ID de la obra: 1400

El perro de Ortros

Gen
PG-13
En progreso
1
Fandom:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 122 páginas, 64.836 palabras, 8 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
Compartir:
1 Me gusta 1 Comentarios 0 Para la colección Descargar

1. Un diablo con la mano de Dios. Un ángel con la mano del Diablo.

Ajustes de texto
Era una tarde oscura debido a la tormenta, pero las luces de la ciudad permitían que la tarde no estuviera en absoluta penumbra. Durante las dos tardes anteriores también había llovido casi sin descanso. En lo alto de uno de los altos edificios de Tokio, Yamato Ishida, un joven de veintiocho años, de profundos ojos azules, de pelo rubio corto y algo desordenado y vestido con un traje oscuro sonreía de medio lado por haber sido capaz de haber escapado de la prisión en la que había permanecido durante tantos años. Si fuera capaz de cambiar el mundo, ¿Dios lo permitiría? Si los humanos fueran capaces de manejar los poderes de Dios, ¿serían capaces de cambiar el mundo? Sólo hay un problema. Sólo hay una manera de estar a la par de Dios. Al igual que Dios, es necesario despojarse del corazón. Dos días antes. Por la calle, centenares de personas cubiertas con sus paraguas caminaban ajenas a los pensamientos de alguien que caminaba a paso lento. Se trataba de Takeru Takaishi, un joven rubio de veinticinco años y ojos azules. La rebeldía de su pelo estaba sometida por la fuerza de la lluvia. Vestía como cualquier persona normal, con un pantalón claro, una camisa color azul claro y una americana gris, sólo que la lluvia hacía que especialmente la camisa se quedara adherida a su buen formado torso. Todo el mundo a su alrededor parecía tener prisa por resguardarse de la lluvia a pesar de llevar paraguas, lo que contrastaba con Takeru. La lluvia era la última de las preocupaciones del joven en aquel momento. Debía asumir lo que había hecho la noche anterior. Takeru llegó a una comisaría de policía de la ciudad, concretamente, la Comisaría de Minami-Shinagawa, no muy lejos de la bahía. Sin perder más tiempo, a pesar de su andar pausado, entró chorreando la entrada con el agua que caía de su propio cuerpo. –¿En qué puedo ayudarle? –preguntó el policía que se encontraba en la recepción. –¿Está la detective Takenouchi? –preguntó Takeru con voz grave pero aterciopelada. –¿Por qué lo pregunta? –Porque debe arrestar a alguien. –contestó Takeru. –¿A quién? –A mí. He matado a una persona.

00000000

8 días antes. Takeru se vestía en su pequeño apartamento para comenzar un día más de trabajo. Mientras lo hacía, su móvil comenzó a vibrar. –¿Diga? –contestó Takeru mientras recogía algunas cosas antes de salir. –Hermanito, ¿cómo estás? Pronto comenzarán las vacaciones de verano. ¿Cuándo vas a pasar por casa? Seguramente no tendrás nada que hacer para entonces. –preguntó la hermana menor de Takeru, una adolescente de pelo castaño-rubio que respondía al nombre de Shiho. Mientras hablaba con su hermano, la joven se sentó a la mesa. Cuando Natsuko Takaishi, la madre de Takeru y Shiho llevaba el desayuno, Shinji, el cabeza de familia cerraba el periódico que estaba leyendo para poder concentrarse mejor en la charla de hermanos. –No seas idiota. Las vacaciones sólo son para los alumnos. –dijo Takeru mientras salía de su apartamento apurado. –Los profesores seguimos ocupados con reuniones y otro tipo de actividades. Llego tarde, tengo que colgar. –Dice que estará ocupado. –dijo Shiho a sus padres todavía con el teléfono en la oreja. –¡Trabaja duro, profesor! –dijo Shinji en alto para que lo escuchara su hijo. –Dale un beso a mamá de mi parte. –le pidió Takeru a su hermana mientras sonreía por las palabras de su padre. –Adiós. Después de haberse dado una buena carrera hasta el instituto para chicas en el que trabajaba, Takeru se puso la chaqueta que había llevado en el antebrazo durante todo el camino antes de entrar a su aula. –¿No llega pronto, profesor? –preguntó una de sus alumnas con ironía por haberse retrasado unos minutos. –Está bien, chicas. Sentaos. Vamos a comenzar la clase. –dijo Takeru sonriendo por la broma.

00000000

En la sala de reuniones de la comisaría de policía de Minami-Shinagawa, un gran panel reflejaba las pesquisas de la policía en relación a la muerte en extrañas circunstancias de una estudiante de universidad. –La autopsia ha revelado muestras de sustancias ilegales en el pelo de la víctima. –decía Kyotaro Imuna, el jefe de la División Criminal a sus agentes, que informaba de las novedades del caso para dar las correspondientes instrucciones. Kyotaro era un apasionado de los misterios, aunque su tiempo como policía de campo era menor debido a su posición. Por eso, sólo en contadas ocasiones salía de la comisaría que dirigía. –En primer lugar, vigilad las organizaciones criminales de la zona de autos y comprobad los antecedentes de sus miembros y de traficantes de droga. –¡Sí, señor! –respondieron los agentes. Entre ellos, estaba la detective Sora Takenouchi, una mujer con media melena pelirroja de veintisiete años. Una vez que acabó la reunión, se dirigió a la sala de prácticas de tiro.

00000000

En la celda de máxima seguridad de la Prisión Central de Kanto, situada en la misma región de Tokio, Yamato Ishida, vestido con un harapiento uniforme blanco de preso, cambiaba de canal aburrido de la programación de la tele, hasta que una noticia captó su atención. A pesar de ser una celda de máxima seguridad, el inquilino tenía algunas comodidades, como una televisión. La celda, presidida por un cuadro que mostraba a un ángel abrazando a una persona, tenía casi la totalidad cubierta con un cristal blindado y otra, donde se situaba la puerta de la celda, con rejas rojas, por las cuáles le podían pasar la comida, periódicos, libros, etc. De la cama colgaba un viejo amuleto que tenía una cruz cristiana rodeada por un dragón. –Los rumores apuntan a que la ministra de Sanidad y Bienestar Social, Maki Himekawa participará en las próximas elecciones. –decía el periodista de las noticias mientras mostraban imágenes de una mujer de pelo castaño ondulado de media melena con traje de falda y chaqueta color crema dándose un baño de multitudes mientras daba la mano a los seguidores que tenía más cerca. –Existe gran expectación en su pueblo natal ante la posibilidad de que se convierta en Primera Ministra. A partir de ahora, para todos los ciudadanos, cambiaré la sociedad por una en la que todo el mundo sólo sienta felicidad. –decía Maki firmemente mientras mostraba su mano a sus interlocutores. –Por supuesto, no es que pueda ser dios. Pero de lo que debéis confiar es que con mi propia mano, cambiaré este lugar en una sociedad que pueda traer felicidad a la gente para que pueda vivir una vida plena. –continuaba diciendo Maki Himekawa en su campaña.

00000000

Cuando Takeru se disponía a salir del aula una vez finalizada la clase, escuchó cómo una de sus alumnas lo llamaba. –Profesor. –dijo Hikari Kamiya, una joven castaña de pelo corto. –¿Sí? –Necesito hablar con usted. –dijo Hikari. Al ver la cara de preocupación de su alumna, se dirigió con ella a hablar a un lugar más privado. –Verá, de casualidad he escuchado algo peligroso. Y creo que me vieron. Flashback. Desde que su padre las dejó, la vida de Hikari y su madre no fue fácil. Siempre llegaban a fin de mes con el dinero justo, a pesar de que su madre Yuuko no hacía otra cosa que trabajar sin descuidar la educación de su hija. Por eso, en cuanto Hikari tuvo edad legal para trabajar, encadenó un empleo de medio tiempo tras otro que pudiera compaginar con sus estudios. Odiaba el empleo que tenía ahora, pero era innegable que era el que más dinero le proporcionaba para ayudar a su madre. Por eso realizaba el sacrificio de trabajar de camarera en un local nocturno al que iba gente con la que era mejor no relacionarse. Por su madre estaba dispuesta a soportar las miradas lascivas e impertinencias de clientes, muchos de ellos borrachos. En su último turno, cuando salió por la parte de atrás donde estaba la escalera de incendios para que le diera un poco de aire tras haber estado respirando el aire viciado del local durante unas horas, vio a dos jóvenes más abajo. Uno de ellos tenía el pelo castaño oscuro y mirada de asco; el otro era moreno y corpulento. –El cadáver del que hablan en las noticias es el de ella, ¿verdad? –preguntó el moreno. –Probablemente. –dijo el castaño con tranquilidad. –¿No te preocupa? –No es que nosotros la hubiéramos matado. Nosotros sólo abandonamos el cadáver.dijo el castaño. –Era ella la que quería drogas. Así que ahora debemos centrarnos en vender toda la mercancía en la rave party. Entonces, fue cuando el chico de pelo castaño miró hacia arriba al notar movimiento. En cuanto Hikari se percató, volvió a entrar cerrando la puerta. Fin del flashback. –Comprendo. –dijo Takeru consciente de la situación de su alumna. –Será mejor que lo hable con el director, pero me imagino que si no hay pruebas, la policía puede que no te haga mucho caso. Hikari pensó que Takeru tenía razón, pero acudió a él porque estaba muy preocupada y no sabía a quién recurrir, y al fin y al cabo, su tutor era lo más parecido a una brújula que le indicara el camino a seguir. Lo que tenía claro era que no quería preocupar a su madre. ¿Quién iba a creer a una joven de diecisiete años como ella? Muy a su pesar, el hecho de estar relacionada con el mundo de la noche podía restarle credibilidad, y más sin tener pruebas y trabajando en un local de cuestionable legalidad. –No te preocupes. –dijo Takeru intentando tranquilizar a Hikari por la cara de abatimiento que puso su alumna. –Déjamelo a mí, ¿vale? –Gracias, profesor. –dijo Hikari.

00000000

Esa misma noche. A pesar de que su profesor le dijo que la ayudaría, Hikari, ataviada todavía con su uniforme escolar, decidió pasarse por el local en el que trabajaba para conseguir las pruebas con las que la policía la tomaría más en serio. Inesperadamente, fue más sencillo de lo que creía. Tras un descuido de los jóvenes que vio la otra vez, consiguió robarles unas bolsitas con pastillas de color naranja. En cuanto las tuvo en su poder, salió corriendo huyendo de ellos por la escalera de incendios desde la que vio a los jóvenes la otra vez. El problema fue que se dieron cuenta y fueron tras ella. Hikari necesitó pararse en uno de los descansillos para respirar, pero los jóvenes cada vez estaban más cerca y Hikari tuvo que retomar la carrera, con tan mala suerte que resbaló y rodó escaleras abajo hasta llegar al suelo, perdiendo la conciencia en el acto. Los dos chicos, que respondían a los nombres de Daisuke Motomiya y Shuuhei Uchimura, llegaron ya sin prisa hasta donde estaba la chica que les había robado la droga en un descuido estúpido. Uchimura empezó a coger las bolsitas de pastillas que habían caído desparramadas con el accidente de la chica, mientras que Daisuke miraba a la chica con prepotencia. –Parece que está muerta. Nos ha ahorrado tiempo. Así no tendremos que matarla. –dijo Daisuke. Tras decir aquello, ambos se marcharon dejándola allí tirada. De lo que no se dieron cuenta fue de que Hikari, a pesar de la caída, guardaba una de las bolsitas de droga en su puño cerrado.

00000000

Una semana después. Tras el pequeño incidente, Daisuke y Uchimura estuvieron tranquilos durante la semana, porque al haber recuperado la droga, podrían venderla sin problemas y sin temor a represalias en la rave party que estaba teniendo lugar en un monte situado en las afueras de Tokio. La juventud bebía y bailaba sin control al ritmo de la música electrónica. Mientras ocurría esto, Uchimura y Daisuke trapicheaban con la droga a cambio de dinero en una zona más apartada de la zona de baile. Uchirmura acababa de pasarle droga a uno de los asistentes, y cuando se dio la vuelta, chocó con una pelirroja de media melena. –Señorita, ¿no crees que has bebido demasiado? –preguntó Uchimura mientras la chica colocaba su barbilla en el hombro del chico para que lo escuchara. –Oye, me apetece un poco de éxtasis. –dijo la pelirroja. –¿Cómo? –preguntó Uchimura apartándola un poco. –También me conformo con LSD. Seguro que tienes. –dijo ella. Uchimura sonrió, pero entonces escuchó a su amigo. –¡Hey, Shuuhei! –dijo Daisuke acercándose con dos jóvenes tras él con un vaso de cerveza en la mano. –Esta señorita dice que quiere un poco. –le informó Uchimura. –Me han dicho que si venía aquí podría comprar buena mercancía. –explicó ella. –¿En serio?¿Quién te lo ha dicho? –preguntó Daisuke. –Déjame que me acuerde. Si no recuerdo mal, ha sido una chica llamada Hikari. –dijo la pelirroja. –No conozco a nadie con ese nombre. –dijo Daisuke tras darle un trago a su cerveza. –¿Y qué más da? –dijo Uchimura. –¿Por qué no haces algo más divertido conmigo? Entonces Uchimura vio algo plateado asomar de un bolsillo interior de la chaqueta de la chica. Cuando ella se dio cuenta, le retorció el brazo y empujó a Uchimura al suelo. Cuando los otros dos se dirigieron a atacarla, ella sacó la pistola del bolsillo de su chaqueta y los apuntó, lo que hizo a los jóvenes detenerse. –¡Policía!¡Estáis arrestados por tráfico de drogas! –gritó Sora. –Ya hablaremos de los detalles en comisaría. Porque no sólo se trata de drogas. Conocéis a Hikari Kamiya, ¿verdad? No tiene sentido que os hagáis los tontos. Hace una semana la encontraron inconsciente con una herida muy seria. Y también se encontró el cadáver de una estudiante universitaria. Fuisteis vosotros los que le pasasteis la droga, ¿verdad? Sin pensarlo dos veces, Uchimura se levantó y se abalanzó sobre Sora para agredirla, pero ella lo retuvo y le golpeó con el armazón de la pistola, tirándolo al suelo. Fue en aquel instante en el que Daisuke aprovechó para darle una patada a Sora. Cuando ella se giró, Daisuke no le dio tiempo a que ella se restableciera y la golpeó tirándola al suelo. Le arrebató el arma y dos de los jóvenes que acompañaban a Daisuke la inmovilizaron, uno de cada brazo. Cuando la registraron, encontraron su placa. –¿Es auténtica? –preguntó uno de ellos. –Eso parece. Detective Sora Takenouchi. –leyó uno de ellos. Entonces, se escuchó un disparo. –¡Ah! –gritó Sora al sentir como un proyectil de su propia arma había rozado su brazo. Daisuke, sin ni siquiera haber avisado a sus amigos, había disparado. –Vaya, he fallado. –dijo Daisuke con una sonrisa de autosuficiencia. Seguía con el brazo estirado, dejando ver algunos tatuajes que llevaba en su brazo. –Eh, Daisuke, déjame disparar a mí también. –dijo Uchimura, que quería vengarse de la pequeña paliza que le había propinado Sora. Sin oponerse, le pasó el revólver y Uchimura apuntó hacia ella. Sora pensó que era su final, pero entonces, escuchó una voz masculina. –¡Basta! Un joven rubio de pelo algo rebelde y vestido con pantalón claro, una camisa azul claro y una chaqueta se dirigía corriendo hacia allí, pero Daisuke le puso la zancadilla y cayó y lo levantó de la pechera. –¿Tú también eres poli? –preguntó Daisuke, ya que su apariencia no cuadraba para nada con la del ambiente de la fiesta. –No puede ser que lo seas. Tu entrada ha sido demasiado torpe. –Déjala. –se limitó a decir Takeru. Pero a Daisuke nadie le decía lo que tenía que hacer. Le dio un puñetazo que lo tiró al suelo y una patada en el estómago. Estando sometido en el suelo, Takeru vio como Uchimura lo apuntaba en la cabeza. –Acabaré contigo después de matar a esta preciosidad. –dijo Uchimura. Entonces, dejó de apuntarlo a él para volver a apuntar a Sora. Takeru aprovechó para levantarse y cogerle del antebrazo, evitando que dispararan a la policía. Uchimura volvió a deshacerse de Takeru y volvió a apuntar a Sora, pero esta vez, Takeru lo volvió a agarrar del antebrazo inmovilizándolo desde atrás. La mano de Takeru adquirió un tono azul marino prácticamente imperceptible para el ojo humano. De repente, el cuerpo de Uchimura se volvió rígido y los ojos se abrieron casi saliéndose de las órbitas. Uchimura cayó desplomado ante la mirada perpleja de todos, que no entendían qué había pasado. Mientras tanto, la gente seguía bailando al ritmo de la música, ajena a lo que estaba pasando a tan sólo varios metros. –Shuuhei. –dijo Daisuke acercándose a él. Los otros dos soltaron a Sora, que en seguida se llevó la mano a la herida que le había producido el disparo de Daisuke. Éste intentaba que Uchimura le contestara, pero él no respondía. Tan sólo estaba en el suelo, boca abajo y con los ojos muy abiertos. Al darse cuenta de que su amigo estaba muerto, el castaño miró a Takeru, que estaba con la mirada perdida. Daisuke y los otros se marcharon. Decidieron que era mejor no tentar a la suerte y acabar detenidos. Una vez que se fueron, Sora, que todavía tenía la herida en el brazo, se desmayó. Takeru se miró la mano. Aquello le trajo amargos recuerdos. Nunca quiso llegar a aquel punto. Lo hizo porque la situación no le dejó más remedio, pero eso no lo eximía de haber matado a una persona. A la tarde siguiente, Takeru Takaishi se entregó a la policía.

00000000

A la mañana siguiente, Sora, con un pequeño vendaje en su brazo, acudió al Instituto Anatómico Forense, donde su amigo Jou Kido, un moreno alto y con gafas había estado realizando la autopsia a Shuuhei Uchimura. –¿Qué piensas de que no tenga ni una sola herida? –preguntó Sora mirando el cuerpo. A diferencia del momento en el que murió, le habían cerrado los ojos, como si sólo durmiera. –No es muy habitual que traigan un cuerpo como este. –dijo Jou con unas gafas médicas y una mascarilla puesta. –Mira la expresión de paz que tiene. No hay signos de sufrimiento. –¿Puedes decirme la causa de la muerte? –preguntó Sora –Podría ser un castigo divino. –dijo Jou con como si fuera una causa de muerte habitual. –¿Un castigo divino? –Si no puedes aceptar eso, puedes decir que ha sido un ataque al corazón. –dijo el doctor. –¿ Por sobredosis? –El test de sustancias ha dado negativo. –dijo Jou mientras se quitaba los guantes, las gafas y el cubre bocas. –Que traficara con droga no quiere decir que consumiera. Chico listo. ¿Quién es? –Shuuhei Uchimura. Estudiante universitario de primer año. –respondió Sora. –Su padre es miembro del Parlamento en la cámara de representantes. –Ya veo. No quería que las acciones de su hijo se hicieran públicas y por eso ha tapado todo el asunto. –dijo Jou. –Sora, te has escapado por los pelos. Parecía tener buena salud a pesar de su evidente sobrepeso. No estoy diciendo que una persona sana no pueda morir de repente. Por ejemplo, hay casos de insolación o electrocución. –¿Qué probabilidad hay de que sea un homicidio? –preguntó Sora. –No estoy seguro. ¿Lo dices por el chico que abandonó la zona de autos? –preguntó Jou. –¿Tenía algún arma como una pistola eléctrica? –No. No tenía nada. Estaba completamente desarmado. –contestó Sora, que era lo que más intriga le despertaba. –¿Lo ves? Un castigo divino.

00000000

–Ya me he enterado de que has vuelto a cometer una estupidez tú sola. –le dijo Taichi Yagami a Sora recriminándole haberle dejado al margen. Taichi era un hombre de revuelto pelo castaño que a pesar de ser joven, acumulaba mucha experiencia en el cuerpo de policía. Era un experto de la División Criminal y tenía, como suele decirse, olfato de sabueso. Desde que Sora entró en el cuerpo, él asumió su tutela, por lo que Sora le tenía en alta estima debido a todo lo que le había enseñado. –Sólo me infiltré en una rave party. –dijo Sora, omitiendo convenientemente el hecho de que casi la matan si no fuera por la providencial aparición del misterioso joven rubio. –Si hubiera llevado a un aburrido como tú a una fiesta como esa la investigación se habría ido al traste. ¿Quién es el estúpido? –No me subestimes de esa manera. Antes de que mi mujer me atara en corto solía bailar muy bien. ¿Lo ves? –dijo Taichi tomándoselo con humor y haciendo unos movimientos a los que sólo él llamaría baile. No quería reconocerlo, pero su pupila tenía razón. De cualquier forma, podría haber organizado refuerzos para la ocasión. –Si vuelves a destrozarte la espalda, no es nuestra culpa. –dijo Iori Hida, un compañero de la División Criminal al ver los movimientos de Taichi. –Es cierto. No me hice policía para hacerte de enfermera, Taichi. –le dijo Sora con toda confianza y aliándose con Iori en su broma. –¿Así me pagas todos estos años de tutoría? –preguntó él provocando la risa de Sora. Cuando Kyotaro se dio cuenta de que Sora había llegado, salió de su despacho hecho una furia. –¡Takenouchi! ¡¿Se puede saber qué demonios estás haciendo?! –le gritó Kyotaro. –Lo siento mucho, señor. –se disculpó Sora consciente del motivo de la regañina. –Fuera de mi vista. –le ordenó Kyotaro. –¿Perdón? –Que está suspendida. –le dijo Kyotaro. –No me haga eso. El caso… –Cállese. –la interrumpió el comisario. –Vigile lo que dice. –Todo el mundo lo sabe. –De todas formas, está suspendida. –se reafirmó Kyotaro. –No haga ninguna tontería, ¿entendido? Cuando Kyotaro se dio la vuelta, Sora le puso una mueca. Al ver la frustración de Sora, Taichi se la subió a la azotea de la comisaría. –¿No crees que tiene su lado bueno? Ahora tendrás algo de tiempo libre. –dijo Taichi intentando que la pelirroja viera el lado positivo a estar en suspensión temporalmente. –Por supuesto que no. –dijo ella. –Sora, fuiste tras ese niño mimado de Uchimura porque su caso tiene relación con Hikari Kamiya, ¿verdad? –preguntó Taichi, al que no se le escapó aquel detalle. –Las drogas son el nexo de unión entre Hikari Kamiya y el cadáver de la estudiante universitaria. Algunas pistas me llevaron a seguir a los traficantes y acabé en la fiesta. –explicó Sora. –¿Cuántos escaparon? –Tres. –Los cogeremos. Ahora será mejor que te tomes un merecido descanso. –dijo Taichi. –Pero Taichi… –Sinceramente, son sólo unos niñatos que consumen droga. –Por lo visto, Uchimura no consumía. –dijo Sora. –¿No? Entonces, ¿por qué murió? –preguntó Taichi, pensando que la muerte había sido por sobredosis. –Aparentemente, por castigo divino. –dijo Sora repitiendo lo que le dijo Jou. –¿Castigo divino? Ja, ja, ja, esa sí que es buena. Es decir, que el tipo que acudió en tu ayuda no era otro que Dios. Ja, ja, ja.

00000000

En el Hospital General Misumi del barrio de Shinagawa, Hikari Kamiya permanecía intubada en la habitación 307. Había absoluto silencio, sólo roto por el ritmo de los tonos de las máquinas que controlaban la constantes vitales de la castaña, y también por el respirador que le proporcionaba oxígeno para poder seguir viviendo. Había permanecido en coma desde que la encontraron tirada en la calle. Por suerte, estaba estable dentro de la gravedad. Takeru Takaishi fue a verla al hospital. Había ido cada día desde que recibiera la noticia de lo que le ocurrió a su alumna. A pesar de haberle pedido ayuda, estaba seguro de que Hikari tomó la iniciativa debido a la desesperación por conseguir pruebas para que la policía creyera su testimonio acerca de lo que vio. Al fin y al cabo, aquellos dos jóvenes estaban hablando de la muerte de una muchacha. En su cama, Takeru le dejó un pequeño muñequito de un perro junto a la almohada. No era mucho, pero pensó que era una forma en la que podía acompañarla el tiempo que no estuviera con ella. Lamentaba profundamente no haber podido ayudarla mejor.

00000000

–¿Recobrará la conciencia? –preguntó Sora Takenouchi a una enfermera que la acompañó hasta la habitación de Hikari. –En casos de contusiones cerebrales, incluso recobrando la conciencia, hay alta probabilidad de que presente secuelas neurológicas. –informó la enfermera entrando en la habitación. –De todas formas, si quiere saber más detalles, lo mejor es que le pregunte al médico. Vaya, le han dejado un muñequito. Parece que alguien haya venido a visitarla. En la última ronda este perrito no estaba. Fue entonces, que la lluvia empezó a caer con fuerza.

00000000

Cuando Takeru se enteró del estado de Hikari Kamiya se le heló la sangre. Por eso, recordando que Hikari le dijo que venderían la droga en aquella fiesta, se dirigió hacía allí por ser incapaz de quedarse de brazos cruzados. ¿Quién le iba a decir que allí encontraría a una agente de policía? Al ver la escena en la que se enfrentaba ella sola contra cuatro tipos, decidió ayudarla. Lo que él no esperaba era que el resultado acabaría con una muerte en sus manos. Por eso, en cuanto salió del hospital, se dirigió a la comisaría de policía. –¿En qué puedo ayudarle? –preguntó el policía que se encontraba en la recepción. –¿Está la detective Takenouchi? –preguntó Takeru con voz grave pero aterciopelada, recordando el nombre cuando lo dijeron cuando le quitaron la placa. –¿Por qué lo pregunta? –Porque debe arrestar a alguien. –contestó Takeru. –¿A quién? –A mí. He matado a una persona.

00000000

A pesar de la suspensión, cuando recibió una llamada de comisaría informando de que un tipo que se había entregado voluntariamente por matar a una persona preguntó por ella, Sora intuyó enseguida de que se trataba de aquel misterioso joven que apareció providencialmente en la fiesta. Sin perder tiempo, se marchó del hospital y se dirigió rápidamente hacia comisaría. Cuando llegó, subió atropelladamente hacia la sala desde la que controlaban al presunto autor de la muerte. A través del cristal, veían al sospechoso sentado en la sala de interrogatorios con la cabeza gacha y semblante triste. –Ha confesado matar a Uchimura. –dijo Taichi. –¿Era él el que estuvo en la fiesta? –Sí, no hay duda. Parece que ni ha pasado por su casa a cambiarse. Lleva la misma ropa de ayer. –Takeru Takaishi, veinticinco años. –dijo Iori. –Es profesor en el instituto en el que estudiaba Hikari Kamiya. Es su tutor. –¿Es su profesor? –al principio Sora no comprendía qué pintaba ese hombre en la fiesta, pero ahora todo comenzaba a cobrar sentido para ella, aunque todavía había muchas preguntas que debía contestar. –Hoy ha presentado su carta de dimisión en el instituto. –informó Taichi. –El director del centro estaba sorprendido de que un profesor tan respetado y trabajador dimitiera de repente y sin motivo. Incluso habiendo profesores capaces de matar, no tiene pinta de uno que lo haría. Tras ponerla en antecedentes, Taichi y Sora entraron a la sala de interrogatorios. Sora lo miraba fijamente. –¿Por qué estaba en la fiesta? –preguntó Taichi. –Hikari Kamiya me pidió ayuda. Me dijo que escuchó una conversación de esos tipos en el club donde ella trabajaba, relacionada con las drogas y la muerte de una joven. Me dijo que habían traficado con drogas con una chica y que luego abandonaron su cadáver. Es mi culpa. Si tan sólo hubiera ido a la policía inmediatamente. Hikari tenía miedo, y seguramente temía sufrir el mismo destino que aquella chica. Fui incapaz de protegerla. –dijo Takeru apesadumbrado mientras confesaba aquello con la cabeza gacha y sin mirar a sus interlocutores. ¿Lo hiciste por venganza? –preguntó Sora refiriéndose al hecho de que acudiera a la fiesta que acabó con un muerto. –No fue venganza. –se apresuró a decir Takeru. –Simplemente, no quería que hubieran más víctimas como Hikari. Sólo quería persuadirles de que dejaran todo eso. –¿Y por eso lo mataste? –preguntó Sora. –Sora, ¿cuándo se ha decidido que fue él? –preguntó Taichi al ver que su pupila acusó a Takeru abiertamente. –Él mismo ha confesado. –dijo Sora. –No digas tonterías. No hay ni una sola prueba. Así que su testimonio nos servirá poco. –dijo Taichi. –¿Cómo lo mataste? –insistió Sora. Sabía que no tenía pruebas, pero estaba segura de lo que vio y necesitaba una explicación lógica y racional. –Tal y como viste. –contestó Takeru mirándola. –Pero sólo lo agarraste con la mano. –dijo Sora, a la que aquella respuesta no le aclaraba nada. –Exacto. –¿Cómo puedes matar a alguien tan sólo tocándolo sin utilizar nada? –preguntó Sora. –Yo tampoco tengo una explicación. –dijo el interrogado. –Tengo esa facultad. –¿Se está burlando de la policía? –preguntó Taichi, al que todo aquello comenzaba a parecerle poco serio. –No tengo inconveniente en pagar por lo que hice. –dijo Takeru. –Sé perfectamente lo que hice. Por eso me he entregado. –No me lo puedo creer. –comentó Taichi. –La razón por la que he venido es porque al matar a una persona, me he convertido en alguien que no me gusta. –dijo Takeru. –Mi mano es diabólica. Tras sentenciarse a sí mismo, Taichi y Sora salieron de la sala de interrogatorios. –Tal y como están las cosas no podremos retenerlo mucho tiempo. –admitió Taichi. –¿Por qué no? Ha confesado. –dijo ella. –Me sorprende que lo preguntes. No hay pruebas de nada. Así que es imposible retenerlo. Deberías saberlo. –dijo su maestro. Evidentemente que lo sabía, pero para ella seguía siendo evidente que Takaishi mató a aquel desgraciado. Estaba completamente segura de lo que vio. –Pero…vi lo que hizo. –insistió ella. –Por hoy hemos terminado, Sora. –concluyó su superior. –Vete a casa.

00000000

–Tal y como pensaba, tú también eres un poco particular en cuanto al método de sacrificio de animales para obtener buena carne. Si los animales están estresados no obtendrían este color tan bueno. –comentó Jou. El forense, un joven moreno de veintiocho años con gafas, cenaba con Ken Ichijouji en un restaurante elegante mientras miraba el trozo de carne que acaba de cortar. Parecía que su ojo clínico seguía trabajando incluso para cenar. –Si sufren estrés, se reduce el glucógeno de los músculos, y a su vez, bajan los niveles de ácido láctico, volviéndose insuficientes. Por tanto, si el PH no disminuye lo suficiente, la carne no obtendría este vívido color rojo. –dijo Ken, que no se quedaba atrás en su análisis. Ken Ichijouhi era un hombre de cabello moreno muy corto que rondaba los treinta y seis años. Su trabajo era tan importante y de tanta responsabilidad que su semblante serio, casi de enfado permanente se le había quedado en la cara. No obstante, siempre se entendió bien con Jou Kido. Jou conoció a Ken en la facultad de medicina. Podría decirse que Ken se convirtió en su mentor dentro de la facultad cuando él tan sólo era un estudiante novato. En resumen, se convirtió en su senpai. Sin embargo, unos años después de terminar la carrera y de ejercer como médico, cambió de trabajo cuando se le presentó la oportunidad. En la actualidad, ejercía de Director de Seguridad Nacional en el Servicio de Inteligencia de la Agencia Nacional de Policía. –Parece que no has perdido facultades desde tus días en la facultad de medicina. Hoy he analizado un cadáver muy curioso. –dijo Jou. –Un varón joven, sin heridas, sin consumo de drogas y una expresión calmada en su cara. Incluso puede que no fuera consciente de que estuviera muriendo. –¿Cuál ha sido la causa de la muerte? –Castigo divino. –dijo Jou antes de beber de su copa de vino. –Dios se materializó y tocó al tipo con su mano. Y en cuanto lo hizo, perdió la vida súbitamente. –¿Una persona que muere sólo porque la hayan tocado? –preguntó Ken con escepticismo. –Bueno, la Detective Sora Takenouchi estaba en el lugar de los hechos y fue testigo de lo que pasó. –dijo Jou. Al decir eso, el semblante de Ken cambió. –Parece que he captado tu interés. Analizar y estudiar el material secreto es tu especialidad, ¿no? Al fin y al cabo, trabajas para la CIA japonesa, ¿no? –No lo llames así. Es el Departamento de Seguridad Nacional, y mi deber es proteger Japón. –dijo Ken casi ofendido. –Bueno, pues si quieres, puedo enviarte los informes de la autopsia. –dijo Jou.

00000000

Tras terminar con el interrogatorio, un policía acompañó a Takeru hasta el calabozo de la comisaría. En la celda, se sentó con la espalda contra la pared mientras se despreciaba a sí mismo por haberle arrebatado la vida a aquel chico.

00000000

–¡Ya estoy en casa! Parece que ya está en la cama. –dijo Sora al llegar a su apartamento y ver la casa a oscuras. Pero cuando entró en el salón y encendió la luz, el sonido de unos kabukis de confeti la asustaron. Allí, sonriente, estaba Aiko Takenouchi, la risueña hija de seis años de Sora, junto a Koushiro Izumi. –¡Feliz cumpleaños, mamá! –celebró Aiko. –Felicidades, Sora. –dijo Koushiro. Koushiro Izumi era un chico bajo de pelo pelirrojo muy oscuro de la edad de Sora. Se conocían desde niños y junto a Taichi, era su mejor amigo, aunque él estaba interesado en ser algo más, pero Sora no mostraba ningún interés romántico por él y Koushiro lo tenía más que asumido. Koushiro trabajaba como investigador en una empresa farmacéutica. –Gracias. –dijo Sora sonriente. Desde luego no pudo tener mejor recibimiento después de un día tan duro. Ni siquiera se había acordado de su propio cumpleaños. Después de comer un trocito de tarta que había traído su amigo, Sora acompañó a su hija a la cama. El padre de la niña se desentendió de ellas cuando Sora le dio la noticia de que estaba embarazada, de manera que se tuvo que hacer cargo tan sólo con la ayuda de su amigo. Por si fuera poco, la niña desarrolló problemas respiratorios desde bien pequeña, por lo que su mesita de noche, en lugar de tener juguetes, estaba llena de inhaladores y medicinas. Por suerte, Aiko no se parecía mucho a su padre, de manera que eso le permitía no pensar demasiado en él y su abandono lo tenía más que superado. Sora se dio cuenta de que no merecía la pena gastar energía y pensamientos en alguien que demostró que no les importaba. Aunque trabajaba mucho, Sora intentaba pasar el mayor tiempo posible con Aiko y lo que más le gustaría en el mundo era poder hacer algo para curarle su asma. Una vez que Aiko se durmió rodeada de sus peluches, Sora le dio una caricia y un beso y salió hacia el salón, donde le esperaba Koushiro. –¿Ya se ha dormido? –preguntó Koushiro desde el sofá. –Sí. Estaba tan emocionada que ha caído rendida. –dijo Sora mientras recogía la mesa. –Me iré a casa en cuanto me termine esto. –dijo Koushiro con la boca llena. Mientras esperaba no pudo evitar partirse un segundo trozo de tarta. Cuando tragó, Koushiro le preguntó por la suspensión. Sora lo había llamado para contárselo cuando se dirigía al hospital. –¿No te alegras de que te hayan suspendido? –¿Por qué iba a alegrarme? –Porque así podrás pasar más tiempo con Aiko. –Tienes razón. –reconoció Sora. Evidentemente, no le alegraba para nada la suspensión, pero era innegable que era el lado positivo de todo aquello. El problema es que no podía quitarse de la cabeza a Takeru Takaishi. Cuando dejó los platos en el fregadero, se sentó junto a Koushiro. –Oye, hablando hipotéticamente, si tuvieras la capacidad de matar a la gente tan sólo tocándola con la mano, ¿qué harías? –¿A qué viene esa pregunta? –preguntó él extrañado. –Sólo es hablando hipotéticamente. –le recordó Sora. –Pues…, si tuviera esa clase de poder, podría cometer asesinatos sin dejar pruebas, así que serían crímenes perfectos. Además, podría tener una aplicación médica. Sería una opción legítima para la eutanasia siempre que no existiera dolor en su aplicación. En esos casos no habría necesidad de cuidados paliativos ante la perspectiva de la muerte. –razonó Koushiro. –Vaya, parece que lo tienes bastante claro. –Tú eres la que has sacado el tema. Oye, ¿cuándo eras niña, soñaste alguna vez con algún súper poder, como doblar una cuchara o algo así? –preguntó Koushiro extendiendo el tema de los poderes. –La verdad es que no. –Entonces, ¿a qué ha venido de repente esa pregunta? –preguntó Koushiro. –¿Está relacionada con el trabajo? –No. Olvídalo. –mintió Sora restándole importancia. No le apetecía que su amigo empezara a tomarla como una loca si le explicaba la verdad. –Así que es secreto de sumario. –dijo Koushiro, que no se creyó nada. –Bueno, es hora de irme. –Gracias por todo. –le agradeció Sora. –No importa. Sabes que me encanta estar con Aiko. Felicidades. Buenas noches. –dijo antes de marcharse. –Buenas noches. –le dijo ella sonriendo.

00000000

En una taberna, Kenta Ninomiya, un hombre regordete de pelo oscuro, con gafas, cara redonda y algo chata estaba montando alboroto, probablemente por el grado de alcohol en sangre. –¡Dejadme en paz!¡No me toques! –gritaba Kenta mientras empleados de la taberna trataban de calmarlo. Uno de los empleados llamó a la policía debido a los disturbios que estaba provocando entre la clientela. El dueño no quería clientes así en su establecimiento. Finalmente, el dueño consiguió sacarlo del local, cuando un policía llegó y lo agarró. –¡Suéltame, suéltame, no quiero que la mano del Diablo me mate! Por supuesto, el agente no tenía intención de matarlo, tan sólo de que al menos, pasara una noche en el calabozo.

00000000

A pesar de estar suspendida, Sora acudió a comisaría al día siguiente, donde Taichi la puso al día sobre un tipo llamado Kenta Ninomiya. –¿Gritó que no quería que le tocaran con la mano del Diablo? –preguntó Sora sorprendida. –No hables tan alto. Se supone que estás suspendida. –dijo Taichi, consciente del interés que tenía Sora por aquel extraño caso. –¿Y qué relación tiene con Takaishi? –No lo conoce. Y Takaishi tampoco conoce a Ninomiya. No creo que mientan. –dijo Taichi. –Kenta Ninomiya fue policía. Por lo visto, estuvo investigando por Ryukoku, un pequeño pueblo a las afueras de Tokio. Al investigar he averiguado que fue testigo de un asesinato hace diez años. Todo ocurrió en un almacén de la zona portuaria. Tres jóvenes fueron apuñalados con un cuchillo. En aquel entonces, el culpable tenía dieciocho años y Kenta era el guardia de seguridad del almacén. –¿De verdad los mató con un cuchillo? ¿No sería con la mano del Diablo? Si no, ¿por qué iba a gritar eso como un loco? –se preguntó Sora. –Si el asesino tiene ese poder, entonces Kenta… –¡No tiene sentido! –la interrumpió Taichi al ver la obsesión que tenía Sora con ese tema. –¿Puede un toque matar a una persona? ¿De verdad te crees lo que testificó Takaishi? –No lo sé, pero si existe otra persona con esa habilidad, quizás podríamos demostrar lo que ocurrió con Shuuhei Uchimura. –dijo Sora. –¿Dónde está el culpable de aquel crimen? –Está condenado a muerte en la prisión de Kanto. –contestó Taichi. –¿Cómo se llama? –Yamato Ishida.

00000000

Tras las novedades que le había contado Taichi, sin más dilación, Sora se dirigió a la prisión en la que ese tal Yamato Ishida estaba encerrado para continuar con su investigación. Si no hubiera sido testigo de aquella muerte en la fiesta, jamás habría tomado en serio a Kenta. Lo que exclamaba lo habría considerado como delirios de borracho, pero en su fuero interno sabía que aquel hombre escondía algo, y pensaba investigar a fondo para descubrir qué era. –Detective, aunque Taichi Yagami me ayudó en el pasado, no sé si puedo hacerle este favor. –dijo Narushi Ikeda relajadamente desde su despacho con los pies sobre la mesa. –No puedo dejarle que conozca a Yamato. –¿Por qué no? –Los reos condenados a muerte son delicados. De hecho, yo, como alcaide, soy el único capaz. –dijo Ikeda bajando los pies. –A los guardias no les gusta andar cerca de su celda. –Por favor, déjeme verle. Necesito hablar con él. –insistió ella. –¿Cuánto va a pagarme? –¿Perdón? –preguntó Sora. ¿Acaso le estaba pidiendo que lo sobornara? –Ya sabe, la tarifa de presentación. –contestó Ikeda calmado. Sí, tal y como Sora pensaba, le estaba pidiendo dinero a cambio de dejarle ver a Ishida. Entonces le levantó la palma de la mano. –De todas formas, aunque lo veas, todo dependerá de su voluntad. Ikeda se levantó y se acercó a Sora con una sonrisa sádica en la cara. –Podría hablarle bien de ti. –dijo Ikeda mientras le acariciaba los brazos. Cuando su mano se dirigía al pecho de Sora, ella se revolvió y le inmovilizó el brazo estampándole contra la pared. –Narushi Ikeda, vamos a hacer una cosa. Usted me deja ver a Yamato Ishida y yo no lo arresto por acoso y por intentar conseguir un soborno de una agente de la autoridad. –dijo Sora mientras la nariz de Ikeda sangraba. No tenía la nariz rota de puro milagro y comprendió que no debió subestimar a la detective por ser mujer. Sora le retorció el brazo un poco más para que le diera una respuesta. –Espera, vale. Te llevaré con él. –dijo él quejándose de dolor. Tras acceder, Ikeda acompañó a Sora hacia la celda de Yamato con la nariz limpia pero enrojecida y con alguna herida. –Antes de entrar, le advierto que Yamato es peligroso. Mató a tres personas. Y por si fuera poco, los siete años que he estado aquí le he vigilado con atención y sigo sin comprenderlo. Cuando lo conocí, parecía que era capaz de leerme la mente, y eso me asustaba. Por eso, cada vez que voy a verle, me llevo conmigo este encantamiento contra los espíritus diabólicos. –entonces, le mostró la pistola que llevaba en la funda de la cintura. –Cuando se trata de Yamato Ishida, toda precaución es poca. No te acerques demasiado a los demonios. Si ocurre algo, corre inmediatamente. Un guardia les abrió la puerta que daba acceso al corredor de la muerte. Fue entonces cuando Sora vio la celda, presidida por un gran cuadro en el que había un ángel abrazando a un hombre. El hombre, que era más alto que el ángel, le devolvía la mirada. Una de las partes de la celda tenía barrotes rojos, mientras que el resto estaba compuesta por un cristal blindado. A pesar de ser el corredor de la muerte, vio que el reo contaba con privilegios como una televisión. –Yamato, tienes visita. –le informó Ikeda a Yamato, que estaba acostado en su cama, haciendo caso omiso al alcaide. –Soy la detective Sora Takenouchi. Hace tres días, un joven murió en una fiesta en el monte por causas desconocidas. Cuando murió, un hombre lo tocó. Ese hombre asegura que lo mató al tocarlo. Según él, puede matar a la gente tan sólo tocándola con su mano. –aquello pareció que captó la atención del preso, que se incorporó para quedarse sentado en la cama. Sora decidió continuar con su relato sacando una foto de Takeru para mostrársela. –Se llama Takeru Takaishi y es profesor de instituto. Lo vi con mis propios ojos, pero nadie cree que pueda hacerlo. Si no lo hubiera visto yo también pensaría lo mismo. He venido porque creo que también tienes ese poder. Hace diez años mataste a tres jóvenes. ¿Es esa la función de la mano del Diablo? –Detective, ¿qué está diciendo? –preguntó Ikeda. –¿Ha venido sin saberlo? –¿Qué quiere decir? –¿La mano del Diablo? –preguntó Ikeda con ironía mientras reía. –Es más bien al contrario. Con sólo tocar, puede curar heridas y enfermedades. –Pero… –¿No te lo crees? Yo mismo he sido curado muchas veces por él. –dijo Ikeda. Ahora comprendía por qué Yamato gozaba de algunos privilegios como una tele en su propia celda. –La mano de Yamato Ishida, es la mano de Dios. Entonces, Yamato alzó su brazo y señaló Ikeda, indicándole que le dejara a solas con aquella detective. Sin replicarle, Ikeda salió de allí. Yamato se acercó a la zona acristalada. Hasta entonces, Sora no lo había visto bien, porque la oscuridad de la celda le impedía ver sus rasgos. Vio que el joven tenía el pelo rubio, unos fríos pero profundos ojos azules, cuerpo bien formado y era muy guapo a pesar de llevar el harapiento pijama blanco de preso. Sora se sorprendió de que Yamato, al igual que Takeru, fuera rubio con ojos azules. ¿Acaso todos los que tenían ese poder eran rubios con ojos azules? ¿Eran esas características de las personas con ese tipo de poder? –¿Qué vas a hacer por mí? –preguntó Yamato con voz grave y profunda. En seguida, bajó la vista al pecho de Sora. Ella, incómoda, se cogió la abertura de la camisa para cerrársela como podía. –Has perdido un botón. –¿Qué? –dijo Sora mirándose a la chaqueta. Pensó que intentaba mirarle el canalillo, a pesar de que nunca vestía de forma insinuante. –Aunque hace calor, has venido con un traje que no sueles llevar sólo para verme. –dijo Yamato. –Te equivocas. –Eso no importa. ¿Eres consciente de tu propio cuerpo, o hay algo que no quieres que vea la gente? Como por ejemplo, ¿una horrible cicatriz? Sin darse cuenta, Sora desvió la mirada al brazo donde la bala de su propia pistola la rozó. Simplemente se puso la chaqueta porque llevaba el vendaje. ¿Cómo pudo saberlo? –¿No tienes calor? Quítate la chaqueta. –dijo Yamato. –Estoy bien. –dijo ella. –Eso quiere decir que tienes confianza en ti misma. –dijo él mientras se sentaba en un taburete con ruedas que tenía en la celda. –Tanta que sería una pérdida de tiempo mostrar la herida a un preso encerrado. No, rectifico. Piensas que te atacaría. –Deja de decir tonterías. –dijo Sora quitándose la chaqueta, quedándose con la camisa blanca de manga corta por la que asomaba el vendaje. –Con sólo tocar con su mano, la mano del Diablo puede matar. ¿De verdad crees que existe ese poder? –preguntó Yamato. –Pues…–titubeó Sora. –En el mundo hay muchas cosas que no pueden existir porque nadie cree en ellas. Por ejemplo, hasta el siglo XX, los gorilas sólo eran criaturas fantásticas. –dijo el rubio. –No me cambies de tema. –Si todo el mundo cree, existe. –dijo él haciendo caso omiso a Sora. –¿Es cierto que puedes sanar heridas y curar enfermedades con tu mano? –preguntó ella. –Déjame ver tu brazo. –dijo Yamato levantándose y dirigiéndose a la zona de los barrotes. Tras pensarlo unos momentos, Sora también se dirigió allí. Él alargó el brazo hacia Sora, pero cuando estuvo a punto de tocarla, lo retiró y lo volvió a meter en su celda. –No curo gratis. –¿Qué quieres decir? –Trae aquí al tipo que puede matar con su mano. –pidió Yamato. –¿Lo conoces? –Quién sabe. –dijo Yamato volviendo a acostarse en su cama. Con aquella acción, Sora supo que Yamato dio la conversación por terminada.

00000000

A la orilla del río Tama se encontraba el hotel Lastat, uno de los hoteles de cinco estrellas más lujosos no sólo de Tokio, sino de todo Japón. En ese hotel estaban acostumbrados a recibir huéspedes de la más alta alcurnia. Maki Himekawa tenía reservada una de las suites de ese hotel. Casi se había convertido en su propia casa. De hecho, la suite podría pasar por un apartamento de lujo. Daigo Motomiya, el presidente de la Corporación Farmacéutica Nishijima, entró siendo saludado por algunos trabajadores de Maki. Tenía cincuenta y siete años y un porte con cierto aire de prepotencia potenciada por los rasgos de su cara. Tras tocar a la puerta donde se encontraba la cama, entró y se sentó en la orilla. –Ministra, ¿cómo se encuentra? –preguntó Daigo. –Bueno, resistiendo como puedo. –dijo Maki, sentada con la espalda en el respaldo de la cama. En su brazo tenía una vía que comunicaba su brazo con un gotero y estaba bastante pálida. –Daigo, ¿se han enterado los medios? –No saben absolutamente nada. Tanto este hotel como el médico están bajo nuestro control. No te preocupes por eso. –Gracias. Siento mucho que ocurra esto de vez en cuando. –se disculpó Maki. –Si salen a la luz rumores sobre tus problemas de salud, será el fin de tu carrera política. –dijo Daigo. –Tienes razón, será el fin si descubren que tengo una cardiopatía. Mi carrera política terminaría antes que mi propia vida. –Eso sería un problema para las próximas elecciones nacionales. Tienes que ganar cueste lo que cueste. –dijo Daigo levantándose. –El dinero que has invertido en mí habrá sido inútil, ¿verdad? –Exacto. –dijo Daigo mientras que Maki reía. –No te preocupes. Ganaré cueste lo que cueste. –dijo ella. Se llevó una mano al pecho y dio un largo suspiro.

00000000

–¿Qué lo habéis soltado? –preguntó Sora por teléfono. –¿De qué te sorprendes? Sabías que sin pruebas no podíamos hacer otra cosa. –dijo Taichi.

00000000

Takeru Takaishi, todavía con la ropa que llevaba desde hacía dos días deambulaba por la calle hacia su apartamento. A pesar de haber confesado el crimen, lo habían liberado por falta de pruebas.

00000000

Al día siguiente, Takeru se dirigía hacia el hospital en el que estaba Hikari ingresada. Sora, que intuía que Takeru se pasaría por el hospital para saber el estado de Hikari, lo esperaba aparcada en su pequeño coche negro. No era que Sora quisiera ver a ese chico entre rejas. De hecho, no tenía el perfil de un asesino, pero sabía que era culpable de la muerte de Uchimura. Aunque por otro lado, sí era cierto que mató ante una situación extrema y necesaria de la que ella se benefició al intentar ayudarla. Si no fuera por él, seguramente su hija Aiko se habría quedado huérfana. –¿No es una lástima que no estés entre rejas? –preguntó Sora saliendo del coche cuando el chico llegó a la altura del coche. –Detective. –dijo Takeru sin esperar encontrarla. –Con sólo tocar, puedes matar a gente. Con sólo tu testimonio no podemos retenerte, pero has dejado tu trabajo. ¿Qué piensas hacer? –No lo sé. Pero no puedo seguir enseñando habiendo matado a una persona. –respondió él. –Dime una cosa. ¿Es la primera vez que has utilizado ese poder? –preguntó Sora. –¿Por qué lo preguntas? –Si eres capaz de matar tan fácilmente, podría ser que hubieras utilizado esa habilidad antes, ¿no te parece? –sin Sora esperarlo, Takeru la sujetó por el hombro. Ella intentó apartarse rápidamente y lo vio con mirada asustada. Entonces vio que seguía viva. –Por favor, no me mires así. Sólo mato a alguien si tengo intención de matar. –dijo Takeru. Entonces la soltó y reanudó la marcha. –¡La mano de Dios! –exclamó Sora para detenerlo todavía con el susto en el cuerpo. Al decir aquello, Takeru se giró para mirarla. –Si hubiera alguien que con sólo tocar pudiera curar heridas y enfermedades, ¿qué pensarías?

00000000

Yuuko Kamiya acariciaba el pelo de su hija, que seguía en coma desde aquella fatídica noche. La madre de Hikari era una mujer castaña con el pelo recogido en una coleta. Era delgada y solía ser muy alegre, pero desde que su hija estaba hospitalizada su semblante era de preocupación. Sabía por los médicos que si despertaba, podría tener secuelas neurológicas y no sabía cómo cuidar de su hija si con su trabajo apenas podía llegar a fin de mes. Takeru entró en la habitación y saludó a la mujer con un gesto con la cabeza. –Hikari, ha venido tu profesor. –le dijo Yuuko. Para Takeru no pasaron desapercibidas las lágrimas de Yuuko. –¿Cómo estás Hikari? –preguntó Takeru aún a sabiendas de que no obtendría respuesta. –Tiene mejor color en la cara. Estoy seguro de que despertará pronto. –Esto va a ser muy duro. Probablemente, tal y como está nuestra situación, que se quede inconsciente aquí sea lo mejor. –dijo Yuuko sin poder contener las lágrimas. –Hija mía, ¿por qué te ha pasado esto? Si tan sólo pudiera ocupar su lugar. A Takeru le atormentaba ver así a Hikari y a su madre. Ellas no se merecían un castigo así. Apretó las barras de la cama por la rabia y frustración que sentía. Así que, cuando salió de visitar a Hikari, accedió a lo que le pidió Sora, que lo esperaba fuera. No sabía si era cierto lo que le había contado sobre la mano de Dios, un poder opuesto al suyo, pero si existía, haría todo lo posible para que curara a Hikari.

00000000

Takeru y Sora esperaban en silencio en el despacho hasta que entró Narushi Ikeda. –Dice que lo atenderá sólo a él. –informó Ikeda. A pesar de que Sora albergaba la esperanza de poder estar presente en la entrevista, no podía hacer nada. Takeru ya le contaría algo. Ikeda acompañó a Takeru hacia el corredor de la muerte. –Te advierto, por si acaso. Yamato Ishida es un tipo peligroso. Es un asesino. Mató a tres personas. –Lo sé. Cuando entraron, Yamato ya los esperaba allí parado frente a la parte acristalada de su celda. Tras mirarse fijamente, Takeru se acercó a la celda para quedar frente a Yamato. A Takeru también se le pasó por la cabeza lo mismo que había pensado Sora la primera vez que vio a Yamato. ¿Acaso sólo las personas rubias y con ojos azules eran capaces de matar o curar con el tacto de la mano? –Dime. ¿Qué se siente al matar con sólo un toque, sin dejar pruebas y sin que te puedan declarar culpable? –preguntó Yamato sin rodeos. –Es indudable de que debes sentirte muy bien teniendo el control del destino de la gente en tus manos. –¿Y tú? Con solo tocar eres capaz de curar cualquier herida o enfermedad. ¿Qué piensas cuando utilizas ese poder? –preguntó Takeru. Con un gesto de la cabeza, le indicó al alcaide que se acercara a la parte de barrotes. Estiró la mano a través de ellos y colocó su mano en las heridas de la cara y la nariz que tenía después de haber sido reducido por Sora en su primera visita. Su mano adquirió un casi imperceptible tono rojo y para sorpresa de Takeru, vio cómo las heridas del alcaide desaparecían. –Alucinante, ¿verdad? –dijo Ikeda. –No sólo son las heridas. No importa lo grave que pueda ser una enfermedad, él puede curarlas. –Márchate. –le ordenó Yamato. Ikeda, sin replicarle nada, salió de allí. –No siento nada. Lo utilizo porque tengo esa habilidad. Eso es todo. –¿Eso es todo? –dijo Takeru con incredulidad ante la frialdad de Yamato. –Deberías usar ese poder de forma más efectiva. Hay demasiada gente sufriendo dolor por culpa de enfermedades y accidentes. Con ese poder, podrías salvarlos. –¿Salvarlos? ¡Ni siquiera puedo salir de aquí! –exclamó Yamato golpeando el cristal con las manos. –Aunque tenga el poder, no tengo oportunidad de usarlo. Oye, sácame de aquí. Ikeda utilizó métodos bastante cuestionables para quitarle el puesto al anterior alcaide. Quiere mi poder sólo para él solo. Lo único que hago es realizarle tratamientos para que no tenga que gastar dinero en médicos y medicinas. Ya he tenido suficiente. –No hables como si fueras inocente. –dijo Takeru. –¿Olvidas que estás aquí por haber matado a tres muchachos? –¿Y qué pasa contigo? Tú también has matado a una persona. –respondió Yamato. –¿No nos convierte eso en iguales? Yo tengo un poder que es útil para la humanidad. ¿No lo crees? Deberías ayudarme. Tú también deberías mostrarme tu poder. Utilízalo para matar al alcaide. Así podré escapar de esta prisión. –¿Me tomas el pelo? ¿De verdad piensas que haría algo así? –Pero ya lo has utilizado antes. El chaval que mataste sólo era escoria. Aunque la policía lo hubiese detenido volvería a las andadas en poco tiempo. –No insistas. No haré algo así. –dijo Takeru reafirmándose en su negativa. –No volveré a utilizar mi poder otra vez. –No debes preocuparte. Aunque mates a Ikeda, volverá a la vida. Yo lo traeré de vuelta con mi mano. –dijo Yamato intentando convencer a Takeru. –¿Puedes hacer eso? –preguntó Takeru sorprendido. –No subestimes mis habilidades. Mientras yo esté escapando de aquí, él sólo permanecerá dormido durante unos instantes. ¿Te asusta utilizar tu poder? Has vivido toda tu vida con miedo con un poder que te permite matar con un simple toque. Cuando te diste cuenta de que tienes esa facultad, encerraste en una jaula tus sentimientos de ira, miedo, odio y rencor para poder seguir con tu vida. Pero vives aguantando la respiración. ¿Me equivoco? ¿Cómo podía leerlo tan bien? Entonces, a Takeru se le vino un fogonazo a la cabeza de él siendo un niño y de una mujer en medio de la vegetación. Estaban frente a un pequeño monolito en el que había tallada una cruz con un dragón rodeándola. La mujer le pedía que jamás odiara a nadie o algo terrible ocurriría. No sabía si era un recuerdo real o no, pero era un sueño recurrente que solía tener y al que había hecho caso como un mantra porque se sentía en paz cuando veía a esa mujer en sus sueños. ¿Por qué de repente le vino esa imagen a la cabeza? –Pero la gente no se esconde. ¿Qué ocurriría si descubrieran un poder tan terrorífico como el tuyo? –preguntó Yamato. –El mundo te temería, te odiaría y te excluiría. La gente sólo te vería como a un monstruo que no debería existir. –¡Cállate! –gritó Takeru. Cada palabra que decía Yamato se le clavaba como un puñal, pero en el fondo sabía que tenía razón. –Soy igual que tú. ¿Sabes lo que le sucede a las personas con poderes? ¿Sabes lo que se siente estar encerrado como un monstruo? Yo he experimentado todo eso. Yo no deseaba este poder. Dios nos lo ha dado de forma arbitraria. ¿Cómo se supone que debemos usarlo? Si quiere que hagamos uso de este poder, tiene que enseñarnos cómo utilizarlo. Con mi poder, puedo salvar a las personas. Sólo hay una oportunidad. Si utilizas tu poder, podré salir de aquí y podré utilizar el mío para ayudar a la gente. ¡Podría salvar muchísimas vidas! De esa forma, podré expiar mis pecados. Seguro que hay gente que quieres que salve. Tras decir aquello, Takeru recordó a Hikari postrada en la cama del hospital y el verdadero motivo por el que había accedido a encontrarse con ese sujeto. Mientras se debatía qué hacer, Ikeda volvió a aparecer al considerar que aquellos dos ya habían hablado suficiente. –¿Habéis terminado? –preguntó el alcaide. –Sí. –contestó Takeru mientras volvía a mirar a Yamato a los ojos. –Pues vámonos. –ordenó Ikeda dándose la vuelta. Al hacerlo, Takeru no se lo pensó más y fue tras él, lo abrazó por detrás mientras la muerte se apoderó del alcaide sin que él lo esperara. Tras la sorpresa inicial que sintió el alcaide al morir, se desplomó con expresión pacífica. Takeru le quitó las llaves y le abrió la celda a Yamato. –¡Rápido, resucítalo! –le pidió Takeru una vez que le abrió la celda. Pero Yamato permanecía allí de pie. –¡Rápido! Yamato salió de forma pausada y se puso en cuclillas, hizo el ademán de ponerle la mano en el pecho, pero lo que hizo fue cogerle la cartera y la pistola. –¿Qué estás haciendo? –preguntó Takeru. Yamato se levantó y golpeó a Takeru con el armazón del revólver, cayendo de rodillas del dolor. –No importa lo bueno que sea. Traer de la muerte a la gente es imposible. –dijo Yamato. –Es la naturaleza humana. Si mueres, se acabó. –Me has engañado. –dijo Takeru con dificultad todavía de rodillas en el suelo. –Sí. No somos monstruos. Sólo somos una nueva raza humana al final del proceso evolutivo. Y la raza sin poderes, debe ser erradicada. –dijo Yamato mirando el cuerpo inerte de Ikeda. Takeru, desde el suelo, estiró su brazo y cogió la pierna a Yamato, pero este, sin dificultad se deshizo del agarre y comenzó a pisarle la mano. –Aunque tengas la facultad de matar, si no la utilizas, no tiene sentido que la tengas. Tienes que utilizarlo, o será a ti a quien utilicen. Nos volveremos a ver, profesor. –dijo Yamato marchándose, no sin antes dejarle una patada en la cara de propina. Cuando las alarmas saltaron al ver el movimiento de un preso a través de las cámaras de vigilancia, Yamato se había escondido en un ángulo muerto de uno de los pasillos. El silencio reinante se rompió con el sonido de la alarma de la prisión. Sora, que seguía en el despacho del alcaide esperando a que Takeru apareciera, se sobresaltó al escuchar la alarma. Cuando cinco guardias pasaron corriendo, Yamato asaltó al último de ellos, de manera que los de delante no se percataron de que les faltaba un compañero. Sin esfuerzo, dejó inconsciente al guardia y se puso su uniforme. Mientras los guardias corrían desesperados buscando al reo, Yamato escapó tranquilamente. Una vez fuera, se quitó la gorra del uniforme y la tiró. Por su parte, Sora encontró al guardia que Yamato había inmovilizado, le quitó la pistola y salió de la prisión. Sólo lo vio una vez, pero en seguida supo lo astuto que era. –¡Detente o disparo! –gritó Sora apuntándole con el arma. Yamato se giró y se acercó a ella. –¿Puedes? Seguro que sabes lo que supone matarme, ¿verdad? –dijo Yamato. Entonces alzó el brazo y extendió su mano derecha. –Tengo la mano de Dios. Una sola bala y un número infinito de vidas se verán despojados de la salvación. Automáticamente, Sora pensó en su propia hija. En ese momento de distracción, Yamato aprovechó para arrebatarle el arma a Sora y cambiaron las tornas. Esta vez, era Yamato quien apuntaba a Sora. –Sólo espera y mira. Esto sólo es el comienzo de la diversión. –dijo Yamato. Dio unos pasos hasta perderse en la oscuridad y escapó de allí. Mientras tanto, Takeru, recuperándose, se sintió como un estúpido por haberse dejado persuadir de aquella manera. Ahora no sólo acarreaba con la muerte de Uchimura en su conciencia, sino también la de Ikeda. Por muy indeseables que fueran, nadie tenía derecho de arrebatarle la vida a nadie. Continuará…
1 Me gusta 1 Comentarios 0 Para la colección Descargar
Comentarios (1)