ID de la obra: 1386

El hijo del prototipo

Gen
R
En progreso
2
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planificada Mini, escritos 41 páginas, 16.009 palabras, 10 capítulos
Descripción:
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Capítulo 8: Marcas que Gritan

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Angel despertó en fragmentos. Primero el sabor: sangre seca, metálica, pegada al paladar como si hubiera mordido el interior de su propia mejilla hasta el hueso. Luego el peso: el cuerpo entero pesado, como si lo hubieran llenado de plomo líquido. La camilla del laboratorio privado de Harley era un bloque de metal implacable, aún tibio donde habían estado sus cuerpos entrelazados. El brazo de Harley descansaba sobre su cintura, pesado, posesivo, como una cadena que alguien había olvidado quitarle. La respiración ronca del hombre rozaba su nuca en exhalaciones calientes y regulares, cada una un recordatorio vivo de la noche que acababa de terminar. No se movió de inmediato. Se quedó allí, mirando las grietas del techo agrietado, dejando que los recuerdos lo asaltaran en oleadas irregulares. Flash: la risa baja de Harley, grave y triunfante, mientras lo empujaba contra la camilla. Flash: sus propias manos intentando empujar, resistir, decir "no" una y otra vez, hasta que la palabra se deshizo en gemidos que odiaba. Flash: el momento en que dejó de luchar, cuando el dolor se mezcló con algo peor —placer—, y su cuerpo traicionó todo lo que su mente gritaba. Flash: Harley susurrando contra su oreja, "Eres mío, pequeño experimento. Siempre lo fuiste. Y lo sabes". Las marcas latían en respuesta: mordidas profundas en el cuello que habían atravesado la piel hasta dejar surcos irregulares, arañazos que cruzaban la espalda como ríos secos de rabia, huellas de dedos hundidas en las caderas y muslos internos. El aire del laboratorio aún olía a ozono quemado de los equipos, a sudor seco, a sexo crudo y a algo más íntimo que lo hacía sentir sucio hasta los huesos. Con un esfuerzo que le arrancó un jadeo silencioso, deslizó el brazo de Harley y se incorporó. El movimiento tiró de todas las heridas frescas; el dolor fue un latigazo blanco que le nubló la vista por un segundo. Harley murmuró algo incoherente, giró la cabeza hacia el otro lado y siguió durmiendo. Ángel recogió su ropa del suelo como si fueran restos de un naufragio: la camiseta hecha jirones colgaba como una bandera rota, el overol tenía manchas oscuras —sangre, sudor, semen— que no quería identificar. Se vistió temblando, abotonando lo que quedaba abotonable, cubriendo lo que podía. Cada roce de tela era una tortura lenta. La puerta del laboratorio se abrió con un clic suave, casi conspirador. El pasillo estaba desierto a esa hora. Las luces de emergencia parpadeaban rojas, proyectando sombras largas que parecían seguirlo mientras caminaba. Bajó en el ascensor de carga; el zumbido metálico amplificaba el pulso acelerado en sus sienes. Eran las 4:12 a.m. La fábrica dormía, pero Ángel sentía ojos invisibles clavados en su espalda. Siempre los sentía en este lugar. Caminó las ocho cuadras hasta el apartamento. El aire de la madrugada en San Salvador era frío y húmedo, se colaba bajo la capucha de la sudadera que se había puesto encima del desastre. Cada paso hacía que las heridas se rozaran contra la ropa áspera, recordándole lo que había permitido que pasara. Pasó frente a un escaparate oscuro de una tienda cerrada y se detuvo un segundo. Su reflejo lo miró de vuelta: ojos hundidos y enrojecidos, labios hinchados, la capucha ocultando apenas el cuello destrozado. Parecía un fantasma que alguien había arrastrado de vuelta a la vida contra su voluntad. Rich roncaba en el sofá cuando entró, la televisión aún encendida con un infomercial en volumen bajo, luz azul parpadeando sobre su rostro dormido. Ángel pasó de largo sin hacer ruido, entró a su habitación y cerró la puerta con llave —un gesto nuevo, casi instintivo, que nunca había necesitado antes. Se enfrentó al espejo del baño pequeño y sucio. Quitó la capucha lentamente, como si temiera lo que iba a encontrar. El cuello era un mapa de guerra: morados profundos extendiéndose hasta la clavícula, rojos inflamados alrededor de las mordidas, costras de sangre seca formando bordes irregulares. Las marcas bajaban por el pecho, desaparecían bajo la camiseta rasgada, reaparecían en los hombros. Imposible ocultarlas sin mangas altas y cuellos cerrados. Se quedó mirando su reflejo hasta que los ojos se le empañaron. ¿Quién era este chico? ¿Un experimento fallido? ¿Un error de laboratorio? ¿O algo peor, algo que nunca debió existir? Se metió a la ducha con el agua lo más caliente que el grifo permitía. El vapor llenó el baño estrecho mientras se frotaba con fuerza, jabón barato quemando las heridas abiertas. La piel sangró de nuevo —rosada primero, roja después—, pero no importaba. Quería borrar el olor de Harley, el tacto fantasma de sus manos, la forma en que su cuerpo había respondido a pesar de todo. Quería borrar la vergüenza que se le había metido bajo la piel como veneno. No funcionó. Cuando salió, temblando y con la piel enrojecida, las marcas seguían allí, más vivas que nunca. Se puso una camisa de cuello alto negra y un suéter grueso gris. Miró el reloj: 5:40 a.m. El autobús salía a las 6:15. Se sentó en el borde de la cama, abrazando las rodillas contra el pecho, y dejó que el silencio lo envolviera. Por primera vez en mucho tiempo sintió ganas reales de llorar. Lágrimas calientes, silenciosas, que no llegaron a caer. Solo respiró hondo, roto, y se obligó a levantarse. En el vestíbulo principal de la fábrica, Leith lo interceptó como siempre hacía. —Llegas temprano hoy, chico —dijo, la voz grave, los ojos deteniéndose en el borde del cuello que asomaba apenas bajo el suéter—. ¿Todo bien? Pareces… cansado. Ángel asintió sin mirarlo a los ojos. —Ve a tu sección. Y… cúbrete mejor ese cuello. La gente ya está hablando. Los murmullos empezaron casi de inmediato cuando cruzó el piso. Voces bajas, pero lo suficientemente altas para que llegaran: “¿Viste al favorito?”, “Parece que lo atacó un animal salvaje”, “O alguien que no quería que escapara”. Algunos trabajadores apartaban la mirada con miedo; otros lo miraban con una mezcla de lástima y morbo. En la línea de ensamblaje, Marco y Luis —que solían bromear con él sobre cualquier cosa— se apartaron físicamente, como si el desastre que llevaba encima fuera contagioso. Nadie dijo nada directo. Nadie se atrevía. Al mediodía, en el comedor ruidoso y mal iluminado, Carla se sentó frente a él sin pedir permiso. Llevaba la bata sucia de la sección de empaquetado, el cabello recogido en una coleta desordenada, ojeras marcadas. —Dios mío, Ángel… —susurró, inclinándose sobre la mesa para ver mejor—. Eso no fue un accidente. ¿Quién te hizo esto? Él miró su bandeja: arroz insípido, pollo seco, todo sabía a cartón. —No preguntes, Carla. Por favor. —No me vengas con eso. Te veo todos los días desde que volví. Esto… esto es violencia pura. ¿Fue él? ¿Harley Sawyer? Ángel levantó la vista por primera vez. Los ojos de Carla estaban llenos de preocupación genuina, no de curiosidad morbosa. Por un segundo terrible quiso contarle todo: la camilla fría, las promesas susurradas, el miedo que se mezclaba con deseo, la forma en que su cuerpo lo había traicionado. Las palabras se atoraron en la garganta como vidrio roto. —No es tan simple —murmuró al fin. Carla apretó los labios. Extendió una mano sobre la mesa, pero no lo tocó. —Si necesitas salir de aquí… te ayudo. Tengo contactos fuera. No estás solo en esto, ¿entiendes? Ángel no respondió. Terminó de comer en silencio, el sabor de la noche anterior más fuerte que cualquier cosa en el plato. Harley apareció a las dos en punto en el pasillo de mantenimiento, como si hubiera estado esperándolo. Bata blanca impecable, manos en los bolsillos, expresión calmada. Cuando Ángel lo vio venir, el estómago se le contrajo hasta doler físicamente. —No pasó —dijo Ángel de repente, voz baja y temblorosa, casi suplicante—. Lo de anoche… no pasó. Fue un error. Un puto error. Harley se detuvo a dos pasos. Una sonrisa lenta, casi tierna, se extendió por su rostro. No había sorpresa, solo una certeza fría. —Pasó, Ángel. Cada mordida, cada arañazo, cada vez que dijiste mi nombre entre gemidos. Pasó. Y fue hermoso. —Se acercó despacio, dedo índice rozando una de las mordidas en el cuello, presionando justo lo suficiente para que el dolor estallara de nuevo. Ángel jadeó, retrocediendo contra la pared fría—. Y volverá a pasar. Porque tu cuerpo lo recuerda. Porque una parte de ti lo quiere. No puedes huir de mí por mucho tiempo, pequeño. —No… por favor —susurró Ángel, voz rota. Harley se apartó con una risita baja, casi cariñosa. —Corre si quieres. Te encontraré. Siempre lo hago. Se alejó silbando una melodía vieja y distorsionada, dejando a Ángel temblando contra la pared, el corazón latiéndole en la garganta como un animal atrapado. ------------------------------------------------------- En el nivel 4, la cámara abandonada era un mausoleo olvidado de metal oxidado y sombras eternas. Olía a humedad profunda, a fluido negro estancado, a tiempo que se había detenido hace décadas. Poppy estaba sentada en una caja rota, el vestido rojo manchado de polvo y óxido pero conservando aún esa elegancia quebrada que siempre había tenido. Sus manos pequeñas se retorcían en su regazo, los dedos entrelazados con fuerza. El Prototipo se movía inquieto por la penumbra, tentáculos metálicos rozando las paredes con un sonido raspante, como uñas largas en metal. —No podemos dejarlo con ellos —dijo Poppy, voz aguda y quebrada, casi un sollozo contenido—. Lo crearon en una cápsula fría, usando fragmentos de nosotros… sin que pudiéramos protegerlo. Sin que siquiera supiéramos que existía hasta que fue demasiado tarde. Lo siento aquí. —Se tocó el pecho con fuerza, como si quisiera arrancar el dolor—. Duele como si me hubieran abierto y sacado algo que nunca debieron tocar. El Prototipo gruñó bajo, un sonido gutural que vibró en las paredes. Un tentáculo golpeó el suelo, levantando polvo. —Harley lo usa. Lo rompe pedazo a pedazo. Como nos rompieron a nosotros. Como me rompieron a mí. Poppy se levantó despacio. Caminó hacia él, pasos ligeros y vacilantes sobre el metal corroído. Extendió una mano pequeña y tocó un tentáculo metálico. El contacto fue cálido, casi vivo, como si el metal recordara haber sido carne alguna vez. —Nunca fuimos padres —admitió ella, voz suave, vulnerable—. Nunca se nos permitió serlo. Nos quitaron todo: libertad, cuerpos, futuro. Pero él… él es nuestro. Lo siento en cada parte de mí que aún funciona. En el vacío que dejaron cuando me arrancaron de ti. Un tentáculo se enroscó con cuidado infinito alrededor de su cintura, atrayéndola despacio hacia el torso masivo. Ella jadeó, pero se dejó llevar. Apoyó la cabeza contra el metal frío. —Recuerdas cuando nos encontraron juntos la primera vez? —susurró, voz temblorosa—. Nos separaron. Dijeron que era antinatural, que un juguete y un monstruo no podían… No podían quererse. Mis brazos quedaron vacíos desde entonces. Y ahora… ahora tengo un hijo que ni siquiera sabe que existo. El Prototipo inclinó la cabeza. Un tentáculo trazó su espalda con ternura infinita, como si temiera romperla. —Familia —repitió, la voz distorsionada pero cargada de un dolor antiguo—. Por ti… lo intentaré. Por él… aunque me odie. Aunque crea que soy solo el monstruo que lo rechazó. Se quedaron abrazados en la penumbra. Tentáculos envolviéndola como un capullo protector, su mano pequeña descansando sobre el metal que alguna vez había sido parte de un hombre. No hubo más que roces suaves, susurros compartidos de promesas antiguas, lágrimas silenciosas de Poppy resbalando por su mejilla de porcelana. —Tenemos que sacarlo de aquí —dijo al fin, voz temblorosa pero firme—. Aunque no sepa quiénes somos realmente. Aunque crea que somos solo sombras, monstruos, experimentos fallidos. Aunque nos odie por alejarlo de la única vida que conoce. El Prototipo apretó el abrazo con cuidado. —Le diremos lo suficiente. Que Playtime lo destruirá si se queda. Que la libertad duele más que cualquier cadena… pero es suya. Poppy asintió, lágrimas cayendo sin control. —Aunque eso signifique perderlo para siempre. Aunque nunca me mire y sepa que soy su madre. ------------------------------------------------------- Ángel llegó al apartamento al anochecer, exhausto hasta los huesos. Cerró la puerta tras de sí y se quitó el suéter con movimientos lentos, cuidadosos. Las marcas seguían allí, moradas y furiosas, palpitando al ritmo de su corazón acelerado. Se sentó en la cama, espalda contra la pared fría, y por primera vez en mucho tiempo permitió que todo el peso cayera sobre él sin resistirse. Pensó en Harley: la promesa que era una cadena invisible, el placer que era una trampa mortal, el miedo que se había convertido en algo adictivo y repulsivo al mismo tiempo. Pensó en el Prototipo: esa voz metálica y distorsionada llamándolo “hijo no deseado” en el encuentro del prólogo, palabras que aún resonaban en su cabeza como ecos crueles. ¿Hijo de qué? ¿De quién? El rechazo dolía más que cualquier marca física. ¿Por qué lo había dicho? ¿Por qué sentía que esas palabras eran verdad y mentira al mismo tiempo? Y Poppy… esa muñeca rota que lo observaba desde lejos en los pasillos oscuros, con ojos grandes y tristes que parecían verlo de verdad. ¿Por qué sentía una punzada extraña al mirarla? ¿Por qué su presencia le provocaba un vacío que no podía explicar? ¿Era lástima? ¿Miedo? ¿O algo más profundo, algo que su mente se negaba a nombrar? Cerró los ojos. El corazón le latía fuerte, pesado, como si quisiera escapar del pecho. No sabía quién era su padre —si es que tenía uno de verdad—. No sabía si esas sombras en los niveles bajos eran familia, enemigos o solo más piezas rotas del mismo rompecabezas enfermo. Solo sabía que quedarse en esta fábrica significaba convertirse en la marioneta perfecta de Harley. Irse… quizás significaba descubrir que nunca había tenido nada real. Que todo —su existencia, su dolor, sus dudas— era solo otro experimento fallido. Pero en medio del miedo y la vergüenza, algo nuevo brilló muy lejos: una chispa pequeña, dolorosa, de libertad. Dolía imaginarla. Dolía desearla. Y por primera vez, también dolía no alcanzarla.
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