Familia
Sanji salió de cama asegurándose de no hacer nada de ruido. Era un día especial y como tal merecía un desayuno igual de especial. Tenía todos los ingredientes, se había asegurado de comprarlos el día anterior y de almacenarlos lejos de la mirada de los ojos curiosos. Por suerte, estando en tierra era mucho más fácil de conseguir que cuando estaban en alta mar a bordo del Sunny. Aún y así, nunca se era demasiado prudente. Preparó la base de bizcocho, montó la nata y la perfumó con vainilla, lavó y cortó las fresas y, por último, fundió chocolate para la decoración. Hizo café y también algo de té, lo colocó todo sobre la mesa y esperó. Como ya sabía que ocurriría, Nami, acudió atraída por el olor del café recién hecho. Somnolienta, despeinada y con un fino camisón de tirantes cubriendo su cuerpo. Sanji sintió su corazón desbocarse. Daba igual cuántas veces la viera o cuántos años pasasen, Nami siempre sería una diosa para él. —Qué bien huele —susurró rodeando la mesa para besarle en los labios—. ¿Pastel para desayunar? Sanji tomó su mano y la acompañó hasta una de las sillas para que pudiera sentarse. Nami rió divertida con sus atenciones. —¿Es como si estuviéramos en el Baratie? —Hoy es un día muy especial. Lo sabes, ¿verdad? —¿Especial? Nami fingió pensar en la fecha, como si necesitase hacer un gran esfuerzo para recordarla. La sonrisa en la cara de Sanji se desvaneció y ella no pudo evitar enternecerse. Sanji era un buen hombre, también era sensible, le daba mucha importancia a las fechas señaladas y a los actos de amor sinceros. Había nacido en una familia horrenda en la que el amor brillaba por su ausencia y no supo lo que era sentirse amado hasta que no conoció a Zeff. En aquel escenario habría sido fácil que Sanji se convirtiera en alguien frío e insensible, pero eso no había ocurrido. Le adoraba por ser así y por no fingir ser un tío duro y sin emociones. —¡Es broma! Claro que sé qué día es hoy. ¿Cómo podría olvidarme? Alcanzó de nuevo sus labios. Era su segundo aniversario de boda y el décimo desde que empezasen su relación sentimental. Ya no eran unos niños y, aunque al principio no estuvo muy segura de que aquella relación tuviese un futuro, ahora sabía que era la persona junto a la que envejecería y sería feliz hasta el último de sus días. Ya no le quedaba ninguna duda al respecto. Sanji le sirvió una porción de tarta y la observó degustarla con los ojos cerrados. Cuando una comida le gustaba de verdad, Nami, siempre cerraba los ojos. —Está delicioso, ¿de dónde has sacado las fresas? —Es un secreto —contestó divertido. Deslizó por encima de la mesa un objeto alargado envuelto en papel brillante y un lazo rojo, demasiado grande para ser una joya, demasiado pequeño para tratarse de algún arma para la autodefensa. Nami la observó con curiosidad olvidándose de la deliciosa tarta y sus fresas. —Feliz aniversario, mi amor. Nami tiró del lazo rojo y retiró el papel con cuidado. Analizó la caja de madera y el cierre dorado que la mantenía cerrada. La abrió con gran reverencia, soltó una exclamación sacando de su interior el delicado instrumento de navegación. —¡Un octante! Sanji-kun, debe de haberte costado un dineral. —Mi preciosa esposa se merece lo mejor. —Pero… —Sacudió la cabeza. Decirle que no necesitaba un octante para navegar teniendo un sextante sería descortés. Además, Sanji debía saberlo de sobras—. Muchas gracias, me gusta muchísimo. Se dejó abrazar y mimar, correspondiendo su afecto. Le amaba. —Yo también tengo un regalo para ti. Iba a comprarte algo, pero al final no lo hice —confesó para que no esperase un paquete envuelto con papel brillante y un lazo pomposo—. Creo que este regalo es mucho mejor que cualquier cosa que pueda comprarte nunca. —¿Mejor que estar aquí contigo? La risita de Nami le calentó el pecho. Adoraba verla reír feliz, despreocupada, afectuosa. La amaba. —Bueno, supongo que eso te toca juzgarlo a ti. Los ojos azules de Sanji estaban cargados de expectación. Tomó su mano entre las suyas, se la llevó a los labios y le besó el dorso. La redirigió hacia su vientre y la presionó con suavidad. —¿De verdad? Nami asintió con los ojos húmedos. Había tenido miedo, un miedo estúpido e irracional, al descubrirlo, le preocupó su reacción y después lo descartó sabiendo que, Sanji, deseaba muchísimo tener una familia propia en la que el amor fuese su principal motor. —¿Vamos a ser padres? —Sí, vamos a ser padres. —Nami-swan, ¿se puede morir de felicidad? Nami rió y le dio un suave golpe por hacer una pregunta tan estúpida. Tendrían que hablar de ello con Luffy, tomarse un tiempo alejados de la tripulación, pero no era el momento de preocuparse por ello.Fin
Notas de la autora: ¡Hola! Para hoy algo muy cortito y cursi. La idea me asaltó corrigiendo el próximo shot de “Tornillos y flores” y no pude resistirme a escribirla. Lo cierto es que había pensado en escribir una segunda parte para “Hotel”, pero no he tenido demasiado tiempo libre este fin de semana y no quería hacer una chapuza, así que tocará esperar. Para sugerencias y amenazas de muerte la ventanita de comentarios está a vuestra disposición.