ID de la obra: 1267

Contacto Humano

Het
NC-17
En progreso
3
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 209 páginas, 85.130 palabras, 15 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
Compartir:
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección Descargar

11. La Flor

Ajustes de texto
Buenas noches: Por fin les traigo el onceavo capítulo, donde debo aclarar lo siguiente: Me sigo tomando algunas licencias creativas para imaginar cómo sería una fiesta pueblerina del siglo XVIII, cómo es que Albafica manipularía una flor especial para Agasha, y finalmente, las explicaciones de Pefko respecto a su trabajo con el antídoto. Por lo tanto, no se tomen en serio lo que lean aquí, es sólo una historia de mi loca imaginación. Gracias de antemano por su tiempo y sus reviews, me alegran el día y me inspiran a publicar más pronto. Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. Los OC son de mi autoría personal, así como la historia, la cual solamente escribí por gusto y diversión.

***

Capítulo 11: La Flor Rodorio, martes 9 por la mañana. Agasha y su padre se levantaron con los primeros rayos del sol. Por fin había llegado el gran día, la fiesta anual de Rodorio comenzaba hoy. Pero antes de todo, era necesario afinar los preparativos finales, y ellos, al ser los floristas encargados, su deber era colocar los adornos el mismo día que iniciaba la celebración. Otros aldeanos tenían el encargo de la comida, la música, las presentaciones artísticas, etc. Y por obvias razones, sus labores habían comenzado con días de antelación. Pero Estelios y Agasha entraban en escena después, dado que sus decoraciones florales eran el toque distintivo, y porque de esa manera, duraban todo el tiempo de la fiesta. Después de tomar un desayuno rápido, ambos salieron de casa, remolcando el carromato rumbo a la plaza central del pueblo. … El movimiento general ya era fluido. Se podía ver a la gente de un lado a otro, ocupados con sus respectivas actividades. Mujeres llevando ollas y trastes para terminar de preparar la comida y transportarla hacia las mesas centrales. Hombres y jóvenes alistando éstas, acomodándolas de forma distribuida con sus bancos y sillas para quien deseara sentarse. Músicos afinando sus instrumentos y practicando alguna melodía. Niños corriendo de un lado a otro, despreocupados de la vida. En la calle principal que llevaba al centro, se ubicaban los vendedores locales de mercancías habituales: Panaderos con sus deliciosos panques, la costurera Calíope ofreciendo sus prendas de vestir elaboradas a mano, los herreros presentando muestras de su trabajo metalúrgico, los alfareros exhibiendo sus vasijas decoradas, y finalmente, los floristas con sus coloridas y perfumadas flores. Más allá, del otro lado de la plaza, en un espacio reservado que se extendía hacia un par de amplias calles, las carretas de los gitanos y otros artistas callejeros, ya se preparaban con sus llamativos carteles, los cuales mostraban lo que ofrecían en cuestión de entretenimiento. Había bailarines, acróbatas, adivinadoras del futuro, vendedores de elíxires extraños, titiriteros, actores teatrales, etc. Todo en general respiraba un ambiente de alegría y fiesta. Agasha y su padre llegaron al lugar que tenían reservado. Dejaron tapada la mercancía que iban a vender y solamente sacaron los adornos de girasoles. —Bien, comencemos con el entarimado central— dijo Estelios, preparando una escalera mediana que habían llevado y algunas herramientas que emplearía para el trabajo. —Tú trae las canastas y las cuerdas. — —Sí papá— confirmó la joven, guardando los lazos en un morral y tomando un par de canastas. Llegaron a donde se ubicaba el escenario principal. Ahí tocarían los músicos, se harían algunas presentaciones y el alcalde inauguraría los festejos. Estelios dio un rápido vistazo y se puso de acuerdo con Agasha para ver dónde colocarían las coronas y cómo colgarían las cadenas de girasoles. Su actividad dio inicio, y mientras ellos trabajaban, los visitantes comenzaron a llegar al pueblo. Muchos provenían de villas vecinas y otros eran extranjeros de Europa u Oriente, arribando desde el puerto de Rodorio. Éste era uno de los beneficios de la celebración anual, el intercambio comercial. Dado que la fiesta atraía mercaderes, los trueques de productos y servicios aumentaban considerablemente, beneficiando la economía del pueblo. Y de forma indirecta, al Santuario, pues sus habitantes dependían del abastecimiento que la villa proporcionaba. … Un par de horas después. Agasha y su padre casi terminaban la decoración, pero aún les faltaba un lugar. Lo bueno era que el alcalde no andaba por ahí todavía, de lo contrario, ya los estaría apresurando. —Papá, voy por las últimas dos canastas— dijo la florista. —Está bien— contestó el hombre, mientras martillaba sobre una viga, terminando de fijar la última cadena de flores. —Te veo en el altar de Athena. — Ahora sólo faltaban las coronas especiales que colocarían en el altar dedicado a la deidad protectora del pueblo. Dicho monumento estaba en medio de la plaza, y cuentan las viejas historias, que aquella efigie fue lo primero que se levantó, cuando Rodorio fue fundado hace más de 800 años. Por eso siempre se mantenía en perfecto estado y cuidado, así mismo, era objeto de adorno, veneración y agradecimiento en cada festejo. La florista caminó un par de calles y dobló en una esquina para llegar a donde estaba el carromato. De inmediato revisó las canastas con las coronas y buscó las cuerdas faltantes que usarían para fijarlas. —Hola Agasha— se escuchó de pronto una voz a sus espaldas. Ella rodó los ojos y suspiró con evidente fastidio. —¿Qué quieres Zarek? — contestó indiferente, mirándolo de soslayo. El herrero la observaba con un gesto tranquilo, que insinuaba un dejo de arrepentimiento. —Quiero disculparme por lo del otro día— se explicó rápido. —Yo no sé qué estaba pensando, lo lamento. — La joven suspiró de nuevo, en verdad debía solucionar esta situación con Zarek. No podía permitir que hubiera un malentendido y que él siguiera creyendo que tendría una oportunidad con ella en algún momento. Y menos ahora, que tenía el presentimiento de que Albafica estaba más cerca de lo que podía imaginar. —Zarek, escúchame por favor— colocó las cuerdas dentro de las canastas y las dejó en el suelo a su lado, para después arreglar de nuevo la cubierta del carromato. —Te perdono por intentar besarme a la fuerza. Pero que te quede claro, esa fue la primera y la última vez que haces algo así. — —Gracias Agasha, te juro que no volverá a suceder. De ahora en adelante me esforzaré en cortejarte con respeto y… — —No, Zarek— lo interrumpió, notándose la seriedad en su voz, al mismo tiempo que giraba para verlo de frente. —No estoy interesada en que me cortejes. Por favor, debes entender que sólo puedo verte como un amigo, no eches a perder la amistad que hemos tenido estos años. — La mirada del herrero se estrechó y su rostro adquirió una expresión completamente grave. —No es justo lo que dices, Agasha— habló con frialdad. —Debido a esa amistad, me conoces mejor y sabes que yo sería un buen partido para ti— se acercó sorpresivamente a ella y le sujetó la mano, envolviéndola entre las suyas. —Al menos dime si tu rechazo se debe a que hay otro hombre que te interesa. — Agasha se inquietó bastante por su repentina cercanía. Eso no estaba bien y sus nervios fueron aumentando al darse cuenta que, justo en ese momento, no había gente transitando por la calle. Ya había tenido un mal presentimiento con Zarek desde tiempo atrás, pues el joven cambió demasiado su carácter en los últimos meses. La florista lo conoció siendo un chico amable. Pero con el paso del tiempo, fue volviéndose más ambicioso y soberbio. Cuando su difunto marido Alexander todavía estaba vivo, lo convirtió en su mano derecha antes de cumplir los 18 años. Por lo que, desde joven, aprendió a dirigir el negocio de herrería bastante bien. Y eso lo había vuelto uno de los mejores forjadores de Rodorio y sus alrededores. Provocando que su ego creciera demasiado, creyéndose superior a los demás herreros. Y no sólo eso, Zarek también era uno de los solteros más cotizados de la villa, debido a su atractivo físico y posición económica. Muchas jovencitas en edad casadera lo veían con buenos ojos. Pero él parecía encaprichado con la viuda de su fallecido jefe. Para el muchacho, no hubiese sido nada difícil llegar con una generosa dote a la casa del señor Estelios y pedir la mano de Agasha en matrimonio. Todo mundo le hubiese dicho a ella que sería una verdadera estúpida si no aceptaba semejante oportunidad. Y más teniendo en cuenta que era la viuda con menos posibilidades de volver a casarse. Sin embargo, eso no había sucedido. Zarek se había tomado el tiempo de acercarse a ella, debido a que, su amistad previa y el hecho de que trabajó con Alexander, eran un impedimento para que la florista lo tomara en cuenta. Pero, a pesar de sus esfuerzos, Agasha no demostraba interés alguno por él, y eso lo frustraba demasiado. —No tengo por qué decirte nada de mi vida privada, y no tienes ningún derecho a entrometerte— contestó ella, tratando de liberarse, ya que su instinto le susurró peligro. —Ahora, por favor suéltame, mi padre está esperándome para colocar los adornos que faltan. — El forjador afiló su mirada y ahora se notaba el enfado en su voz. —¡No lo haré! — apretó el agarre en la mano de ella. —¡No te soltaré hasta que me digas quién es el tipo que te interesa!, ¡Quiero saber que otro hombre tendría la intención de fijarse en la “viuda joven”! — hizo una sonrisa burlona. —¡O de casarse con una mujer que no puede procrear descendencia! — Agasha abrió los ojos en grande, completamente desconcertada por semejante insulto. En ese instante, sintió una súbita furia retorcerse dentro de ella. No podía creer que el estúpido herrero se sintiese con el derecho a “salvarla” de su estigma social. Esa fue la gota que derramó el vaso en cuanto a su paciencia con Zarek. —¡Eres un imbécil! — masculló enojada, al mismo tiempo que levantaba con brusquedad su rodilla derecha. El sorpresivo impacto hizo que el hombre escupiera saliva por la boca y que su quejido se escuchara con fuerza. Cayó al suelo, liberándola, para llevarse ambas manos a su entrepierna lastimada, revolcándose y gritando de dolor. La joven retrocedió, tomó las canastas y se alejó corriendo, aunque todavía alcanzó a escuchar su amenaza. —¡Esto… no se… quedará así! — gruñó furioso. —¡Me escuchaste Agasha… me las vas a pagar! — … La florista llegó a la plaza, desacelerando su loca carrera, tratando de calmarse. En verdad se había inquietado por el comportamiento de Zarek, y todavía no podía creer que lo golpeó de esa manera. Pero, sin lugar a dudas, se lo merecía por idiota. Inhaló y exhaló despacio, recobrando la compostura. Había bastante gente paseando y realmente nadie se percató de su sobresalto. Ahora no estaba segura si debía contárselo a su padre, ya que no deseaba preocuparlo. Tal vez se lo diría más tarde, porque no sabía de lo que era capaz de hacer el herrero. Lo mejor sería tener cuidado. —Aquí están las coronas papá— llegó con Estelios, quien ya estaba en el monumento de Athena. —Muy bien, entonces con esto concluye nuestra tarea— dijo el hombre mayor, subiéndose a la escalera. —Pásame la primera para colocarla. — … Después de finalizar su trabajo, ambos se encaminaron de regreso a su espacio reservado, pues era tiempo de colocar a la venta toda la mercancía de flores. Agasha buscó con la mirada a Zarek, pensando que quizás andaría rondando por ahí. Pero no había señales de él. En ese momento, se escuchó la voz de una mujer. —Estelios, Agasha, esta vez terminaron pronto de adornar. — —Buenos días Calíope— contestó el hombre. —Hola señora— sonrió la florista. —Así es, éste año fueron menos decoraciones, ya sabe, el alcalde Aristo se ha vuelto un poco tacaño. — —Oh sí, tienes razón cariño, creo que ahora quiere llenar el pueblo con gitanos y titiriteros— se burló la costurera. —Pero al menos son buenas noticias para mí, ya he vendido tres vestidos y una gabardina a los susodichos. — —Bien por ti Calíope, deséanos buena suerte para que también nos compren todas las flores— pidió Estelios, terminando de quitar la cubierta de la carreta. Los tres continuaron platicando, mientras acomodaban las flores en los exhibidores.

:*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*:

Santuario, martes 9 por la mañana. Albafica se despertó con una sensación de ansiedad. No sabía qué era, pero probablemente se debía a lo acontecido el día de ayer. Se sentó en la orilla de la cama y se llevó las manos a las sienes para masajearse un poco. La noche anterior, después de quedarse un rato en la terraza, regresó al comedor ya sin hambre. Encontró a Shion leyendo un libro, pero Pefko ya no estaba. El Patriarca le dijo que el chiquillo había estado muy cansado después del viaje, así que tan pronto terminó de cenar, lo llevó a la habitación donde se quedaría para que reposara. Albafica no quiso permanecer ahí, así que tomó el cofre de madera con las botellas del antídoto, se despidió del lemuriano y se retiró a sus aposentos. A pesar de que logró quedarse dormido profundamente, tuvo la sensación de no haber descansado lo suficiente. No podía negar que las noticias de Pefko y el mensaje implícito de la diosa Deméter, lo habían inquietado bastante. —¿Cómo rayos voy a cumplir el pacto? — se preguntó, mientras bajaba las manos y exhalaba cansado. —Ni siquiera sé cómo lo va a tomar Agasha. Cuando ella me vea de nuevo… — Su mirada se desvió hacia la rosa que permanecía sobre el buró, junto al cofre de madera. Se trataba del botón en florecimiento que le entregó la deidad después de la resurrección. La increíble flor permanecía brillante y aromática, a pesar de no estar conectada a su rama original. Se conservaba dentro de un pequeño florero con agua, seguramente alguna doncella se había encargado de eso. La tomó entre sus manos y la olfateó con lentitud. Su suave fragancia era dulce, intensa, e irremediablemente, le recordaba a Agasha. El regalo de Piscis no era cualquier cosa. Aquella rosa escarlata había sido creada especialmente para ella.

*:*:*:*:*

Hace 6 años. Ya faltaba poco tiempo para la fiesta de Rodorio. Albafica lo sabía, ya que algunas conversaciones de sus compañeros hacían mención del evento, y de tantear la posibilidad de solicitar permiso al Patriarca para poder asistir. A pesar de que se acercaba la guerra contra Hades y de las misiones externas que habían estado cumpliendo los Santos, aún podían darse el “lujo” de disfrutar algunas pequeñas distracciones. Después de todo, era un derecho que tenían, ya que probablemente, su vida no pasaría de éste año. Piscis pensaba lo mismo que los otros caballeros, pero no lo expresaba abiertamente. Él sabía que el Patriarca Sage les daría su consentimiento para ir a la fiesta por turnos. Dado que la celebración duraba cinco días, los guerreros de Athena podían bajar a Rodorio en grupos de tres, para divertirse un rato en la fecha que les tocase. En un principio, Albafica no había tenido la intención de asistir. Su obligada soledad le recordaba que ese tipo de actividades estaban limitadas o prohibidas para los Santos de Piscis. No obstante, en las últimas semanas, dicha idea dejó de tener valor para él, debido a la joven florista. No pudo dejar de pensar en ella después de lo ocurrido en la ceremonia de primavera. Así que sus posteriores visitas para dejar sus ramos de flores, continuaron siendo observadas por él. Siempre detrás de su columna favorita en el templo de Aries. A estas alturas de la situación, Shion ya se hacía el distraído cuando notaba su presencia. El borrego se volvió un inesperado cómplice, permitiendo que Piscis estuviera en su patio mirando a la joven a distancia. No obstante, Albafica no podía, ni debía, pasar de hacer esa simple acción. Los tiempos no eran los más adecuados para dichos comportamientos, a pesar de que su corazón se lo estuviese susurrando. El doceavo guardián no quería aceptarlo, pero la bella florista había removido sus sentimientos y socavado sus promesas pasadas, casi desde la primera vez que la vio. Se negaba a reconocerlo, pero su compañero de armas lo notó fácilmente, inmiscuyéndose sin su permiso para fomentar dichas emociones. A pesar de que éstas siempre estuvieron prohibidas para los portadores del pez dorado. —¿Por qué no le das un regalo de amistad? — le sugirió Shion una de esas tardes, cuando se encontraron en el patio de Aries después de que la florista se había marchado. —¿Qué podría darle? — interrogó el doceavo Santo, no muy convencido de esa idea. —Además, no sé cómo lo tomaría su padre, podría verlo inadecuado. — —¿Qué tal algo hecho por ti mismo?, eso sería un gesto lindo para ella— contestó el lemuriano. —Y realmente no creo que su padre se molestase por ello, es sólo un gesto de amistad. — Piscis se quedó meditando aquella recomendación y la idea llegó poco después. Ahora se encontraba caminando por el monte donde solía pasear de adolescente, cerca de la antigua cabaña donde vivió con su maestro Lugonis. Había decidido hacer lo que dijo Aries, darle un regalo a Agasha hecho por él mismo. O, mejor dicho, cultivado con sus propias manos. Llegó a un pequeño claro entre los árboles, donde había una parcela de un par de metros cuadrados. En ella estaban sembradas varias hileras de rosas rojas en crecimiento. Eran idénticas a sus flores demoníacas, sin embargo, no eran las mismas. Se quitó un morral que llevaba en ese momento, lo situó sobre un viejo tronco caído y extrajo algunas cosas del interior, junto con un par de guantes de piel oscura. Se colocó una túnica de tela gruesa con mangas largas que se ataba por detrás, a modo de protección. Después se ajustó las fundas en las manos y tomó unas tijeras de hierro, con las cuales empezó a podar algunas hojas y ramas de las plantas. Se pasó un buen rato revisando su jardín, limpiándolo y examinando los ejemplares que iba cortando. Conforme encontraba una rosa madura, la retiraba del tallo principal y la revisaba a detalle: Su color, la textura de sus pétalos y hojas, la savia que escurría del corte, las espinas, y al final, la olfateaba a conciencia, buscando algún riesgo. Dado que no podía cultivar flores de otras especies, a riesgo de que se contaminaran con la esencia venenosa de las rosas, tomó la decisión de intentar otra cosa. Albafica estaba realizando un experimento muy especial. Llevaba haciendo esto por casi un mes, empleando el poder de su cosmos para acelerar el crecimiento y la evolución de las flores. Primero, escogió un ejemplar fuerte de sus propias rosas demoníacas reales. Luego, empezó a realizar cruzas con especímenes salvajes comunes, a los cuales también impregnó de cosmoenergía, buscando que los ejemplares sobrevivieran. Logró obtener diferentes generaciones de plantas, las cuales iban reduciendo su esencia tóxica. Los días pasaron y las flores asimilaron bien los cambios, ayudadas por el cosmos dorado. Aquellos esquejes de cría, los más fuertes, habían cambiado por completo su biología interna, deshaciéndose de su peligrosidad poco a poco. Básicamente, Albafica había conseguido crear una rosa casi normal, basándose en la especie demoníaca que él usaba. Durante todo ese proceso, fue muy cuidadoso de no tocar los ejemplares con sus manos o alguna otra parte de su cuerpo, protegiéndose siempre con la túnica y los guantes. No quería arriesgarse a que las flores absorbiesen su sangre por accidente. Él deseaba que fueran especímenes normales. Y lo logró. La generación más reciente, la que en éste momento revisaba, era lo más cercano a una flor común. Incluso había logrado que las rosas no estuvieran enlazadas vitalmente a él. Usar ejemplares salvajes fue la mejor decisión que pudo tomar para realizar el mestizaje que tanto necesitaba. Ya que, a pesar de haber usado su cosmos al inicio, poco a poco las plantas fueron adaptándose al crecimiento natural sin su ayuda. Finalmente, llegó el momento en que, al revisar la flor, ésta ya no era una rosa demoníaca original, sino un descendiente con las propiedades de una rosa escarlata común. Muy parecida a las suyas, pero sin el peligro del mortal veneno. Albafica sonrió como hace muchos años no lo hacía. Una de esas rosas en crecimiento, la más hermosa, sería elegida para ser regalada a Agasha en un par de días, en la fiesta de Rodorio.

*:*:*:*:*

El representante del pez dorado suspiró y sonrió. Hace 6 años se atrevió a acercarse a ella para darle un regalo y hacerle una promesa. Entonces no había motivo para evadir el reencuentro ahora. Aunque, su miedo al contacto humano, continuaba susurrándole ideas tenebrosas. Si no lograba superar dicha aprensión, no sería capaz de hablar con Agasha. Por lo tanto, fracasaría en su pacto con la diosa de las cosechas. ¿Por qué era tan difícil superar ese maldito trauma? Dejó la rosa en su lugar y enfocó su atención en el cofre de madera. Dentro de esa caja, estaba la ayuda que necesitaba para vencer el recelo de acercarse a ella y a los demás. Tomó una de las botellas de vidrio oscuro y la miró fijamente. Su reflejo estaba distorsionado y eso le dio una sensación de inquietud. No sabía cómo sería su reacción fisiológica ante la sustancia que guardaba dicho contenedor. Él jamás había escuchado que algún Santo de Piscis se hubiese librado de la maldición de la sangre envenenada en el pasado. Así que no existían registros de lo que pudiera suceder. Como floricultor y conocedor de varias sustancias tóxicas, sabía perfectamente que, para curar un veneno, era necesario pasar por un periodo de abstinencia y sufrimiento. Si un animal se intoxicaba por comer algo peligroso, podía curarse consumiendo la planta adecuada. Pero, debía soportar los dolores y las consecuencias físicas del envenenamiento. No obstante, su caso era una situación muy distinta. Su sangre convivía con el veneno de las rosas demoníacas desde que era un niño. Su inmunidad natural se lo permitía sin problema alguno. Después de sobrevivir al ritual de lazos rojos, esa unión se había fortalecido y no sería tan fácil romperla. Lo que significaba, que toda su confianza estaba depositada en el antídoto creado por Pefko, el cual entraría en su organismo para eliminar la toxina a como diera lugar. Pero, ¿Qué efectos tendría eso? No estaba seguro y tampoco pudo seguir meditándolo, unos suaves golpes en la puerta lo sacaron de sus cavilaciones. —Soy Pefko, ¿Puedo pasar? — se oyó la voz del chiquillo. —Adelante— confirmó, regresando la botella a la caja de madera. La puerta se abrió y el joven curandero entró con una sonrisita en la cara. —Buenos días señor Albafica. — —Hola Pefko, buen día— contestó, levantándose de la cama. —¿Qué tal dormiste? — El jovencito se rascó la cabeza, manteniendo su gesto alegre. —Creo que voy a extrañar mi cama, pero en general, descansé bien, gracias— miró las botellas. —¿Aún no comienza a beber el antídoto? — Piscis negó con un movimiento de cabeza, mientras terminaba de vestirse. —Estaba un poco nervioso ayer, así que Shion me recomendó esperar. Lo tomaré con el desayuno. — —Es buena idea, así también podré llevar mis registros adecuadamente. — Albafica terminó de acicalar su largo cabello, para luego encaminarse a la salida. —Vamos a desayunar, seguramente encontraremos a Shion en el comedor. — … El Patriarca se encontraba en la biblioteca, revisando sus tareas administrativas. Se había levantado más temprano para asegurarse de que podía tener el día libre, y si quedaba algún pendiente, se lo encargaría a Teneo. El joven Santo de Tauro regresaba hoy de su visita al orfanato de la ciudad de Elliniko, así que podría dejarlo a cargo por un rato. Al finalizar, se dirigió al comedor, encontrándose con Albafica y Pefko en el pasillo. —Buenos días señor Shion— saludó el curandero. Albafica hizo un gesto con el rostro a modo de cortesía también. —Buenos días a ambos— el lemuriano desvió la mirada hacia el cofre que llevaba Piscis. —¿Ya estás listo para empezar a tomarlo? — —No puedo evadir mi compromiso, si la diosa Deméter dijo que era prioritario, entonces lo haré. — Los tres ingresaron al comedor. Los alimentos fueron servidos por las doncellas y a continuación procedieron a comer. Pefko inició la conversación, platicándoles cómo logró reducir la cantidad de toxina de la flor calavera verde, y cómo fue realizando sus pruebas con las muestras de sangre. Ambos Santos escucharon atentamente, poniendo especial interés en la información acerca de las reacciones químicas que había visto el sanador conforme se aproximaba a la cura definitiva. Esto era importante, ya que dicha etapa final de experimentación, es la que viviría el doceavo caballero cuando tomase el brebaje. —En la última observación que hice, la muestra se limpió en un 95 por ciento— dijo el chiquillo, mordisqueando una patata asada. —Eso quiere decir que la recuperación es casi segura. — —Pero el 5 por ciento restante, ¿Qué podría significar? — interrogó Albafica. Pefko dejó de comer, tragó su bocado despacio y luego lo miró con seriedad. —Significa que la resistencia del veneno de las rosas demoníacas tardará en mermar— hizo una pausa y agachó el rostro, preocupado. —En pocas palabras, no sé cuántos días o semanas demorará en hacer efecto el antídoto en su organismo. Podría necesitar meses para que el tratamiento limpie su sangre. — El Santo de Piscis notó que se formaba un nudo en su estómago. No podía esperar tanto tiempo, y menos teniendo en cuenta la fecha anunciada por la diosa Deméter. —Pero no estás seguro de eso, ¿Verdad? — intervino Shion. —Comentaste que la madre de las cosechas dijo que ya no eran necesarias más pruebas, y que no le haría daño el antídoto. Así que también existe la posibilidad de que la infusión actúe rápido. — El joven sanador asintió. —Sí, es probable, pero la única forma de saberlo es comenzando de una vez. Así podré tomar los registros necesarios para llevar un control, y saber si necesitaré elaborar más extractos. — Para ese momento, el desayuno ya había concluido, así que Albafica tomó una de las botellas de la caja de madera. —Entonces no retrasemos esto— quitó el corcho y agarró una cuchara que no hubiese sido utilizada. —¿Qué cantidad debo beber? — Pefko se levantó de la silla y se dirigió a su mochila, la cual había permanecido en el mismo lugar desde ayer. Buscó un poco, hasta que extrajo su cuaderno de trabajo y una cajita pequeña. Se acercó de nuevo a la mesa y abrió el compendio en una página donde se podía ver una tabla de números. —Calculé el porcentaje del contraveneno que se concentra en cada infusión. Después fui juntando todas las porciones, así que cada frasco contiene la suficiente cantidad para varias dosis, las cuales deben ser mínimas, por tratarse de un antídoto preliminar— extrajo pluma y tinta del estuche. —Señor Albafica, debe tomar una cucharada pequeña. Se supone que es antes de cada alimento, pero en éste caso, como es la primera vez, será mejor que sea después de comer, el estómago lleno amortiguará el efecto si es que éste resulta agresivo. — Ambos hombres escuchaban asombrados al sanador. Ese niño en verdad era muy inteligente y su nivel de conocimientos ya era bastante avanzado para su edad. Expresarse de esa manera para explicar un asunto tan serio como lo era la cura para el veneno de las rosas, era de admirarse. —Eres muy hábil Pefko, ¿Todo eso te lo enseñó Luco? — quiso saber Shion. El chiquillo se sonrojó, rascándose la cabeza de forma graciosa. —Gran parte lo aprendí de mi maestro, y lo demás, lo he ido mejorando con la ayuda de otros sanadores y mi maestra de medicina. Ella me enseñó a realizar estas tablas de cálculo para llevar los registros médicos de los pacientes— cambió de hoja, en donde una nueva tabla estaba lista para comenzar a escribir. Albafica sonrió un poco. El muchachito en verdad era especial y le alegraba mucho saber que ahora era un sanador muy hábil que ayudaba a sus semejantes. Era probable que, a futuro, fuese el mejor de todos. Regresó su atención a la redoma oscura y no pudo evitar pasar saliva con dificultad. A partir de éste momento, todo su mundo empezaría a cambiar para siempre. —Bien, entonces hagámoslo, yo confío en ti Pefko— dijo, sirviendo un poco del antídoto en la cuchara. —Comenzaré con esta cantidad, y en la tarde, tomaré la siguiente porción. — Shion y Pefko asintieron, observando atentamente las acciones de Piscis. El intenso color verde de la sustancia era llamativo, y cuando Albafica lo acercó a su boca, olió una fragancia parecida a la menta. Al degustarlo, pudo comprobar que su sabor era extrañamente dulce, casi como la miel. Esto lo dejó un poco desconcertado, porque él sabía que la mayoría de los venenos eran amargos. Pero bueno, la flor calavera verde no era de estas tierras, y no necesariamente sus propiedades tóxicas debían cumplir los mismos parámetros. El líquido tocó su lengua y después se deslizó por su garganta. Pudo sentir un calor bajando a lo largo del esófago, y luego nada cuando llegó al estómago. Entonces, sólo quedaba esperar. —Primera porción, día martes 9, a las… — Pefko anotó en su cuaderno y luego volteó hacia la ventana. El reloj solar marcaba una sombra sobre una de las franjas talladas en la carátula del obelisco. —Ocho de la mañana— miró de nuevo a Piscis. —Señor Albafica, a partir de ahora, deberá reportarme cualquier sensación extraña que sienta, dolor, sudoración, mareo, cualquier cosa que le parezca anormal en su organismo. — El hombre de cabello azul tapó la botella con el corcho, para luego regresarla al cofre. —Así lo haré, y creo que deberías anotar que su aroma es similar a la menta y su sabor parecido a la miel. — El adolescente abrió los ojos en grande y de inmediato remojó la pluma en el tintero para escribir dicha información. —Muchas gracias, esos datos no los había tomado en cuenta. Es decir, la calavera verde es peligrosa y siempre la manipulé con protección, así que no podía saber nada de su olor y sabor. — De pronto, sintió una palmadita en la cabeza. El doceavo caballero lo miraba con una expresión de total gratitud, al mismo tiempo que hacía ese mimo sin ningún temor. El curandero volvió a sonreír, sintiéndose en verdad contento de poder ayudarlo. Shion carraspeó un poco para llamar la atención. —Muy bien Albafica, esto ha dado comienzo y no hay marcha atrás— habló tranquilo, poniéndose de pie. —Ahora, iremos a Rodorio, y mientras yo visito al alcalde, tú y Pefko darán una vuelta por la plaza central, ya sabes lo que tienes que hacer— vio que Piscis iba a protestar, así que se adelantó. —Nada de peros, no quiero que empieces con tu ansiedad. Ya te quedó claro que no vas a dañar a nadie con tu cercanía, así que no me obligues a usar la telequinesis para llevarte. — El mencionado levantó una ceja, su amigo en verdad había madurado bastante en estos años, y su aire de autoridad se notaba a primera vista. Sabía que no hablaba en serio respecto a la telequinesis, pero, aun así, rodó los ojos ante sus palabras. Era obvio que no se negaría a visitar el pueblo. —No te preocupes Shion, no tenía pensado esconderme bajo la cama— dijo sarcástico. El lemuriano hizo una sonrisa triunfante. —Bien, entonces daré el aviso a todo el Santuario y posteriormente bajamos. — … Momentos después, los tres caminaban por el sendero que llevaba directo al coliseo. Ya se había hecho el llamado general con antelación, así que todos los habitantes del Santuario estarían ahí. Shion llevaba su toga oscura y portaba el casco que lo identificaba como el Patriarca. Albafica vestía como un civil común, pero también llevaba una capa larga negra con capucha, la cual usaría para cubrirse una vez que llegasen al pueblo. Por su lado, Pefko portaba su vestimenta normal y un morral más pequeño con su cuaderno de notas y algunas cosas extra. Estaban por alcanzar el pasillo que llevaba hacia el escenario, cuando de pronto, escucharon sonidos metálicos. Alguien iba subiendo las escaleras principales. —Buenos días, su excelencia— saludó un joven de ojos verde grisáceos, con largo cabello oscuro recogido en una coleta alta. Albafica lo reconoció de inmediato al ver la armadura dorada que portaba. —Teneo de Tauro se reporta ante usted— dijo, al mismo tiempo que se agachaba con una rodilla al suelo en gesto de respeto, sosteniendo su casco bajo el brazo derecho. Aries sonrió. —Bienvenido Teneo, ponte de pie por favor, y dime cómo te fue en tu visita a Elliniko. — El representante del toro dorado se incorporó e hizo una gran sonrisa. —Muy bien gran Patriarca, Serinsa y los niños del orfanato se encuentran bien, y estoy seguro de que el abastecimiento que les mandó, alcanzará para todo el mes. — El orfanato ubicado en Elliniko fue mandado a construir por el Patriarca Sage. Esto después de que Hasgard volviera con tres niños al Santuario como sus aprendices, y le platicara de los pequeños que tuvo que dejar en el pueblo, luego de salvarlos del abandono total. Desde entonces, se dejó el encargo de que siempre se les ayudara y protegiera. Y hasta ahora, Shion ha cumplido con ese mandato. Aunado a esto, Serinsa tomó la decisión de regresar allá y hacerse cargo de la administración del orfanato, así como del cuidado de los niños que fuesen llegando. Por eso Teneo iba de vez en cuando a visitarlos. —Me alegra escuchar eso— dijo el lemuriano. —Ahora, voy a presentarte a alguien— hizo un gesto hacia Piscis. —Él es Albafica, un viejo amigo que no veía hace años y que por fin ha regresado al Santuario. — El muchacho hizo una ligera inclinación con la cabeza en señal de respeto. —Bienvenido, me llamo Teneo, y soy el Santo dorado de Tauro. — Albafica comprobó de inmediato lo dicho por Shion el otro día. Nadie ajeno al plan de Deméter, lo reconocería como el Santo de Piscis. Hizo el mismo gesto para corresponder al saludo. —Gusto en conocerte, me alegra saber que Hasgard dejó un sucesor para su armadura— dijo con amabilidad, siguiendo la mentirilla de su amigo. —Es bueno saber que, aparte de Shion, hay alguien más cuidando el Santuario. — El recién llegado abrió los ojos con sorpresa. —¿Usted conoció a mi maestro? — Piscis sonrió levemente, esa información no comprometía su identidad. Quizás en el pasado fue bastante huraño y no convivía mucho con sus compañeros, pero estuvo al tanto de varias cosas. Entre ellas, que el anterior guardián de Tauro, tenía un corazón sumamente gentil, en especial con los niños. —Hasgard era el más noble de toda la orden dorada. Siempre tuvo un instinto paternal enorme, que lo llevó a proteger a cuanto niño abandonado encontraba en su camino. Fue un gran hombre. — Teneo sonrió, sintiéndose orgulloso de su predecesor. No sabía quién era el amigo del Patriarca, pero parecía conocer mucho del Santuario y de la élite de Athena. —Gracias por mencionarlo, en verdad estoy orgulloso de ser su sucesor— volvió a inclinar la frente y luego desvió su mirada hacia el curandero. —Hola Pefko, pensé que vendrías hasta el próximo mes, vengan esos cinco— levantó la mano abierta. El adolescente se acercó sonriendo y palmeó su mano contra la del dorado, en un claro gesto de amistad. Ambos ya se conocían desde hace tiempo. Cuando Pefko venía a dejar sus plantas medicinales, siempre pasaba por la casa de Tauro y platicaba con el guardián. —Tuve que adelantar mi visita, necesitaban más plantas en el dispensario— explicó tranquilo. Albafica y Shion se miraron de reojo, dándose cuenta de que el chiquillo sabía disimular muy bien. Probablemente la diosa de la agricultura también le había dicho que sólo unos cuantos se enterarían de la resurrección de Piscis. El Patriarca retomó su marcha, llamándolos a todos. —Vamos al coliseo, ya nos están esperando— miró al recién llegado. —Teneo, debo revisar unos temas con el alcalde Aristo en Rodorio, así que estaré ausente, por lo tanto, te quedarás a cargo. — El joven Tauro asintió rápidamente. —Sí, su excelencia, como ordene. — Llegaron al escenario principal, y mientras Pefko y Albafica se quedaban junto a una de las columnas laterales, Shion y Teneo caminaron al centro. Los guardias hicieron un saludo marcial y sonaron un gong para llamar la atención del público. Éste estaba compuesto por soldados, doncellas, enfermeras y pueblerinos que ayudaban en la reconstrucción. Se hizo un silencio absoluto. —¡Habitantes del Santuario y visitantes que nos acompañan! — alzó la voz el Patriarca para hacerse escuchar. —¡Es grato para mí, informarles que la villa de Rodorio nos hace una cordial invitación a su fiesta anual! — se escuchó la ovación general y varios aplausos. —¡Y así como se hizo el año pasado, todos podrán asistir, dividiéndose por turnos para bajar a divertirse en la celebración! — Nuevamente todos aclamaron, sintiéndose contentos de poder asistir a dicha festividad. … Rodorio. Rato después, los tres estaban llegando a la entrada del pueblo. El doceavo Santo se cubrió la cabeza, permitiendo que sólo medio rostro se le notase, así como algunos mechones de cabello azul. —Señor Albafica— llamó Pefko. —¿Aquí vive su futura esposa? — Piscis respingó ante la pregunta. Seguramente el chiquillo tenía curiosidad, y era obvio que conocería a la florista más adelante. No pudo controlar la sensación de nervios y sintió que el color se le subía al rostro. —Ella no… — quiso explicar. —Así es, su futura compañera vive aquí— interrumpió Shion, mirando a su amigo con media sonrisa. —Su nombre es Agasha y vende flores muy bellas, incluso también cultiva plantas medicinales como tú. — —¡Vaya, que gran noticia! — saltó el joven sanador, su emoción era demasiado inocente y tierna. —¡Yo le ayudaré a buscar el puesto de flores, señor Albafica! — El representante del pez dorado se llevó una mano a la cara, en verdad estaba sintiéndose demasiado avergonzado y abrumado. El pequeño Pefko, al parecer, se convertiría en ese travieso hermanito que nunca tuvo, y probablemente le ocasionaría alguno que otro momento incómodo. Ellos no eran hermanos ni primos de verdad, pero si lo pensaba con calma, podría existir un vínculo cercano, dada la relación sanguínea de sus padres adoptivos. Sin embargo, los comentarios inocentes del adolescente no eran lo que provocaba su nerviosismo. Él sabía que Agasha estaba muy cerca, casi podía sentirla, y eso era lo que mantenía latente su miedo. Quizás podría aproximarse a ella, pero desconocía cómo sería su reacción. Y tampoco estaba seguro de lo que haría él mismo, una vez que estuvieran frente a frente. Casi podría afirmar que sentía pánico por el reencuentro. —Vamos Albafica, no es momento para sentir temor— habló el Patriarca al verlo titubear, mientras se cubría con su respectiva capucha. Antes de salir del Santuario, había dejado con Teneo su casco y toga, para ir sólo vestido como civil, al igual que sus acompañantes. Pero también debía cubrirse el rostro para no llamar la atención innecesariamente. —¡No me presiones Shion! — gruñó el doceavo Santo, cruzándose de brazos. —Recuerda que tienes poco tiempo. Deméter se molestará si ve que no cumples tu palabra— aclaró el lemuriano, haciendo un gesto serio. —Ya te lo dije, no te acerques a ella si no quieres, pero sí búscala. — Piscis no dijo nada, exhaló cansado y continuaron su marcha. Desde el arco principal de acceso al pueblo, se podía notar el gran bullicio que había en esos momentos. Los visitantes deambulaban de un lado a otro, algunos carromatos de gitanos apenas iban llegando, y los vendedores locales ya empezaban a ofrecer sus productos. El aire olía a comida, fuego, metal, flores y otras esencias, todo mezclándose en un ambiente bastante animado. Shion se detuvo en una esquina. —Bien, yo voy a la oficina del alcalde— con su mano señaló hacia otra dirección. —Esa es la calle principal que los llevará a la plaza, vayan a recorrerla, los veré allá en un rato más. — —Sí, señor Shion— confirmó Pefko. —No prometo nada— murmuró Albafica por lo bajo. —Pero lo intentaré. — El lemuriano asintió y se fue, mientras ambos se perdían entre la gente, en dirección a la zona central.

***

Continuará… Muchas gracias por leer hasta aquí, y ahora un anuncio especial: ¡En el próximo capítulo, por fin leerán el reencuentro entre Albafica y Agasha! Espero poder hacerlo emocionante, porque en verdad me preocupa cómo quedará.
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección Descargar
Comentarios (0)