Capítulo 9: +18 Raíces Rojas
12 horas y 54 minutos hace
La sala de reuniones del nivel 2 era un cubo gris y asfixiante, sin una sola ventana que dejara entrar luz natural. Las sillas plásticas estaban alineadas en filas irregulares, algunas cojeando sobre patas torcidas que chirriaban con cada movimiento. El aire estaba cargado: olor a café barato recalentado en microondas viejos, sudor acumulado de docenas de cuerpos apretujados después de turnos largos, y un leve hedor a aceite quemado que se filtraba desde los niveles inferiores, recordando a todos que esta fábrica no era solo un lugar de trabajo, sino un organismo vivo y enfermo.
Elliot presidía desde una mesa elevada de madera astillada, flanqueado por Leith y dos supervisores más. Sus expresiones eran duras, como máscaras talladas en piedra, sin un ápice de empatía. Enfrente, una treintena de trabajadores de bajo rango se apretujaban en los asientos: overoles manchados de grasa, polvo y manchas indefinibles, caras cansadas con ojeras profundas que hablaban de noches sin sueño, de vidas atrapadas en esta rutina interminable.
Ángel se encontraba en la tercera fila, intentando pasar desapercibido. El cuello alto del suéter rozaba las mordidas inflamadas en su piel, cada roce un recordatorio punzante de la noche anterior. El dolor era un latido sordo que lo mantenía alerta, como un tambor constante en su pecho. El mechón rojo sutil, oculto bajo la gorra de trabajo, le picaba insistentemente, como si tuviera vida propia y quisiera revelarse.
Elliot golpeó la mesa con los nudillos. El sonido seco resonó en el silencio tenso, cortando los murmullos bajos.
—Escuchen bien —anunció con voz rasgada, como papel viejo—. La productividad cayó un tres por ciento en el último mes. Los errores en la línea de Huggy subieron un quince. Quien falle, paga con horas extras sin compensación. Sin excusas, sin quejas.
Murmullos nerviosos recorrieron la sala, como un viento bajo que agitaba las filas. Leith encendió un proyector antiguo, y gráficos aparecieron en la pared blanca: flechas rojas descendentes como heridas abiertas, números en carmesí que sangraban visualmente, acusando a todos. Ángel sintió el peso de las miradas a su alrededor. Algunos lo evitaban por miedo, como si su cercanía a Harley lo convirtiera en un paria contaminado. Otros lo escaneaban con curiosidad morbosa, deteniéndose en las marcas que asomaban apenas bajo el borde del suéter, susurros flotando: "¿Viste eso? Parece que alguien lo marcó como propiedad".
—Además —continuó Elliot con una pausa dramática, disfrutando el control—, habrá revisiones médicas sorpresa a partir de mañana. Cualquier anomalía va directo al laboratorio. Sin excepciones.
Ángel tragó saliva con dificultad. El suéter se le pegaba a la espalda por un sudor frío que bajaba en gotas lentas. Un cosquilleo extraño le recorrió el cuero cabelludo, como si algo se estirara desde dentro, despierto y hambriento. Se rascó disimuladamente bajo la gorra, pero el picor no cedía. El mechón parecía palpitar, caliente al tacto, vivo.
La supervisora pasó lista con voz monótona, como un dron recitando nombres. Cuando llegó al suyo, Ángel levantó la mano temblorosa.
—Disculpen… —murmuró, voz ronca y quebrada—. Necesito ir al baño.
Elliot frunció el ceño, sus ojos grises clavados en él como clavos.
—Cinco minutos. Ni un segundo más. O te descuento el día.
Ángel salió casi corriendo, empujando la puerta con más fuerza de la necesaria. El pasillo era un túnel interminable de luces fluorescentes parpadeantes y zumbidos constantes, como enjambres de insectos invisibles. El baño de empleados estaba vacío, un espacio deprimente: azulejos blancos sucios con manchas de óxido que parecían sangre seca, espejos empañados por el vapor acumulado de años de uso. Cerró la puerta jadeando y echó el pestillo con un clic que sonó demasiado final.
Se quitó la gorra con manos temblorosas, dejando que el cabello rubio cayera desordenado. Se miró en el espejo distorsionado por el empaño. En la raíz de un mechón frontal, apenas perceptible para cualquiera que no lo buscara, un hilo rojo intenso asomaba: brillante, vivo, como una vena de fuego latiendo bajo el rubio habitual. Tocó la zona con dedos inseguros. Estaba caliente, sensible, como una herida fresca que no dolía pero advertía.
—No… —susurró para sí mismo, el corazón acelerándose. Abrió el grifo oxidado. El agua fría salpicó con fuerza contra el lavabo, mojando sus manos. Frotó el mechón con desesperación, pensando que era sangre seca de alguna herida vieja, un residuo de las marcas de Harley. Pero el rojo no se iba. Se intensificaba bajo el agua, extendiéndose apenas un centímetro más, brillante y discreto. Como el de Poppy. Un secreto que gritaba solo para él, un recordatorio de que su cuerpo no era del todo suyo. El pánico subió por su garganta como bilis amarga, haciendo que su respiración se entrecortara.
La puerta se abrió con un chirrido oxidado, a pesar del pestillo. Harley entró. Bata blanca impecable, sonrisa lenta curvando los labios, como si hubiera estado esperando este momento. Cerró la puerta tras de sí y giró la llave con calma. El clic resonó como un disparo en el silencio opresivo.
—Te vi salir corriendo —dijo en voz baja, acercándose paso a paso, su presencia llenando el pequeño baño—. Pensé que me evitabas. Otra vez.
Ángel retrocedió hasta chocar con el lavabo, las manos húmedas goteando en el suelo.
—Mi cabello… tiene rojo. Como el de ella. ¿Qué me está pasando?
Harley se detuvo a un paso de distancia. Sus ojos oscuros se clavaron en el mechón con precisión quirúrgica, analizándolo como a un espécimen fascinante.
—Casi imperceptible —murmuró, extendiendo la mano lentamente. Sus dedos rozaron la raíz roja con la yema, un toque ligero pero intencional que envió un escalofrío eléctrico por la espina dorsal de Ángel—. Pero es tuyo. El suero despierta lo que siempre estuvo ahí, dormido en tu ADN. Lo que te hace... especial.
Ángel tembló, el lavabo frío presionando contra su espalda.
—Quítamelo. Por favor. No lo quiero.
Harley negó con la cabeza, acercándose más, su cuerpo ahora a centímetros. Su aliento cálido rozó la sien de Ángel, el perfume sutil —una mezcla de desinfectante y algo más oscuro— invadiendo el espacio reducido.
—No —susurró, voz ronca y cargada de posesión—. Quiero verlo extenderse. Quiero ver cómo cambias, cómo te conviertes en algo que solo yo controlo. Eso me enciende, Ángel.
Su mano subió despacio, enredándose en el cabello húmedo. Comenzó a masajear el cuero cabelludo con círculos lentos y profundos, cada presión enviando ondas de calor directo al bajo vientre de Ángel. El cosquilleo del mechón rojo se intensificó, mezclándose con el placer involuntario. Ángel jadeó suavemente, intentando apartarse pero sin fuerza real.
—Respira —ordenó Harley, sus labios rozando la oreja sin besarla aún, aliento caliente enviando chispas por la piel sensible.
Sus manos bajaron con deliberada lentitud. Deslizándose bajo el suéter, palmas planas contra el abdomen caliente y tembloroso. Subieron con tortuosa calma, dedos trazando cada músculo en espirales que quemaban como fuego lento. Ángel arqueó el cuello involuntariamente, un gemido bajo escapando de su garganta. El baño parecía más pequeño, el aire más espeso.
—No aquí… —murmuró, voz entrecortada, pero sus caderas se presionaron contra las de Harley, traicionando sus palabras, buscando más fricción.
Harley sonrió contra su piel, una sonrisa que Ángel no vio pero sintió en la curva de sus labios.
—¿Por qué no? Nadie vendrá. Y tú... ya estás respondiendo a mí. Mírate, duro y listo. Siempre lo estás.
Una mano desabrochó el suéter botón por botón, cada clic resonando en el silencio como un reloj marcando el tiempo que se les agotaba. El aire frío del baño golpeó la piel expuesta; los pezones de Ángel se endurecieron al instante por el contraste. Harley cubrió uno con la palma, calor envolvente que contrastaba con el frío. Su pulgar rozó en círculos amplios al principio, luego estrechos y más insistentes, alternando ritmos lentos y rápidos hasta que Ángel tembló violentamente, sus rodillas amenazando con ceder.
Besó la clavícula con lentitud, lengua plana trazando la curva del hueso, saboreando el salado del sudor mezclado con el jabón industrial que aún quedaba en la piel. Ángel se aferró a los hombros de la bata, uñas hundiendo la tela blanca, dejando marcas que Harley ignoró. El científico mordisqueó suavemente el borde de la clavícula, dientes rozando sin romper piel, solo presionando lo suficiente para enviar punzadas de placer-dolor.
Harley lo giró con suavidad pero firmeza: la espalda de Ángel contra su pecho, ambos frente al espejo empañado —Mírate —susurró, voz vibrando contra la nuca—. Mira lo que te hago. Lo que te estoy haciendo ser.
Sus manos rodearon la cintura con posesión. Dedos entrelazándose sobre el ombligo, presionando en círculos descendentes que enviaban ondas de placer directo al sexo de Ángel. Él vio su reflejo borroso en el espejo: ojos dilatados por el deseo y el miedo, mechones con raíces rojas sutiles brillando bajo la luz fluorescente, Harley detrás como una sombra devoradora que lo consumía entero.
Besó la nuca con deliberación. Lengua humedeciendo la piel en líneas largas y lentas, explorando cada centímetro. Dientes rozando sin morder, solo presionando con fuerza controlada para marcar territorio. Las manos subieron de nuevo: palmas cubriendo el pecho, pulgares en espirales sobre los pezones. Lentas al principio, construyendo la tensión, luego rápidas y urgentes, alternando hasta que Ángel jadeó alto, su cabeza cayendo hacia atrás contra el hombro de Harley, exponiendo más el cuello.
Una mano bajó por el torso con agonizante lentitud, trazando la línea de vello fino hasta el borde del overol. Desabrochó el zipper centímetro a centímetro, el sonido metálico resonando en el baño como una promesa. La tela cayó con un susurro suave. Los boxers quedaron expuestos, la humedad filtrándose a través del algodón delgado. Harley palmeó la erección por encima: presión firme pero no apresurada, calor filtrándose a través de la tela.
Movió la mano en ondas ascendentes y descendentes, un ritmo hipnótico que hacía que las rodillas de Ángel flaquearan. Sus caderas se movieron instintivamente, buscando más. Harley lo detuvo con uñas clavándose ligeramente en la cadera, un pinchazo que mezclaba dolor con placer.
—Paciencia —susurró, su lengua lamiendo el lóbulo de la oreja en círculos húmedos y calientes, mordisqueando suavemente el borde—. Quiero que sientas cada segundo. Quiero que lo recuerdes después, cuando estés solo.
Bajó los boxers con una mano, lento y deliberado. El aire frío del baño golpeó la piel sensible, haciendo que Ángel jadee. Harley lo tomó en la palma: envolviendo completamente, no apretando aún, solo dejando que el calor se acumule. La mano se movió en espirales ascendentes, el pulgar rozando la punta en círculos húmedos, recolectando la humedad para lubricar el movimiento. Presión ligera al principio, luego firme, alternando para construir la tensión.
Ángel apoyó las manos en el espejo, empañándolo con su aliento caliente y entrecortado. Harley besó el cuello: lengua trazando venas pulsantes, saboreando el metálico del sudor mezclado con el deseo crudo. La otra mano se enredó en el cabello, masajeando los mechones con devoción posesiva, deteniéndose en la raíz roja como si fuera un tesoro.
—Esto... esto es mío —susurró contra la oreja, voz rota por el deseo creciente—. Cada centímetro que crezca será porque yo lo desperté. Porque te estoy reclamando, pedazo a pedazo.
Ángel se giró en sus brazos con un movimiento desesperado. Lo besó con urgencia, lengua invadiendo la boca de Harley, saboreando el amargo del café y la lujuria mezclándose. Harley respondió con la misma hambre feroz, profundizando el beso hasta que ambos jadearon. Sus manos se posicionaron en la cintura de Ángel, levantándolo contra el lavabo con facilidad. Bajó su propio pantalón lo justo, lo necesario.
Las piernas de Ángel rodearon sus caderas instintivamente. Erecciones rozándose: piel contra piel, fricción caliente y pegajosa que enviaba chispas por todo el cuerpo. Harley entró en él con un movimiento lento y controlado, dando tiempo para que Ángel se ajustara, jadeando contra su boca. Luego aceleró gradualmente: ondas profundas, ritmo implacable que llenaba el baño con sonidos húmedos de piel contra piel, ecos resonando en las paredes frías.
Harley mordió el labio inferior de Ángel, tirando suavemente para intensificar la sensación. Lengua lamiendo la sangre que brotó en una gota pequeña. Sus manos bajaron: palmas cubriendo las nalgas, apretando con fuerza, guiando el ritmo en círculos profundos y controlados que golpeaban justo donde más dolía de placer.
Ángel gimió en su boca, uñas arañando la bata, rasgando la tela blanca en líneas irregulares. Harley gruñó bajo, satisfecho, y su mano subió para enredarse en el cabello: tirando con firmeza para exponer el cuello. Lengua lamiendo las mordidas viejas en líneas largas, reviviendo el dolor antiguo. La otra mano envolvió el miembro de Ángel: subiendo y bajando, lenta al principio para alargar la agonía, luego rápida y apretada, sincronizada con sus embestidas.
El placer subió en oleadas prolongadas e intensas, construyéndose capa por capa. Harley cambió el ritmo deliberadamente: lento y tortuoso para hacer que Ángel suplique en silencio, luego desesperado y salvaje para empujarlo al borde. Ángel temblaba entero, la sangre como fuego líquido por sus venas, el baño girando a su alrededor.
—Harley… —suplicó, voz rota y entrecortada.
—Dámelo todo —exigió Harley, voz grave y oscura, cargada de triunfo—. Déjame sentir cómo te deshaces para mí. Solo para mí.
La mano aceleró en espirales apretadas. Pulgar presionando la punta con precisión. Ángel se derramó entre ellos: un clímax prolongado, ondas que lo dejaron temblando, sin aliento, el cuerpo convulsionando en espasmos. Harley lo siguió momentos después, con un gemido ahogado contra su cuello, su cuerpo tensándose y luego relajándose en oleadas.
Se quedaron así un largo minuto, jadeando, frentes juntas, sudor goteando por las sienes. Harley besó la raíz roja una y otra vez, reverente, como si adorara esa marca de cambio.
—Esto es nuestro —susurró, voz aún temblorosa de posesión—. Nadie más lo tocará. Nadie más lo verá extenderse. Solo yo.
Ángel asintió automáticamente, lágrimas en los ojos por el placer residual, la confusión y el miedo mezclado. Harley se arregló la bata con movimientos eficientes, como si nada hubiera pasado.
—Vuelve a la reunión. Yo te cubro con Elliot.
Salió primero, dejando el baño en silencio opresivo. Ángel se lavó con el agua fría que salía a chorros débiles del grifo, se vistió con manos aún temblorosas. El rojo sutil seguía intacto en su cabello, como una advertencia viva que latía con su pulso.
Regresó a la sala, intentando no cojear. Elliot frunció el ceño al verlo entrar. —¿Todo bien?
—Todo bien —mintió Ángel, voz más firme de lo que sentía.
Volvió a su asiento con el secreto latiendo en su cabello, en su piel, en su sangre. La reunión continuó, pero para él, el mundo ya había cambiado un poco más.