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Capítulo XXX: Epílogo Siglo XX, 240 años después. Santuario de Athena. Shion observaba con serenidad la arena del coliseo, donde los futuros Santos dorados entrenaban desde temprano. Practicaban el control de su cosmos y el manejo de las técnicas correspondientes a su constelación zodiacal. Todos eran hábiles en mayor o menor medida, pero aún tenían mucho camino por delante para convertirse en guerreros excepcionales. Su mirada se posó en un niño de unos 10 años, cuyo cabello azul celeste resaltaba entre los demás. El futuro guardián de Piscis afinaba su habilidad de tiro empleando dagas y un enorme tronco. En los últimos dos años, había desarrollado la fuerza y precisión que se necesitaba para esgrimir las rosas demoníacas. Así que, cuando lo vio partir limpiamente la robusta madera con apenas un par de lanzamientos, supo que estaba listo para avanzar en su entrenamiento. … Más tarde. Biblioteca Patriarcal. Aparte del entrenamiento físico, los Santos también recibían educación en diferentes áreas. Desde aprender a leer, escribir, números e historia, también repasaban la teoría relacionada con sus habilidades zodiacales. Para ello, tenían acceso a libros y pergaminos antiguos que guardaban dicha información. En el caso de los caballeros de Piscis, existía una compilación especial. El jovencito recorrió los largos pasillos hasta llegar a un estante en específico, donde se ubicaba un libro grueso de pastas cafés. Lo llevó con él hasta una de las mesas y tomó asiento para leer. El texto hablaba de medicina, plantas curativas y antídotos para venenos. El autor era un hombre del siglo XVIII llamado Pefko Lucodopoulos, un sanador de la Isla de los Curanderos, cuyo legado todavía resonaba en el presente. Abrió el volumen en las últimas páginas, donde había diferentes retratos elaborados con tinta y papiro de aquella época. En todos ellos se apreciaba al curandero en diferentes etapas de su vida, junto con las fechas del dibujo. El niño regresó las hojas hasta la mitad del libro, buscando un tema en específico: Las rosas demoníacas de Piscis. Sin embargo, los datos recabados ahí, eran un resumen limitado que le daba muy poca información. —¿Cuántas veces has leído ese libro? — preguntó una voz a sus espaldas. El futuro Santo se sorprendió al ver que se trataba del Patriarca. —Su santidad, buenos días— se levantó e hizo una reverencia. —He leído éste libro unas cinco veces al menos, es muy interesante— sonrió. Shion se sentó en otra silla, mientras colocaba un nuevo libro sobre la mesa. Sus pastas también eran gruesas, pero en color negro. En la portada se apreciaba el grabado de una rosa, rodeada por dos peces. —Siéntate Erik, ha llegado el momento de avanzar con tu aprendizaje— el chiquillo hizo un gesto de asombro, regresando a su asiento. —¿Puedes repetirme cuál es el legado de Pefko? — —El sanador Pefko Lucodopoulos fue el creador del antídoto para el veneno de las rosas demoníacas— recitó rápidamente. —Con la ayuda de la diosa Deméter, él pudo crear el contraveneno a partir de la flor calavera verde. Gracias a eso, mi antepasado del siglo XVIII, Albafica de Piscis, pudo curarse y formar una familia. — El Patriarca sonrió al escucharlo hablar. Erik era descendiente directo de Albafica y Agasha, cuyo parecido físico a ellos era notorio. Su color de ojos y cabello le recordaban a Albafica. Sin embargo, el ondulado de su melena y sus rasgos finos, eran como los de Agasha. El paso del tiempo y el distanciamiento de las ramas genealógicas no afectaron en nada su linaje. —Es correcto— asintió el hombre mayor. —Pero eso no es lo único que hizo Pefko— abrió el libro negro en una sección específica. —Él fue muy cercano a tus antepasados, y también se encargó de documentar todo acerca de las rosas de Piscis, para que los futuros portadores de la armadura pudieran aprender las técnicas correspondientes. — El jovencito abrió los ojos con asombro al contemplar las páginas mostradas por Shion. En ellas estaban plasmadas las iconografías de Agasha y Albafica, así como las imágenes de sus hijos. Y conforme pasaban las hojas, fue apareciendo información de las rosas demoníacas. Descripciones, dibujos, notas, instrucciones para su cultivo y ejemplares desecados. —¡Es increíble! — Erik tomó el libro y fue pasando las páginas con cuidado, pero sin disimular su emoción. —¿Esto es lo que sigue en mi entrenamiento para convertirme en Santo? — —Así es— confirmó el aún guardián de Aries. —Éste libro será tu nuevo manual, puedes llevarlo a tu templo, estúdialo con calma y cuídalo mucho, pues a partir de ahora, la información que aprendas de él, estará directamente relacionada con tu entrenamiento. — —Muchas gracias, su excelencia— el niño sonrió incluso más. —Me esforzaré para dominar las técnicas de mi constelación. — El lemuriano se sintió satisfecho con la actitud del niño. Por ahora, se enfocaría en que aprendiera a usar las rosas demoníacas. Más adelante, le platicaría sobre el pequeño detalle de cambiar su nombre por el de la diosa del amor. —Me agrada tu determinación Erik— Shion se puso de pie. —Si tienes alguna duda respecto al libro, no dudes en consultarme, y siéntete orgulloso de tu herencia, futuro Santo de Piscis. — … Rato después. La noche ya había caído sobre el Santuario. En Star Hill, el Patriarca observaba las estrellas con serenidad, sonriendo levemente al descubrir que la constelación de Piscis brillaba de forma particular en ese momento. —Siéntete orgulloso Albafica, tu descendencia ha llegado al presente. Yo me encargaré de que se convierta en un Santo dorado— murmuró con firmeza. Ahora que la élite dorada estaba completa, sólo quedaba esperar la próxima guerra santa.**FIN**
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Gracias a todos. Nos leemos en otro fanfic. 28/Abril/2026