ID de la obra: 1047

Beastars The Eden history

Het
R
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2
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planificada Mini, escritos 113 páginas, 63.582 palabras, 4 capítulos
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Capítulo 4 Llegada inesperada

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Elias terminaba sus clases y caminaba por los pasillos de la academia, sintiendo las miradas de todos los que lo observaban a medida que se dirigía a la rectoría para ver qué quería el director. Al llegar, tocó la puerta y entró. —Con permiso —dijo mientras pasaba al área donde se encontraban los maestros. No vio a Aya, pero sí al profesor de biología animal, un oso polar de aspecto imponente, aunque no tan amenazante como el que había conocido en sus primeros días—. Hola, profesor Komuro —lo saludó al verlo. —Hola, Elias. ¿A qué has venido? —preguntó Komuro amablemente. —Vine a ver al director. Me dijo que quería hablar conmigo —respondió Elias, manteniendo el tono cordial. —Ah, sí, pasa, está en su oficina —dijo Komuro, indicándole el lugar. —Gracias —agradeció Elias antes de avanzar hacia la puerta de la oficina del director. Tocó y esperó una respuesta. —Adelante —respondió Gon desde adentro. Elias abrió la puerta y entró, cerrándola tras de sí. Al hacerlo, vio al director Gon sentado detrás de su escritorio, revisando algunos papeles. —Toma asiento, por favor —dijo Gon con seriedad. Elias obedeció y se sentó en una de las sillas frente al escritorio, observando cómo el director dejaba de lado los papeles para mirarlo con atención. —Seguramente te estarás preguntando por qué te he llamado —comenzó Gon—. Y no, no es por la pelea con el profesor Rowen, así que no te preocupes; ese asunto ya está resuelto. La razón por la que te llamé es que quería hablarte sobre el día de biología. No estoy seguro si has tomado esa actividad aún, ¿verdad? Elias frunció el ceño ligeramente, recordando que había visto algo en el itinerario, pero no lo entendía del todo. —No, no la he tomado, y no sé exactamente qué es. ¿Es una clase aparte de biología animal? —preguntó Elias, algo confundido. —No, en realidad es un día que tienen todos los estudiantes para relajarse —explicó Gon—. Como muchos no están en sus hábitats naturales, ofrecemos diversas opciones para ayudarlos a desestresarse. Y precisamente por eso quería hablar contigo. Necesitamos saber qué tipo de entorno podría ser adecuado para ti, dado que no conocemos los hábitats naturales de los humanos. Elias se quedó pensativo un momento, rascándose la cara con un dedo. —Bueno, eso puede variar mucho, director. No todos los humanos nos relajamos de la misma manera, y realmente no tenemos un hábitat natural fijo. Por ejemplo, a mí me relaja estar al aire libre, pero mi hermana prefiere la playa y el sonido del mar. Mi padre, en cambio, encuentra relajante su trabajo. Así que sí, varía bastante entre nosotros —explicó Elias, sonriendo nervioso. Gon lo miró con incredulidad. —¿Entonces me dices que cada humano tiene sus propias preferencias? —preguntó el director, aún asimilando la información. —Sí, es así. Algunos prefieren el frío, otros el calor. Mientras no sea un lugar extremadamente frío o caliente, yo creo que estaría bien —respondió Elias con una sonrisa. Gon exhaló lentamente, procesando lo adaptable que resultaban ser los humanos. —Bueno, entonces podrías intentar cualquiera de los hábitats disponibles. Si no funciona, simplemente tómate el día para relajarte a tu manera —dijo el director, resignado. —Está bien, director. Y, ¿dónde se encuentra el área de biología? No recuerdo haber visto esos salones —preguntó Elias, todavía algo perdido. —Están en la parte baja de la escuela. Solo sigue las escaleras y los encontrarás —indicó Gon, señalando la dirección. Elias se levantó de la silla, agradeciendo al director antes de dirigirse hacia la salida. —Gracias, director. Lo veré luego —dijo despidiéndose. —Espera, Elias —lo detuvo Gon cuando ya estaba en la puerta—. El próximo sábado ven aquí temprano. Necesito hablar contigo sobre algo importante, pero todavía estoy esperando la aprobación. Elias asintió y salió de la oficina, despidiéndose de Komuro en el camino. —Adiós, profesor —dijo mientras se alejaba. —Cuídate, Elias —respondió el oso polar. Bajó las escaleras siguiendo las indicaciones del director, encontrándose con un área amplia y llena de alumnos. Muchos lo miraban al verlo bajar, pero él decidió ignorarlos. Al llegar, observó varias habitaciones con símbolos de distintos animales y contadores de temperatura: algunas eran cálidas, otras muy frías, y algunas más mantenían un ambiente intermedio. Se detuvo frente a una habitación con el símbolo de ovejas, pero luego reconsideró. “Son herbívoros, seguro que saldrían corriendo,” pensó para sí mismo. Luego vio la puerta con el símbolo de lobos y, dudando por un momento, decidió probar suerte. “Si no funciona, la próxima vez iré al club de jardinería,” se dijo. Tomó aire y exhaló antes de abrir la puerta. Al cruzar el umbral y cerrar la puerta detrás de él, sintió de inmediato las miradas curiosas de los ocupantes. El ambiente era semi oscuro, iluminado por una luz artificial que imitaba la luna. Mientras sus ojos se adaptaban, una voz familiar resonó en la penumbra. Elías se giró rápidamente al escuchar su nombre, encontrándose con Juno que se acercaba a él con una expresión de sorpresa. Más allá, vio a Legoshi, que también se ponía de pie, observándolo con una mezcla de curiosidad e incertidumbre. —E-Elías, ¿qué haces aquí? —preguntó Juno, acercándose un poco más. Elías tragó saliva, sintiéndose incómodo con todas las miradas fijas en él. No sabía cómo responder. —Ah... bueno... —comenzó a decir, sin encontrar las palabras adecuadas. —¿Estás perdido? —intervino Legoshi, que ahora estaba frente a él—. Este es el hábitat de los lobos —añadió con amabilidad, pero con un tono de preocupación. Elías negó con la cabeza, tratando de calmar sus nervios. —No, no estoy perdido —respondió finalmente—. ¿Recuerdan que el director quería hablar conmigo? —preguntó, mirando a ambos. Juno y Legoshi asintieron, recordando la breve conversación que habían tenido con el director. —Bueno, fue por esto —continuó Elías—. Me dijo que podía tomar el día de biología en cualquiera de los hábitats si encontraba uno disponible. Los lobos a su alrededor comenzaron a murmurar entre ellos, sorprendidos por lo que escuchaban. Elías sintió cómo se incrementaban los nervios al notar las miradas inquisitivas de todos. —¿Y cuál es la razón? —preguntó Juno, frunciendo el ceño. Elías respiró hondo antes de hablar, tratando de sonar lo más natural posible. —La razón es que no tengo un hábitat... —explicó, su voz titubeando ligeramente—. Bueno, en realidad, los humanos no tenemos uno en común, así que puede variar. Los lobos se quedaron en silencio, incapaces de procesar lo que Elías acababa de decir. Para ellos, cada especie tenía un hábitat natural que definía su vida y su comportamiento, así que la idea de no tener un lugar específico les resultaba inconcebible. —¿Quieres decir que... los humanos no tienen un hábitat? —preguntó Legoshi, con una mezcla de asombro y escepticismo. —Sí, es así —respondió Elías—. Como le expliqué al director, para nosotros, cualquier lugar puede ser agradable siempre que no sea demasiado frío o demasiado caliente. Aunque algunos prefieren climas muy fríos y otros climas cálidos. El silencio continuó mientras los lobos trataban de asimilar esta información. La incredulidad estaba presente en las miradas de todos. —Bueno, si tú lo dices... —comentó Legoshi con una leve sonrisa, aunque la duda persistía en su tono. Observó cómo Elías se adentraba en el área, buscando un lugar para sentarse. Juno y él lo siguieron, tomando asiento a su lado. Elías se dejó caer sobre el banco, sintiendo el peso de las miradas curiosas que seguían sobre él. Respiró profundamente y miró hacia arriba, donde la luz artificial simulaba un cielo nocturno. —¿Sabes? —dijo después de un momento de silencio—. De alguna manera, esto me recuerda a mi hogar. Legoshi lo miró con interés. —¿Por qué lo dices? Elías sonrió con un toque de nostalgia. —Porque, a veces, por las noches, solía salir a ver el cielo. Observaba las estrellas mientras el viento mecía suavemente los árboles y el sonido de los grillos llenaba el aire. —Suena muy relajante —dijo Juno, con un brillo en sus ojos al imaginar lo que Elías describía. —Ah, pero no es lo único —añadió Elías—. Una vez, fui con mi hermana y un amigo a un campo de flores durante la noche. Pudimos ver cómo miles de luciérnagas salían volando, iluminando todo el campo. Fue algo realmente increíble. Juno se dejó llevar por la emoción, intentando visualizar la escena en su mente. —Debe ser maravilloso —dijo, casi susurrando. Mientras tanto, los lobos alrededor escuchaban con atención, fascinados por las palabras de Elías. La forma en que hablaba de su hogar y los recuerdos que compartía despertaban en ellos una mezcla de curiosidad y asombro, como si por un momento, a través de sus palabras, pudieran ver el mundo desde los ojos de un humano. Elías, por su parte, sintió que, por primera vez desde que había llegado allí, estaba logrando una conexión con los demás, aunque fuera pequeña e incierta. —Me encantaría poder verlo en persona —dijo Juno con un toque de anhelo en su voz. Elías sonrió levemente, pero su expresión se congeló cuando Juno agregó algo que hizo que todos en la sala voltearan hacia ella rápidamente. —Podría acompañarte durante las vacaciones de verano —propuso con firmeza. El silencio que siguió fue abrumador. La sonrisa de Elías se desvaneció, y antes de que pudiera reaccionar, un coro de exclamaciones llenó el aire. —¿¡Quéeeee!? —gritaron todos al unísono, el caos estallando de inmediato. —¡¿Te has vuelto loca, Juno?! —gritó uno de los lobos, con el rostro desencajado por la sorpresa. —¡Sí, por qué querrías ir a la isla de los demonios! —añadió otro, visiblemente preocupado. —¿Estás bien, Juno? ¿Comiste algo que te hizo daño? —le preguntó una loba con genuina preocupación. Mientras todos hablaban al mismo tiempo, Elías observaba la conmoción, sin saber qué hacer. Incluso Legoshi parecía atónito, sin encontrar las palabras para intervenir. —¡Por favor, no sean tan groseros! —exclamó Juno, mirando a todos con expresión molesta—. Solo tengo curiosidad, y también quiero ver con mis propios ojos lo que Elías ha descrito. —¡Pero qué tal si te hacen lo mismo que en esas historias espantosas! —dijo uno de los lobos, con voz temblorosa. —¡No juzguemos a toda una población por un montón de historias viejas! —replicó Juno, levantando la voz, aún enfadada por los comentarios. Aprovechando la distracción, Elías decidió salir del lugar sin que nadie se diera cuenta. Se levantó lentamente y, con una sonrisa forzada, empezó a caminar hacia la puerta. Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarla, Juno se interpuso en su camino, bloqueando la salida y mirándolo fijamente. Elías sintió que empezaba a sudar frío, su incomodidad evidente en su expresión. Legoshi, al ver la situación, se levantó para intervenir. —Espera, Juno, no lo presiones. Si no quiere, no tiene por qué responder —dijo con calma, tratando de apaciguar el ambiente. —Pero... —Juno comenzó a protestar, pero Elías la interrumpió. —Realmente no lo sé, Juno —dijo Elías, mirándola con seriedad—. En primer lugar, no estoy seguro de que te permitan ir, y en segundo lugar, no sé qué tan peligroso podría ser para ustedes allí. No quisiera que alguien saliera herido por mi culpa. —Hizo una pausa, sintiéndose un poco culpable por lo que estaba a punto de decir—. No quiero decepcionarte, pero quizás la gente de mi país no sea tan amigable como yo. Y no puedo estar seguro de eso. Juno bajó las orejas con tristeza, y su expresión abatida hizo que Elías se sintiera aún peor. —Está bien... —dijo Juno en voz baja, sin poder ocultar la decepción en su tono. Elías suspiró, intentando buscar una manera de suavizar la situación. —Bueno, podría mencionárselo al ministro, pero eso dependería de su respuesta. No puedo prometerte nada. —¡¿En serio?! —respondió Juno, su expresión cambiando de inmediato a una sonrisa radiante. Elías asintió, sintiendo una mezcla de alivio y culpa. Aunque había dejado una pequeña puerta abierta, sabía que no sería sencillo, y solo esperaba que Juno no se ilusionara demasiado con la posibilidad. —¿¡Espera, de verdad quieres ir!? —preguntó Legoshi, sin poder creerlo, sus ojos bien abiertos por la sorpresa. —¡Sí, realmente quiero ver el hogar de Elías! ¡Vamos, Legoshi, ¿no tienes curiosidad?! —respondió Juno con entusiasmo, mirando a Legoshi con expectativa. La chispa en su mirada reflejaba la emoción que sentía ante la idea. Legoshi se quedó pensativo por un momento, rascándose el mentón. —Bueno... también siento algo de curiosidad —admitió tranquilamente, aunque su inquietud era evidente. La propuesta de Juno lo hacía sentirse un poco nervioso. —¡¿Ves?! Tú también quieres saber cómo es allá —insistió Juno, más animada al ver que no era la única con interés en descubrir el lugar de donde venía Elías. Elías los escuchaba con atención, y al mismo tiempo observaba cómo los demás lobos discutían entre ellos, la tensión evidente en el ambiente. No quería darles falsas esperanzas ni decepcionarlos, pero tampoco podía ignorar el entusiasmo que despertaba en ellos. Sintiendo la presión, decidió cambiar de tema y escabullirse. —Bueno, creo que será mejor que me vaya al club de música —dijo Elías, sonriendo nerviosamente mientras se dirigía hacia la puerta. —Espera, ¿les dirás para que me dejen ir? —Juno lo detuvo antes de que saliera, mirándolo con ojos brillantes y tiernos, llenos de esperanza. —S-sí, veré qué me dicen —respondió Elías, intentando sonar convincente, aunque su voz traicionaba cierta inseguridad. Retomó su camino hacia la salida, cerrando la puerta detrás de él con un leve suspiro de alivio. Una vez fuera, dejó escapar todo el nerviosismo que había estado conteniendo. —¿De verdad voy a hacer esto? —se susurró a sí mismo, cuestionándose si era una buena idea llevar adelante esa conversación con el ministro. Decidido a despejar su mente, se dirigió al club de música. Tal vez tocar un poco lo ayudaría a calmarse y a ordenar sus pensamientos. Haru estaba ocupada cuidando sus flores cuando escuchó el sonido de la puerta abriéndose. Al voltear, vio a Legoshi entrando al jardín. —Ah, hola. Por aquí —lo saludó con una sonrisa, acercándose. —¿Qué te trae por aquí? —preguntó con su voz tranquila. —Solo vine a ver si necesitabas ayuda con algo —respondió Legoshi, en su tono calmado de siempre. Haru lo miró, sorprendida por un momento. "Normalmente nadie es así de amable conmigo, pero él es diferente. No hicimos nada especial, y aun así viene solo para verme", pensó mientras lo observaba. —Bueno, ya que estás aquí, podrías ayudarme a mover algunas macetas —sugirió, señalando el lugar. Juntos, comenzaron a mover las macetas según las indicaciones de Haru. Tomaron algunos minutos en terminar, y cuando lo hicieron, Legoshi se inclinó, agachándose hasta quedar a la altura de los ojos de Haru. Ella rió suavemente al notar su gesto. —¿Por qué haces eso? —preguntó con una sonrisa divertida—. Es raro verte actuar así. —Para poder verte y escucharte mejor —respondió Legoshi con sinceridad. Haru soltó una risa ligera. —Creo que es muy dulce de tu parte querer hacer contacto visual conmigo. ¿Pero no te lastimas la espalda? —dijo amablemente, con una chispa de humor en su tono. —No te preocupes, no me duele —replicó Legoshi con tranquilidad. Entonces, Haru lo miró fijamente a los ojos, un brillo curioso en su mirada. —Legoshi, ¿puedo preguntarte algo? —Sí, claro. ¿Qué es? —dijo Legoshi, mientras Haru tomaba uno de sus dedos con sus pequeñas manos. El contacto hizo que un escalofrío recorriera la espalda del lobo, poniéndolo visiblemente nervioso. —¿Qué soy para ti? —preguntó Haru, su voz suave pero directa. La pregunta lo dejó desconcertado, sin saber cómo responder. Balbuceó, intentando encontrar las palabras adecuadas. —Lo siento, fue una pregunta extraña —dijo Haru, soltándole el dedo. —Pero ahora lo entiendo. Podemos ser buenos amigos —añadió alegremente, volviendo a regar las plantas. Legoshi se quedó en silencio, reflexionando sobre la pregunta, cuando de repente Haru cambió de tema. —Por cierto, Legoshi, Elías estuvo aquí —mencionó casualmente, sacándolo de sus pensamientos. —¿Elías vino aquí? ¿Lo conociste? —preguntó Legoshi, confuso. —Sí, al principio pensé que eras tú, pero cuando salí lo vi sentado en la banca de allí —respondió Haru, mientras seguía regando. —¿Y qué te pareció? —Legoshi tenía curiosidad por saber cómo lo percibían los herbívoros, en especial Haru. —Al principio me pareció aterrador; quise salir corriendo. Pero es amable, aunque hay algo en él que me recuerda un poco a ti —dijo Haru, pensativa. Legoshi se sintió intrigado. —¿En qué aspecto se parece a mí? —Es igual de extraño que tú, o quizás un poco más. Desde que te conocí, no he podido leerte del todo, y él actúa de manera similar —explicó Haru, sonriendo—. Pero, de cierta manera, es tan agradable como tú. Legoshi asintió lentamente. —Supongo que sí. Los humanos son muy raros. Tanto, que cuando estaba en el día de biología, él entró al hábitat de nosotros y nos dijo que podía estar en cualquier lugar. —Mmm... supongo que sí son raros —comentó Haru, riendo suavemente—. Pero bueno, gracias por venir a ayudarme. —Sí, de nada. Creo que ya debería irme; no quiero que se molesten porque no estoy en el club. Te veré luego —se despidió Legoshi, dándose la vuelta. —Espera, hay algo que quería decirte antes de que te fueras —lo llamó Haru, haciéndolo detenerse. Legoshi se giró para verla. —¿Qué pasa? —¿Te gustaría acompañarme a la cafetería para cenar? Quisiera agradecerte por ayudarme —le propuso Haru con una sonrisa amable. —S-sí, claro —respondió Legoshi, un poco nervioso. —Bien, ahí te esperaré —dijo Haru, sonriendo con gratitud. Legoshi asintió y se despidió de ella, encaminándose al club de drama. Mientras caminaba, no podía dejar de pensar en la pregunta de Haru. "¿Qué es para mí? De cierta manera, me gusta pasar el tiempo con ella. No siento que sea como una presa, entonces, lo que siento por ella... ¿es real?" Siguió caminando, perdido en sus pensamientos, hasta que finalmente llegó al club. Legoshi abrió la puerta del club de teatro y entró. Dentro, los miembros practicaban sus escenas y ensayos, apenas notando su llegada. Algunos le lanzaron miradas rápidas antes de volver a lo suyo. —¡Hey, Legoshi! ¿Dónde estabas? —lo saludó Bill, acercándose con curiosidad. —Estaba ayudando a alguien —respondió Legoshi con su tono tranquilo de siempre. Bill le dio una palmada en el hombro, con una sonrisa animada en su rostro. —¡Nos han informado que todos los clubes van a participar en el Festival del Meteorito este año! Y adivina qué, nosotros estaremos a cargo de la decoración —dijo Bill emocionado. —De nuevo nos toca la decoración —comentó Legoshi con serenidad, sin sorpresa en su voz. —Sí, pero, ¿sabes lo que significa? ¡Todos saldremos a la ciudad! —exclamó Bill, entusiasmado por la idea. Legoshi se quedó pensativo. —La ciudad... Tengo tiempo que no voy —murmuró, recordando sus últimas visitas. —¡Vamos! Podremos ir a muchos sitios interesantes… además, ¿por qué no invitas a tu amigo humano? —sugirió Bill con entusiasmo. Al escucharlo, Tao y Aoba, que estaban cerca, voltearon la cabeza, mientras los demás miembros del club comenzaban a emocionarse con la idea de salir. —¿Invitar al humano? ¿Qué te pasa, Bill? Quizás ni siquiera lo dejen salir del campus —dijo Aoba, frunciendo el ceño ante la propuesta. —Sí, yo también creo que no sería una buena idea —añadió Tao, coincidiendo con Aoba—. Podría ser peligroso para él, y llamaría demasiado la atención. Legoshi se quedó en silencio unos segundos, pensando en las palabras de sus compañeros. Finalmente, habló. —No lo sé, Bill. Aoba tiene razón. No creo que lo dejen salir fácilmente, especialmente porque podría ser arriesgado para él —dijo Legoshi, tratando de hacerle entender la situación. Bill se cruzó de brazos, aunque todavía se le notaba el entusiasmo. —Puede que tengan razón, pero yo creo que si todos vamos a salir para ayudar en el festival, a lo mejor lo dejan acompañarnos. Después de todo, es parte de la cooperación, ¿no? —insistió, sin rendirse del todo. En ese momento, Sanu, el director del club, habló en voz alta, captando la atención de todos. —¡Bien, chicos! Ya saben lo que hay que hacer para el Festival del Meteorito. Necesitamos ir al almacén del club y comenzar a preparar los materiales para la decoración —dijo con amabilidad. Sin más dilación, todos empezaron a moverse y salir del edificio del club para dirigirse al almacén. Mientras caminaban, Legoshi no podía dejar de pensar en la idea de Bill. “¿Sería realmente posible que Elías pudiera acompañarlos? ¿O sería mejor que no se arriesgara a salir de la academia?” La idea rondaba en su mente mientras avanzaban hacia su destino. Elías terminó de tocar un acorde en la guitarra de Miguno, demostrando cómo lograr un sonido más melodioso. —Bueno, la tocas de esta manera para que se oiga un poco más suave —le explicó, mostrando algunas notas con cuidado. —¡Ah! Así es como lo tocaste la vez pasada —dijo Miguno, observando con atención, sonriendo mientras recibía nuevamente la guitarra y empezaba a intentarlo por su cuenta. Después de unos intentos, Miguno logró tocar de la misma manera que Elías. Los otros dos compañeros del club simplemente los observaban en silencio. —Oye, Elías, ¿quién te enseñó a tocar la guitarra? —preguntó Miguno, mirándolo desde el banco donde estaba sentado, con curiosidad. —Mi abuelo me enseñó cuando era niño... siempre fue una persona amable —respondió Elías con un tono nostálgico, recordando a su abuelo. Miguno lo miró sorprendido. —¡Entonces aprendiste desde pequeño! —exclamó con admiración. —Sí, prácticamente era lo único que hacía en mis días libres. Mi hermana también tocaba, pero ella prefería cantar. Allá no hay mucho que hacer, así que o pierdes el tiempo o te dedicas a practicar algo —dijo Elías mientras se sentaba en una silla frente a ellos. —Yo de niño solo me la pasaba cazando insectos —dijo Miguno riendo, recordando sus propias experiencias infantiles. —Por cierto, Miguno, quería preguntarte algo —dijo Elías, con curiosidad en su voz—. ¿Qué es eso del Festival del Meteorito? He visto carteles por toda la escuela. —¡Ah, se me olvidaba que no eres de aquí! —respondió Miguno, rascándose la cara con un dedo—. Bueno, te explico. Es un festival en el que rendimos tributo a los espíritus de los dinosaurios. Se celebra todos los veranos porque es cuando se cree que encontraron su fin. Elías lo miró curioso, pero algo confundido. —¿Te refieres a los animales jurásicos? —preguntó, tratando de entender el motivo de tal celebración. —Sí, exacto. Se dice que somos descendientes de ellos —explicó Miguno, sonriendo al ver la expresión de confusión en el rostro de Elías. Elías se quedó pensativo. ¿Me pregunto si realmente saben la verdad? Pensó, pero decidió no decir nada, limitándose a mirar con una expresión de perplejidad. —¿Qué pasa, Elías? —preguntó Miguno, notando su silencio y mirándolo un poco preocupado. —Nada, solo estaba pensando en algo... Pero dime, ¿dónde lo harán? —respondió Elías con una sonrisa forzada para disipar la preocupación. —Será fuera de la escuela, en una plaza de la ciudad. Todos los clubes participarán para ayudar —explicó Miguno con entusiasmo. La preocupación se instaló en el rostro de Elías. —No... creo que me dejen ir —dijo con un tono de nerviosismo. —Ah, lo siento, lo olvidé. Como eres humano... tal vez sea muy peligroso para ti salir —dijo Miguno, sintiéndose un poco avergonzado por haber olvidado esa realidad. —Sí, creo que sería mejor que te quedes aquí. Hoy hubo un caso de depredación, salió en las noticias —comentó otro compañero que tocaba el bajo, sin darse cuenta del impacto de sus palabras. Miguno rápidamente volteó hacia él, mirándolo con una expresión de advertencia, como si quisiera que no mencionara más. —¿Depredación? ¿Qué es eso? —preguntó Elías, intrigado por la reacción de Miguno, que claramente le estaba ocultando algo. Miguno se dio la vuelta riendo nerviosamente. —¡Ah, no te preocupes, no es nada! —dijo, intentando disimular, pero la expresión de Elías mostró confusión y curiosidad. —¿Qué? ¿Uno de ustedes se comió a alguien? —bromeó Elías, pero al ver las caras de nerviosismo en sus compañeros, su preocupación creció. El silencio se hizo pesado y finalmente Miguno habló. —Bueno... Elías, no queremos que te asustes ni que nos temas, pero... prácticamente, algunos carnívoros no pueden controlar su anhelo por la carne —explicó Miguno, con un tono serio y triste. Elías, aunque visiblemente preocupado, mantuvo la calma. —Bueno, había oído algo como eso antes —respondió tranquilamente, aunque la tensión era palpable. —¿Ya sabías de eso? —preguntó Miguno, sorprendido. —Sí, nos lo cuentan desde que somos niños... tú sabes por qué —respondió Elías, recordando lo que había compartido con Legoshi, Jack y él sobre el contenido del libro que había traído consigo. Miguno asintió, recordando ese momento incómodo. —Ah, sí... —respondió nerviosamente Miguno, pero antes de que el silencio se hiciera incómodo, Elías sonrió. Los otros dos compañeros del club de música intercambiaron miradas de confusión. No entendían de qué hablaban Miguno y Elías. —No te preocupes. En realidad, me gustaría poder convivir más con ustedes —dijo Elías con calma, sonriendo de forma genuina. Miguno sonrió también, aliviado por la reacción de Elías. —Sí, supongo que sería bueno —dijo, intentando relajarse. En ese momento, alguien tocó la puerta del aula donde estaban. La puerta se abrió lentamente, y la profesora Aya entró con una sonrisa. —Con permiso —dijo amablemente mientras entraba. —Hola, profesora Aya —saludaron todos al unísono. —Hola —respondió Elías amablemente. —Oh, Elías, te estaba buscando. Vine a hablarte sobre el festival —dijo Aya con su tono alegre habitual. —Ah, sí, estábamos hablando de eso justo ahora —dijo Elías, riendo nerviosamente mientras se pasaba una mano por detrás de la cabeza, visiblemente incómodo. —Entonces ya sabes sobre la festividad, ¿verdad? —preguntó Aya. Elías asintió. —Bien. El director me envió para decirte que podrás ir si así lo deseas, junto con los miembros de tu club. La plaza estará vigilada, así que no tienes de qué preocuparte —le explicó amablemente. —S-s-sí, profesora —respondió Elías, todavía nervioso, pero tratando de ocultarlo con una sonrisa. —Muy bien, entonces hasta mañana —dijo Aya, despidiéndose mientras salía del aula. Elías seguía en shock, sin reaccionar del todo. Sus compañeros no podían creerlo, y Miguno, notando el nerviosismo en Elías, se acercó. —Oye, ¿estás bien? —preguntó Miguno, intentando aliviar la tensión. Elías respiró hondo y asintió, aunque aún algo nervioso. —Sí, solo... no esperaba poder salir —respondió, mirando a Miguno con una sonrisa forzada. Miguno trató de aliviarlo. —No te preocupes, le diré a los demás para que nos acompañen. ¿Qué dices? —preguntó con una sonrisa tranquilizadora. Elías trató de calmarse, pero aún tenía en mente la carta que debía enviar al ministro Hughes, y ahora, con esta nueva situación, todo parecía acumularse. Empezaba a dudar, pero finalmente tomó una decisión. —Sí, quiero ir, pero ¿estás seguro de que podrán soportar la presión de tener tantas miradas sobre nosotros? —preguntó Elías, mirándolo un poco más tranquilo. —Sí, no creo que sea tan malo —respondió Miguno con una sonrisa, intentando que Elías confiara un poco más en él. —Está bien —respondió Elías, finalmente cediendo ante la insistencia de Miguno. Este sonrió, y Elías comenzó a sentirse un poco más aliviado. —Bueno, será mejor que sigamos practicando. Si quieres, después te enseño otros acordes —sugirió Elías con amabilidad. Miguno asintió, y los otros dos compañeros también estuvieron de acuerdo. Los tres comenzaron a tocar de nuevo, y aunque Elías mantenía el ritmo, su mente seguía ocupada pensando en lo que podría pasar el día que saliera de la academia a la ciudad. El día pasó hasta que todas las actividades terminaron. Haru esperaba a Legoshi afuera de la cafetería, sentada en uno de los escalones, bajo la luz tenue de la tarde. "Me pregunto si vendrá", murmuró para sí misma, dudando si Legoshi realmente aparecería. De repente, sintió una presencia detrás de ella y se giró para encontrarse con él. A pesar de su aspecto intimidante, Haru pensó para sí: "Qué raro es... bueno, después de todo, así es él". —Hola, Legoshi —saludó Haru amigablemente. Legoshi, con su rostro serio de siempre, rápidamente se agachó al nivel de sus ojos. —Hola, Haru. Ya vine —dijo con voz alegre, aunque su expresión no lo mostraba. —Bien, vamos —contestó ella con una sonrisa. Entraron juntos en la cafetería, tomaron su comida y se sentaron en una mesa. Para que Haru pudiera estar a la misma altura, Legoshi le ofreció su mochila para que se sentara sobre ella. Algunos de los estudiantes que estaban en la cafetería comenzaron a observar la escena con curiosidad. —Mira eso, un lobo y una coneja comiendo en la misma mesa —comentó uno de los estudiantes en una mesa cercana. —Esto no se ve todos los días —respondió su compañero, asombrado. A pesar de las miradas curiosas a su alrededor, Haru y Legoshi no prestaron atención. Mientras Haru comía tranquilamente, Legoshi simplemente la miraba, con el mismo rostro inexpresivo de siempre. —¿Qué pasa? ¿Por qué no estás comiendo? —preguntó Haru al notar que no había tocado su comida. —¡Ah! Sí —respondió Legoshi apresuradamente, comenzando a comer de inmediato. Haru rió un poco ante su reacción repentina; parecía muy nervioso. —Oye, ¿qué tal te fue hoy? Oí que estarán a cargo de la decoración otra vez —dijo Haru sonriéndole. —Bien, solo que nos dijeron que los herbívoros no pueden ir, pero en general todo está bien —respondió Legoshi, intentando sonar tranquilo aunque en realidad se sentía algo nervioso. —Sí, me avisaron de lo que pasó, pero supongo que pronto se solucionará —contestó Haru con calma mientras continuaba comiendo. Legoshi, buscando algo más que decir, se quedó pensativo. No quería que la conversación muriera tan rápido. —Y... ¿cómo estuvo tu día? —preguntó finalmente, sin estar seguro de qué más decir. Haru lo miró y sonrió ligeramente antes de responder. —Pues, fue un día tranquilo, como siempre. Fui al jardín a revisar las flores, luego tuve clases y... bueno, aquí estoy —dijo con un tono despreocupado. Legoshi asintió mientras la escuchaba, sintiendo una mezcla de alivio y nerviosismo. Hablar con Haru siempre le resultaba un poco complicado; no porque no quisiera, sino porque no sabía cómo expresar lo que sentía. Haru, por otro lado, parecía tomarlo con naturalidad, como si el hecho de estar juntos en ese momento fuera lo más común del mundo. Legoshi escuchaba lo que Haru decía, pero su mente estaba ocupada en sus propios pensamientos. "Siento que avanzo lentamente con ella, como si estuviera en una cinta, pero no siento que vaya hacia ningún lado," reflexionaba mientras la conversación fluía de manera superficial. Haru hablaba de algunos detalles del día, pero Legoshi no podía evitar pensar: "Realmente no sé de qué más hablar con ella." Ambos terminaron su comida casi al mismo tiempo. Haru, al ver que Legoshi no había hablado mucho desde que se sentaron, también se perdió en sus propios pensamientos. "No ha dicho casi nada... después de todo, somos muy diferentes, aunque es extraño. Es agradable de cierta manera," pensaba Haru mientras una pequeña sonrisa cruzaba su rostro. De repente, Haru se levantó para dejar su bandeja, sorprendiendo a Legoshi, quien se salió de su ensoñación. "Lo siento, Legoshi, pero no sé si esta amistad realmente funcione. Somos tan diferentes," pensaba Haru mientras él la seguía, levantándose también y dejándola atrás solo un momento antes de alcanzarla. —Haru... ¿quieres que te acompañe a tu dormitorio? —preguntó Legoshi mientras dejaba su bandeja, intentando encontrar una excusa para pasar más tiempo con ella. —Sí, claro —respondió Haru con una sonrisa, y Legoshi sintió un pequeño estremecimiento de alegría que movió ligeramente su cola. Salieron juntos de la cafetería, con Legoshi cargando su mochila mientras la acompañaba hasta los dormitorios. Ninguno de los dos decía nada mientras caminaban por el campus. La atmósfera tranquila de la tarde los rodeaba, aunque ambos parecían sumidos en sus propios pensamientos. "¿Debería decirle algo? ¿Pero de qué le hablaré?" Legoshi se preguntaba, sintiéndose frustrado consigo mismo. Mientras miraba hacia abajo, notó que el zapato de Haru estaba desabrochado, lo que le dio una oportunidad de interactuar. Se detuvo de repente, y Haru, al notarlo, se giró con una expresión confundida. —¿Qué pasa? —preguntó ella. Legoshi se agachó con rapidez y le ató el zapato con delicadeza. —Tenías el zapato desabrochado —explicó mientras alzaba la vista para mirarla. Los ojos de Haru brillaban bajo la tenue luz que los rodeaba, y en ese momento, se quedaron mirando fijamente el uno al otro. Los ojos de Legoshi reflejaban una mezcla de ternura y vulnerabilidad, mientras Haru notaba la profundidad en su mirada, así como la forma en que su nariz se movía ligeramente, como si tratara de captar algo más allá de lo físico. —Mhhh, gracias por abrochármelo... —dijo Haru, casi susurrando, sin apartar la vista de él. El tiempo pareció detenerse durante unos segundos, hasta que Legoshi, repentinamente consciente de la situación, se levantó rápidamente. —Ah, sí, de nada... vamos —dijo, retomando el camino. Haru, un poco desconcertada, lo siguió hasta la entrada del dormitorio. Al llegar, Haru se detuvo y se giró hacia él con una sonrisa suave. —Bien, aquí es. Muchas gracias, Legoshi —le agradeció amablemente, con esa pequeña sonrisa que hacía que todo dentro de él se sintiera un poco más ligero. Legoshi asintió con torpeza, sintiendo que ese momento, aunque pequeño, había sido importante para ambos. —Sí, nos vemos —respondió Legoshi, despidiéndose de Haru mientras la veía entrar al dormitorio. Se quedó mirando la puerta por unos segundos más, hasta que ella desapareció de su vista. Solo entonces se dio la vuelta y emprendió su camino de regreso a su propio dormitorio, donde lo esperaban sus compañeros de cuarto. Mientras caminaba, su mente no dejaba de dar vueltas a la conversación que había tenido con Haru y los pequeños momentos que compartieron. "Bien, creo que por ahora sé que realmente no se siente incómoda con mi presencia," se susurraba a sí mismo, tratando de convencerse de que las cosas no iban tan mal como a veces sentía. Sin embargo, la duda persistía. El pensamiento sobre la pregunta que le hizo al mediodía seguía rondándole la cabeza. "¿Qué es para mí?" Legoshi no podía encontrar una respuesta clara. Era como si las palabras se escaparan cada vez que intentaba darles forma en su mente, y esa incertidumbre lo inquietaba. Sumido en esos pensamientos, caminó lentamente hacia el dormitorio, sintiéndose atrapado en la misma sensación de estar en un camino sin un destino claro. El sol de la mañana iluminaba el dormitorio cuando los primeros rayos entraron por la ventana, bañando la habitación en una suave luz dorada. Jack y los demás seguían dormidos plácidamente, hasta que un fuerte golpe en la puerta los hizo despertar bruscamente. —¿Qué? ¿Qué pasa? —murmuró Durham, todavía medio somnoliento, al incorporarse en su cama. —No lo sé, alguien está tocando —respondió Collot, estirándose en su cama y parpadeando para despejarse. —Hoy es sábado, ¿por qué nos están despertando tan temprano? —se quejó Voss desde su litera, con el tono irritado de alguien que no ha tenido suficiente sueño. Miguno bostezó largamente mientras se incorporaba, su expresión reflejaba el cansancio. —¿Qué pasa? Apenas son las seis de la mañana —comentó, frotándose los ojos. A pesar de todo el ruido, Legoshi seguía profundamente dormido, aparentemente inmune al alboroto. Jack fue el único que se levantó sin dudarlo y, aún medio adormilado, se dirigió hacia la puerta. —Voy, voy... —bostezó, abriendo la puerta y encontrándose con la ama de llaves. Al verla, se despabiló rápidamente. —¿Qué sucede? —preguntó Jack, ya más despierto. —Todos deben ir al auditorio por orden del director. Prepárense y vístanse —informó la ama de llaves con tono firme. —Ah, sí, entendido —respondió Jack, aún sorprendido. —No se demoren —agregó la ama de llaves antes de retirarse para avisar a otros estudiantes. Jack cerró la puerta y se giró hacia sus amigos. —Chicos, hay que ir al auditorio. Prepárense. —Ah, qué molesto, quería dormir un poco más —refunfuñó Durham, sentándose en la cama y rascándose la cabeza. —¿Ahora qué será? —dijo Collot mientras se levantaba para comenzar a vestirse. —Quizá sea algo del festival, ya que la mayoría va a ayudar —comentó Voss mientras buscaba su ropa. Mientras todos discutían sobre lo que podría estar ocurriendo, el ruido finalmente despertó a Legoshi, quien abrió la cortina de su cama con un ligero crujido. —¿Qué pasa? ¿Por qué están levantados tan temprano? —preguntó, asomando la cabeza con expresión adormilada. —Hay que ir al auditorio —respondió Jack, avisándole del mensaje. Legoshi dejó escapar un largo suspiro mientras se estiraba para despejarse. —¿Tan temprano? Me pregunto qué habrá pasado —dijo mientras salía de la cama y comenzaba a alistarse para unirse a los demás. Cuando todos estuvieron listos, salieron del cuarto y comenzaron a dirigirse hacia el primer piso. En el ascensor, Jack se dio cuenta de que no habían visto a Elias en ningún momento. —¿Oigan, creen que Elias ya se haya levantado o deberíamos esperarlo? —preguntó Jack, mirando a sus compañeros. —No lo sé, tal vez ya haya salido. Sabes que suele levantarse muy temprano —respondió Miguno desde atrás, encogiéndose de hombros. Jack asintió y el grupo continuó su camino, uniéndose a la corriente de estudiantes que se dirigían al auditorio, cada uno con su propia especulación sobre lo que podía estar ocurriendo. Jack y los demás caminaron junto a la multitud de estudiantes mientras el sol apenas comenzaba a despuntar en el horizonte, llenando el cielo de tonos dorados y anaranjados. A medida que se acercaban al auditorio, miraban alrededor en busca de Elias, pero no lograban verlo entre la multitud. Supusieron que ya estaría adentro. Al llegar, encontraron el auditorio abarrotado y se abrieron paso entre los asientos hasta tomar unos lugares en la parte delantera. Jack echó un vistazo a su alrededor, tratando de divisar a su amigo en medio del mar de estudiantes. —¿Oigan, ven a Elias? —preguntó, girando la cabeza para mirar en todas direcciones. —No, tal vez se sentó en la parte de arriba —respondió Legoshi, también buscando con la mirada sin éxito. A medida que los estudiantes llenaban el auditorio, los murmullos y las conversaciones crecían en intensidad. Todos se preguntaban por qué los habían convocado tan temprano. Algunos especulaban que tenía que ver con el festival próximo, mientras otros simplemente se quejaban del horario. Fue entonces cuando el director Gon apareció en el podio, y el bullicio se desvaneció lentamente mientras todos guardaban silencio para escucharlo. Golpeó ligeramente el micrófono para probarlo y luego comenzó a hablar con voz firme. —Primero que nada, les pido una disculpa por haberlos levantado tan temprano —dijo, mirando a la audiencia con una ligera sonrisa—. Sé que no es fácil, pero les aseguro que es por una buena razón. Quisiera agradecerles a todos por el esfuerzo de estar aquí. Gon hizo una pausa, y luego continuó: —Hoy quisiera agradecerles de tratar al nuevo estudiante, Elias Wulfhart. Elias, por favor, acércate. Desde detrás del escenario, Elias apareció caminando hacia el director, con una expresión que mezclaba nerviosismo y una tímida sonrisa. Se colocó al lado de Gon, quien le palmeó el hombro con gesto amistoso. —Como uno más de los nuestros, Elias ya lleva una semana aquí y he visto cómo ha empezado a hacer amigos. Me alegra ver que lo están tratando bien y que se ha integrado con entusiasmo —añadió el director, mirando al público con orgullo. Jack y los demás observaron con sorpresa. —¿Quién lo diría? Ahí está, en el escenario —dijo Collot, mirando a Elias. —¿Nos despertaron solo para decirnos esto? —añadió Durham, claramente molesto por haber sido despertado tan temprano sin que pareciera haber un motivo importante. —No lo creo... tal vez hay algo más —respondió Legoshi, con los ojos fijos en el escenario. Gon sonrió al público, notando el creciente murmullo y la curiosidad palpable en el aire. —Y es por eso que quiero darles un agradecimiento especial. Cherryton es más que una academia; es un lugar donde todos crecemos juntos y damos el ejemplo de lo mejor que podemos ser —continuó, haciendo una pausa dramática—. Pero no los he llamado aquí solo para felicitarlos. Hay un anuncio importante que debo hacer: hoy recibiremos a la embajadora Else y al embajador Hughes, quienes traen un anuncio muy importante para todos ustedes. Con esas palabras, el director Gon se apartó del podio y se ubicó a un lado junto a Elias, quien no pudo evitar mostrar una expresión de sorpresa e incertidumbre. Jack y sus amigos observaron cómo el ambiente en el auditorio se llenaba de expectación, mientras la embajadora y el embajador se preparaban para salir al escenario. Jack y los demás observaban con atención cómo Elias le susurraba algo al director Gon, quien le respondía con un gesto tranquilo. La tensión era palpable en el aire, y el grupo de amigos no podía evitar sentirse intrigado por lo que estaba ocurriendo. —¿Por qué creen que hayan venido de nuevo? —preguntó Miguno, con la mirada fija en el escenario. —Tal vez tiene que ver con el festival —respondió Jack, sin dejar de observar lo que sucedía. Todos vieron a la embajadora Else aparecer primero, seguida por el embajador Hughes, acompañados de sus imponentes guardias. La atmósfera se volvió aún más tensa. —Oye, Jack, esos guardias son realmente intimidantes. Cada vez que los veo, siento que mis instintos me dicen que corra —comentó Legoshi, sintiendo un escalofrío que le recorría la espalda. —Yo también. No me gustaría estar cerca de esos dos. No sé cómo el director Gon logra resistir el impulso de salir corriendo —agregó Jack, con los ojos fijos en el escenario. Else se acercó al micrófono con una sonrisa amable, pero sus palabras tenían un peso que todos en la audiencia podían percibir. —Hola, alumnos, maestros y director de la academia Cherryton. Quisiera agradecerles por haber tratado al estudiante de intercambio con respeto durante toda la semana —empezó, dirigiendo una breve mirada hacia Elias—. Hoy he venido para traerles un anuncio importante para su escuela. A partir de ahora, Cherryton recibirá estudiantes de la nación de Edén para intercambio. Un murmullo de sorpresa recorrió el auditorio. Los estudiantes se miraban entre sí con incredulidad, incluyendo a Elias, quien no podía ocultar su expresión de asombro. Hughes asintió en silencio, confirmando lo dicho por la embajadora. —Y es por eso que el embajador Hughes está aquí hoy —concluyó Else, apartándose para darle paso al embajador, quien agradeció con un leve gesto de la cabeza. —Quisiera agradecerles a la embajadora Else y al director Gon por todo lo que han hecho hasta ahora —comenzó Hughes, con un tono formal pero cálido—. También quiero agradecerles a ustedes por recibir tan bien a Elias. Sin embargo, hemos llegado a la conclusión de que es importante que él no sea el único humano en esta escuela. Nuestros psicólogos han determinado que necesitará compañía humana para adaptarse mejor a este entorno. Las palabras del embajador hicieron que el auditorio cayera en un silencio expectante. —Por eso, me complace presentarles a su nueva compañera, Maria Wulfhart. Al escuchar ese nombre, el rostro de Elias se congeló. El susurro de los estudiantes se convirtió en una oleada de murmullos y exclamaciones. —¿¡Espera, ese no es el apellido de Elias!? —dijo Jack, casi en un grito, incapaz de contener su sorpresa. —¡Sí! Eso significa... —respondió Durham, con los ojos muy abiertos mientras miraba hacia el escenario. Todos quedaron boquiabiertos cuando vieron una figura moverse rápidamente desde detrás del escenario. Era una joven que se lanzó sobre Elias, derribándolo al suelo. El auditorio entero quedó en silencio, incapaz de procesar lo que acababa de ocurrir. —Es su hermana —dijo Jack, todavía en estado de incredulidad, mientras observaba a la chica que llevaba una máscara similar a la de Elias, pero de color negro con líneas doradas que formaban una cruz sobre su ojo derecho y el mismo tipo de ropa que Elias les mostro en su cuarto pero con un vestido debajo que se podía observar por los pies. Legoshi y los demás miraban la escena, tratando de entender la repentina revelación. Elias yacía en el suelo, con la respiración agitada, mientras su hermana, Maria, lo miraba fijamente con una mezcla de alivio y firmeza en su expresión. La presencia de la máscara y la manera en que ella había entrado en escena parecían decir que esta reunión estaba lejos de ser un simple reencuentro familiar. —"¡¿Maria, qué haces aquí?!" —preguntó Elias en su idioma, claramente sorprendido. Estaba sentado en el suelo, y su hermana solo lo abrazaba con fuerza. —"¡Te extrañé, hermano!" —respondió Maria, sin dar una explicación clara a su pregunta. Elias la miró aún incrédulo y la separó ligeramente para insistir. —"¿Por qué te trajeron?" —volvió a preguntar, mirándola con ojos llenos de asombro. —"Me trajeron para que te acompañara. También fui seleccionada para venir aquí. Después de todo, soy la segunda mejor después de ti" —contestó Maria alegremente, su voz mostraba una sonido que reflejaba su confianza. Jack y los demás observaban con asombro mientras los dos hermanos discutían en el mismo idioma que habían escuchado a Elias hablar en la cafetería. Los estudiantes se miraban entre sí, confundidos por el intercambio. Jack notó que Elias y Maria eran casi de la misma estatura cuando ambos se levantaron del suelo. —¿Qué crees que están diciendo? —preguntó Legoshi, perplejo y algo nervioso. —No lo sé, pero parece que él le está preguntando algo importante —respondió Jack, sin apartar la mirada de los dos. En ese momento, Hughes retomó la palabra desde el podio. —"Bien, fue una excelente decisión elegirte para acompañarlo en este lugar" —dijo Hughes en un tono satisfecho, mirando a Elias y Maria a través de su máscara blanca. Ambos hermanos giraron la cabeza hacia él, atentos a sus palabras. —Ahora les presento a su nueva compañera. Espero que todos se lleven bien con ellos dos —añadió Hughes, dando un paso al costado para dejarle el espacio a Maria. Maria avanzó hacia el micrófono y se quitó la máscara lentamente, al igual que las protecciones que llevaba puestas, entregándoselas a Elias. El gesto permitió que todos en el auditorio pudieran verla claramente. Era innegable el parecido con Elias, el mismo cabello oscuro, pero ella tenía una figura más esbelta. Llevaba un vestido azul marino con encajes blancos y una camisa blanca de botones que le cubría hasta las muñecas. Mientras dejaba la máscara a un lado, Jack, Legoshi, Durham, Collot, Miguno y Voss no podían creer lo que veían. Parecía una versión femenina de Elias, casi como si fueran gemelos. Maria se acercó al micrófono, tomando un momento para calmarse antes de hablar. El auditorio estaba en completo silencio, esperando escuchar las primeras palabras de la recién llegada. Maria sonrió con entusiasmo y habló con un tono despreocupado. —"¡Hola, bestias inmu...!" Antes de que pudiera terminar, Elias rápidamente le tapó la boca con la mano, su rostro reflejando un claro nerviosismo. Los estudiantes en el auditorio miraban con confusión, sin entender por qué Elias había reaccionado así. —"¡No les digas nada de eso, sé más respetuosa!" —le dijo Elias en su idioma, regañándola. Luego, le quitó la mano de la boca. Maria lo miró con un pequeño puchero, su expresión seria pero desafiante. —"¡Pero ellos no entienden lo que digo!" —respondió ella, con un aire de terquedad. —"¡Sí, pero estás frente al ministro Hughes! ¡No me hagas pasar vergüenza!" —Elias la miró con reproche. Maria dirigió su mirada hacia Hughes, quien observaba la escena con interés. —"Lo siento, está bien" —dijo ella, algo molesta pero también con un ligero tono de arrepentimiento. Hablaba en su idioma natal, lo que hacía que los demás no entendieran lo que estaba ocurriendo. La tensión en el auditorio se podía sentir mientras los hermanos discutían entre susurros. Finalmente, Maria se acercó de nuevo al micrófono, ahora con una actitud más controlada. —Hola, soy Maria Wulfhart, es un gusto conocerlos —se presentó, con un tono frío y distante. Su mirada recorrió el auditorio, y algunos estudiantes sintieron un escalofrío al notar lo penetrante que era. Luego, se apartó del podio y se colocó junto a Elias, tomando sus pertenencias con calma. —Oye, creo que ella es muy diferente a Elias —comentó Durham, sintiendo aún el impacto de la mirada de Maria. —Sí, su personalidad es completamente opuesta a la de él —añadió Jack, nervioso. La actitud tranquila y amistosa de Elias contrastaba fuertemente con la presencia más imponente y directa de su hermana, lo que hacía que todos en el auditorio sintieran una mezcla de curiosidad e inquietud. Hughes se acercó al micrófono, riendo un poco para aliviar la tensión en el ambiente. —Bueno, espero que reciban a Maria con el mismo respeto que a Elias, y que algún día esto sea algo más común. Mi misión como embajador, al igual que la de la embajadora Else, no es solo hacer tratos entre nuestras naciones, sino también realizar este tipo de iniciativas. Queremos construir un futuro mejor para todos, donde podamos vivir en paz —dijo Hughes con sinceridad, su tono relajado sorprendiendo tanto a Else como al director Gon. Luego, volteó hacia Else. —¿No es así, embajadora Else? —le preguntó Hughes. Ella se acercó al podio, entusiasmada por las palabras de Hughes. —Sí, así es, embajador Hughes. Estoy segura de que, con la ayuda de los estudiantes de la Academia Cherryton, podemos forjar un futuro de paz —respondió Else, sonriéndole a Hughes mientras le extendía la mano para estrecharla. Hughes tomó su mano y la estrechó, capturando la atención de los presentes. Algunos miembros del club de relaciones públicas aprovecharon para tomar una foto del momento con sus cámaras. Después de dejar de estrechar la mano de Hughes, Else se dirigió a los alumnos. —Bueno, estudiantes de Cherryton, los dejamos con el director —dijo Else, retirándose junto a Hughes. Elias y Maria los siguieron, acompañados de los dos guardias, hacia la parte trasera del auditorio. El director Gon se dirigió al podio para hablar. —Muy bien, espero que todos ustedes puedan llevarse bien con nuestros nuevos compañeros durante estos tres años que estarán aquí. Así que enorgullézcanse del nombre de la escuela en el festival, ya que somos la primera institución en tener estudiantes humanos y la pionera en aceptarlos. Trátenlos bien. Eso es todo, ya pueden retirarse —dijo Gon, dándose la vuelta para dirigirse a la parte trasera del auditorio, donde Else y Hughes lo esperaban. Los estudiantes comenzaron a levantarse y a salir del auditorio, discutiendo entre ellos sobre lo que acababan de presenciar. Las conversaciones se mezclaban con la emoción y la sorpresa por los anuncios que acababan de escuchar. Los chicos salían del auditorio entre los estudiantes, discutiendo sobre lo que acababan de presenciar. —¿Crees que la hermana de Elias se lleve bien con todos? —preguntó Jack mientras caminaba, recordando el carácter distinto que había notado en ella. —No lo sé, pero se veía un poco… amenazante —respondió Miguno, todavía procesando todo. —Pero vieron lo parecidos que son; parece otra versión de Elias —comentó Collot, entre curioso y sorprendido. Legoshi escuchaba la conversación de sus amigos, pensando en Elias y su hermana. —¿Y si esperamos a Elias para hablar con él? —sugirió Legoshi. Sus amigos se voltearon a verlo, y Jack asintió con entusiasmo. —Sí, creo que es una buena idea —respondió Jack, sonriendo. Todos estuvieron de acuerdo y se quedaron cerca de la salida, esperando. Al cabo de unos minutos, vieron a Elias y a Maria salir del auditorio junto con Hughes, Else, y el director Gon, quienes los acompañaron hasta la salida de la academia. Los estudiantes miraban a Elias y a su hermana, curiosos por la presencia de Maria. Tras despedirse, el director Gon se retiró, dejando a los dos hermanos solos. Los chicos decidieron acercarse mientras Elias y Maria caminaban, hablando entre ellos. —Son como dos gotas de agua —murmuró Durham al verlos, sorprendido por el parecido. Finalmente, Jack decidió saludar. —Buenos días, Elias. Miguno nos dijo que si podíamos acompañarte al festival y… quería saber si vas a ir —dijo Jack, sonriendo, aunque se sentía un poco nervioso ante la presencia de Maria. Elias dejó de hablar con Maria y le sonrió a Jack. —Sí, claro que iré. Solo le mostrare el campus a mi hermana primero. Ah, déjame presentártelo, hermanita. Él es Jack —dijo Elias, presentando a Jack con una sonrisa amistosa. Jack, aunque nervioso, extendió su mano para saludar. —Es… un gusto —dijo Jack, intentando sonar tranquilo. Maria miró su mano, pero no hizo ningún esfuerzo por estrecharla. —Es un gusto… bestia —respondió Maria, con una sonrisa que parecía más fría que cordial. Jack rio nerviosamente, sintiéndose cada vez más incómodo. Entonces, Elias la reprendió. —Hermana, no seas grosera con ellos. Compórtate, ellos no te han hecho nada —dijo Elias, alzando un poco la voz. Jack intentaba mantener la calma, pero sentía que la situación podía empeorar. —¡Ah! ¿Por qué te importa? Son solo simples animales, y tú les hablas como si fueran humanos —respondió Maria, cruzando los brazos y frunciendo el ceño, claramente molesta. —¡No me importa si son humanos o no, son mis amigos! ¡Ya te dije que dejes de hablar así! —replicó Elias, levantando la voz. La discusión empezó a intensificarse, y pronto ambos cambiaron al idioma natal que solo ellos entendían. Jack y los demás miraban la escena, incómodos y sin saber cómo intervenir. Jack comenzó a sentirse culpable, deseando que no hubiera iniciado esa conversación en primer lugar. La discusión entre Elias y Maria había captado la atención de varios estudiantes alrededor, quienes miraban y escuchaban, intrigados aunque sin entender el idioma que ambos hablaban. —"So hast du tout oubliet, ing! Omnia quae nobis fecerunt, wie sie uns tratt'nt, ing!" —exclamó Maria con enojo, mirándolo con furia contenida. —"Klar non, ing! Mais ça te donne kein Recht, sie ainsi zu tratt'nt, ing. Eorum gens est differente ab les gens du passé!" —replicó Elias, elevando su voz mientras trataba de calmarla, aunque estaba visiblemente molesto. Nadie entendía lo que decían, pero el tono de ambos revelaba una mezcla de resentimiento y frustración. Finalmente, Maria dio por terminado el intercambio y giró sobre sus talones, alejándose con rapidez. —"Wie tu veux, ing. Ich vergeb' ihnen nunquam pour ce qu’ils uns fait ont." —murmuró Maria con tono frío antes de marcharse, dejando a Elias atrás. —¡Maria! ¡Maria, espera! —gritó Elias, tratando de detenerla, pero ella no se detuvo. La pelea había terminado y los murmullos se apoderaron del ambiente mientras todos volvían su atención a Elias. Jack se sentía terriblemente culpable, y Legoshi también, lamentando haber sugerido la idea de hablar con él en ese momento. Elias suspiró profundamente, visiblemente agotado por la situación, y se acercó a Jack con una expresión comprensiva. —Lo siento, Jack. Disculpa a mi hermana —dijo, tratando de tranquilizarlo. —Sí, no hay problema —respondió Jack con una sonrisa nerviosa, aunque la culpa seguía pesando en él. —De verdad, lo lamento. Solo… necesito hablar con ella un momento. Puede ser muy terca a veces. Nos vemos luego, ¿sí? —añadió Elias con un tono más serio, despidiéndose antes de intentar alcanzar a Maria. Jack y los demás lo observaron mientras se alejaba tras su hermana. Al verlo hablar con ella en un tono más calmado, Jack sintió un peso en el pecho, la culpa y la preocupación lo carcomían mientras pensaba en el impacto de su pequeña iniciativa. Los chicos se acercaron para consolarlo tras la tensa discusión con María, la hermana de Elias. Legoshi le puso una mano en el hombro, tratando de aliviar su angustia. —Tranquilo, seguro él lo arreglará. Solo hay que darles tiempo —dijo Legoshi con voz calmada. —Sí, pero no puedo evitar sentirme culpable —respondió Jack, bajando las orejas con una expresión triste. —No te sientas mal. Parece que la hermana de Elias tiene su propio carácter —agregó Durham, intentando reconfortarlo al ver su preocupación. Todos miraron a lo lejos cómo Elias seguía a María, tratando de hablar con ella y calmar la situación. Mientras tanto, el ambiente se llenaba de murmullos, y algunos estudiantes miraban curiosos, aún sorprendidos por la escena que habían presenciado.
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