Hotel
Era bueno estar en una isla en la que todo el mundo era tu aliado. Por primera vez en semanas la calma dominaba el ambiente, no había necesidad de quedarse de guardia en el Sunny, así que todos caminaron por las calles de la ciudad y buscaron un alojamiento para las próximas noches. Un hotel con casino parecía un buen lugar para descansar y divertirse. Nami, de un humor inmejorable, pagó por habitaciones individuales a pesar de lo caras que eran. Nadie hizo comentario alguno al respecto, prudentes, sabiendo que podría arrepentirse en un segundo y acabar confinados y amontonados en una sola habitación, durmiendo en el suelo porque sólo había una cama. Se divirtieron en el casino en el que Nami ganó una cantidad absurda de dinero, que doblaba con creces los fondos que guardaban en el Sunny, y Luffy perdió todos sus berrys en las máquinas tragaperras. Cenaron juntos, envueltos en aquel escándalo y risas que les caracterizaban y trasladaron la fiesta al bar del hotel. Cansados del largo trayecto hasta la isla, los mugiwara, fueron retirándose poco a poco hasta que sólo quedaron tres de ellos hablando, riendo y bebiendo: Zoro, Nami y Sanji. —¿Cuánto creéis que tardará Luffy en hartarse de estar aquí? —preguntó Zoro. —Quién sabe —contestó Sanji encogiéndose de hombros. —Tal vez en cuanto recuerde que no le queda ni un berry en el bolsillo. —Nami rió y apoyó la cabeza en el hombro de Sanji cuyo corazón aceleró—. Los juegos de azar se le dan tan mal… —Deberías darle más dinero. —¿Para qué? En dos minutos volvería a estar sin blanca, Zoro. —No pienso ir detrás suyo como si fuera un niño para que no acabe en la ruina —declaró Sanji. Nami se irguió abandonando su hombro, sintió un súbito vacío mientras su calor se desvanecía—. Es un caso perdido. Zoro frunció el ceño, los miró primero a una, después al otro con cierta molestia. —Nos conviene poder descansar unos días. A todos. —Hablando de descansar —musitó Sanji levantándose—. Yo me retiro ya. Buenas noches. —Buenas noches, Sanji-kun. Zoro se limitó a alzar su vaso de licor a modo de despedida. Frunció el ceño al ver a aquel cocinero pervertido e idiota alejarse cabizbajo, era inusual en él, ya que cada vez que Nami pronunciaba su nombre parecía activar un mecanismo de felicidad absurda. Si era sincero no era la primera vez que le veía en ese estado en las últimas semanas y le preocupaba, aunque jamás lo admitiría en voz alta. Nami rellenó su vaso y rió relajada. Estaba de buen humor. Eso era fantástico porque cuando lo estaba las cosas siempre parecían ir mejor, aún y así, Zoro la analizó con cierta molestia. Rellenó también su vaso y dio un par de tragos. —¿Por qué me miras tanto? —soltó ella de golpe con el ceño fruncido—. ¿Quieres una foto mía para enmarcarla? —¿Hasta cuándo vas a seguir así? —¿A qué te refieres? —inquirió con genuina confusión. —No seré yo quien defienda a ese cocinero imbécil, pero ¿no crees que ya has jugado lo suficiente con él? El desconcierto en los ojos castaños de Nami se veía sincero, Zoro soltó un bufido y la apuntó con el vaso derramando algunas gotas de licor en el proceso. —¿Qué es lo que sientes por él? —¿Qué sientes tú por esa espadachina de la Marina? Las mejillas de Zoro se encendieron al instante, Nami que no esperaba esa reacción se tragó las ganas de reír y burlarse. —Se llama Tashigi y no hay nada —farfulló avergonzado—. Y no me cambies de tema, bruja. Esta vez sí, Nami, rió. Había esperado que el alcohol le tuviera lo suficientemente aturdido como para dejarse arrastrar a otra conversación olvidando la anterior. —¿Qué sientes por él? —¿Por qué quieres saberlo? —Deja ya de contestar a mis preguntas con otra pregunta —la molestia en su voz era palpable. Nami se encogió de hombros sabiendo que si seguía tensando la cuerda acabaría con su paciencia—. ¿Sientes algo por él o no? —A riesgo de que te enfades por lanzarte otra pregunta... ¿a ti qué más te da lo que sienta o deje de sentir por él? La pregunta flotó en el aire con un doble mensaje que nadie más en la tripulación atinaría a comprender, aunque hubiese estado presente. Zoro se aclaró la garganta con incomodidad. El pasado, pasado está, eso se habían dicho hacía ya mucho tiempo atrás y desde entonces nada había cambiado. —Le tienes hecho una mierda. —¿Es que ahora te importa Sanji? —Nami —gruñó su nombre. Su paciencia había llegado al límite, Nami enderezó la espalda, bebió de un trago su bebida y dejó el vaso vacío sobre la mesa con un golpe seco. —Le quiero —contestó con el rubor tiñendo sus mejillas—. Me conoces lo suficiente como para saberlo sin necesidad de que te lo diga. Y así era. Nami no entrañaba un gran misterio para Zoro, pero admitía que había llegado a tener ciertas dudas al respecto viendo su comportamiento. —¿Entonces por qué sigues comportándote así? —Zoro, somos nakama, no volveré a enredarme en algo sin salida. No saldría bien por mucho que lo intente. —Lo que pasó entre tú y yo no tiene nada que ver con esto —declaró directo. Al principio, cuando se conocieron, la atracción entre ellos había sido inmediata. Zoro no se avergonzaba de ello. Nami era una mujer bonita, con un cuerpo espectacular y que, además, sabía usar a la perfección su propio atractivo para encandilar a los hombres. Fue algo ardiente, corto y fugaz. Un poco de diversión y necesidad. Algo breve que murió definitivamente tras pasar por el Baratie y quedar patente que el cocinero pervertido se había abierto camino apartándole del medio sin ni darse cuenta. Cuanto más se acercaba Sanji más se alejaba él y estaba bien así. Él nunca podría darle a Nami el tipo de amor que necesitaba—. Nami, estoy harto de verte jugar con él al gato y el ratón. Dile que le quieres o ciérrale la puerta de manera definitiva, pero ponle fin a esto antes de que alguien salga herido. —No soy buena para él, Zoro. Se hartaría de mí en dos minutos. —Eso no lo sabes y no te corresponde a ti decidir si eres o no buena para él. —Tengo miedo —confesó con un suspiro—. De que se lleve una decepción, de no encajar con lo que espera de mí, de que se dé cuenta de que no soy suficiente para él, de que estaría mejor con cualquier otra... —¿Desde cuándo eres una cobarde, Nami? Era una superviviente, no era la más valiente del mundo, pero tampoco era cobarde. La respuesta era fácil: desde que se había dado cuenta de cuánto le importaba Sanji. —Si le sigues ahora seguro que todavía está despierto. Nami se puso en pie sin darse cuenta, miró hacia el gran arco que llevaba a las habitaciones del hotel como si esperarse encontrarle allí de pie con una sonrisa estampada en los labios y alguna cursilada a punto para ella. Sin embargo, sólo había un par de desconocidos charlando. —Si no se porta bien contigo sólo tienes que pedírmelo y le mataré por ti. —Ni una palabra de esto a nadie, ¿entendido? —Cómo si me importasen tus problemas amorosos —dijo, pero sí que lo hacían porque Nami era especial en más de un sentido—, y los de ese baboso me importan aún menos. Nami soltó una risita ante aquella mentira evidente. Se conocían demasiado bien como para caer en ese tipo de engaños. —No te pierdas al volver a la habitación, Zoro. —Cierra la boca, desgraciada. Recordaba cuál era la habitación de Sanji de cuando había repartido las llaves, se había fijado, no sabía muy bien por qué, como si fuera un detalle importante que tener presente. Se había avergonzado de ello, ahora, en cambio, agradeció que su cerebro decidiese almacenar aquella información. No había nadie por el pasillo de las habitaciones, algo nada sorprendente si se tenía en cuenta que era bien entrada la madrugada y que, la gente normal, se metía en la cama a una hora prudente en vez de beber hasta rozar el límite de su capacidad de raciocinio en un bar. Llamó a la puerta y esperó mordisqueándose el labio nerviosa. Dar un paso como ese era casi un suicido. Maldijo a Zoro por sembrar aquella idea en su cabeza y al alcohol por insuflarle una valentía que en realidad no poseía. La puerta se abrió, pero la persona que se asomó no fue Sanji. Nami desvió la mirada hacia los números atornillados en la madera para comprobar que no se había equivocado, volvió a mirar a la mujer que le sonreía paciente desde el interior. De fondo se oía el agua de un grifo correr. —¿Puedo ayudarte, bonita? Nami dio un paso atrás contrariada, con un nudo atándose en su garganta y los ojos humedeciéndosele en contra de su voluntad. Disintió con energía y alzó las manos enseñándole las palmas. —No, lo siento. Me he equivocado de habitación —musitó con voz temblorosa antes de salir corriendo. La puerta se cerró con suavidad. —Alice, ¿quién era? —preguntó Sanji saliendo del cuarto de baño. Su acompañante se encogió de hombros y se alejó de la puerta para sentarse en la cama. —Alguien que se equivocaba de habitación —respondió—. Eso ha dicho, aunque parecía estar a punto de tener una crisis nerviosa. —¿Cómo era? —Una preciosidad pelirroja con pecas en la nariz y un cuerpazo de escándalo. Si me gustasen las mujeres... Se interrumpió al darse cuenta de que, Sanji, ya no le escuchaba. Estaba allí paralizado, mirando la puerta como si con ello pudiese reproducir la escena y ver a la chica que le describía. —¿Sanji? —¡Mierda! Salió de la habitación a toda prisa dejando la puerta abierta y a su acompañante desconcertado. Tenía que ser Nami. Le había parecido oír su voz, pero creyó habérselo imaginado como tantas otras veces. ¿Para qué habría ido hasta allí? ¿Qué demonios se habría imagino cuando no fue él quien le abrió la puerta? No podía dejar que la impresión trazase un escenario incorrecto. No quería que pensase lo que no era. La vio unos pasos más adelante, caminando apresurada. No la llamó para no hacerla huir, la agarró por la muñeca y ella forcejeó sobresaltada tratando de liberarse. —Soy yo —susurró deseando que con eso se calmase, pero ella tiró con más fuerza sin mirarle—. Nami-san... —Suéltame. Déjame —sollozó. La impresión le hizo soltarla. Ella no se movió. Sus hombros temblaban. La vio frágil y vulnerable por primera vez desde que la conocía, se sintió mal por ello sabiendo que, de manera accidental, la había herido. —Nami-san. No es lo que parece —murmuró. Se dio cuenta de que era la típica frase de alguien pillado en un acto censurable—. De verdad que no lo es. Ella sólo sollozó sin moverse un milímetro. —Por qué no vienes conmigo a un sitio menos expuesto y te lo explico. Estaban en medio del pasillo, cualquiera que pasase por allí podría oírles, cualquiera podría verla llorar y darse cuenta de que, en realidad, no era tan fuerte como aparentaba. —No tienes que darme explicaciones —murmuró haciendo su mejor esfuerzo para que no le temblase la voz—. Tú y yo no somos nada. Entre tú y yo no hay nada. Vete y déjame en paz. Dolió. Sanji soltó un bufido exasperado. Nami siempre era una persona racional, no se cerraba en banda. Y, aunque sabía que estaba intentado protegerse a sí misma y que no sentía lo que había dicho, su rabia estalló. —¡Y una mierda! ¿No hay nada? ¿No somos nada? ¿Te estás oyendo a ti misma? —¡He dicho que me dejes! La tomó en brazos y la sujetó con fuerza pese a lo mucho que trataba de resistirse. En lo que a fuerza física se refería, Nami, no podía rivalizar con él. —Estate quieta, Nami-san, no quiero que te hagas daño. —Si no me sueltas gritaré. No sólo no tenía fuerza suficiente para librarse de él, además era demasiado ligera. Cambió la posición en la que la retenía y le tapó la boca con la mano para que no gritase. Nunca habría imaginado que acabaría haciéndole algo así a su amada y respetada Nami-san, pero no tenía más opciones, si esperaba hasta que se calmase ya no podría aclararlo. Alice se marcharía en seguida. La llevó hasta su habitación y agradeció en silencio que su acompañante siguiera allí. La dejó en el suelo y cerró la puerta estremeciéndose por la gélida mirada que Nami le dedicaba. —Menuda forma de cargar a una dama, Sanji, amor. —No me llames así, imbécil. Nami, con sus ojos llorosos, les miró a ambos sorprendida. Sanji nunca le hablaba mal a ninguna mujer, las mujeres eran algo sagrado para él. —Supongo que tú eres la famosísima Nami-swan de la que míster Culo Perfecto no para de hablar. —Nami atinó a asentir antes de sentir una punzada de celos en su pecho. —Deja de decir esas cosas, lo estás empeorando todo. —Quiero irme —murmuró Nami. No quería estar allí entre Sanji y su amante—. Déjame salir. —Nami-san, por favor, escúchame, déjame aclararlo... —¡Ya basta! ¡Me da igual con quién te acuestes! Tú y yo no somos nada, ¿lo entiendes? Sanji apretó los dientes conteniendo la rabia. Nunca había discutido con Nami, nunca se había negado a escucharle, nunca se había comportado como una cría obstinada y nunca había puesto tan al límite su maldita paciencia. Una risa se alzó desde la cama amenazando con hacer estallar la situación. Se levantó y caminó hacia Nami con la falda de su vestido ondeando sobre sus rodillas. —Eres una auténtica preciosidad, pelirroja —susurró. Le atrapó la cara entre las manos provocando en Nami un rechazo inmediato, dio un paso atrás chocando con el pecho de Sanji—. ¿Te parezco guapa? Nami no contestó. Se sentía ridícula y avergonzada. Le dolía el corazón. Sólo quería largarse y tirarse en un rincón a llorar amargamente. —¿Quieres que te cuente un secreto? —Me importan una mierda tus secretos —replicó enfurecida. —Preciosa y con carácter. Te lo contaré igualmente. Yo, pelirroja, soy un hombre. Petrificada le observó levantarse la falda y rebelar unos horrendos calzoncillos con ositos. La persona que había creído una mujer rió divertida y le dio unas palmaditas afectuosas en la cabeza. —Me llamo Alice, por cierto. Sanji me ha dejado esconderme aquí un rato de un tipo asqueroso que intentaba meterme mano. —Nos conocimos hace dos años en aquel infierno de isla. Sólo está aquí porque le debía un favor. —Me rompes el corazón, amor mío. —Que dejes de llamarme así, imbécil. Con gesto teatral se llevó la mano al pecho, unas gruesas lágrimas de cocodrilo resbalaron por sus mejillas. —Me has roto el corazón, amor, sé cuando no soy bien recibido. Me marcho. Nami permaneció inmóvil mientras, Sanji, se hacía a un lado para dejar salir al hombre vestido de mujer llamado Alice. La puerta volvió a cerrarse con suavidad dejándoles a solas. —Nami-san, sólo ayudaba a un viejo amigo —explicó con suavidad repitiendo lo mismo que había dicho el hombre—. No hay... —Ya te he dicho que no me des explicaciones. Tú y yo no somos nada. No era ella quien hablaba, sino su mecanismo de defensa. Sus sentimientos habían quedado expuestos, su máscara de indiferencia había caído, se sentía vulnerable y, Sanji, lo sabía. No estaba dispuesto, como otras veces, a dejarlo pasar, a ignorar aquella explosión de celos tan evidente y fingir que no cambiaba nada. Lo cambiaba todo, por primera vez, Nami había mostrado abiertamente sus sentimientos por él, esos que se intuían unos segundos antes de desvanecerse como un charco en plena ola de calor. Sanji ya no podía más, enamorado de ella desde el primer día, siempre deseando ser visto, siempre soñando que algún día le amase de vuelta. —¿Puedes mirarme a los ojos y repetirlo, Nami-san? No pudo, aunque lo intentó. —Quiero irme. Déjame salir. No iba a permitirlo cuando acababa de recibir una señal tan clara. Si la dejaba ir, la ocasión moriría para siempre. La sujetó con fuerza y asaltó sus labios en un contacto rudo y algo agresivo. Nami forcejeó brevemente mientas él intercambiaba las posiciones para atraparla entre la puerta cerrada y su cuerpo. Nami había soñado cientos de veces con cómo sería besar a Sanji y, aquel beso, no se parecía en nada a lo que esperaba. Brusco, urgente y demandante. Tenía un toque de frustración y demasiada necesidad contenida. De repente se encontró a sí misma cediendo a su propia necesidad de besarle, de tocarle y de tenerle. Se abrazó a su cuerpo y le dio permiso para explorar su boca. El contacto se volvió más dulce, pero no menos demandante ni urgente. Un suave gemido huyó de su garganta y murió ahogado en la boca de Sanji. Con dedos temblorosos buscó los botones de aquella maldita camisa naranja con franjas negras que tanto le gustaba, los desabrochó, tocó su piel cálida. Dibujó con las yemas de los dedos sus músculos bien definidos sintiendo como se contraían bajo su contacto. Se pegó más a él notando su dureza contra la cadera. Sanji dejó de aprisionarla contra la puerta, dio con la cremallera que cerraba su vestido y la bajó. Acarició la piel desnuda de su espalda, Nami, se estremeció. —Sanji-kun... —jadeó deseando más de lo que estaba recibiendo. La alzó en brazos, esta vez con delicadeza, tratándola como la dama que era, la sentó en la cama y se dejó tumbar sin oponer resistencia, quedando sobre ella. Alivió el peso sobre su cuerpo recargándose en su propio brazo. Se perdió en los besos que ella le robaba, en las caricias ardientes con las que recorría su piel. Su deseo por ella se desbordó, aquel que llevaba acallando desde el primer día en que la vio, el que con tanto esfuerzo contenía. Deslizó la mano por su muslo remangando la falda en el proceso, Nami, se movió con suavidad facilitándole la tarea. Aprovechó el movimiento para alcanzar y apretar entre las manos aquel culo perfecto que siempre la distraía. Sanji se frotó contra ella, excitado y necesitado, y aunque sabía que no era el modo correcto de que aquello sucediera se dejó llevar. Los ágiles dedos de Nami se deshicieron de su cinturón y le desabrocharon los pantalones. Odiaba toda la maldita ropa que Sanji llevaba puesta tanto como odiaba la suya. No tuvo que esperar mucho antes de que él sintiera también que toda aquella ropa era una molestia. Abrió espacio para quitarse la camisa y ella aprovechó para deshacerse del molesto vestido, sus movimientos atraparon la mirada de Sanji que se deslizó por su piel expuesta como si fuera una obra de arte. No era la primera vez que veía su cuerpo, la había visto en los baños de Arabasta, también en los de Wano, en el del Sunny y un par de veces más por los que había tenido que pagar, aunque después ella le devolvió el dinero diciéndole que era una broma. Sin embargo, ahora el contexto era diferente. Nami estaba en su cama prácticamente desnuda, mirándole cargada de deseo tras compartir los besos más ardientes que había recibido en la vida. Sus ojos castaños y brillantes permanecían fijos en él, esperaba su próximo movimiento. Estaba a tiempo de parar aquella locura, a esperar que se diesen unas circunstancias más adecuadas, a poder tener el encuentro romántico que tanto había planificado. Ella le miraba y respiraba agitada con las mejillas arreboladas, deseándole sin tapujos. Se quitó los pantalones. Nami esbozó una sonrisa al encontrarse con unos sencillos calzoncillos negros en vez de una horterada con ositos. Se mordió el labio deseando ver el resto de él, pero no se lo concedió. Volvió a la cama para continuar con los besos y las caricias. Nami jadeó complacida y Sanji dejó escapar un gruñido excitado cuando se acomodó entre sus piernas, con sólo la fina tela de la ropa interior entre ellos, el roce fue mucho más intenso y placentero que antes. Pese a lo caldeado de la situación, los besos apasionados y las caricias nada inocentes con las que Nami recorría su piel, Sanji, se estaba conteniendo. Acarició su mejilla y él rompió el beso para mirarla a los ojos sorprendido por la inocencia del gesto. Quiso preguntarle por qué se contenía, por qué no cedía a lo que su cuerpo le pedía, pero no halló su voz entre tanto jadeo y excitación. Así pues, pasó al plan B sujetando su mano y llevándola directa hasta su pecho, invitándole a tocarla y tomar lo que le ofrecía. La última brinza de autocontrol de Sanji cayó. Durante un buen rato los únicos sonidos en aquella habitación fueron los de los besos recorriendo la piel del otro, los suspiros, los jadeos y los gemidos. Nami determinó que ya habían jugado lo suficiente, alcanzó la goma de sus sobrios calzoncillos negros y los empujó para deshacerse de ellos de una maldita vez; alzó las caderas para que él pudiera hacer lo mismo con sus braguitas. Fue suave y delicado, pese a su propia urgencia. Nami gimió su nombre rendida ante él. El encuentro no tenía nada de romántico, era algo primitivo y de una magnitud que les sobrepasaba a ambos. No era lo que ninguno de los dos había imaginado, fantaseado o soñado, pero era muy real. La observó, a su merced, rendida al placer que le regalaba. Sus mejillas teñidas de un rubor encendido haciendo que sus pecas destacaran como pequeñas estrellas en el cielo nocturno y despejado, la piel perlada de sudor y los ojos brillando entreabiertos al igual que sus labios rojos. De su garganta surgían los sonidos más hermosos que sus oídos habían escuchado jamás. Las caderas de Nami acompañaban con precisión los de la suya, como si llevasen toda la vida ensayando juntos para que ese momento, el definitivo, fuese sublime. El placer se desbordó. Nami arqueó la espalda presa del éxtasis, y él la siguió con un gemido ronco. Nami le besó en los labios y rodó con él por la cama para ser liberada de su peso. Se acomodó a su lado, apoyó la cabeza en su pecho. Los latidos de su corazón eran rápidos y fuertes. —No era así como espera que ocurriera esto —confesó con sinceridad. Acarició sus cabellos sintiendo como reía acurrucada en su pecho—. Quería que fuera romántico. Tendría que haber ocurrido con una cena a la luz de las velas, una bonita declaración de amor y un baile lento. —¿Qué más? —Te habría besado y abrazado, acariciado tu pelo y te habría pedido permiso para hacerte el amor. —Suena muy bien —declaró y encajaba a la perfección con lo que ella había soñado tantas veces. —Te pido perdón, Nami-san, si he sido demasiado brusco. No te he hecho daño, ¿verdad? —No lo has hecho y no te disculpes, ha sido increíble. »Siento haberme comportado como una imbécil antes. Querría decirle que no lo había hecho, pero sería una mentira descarada y corría el riesgo de hacerla enfadar. —Estabas tan celosa, nunca me lo habría esperado. Por cierto, Nami-san, ¿para qué habías venido? —Yo… venía a decirte que te quiero, Sanji-kun, y que se acabó eso de jugar al gato y al ratón. Que quiero estar contigo si su también lo quieres. Comprendió su reacción al encontrarse con Alice y no pudo seguir molesto por ello. Nami había ido a buscarle para abrirle su corazón y se había encontrado a alguien que, si no le conocías, parecía una mujer preciosa. —Lo quiero desde que te oí reír en el Baratie. Nami se movió para alcanzar sus labios. Ya no había rabia, ni frustración, ni celos en aquel contacto, sólo un amor sincero y fuerte que luchaba por abrirse camino.Fin
Notas de la autora: ¡Hola! Sé que no es especialmente gráfico, pero mi deber era advertir al principio de ello. No sé si habrá más shots y drabbles de este tipo, porque inicialmente este no debería de haber acabado así, pero la parejita se ha rebelado. Si algo me ha enseñado la vida es que los mecanismos de defensa muchas veces hacen que te comportes de un modo extraño. Nami no es irracional, pero la necesidad de huir puede hacerte serlo. Espero que no se sienta extraña ni OoC. Para sugerencias y amenazas de muerte la ventanita de comentarios está a vuestra disposición.