ID de la obra: 1047

Beastars The Eden history

Het
R
En progreso
2
Fandom:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 113 páginas, 63.582 palabras, 4 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
Compartir:
2 Me gusta 1 Comentarios 0 Para la colección Descargar

Capítulo 3 Dia de escuela

Ajustes de texto
Dos figuras conversaban en la oscuridad de la noche, mientras el viento frío se colaba entre las colinas, haciendo que los árboles del bosque se mecieran con el vaivén de las ráfagas. Una de ellas, con una capucha y una máscara plateada que cubría todo su rostro excepto los ojos, se dirigió con urgencia al otro individuo, que llevaba una máscara negra adornada con una cruz roja y unas inscripciones blancas en un costado. —¿Está todo listo? El jefe no quiere que sigan haciéndolo esperar —dijo la figura con la máscara de plata. —Sí, ya está todo listo, solo que hemos tenido algunos… —Antes de que pudiera terminar, un estruendo los interrumpió. El sonido de una explosión resonó a la distancia, seguido de gritos y disparos. La tensión se hizo palpable. —¡Mierda, ya están aquí! —exclamó el hombre con la máscara negra, alzando una ametralladora y apuntando hacia la puerta. Dos figuras más, con máscaras negras sin marcas, corrieron para bloquear la entrada. —¡Vamos, tenemos que irnos! —ordenó la figura con la cruz en la máscara, tirando del brazo del otro para que lo siguiera. Salieron por una puerta lateral, cerrándola rápidamente y asegurándola con los cerrojos, dejando a los otros dos atrás. Los gritos de horror y el estruendo de los disparos continuaron hasta que se apagaron abruptamente, seguidos por golpes fuertes en la puerta. Corrieron por un pasillo estrecho hasta llegar a un área de mantenimiento, donde un tubo de desagüe fluvial les ofrecía una ruta de escape. Desde ahí, podían ver la puerta metálica, que temblaba con los golpes hasta que se detuvieron, solo para que un chorro de chispas comenzara a corroerla lentamente. —¡Rápido, entra! Toma esto —gritó la figura de la máscara con cruz, arrojándole un papel con algo escrito. El de la máscara plateada lo atrapó, descendiendo rápidamente por la rendija. —¡Viva la humanidad! —gritó el de mascara negra con la cruz antes de cerrar la rendija y tomar posición, apuntando con su ametralladora hacia la puerta. Los sonidos del metal fundiéndose cesaron, seguidos de una pequeña explosión que arrancó la puerta de sus bisagras, levantando una nube de polvo. —¡Vengan por mí, malditos bastardos! —bramó el hombre, abriendo fuego con su ametralladora. Las balas zumbaban hacia la entrada, perforando la niebla de polvo y humo. Continuó disparando, negándose a rendirse, cuando algo pequeño y cilíndrico entró rodando en la habitación. El objeto rebotó y cayó cerca de él, estallando en un destello cegador que lo dejó momentáneamente sordo, con un zumbido agudo en los oídos. Desorientado, trató de recuperarse, pero fue demasiado tarde. Un golpe contundente lo alcanzó por el costado, enviándolo al suelo y sumiéndolo en la inconsciencia. Los pasos resonaban por el piso de concreto, con el sonido de las botas aplastando vidrios rotos, sangre y casquillos de bala, manchando sus botas blancas con un rojo carmesí dejando huellas al avanzar. Hughes observó la escena, deteniéndose junto a Geruft, quien sostenía al insurgente inconsciente por la chaqueta. —¿Cuántos fueron? —preguntó Hughes con voz firme, sin apartar la mirada del hombre colgando como un peso muerto. —Cuarenta, señor —respondió Mei rapidamente, entregándole el informe—. Pero creemos que alguien escapó por el desagüe. Ya enviamos una patrulla para interceptarlo. —Bien, encuéntrenlo. Quiero saber qué tramaban —ordenó Hughes, dirigiéndose a sus hombres en la sala. —¡Sí, señor! —respondió Mei, marchándose rápidamente con los demás guardias. Hughes se dio la vuelta para salir, pero Geruft lo detuvo. —Señor, ¿qué hacemos con este? —preguntó, señalando al prisionero inconsciente. Hughes lo miró durante unos segundos. —Llévalo a la habitación de al lado. Lo interrogaremos —ordenó. —Sí, señor —respondió Geruft, cargando al prisionero y siguiéndolo por el complejo apenas iluminado. Llegaron a una pequeña sala con paredes desgastadas, donde la luz de un foco parpadeante iluminaba algunas sillas y varias cajas apiladas en las esquinas. —Siéntalo y amárralo. Yo lo interrogaré, tú vigilarás —dijo Hughes con seriedad. Geruft obedeció, asegurando al prisionero a una de las sillas con esposas alrededor de sus muñecas. Tras unos minutos, el insurgente comenzó a despertar, moviendo la cabeza lentamente. —Oh, la bella durmiente ya despertó —comentó Hughes con sarcasmo—. Por fin podemos empezar. —¿Dónde estoy? —gritó el hombre, mirando a su alrededor con pánico al reconocer el lugar. Hughes lo observaba desde la otra silla, su rostro oculto tras una máscara blanca sin expresión, que hacía juego con su uniforme blanco adornado con líneas negras. —¡Malditos hijos de puta, ustedes de la unidad especial pueden pudrirse en el infierno! —escupió el prisionero con furia, forcejeando contra las esposas que lo mantenían atado. Hughes permaneció impasible, escuchando en silencio mientras el hombre continuaba su arenga. —¡Nosotros, los elegidos por Dios, reclamaremos las tierras sagradas que pertenecen a la humanidad! ¡Ustedes son una desgracia para toda la especie humana, haciendo tratos con esas bestias asquerosas cuando podríamos gobernarlas! —vociferó el hombre, su voz resonando en la habitación. —Geruft, vigila afuera —ordenó Hughes con calma. El prisionero dejó de hablar al escuchar las palabras de Hughes. Geruft obedeció sin dudar, saliendo de la habitación y cerrando la puerta tras de sí, dejándolos solos. El silencio que cayó era denso e incómodo, invadiendo cada rincón de la sala. —Dices que somos una desgracia para la humanidad —empezó Hughes, acercándose al prisionero con pasos lentos—. Que somos traidores por hacer tratos con ellos y que la tierra nos pertenece. Hughes soltó una risa seca que resonó en la habitación. —Ja, no me hagas reír —dijo con sarcasmo, su voz amortiguada por la máscara blanca que cubría su rostro. Mientras hablaba, Hughes se inclinó y le arrancó la máscara al prisionero. El hombre trató de resistirse, pero fue en vano. Al quedar su rostro al descubierto, su cabello negro corto y sus ojos marrones reflejaron una mezcla de miedo y furia. La barba corta y el bigote cubrían su mandíbula, mientras el sudor frío comenzaba a aparecer en su frente. —Bien, ya veo quién es usted —dijo Hughes, mirando el rostro del hombre con una expresión calculadora—. Sargento de infantería del segundo batallón, Léon Portier, asignado al puesto del norte entre las montañas. El reconocimiento hizo que el hombre sudara aún más, sintiendo cómo el miedo se apoderaba de él. —Dígame, sargento —continuó Hughes con voz tranquila—, ¿por qué se unió a esos insurrectos? Por lo que sé, tenía un buen puesto en esa base. ¿Qué lo hizo cambiar de lealtad? Hughes lo miraba intensamente, sus ojos tras la máscara eran fríos e imperturbables. —¡Son unos bastardos! —gritó Léon nuevamente, rompiendo en carcajadas forzadas—. ¡Cuando todo empiece, acabaremos con este gobierno débil y sumiso a las bestias! ¡Y pondremos fin a esos monstruos que viven en ese maldito continente! —Léon intentaba mostrarse desafiante, pero sus ojos delataban la sombra del miedo. Hughes se mantuvo en silencio, observándolo con seriedad. —Vamos, sargento, deje de balbucear y conteste mi pregunta —dijo Hughes con calma, pero firmeza. Léon lo miró con desdén, una sonrisa torcida en su rostro ensangrentado. —¡Jamás podrás sacarme nada! —espetó, riendo—. Prefiero morir antes que hablar. Hughes soltó un suspiro, como si la situación ya lo hubiera agotado. —Bien, supongo que será de la manera difícil —dijo mientras se alejaba hacia la oscuridad que dominaba la esquina de la habitación, donde una caja de madera reposaba junto a la pared. Léon lo observó nervioso, apenas viendo cómo Hughes se quitaba el casco, colocándolo sobre la caja. Luego siguió la máscara, dejándola a un lado. En la penumbra, la figura de Hughes era un misterio, y su voz se hizo más clara, más cercana. —Pensé que era un hombre racional, Léon. Pero ya veo que me adelanté a los hechos —continuó, su tono ahora cargado de una inquietante calma—. Si no es por las buenas… será por las malas. Cuando Hughes salió de la sombra, sus ojos se hicieron visibles, de un color azul frío y penetrante. El terror llenó a Léon, quien comenzó a luchar inútilmente contra sus ataduras. Desde el otro lado de la puerta, Geruft escuchó los gritos. —¡Ayuda! ¡Aléjate de mí! ¡No, no, por favor! —Los gritos se intensificaron hasta convertirse en un alarido agudo que se apagó de golpe. Minutos después, Mei y los demás llegaron apresuradamente al pasillo. —¿Lo encontraron? —preguntó Geruft, aún vigilando la puerta. —No, logró escapar perdimos su rastro —respondió Mei, entregando su informe—. Por cierto, ¿dónde está el ministro Hughes? Geruft señaló la puerta con el pulgar, justo cuando unos golpes resonaban desde el otro lado. Dio un paso atrás, apartándose de la entrada mientras la puerta se abría lentamente. Hughes salió con su uniforme blanco de franjas negras ahora empapado en sangre acompañado, también del olor a hierro que invadía el pasillo. —¿Dijo algo, señor? —preguntó Geruft, mirando a Hughes con su máscara empapada en sangre, esperando su respuesta. —Sí, habló. —La voz de Hughes sonó más sombría—. Volvamos al cuartel. Comenzó a caminar hacia la salida, pero se detuvo un momento, girando la cabeza levemente. —Y una cosa más… limpien eso. Ordeno Hughes goteando mientras caminaba. Los guardias asintieron y entraron en la habitación. Léon yacía en la silla, cubierto de sangre y moretones, su rostro era apenas reconocible por la hinchazón y los cortes. —Bien, ya sabes qué hacer —dijo Mei a Geruft, quien asintió en silencio, tomando al sargento para llevárselo. La puerta del cuarto de Elias resonó con un golpe. Jack tocaba, intentando averiguar si Elias quería acompañarlos a desayunar antes de empezar las clases. —¡Elias, soy yo! —llamó Jack—. Te queríamos invitar a la cafetería. Golpeó la puerta nuevamente, pero no obtuvo respuesta. Los estudiantes en el pasillo se quedaron mirando, pero nadie dijo nada. Al no escuchar nada, Jack se alejó, asumiendo que Elias ya se había levantado. Se dirigió a la sala común, donde los demás lo esperaban. —¿Dónde está? —preguntó Durham, cruzando los brazos. —No lo sé, parece que se levantó temprano —respondió Jack, encogiéndose de hombros. —Bueno, supongo que ya debe estar afuera —dijo Miguno, y todos asintieron. Decidieron dirigirse al elevador y bajar al primer piso. Salieron de los dormitorios y caminaron por el campus, pero seguían sin verlo. —¿Creen que esté en la cafetería? —preguntó Jack, todavía pensando en lo ocurrido la noche anterior. "¿Estará enojado por lo de ayer?", se preguntó, mientras Durham lo interrumpía, llamando su atención. —Tal vez. Dijo que hacía ejercicio rutinario o algo así —comentó Durham, restándole importancia al asunto mientras se acercaban al edificio de la cafetería. —Sí, lo más seguro es que esté ahí —añadió Miguno alegremente. El pensamiento no dejaba a Jack en paz mientras caminaban. Al llegar, revisaron el lugar y finalmente lo vieron: Elias estaba sentado solo, comiendo y anotando algo en un papel. Algunos de los presentes lo miraban con incredulidad de que realmente fuera real, mientras otros evitaban pasar cerca de él, tratando de no llamar su atención. Elias, por su parte, parecía ignorarlos por completo. —¿Ves? Está aquí, aunque es un poco raro —dijo Durham, alejándose para entrar en la fila. Los demás lo siguieron, y Jack, aún intrigado, observaba a Elias. Cuando salieron de la fila, se dirigieron a la mesa donde Elias estaba sentado, notando cómo sus ojos se movían hacia donde ellos estaban parados. —Buenos días. Te levantaste muy temprano —dijo Miguno con un tono amigable, aunque se asustó un poco por la reacción de Elias. —Sí, de hecho, hice un poco de ejercicio antes de que todos se despertaran —respondió Elias tranquilamente, volviendo a enfocarse en su comida y en sus notas. Ellos tomaron asiento a su lado, sintiendo que el ambiente era un poco tenso. Elias seguía escribiendo, mientras el resto intentaba conversar entre ellos para aliviar la atmósfera. Finalmente, la curiosidad de Jack lo llevó a hacer una pregunta. —Oye, Elias... —dijo, llamando su atención. Elias levantó la vista al escuchar su nombre—. ¿Por qué cuando sonríes, muestras los... dientes? Elías lo miró confundido, y la penetrante mirada hizo que Jack se sintiera incómodo. Los demás también voltearon, atentos a la conversación. —¿A qué te refieres? —preguntó Elias, frunciendo el ceño y pensando en la pregunta. —Sí, es... esa cara que haces cuando muestras los dientes, parece que... estás molesto. Todos miraron a Elias y a Jack, un poco preocupados por la dirección de la conversación. Elias se quedó pensativo por un momento, y luego asintió ligeramente. —Mmm, creo que ya sé a qué te refieres. Es probable que no entiendan algunas expresiones faciales —dijo Elias con calma. —¿Entonces, qué significa? —preguntó Jack, claramente intrigado. —Bueno, significa que estoy muy feliz —explicó Elias—. Yo, por mi parte, trato de entender las expresiones que ustedes hacen, y la mitad del tiempo puedo interpretarlas. Pero sé que cuando ustedes se enojan, muestran los dientes como un gesto de defensa. En nuestra especie, alguien puede tener una expresión seria y estar enojado, pero hay ocasiones en las que si te enfadas mucho, las emociones se salen de control, y esas emociones crean expresiones que no siempre coinciden con lo que realmente sientes. Los demás escuchaban con atención, reflexionando sobre la explicación. —¿Y cómo sabes cuando alguien de tu especie tiene malas intenciones? —preguntó Miguno llamando su atención. —Bueno, no es tan difícil de identificar. Nadie que quisiera hacerte daño se te acercaría sin un motivo, o mirando a todos lados de forma sospechosa. Cuando estás solo, es cuestión de observar sus movimientos, si son raros o te observan demasiado, es un buen indicio. Pero depende de cada persona, no todos somos iguales —dijo Elias, mientras seguía comiendo. —Ahora entiendo por qué todos me miran así. Creen que la mitad del tiempo estoy enojado —agregó tranquilamente mientras terminaba su comida. Los demás continuaron pensando en lo que dijo Elias mientras volvían a concentrarse en sus propios desayunos. Jack se quedó pensativo mirando a Elias, quien había dejado su bandeja a un lado y seguía escribiendo en la hoja de papel. Elias notó la mirada fija de Jack y levantó la vista para devolverle la mirada. —¿Qué pasa? —preguntó, curioso al ver a Jack tan concentrado en él. —No es nada… es solo que ayer, cuando te llevé tu máscara, tu expresión cambió muy rápido, y me preguntaba si estabas enojado —dijo Jack, mientras se pasaba una mano por detrás de la cabeza, incómodo con la pregunta. Elias lo miró con seriedad por un momento, pero luego sonrió levemente. —Claro que no, ¿por qué me enojaría? Solo me asusté un poco, no pensé que se hubiera caído —respondió alegremente, tratando de aclarar el malentendido. Jack se sintió aliviado con la explicación, aunque aún persistía la duda sobre el extraño lenguaje que había visto detrás de la máscara. Decidió no preguntar, pensando que sería demasiado indiscreto. —Entonces fue por eso que te comportaste así. Lo siento si te malinterpreté —se disculpó Jack, sonriendo con cierto alivio. —No te preocupes, es normal. Es la primera vez que lidias con un humano como yo —respondió Elias, devolviéndole la sonrisa. Los demás escuchaban la conversación mientras comían. Legoshi, sentado cerca de ellos, no pudo evitar fijarse en lo que Elias escribía. Al notar la curiosidad de su compañero, Elias levantó la hoja con una pequeña sonrisa. —Si tienes curiosidad, es una carta para mi familia. Solo quería decirles que estoy bien y que he hecho nuevos amigos —explicó Elias con calma. —Tu idioma es muy diferente, no entiendo nada de lo que está escrito —comentó Legoshi, confundido por las letras extrañas. —Sí, supongo que es la primera vez que lo ves —respondió Elias, con una mirada comprensiva. —Entonces, ¿eso es lo que dice? ¿Cómo suena? —preguntó Legoshi nuevamente, intrigado por el idioma de Elias. —Bueno, déjame leerte un poco —dijo Elias, y comenzó a hablar en su lengua natal. “Queridos padre, madre y hermana: La academia está llena de bestias de todo tipo, y aunque todos me miran con mucha curiosidad, he logrado hacer algunos amigos entre los caninos. Aparentemente, me he ganado su confianza. Algunos de ellos son muy amables, aunque también un poco asustadizos; cuando me ven, parecen tener algo de miedo, pero no se preocupen, estoy bien. Mis nuevos amigos son un perro labrador, un zorro, un bobtail, un coyote y un lobo gris. Todos ellos son bastante tranquilos y me han hecho sentir más cómodo aquí. Espero que ustedes también estén bien. Con cariño, Elias” Los sonidos que emitía eran completamente incomprensibles para los demás, quienes lo miraban con asombro y confusión. —Así es como se oye. Por lo que veo, ninguno entendió nada de lo que dije —comentó Elias, riendo ligeramente ante las reacciones perplejas de sus compañeros. —Bueno, supongo que ya debería irme. Pronto tendré mi primera clase, así que los veré más tarde. ¡Adiós! —dijo Elias, despidiéndose de todos con una ligera inclinación de cabeza. —Sí, te veremos luego —respondió Jack, sonriendo mientras observaba cómo Elias se alejaba. Elias salió de la cafetería con su mochila al hombro y comenzó a caminar por los pasillos de la academia, buscando su salón de clase C-5. La primera hora era matemáticas, pero mientras recorría los corredores, su mente volvía al recuadro de la foto que había visto el dia anterior. "Me pregunto qué habrá pasado, ¿por qué…?" Su pensamiento se vio interrumpido cuando chocó con alguien. —¡Lo siento! No estaba poniendo atención —se disculpó rápidamente Elias y levantó la vista para encontrarse con un estudiante mucho más alto que él. Era un oso, lo que lo puso en alerta de inmediato. Había leído en los libros que los osos eran considerados los más peligrosos después de los lobos. —Ah, no te preocupes. Yo tampoco te vi, estaba distraído —respondió el oso con una sonrisa amigable, disculpándose también. A pesar del tono amistoso, Elias no podía evitar sentir una ligera inquietud en el fondo. —¡Oh! Eres el nuevo estudiante humano, es un gusto conocerte. Me llamo Riz —dijo el oso, extendiendo su mano con una sonrisa amistosa. Elias tomó la mano con cautela, observando las afiladas garras de Riz mientras lo hacía. Sintió el apretón firme del oso y respondió, algo nervioso: —Sí, es un gusto, Riz. Yo soy Elias, pero supongo que la mayoría ya lo sabe —respondió, tratando de mantener la compostura mientras retiraba la mano lentamente. —Entonces, ¿a dónde ibas? —preguntó Riz con un tono curioso. Elias solo quería alejarse lo más rápido posible. La presencia de Riz le causaba una sensación de alerta que no podía ignorar. —Eh, iba a mi primera clase. Soy de primer año y estaba buscando el salón C-5 —contestó, tratando de sonar casual, aunque su voz revelaba un ligero nerviosismo. —Está al final del pasillo, a la derecha —respondió Riz, dándole las indicaciones con amabilidad. —No lo sabía. Gracias por la ayuda —dijo Elias, esbozando una pequeña sonrisa de agradecimiento. —No hay problema —respondió Riz, mientras ambos se despedían con un gesto de la mano. Elias se alejó rápidamente, sintiendo la mirada de Riz fija en su espalda, lo que lo incomodaba aún más. Al doblar el pasillo y perder de vista al oso, aceleró el paso hasta comenzar a correr, con el corazón latiendo a toda velocidad. Llegó al salón C-5 y abrió la puerta corredera de golpe, provocando que varios de los estudiantes en el interior se sobresaltaran. Respirando agitado, Elias se dio cuenta de que había llamado la atención de todos. Cerró la puerta tras de sí y, tratando de calmarse, se dirigió a uno de los asientos de en medio. A medida que se sentaba, sintió cómo su pulso comenzaba a normalizarse mientras los demás alumnos volvían a sus propias actividades y otros lo miraban curiosos los que estaban sentados a su lado se alejaron un poco. Elias trató de ignorar las miradas curiosas de sus compañeros, especialmente de algunos herbívoros que lo observaban de reojo. Poco después, la puerta del salón se abrió y entró la profesora, captando la atención de todos al dirigirse hacia el escritorio. Elias la reconoció de inmediato, era la hiena que había visto en la rectoría. —Bien, clase, vamos a empezar —dijo ella con una voz enérgica, antes de notar la presencia del nuevo estudiante—. ¡Ah, ya estás aquí, Elias! Bien, como eres nuevo, repasaremos el tema de ayer para que puedas estar al día con los demás, me puedes llamar Aya, ¿sí? —le explicó la profesora con una sonrisa. Elias asintió, agradecido por la consideración. —Una cosa más, Elias —continuó Aya—, ¿qué tanto sabes de matemáticas? —Bueno, no sé si aquí sean diferentes a las nuestras, pero supongo que deben ser similares. Hmm… hemos cubierto todas las matemáticas básicas hasta álgebra, cálculo, cálculo diferencial e integral… —Elias comenzó a enumerar cada una de las materias que había visto, hasta llegar al final—. Esas son todas —dijo, sonriendo amablemente. La profesora lo miró sorprendida, al igual que sus compañeros, quienes intercambiaban miradas de asombro y de incredulidad. —Bueno, supongo que te enseñaron todo eso en una escuela especial… —dijo Aya, riendo nerviosamente. —No, fue en una escuela normal —aclaró Elias—. Entre los… ¿13 y 15 años? No es obligatorio aprenderlo todo, pero si uno quiere ir a la capital, tiene que sacar notas muy altas en esas materias. Es allí donde están las escuelas de alto valor académico. El aula quedó en silencio. Los estudiantes, e incluso la profesora, parecían atónitos ante la explicación de Elias. "¿Qué tipo de cosas ven en esas escuelas? ¿Cómo es posible que los humanos tengan este nivel de conocimiento?", pensó Aya, todavía asimilando lo que había oído. Elias se sentía un poco incómodo por la atención que recibía, las miradas fijas lo hacían sentir como un fenómeno. —B-b-bien, entonces, empecemos la clase —dijo Aya, intentando retomar la normalidad. Comenzó a explicar el tema del día, mientras Elias tomaba notas en su cuaderno. La hora pasó rápidamente y, al terminar la clase, todos comenzaron a salir del salón. Elias caminó por el pasillo mientras revisaba su horario. Aún le quedaban cuatro clases: Historia del Mundo y otra que le sonaba familiar, aunque no recordaba exactamente de qué se trataba. "¿Lenguaje marino?" murmuró para sí mismo, preguntándose cómo sería esa clase mientras continuaba avanzando por el pasillo. Mientras caminaba por el pasillo, Elias notó cómo la mayoría de los estudiantes se apartaban de su camino, algunos con una mirada de temor o incertidumbre. Buscaba el salón D-7, y al encontrarlo, abrió la puerta corrediza y entró, observando que ya había varios estudiantes. Todos se volvieron hacia él, y Elias pudo percibir la incomodidad en las miradas de algunos y el miedo en las de otros. Avanzó para buscar un lugar donde sentarse, pero parecía que todos los asientos estaban ocupados, hasta que vio uno libre en la esquina de la fila baja. Se dirigió hacia allí, tomó asiento y sacó su libreta, esperando a que el profesor comenzara. "Supongo que nunca dejarán de mirarme de esa manera... solo espero que pase pronto", pensó mientras mantenía la vista fija en la pantalla al frente del aula, apoyando su codo en la mesa y sosteniendo su cabeza con la mano, tratando de relajarse. De repente, una mano pasó frente a él, asustándolo y haciendo que retrocediera de inmediato. Al volverse, vio a una loba de pelaje oscuro rojizo y grisáceo sentada junto a él. Era más pequeña que Legoshi, aunque compartían algunas similitudes en su apariencia. —Hola, tú eres el nuevo estudiante, ¿verdad? —dijo la loba con voz amable, sonriendo con una expresión que denotaba más curiosidad que miedo. Elias la miró fijamente, sin saber qué responder. —¡Ah, lo siento por no decirte mi nombre! Me llamo Juno —añadió ella, manteniendo su sonrisa. —S-sí, Juno... Yo soy Elias —respondió él, algo nervioso. No esperaba que alguien se acercara a hablarle tan rápidamente, considerando que la mayoría de los demás lo evitaban. —¡Bien, seamos amigos! —exclamó Juno, entusiasta. La actitud amigable de la loba desconcertó a Elias. —S-sí —contestó, riendo un poco por los nervios. —Me alegra —dijo Juno—. Te vi en la primera clase, pero no pude hablarte porque te sentaste en medio y no había lugar. Pero dime, ¿te está resultando agradable estar aquí? Elias la miraba confundido por su comportamiento. "¿Qué le pasa a esta chica? ¿Por qué quiere hacerse mi amiga tan rápidamente? ¿Será que alguien la retó para hablarme?", se preguntaba, sus pensamientos eran erráticos mientras intentaba encontrar una explicación. —S-supongo que bien... apenas llevo dos días aquí —respondió Elias, sintiendo cómo le sudaban las manos por los nervios. La naturalidad con la que Juno se comportaba lo desconcertaba, pero al mismo tiempo, le daba un pequeño alivio que al menos alguien pareciera genuinamente interesado en hablar con él sin prejuicios. Cuando el profesor llegó, el aula quedó en silencio. Era un caballo, alto y robusto, con una expresión severa en su rostro. Caminó hasta el escritorio, donde dejó sus materiales, y luego recorrió con la mirada a los estudiantes, deteniéndose en Elias, quien estaba sentado en la primera fila. La seriedad en la expresión de Rowen denotaba cierto disgusto, y Elias lo notó de inmediato. —Muy bien, clase. Seré su profesor por hoy. Me llamo Rowen, y si se preguntan por la profesora Helen, ella tuvo que ausentarse por un asunto importante —anunció con un tono autoritario. Luego añadió —Hoy veremos el tema del inicio del conflicto entre las fuerzas homínidas y las fuerzas carni-herbi. Rowen miró sus notas con aire de importancia, mientras algunos de los estudiantes echaban un vistazo a Elias, esperando ver algún tipo de reacción. Sin embargo, él se mantuvo calmado, sin mostrar ninguna expresión que revelara incomodidad. —Ah, casi lo olvido. El nuevo estudiante deberá ponerse al día. Júntate con otro compañero para revisar lo que ya han visto —indicó Rowen, dirigiéndose a Elias con un tono seco. —Sí —respondió Elias con tranquilidad, ignorando la expectativa que se sentía en el aula. Por dentro, sabía que el profesor intentaba provocarlo, sacar una reacción de incomodidad o nerviosismo. "No voy a darle el gusto", pensó. Elias miró a Juno, quien seguía sentada a su lado. —¿Puedo juntarme contigo? —le preguntó amablemente, esbozando una ligera sonrisa. —Sí, claro —respondió Juno con una sonrisa cálida. Elias se acercó para ver los apuntes que Juno había tomado, mientras Rowen continuaba con la clase. —Bien, empecemos. En el año 19XX, justo después de que los carnívoros y herbívoros firmaran el tratado de paz, un año más tarde, los homínidos atacaron las principales ciudades de la NUA, capturando más de la mitad del territorio inicialmente controlado y causando la muerte de más de 130,000 carnívoros y herbívoros por igual. El profesor hablaba con seriedad, observando ocasionalmente a Elias, como si buscara alguna reacción en él. Pero Elias permanecía sereno, manteniendo la calma y anotando en su libreta. Podía sentir las miradas de sus compañeros sobre él, pero no se dejó intimidar. Juno, a su lado, lo miraba con interés, notando cómo mantenía una expresión firme e inmutable. "Solo debo mantener la calma", pensó Elias, mientras escuchaba y escribía lo que Rowen decía, sin permitir que el tono provocador del profesor lo afectara. Sabía que no era el único que se sentía tenso en la clase, pero estaba decidido a no dejarse provocar por nada ni por nadie. El profesor continuó su explicación, describiendo cómo los homínidos, considerándose la raza superior, trataron de dominar a los carnívoros y herbívoros, viéndolos como simples animales salvajes. Mencionó los saqueos, la destrucción de ciudades y la brutalidad de los actos de guerra, reforzando la idea de que los homínidos eran salvajes que no quisieron razonar. Mientras hablaba, sus ojos se desviaban de vez en cuando hacia Elias, buscando una reacción, pero el muchacho permanecía sereno, sin dejarse provocar. "Mantén la calma, no dejes que te moleste", pensaba Elias mientras tomaba notas, aunque sus dedos apretaban la pluma con tanta fuerza que se estaban volviendo blancos. Juno, sentada a su lado, lo notó y sintió preocupación. No entendía por qué Elias parecía tan tenso, pero algo en el aire le decía que la calma de su compañero era frágil. —No fue sino hasta un mes después que las fuerzas carni-herbi de la NUA iniciaron el contraataque, empujando a los homínidos hacia una guerra de desgaste que duró 45 años —prosiguió Rowen—. Se recurrió a métodos brutales de combate, con un saldo de más de dos millones de bajas para la NUA y cinco millones para los homínidos, quienes pagaron el precio por su ambición de conquistar otras razas y... —Mentira —interrumpió Elias, su voz resonando en el aula y captando la atención de todos. Juno lo miró con sorpresa, viendo que hablaba con la cabeza agachada, sus ojos ocultos bajo el flequillo. El profesor frunció el ceño y lo miró con dureza. —Disculpa, ¿qué fue lo que dijiste? —preguntó Rowen, claramente molesto. —Lo que usted dice es mentira, profesor —repitió Elias, sin levantar la mirada. La atmósfera en el aula se tensó; los estudiantes comenzaron a murmurar con inquietud. —¿Ah, sí? ¿Estás diciendo que sabes más que miles de historiadores y veteranos con años de documentación? —lo desafió el profesor, su tono cargado de sarcasmo y desafío. —¡Es mentira! —replicó Elias, levantando un poco la voz. Finalmente alzó la vista y miró al profesor, su expresión mostrando un enojo contenido—. ¿Quiere saber lo que realmente inició el conflicto entre las naciones, profesor? Claro, como ganador de la historia, tiene el derecho de escribirla a su manera… Elias se levantó de su asiento con brusquedad. El movimiento hizo que algunos estudiantes se estremecieran en sus sillas. Los murmullos se volvieron más intensos. —¿Quiere conocer la verdadera historia, profesor? ¿Por qué no empieza hablando de las atrocidades que nos hicieron antes de que empezara la guerra? ¿De todo el sufrimiento que soportamos cuando nos trataban como simples pedazos de carne? —gritó Elias, sus palabras llenas de amargura y rabia. La furia en su voz era palpable, y en su mirada se veía un fuego que parecía a punto de descontrolarse. El aula quedó en silencio. Rowen miró a Elias, atónito y también asustado por el repentino estallido. Sin embargo, su respuesta fue rápida y autoritaria. —¡Fuera de la clase! No quiero un alborotador aquí —ordenó, señalando la puerta con un gesto imperioso. Elias se quedó inmóvil por un segundo, pero luego, sin decir una palabra más, recogió sus cosas y salió del aula. Cerró la puerta con calma, aunque cualquiera podía notar la tensión en sus hombros. Los murmullos de los estudiantes volvieron, más intensos que antes. Juno lo miraba con preocupación mientras desaparecía por el pasillo. —Silencio —ordenó el profesor con voz firme, tratando de retomar el control—. Continuemos con la clase. A pesar de su tono autoritario, la atmósfera en el aula había cambiado. Lo que Elias había dicho resonaba en la mente de todos, dejando una inquietud que no se podía disipar con una simple orden. El sonido de la campana resonó por toda la academia, marcando el final de la clase. Algunos alumnos se levantaban de sus asientos, mientras otros preferían quedarse un poco más. —Legoshi, ¿vamos a la siguiente clase? —preguntó Jack con una sonrisa alegre, sentado junto a él. —Sí, vamos —respondió Legoshi con un tono calmado, poniéndose de pie junto a su amigo. Ambos salieron del aula y empezaron a caminar por el pasillo, charlando mientras avanzaban. —Te he notado algo raro últimamente —comentó Jack, su voz reflejando un toque de preocupación. —¿Por qué dices eso? —respondió Legoshi, mirándolo con curiosidad. —Bueno, es que antes de que llegara Elias, has estado comportándote de manera extraña. Ayudas a todos sin que te lo pidan, o te quedas pensando mucho —explicó Jack. Legoshi trataba de entender a qué se refería su amigo, pero no terminaba de captar el punto. —La verdad, no sé a qué te refieres —contestó Legoshi, aún sin comprender. —Es que te he visto algo preocupado... —continuó Jack, bajando la voz en un tono de broma—. ¿Será que te enamoraste de alguien? Jack rió suavemente, adelantándose unos pasos, sin notar que Legoshi se había detenido en seco. Al darse cuenta, se giró para ver a su amigo parado detrás de él, y la sorpresa lo dejó sin palabras por un momento. —¡Espera, entonces sí te gusta alguien! —exclamó Jack, acelerando el paso para alcanzarlo. La expresión de Legoshi era difícil de leer, una mezcla de nerviosismo y desconcierto. —Yo... —comenzó Legoshi, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Incómodo, empezó a caminar más rápido, tratando de escapar de las preguntas de Jack. —¡Espera, Legoshi! —gritó Jack, persiguiéndolo por el pasillo—. ¡Vamos, dime! ¿Es alguien de nuestra clase? —Si no nos apuramos, llegaremos tarde a la otra clase —respondió Legoshi, intentando desviar la conversación. Algunos estudiantes que pasaban por el pasillo se giraron para ver qué ocurría, pero pronto volvieron a sus propios asuntos. —¡Vamos, Legoshi, dime! No le diré a nadie —insistió Jack mientras giraban por un pasillo vacío en dirección a las escaleras—. Y también... hay algo que me preocupa. Es que mientras revisaba algunas cosas en dormitorio, encontré una revista debajo de tu... Jack no terminó la frase, ya que Legoshi lo interrumpió, mirándolo con urgencia y luego asegurándose de que no hubiera nadie cerca. Sin decir más, lo tomó del brazo y lo arrastró rápidamente hacia las escaleras. —¡Está bien, te lo diré! Pero no se lo cuentes a nadie —dijo Legoshi en voz baja, aunque su tono reflejaba una mezcla de seriedad y vergüenza. —¡Sí, sí, claro! Pero... tus dientes, tus dientes... —respondió Jack con un poco de temor, ya que Legoshi no se había dado cuenta de lo intimidante que se veía al arrastrarlo de esa manera. Los dos se calmaron, tomando un respiro. —Te prometo que no le diré a nadie —aseguró Jack, tratando de sonar más tranquilo. Legoshi suspiró antes de hablar, mirando al suelo. —La verdad, no sé si realmente me gusta o si solo es una atracción de depredador —admitió, su voz bajando al final de la frase. Trataba de entender sus propios sentimientos, que estaban en constante conflicto. —¡Espera, no es... carnívoro, es...! —Jack se quedó sorprendido, pero en el fondo no le resultaba tan extraño. Conociendo a Legoshi, siempre había algo peculiar en él. —Sí, es una coneja. La conocí hace una semana, cuando ayudaba a preparar la obra de Adler. Estaba trabajando en la decoración... pero todavía dudo de si lo que siento es real. Cuando pienso en ella, todo se complica, y no dejo de darle vueltas. Quizás es solo una emoción retorcida por mi instinto, y temo que algo pueda salir mal si sigo adelante —confesó Legoshi, su mirada perdida mientras trataba de poner en orden sus pensamientos. Jack lo escuchaba con atención, procesando lo que su amigo le contaba. —¿Estás seguro? Tal vez sientes interés en ella porque realmente te gusta —sugirió Jack con suavidad, dándole una perspectiva diferente. Legoshi lo miró, todavía lleno de dudas. —Ahh, realmente no lo sé, Jack —respondió Legoshi suspirando, bajando la vista hacia el suelo. La confusión que sentía se reflejaba en su rostro, una lucha interna entre sus emociones y su instinto. —Vamos, Legoshi, sé que tomarás la decisión correcta. Pero no te atormentes demasiado con esto —dijo Jack, dándole unas palmadas en el hombro para animarlo. Legoshi levantó la mirada y le sonrió levemente a su amigo. —Gracias, Jack. Supongo que hablar con alguien sobre esto me hace sentir un poco mejor —agradeció, sintiendo que, aunque el conflicto en su interior seguía allí, al menos tenía a alguien que lo escuchaba y lo apoyaba. Jack sonrió. —Bien, me alegra que te sientas un poco mejor. Recuerda que si necesitas hablar de algo, siempre estoy dispuesto a escucharte. Después de todo, eres mi mejor amigo —dijo con una expresión cálida. Legoshi esbozó una leve sonrisa. —Sí, gracias, Jack. Pero vamos, no creo que falte mucho para que empiece la clase —respondió, retomando el paso. Jack asintió alegremente. —¡Vamos! —dijo con entusiasmo. Los dos retomaron su camino hacia el aula, caminando por los pasillos abarrotados de estudiantes que iban y venían. Conversaban sobre temas de clase y actividades extracurriculares, cuando de pronto, se toparon con Juno. Ella corría por el pasillo, visiblemente agitada, buscando algo o a alguien. Al ver a Legoshi, se detuvo bruscamente, tratando de recuperar el aliento. —¡Ah, Legoshi, por fin encuentro a alguien a quien preguntar! —dijo Juno, jadeando un poco. Jack se sorprendió al notar la familiaridad entre ambos y la miró con curiosidad cuando se dio cuenta de que no estaba sola. —Perdón, no te vi. Soy Juno —se presentó la loba con una sonrisa amigable, ahora un poco más recuperada. —Un gusto, Juno. Soy Jack —respondió él con la misma amabilidad. Luego, lanzó una mirada rápida a Legoshi, dándose cuenta de que Juno parecía necesitar hablar en privado con él. —Bueno, te veo en el salón, Legoshi. Nos vemos, Juno —se despidió, alejándose. Pero justo antes de que pudiera irse, Juno lo interrumpió. —¡Espera! ¿Has visto al humano? No logro encontrarlo —preguntó, con un tono de preocupación que hizo que tanto Legoshi como Jack se detuvieran en seco, intercambiando miradas preocupadas. —¿Qué pasó? —preguntó Legoshi, frunciendo el ceño. El tono alarmado de Juno lo inquietaba. —Se peleó con el profesor del segundo periodo. Estaba sentado a mi lado cuando ocurrió —explicó Juno, con la voz temblorosa. Jack miró a Legoshi, tratando de asimilar lo que había dicho. —¿Qué? ¿Elias se peleó con el profesor? ¿Por qué? —preguntó Jack, incrédulo y visiblemente preocupado. Era difícil imaginar a Elias iniciando una pelea en clase. —Fue por la lección de historia. Hoy tocaba el tema de la guerra carnívoro-herbívoro contra los humanos. El profesor suplente estaba dando la clase y dijo algunas cosas que lo molestaron. Elias le gritó y, al final, el profesor lo expulsó del aula —relató Juno, su rostro reflejando la angustia por lo sucedido. —¿Un profesor suplente? ¿No se supone que la profesora Helen da esa clase? —cuestionó Jack, confundido, pues sabía que no solían asignar temas tan delicados a los estudiantes de primer año. —Sí, pero la profesora Helen no pudo venir. El profesor que la reemplazó se llama Rowen —explicó Juno. —Aunque creo que él también se pasó un poco. Sentí que sus comentarios iban dirigidos indirectamente hacia Elias —agregó con un dejo de preocupación en la voz. Jack también empezó a sentirse mal por Elias. —Lo siento por no haber preguntado antes, pero... ¿ustedes lo conocen? —preguntó Juno al notar que Jack sabía su nombre. —Sí, de hecho, lo conocimos ayer —respondió Legoshi, aún sorprendido y preocupado por lo que había sucedido. —Entonces, ¿no lo han visto? —insistió Juno, su preocupación reflejada en su mirada. —No, no lo hemos visto —contestó Legoshi—. Pero me imagino que debe estar sintiéndose terrible después de todo esto. —Entiendo... Muchas gracias. Seguiré buscándolo para demostrarle que no todos lo vemos como lo hizo el profesor. Es mi deber si quiero ser una Beastar —dijo Juno con firmeza, despidiéndose de Legoshi y Jack antes de alejarse rápidamente. Los dos se quedaron en silencio por un momento, intercambiando miradas. La preocupación era evidente en sus rostros. —¿Crees que estará bien? ¿O deberíamos buscarlo? —preguntó Jack, todavía preocupado por Elias y lo mal que debía estar sintiéndose en su primer día. —Tal vez, pero ¿cómo lo encontraremos? Ese será un problema... Además, es posible que no quiera hablar con nadie ahora mismo —respondió Legoshi, intentando pensar en una solución, aunque ninguna idea clara se le ocurría para resolver la situación. —Solo espero que esto no haga que su visión sobre nosotros cambie —respondió Jack, preocupado de que la poca confianza que habían logrado ganarse de Elias se viera afectada por las acciones del profesor. —Vamos, tal vez podamos encontrarlo más tarde en el dormitorio. Por ahora, no tiene sentido preocuparnos demasiado —dijo Legoshi, empezando a caminar hacia su siguiente clase. Jack asintió, aunque la preocupación aún pesaba en su mente. Al ver a Legoshi seguir adelante, decidió aceptarlo y lo siguió, pensando para sí mismo: "Solo espero que esté bien". Los dos se alejaron, caminando en dirección a su aula. A lo largo del día, Legoshi y Jack se separaron en algunas clases, y las horas transcurrieron hasta que llegó la hora de salida. Algunos estudiantes se dirigieron a sus clubes, mientras que otros regresaban a sus dormitorios. Jack, sin poder evitar preocuparse por Elias, caminaba por los pasillos buscándolo, a pesar de que Legoshi había sugerido que quizás lo encontrarían en el dormitorio más tarde. No pudo quedarse quieto y decidió investigar por su cuenta. Sin embargo, después de recorrer varios pasillos, no logró verlo en ningún lado. Determinado a encontrarlo, decidió echar un vistazo en algunos clubes, por si acaso lo veía allí. La preocupación crecía con cada paso, pero Jack no quería rendirse tan fácilmente. Jack pasó por algunos clubes pequeños sin encontrar rastro de Elias. Sin embargo, al llegar a un pasillo, notó una multitud de estudiantes acumulados alrededor de una puerta. Entre ellos, reconoció a Miguno, quien miraba hacia el interior del salón. Se acercó rápidamente. —¡¿Miguno, qué pasa?! ¿Por qué...? —Jack comenzó a preguntar, pero Miguno levantó la mano, indicándole que guardara silencio. Luego le hizo un gesto para que se acercara y viera lo que sucedía. Jack obedeció y se movió entre los demás estudiantes. Algunos estaban grabando con sus teléfonos. Al mirar a través de la puerta, vio a Elias sentado en el centro del salón, con lo que parecía ser la guitarra de Miguno en sus manos, tocándola con destreza mientras cantaba. Jack se quedó sorprendido, sin palabras ante lo que veía. Elias había salido del salón furioso después del enfrentamiento con el profesor. Mientras trataba de controlar su ira, caminaba por los pasillos semi vacíos de la academia, con su mochila colgando de un hombro. —Ahh, ¿para qué molestarse con alguien como él? No debo dejar que mis emociones saquen lo peor de mí —murmuró para sí mismo, mientras sus pasos resonaban en el vacío. Decidió que necesitaba relajarse y recordó algo que Legoshi le había mencionado: un club de jardinería en una de las azoteas. Subió por las escaleras, guiado por un pequeño letrero que le indicaba el camino. Al llegar a la puerta metálica que daba acceso a la azotea, la abrió, siendo recibido por una suave brisa fresca y el aroma de miles de flores. A medida que su visión se aclaraba, pudo ver un jardín lleno de colores vibrantes y algunos árboles pequeños. Cerró la puerta detrás de él y caminó hacia las flores. —Se parecen a las que había en la catedral —susurró, agachándose para observarlas más de cerca. El recuerdo de su hogar le atravesó la mente, y sin pensarlo mucho, se dirigió a una banca cercana. Se sentó, cerró los ojos y dejó que el sonido del viento acariciando las hojas lo calmara. Haru, quien estaba en el pequeño almacén buscando algo que había dejado en el club, escuchó la puerta abrirse. —Mmmh, ¿quién será? —se preguntó. Escuchó pasos pesados, parecidos a los de Legoshi. —¿Será Legoshi? ¿Qué querrá? —pensó mientras caminaba hacia la puerta entreabierta, asomándose para ver quién había entrado. Para su sorpresa, no vio a nadie en un primer vistazo, pero al avanzar un poco más, lo encontró. Allí, en medio del jardín, sentado en la banca, estaba Elias. Haru se quedó paralizada unos segundos antes de esconderse rápidamente detrás de un arco cubierto de enredaderas. "¿Q-qué? ¡Es el humano del que tanto hablan! ¿Qué hace aquí?" pensó Haru, con su corazón latiendo frenéticamente por el miedo. Sentía que sus instintos animales se activaban, alertándola. "Por alguna razón, siento más miedo de él que de Legoshi. ¡Quiero correr, pero mis piernas no se mueven! ¡Ayuda, alguien!", pensaba, aterrada. A medida que Elias permanecía sentado con los ojos cerrados, Haru intentó escabullirse sigilosamente para salir del jardín sin ser vista. Sin embargo, justo cuando pasaba frente a él, él abrió los ojos lentamente. Haru sintió cómo sus piernas se congelaban en el lugar. "¡¿Qué hago, qué hago, qué hago?!", gritó internamente, mientras Elias la miraba fijamente. El miedo la invadió completamente, y sin poder evitarlo, sus piernas cedieron. Cayó al suelo, como si sus instintos le dijeran que ya no había escapatoria. Haru vio cómo Elias se levantaba del asiento y, al instante, su miedo se intensificó al notar que era igual de alto, o incluso más, que Legoshi. Cuando lo vio caminar lentamente hacia ella, su corazón se aceleró y pensó que ese era el fin. Sin embargo, en lugar de mostrar alguna señal de agresividad, Elias extendió su mano para ayudarla a levantarse. Elias abrió los ojos lentamente, notando a una chica conejo con ojos negros, pequeña y temblorosa de pelaje blanco. Era un herbívoro, y aunque nunca había interactuado de cerca con uno, estaba acostumbrado a que los herbívoros evitaran su presencia. Cuando vio que ella caía al suelo, se levantó de la banca para ayudarla, percibiendo el miedo palpable en su mirada. —¿Estás bien? —preguntó Elias amablemente, al ver que estaba en el suelo. Haru temblaba tanto que apenas pudo responder, su voz salía entrecortada. —S-s-sí, s-sólo me caí, pero no es nada... —murmuró con esfuerzo, mientras extendía lentamente su mano para aceptar la ayuda. Aunque tenía miedo, el gesto amable de Elias la hizo darse cuenta de que él no parecía tener intención de lastimarla. La tomó de la mano con cierto recelo y se puso de pie, sacudiéndose el polvo de la ropa. El silencio que siguió fue incómodo, con Haru queriendo decir algo, pero sin poder encontrar las palabras adecuadas. Elias, al notar la tensión, rompió el silencio. —Lo siento si entré sin avisar —dijo Elias con voz calmada. Haru sólo lo miraba, todavía en shock. —Tú debes ser la encargada del club, ¿verdad? —continuó, pero al ver que ella no respondía, asumió que tal vez era otra persona que solo estaba de paso. —Supongo que debí haberle preguntado a Legoshi quién era el encargado —suspiró, dándose la vuelta para regresar a la banca. Justo cuando estaba por sentarse de nuevo, la voz de Haru, temblorosa, se hizo escuchar. —¿Conoces a Legoshi? —preguntó, esforzándose por mantener la calma. Elias se detuvo y la miró por encima del hombro, lo que hizo que Haru se sobresaltara. Luego, se giró por completo hacia ella y le dedicó una leve sonrisa. —Sí, de hecho —respondió amablemente. Haru empezó a relajarse un poco, aunque aún sentía algo de miedo. Elias volvió a sentarse en la banca. —¿Q-qué haces aquí? Se supone que deberías estar en clase, ¿no? —preguntó Haru, notando que parecía ser un estudiante de primer año. Elias suspiró y miró al suelo. —Sí, supongo. Pero el profesor idiota me sacó del salón —respondió con cierto desánimo, lo cual hizo que Haru se sintiera un poco más segura al notar su tono. —¿Por qué te sacaron? ¿Dijiste algo? —preguntó Haru, ahora más calmada, aunque aún estaba alerta. —Fue por algo que él dijo durante la clase de historia. Me molesté y dejé que mi ira me controlara —dijo Elias, pasándose la mano por el cabello en un intento de calmarse. Haru se sorprendió al escuchar que, siendo su primer día de clases, ya había tenido un conflicto, y peor aún, con un profesor. Sin embargo, podía entender la situación, ya que había presenciado cómo algunos profesores, e incluso estudiantes, no se llevaban bien entre sí, especialmente cuando se trataba de carnívoros y herbívoros. —¿Entonces te sacó por eso? —preguntó Haru, notando un atisbo de decepción en Elias. —Sí, prácticamente. Pero no voy a dejar que su odio me afecte. Supongo que los idiotas como él abundan en cualquier lugar, incluso aquí —respondió Elias, soltando una pequeña risa, sin rastro de rencor en su voz. A Haru le sorprendió su reacción, ya que parecía tomárselo con mucha calma. Elias levantó la vista lentamente, lo que hizo que Haru se sobresaltara un poco. —Lo siento si te estoy contando todo esto y te molesto con mis problemas —dijo Elias, disculpándose con una expresión un tanto avergonzada. —No hay problema, después de todo, yo te pregunté —respondió Haru, sintiéndose un poco más segura. Luego, recordó algo que había olvidado decir—. Por cierto, me disculpo por no responderte antes. Sí, soy la encargada del club de jardinería. —Ah, ya veo. —Elias asintió con una pequeña sonrisa—. Me llamo Elias, aunque supongo que ya lo sabes. Parece que todos aquí no pueden evitar mirarme. —Yo... me llamo Haru. Es un gusto conocerte —respondió ella, devolviéndole la sonrisa tímidamente mientras se acercaba un poco, aún llena de curiosidad, pero con una ligera inquietud. —Entonces, ¿dices que conoces a Legoshi? ¿Él te mencionó este lugar? —preguntó Haru, todavía sintiendo un poco de nerviosismo. —Sí, lo conocí ayer. Él y otros de sus compañeros de habitación me dieron un recorrido por el campus —explicó Elias con tranquilidad—. La verdad, solo vine aquí para aclarar mis pensamientos. No quiero que mis emociones me dominen, quiero relajarme un poco... pero también para ver el club, ya que ayer solo pasamos de largo —dijo Elias, esbozando una leve sonrisa. Haru lo miró con curiosidad. —Dime, ¿qué te parece este lugar? —preguntó, observándolo con algo de cautela, ya que sus instintos aún le decían que debía tener cuidado. —¿El club? Bueno, me parece un lugar muy tranquilo y hermoso. De hecho, me recuerda a un lugar de mi hogar —respondió Elias, observando las flores a su alrededor. Haru sintió una pequeña oleada de orgullo al escuchar eso. —Bueno, gracias. Yo sola cuido todo lo que ves aquí —dijo con una sonrisa leve. —Es impresionante que lo hagas sola —comentó Elias, admirando las flores—. Y parece que te gustan mucho... —Se detuvo por un momento, su mirada viajando a través de los colores que lo rodeaban—. Estoy seguro de que te gustaría ver los campos de mi país. Están llenos de flores de muchos colores, algunas que nunca he visto aquí. Haru se sintió más relajada al escuchar la descripción de su hogar, imaginando lo hermosos que debían ser esos campos. —Lo siento, me dejé llevar —dijo Elias, regresando de sus pensamientos. —No te preocupes —respondió Haru—. Supongo que debe ser difícil para ti estar aquí, siendo el único de tu especie. Elias suspiró ligeramente. —Sí, puede ser complicado, pero trato de no desanimarme. En cualquier lugar, siempre habrá cosas malas y buenas. Haru aún temblaba un poco, aunque intentaba disimularlo, pero Elias lo notó. —Gracias por escucharme, Haru. Y lamento si te asusté antes al entrar sin avisar —dijo Elias, soltando una pequeña risa. —No te disculpes, es solo... mi instinto diciéndome que corra de ti —dijo Haru, tratando de reírse nerviosamente. Elias se quedó mirándola por unos segundos, como si reflexionara sobre lo que ella acababa de decir. Haru se tensó al notar su mirada fija, preguntándose si había dicho algo inapropiado. Finalmente, Elias habló de nuevo. —No lo sabía. Pero tú eres la primera herbívora que me habla. Me sorprende que no hayas salido corriendo al verme. Haru bajó la mirada, aún algo inquieta por su presencia. Elias se levantó de la banca y se estiró. —Bueno, Haru, supongo que debo irme. Tengo algunas clases más por delante —dijo con una sonrisa. Haru pudo ver un destello de sus dientes mientras hablaba, lo que le causó una mezcla de curiosidad y temor. —Gracias por escucharme. Nos vemos —añadió Elias, despidiéndose mientras se dirigía hacia la puerta del jardín. Levantó una mano en señal de despedida antes de salir. —Sí... nos vemos —respondió Haru, saliendo de sus pensamientos cuando la puerta se cerró detrás de él. Suspiró, aliviada de que el encuentro hubiera terminado sin incidentes. Poco a poco, su miedo se fue desvaneciendo. "Es tan raro como Legoshi... o tal vez más. Me pregunto si todos los humanos son como él", pensó Haru para sí misma, mientras miraba la puerta por la que Elias había salido. —Será mejor que siga con lo que vine a hacer antes de que empiece la siguiente clase —se dijo a sí misma, y se dirigió al pequeño almacén para continuar con su búsqueda. Elias salió del club de jardinería con la mente ocupada, dirigiéndose a su próxima clase. “Solo espero que este profesor o profesora no sea como el otro”, pensó mientras miraba su itinerario. "Lenguaje marino... recuerdo haber oído de eso en los puertos. Me pregunto cómo será”. Con esa duda en mente, caminó hasta su aula. El día transcurrió lentamente, y para cuando llegó la hora de las actividades extracurriculares, Elias se veía visiblemente cansado. “¿Quién diría que la materia más difícil sería lenguaje marino? Ese idioma que hablan los seres marinos parece solo gorgoteo... ¿cómo se supone que lo pueda distinguir?”, reflexionaba mientras caminaba, sumido en sus pensamientos. Al recordar los clubs que recorrió con Legoshi y los demás, sacó un pequeño papel que Jack le había dado el día anterior. —Veamos a cuál debería ir... mmm, aunque también podría regresar al dormitorio —dijo en voz baja, mirando los nombres de los clubs más pequeños. Los más grandes, como el de drama o el de relaciones públicas, no le llamaban la atención. “No soy bueno para ninguno de esos. Supongo que será mejor uno pequeño... ¿Manga? ¿Qué será eso? Jardinería es relajante, pero no quiero sentirme como en casa, cavando y llenándome de tierra... mmm, música suena interesante”. Decidido, se dirigió hacia donde estaba el club de música. —F-5... según esto, está en el segundo piso, entre dos pasillos. Este lugar sí que es grande —murmuró mientras avanzaba por los casi desolados corredores. Subió las escaleras, buscando el letrero pequeño, hasta que finalmente lo vio. Se detuvo frente a la puerta, tomando aire para calmarse. —Bien, es ahora o nunca —se dijo a sí mismo antes de deslizar la puerta y entrar lentamente. La sala estaba casi vacía. Solo había unos cuantos instrumentos bien colocados en sus bases. A lo lejos, una batería, un bajo y una guitarra eléctrica captaron su atención. Sus ojos se iluminaron de inmediato. “¡Esto es una obra de arte! Es la segunda vez que veo una guitarra eléctrica”, pensó con emoción, recordando cómo se ilusionó al ver una en un festival de su ciudad. Solo poseía una guitarra acústica, pero siempre había querido probar una eléctrica. Se acercó con admiración, observando los detalles del instrumento, pero sin tocarlo. Al inclinarse para ver mejor, notó unas letras escritas en la guitarra: "Propiedad de Miguno". —¿Esta guitarra es de Miguno? —se preguntó en voz baja. La tentación de probarla lo invadió, pero intentó resistir. —Me pregunto si se enojará si la toco un poco... —murmuró mientras la tomaba con delicadeza. La ligereza del instrumento lo sorprendió, y no pudo evitar sonreír mientras tocaba algunas cuerdas, escuchando el sonido que producían. —Bueno, no creo que se dé cuenta... además, no están aquí —dijo confiado, empezando a tocar algunas estrofas. Sin que Elias lo supiera, Miguno y su banda habían regresado y, al ver la puerta entreabierta, se acercaron preocupados. Miguno fue el primero en asomarse y vio a Elias tocando su guitarra. —Oye, Miguno... ¿ese no es el humano? —preguntó su amigo, un buitre, en voz baja. —Sí, lo es... y lo conozco —respondió Miguno, también en susurros. Sus compañeros lo miraban con sorpresa y algo de miedo, como si no pudieran creer que Miguno permitiera que un humano tocara su guitarra. Mientras tanto, más estudiantes que pasaban se detenían al ver lo que estaba ocurriendo. La curiosidad aumentaba, y algunos comenzaron a grabar con sus teléfonos. Miguno estaba sorprendido por lo bien que Elias manejaba el instrumento. Justo en ese momento, Jack llegó corriendo por detrás, llamando la atención de Miguno, pero este lo silenció rápidamente y le hizo un gesto para que se acercara. Jack obedeció y se asomó junto a los demás, observando a Elias con asombro. —Bien, nunca pensé que una guitarra como esta sonaría tan bien... aunque me gustaría probarla con esa canción que compuse hace años, a ver qué tal suena —murmuró Elias, pensando en voz alta mientras todos los que observaban desde fuera contenían la respiración, más interesados que nunca. —Pero no sé si ya vendrán —dijo mirando alrededor, evaluando la situación. Finalmente, tomó una decisión. —Bueno... solo espero que no vengan todavía —añadió, antes de posicionarse mejor y comenzar a tocar una melodía con la guitarra. Los estudiantes afuera se pegaron más a la puerta, deseosos de no perderse ni un segundo de lo que estaba a punto de suceder. Al nacer siempre, me ilusionaba Ese brillante horizonte, que me llamaba. Atrayéndome, como polilla a la luz, Llenándome de sueños, imaginando, Un mundo hermoso, fuera de este lugar. Pero al crecer me di cuenta, Que este mundo donde vivo, es solo una apariencia, Una ilusión para mantenernos a salvo, De los miedos que nos perseguían, ellos me hablaban, De un pasado difícil de olvidar, Lleno de dolor y sufrimiento, en un mundo cruel. Siendo castigados, exiliados sin razón, Por un soñar que tuvimos al nacer, como un don, Ese pecado ancestral aún nos seguirá, Haciéndonos llorar, haciéndonos sufrir, Proveniente de una guerra que no provoqué. Pero dentro de mí, no se detendrá, Mi curiosidad, aunque todos me digan Que el mundo es peligroso, eso solo aviva más El fuego interno de mi alma. Y una vez más, volví a ver la luz del horizonte, Llamándome, sin dejar que sus miedos Me detuvieran, iluminando mi camino, A través de ese valle oscuro, sin detenerme. Aunque el cielo se tiña de negro, no temeré, Las sombras que se esconden, las enfrentaré. Cada paso que dé, me acerca más A ese sueño que no puedo dejar escapar. Esa luz que tomaba del horizonte, Entre mis manos, pude verte, Con las mismas pesadillas que lastiman A alguien más, provocadas por el mismo dolor que sentía. Mientras nos parábamos sobre este mar de cenizas, Donde los dos nos miramos, viéndonos llorar, Viéndonos reír, viéndonos amar, viéndonos morir. Este malestar nunca cesará. Pero tu calidez dispersó este mar de cenizas, Convirtiéndolo en un mar de vida floreciente, Llenándolo con esa luz cálida que iluminaba aún más. Elias comenzó a tocar la guitarra, sorprendiendo a todos los que lo observaban a escondidas. Sus dedos se movían con agilidad sobre las cuerdas, arrancando notas claras y vibrantes que llenaron el ambiente. Dentro de mí, el fuego seguirá ardiendo, Nadie podrá apagar lo que estoy sintiendo. El horizonte me sigue llamando, Y mi corazón late más fuerte, resonando. Y una vez más, mi camino se ilumina, Atravesando la noche y la neblina. No habrá barrera que me pueda detener, Porque en mi alma, siempre voy a creer. Ahora, bajo esa luz brillante, Todos encuentran la felicidad, floreciente. El dolor y la oscuridad se van desvaneciendo, Mientras juntos avanzamos, creando un nuevo amanecer. Riendo, llorando, amando y bailando, Todos juntos, llenándolo de promesas. Elias tocaba las últimas notas de la guitarra, bajando lentamente la intensidad. Abrió los ojos con una sonrisa en el rostro. —Esta guitarra es muy buena. Seguro a mi hermanita le encantaría oírla —dijo tranquilamente, admirando el instrumento. Luego, se estiró y añadió —Bueno, creo que es suficiente por hoy. Seguro ya vienen en camino. Se levantó del asiento con calma, dejando la guitarra en su lugar. Afuera, el grupo de estudiantes observaba en silencio, asombrados por lo que acababan de presenciar. La presión de tantos curiosos apoyados contra la puerta hizo que esta cediera de repente, y todos cayeron al suelo en un caos de cuerpos. Elías se paralizó, al igual que los demás, y el ambiente quedó envuelto en un silencio sepulcral. Con lentitud, giró su cabeza para mirar por encima de su hombro, provocando un escalofrío entre los presentes. Con un movimiento calculado, tomó su máscara y se la colocó, antes de recoger su mochila y correr hacia la otra puerta. La abrió con fuerza y se lanzó hacia adelante, huyendo sin mirar atrás. El desconcierto fue inmediato. Jack y Miguno fueron los primeros en reaccionar, levantándose apresuradamente y empezando a perseguirlo, seguidos por algunos de los que estaban mirando. —¡Elias, espera! —gritó Jack mientras corría detrás de él. Elías descendió las escaleras a toda velocidad, deslizándose por el pasamanos con una agilidad sorprendente, llegando rápidamente al primer piso. Sin detenerse, corrió hacia la salida, pasando junto a varios estudiantes que lo miraban sorprendidos. Jack y los demás lo seguían de cerca, causando una ola de confusión entre quienes los veían correr por los pasillos. Al llegar a la puerta, Elias la abrió de golpe y salió sin darse cuenta de que había salido por la parte trasera del edificio, donde se encontraban otros clubes y más estudiantes caminando. Al verlo pasar corriendo, llamó la atención de todos, incluidos Legoshi y algunos miembros del club de drama, quienes se alarmaron al ver la escena. —¿Qué está pasando? ¿Por qué corren? —preguntó Legoshi mientras se unía a la carrera, alcanzando a Jack. —¡Te lo explico luego, ahora solo tenemos que alcanzarlo! —respondió Jack, jadeando por el esfuerzo. Legoshi miró hacia adelante y vio a Elías corriendo con una energía inagotable. “No creo que pueda llegar muy lejos. Los dormitorios están en el otro extremo del campus”, pensó mientras aceleraba el paso. A medida que atravesaban el campus, más estudiantes miraban, intrigados por la persecución. Finalmente, llegaron a una pista de correr donde algunos alumnos practicaban. Elías cruzó la pista a toda velocidad, mientras Jack y Miguno que lo seguían se detenían, agotados. —Ah... ¿cómo es que no se cansa? —preguntó Miguno, doblándose mientras intentaba recuperar el aliento. —No lo sé... —respondió Jack, igual de cansado, observando a Elias que ya casi llegaba a los dormitorios. Legoshi también seguía corriendo, aunque su ritmo comenzaba a disminuir. “¿Cómo puede seguir corriendo? Ya todos estamos agotados... y su olor... puedo sentirlo intensificándose”, pensó mientras se esforzaba por alcanzarlo, su respiración pesada mientras seguía la frenética carrera. Elias salió de la pista, esforzándose al máximo mientras el edificio de los dormitorios se acercaba. Volteó la cabeza y vio a Legoshi cada vez más cerca, esforzándose por alcanzarlo. Con el sudor recorriéndole el rostro, apretó el paso, sintiendo la mirada de los estudiantes a su alrededor, algunos asustados y otros simplemente curiosos ante la extraña persecución. Al llegar a la puerta del dormitorio, Elias miró hacia atrás una vez más. Legoshi estaba jadeando, claramente agotado, y los demás lo seguían más rezagados. Aprovechando la ventaja, se escabulló rápidamente dentro del edificio y se dirigió al ascensor, presionando el botón del piso con una mano temblorosa. Mientras la puerta se cerraba lentamente, sintió un alivio momentáneo al notar cómo el elevador comenzaba a subir. Cuando las puertas se abrieron, Elias salió apresurado, cruzando la habitación común y atrayendo la atención de algunos estudiantes que se encontraban allí. Pasó por el pasillo hasta llegar a su habitación, luchando por abrir la puerta con la llave mientras su mano temblaba. En ese momento, escuchó el sonido del ascensor abriéndose de nuevo. Con un último esfuerzo, consiguió girar la llave y entrar, cerrando la puerta rápidamente detrás de él. Avanzó lentamente hacia su cama y se dejó caer sobre ella, sintiendo cómo el pulso martilleaba en sus oídos y el sudor seguía empapando su piel. "Perfecto, ahora todos me verán aún más raro", pensó con amargura mientras intentaba recuperar la calma. El silencio de la habitación se rompió cuando escuchó el golpeteo suave en la puerta. No respondió al principio, esperando que se cansaran y se marcharan, pero la voz de Jack llegó desde el otro lado. —Elias, soy yo, Jack… ¿no quieres hablar? —preguntó Jack con tono preocupado, observando la puerta con la esperanza de obtener una respuesta. Varios estudiantes se asomaban por el pasillo, curiosos por la situación. Después de un largo silencio, finalmente se escuchó el suave chirrido del cerrojo al moverse. La puerta se abrió lentamente, y Elias asomó la cabeza, dejando ver solo un ojo y la máscara que cubría el resto de su rostro. El aire de la habitación estaba impregnado con su fuerte olor a sudor y cansancio, algo que Jack percibió claramente. —Pasa —murmuró Elias con una voz fría, casi susurrante. La forma en la que asomaba su rostro desde la oscuridad de la habitación hizo que algunos de los presentes en el pasillo sintieran un escalofrío, como si se tratara de una escena sacada de una película de terror. Paralizados por la inquietud, retrocedieron instintivamente. Elias se alejó de la puerta, dejando que la luz tenue del cuarto envolviera la escena en un ambiente lúgubre. Jack entró con cautela, seguido por Miguno, y cerraron la puerta detrás de ellos, todos los presentes se retiraron al ver que ya habían entrado preguntándose que habia pasado. Avanzaron lentamente por la habitación apenas iluminada, hasta que vieron a Elias de pie junto a la ventana, dándoles la espalda. Se había puesto nuevamente su gabardina y los guantes, su silueta oscura contrastando con la tenue luz del atardecer que se filtraba por el vidrio. La atmósfera cargada y la escasa iluminación le daban a la escena un aspecto casi sobrenatural, haciendo que Jack y Miguno sintieran un nerviosismo creciente. Elias permanecía en silencio, su figura recortada contra la ventana, mientras el aire denso en la habitación parecía oprimirles el pecho. —¿Estás bien, Elias? —preguntó Jack, con una mezcla de preocupación y miedo en su voz, mientras observaba la figura inmóvil de su amigo. —No te preocupes si usaste mi guitarra, no estoy molesto —añadió Miguno, escondiéndose detrás de Jack, con un temblor en su voz. Elias permaneció en silencio, de espaldas a ellos. Luego, lentamente, se dio la vuelta, revelando su máscara. El color blanco y los múltiples ojos azules dibujados en ella no hacían nada por calmar la inquietud de los dos jóvenes, que sintieron un escalofrío recorrerles la espalda. —Sí, estoy bien. Lo siento por no pedirte permiso, Miguno —respondió Elias, su voz filtrándose a través de la máscara. Miguno tragó saliva al notar la profundidad oscura en los ojos de la máscara. —Como dije, no me molesta —respondió Miguno tartamudeando, intentando romper la tensión con una sonrisa nerviosa—. Pero... tocas muy bien. Realmente me sorprendió tu forma de cantar. —Gracias, Miguno. —Elias suspiró, relajando un poco la postura. Caminó hacia la ventana y abrió la cortina, permitiendo que la luz entrara y aliviara la penumbra del cuarto. Luego se sentó en el borde de la cama—. Lo siento por salir huyendo. El miedo me ganó al verlos… nunca había tenido a tanta gente escuchando lo que canto. —¿A qué te refieres? —preguntó Miguno, un poco más tranquilo, aunque aún con cierta curiosidad. —Normalmente, es mi hermana la única que escucha mis canciones. Siempre le divierten —dijo Elias con una leve sonrisa al recordar a su hermana. —¿Entonces tú hiciste esa canción? —intervino Jack, tratando de mantener la conversación. —Sí, es una canción que compuse hace mucho tiempo. Generalmente, solo toco una guitarra acústica, pero hoy no pude resistirme a probarla mientras cantaba. Lo siento nuevamente, Miguno —respondió Elias, levantando la mirada para ver a ambos—. En mi hogar, las guitarras electricas son muy raras, y las pocas que llegan a vender son extremadamente caras. Jack y Miguno lo miraban, empezando a entender un poco mejor la situación y las razones de su reacción al huir del salón. —Este calor me está matando… déjenme quitarme esto —dijo Elias, atrayendo nuevamente la atención de ellos. Se puso de pie y comenzó a quitarse la gabardina y las protecciones, mientras el sudor resbalaba por su piel. Jack y Miguno observaron, sorprendidos, cómo parecía empapado, como si hubiera corrido bajo la lluvia. —Ah... ¿por qué estás tan mojado? ¿Te echaste agua encima? —preguntó Jack, viendo el brillo del sudor sobre la piel de Elias. —¿Qué? No, solo estoy sudado. Correr mucho hace que mi cuerpo libere agua, casi como si me hubieran echado un balde encima —explicó Elias, algo desconcertado por la pregunta. Al ver la expresión de extrañeza en sus rostros, rió un poco—. Por lo que sé, ustedes no sudan. Liberan el exceso de calor jadeando. —¿Así que te sale agua del cuerpo cuando corres? —dijo Jack, mirando con curiosidad cómo el sudor seguía formando pequeñas gotas en la piel de Elias. —Sí, pero no es solo agua, es una combinación de varias cosas —aclaró Elias, sentándose de nuevo en la cama. El ambiente en la habitación se calmó un poco, pero la preocupación de Elias no desaparecía del todo. —Bueno, supongo que ahora he causado un caos afuera, y todos se preguntarán por qué salí corriendo. Lo del profesor tampoco ayudará... No podría ser peor —dijo Elias, desanimado. Jack se acercó y se sentó a su lado, tratando de animarlo. —Vamos, no te pongas así. Es tu primer día de clases… aunque sí, supongo que el profesor se sobrepasó contigo —dijo Jack, colocando una mano en el hombro de Elias en un intento de consolarlo. Elias suspiró, sintiendo una mezcla de cansancio y alivio. Por lo menos, sabía que no estaba solo en ese momento. —Gracias, Jack, por preocuparte por mí —dijo Elias, tratando de animarse un poco. Mientras tanto, Miguno examinaba de cerca la gabardina de Elias, notando el blindaje interior. —¿Por qué...? —Miguno comenzó a preguntar, pero se interrumpió cuando alguien tocó la puerta. —Soy yo, Legoshi —dijo una voz tranquila del otro lado. Elias se levantó para abrir la puerta. Miguno le hizo señas en silencio a Jack, apuntando al blindaje de la gabardina con curiosidad. —Voy —dijo Elias, caminando hacia la puerta. Al abrirla, vio a Legoshi de pie, todavía con un leve rastro de cansancio en su expresión. —Pasa —le dijo Elias con un tono más alegre. Legoshi asintió y entró en la habitación, observando a Jack y Miguno, quienes rápidamente desviaron la mirada hacia él. —¿Qué pasó? ¿Por qué corrían detrás de Elias? —preguntó Legoshi al ver que todos parecían más tranquilos. —Solo fue un pequeño malentendido —respondió Jack con una sonrisa, y luego procedieron a explicarle lo sucedido. —Ah, así que te asustaste al ver a tantas personas mirándote tocar la guitarra —comentó Legoshi. —Sí, prácticamente no estoy acostumbrado a que tanta gente me vea. Me pone nervioso —admitió Elias, pasándose la mano por detrás de la cabeza. —Pero vaya que corres rápido. Tienes mucha resistencia —dijo Miguno alegremente, riendo. —Eh, sí. De hecho, cuando entrenaba con el ejército, corríamos unos tres kilómetros de ida y vuelta cargando mochilas llenas de equipo. Nadie podía descansar hasta llegar —explicó Elias con una sonrisa. Los tres lo miraron incrédulos; correr tres kilómetros sin descanso les parecía una locura. —Mmm… realmente, ustedes los humanos son raros —dijo Legoshi, pensando en voz alta. Jack y Miguno lo miraron sorprendidos por el comentario, pero antes de que pudieran reaccionar, Elias rió un poco. —¿De verdad te parece raro? No has visto lo que hacemos en los festivales de mi hogar. Ahí sí que pasan cosas locas —dijo Elias, sonriendo más animado. La atmósfera se relajó cuando lo vieron más tranquilo. —Por cierto, ¿realmente estás bien? Oí lo que pasó con el profesor esta mañana —preguntó Legoshi, notando que Elias no parecía tan afectado. —Ah, no voy a dejar que su odio florezca en mí. Si lo hago, solo me hará daño —respondió Elias con calma. Sus amigos se sorprendieron por su actitud serena. —Aunque estoy seguro de que tiene sus razones para haber actuado así —añadió Elias, con un tono más serio, suspirando mientras se recostaba en la cama, dejando que el estrés se disipara. —Entonces, ¿no te sientes mal por lo que te dijo? —preguntó Jack, con la esperanza de que su percepción de ellos no hubiese cambiado. —No. No dejaré que me afecte. Después de todo, no todos ustedes son iguales… y, además, tengo amigos —respondió Elias, mirando al techo con tranquilidad. Jack se sintió aliviado de que Elias no los odiara por lo sucedido. —Por cierto, ¿no tienen actividades de club que hacer? ¿No les estoy quitando su tiempo? —preguntó Elias, sintiéndose un poco culpable. —No te preocupes, puedo saltarme el club por hoy —respondió Jack con una sonrisa. —Igual yo. Ellos lo entenderán —añadió Miguno. Los tres miraron a Legoshi, que dudó un momento. —Tal vez, solo por esta vez, pueda saltármelo —dijo Legoshi, pensándolo bien. —¡Bien! —dijo Elias, sonriendo con alivio. —Por cierto, Elias… ¿puedo preguntarte algo? —dijo Miguno, algo nervioso. —Sí, ¿qué es? —respondió Elias, esperando la pregunta. —Bueno, es que… ¿por qué la ropa que llevabas tiene esas placas en el interior? —preguntó Miguno, con curiosidad e incomodidad al mismo tiempo. —La gabardina… bueno… —Elias se quedó en silencio unos segundos, lo que hizo que el ambiente se volviera tenso—. No lo tomen a mal, pero es ropa blindada, para evitar que ustedes puedan hacerme daño con sus garras —explicó Elias, mirando hacia el suelo. Miguno comenzó a arrepentirse de haber hecho la pregunta al ver cómo el tono de Elias se volvía serio. —No quiero que piensen mal de mí, pero si les contara todo lo que nos enseñaron sobre ustedes, se sorprenderían o tal vez se horrorizarían —dijo Elias, levantando la mirada para verlos a los ojos. —¿Qué tan malo es? —preguntó Jack con un tono neutro, aunque sus ojos reflejaban cierta inquietud. Legoshi y Miguno lo miraron, conscientes de que la pregunta podía abrir una puerta a algo que quizá preferían no saber. Elias, serio, los observó antes de responder. —Bueno... ¿quieren verlo? —dijo, su voz cargada de una advertencia sutil. Los tres asintieron lentamente, aunque había una evidente duda en sus movimientos. La curiosidad les ganaba, empujándolos a seguir adelante a pesar del malestar que comenzaba a gestarse. —Bien, solo una cosa más... No se lo digan a nadie —dijo Elias, poniéndose de pie y caminando hacia un cajón. De allí sacó un libro que parecía antiguo. La portada era de un color café desgastado, con un título escrito en un idioma que ellos no entendían, el mismo que habían visto en la carta que escribió Elias en mañana mientras desayunaban en la cafetería. El libro parecía normal, pero había algo en su presencia que resultaba inquietante, como si albergara secretos oscuros entre sus páginas. —No se lo digan a nadie —repitió Elias, poniéndose serio mientras colocaba el libro sobre la cama—. Esto podría hacer que algunos se sientan incómodos. —¿Qué dice la portada? —preguntó Jack, acercándose un poco para tratar de leer. —"Historia de Edén" —respondió Elias, sus palabras despertando aún más la atención de los tres. Elias pasó su mano por la portada, acariciando el material antes de abrir el libro. La primera página reveló palabras que Jack, Legoshi y Miguno reconocieron de inmediato, eran las mismas inscripciones que habían visto en la máscara de Elias. —"Deus nobiscum", que significa "Dios con nosotros" —tradujo Elias en voz baja, mientras pasaba la hoja. La siguiente página contenía una imagen que los hizo sentir un escalofrío recorrer sus espaldas, un lobo, retratado en blanco y negro, vestido con una ropa de época, sosteniendo un rifle con las garras afiladas. La imagen mostraba al lobo devorando a un humano. Jack, Legoshi y Miguno compartieron miradas de incomodidad, pero trataron de no decir nada, aunque Legoshi era el que más luchaba por contener su reacción. —Esto es el "Inicio del conflicto entre humanos y bestias" —comenzó a leer Elias, mientras sus amigos empezaban a sentir un creciente malestar en el estómago. —En el año 19XX se intentó entablar un tratado de paz entre los humanos y las bestias, representadas por carnívoros y herbívoros. En enero de ese mismo año, se firmó el tratado, estableciendo una convivencia pacífica, con comercio y mutua interacción —continuó Elias—. Sin embargo, en febrero del siguiente año, estalló el conflicto entre carnívoros y herbívoros, cobrando la vida de muchos inocentes y soldados. Los humanos que no lograron escapar durante el inicio del conflicto fueron esclavizados. Los niños fueron utilizados como comida por los carnívoros, mientras que los herbívoros los empleaban como sirvientes. Las mujeres... sufrían un destino peor... Elias no levantó la mirada mientras leía, pero sus palabras resonaban en la habitación como un eco aterrador. Los estómagos de sus amigos se revolvieron, y Jack comenzó a palidecer por lo que oía. Legoshi, aunque parecía estar hecho de acero, sentía que algo en su interior se quebraba. —En el año 19XX, carnívoros y herbívoros decidieron poner fin a la guerra —siguió leyendo Elias—. Pero las naciones humanas unieron fuerzas y, ese mismo año, atacaron por sorpresa la sede donde se llevaría a cabo el tratado de paz. Asesinaron a trece generales de ambos bandos, y tomaron la ciudad. Sus cuerpos fueron exhibidos en las plazas como recordatorio de lo que hicieron sufrir a la raza humana... Miguno ya no podía escuchar más, mientras Jack apenas lograba mantenerse en pie. La lectura continuaba, describiendo cómo las fuerzas humanas liberaron áreas clandestinas donde se vendía carne humana y destruyeron esos sitios. Al mismo tiempo, liberaron a hombres y mujeres esclavizados que eran forzados a fabricar armas o a servir como compañía para ambos bandos. —Espera, Elias... creo que ya es suficiente —interrumpió Jack, su voz temblorosa y su rostro pálido—. No creo que podamos seguir oyendo. Siento que... quiero vomitar. Elias cerró el libro de inmediato, viéndose preocupado. —Lo siento... —dijo con sinceridad—. Sé que lo que acabo de leer es incómodo y grotesco. Pero este es solo uno de muchos libros que existen sobre esta historia. Hubo un silencio incómodo antes de que Elias agregara, mirando al suelo con tristeza. —Espero que no me eviten por lo que les leí... No quiero perder a los únicos amigos que tengo aquí. Jack, aún luchando contra las náuseas, negó con la cabeza. —No te preocupes, Elias. Es duro de escuchar, pero no vamos a juzgarte por algo que ocurrió hace tanto. Solo... necesitaremos un poco de tiempo para procesarlo. Legoshi y Miguno asintieron, tratando de ofrecerle a Elias una sonrisa de apoyo, aunque el impacto de lo que habían escuchado aún resonaba fuertemente en sus corazones. Elias les sonrió cálidamente, cerrando el libro y guardándolo de nuevo en el cajón. Cambió de tema para aligerar el ambiente. —Miguno, quería preguntarte, ¿qué tipo de música tocas? —dijo, intentando que olvidaran lo que habían oído. Miguno, todavía un poco nervioso, aceptó la invitación a la charla. —Toco de todo un poco, pero… —Miguno empezó a hablar más animado, y pronto tanto él como Elias se sumergieron en una conversación sobre sus gustos musicales. Jack y Legoshi escuchaban, aunque en el fondo seguían pensando en las palabras del libro. Aun así, se unieron a la conversación, buscando distraerse. Más tarde ese día, el director Gon estaba atendiendo a una estudiante en su oficina. Una joven loba de pelaje gris oscuro esperaba frente a él. —Entonces, lo que me estás diciendo es que el maestro suplente se sobrepasó con el nuevo estudiante humano, ¿no es así, señorita Juno? —preguntó Gon con seriedad, mirando a Juno, que parecía preocupada. —Sí, director. Sentí que sus palabras estaban dirigidas específicamente a él... Me temo que Elias se sienta mal en estos momentos. Espero que esté bien —respondió Juno con tristeza. El director suspiró con resignación. —No te preocupes, hablaré con el profesor más tarde. En cuanto al nuevo estudiante, si lo ves, dile que quiero hablar con él —dijo Gon tranquilamente. —¡Sí, director, gracias! —respondió Juno, aliviada. —Bien, señorita Juno, puede retirarse —dijo el director amablemente. Ella se levantó, hizo una pequeña reverencia y salió de la oficina. Cuando Juno se fue, Gon exhaló y llevó los dedos a su sien, tratando de aliviar el dolor de cabeza que sentía. —Ahhh, ¿por qué tiene que meterse en problemas en su primer día de clases? —murmuró con frustración. Se levantó de su silla y salió de la oficina, dirigiéndose a buscar al maestro suplente. Sin embargo, cuando llegó, Rowen no estaba en su escritorio. Miró alrededor y vio a Aya, una profesora joven, caminando cerca. Se acercó para llamarle la atención. —Hola, Aya. ¿Has visto a Rowen? Quería hablar con él —preguntó Gon amablemente. —Dijo que tenía cosas pendientes, así que salió temprano, director —respondió ella con una sonrisa. —Gracias, Aya. Nos vemos mañana —dijo Gon, agradeciéndole. —Espere, director, quería hablar con usted sobre el nuevo estudiante —dijo Aya, deteniéndolo justo cuando estaba por marcharse. —¿Sí? ¿Qué sucede, Aya? —preguntó Gon, curioso. —Elias está muy avanzado en matemáticas, incluso conoce temas que no enseñamos aquí. También he hablado con otros profesores y me dicen que la mayoría de lo que le están enseñando ya lo sabe, aunque aún le faltan cosas como el lenguaje marino, biología animal e historia de las especies. Lo que me preocupa es que Elias dice que aprendió todo esto en una escuela normal, lo cual me parece sorprendente —explicó Aya. Gon se mostró pensativo al escucharla, tratando de imaginar cómo eran las escuelas humanas y qué tan diferentes eran de las suyas. —No te preocupes, Aya. Estoy seguro de que encontrarás algo que él no sepa. Además, repasar no le hace daño a nadie, y puede servir de ejemplo para los demás —dijo Gon con un tono tranquilizador. —Gracias, director. Buscaré algo que le interese —respondió Aya con una sonrisa. Después de despedirse de ella, Gon salió a los pasillos para despejar su mente y aliviar el dolor de cabeza. Mientras caminaba, se detuvo junto a una ventana y miró hacia el patio, donde los estudiantes de distintos clubes, herbívoros y carnívoros por igual, se divertían y reían juntos. Era un alivio ver que la academia estaba recuperando la normalidad después del caso de depredacion de hacía dos semanas. De repente, vio a un estudiante corriendo a toda velocidad y enfocó la vista. Era Elias. Tras él, un grupo de estudiantes lo seguía, liderado por un perro labrador que Gon rápidamente identificó como Jack. Poco después, un chico lobo se les unió en la persecución. —¿Qué estará pasando ahora? —se preguntó el director, sintiendo cómo el dolor de cabeza regresaba. Se encaminó rápidamente hacia las escaleras para investigar, pero antes de que pudiera llegar, su teléfono sonó. Al mirar el número, vio que era Else. —Ahora, ¿qué querrá? —murmuró con molestia mientras contestaba. La expresión de Gon cambió al escuchar lo que le decían del otro lado de la línea. —¡¿Qué?! ¿Por qué no me informaron antes? —exclamó, tratando de controlar su enojo. Tras calmarse un poco, añadió—: Sí, está bien, haré lo que pueda. Pero la próxima vez, avísenme con más antelación… Sí, hasta luego. Suspiró pesadamente al colgar. —¿Por qué? ¿Por qué siempre tiene que complicarse todo? —se dijo a sí mismo, retomando su camino hacia donde vio a Elias, esperando que el problema no fuera tan grave como parecía. Elias cerró la puerta y se despidió de sus amigos con una sonrisa. —Hasta mañana, chicos —dijo, mientras veía a Jack, Legoshi y Miguno alejarse. Jack se despidió con una mano alzada, acompañado de los demás. —Sí, hasta mañana —respondió Jack, mientras caminaba con Legoshi y Miguno a su lado. Una vez solo, Elias se dedicó a ordenar su cuarto, colocando todo en su lugar con esmero. Miró el reloj, notando que el tiempo pasaba rápido. —Será mejor que me dé una ducha... sudé demasiado hoy —se dijo a sí mismo en voz baja, mientras se preparaba para entrar al baño. Al relajarse bajo el agua caliente, sus pensamientos se desvanecieron brevemente. Al salir, se sentó a realizar sus deberes, concentrándose durante varias horas. —Oh, ya son las 11 de la noche... mejor termino y me voy a dormir —dijo, estirándose y bostezando al tiempo que cerraba sus libros y organizaba el escritorio. Se recostó en su cama, cayendo rápidamente en un sueño profundo. Pero mientras Elias descansaba, la noche aún estaba lejos de terminar para algunos en la ciudad. En otro rincón de la ciudad, un automóvil avanzaba por las oscuras calles iluminadas solo por las farolas dispersas. Agata miraba hacia adelante, sentado al lado de Ibuki, mientras el vehículo cruzaba las calles cada vez más desoladas. —Oye, Ibuki, ¿a dónde vamos exactamente? —preguntó Agata, observando las sombras que se proyectaban en las ventanas. Ibuki, con un semblante tranquilo pero firme, tomó una calada de su cigarrillo antes de responder. —Ya te lo dije antes, Agata. Pon más atención. Si algún día olvidas algo importante, podrías perder la vida. Pero esta vez lo dejaré pasar... novato —dijo Ibuki con una mezcla de molestia y calma—. Vamos a encontrarnos con un comprador y vendedor muy importante para el jefe, en el puerto. Agata asintió, aunque la intriga seguía presente en su mente. —¿Un comprador? ¿Qué clase de comprador requiere que el jefe solo nos mande a nosotros dos? —preguntó Agata, mirando a través del parabrisas mientras el auto avanzaba por las calles vacías. —Bueno, Agata, hoy será el día en que te gradúes como novato... si es que no muestras miedo al verlos —respondió Ibuki, serio. La respuesta hizo que Agata se quedara en silencio, pensando. Mientras conducían, el auto se acercó a una intersección y se detuvo en un semáforo en rojo. La ciudad estaba en calma, pero la tensión en el aire se podía sentir. —¿Miedo? —preguntó Agata, tratando de sonar valiente—. Nosotros somos los que damos miedo, ¿no? Ibuki esbozó una leve sonrisa irónica, mientras aceleraba nuevamente, desviándose por un camino de tierra que conducía a las afueras de la ciudad. —Eso crees tú, novato. Veremos si sigues diciendo lo mismo cuando los tengas de frente. Muchos de los que me acompañaron antes que tú temblaban solo con verlos. El tono de Ibuki no dejaba espacio para bromas. Agata tragó saliva, sus nervios comenzaban a traicionarlo. —¿Qué son ellos? —preguntó Agata, con una mezcla de curiosidad y temor. Ibuki encendió otro cigarrillo y, sin apartar los ojos del camino, respondió con calma: —No es lo que son... es quiénes son. ¿Recuerdas las historias de tus abuelos o lo que te enseñaron en los libros de historia? —Ibuki condujo sobre el accidentado camino de tierra, y el auto se sacudió al avanzar entre los árboles. Agata intentó recordar, pero su memoria no le ofrecía mucho. —No, realmente no recuerdo mucho de esas historias —respondió Agata, algo confundido por la situación. Ibuki soltó una risa seca. —Ellos son los que llamamos demonios... o como ellos prefieren llamarse a sí mismos: humanos. Son con los que hemos estado negociando últimamente. Traen cosas que al jefe le gustan... como vinos, licores y otras rarezas. El rostro de Agata palideció al oír las palabras de Ibuki. —¡Espera! ¿Estás hablando en serio? ¿De verdad vamos a encontrarnos con esos demonios? ¿Son reales? —Agata no pudo contener su alarma. —Sí, son reales. Y más vale que mantengas la calma, no quiero que nos des una mala imagen frente a ellos —le advirtió Ibuki con firmeza. El auto llegó al final del camino, deteniéndose frente a un pequeño muelle de madera cerca de un almacén abandonado. Había un barco amarrado en el muelle, y la brisa del mar frío golpeaba sus rostros. Ambos salieron del coche. Ibuki, con calma, ajustó su traje, mientras Agata, nervioso, intentaba parecer sereno. —¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Agata, cuya voz temblorosa lo delataba. —Esperamos —respondió Ibuki, exhalando el humo de su cigarrillo antes de tirarlo al suelo y apagarlo con el pie. Un silbido rompió el silencio de la noche, y Agata se tensó, mirando a su alrededor. —Cálmate —dijo Ibuki con tranquilidad. Entre las sombras, varias figuras comenzaron a aparecer, cinco en total, moviéndose entre los árboles. Estaban cubiertas con redes de camuflaje hechas de hojas y ramas, y llevaban máscaras negras con agujeros oscuros que cubrían sus rostros. Agata sintió cómo el pánico se apoderaba de su cuerpo al ver cómo los rodeaban aquellos hombres armados, sus armas automáticas con supresores emitían un peligro silencioso. Intentó calmar su respiración, pero la inquietud era evidente en su rostro. Los uniformes de camuflaje que vestían los hombres se mezclaban con el entorno, pero lo que más le llamó la atención fue la máscara del líder, que tenía una línea roja distintiva. —Hola, Ibuki, ¿cómo has estado? —saludó el líder con una voz llena de una extraña calidez, casi como si se tratara de un viejo amigo. Aunque no llevaba un arma visible, su presencia resultaba mucho más amenazante que la de los demás. —Muy bien, Zac —respondió Ibuki con calma, como si la situación no tuviera nada de inusual. Zac dejó escapar una carcajada amigable, aunque su tono tenía un matiz burlón. —Me alegra saber que el negocio sigue en pie, pero dime, ¿qué te trae por aquí? ¿Otra vez tu jefe necesita ayuda con sus vicios? Ibuki sonrió levemente. —Sí, en realidad vinimos a negociar unas cuantas cosas —dijo con voz serena, antes de dirigir la mirada a Agata—. Agata, trae la mercancía. El asintió en silencio, sintiendo las miradas fijas de los hombres, que parecían perforarla. Caminó hacia la parte trasera del vehículo y abrió la cajuela, sacando una gran hielera que resultaba casi demasiado pesada para sus fuerzas. La llevó con dificultad hasta donde estaban reunidos, depositándola frente a Zac. Zac hizo un gesto a uno de sus hombres, que se acercó a la hielera. El sujeto la abrió, revelando el hielo que cubría unas bolsas de papel. Sacó una de ellas y leyó la inscripción en letras negras: "ciervo". Tras examinarla brevemente, la volvió a guardar y cerró la hielera, dirigiéndose a Zac con un asentimiento aprobatorio. —Perfecto —dijo Zac, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos tras su máscara—. Caballeros, ¿qué es lo que buscan hoy? —preguntó, avanzando hacia Ibuki y Agata, su voz resonando con una falsa jovialidad que no encajaba con la situación. Ibuki mantenía su compostura, pero Agata no podía evitar sentir cómo sus manos temblaban levemente. Intentaba disimularlo, atribuyendo el temblor al frío, pero la verdad era que la presencia de aquellos hombres, con sus rostros ocultos y sus miradas amenazantes, la aterrorizaba profundamente. Los hombres de Zac se retiraron rápidamente hacia el barco para traer la mercancía, regresando con varias cajas grandes de madera. Zac les hizo un gesto para que las abrieran, mostrando su contenido con una amabilidad que a Agata le resultaba inquietante. Dentro de las cajas había una variedad de artículos: botellas de vino y licores que Agata nunca había visto, puros de apariencia lujosa, armas hechas por humanos —pistolas y ametralladoras con sus cajas de municiones—, y finalmente una caja que contenía frascos de sangre. El corazón de Agata dio un vuelco al verlos. Empezaba a cuestionarse si los rumores sobre esos hombres eran ciertos, si realmente eran demonios. —Bien, nos llevaremos tus cajas de licores y puros. También quiero ver las armas —dijo Ibuki con calma, mientras observaba cómo sus hombres cargaban las cajas en la cajuela del coche. —Perfecto, mi amigo. ¿Qué quieres ver primero? —respondió Zac, su tono animado contrastaba con la tensión palpable en el aire. Comenzó a sacar las armas para mostrarlas mejor. Las armas brillaban con un acabado negro impecable, sin números de serie o marcas identificativas. —Esta es una Colt M1, uno de los modelos más nuevos de doble acción. Usa municiones de 11.43 mm, 10 mm y 9 mm. Tiene un alcance efectivo de 50 metros y un alcance máximo de 100 metros —explicó Zac mientras entregaba el arma a Ibuki para que la inspeccionara más de cerca. Ibuki la tomó y, con un movimiento firme, jaló la recámara para ver el interior. El arma estaba impecable, diseñada con un nivel de detalle impresionante. Después de unos segundos, la dejó en su lugar y Zac le mostró la siguiente. —Y aquí tenemos la Glock 17. Es la que la mayoría de nosotros usamos —continuó Zac—. Es uno de los modelos más populares, usa munición de 9 mm y tiene una capacidad de 17 balas, aunque el cargador puede variar. Pesa un poco menos que la Colt y su cadencia de tiro es semiautomática, con un alcance efectivo de 50 metros. Ibuki tomó la Glock y notó la ligera diferencia de peso. Para él, que era más fuerte que un humano promedio, la diferencia apenas importaba, pero se aseguró de analizar el arma con detenimiento. Luego, Zac sacó otra arma más grande. —Supongo que ya sabes cuál es esta, el AK-47… Ibuki lo interrumpió antes de que pudiera continuar. —Sí, pero estamos buscando armas más pequeñas. ¿Cuánto nos costaría una caja de las M1? Zac guardó el arma rápidamente y sonrió, frotándose las manos con entusiasmo. —Como somos muy buenos amigos, te las dejaré a un precio especial de 195,000 yenes. ¿Qué te parece? Antes de que Ibuki pudiera responder, Agata intervino, sorprendiendo a todos. —¿No es un poco caro? La mirada seria de Ibuki cayó sobre Agata, indicándole que mantuviera la boca cerrada. Zac, por su parte, no perdió la compostura. —No, el precio normal sería por una sola arma. Les estoy dando la caja con las Colt, incluyendo la munición, a un precio de ganga. Digamos que su pago anterior ha cubierto suficientemente los costos. Ibuki asintió. —Nos las llevaremos. Agata, trae el dinero. Agata se dirigió al asiento del pasajero y sacó una mochila negra. La entregó a Ibuki, quien la abrió y contó los fajos de billetes con rapidez. —Aquí tienes, 195,000 yenes —dijo, entregando la mochila a Zac. Zac la tomó y comenzó a contar el dinero. Al terminar, hizo una señal a sus hombres para que cargaran la caja con las Colt en el coche de Ibuki. —Fue un placer hacer negocios con ustedes —dijo Zac con una sonrisa satisfecha, contento de haber cerrado el trato. —Bien, mi amigo, las instrucciones para el mantenimiento vienen dentro con las armas. Cuídalas muy bien —dijo Zac con una sonrisa amigable, satisfecho con el trato que acababan de cerrar. —Sí, fue un placer hacer negocios contigo nuevamente, Zac. Te veremos después —respondió Ibuki, dándose la vuelta para regresar al coche, seguido de cerca por Agata. Sin embargo, Zac los detuvo llamando la atención de Ibuki. —¡Espera! —exclamó Zac. Ambos se volvieron para mirarlo. Agata se puso en alerta, temiendo que algo saliera mal y que les dispararan. Pero Zac, manteniendo su tono despreocupado, se acercó a una de las cajas que contenía frascos con líquido rojo en su interior. —Quería darte algo —dijo mientras sacaba algunos de los frascos pequeños—. Una cortesía de la casa. Ibuki tomó los frascos y observó uno de cerca, sosteniéndolo con cautela. Agata sintió un escalofrío al ver el contenido. —¿De qué especie es? —preguntó Ibuki, con una leve inquietud en su voz. —Es humana —respondió Zac, sin perder la sonrisa—. Queremos ver si tiene algún valor en el mercado. Los ojos de Ibuki y Agata se abrieron con sorpresa. Aunque Ibuki logró mantener la calma, lanzó una mirada seria a Zac. —Bien, veré si el jefe lo aprueba. Por ahora, gracias —dijo Ibuki, guardando los frascos y encaminándose hacia el coche. Agata reaccionó y se subió rápidamente al asiento del pasajero. A medida que se alejaban, sintió que un temblor involuntario recorría su cuerpo, pero intentó disimularlo. Ibuki encendió el motor y manejó en silencio hasta que alcanzaron la carretera que conducía de vuelta a la ciudad. —Realmente son demonios... —susurró Agata, incapaz de contener su miedo. —No le digas nada de esto al jefe —advirtió Ibuki, con un tono firme pero calmado—. No sabemos si esos frascos son seguros. Mi abuelo solía contarme historias sobre esos monstruos; decían que envenenaban su carne y sangre para matar a los carnívoros que los consumieran. Agata asintió, intentando calmarse. —Sí, pero... ¿qué pasará si ese tipo vuelve a preguntar? —inquirió con un tono nervioso. —Le diremos que no tuvo mucho éxito en el mercado. Y tranquilízate, ya pasó —respondió Ibuki, mientras maniobraba el coche entre las calles hasta llegar al mercado negro. Al llegar a la base del Shishigumi, Ibuki y Agata salieron del coche y se dirigieron a Dolph, quien estaba de guardia en la entrada. —Llama a todos. Hay que descargar las cosas —ordenó Ibuki. Dolph asintió y se apresuró a entrar para reunir a los demás. Con la ayuda del grupo, comenzaron a descargar las cajas y llevarlas al interior. Mientras tanto, Ibuki cargaba los frascos de sangre, cuidando que nadie los viera. Una vez dentro, abrieron las cajas para verificar la mercancía. Ibuki mantenía la expresión serena, pero su mente estaba en alerta. Sabía que esos frascos podrían ser algo más que simples productos del mercado negro. —Increíble, ¿cómo es que consigues estas cosas, Ibuki? —dijo Dolph, admirando la nueva pistola negra con evidente asombro. —Negociando con los demonios —respondió Ibuki con una risa, sabiendo perfectamente cómo reaccionaría su compañero. —¡¿Qué?! ¿Fuiste con esos monstruos otra vez? —exclamó Dolph, visiblemente asustado a pesar de su acostumbrada seriedad. —Sí —contestó Ibuki con calma, como si no fuera nada del otro mundo. La actitud despreocupada de Ibuki dejaba a Dolph intrigado, no podía entender cómo alguien podía estar tan tranquilo frente a esos seres. —Bien, iré a ver al jefe —dijo finalmente Ibuki, tomando una botella de licor y una caja de puros antes de subir las escaleras hasta la oficina del jefe, ubicada en lo más alto del edificio. Una vez frente a la puerta, tocó y esperó. —Adelante, Ibuki —ordenó el jefe desde el interior. Ibuki entró y cerró la puerta detrás de él. —Con permiso, jefe —dijo respetuosamente, mientras colocaba la botella y los puros sobre la mesa. —Veo que volviste de hacer tratos con esos demonios. Me alegra que hayas regresado en una pieza. Tan solo pensar en hacer negocios con ellos me eriza el pelo —dijo el jefe mientras abría la botella de licor y se servía un vaso. Primero olió el contenido, luego bebió un sorbo. —Sí, su presencia es inquietante. Esas máscaras que usan no son agradables de ver. Se siente como hablar con un fantasma —comentó Ibuki, recordando el encuentro. —Puede que sean demonios o monstruos, pero hay que admitir que saben hacer buen licor y puros. Les doy crédito en eso —dijo el jefe, disfrutando de la bebida mientras miraba por la ventana. De repente, cambió de tema. —Bueno, Ibuki, tengo otro objetivo para ti. Ibuki se acercó mientras el jefe sacaba unas fotografías y las dejaba sobre la mesa. El jefe tenía una conocida obsesión con los animales blancos, y la primera foto mostraba a una coneja blanca. —Ya sabes qué hacer. Dentro de dos semanas habrá un festival en la plaza de la ciudad. —El jefe le daba instrucciones claras. —Sí, jefe —respondió Ibuki sin objeciones, asumiendo su misión como siempre. Sin embargo, cuando levantó la segunda fotografía, sus ojos se abrieron con sorpresa. La imagen mostraba a un humano sin ningún tipo de cobertura. Ibuki apenas podía creer lo que veía. —Sí, él también servirá. Será un buen ejemplo para fortalecer a los muchachos —dijo el jefe con tranquilidad, sin percibir la inquietud de Ibuki. Por un momento, Ibuki se quedó mirando la foto, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía que las cosas estaban a punto de volverse mucho más complicadas. Elias sentía las miradas de todos en el aula, en especial la de Juno, quien se había sentado a su lado tras llegar. Su mente no dejaba de dar vueltas. “¿Por qué todos me miran? ¿Será porque ayer salí corriendo sin decir nada? Esta mañana, cuando salí del dormitorio para hacer ejercicios, ya había estudiantes afuera y no dejaban de mirarme. Luego, cuando volví para prepararme y salir, tampoco dejaban de hacerlo, lo mismo en la cafetería. Incluso los chicos parecían incómodos con tantas miradas sobre la mesa. Y ahora aquí…" Sus pensamientos se arremolinaban hasta que Juno lo trajo de vuelta a la realidad al sacudirlo levemente. Elias abrió los ojos y vio la expresión de preocupación en su rostro. —Oye, ¿estás bien? Estabas haciendo caras de dolor. ¿No quieres ir a la enfermería? —preguntó Juno con inquietud. Elias la miró, nervioso, agradeciendo en silencio que ella no lo tratara como los demás estudiantes. —No, estoy bien. Solo estaba pensando en algo —respondió con una sonrisa nerviosa. Juno lo observaba con atención, todavía preocupada, pero al menos no lo miraba como los demás. —Por cierto, ¿te sientes mejor...? Bueno…ya sabes, por lo que pasó ayer en clase —preguntó Juno con tristeza, claramente preocupada. —Sí, no te preocupes —dijo Elias con una sonrisa, tratando de calmarla. —¿Pero... no nos odias? —preguntó Juno, con curiosidad y algo de tristeza en la voz. —Claro que no. ¿Por qué los odiaría solo por lo que dijo uno de ustedes? —respondió tranquilamente, intentando tranquilizarla. —Me alegro de que seas tan comprensivo —dijo Juno sonriendo, y Elias sintió un alivio al ver que se quitaba esa expresión triste. —Por cierto, cantas muy bien —comentó Juno alegremente. Elias se quedó perplejo. —Espera, ¿cómo sabes eso? —preguntó confundido. Juno lo miró igual de confundida. —¿No lo has visto? —preguntó, sorprendida por su reacción. —¿Ver qué? —El escalofrío que recorrió la espalda de Elias lo hizo sentir una creciente ansiedad. Juno sacó su teléfono, entró a una aplicación, y puso un video. Elias miró la pantalla mientras cargaba, sintiendo cómo su ansiedad aumentaba. De repente, se vio a sí mismo tocando la guitarra y cantando. El sonido del video resonó en el aula, captando la atención de todos. Los estudiantes miraban en silencio, hasta que el video terminó. Elias, con el rostro ardiendo de vergüenza, se tapó la cara con las manos cubriéndose el rostro. Juno notó cómo su rostro se ponía rojo y sonrió levemente, divertida, pero también comprensiva. —¡No puede ser...! —murmuró Elias desde detrás de sus manos, incapaz de procesar lo que acababa de suceder. —Sabes, tienes una voz bonita. Tu video tiene millones de visitas —dijo Juno con una sonrisa. Elias sintió que la vergüenza lo invadía por completo; no esperaba que alguien lo hubiera grabado, y mucho menos que ese video se hiciera tan popular. Juno rió al ver su reacción. —G-gracias, Juno, por tu comentario —respondió Elias, tartamudeando. Ahora entendía por qué lo miraban tanto. —Vamos, no te pongas así. Mira los comentarios, la mayoría son positivos —le dijo Juno mientras le mostraba el teléfono. Elias se destapó los ojos y miró la pantalla. Los comentarios eran en su mayoría elogios sobre su voz y su forma de tocar la guitarra, aunque también había menciones a que era "el humano que había llegado a la academia Cherryton". El color rojo en su rostro no se desvanecía, lo que hizo que Juno se preguntara, con cierta curiosidad, si todos los humanos se ponían así al sentirse avergonzados. —Por cierto, el director quería hablar contigo —dijo Juno, notando que Elias ya se estaba calmando un poco, aunque su rostro seguía un poco rojo. —¿De qué quería hablarme? —preguntó Elias, aún con curiosidad. —No lo sé, solo me pidió que te avisara —respondió Juno tranquilamente, justo cuando la profesora entró al aula para empezar la clase. Las horas pasaron con normalidad, y llegó la hora del almuerzo. —Oye, Elias, ¿no quieres venir conmigo a la tienda de la escuela? Venden algunas cosas que seguro encontrarás curiosas —dijo Juno, invitándolo. Elias dudó un momento, no estaba seguro de si debía ir con Juno o reunirse con Jack y los demás. —Bueno... no sé —respondió, sintiéndose indeciso. —Vamos, seguro te encantará —insistió Juno, mirándolo fijamente. Elias finalmente cedió ante la presión. —Está bien, ahí voy —dijo, resignado. Juno sonrió con felicidad, y ambos salieron del aula. Mientras caminaban por los pasillos, Elias no podía evitar sentir las miradas de todos sobre él. Continuaron hasta que se encontraron con Legoshi. Juno rápidamente se acercó para hablar con él. —¡Hola, Legoshi! —lo saludó Juno alegremente. Elias notó cómo movía la cola, claramente muy feliz. —Ah, Juno, hola —respondió Legoshi, un poco sorprendido, pero calmado. —¿Por cierto, irás hoy al club? Louis se molestó porque Kai no sabe acomodar las luces para practicar —dijo Juno con tranquilidad. —Ah, sí, no faltaré hoy. Solo quería asegurarme de que el nuevo estudiante estuviera bien —respondió Legoshi sin darse cuenta de la presencia de Elias, quien estaba parado detrás de Juno, observando en silencio. —Mmmh, pero él está aquí. ¿Lo conoces? —dijo Juno señalando a Elias. Legoshi reaccionó y lo miró bien. —Lo siento, Elias, no te vi. Creo que hoy estoy muy distraído —se disculpó Legoshi, rascándose la nuca. —No, está bien. Preferiría hacerme invisible en este momento —respondió Elias con una sonrisa nerviosa, sintiendo las miradas de los estudiantes que pasaban. Legoshi notó la incomodidad de Elias y le dio una palmada en el hombro para reconfortarlo. —Tranquilo, ya pasará —le dijo, intentando darle ánimos. Elias asintió, aunque aún se veía abrumado por toda la atención. —Bueno, ya me... —empezó a decir Legoshi, pero fue interrumpido por alguien que le puso una mano en el hombro. Una voz familiar se hizo presente. —¿Se puede saber por qué te ausentaste ayer, Legoshi? ¿Y por qué te uniste a los estudiantes que perseguían al humano? —preguntó Louis, caminando hacia ellos. Al ver a Elias, frunció levemente el ceño, aunque su expresión no mostraba del todo su disgusto. —Louis, yo... —intentó explicar Legoshi, pero Louis lo interrumpió, desviando su atención hacia Elias. —Hablando del diablo, aquí está. Así que este es el humano del que todos llevan días hablando —dijo Louis con voz firme, sus ojos examinando a Elias. —Louis, su nombre es Elias —intervino Legoshi apresuradamente, presentándolo. —Claro que sé quién es —respondió Louis, con un toque de irritación en su voz—. Yo también estuve en el auditorio ese día. Elias miró a Louis, observando sus rasgos y notando algo peculiar. "Es un ciervo rojo... ¿pero por qué es más pequeño que otros? Se supone que son más altos", pensó Elias, sin poder evitar su curiosidad. Louis se dio cuenta de cómo lo estaba mirando y se acercó a él. —Para ser un carnívoro, no eres tan amenazante. Ni siquiera tienes garras —comentó Louis, mientras lo miraba fijamente, como si lo estuviera desafiando. De repente, puso su mano sobre el rostro de Elias y le abrió la boca para examinar sus dientes. La acción tomó a Elias por sorpresa, y también a Legoshi y Juno, quienes observaban atónitos. El pasillo se había vaciado, dejando solo a los cuatro ahí. —También veo que tienes dientes de carnívoro, pero no son muy grandes —añadió Louis, evaluando con una frialdad que resultaba incómoda. Elias retrocedió rápidamente, apartándose de Louis. —¡¿Qué te pasa?! ¡No te acerques a alguien de esa manera y le hagas eso! —exclamó Elias, molesto por la actitud desafiante de Louis. —Ah, lo siento. Fue solo por curiosidad. Pero, ¿qué eres? No pareces un demonio como en tantas historias —se disculpó Louis, aunque su tono dejaba claro que seguía sintiendo una gran curiosidad. —Soy un omnívoro. Puedo comer tanto carne como plantas —respondió Elias, observando con cautela a Louis, quien parecía ocultar algo bajo su aparente arrogancia. —¿Y has comido carne? —preguntó Louis, sus ojos afilándose. La pregunta alarmó a Legoshi, quien frunció el ceño. —Louis, no creo que... Comer carne está prohibido y es un delito —intervino Juno con un tono serio, pero inocente. —No, de hecho sí he comido —dijo Elias, haciendo que los tres lo miraran rápidamente con preocupación. —¡¿Qué?! ¿Cómo pudiste hacer eso? ¡Te comiste a un ser con una familia! —gritó Juno, angustiada. Louis y Legoshi se quedaron sorprendidos, esperando su explicación. —No, creo que estás sacando conclusiones muy rápido —dijo Elias con calma. —¿A qué te refieres? ¿Comerse a alguien te hace sentir mejor? —comentó Louis, manteniendo su tono frío. —No, lo que quiero decir es que, en mi país, comemos pescados o seres del mar, ya que ellos tienen otro tipo de pensamiento acerca de la vida en general y se rigen por otro tipo de reglas, y sí, somos conscientes de que son seres vivientes como ustedes —explicó Elias. Legoshi y Juno lo miraban estupefactos, mientras Louis mantenía su expresión seria. —Pero no lo tomen a mal. Hicimos un trato con ellos hace muchísimo tiempo —añadió Elias. —¿Qué tipo de trato hicieron? —preguntó Legoshi, su curiosidad despertada por la respuesta de Elias. —El trato es muy simple. Nosotros tomamos lo que necesitamos del mar, pero a cambio, devolvemos lo que tomamos enterrando los cuerpos de nuestros fallecidos en el mar. Creemos que todo debe volver al ciclo de la vida. Cuando uno de nosotros muere, su cuerpo se entrega al mar para alimentar a los seres del océano y permitir que la vida continúe. Sin muerte, no puede haber vida —explicó Elias. Los tres se quedaron en silencio, procesando sus palabras. —Entonces, ¿has comido carne de pescado? —preguntó Louis, aún mirándolo con seriedad. Elias asintió. —¿Y no pierdes el control como los carnívoros? —insistió Louis, sin apartar su mirada. —No. Pero si te hace sentir mejor, no soy muy de comer carne —respondió Elias, su tono sincero. Louis lo miraba con escepticismo. —Entonces, dices que no tienes instintos —dijo Louis, con un aire de incredulidad. —Sí los tengo, todos los humanos los tenemos. Solo se activan en situaciones extremas donde la supervivencia es lo principal. Son instintos de supervivencia, pero si te refieres a perder el control como los carnívoros, eso no sucede —aclaró Elias, mientras Louis lo observaba con renovada curiosidad. —Por cierto, no quiero que piensen que soy un monstruo que va por ahí matando para alimentarse —añadió Elias. Comenzaban a comprender un poco mejor lo que decía. —Entonces, ¿a sus fallecidos los entierran en el mar? Pero, ¿cómo recuerdan a sus muertos? —preguntó Juno, todavía alterada por lo que había escuchado. —Bueno, siempre vivirán en nuestros recuerdos. De vez en cuando vamos al mar para dejar flores, que el agua se lleva. Es una forma de liberar sus almas. Después de todo, ¿cómo te sentirías si vivieras en una isla encerrada toda tu vida? —explicó Elias. Juno lo miró, incapaz de responder. Una tristeza la invadió al pensar en Elias y en todos aquellos que vivían en esa isla. —Interesante, entonces no son como todos cuentan en esas historias viejas. Bueno, ya me tengo que retirar, fue un gusto conocerte, Elias. Y Legoshi, no faltes —dijo Louis antes de darse la vuelta y marcharse sin añadir más. Elias observó cómo se alejaba y suspiró aliviado. La presencia de Louis había sido bastante intensa. —Tu amigo es muy raro, Legoshi —comentó con naturalidad, tratando de relajarse. —Ah, sí, pero es un buen amigo —respondió Legoshi, sacudiéndose los pensamientos que le rondaban tras la conversación. —Por cierto, no quiero que me traten diferente por lo que les conté. Aparte, no muchos de nosotros comemos carne porque contiene mercurio, y es malo para la salud —Elias explicó, adoptando un tono algo serio y melancólico. —No te preocupes, eres de un lugar con distintas costumbres, pero eso no cambiará mi forma de verte. No eres un monstruo —dijo Juno amablemente con una sonrisa cálida que hizo que Elias se sintiera un poco mejor. —Sí, después de todo, eres de un lugar distinto, así que tampoco cambiará mucho mi forma de verte —añadió Legoshi, esbozando una pequeña sonrisa. —Gracias —murmuró Elias, sintiéndose aliviado de que lo trataran con normalidad. —Bueno, nos vemos, tengo que hacer algo —se despidió Legoshi mientras se alejaba. —Sí, hasta luego —respondieron Juno y Elias, viendo cómo se marchaba. Juno se giró hacia Elias con una sonrisa entusiasta. —¡Vamos, Elias! —dijo con alegría. Elias asintió y los dos caminaron por los pasillos de la academia hasta llegar a una tienda con vitrinas que mostraban uniformes. Al entrar, Elias notó la variedad de productos en el lugar. Había un koala anciano encargado de la tienda y otra estudiante, una gallina, que lo miraba de manera intensa. La mirada de la gallina lo hizo sentirse incómodo, pero decidió ignorarla mientras Juno le mostraba algunas cosas interesantes. Mientras caminaban por la tienda, Elias se detuvo frente a un estante que tenía lonches de huevo y pan dulce. Cada vez que movía la mano hacia los lonches, sentía con mayor intensidad la mirada de la gallina. Nervioso, optó por agarrar el pan dulce y se dirigió con Juno a la caja para pagar con la tarjeta. —Gracias por venir —les dijo el encargado con amabilidad. Pasaron junto a la gallina mientras salían. Elias la miró de reojo y notó que parecía decepcionada. Esa expresión lo dejó confundido y un poco nervioso, pero al salir de la tienda sintió un gran alivio al no estar bajo su mirada penetrante. —¿Todo bien, Elias? Te noté algo tenso adentro —comentó Juno mientras caminaban, con una expresión de curiosidad. —Sí, solo que… esa gallina me miraba raro. Fue un poco incómodo —confesó Elias, tratando de restarle importancia. Juno rio suavemente. —Bueno, probablemente solo estaba sorprendida. Eres el primer humano que vemos por aquí, es normal que algunos se sientan curiosos —respondió con un tono reconfortante. Elias asintió, aunque no podía sacudirse la sensación de que había algo más detrás de aquella mirada. El director salió de su oficina en busca del maestro suplente. Al verlo sentado en uno de los escritorios, se acercó a él con paso firme. —Rowen, ¿podrías venir a mi oficina? Necesitamos hablar en privado —dijo Gon, el director, con seriedad en su voz. Rowen asintió, dejando lo que estaba haciendo y siguiendo al director, quien cerró la puerta tras ellos. Gon se sentó en su silla y señaló una para su interlocutor. —Toma asiento —indicó con un tono severo. Rowen obedeció, sentándose frente a él. —¿De qué quiere hablar, director? —preguntó Rowen, un tanto confundido por la situación. —Quería hablarte sobre el nuevo estudiante. ¿Qué tal te fue en la clase de historia cubriendo a Helen? —Gon preguntó sin rodeos, con la mirada fija en el maestro, esperando su versión. —Ah, sí. Todo iba bien hasta que empezamos a exponer el tema de la guerra. Su comportamiento fue inapropiado, así que lo expulsé del salón. Se comportó de manera salvaje —respondió Rowen, dejando traslucir un toque de desprecio y resentimiento en su voz. Gon notó la hostilidad en su tono, pero mantuvo la compostura. —Mmh, ¿eso ocurrió? Me cuesta creerlo. —El director lo observó detenidamente antes de continuar—. Sin embargo, un estudiante vino a decirme que fuiste tú quien lo provocó. Otros también me lo han reportado. La expresión de Rowen cambió de inmediato, perdiendo la pequeña sonrisa maliciosa que había mostrado antes. Su rostro se endureció, claramente incómodo. —Sabes lo que esto significa. No quiero tener que imponerte una suspensión administrativa. Eres un buen profesor, y entiendo que no era tu clase, pero no debiste comportarte así con él. Además, sabes bien que este estudiante es muy especial. No quiero que los del gobierno vengan a llamarme la atención por tu comportamiento, o peor aún, arruinar un tratado diplomático —explicó Gon, su tono firme pero también buscando apelar a la razón. Rowen sintió una mezcla de nerviosismo y frustración, sin saber cómo responder al reproche. —Te daré una opción —continuó Gon—: toma unas vacaciones y despeja tu mente. ¿Qué dices? Hubo un breve silencio en la sala. Rowen finalmente asintió, disimulando su enojo lo suficiente para que no se notara. —Sí, director. Tomaré las vacaciones —respondió, con un tono que intentaba sonar neutral. —Bien, me alegra que lo comprendas. Puedes retirarte —concluyó Gon, asintiendo con satisfacción. Rowen se levantó, se despidió con un gesto y salió de la oficina, dejando al director solo. Una vez que la puerta se cerró, Gon exhaló con agotamiento, aliviado por haber tomado una decisión difícil. —Solo espero que con lo que me dijo Else, esto no se ponga más difícil —murmuró para sí mismo antes de volver a su trabajo.
2 Me gusta 1 Comentarios 0 Para la colección Descargar
Comentarios (0)