comenzó a hablar de sus actividades habituales, riendo y compartiendo historias. Pasaron los minutos, y finalmente le enseñaron a Elias cómo usar el internet.
—Bien, entras al buscador y presionas la barra —le explicó Miguno, mostrándole el funcionamiento básico—. Ahora puedes buscar cualquier cosa.
Elias miró el pequeño teclado que apareció en la pantalla, pero no tenía idea de qué buscar.
—Ahhh, no sé qué buscar —dijo, riendo nerviosamente mientras miraba a Miguno.
—¿De verdad? ¿Por qué no buscas algo que nunca hayas visto o algo que conoscas? —sugirió Miguno.
Elias se quedó pensando hasta que un nombre le vino a la mente. Escribió "Edén" en el buscador, y aparecieron varios artículos y enlaces. Uno de ellos decía "Zootube app", así que lo seleccionó y se abrió un video. Los demás se acercaron para ver.
El video mostraba un muelle cubierto por una densa neblina, y Elias lo reconoció de inmediato. Vieron la reacción de las bestias, con sus rostros de miedo cuando una bengala iluminó un acorazado que emergía de la niebla. El barco arribó, y los guardias en cubierta se alinearon mientras la pasarela descendía. La cámara hizo un zoom, enfocando a Hughes y a Elias mientras bajaban del barco. La imagen se alejó de nuevo, mostrando las expresiones de horror de Else y Gon, aunque intentaban disimularlo.
Elias miró el video hasta que terminó, inmerso en sus recuerdos.
—Oh, es cuando llegaste —dijo Miguno con un tono calmado, aunque algo nervioso al notar la falta de reacción de Elias. Los demás también se dieron cuenta.
—Ah, sí. No sabía que se vería de esa manera cuando veníamos en el barco, de hecho —respondió Elias, esbozando una leve sonrisa mientras devolvía el teléfono a Miguno—. Gracias por enseñarme a usarlo.
—No hay problema —respondió Miguno, guardando el dispositivo.
Elias miró por la ventana y se dio cuenta de que ya había anochecido.
—Bueno, será mejor que me vaya a dormir —dijo mientras bostezaba, despidiéndose del grupo.
—Los veré mañana, adiós —dijo Elias, despidiéndose mientras caminaba hacia la puerta. Al salir, los demás también se despidieron de él.
Todos se quedaron unos segundos en silencio antes de hablar.
—Bien, ¿qué piensan de él? —preguntó Miguno cuando Elias se fue, dejando al grupo a solas.
—No lo sé, es muy raro —respondió Durham, frunciendo el ceño.
—¿Y quién no lo es? Legoshi es uno de ellos —comentó Voss, captando la atención de todos.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Legoshi, mirando a Voss, quien los observaba desde lo alto de la litera.
—Porque a veces actúas de manera rara, igual que él. Te comportas de un modo silencioso, como si siempre tuvieras algo en la mente pero nunca lo dijeras —explicó Voss.
—Sí, a veces te comportas de manera extraña o te distraes mucho —añadió Collot, apoyando el comentario de Voss.
—Pero al menos conocemos a Legoshi lo suficiente para saber un poco cómo es. Elias, en cambio... —dijo Durham, dejando que el silencio llenara el vacío mientras miraba a los demás.
—Debe de ser muy difícil para él ser el único de su especie aquí, pero se ve que lo está intentando —intervino Legoshi, rompiendo el silencio. Los demás lo miraron y asintieron, reflexionando sobre sus palabras.
—Bueno, creo que tienes razón. Tal vez solo deberíamos darle tiempo para que se acostumbre. Debe sentirse horrible ser el único de su especie aquí —dijo Jack, con un tono comprensivo, mientras los demás aceptaban la sugerencia y volvían a sus actividades cotidianas.
Elias, por su parte, caminó por el pasillo hasta su habitación. Estaba agotado tras un día tan pesado. Abrió la puerta, la cerró detrás de sí y se dejó caer en la cama, boca abajo. Sentía cómo el cansancio se apoderaba de su cuerpo.
—Ahhhh... —suspiró con cansancio, dándose la vuelta para quedar mirando el techo.
—Qué día tan pesado... Y pensar que mañana tendré que salir de nuevo. Pero bueno, será mejor que me prepare para dormir —dijo en voz baja, hablando consigo mismo mientras su mente divagaba, perdida en pensamientos sobre lo que haría mañana.
Uno de ellos notó algo inusual en la cama.
—Hey, Elias dejó esto aquí —dijo Collot, tomando la máscara que había sido olvidada. La levantó para examinarla de cerca. Parecía hecha de un material metálico duro, pero sorprendentemente ligero. Los demás se acercaron para verla mejor. La parte trasera era completamente negra y tenía inscripciones doradas por todo el reverso, escritas en letras pequeñas.
—Wow, esto se ve muy raro —comentó Collot, observando el idioma desconocido en el que estaba escrito. Las inscripciones decían: "Familia supra omnia, Memento vivere, Morior invictus, Deus nobiscum, etcétera."
Todos miraban las palabras con extrañeza, especialmente Jack, quien intentaba comprender su significado. Sacó su teléfono para tomar una foto de las inscripciones, con la intención de investigarlas después.
—Realmente los humanos son raros... ¿No dijo que era un símbolo religioso o algo así? —comentó Durham, sintiéndose un poco incómodo mientras miraba la máscara.
—Bueno, creo que deberíamos devolvérsela —dijo Jack.
—Sí, creo que es lo mejor —respondió Collot, entregándole la máscara. Jack la tomó y salió del cuarto en busca de Elias.
Elias, por su parte, estaba tumbado en su cama, aún agotado por el día. Se incorporó cuando escuchó un golpe en la puerta.
—¡Voy! —exclamó, caminando hacia la puerta para abrirla. —Ah, eres tú, Jack. ¿Qué pasa?
—Dejaste esto en el cuarto —respondió Jack, extendiendo la máscara hacia Elias. Las garras de Jack rozaron el objeto, haciendo que Elias abriera los ojos de par en par y tomara la máscara rápidamente.
La reacción repentina de Elias asustó a Jack, quien retrocedió un poco.
—¿Hice algo malo? —preguntó Jack, alarmado.
—No, no, está bien. Pero gracias por traerla —respondió Elias con una sonrisa forzada.
—Bueno, ya me voy. Hasta mañana —dijo Jack, despidiéndose algo nervioso.
—Sí, hasta mañana —repitió Elias, cerrando la puerta detrás de él.
Jack se quedó pensativo, intentando comprender por qué Elias había reaccionado tan bruscamente. Mientras regresaba a su cuarto, la duda lo acompañaba, ¿había hecho algo malo al devolverle la máscara? Las palabras inscritas en aquel idioma desconocido seguían rondando su mente, llenándolo de curiosidad y algo de inquietud.
Por su parte, Elias sostuvo la máscara por un momento, mirando el lugar donde Jack la había tocado. Se dirigió al baño y la lavó con agua, secándola cuidadosamente antes de dejarla sobre la cama. La observó en silencio, juntando las manos frente a él y cerrando los ojos. Comenzó a murmurar en voz baja, como si recitara algún tipo de plegaria o mantra, hasta que finalmente abrió los ojos y bajó las manos.
—Bien, hora de prepararme para dormir —dijo, tratando de dejar atrás el cansancio del día. Sacó ropa cómoda para dormir y fue al baño para tomar una ducha, buscando relajarse después de una jornada tan extenuante. El agua caliente le ayudó a liberar la tensión acumulada, y al salir, se cambió rápidamente.
Elias preparó su uniforme para el día siguiente, asegurándose de que todo lo que necesitaría estuviera en orden. Luego sacó el teléfono que Hughes le había dado, era similar al que utilizaba Miguno, casi idéntico en apariencia. Lo examinó detenidamente, revisando el manual que acompañaba el dispositivo para aprender cómo encenderlo y cargarlo correctamente.
—Bien, creo que es hora de dormir —murmuró para sí mismo, sintiéndose exhausto.
Se metió en la cama y apagó la luz, dejando que la oscuridad lo envolviera. Cerró los ojos, y poco a poco, sus párpados se volvieron más pesados. El sueño llegó en cuestión de minutos, llevándose consigo las preocupaciones del día y sumiéndolo en un descanso profundo.