ID de la obra: 1268

La Reina de Plata

Het
G
Finalizada
1
Fandom:
Tamaño:
276 páginas, 109.466 palabras, 30 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
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1. Sepultura

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Buenas noches a todos: Es fin de año, he estado de ociosa por mucho rato y así voy a continuar un poco más. Pero hoy me dio tiempo de publicar el primer capítulo de éste nuevo fanfic. La idea nació inesperadamente cuando redactaba la parte de Irasue en la historia “La fuerza de una Princesa”. En varios relatos, InuTaisho se muestra como un gran héroe, pero yo pienso que nadie es lo que parece, y quien mejor lo conoció fue su esposa, Lady Irasue, la reina de plata. Paseen a leer, y de antemano, gracias por sus comentarios. Atención: InuYasha y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo sólo escribí la historia por gusto y diversión.

***

LA REINA DE PLATA

Capítulo 1: Sepultura El olor a muerte reinaba en ese lugar, ella lo percibió claramente cuando todavía estaba a kilómetros de distancia, volando a través del oscuro cielo. Ya había terminado la estruendosa lluvia, ahora sólo el frío y el silencio permanecían constantes. —InuTaisho… — susurró su mente. La señora del Oeste tenía sentimientos encontrados. Ahora era la viuda de quien fuera el más poderoso demonio de aquellas tierras. Cualquier otra mujer tendría el corazón roto al perder a su compañero de vida. Sin embargo, ella no tenía la intención de llorar por su esposo. A pesar de que llegó a quererlo hasta cierto punto, no lo tenía en alta estima. InuTaisho cometió el error, él buscó su propio final. ¿Y todo para qué?, ¿Por el estúpido amor de una humana?, ¿Por un mestizo bastardo? Ni siquiera fue capaz de esperar la recuperación de sus heridas. Todos sus planes se vinieron abajo, y el dragón fue un poderoso rival que le hizo poner los pies sobre la tierra para que vislumbrara hasta dónde había llegado su estupidez. Irasue odió la forma en que cambió su marido, y todo lo que provocó su maldita aventura con esa humana. Hombres, no importa la especie, cuando meten la pata por cuestiones de hormonas o “amor”, en verdad meten las cuatro, sin tener en cuenta las consecuencias que provocan a su alrededor. Sí, ella supo de aquel nuevo desliz, pero jamás se imaginó que sería con una hembra de tan insignificante especie. No era la primera vez que su marido se comportaba como una vulgar bestia, dejándose llevar por su instinto, sin importarle el rango y la posición social que tenía. Se sabía poderoso y era consciente de que nadie se atrevería a decir algo al respecto. Nadie lo hizo… hasta que Ryukotsusei se lo escupió en la cara. Incluso la señora de Occidente lo toleró, así fue durante décadas. Irasue jamás agachó su elegante gesto ante nadie, porque era la reina de esas tierras, y le tenía sin cuidado las faltas de su esposo. Ya que, a pesar de todo, él siempre volvía con ella, siempre debía ser así, porque ambos eran los gobernantes del Oeste… hasta que la muerte los separara. Si bien la demonesa podría haberle pagado con la misma moneda, no tenía interés en hacerlo. Estaba más enfocada en la crianza de su hijo Sesshomaru y en sus deberes como gobernante de las tierras occidentales. Por algo existe el dicho de que, detrás de cada gran hombre, existe una gran mujer, y no importa de cuál especie se trate, sean animales, humanos o demonios, las hembras son el pilar que sostiene todo lo demás. La elegante forma canina descendió cerca del palacio destruido. Su enorme tamaño y presencia fueron suficientes para alejar a los últimos mirones que quedaban en aquel desolado sitio: Humanos muertos, criaturas menores alimentándose de sus cadáveres y animales carroñando lo que sobraba. Todo era silencio cuando ella pisó el suelo. La transmutación ocurrió pausadamente, y tras los rastros de una ligera niebla, quedó la figura de Irasue. Elegante y sin perder su porte, comenzó a caminar, rodeando los restos quemados, buscando algo. Su gélida mirada ámbar revelaba la molestia de hacer tan desagradable tarea. Pero no tenía opción, a pesar de todo lo vivido con InuTaisho, éste aún se merecía su respeto. No le lloraría, no le rendiría luto y jamás le perdonaría sus faltas. Pero tampoco permitiría que sus restos quedaran en tan denigrante lugar. En estos momentos, el rumor de su muerte ya volaba como el viento y sabía que, de un momento a otro, los carroñeros sobrenaturales intentarían buscar su cadáver. Pero lo que nadie sabía, era que InuTaisho había preparado su morada final con mucho tiempo de anticipación, y solamente la señora del Oeste conocía dicho secreto. Tal vez en algún momento de su larga existencia, tuvo el presentimiento de que su muerte se aproximaba. Irasue era consciente del poder de su esposo y también sabía que una tumba común no sería suficiente para él. Aunque se le construyese el mejor mausoleo, éste no sería digno para un demonio de su estirpe. Ella lo entendió el día que él le hizo prometer que se encargaría de su funeral. Al principio creyó que era una estupidez, pero terminó convirtiéndose en una promesa más, así como el encargo de las espadas. Caminó un poco más, cuando de pronto, el olor del metal la hizo voltear. Conocía perfectamente las katanas que portaba InuTaisho y el destino que tenían reservado. Ella notó claramente el brillo de la hoja a pesar de la poca luz ambiental. Sólo una parte de Colmillo de Acero se podía distinguir, permanecía tirada en el suelo, ensangrentada y sucia. Los escombros calcinados cubrían la escena completa, pero la demonesa sabía muy bien lo que iba a encontrar. Su mirada se estrechó y la faz de su rostro se tornó sombría. Ahí estaba lo que vino a buscar: El cadáver del señor del Oeste y la herencia para sus descendientes. Un par de segundos después, su gesto de nuevo fue gélido e inmutable, ni siquiera su fino olfato se perturbó con el olor a muerte. Chasqueó la lengua con fastidio, debía continuar. Una de sus manos salió de la larga manga de su kimono. La alzó, y haciendo un ademán, su energía psíquica se proyectó sobre la materia a su alrededor. Los escombros vibraron y en un instante, fueron arrojados lejos, dejando únicamente los restos mortales de quien fuera el demonio más poderoso de todo Japón. Nada de la visceral escena la perturbó, la fría naturaleza de un Inugami está acostumbrada a eso y más. Levantó una ceja con leve sorpresa, el aura de InuTaisho aún persistía en sus despojos calcinados. El hecho de existir como poderosas y gigantescas criaturas, no los hacía invulnerables a los elementos purificadores de la naturaleza. Y aquella energía sobrenatural que emanaba, poco a poco restauraría la verdadera forma del que fuera su portador, para después consumirse en la nada. —Vaya, así que tu poder aún no se disipa— dijo entre dientes. —Debo hacer esto rápido, no quiero lidiar con tus enormes huesos. — Tomó el medallón que colgaba de su cuello, pasó un pulgar por encima de la piedra Meido y esta comenzó a brillar. Con la otra mano, hizo nuevamente un movimiento hacia los restos, envolviéndolos con su propia energía, justo antes de que una hendidura dimensional se abriera en el suelo. El portal devoró todo lo que estaba a su alrededor. Irasue caminó hacia la fisura, perdiéndose en su extraña oscuridad, para después cerrarse completamente.

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Tierra límite entre la vida y la muerte. La demonesa llegó al desolado cañón elegido por InuTaisho como su morada final. El silencio sepulcral y la solemne bruma eran dignos compañeros para el descanso eterno. La poca energía vital que quedaba en aquellos huesos estaba desvaneciéndose, y de un momento a otro, tomarían su forma final para poder reposar. Depositó los restos mortales en el altar de piedra, el cual se erguía imponente a la orilla del infinito abismo. No era necesario construir una tumba de elaborado diseño, el simple hecho de estar en aquella dimensión, era suficiente honor y respeto para el poderoso demonio. No obstante, la demonesa continuaba molesta y no tenía intenciones de esperar la transmutación final. Tomó las katanas y volvió a invocar el portal con su medallón, cruzando sin siquiera mirar atrás. No hubo más testigos que las descarnadas aves que sobrevolaban aquel perpetuo lugar.

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Palacio del Oeste. Sesshomaru no estaba en ese momento, Irasue lo sabía perfectamente. Su caprichoso hijo caminaría por varias horas a lo largo de esa tempestuosa costa, donde se despidió de su padre. No regresaría hasta que sus sentimientos de ira se relajaran, ya que jamás mostraría sus emociones ante nadie. Se encaminó al interior de la residencia. Atravesó algunos pasillos, llegando a una pequeña habitación a media luz. En el centro de la misma, se levantaba un pedestal con un soporte para katanas. Colocó las tres armas en su sitio y posteriormente salió del cuarto, cerrándolo celosamente detrás de ella. Debía esperar un par de semanas antes de continuar con la promesa hecha a su difunto marido.

***

Continuará… Gracias por su tiempo de lectura. Les aviso que esta historia se contará con saltos de tiempo entre una situación y otra.
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