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–Preparad un despliegue de emergencia. –ordenó Ken Ichijouji a uno de los empleados en la sala de conferencias del Departamento de Seguridad Nacional de la Agencia Nacional de Policía cuando fue informado de que uno de los presos de la prisión de máxima seguridad se había escapado, dejando un muerto en el proceso. –¿Qué hacemos con los medios de comunicación? –Debería de ser capaz de mantenerlo en secreto al menos una semana. –dijo Ken. –Sería un gran engorro si atacaran al problema de la seguridad en las prisiones. Además, el que se ha escapado es un condenado a muerte. Si se hiciera pública la investigación, las asociaciones de derechos humanos darían demasiado la lata.00000000
Cuando la comisaría fue informada y recibió instrucciones del Departamento de Seguridad de la Agencia de Nacional de Policía, Kyotaro Imuna reunió a sus agentes para transmitirle las órdenes recibidas de las instancias superiores. –Tenéis que encontrar a Yamato Ishida. Es un fugitivo condenado a muerte que se ha escapado de la Prisión Central de Kanto. –dijo Kyotaro pasando la foto de Yamato. –Pero tened cuidado, esta misión es de alto secreto. No debéis filtrar nada ni dejar que los medios de comunicación descubran lo que está pasando. No llaméis la atención, no hagáis ruido y sed prudentes. Espero que empleéis toda vuestra fuerza en atrapar a este individuo lo antes posible… –¿Por dónde empezamos? –le interrumpió Taichi. –¡Taichi! No me importa. Tan sólo quiero que lo atrapéis. –¡Sí! –exclamaron todos, dándose la vuelta para empezar a buscar a Yamato. –¡Takenouchi! –la llamó Kyotaro antes de que siguiera a sus compañeros. –¿Se puede saber qué se le pasó por la cabeza? –Lo siento mucho. –se disculpó ella. –Le dije que está suspendida. Así que, sigue suspendida. –dijo Kyotaro. –Pero hay que encontrar a Yamato. –dijo ella intentando convencer a su jefe. –Váyase de vacaciones con su hija. –dijo él antes de marcharse.00000000
Mientras tanto, Yamato, que había conseguido ropa negra nueva con el dinero que le robó a Narushi Ikeda, paseaba a sus anchas por Tokio.00000000
Para comenzar a investigar el paradero de Yamato, Taichi se acercó a una zona habitual de personas sin hogar. No fue difícil dar con él. Al fin y al cabo, el otro día pasó la noche en comisaría por armar alboroto y lo tenían localizado desde que habló de la mano del Diablo. Al mirar por una esquina, vio a Kenta Ninomiya buscando entre los contenedores como una vulgar rata. –Si no puedes camuflarte entre las sombras es que eres una mala detective. –dijo Taichi. Era inútil que Sora siguiera ocultándose, así que, sonriéndole, bajó unos escalones de la escalera de incendios en las que estaba subida y se dirigió hacia su mentor. –Me has seguido todo el tiempo. –Me has descubierto. –admitió ella. –Capturada. Vamos. Ambos detectives se presentaron ante Kenta Ninomiya, por lo que dejó de rebuscar entre los contenedores para atenderlos. –¿Qué queréis? –preguntó Kenta. –El condenado por matar a tres jóvenes hace diez años ha escapado. –dijo Sora. Al decir aquello, los ojos de Kenta se abrieron con sorpresa. –Ya…Ya…Yamato. –balbucéo Kenta empezando a temblar. –¿Lo conoce? –preguntó ella. –¡No! –se apresuró a contestar Kenta. –La mano del Diablo. Es lo que estuvo gritando el otro día como un loco mientras estaba borracho, ¿no? ¿Conoce el poder de Yamato? –preguntó Sora, que por la reacción que tuvo Kenta supo que sí que lo conocía. Al verse sin escapatoria, hizo el amago de escapar, pero Taichi, que era perro viejo, lo detuvo antes si quiera de echar a correr. –Ninomiya, una vez fuiste policía como nosotros, ¿verdad? –dijo Taichi. –Entonces nos echarás una mano en la investigación. Por cierto, ¿por qué dejaste el cuerpo de policía? Si no me equivoco, Yamato… –¡Basta! –gritó Kenta interrumpiendo a Taichi. –Usted conocía el poder de Yamato antes de los asesinatos, ¿verdad? –quiso confirmar Sora. El hecho de que Kenta se mostrara tan asustado les estaba proporcionando mucha información valiosa, a pesar de no estar diciendo nada. –Usted fue testigo. –¡No!¡Yo no sé nada! –exclamó él alterado e intentando volver a escapar. Esta vez sí que lo consiguió. Kenta derribó varias bicicletas que había aparcadas para entorpecer su captura, pero cuando giró una esquina, alguien lo atrapó y le cubrió la boca. Cuando Taichi y Sora pasaron de largo intentando dar con el escondite de Kenta, fue soltado. Cuando se sintió liberado y se giró, Kenta se quedó con la boca abierta al ver allí plantado a Yamato Ishida. En cuanto esos policías le dijeron que Yamato había escapado lo primero que había temido era que fuera en su busca. Lo que no se imaginaba era que sus temores se harían realidad tan pronto. –Cuanto tiempo sin vernos. –comentó Yamato. Para él no fue difícil encontrarlo. Yamato intuía que se escondería por cualquier barrio bajo, como la rata que era. Siempre fue así. –Yamato. –dijo Kenta asustado. –No te preocupes, no se lo he contado a nadie. Pero hay un par de cosas que me gustaría comprobar. –dijo Yamato avanzando pausadamente hacia Kenta, mientras éste intentaba retroceder, pero no podía retroceder más. –Para un ex -policía será una tarea fácil. Yamato le puso su mano sobre su hombro, y entonces empezó a cachearlo hasta que sacó un teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta de Kenta. –Sigues teniendo cosas de valor, ¿eh? –dijo Yamato volviendo a meterle el teléfono en el bolsillo. –Yamato, ¿cómo has escapado? –quiso saber Kenta. –Apareció Dios. –se limitó a contestar Yamato.00000000
Mientras tanto, Sora y Taichi seguían buscando a Kenta, pero era como si se lo hubiera tragado la tierra.00000000
Cuando Taichi Yagami le preguntó por Ryukoku, Takeru sintió que algo se removió en él. Desde aquel episodio traumático de su infancia, supo que tenía la facultad de matar a voluntad con sólo tocar a las personas. Pero, ¿qué tenía que ver ese pueblo con él? Inquieto por aquella sensación que lo recorrió cuando le hablaron de aquel lugar, decidió ir hacia allí para ver si averiguaba algo. Se colgó una mochila y cuando llegó a la zona de monte, siguió a pie. –¡Mamá, vamos rápido! –exclamó una niña. –Vale, vale. –dijo Sora sonriente mientras era tirada de la mano por la niña. Tanto Takeru como Sora se sorprendieron de encontrarse allí. Sora aprovechó su suspensión en el cuerpo y el hecho de que era fin de semana para pasar un día de campo con Aiko y, para qué negarlo, a ella el pueblo de Ryukoku también le producía curiosidad. Takeru tampoco esperaba que Sora fuera madre de una niña. A pesar de la sorpresa de encontrarse allí, decidieron continuar el camino juntos hasta llegar a una zona con una vista preciosa. Desde allí veían lo que parecía ser un río. Había un cartel que informaba que lo que estaban viendo era el río sobre el que estaba construida la presa de Ryukoku. –¿Presa de Ryukoku? –preguntó la niña al leer el cartel. –Hay un pueblo sumergido llamado Ryukoku. –le explicó su madre. –¿Está bajo el agua? –preguntó la niña. –Sí. –respondió Sora. Takeru no sabía nada de todo aquello. –Parece que no queda nada del pueblo. –comentó Takeru. –¿Has venido a buscar a Yamato? –preguntó Sora. –Si hubiera alguien como tú, pero en el lado opuesto de la imagen, ¿no te gustaría saber de él? –preguntó Takeru para responderle. –¿Por qué ayudaste a Yamato a escapar de prisión? ¿Por qué mataste al alcaide? –preguntó Sora con cuidado de que Aiko no la escuchara mientras correteaba por la zona. –Creo que Yamato trama algo terrible. Tengo que pararlo. –respondió Takeru. –Es mi responsabilidad. Después de haber mirado la presa desde lo alto, los tres siguieron caminando, adentrándose en una zona boscosa. Aiko se soltó de la mano de su madre para corretear. –¡Aiko, es peligroso, no corras! –le pidió su madre. –¡Ya lo sé! –pero nada más decir aquello, Aiko se cayó de bruces. Al verlo, la reacción de Takeru fue ir hacia la niña. –¿Te has hecho daño? –preguntó él. Se agachó y la agarró del brazo para ayudarla a levantarse. –¡No la toques! –gritó Sora poniéndose junto a su hija, todavía en el suelo. Ante el grito de Sora, Takeru se levantó triste. –¿Mamá? ¿Por qué le gritas a Takeru? –preguntó la niña inocentemente. Él comprendía por qué. No podía culparla. Al fin y al cabo tenía manos de asesino, aunque no lo pudieran demostrar. –Vamos, levanta. –dijo Sora sin contestarle. No es que pensara que Takeru fuera a matar a su hija. Fue casi un acto reflejo debido al hecho de que conocía su facultad para matar. Ya llevaba dos muertos a sus espaldas en pocos días. El hecho de que se hubiera entregado en las dos ocasiones que mató le hacía saber que Takeru no era mala persona, y por eso accedió a pasear por el campo con su hija. Era evidente que para Takeru, aquella facultad era como una maldición que había caído sobre él. Tras recoger algunas flores, Sora decidió marcharse con Aiko. –¡Adiós Takeru! –se despidió la simpática niña con la mano. Takeru sólo le dedicó una tierna sonrisa y un gesto con la mano. Cuando se marcharon, se giró para seguir mirando la presa. Tal y como estaba, aquel lugar le transmitía mucha paz. Fue entonces cuando vio un pequeño monolito en el que había tallado una cruz rodeada por un dragón, como si abrazara la cruz. Él conocía aquella imagen. Casi creció con ella. Flashback. –No debes odiar a nadie. Si odias, algo terrible podría suceder, ¿de acuerdo? –le dijo una mujer a un niño que no tendría más de cuatro o cinco años. Muy cerca había una casa de madera y justo al lado de la mujer estaba ese monolito. La mujer le puso un amuleto de la buena suerte en la mano. En el amuleto, venía una cruz abrazada por un dragón. Era la misma imagen que la del monolito. Fin del flashback. Cuando vio aquella imagen, Takeru recordó ese sueño que se le había repetido recurrentemente durante toda su vida. Pero esta vez, había visto más información. ¿O quizás era un recuerdo de algo que vivió de niño? Lo que tenía claro es que él conocía aquella imagen. Takeru volvió al barrio residencial de Tokio donde vivían sus padres. Cuando entró en la casa en la que se había criado, vio a su hermana que estaba a punto de salir. –¿Hermanito? –preguntó Shiho sin esperar verlo allí. –¿No dijiste que no vendrías porque estarías ocupado? Pero Takeru hizo caso omiso de su hermana y subió a la que fue su habitación dando un portazo, indicándole que era mejor dejarlo tranquilo. En cuanto cerró la puerta se puso a rebuscar por los cajones de su mesa de estudio. Fue en el tercer cajón donde encontró una caja. Cuando la abrió, vio allí el amuleto de tela de un azul claro bastante descolorido por los años. Por un lado, estaban los kanjis de “Buena suerte”, y por el otro estaba la imagen de la cruz y el dragón. No había duda. Era la misma imagen de lo que acababa de soñar, o recordar.00000000
–No tiene ni una sola herida, tal y como dijiste. –comentó Ken tras examinar el cadáver de Narushi Ikeda. Y la cuestión era que ya no sólo se trataba de un cuerpo, sino de dos: el de Uchimura y el de Ikeda. –Se mire por donde se mire, no puede haber otra causa posible que una muerte súbita por fallo cardiaco. La probabilidad de acusar a alguien es cero. –¿Acaso dudabas de mi juicio? –preguntó Jou. –No es lo que quería decir. Ya sabes cómo soy. Sea lo que sea necesito confirmarlo por mí mismo, si no, no me quedo satisfecho. –dijo Ken mientras se quitaba los guantes de látex y los tiraba a la papelera. –¿Por trabajo o por interés personal? –quiso saber Jou. –Bueno, da igual. Sea lo que sea, no creo que sea muy sano. –Creo que es más sano que tu falta de interés, ya que lo único que te interesa son los muertos. –dijo Ken. –De vez en cuando deberías mirarle la piel a una persona viva. –¿Qué estás tramando en esa cabecita? –preguntó Jou con suspicacia. –Si la diseccionara, quizás encontrara algo. –¿Quién sabe? –dijo Ken con una sonrisa.00000000
En el garaje subterráneo del edificio de Sora, la pelirroja y su hija bajaban del coche después de su día de campo. –Aiko, ¿estás cansada? –preguntó Sora mientras la niña cerraba la puerta trasera del coche tras bajar. Ella sólo asintió con la cabeza y cogió la mano de su madre. –Vamos a bañarte y a meterte en la cama. –Bienvenidas. –resonó una voz masculina. Cuando madre e hija se giraron para ver quién era, Sora reconoció a un prepotente chico de pelo castaño muy oscuro con una sonrisa de suficiencia acercándose con lo que parecía no buenas intenciones. Era el amigo de Uchimura, el muchacho que murió en la fiesta, pero desconocía su nombre. –¿Por qué estás aquí? –preguntó Sora colocándose delante de su hija de manera protectora. –Porque quería volver a verte, Sora Takenouchi. –respondió Daisuke como si fuera lo más evidente del mundo. –¿A qué has venido, a vengarte de tu amigo? –volvió a preguntar Sora. –¿Venganza? Lo cierto es que lo que me hiciste me ha causado muchos problemas. Con la policía husmeando, es difícil divertirse de verdad. Pero eso ya no importa. Quiero verle. –¿A quién? –Al tipo que se cargó a Shuuhei. –respondió Daisuke. Sora había olvidado que no fue la única testigo de la muerte de Uchimura. Él también estaba delante y por lo visto, también tenía curiosidad por Takeru. –El padre de Shuuhei dijo que murió por un ataque al corazón, pero no puede ser. No me lo trago. Estaba vivito y coleando. Quiero conocer la técnica que utilizó. Dímelo. –¿Qué harías si te lo dijera? –preguntó Sora. –¿A quién vais a matar esta vez? Tú y Uchimura abandonasteis el cadáver de una universitaria tras una sobredosis por culpa del veneno que le vendisteis. –¿Tienes pruebas? –Tenemos una testigo. –dijo Sora tajante y harta de la chulería del chico. –Una joven que encontraron con un serio golpe en la cabeza. Casi muere de no ser porque llegó a tiempo al hospital. Si recobra el conocimiento y testifica, se te acabó la diversión que tanto deseas. –Entonces, parece que tendré que cerrarle la boca a esa chica. Y también a ti. –dijo Daisuke. En cuanto le dijo lo de la chica sabía que era aquella joven que trabajaba en el antro en el que solían trapichear. Realmente pensó que estaba muerta. Sora, por su parte, en cuanto escuchó a Daisuke decir aquello se lamentó de haber sido tan bocazas. ¿Cómo podía haber cometido una negligencia así? Era impropio de ella. Ahora, al haberle regalado esa información, debía evitar que le hiciera nada a Hikari Kamiya. Daisuke extendió el brazo dejando ver una navaja en su mano. Cuando cogió impulso para atacarla, Sora lo frenó cogiéndole del brazo y retorciéndoselo. –¡Corre al ascensor! –le gritó Sora a su hija. –Mami. –dijo la niña asustada. Estaba tan aterrorizada que se quedó paralizada mientras veía como su madre intentaba esquivar las embestidas de aquel chico tan malo. –¡Deprisa! –le volvió a gritar Sora. La niña empezó a correr, pero no había corrido ni tres metros, Aiko comenzó a hiperventilar cerca de un pilar. –¡Mamá! –dijo Aiko cerca del suelo, como si al agacharse pudiera obtener más oxígeno. Era evidente que con la situación de estrés que estaba viviendo la niña, sus problemas respiratorios se cebaran con ella en el momento más inoportuno. Al escucharla tan ahogada, la miró un momento, lo que aprovechó Daisuke para zafarse de ella y empujarla para que cayera al suelo. Daisuke consiguió ponerse encima de ella y le puso una mano en el cuello mientras con la otra en alto, amenazaba con clavarle la navaja. –Venga, pide la ayuda de tu héroe. –dijo Daisuke. Justo cuando con el brazo tomó impulso para clavarle la navaja, una mano lo sujetó. Daisuke no sabía ni quién era, pero no pudo ser más oportuno. Sora también lo miró con sorpresa. ¿Qué hacía Yamato allí? –¿Quién eres? Sin mediar palabra, mientras tenía el brazo sujeto, Yamato le dio una patada que lo tiró al suelo, momento que Sora aprovechó para levantarse e ir hacia su hija. –¡Aiko! –dijo Sora abrazándose a su hija y acariciándola por la espalda. Eso siempre la ayudaba a calmarse. –Ahora que ya te he conocido, detective, veo que tienes una hija de la que no te despegas. –dijo Yamato. –¿Tú también tienes alguna habilidad rara? –preguntó Daisuke, que se había levantado y amenazaba con la navaja, pero más inseguro. La última vez que un chico salvó a Sora, su amigo murió de manera extraña. No le extrañaría que este también tuviera algún poder. –¿Una habilidad rara? –preguntó Yamato extrañado. ¿De dónde sacaba aquello? ¿Acaso también conocía a Takeru? –No te hagas el tonto. Te mataré. –sin hablar más, Daisuke reunió valor y atacó a Yamato, pero el convicto, sin despeinarse, le agarró el brazo y se lo retorció. –¿De verdad puedes matarme? –tras decir eso, le quitó la navaja y se la clavó a Daisuke cerca del costado. Con dolor, cayó al suelo mientras que Sora, al percatarse de lo que había hecho Yamato, le tapó los ojos a su hija para que no viera aquella atrocidad. –En medio de su huída, el preso huido apuñala a un joven. Pero en este caso es defensa propia, ¿no? –dijo Yamato mientras Daisuke se retorcía de dolor. Entonces, Aiko comenzó a toser con intensidad. Parecía que su ataque se había descontrolado, pero la niña necesitaba tranquilidad para poder controlar aquella crisis. –Aiko. –dijo Sora preocupada. Aquello no pasó desapercibido para Yamato. Sora sacó el inhalador de la mochila y se lo puso en la boca a la niña. –¿Asma? Parece que está sufriendo. –preguntó Yamato acercándose. Sora, que lo veía acercarse, no se fiaba de él. Alargó el brazo y pulsó un botón de alarma que había en el pilar cercano a donde estaba. –Qué fría eres. Te he salvado. –La policía llegará pronto. –dijo ella. –Es injusto. Incluso Takeru ha matado a dos personas y anda por ahí como si nada hubiese pasado. –se quejó Yamato. –Por eso no me dejaré atrapar. Nos vemos. –¡Detente! –le ordenó Sora todavía abrazada a su hija mientras veía como Yamato se marchaba. –La próxima vez que nos veamos, sólo estaremos nosotros dos. –advirtió Yamato. Aquello le sonó a una amenaza en toda regla, pero ya se preocuparía por eso, ahora su prioridad era su hija. –¿Estás bien, cariño? –la niña asintió. Cuando lo hizo, la cogió en brazos y la subió a casa. Yamato, que se había escondido, volvió al garaje donde Daisuke seguía retorciéndose con su propia navaja clavada. Cuando Sora dejó a su hija en casa mucho más tranquila y llamó a una ambulancia, bajó al garaje, pero no había ni rastro de Daisuke.00000000
Yamato había arrastrado a Daisuke y lo había sacado a un callejón, dejándolo en el suelo como si fuera un saco de patatas. Daisuke sudaba profusamente. –¿Qué vas a hacer conmigo? –preguntó el herido, al que cada vez le costaba más hablar. –¿Vas a matarme? Ayúdame, por favor. Llama a una ambulancia. No diré nada. Llama a mi padre. Si lo llamas, vendrá y te ayudará. –¿Una ambulancia? No hay necesidad. –dijo Yamato agachándose. –No me mates, por favor. –rogó Daisuke asustado. Yamato le sacó la navaja ante el gesto de dolor, le subió la camiseta y le puso su mano encima de la herida. Ante la sorpresa de Daisuke, que no lo podía creer, el dolor iba desapareciendo, al igual que la herida. Pensaba que lo mataría. Daisuke se incorporó y miró el lugar donde había tenido la herida hasta hacía unos segundos. Al final tenía razón al pensar que podría tener una habilidad rara. –Preséntame a tu padre. –dijo Yamato ante un sorprendido Daisuke.00000000
Sora acudió al día siguiente a la comisaría. Ahora que había decidido respetar su suspensión, su jefe la llamó. Al parecer, debía dar muchas explicaciones. –¿Qué significa todo esto? –preguntó Kyotaro a la que se estaba convirtiendo en su agente más díscola, a pesar de ser de las mejores. –Después de llamar a una ambulancia, no había ni rastro de ningún joven apuñalado. Por supuesto, Ishida tampoco estaba allí. ¿De verdad no lo has soñado? Parecía que su jefe no se creía mucho que aprovecharon la ausencia de ella para desaparecer, pero decidió no decir nada. No quería seguir tentando a la suerte y provocar el enfado de su jefe. Lo que sí vio Sora era cómo un agente retiraba de la pizarra las pesquisas de la universitaria encontrada muerta por sobredosis. –Jefe. –dijo Sora. –Caso cerrado. –dijo Kyotaro adivinando lo que iba a preguntar Sora. –¿Cómo que cerrado? –dijo Sora levantándose y dando un golpe en la mesa. –Perdida en la montaña, sobredosis y fin. –dijo Kyotaro. –¡No puedo aceptarlo! –gritó Sora dando otro golpe en la mesa y sin importarle que era su jefe quien estaba delante. –¡Los que le vendieron la droga eran Shuuhei Uchimura y el joven que me atacó anoche! –¡Suficiente! Cada vez que actúas de forma imprudente nuestra carga de trabajo aumenta. –se quejó Kyotaro. Le hizo un gesto con la cabeza para que se marchara. –Me suspende pero ahora me llama para echarme la bronca. No lo soporto. –dijo una Sora airada dirigiéndose a un área de descanso de la comisaría donde estaba Taichi tomándose un café mientras leía algo. –Es injusto. –dijo Taichi. –¿De verdad lo crees? –dijo Sora mientras se preparaba un café. –Lo digo por el jefe, por tener una subordinada como tú. –dijo Taichi bromeando. –Aunque la policía lo persigue, Yamato fue a buscarte a ti precisamente. Quizá le gustes. –No hay hombre al que no le guste. –dijo Sora de broma, arrancando la risa de Taichi. –Aunque hemos investigado, no hemos encontrado nada que relacione a Takeru y a Yamato. Parece que lo único que tienen en común es el color de pelo y ojos. No creo que estén conspirando el uno contra el otro. –Sé que hay algo que los une a los dos. –dijo Sora. –Uno tiene la mano de Dios, y el otro la mano del Diablo. Polos opuestos. La luz y la oscuridad. Estoy de acuerdo contigo en que debe haber algún tipo de conexión entre los dos. Pero nadie se va a tomar esto en serio. –dijo Taichi. Abrió el cajón y sacó una foto de Daisuke y Uchimura. –Este es… –El tipo que fue anoche a tu casa, ¿verdad? –Sí. Él es el que estuvo cuando murió Uchimura en la fiesta. –le confirmó Sora. –Es Daisuke Motomiya. Universitario de primer año. Su padre es Daigo Motimiya, el presidente de la Farmacéutica Nishijima. –le explicó Taichi, –¿Farmacéutica Nishijima? –Sora conocía esa empresa porque su amigo Koushiro trabajaba allí como investigador. –Y no sólo eso. Mira. –dijo Taichi señalando la televisión, en la que aparecía la ministra de Sanidad. –La ministra de Sanidad y Bienestar Social quiere ser la próxima Primera Ministra. Daigo Motomiya es su mayor apoyo. Así que, con su poder e influencia, Daisuke Motomiya no es un chaval al que vayamos a poder capturar tan fácilmente.00000000
Maki Himekawa, vestida con uno de sus recurrentes trajes de falda y chaqueta, esta vez de color blanco, se escondió en el baño al notar que se le avecinaba una crisis producida por su cardiopatía. Llevaba todo el día atendiendo a los medios y el cansancio de la campaña le estaba pasando factura. El dolor era tan punzante que le cortaba la respiración. Cada vez que le daba una crisis como aquella era como si su vida se le escapara un poco más. Jun, su asistente personal, que era una de las pocas personas que conocía su problema de salud, entró diligente con el bolso de Maki. –¡Date prisa! –le apremió Maki. –Aquí tiene, ministra. –dijo Jun sacando una pastilla de la tableta para ponérsela en la mano. Maki se la tomó sin pensarlo dos veces. Ni siquiera bebió agua para ayudarse a ingerir la pastilla. –Señora ministra, no debería exigirse tanto. Llamaré al médico para que la vuelva a explorar. –¡No! –se negó Maki, a la que la medicación todavía no le había hecho efecto alguno. –No puedo perder el tiempo. –Pero…00000000
–¿La mano de Dios, dices? –preguntó Daigo Motomiya con escepticismo. Yamato acudió con Daisuke Motomiya a ver a su padre. Al conocer a Daigo, Yamato pensó que Daisuke no podía ser hijo de nadie más que de él. Tenían prácticamente el mismo aire de superioridad. –No me creeré nada hasta que no lo vea. –Pero te ha dicho la verdad. –dijo Daisuke levantándose de su asiento. –Si es algo que dice el idiota de mi hijo, tengo más razones todavía para no creerlo. –argumentó el mayor de los Motomiya. –¿Cómo te atreves? –preguntó Daisuke dirigiéndose hacia su propio padre. –Probémoslo, entonces. –dijo Yamato con una tranquilidad envidiable, a pesar de que la tensión entre padre e hijo era palpable. –Está bien. –dijo Daigo. Quería acabar cuanto antes con aquella pantomima. Era un hombre muy ocupado y no tenía tiempo que perder. Le dejaría hacer su numerito, lo invitaría a marcharse y no lo volvería a ver nunca más. –Si el poder es real, ¿qué hará por mí? –preguntó Yamato.00000000
Kyotaro corría por la comisaría mientras se ponía la chaqueta. No salía mucho de allí, pero justo el día que había salido, le avisaron de que Ken Ichijouji, de la Agencia Nacional de Policía, le esperaba en su propio despacho. Kyotaro intuía que si Ken había ido hasta allí era para saber de primera mano cómo iba la búsqueda de Yamato Ishida. –Siento haberte hecho esperar. –dijo Kyotaro disculpándose una vez que entró al despacho. –No te preocupes. Soy yo el que siente haberse dejado caer por aquí sin avisar y estando tan ocupado como estás. –dijo Ken restándole importancia. –En cuanto a la fuga de Ishida, todo mi departamento está movilizado para encontrarle. –dijo Kyotaro, aunque Ken no parecía sorprendido. –Lo sé. –¿Entonces? –Hoy estoy aquí por una cuestión personal. –dijo Ken.00000000
En cuanto recibió la llamada de Yuuko Kamiya, Takeru dejó todo lo que estaba haciendo para ir al hospital. Yuuko sabía lo preocupado que el profesor de su hija estaba por ella y también sabía que intentó ayudarla, pero ni su propia hija le dio tiempo a que él hiciera nada al respecto. –Takeru, Hikari ha abierto los ojos esta mañana. –dijo Yuuko en cuanto vio a Takeru entrar. Efectivamente, Hikari estaba allí inmóvil en su cama con sus ojos marrones abiertos. Ya no estaba intubada pero sí tenía una mascarilla de oxígeno. Ante la novedad, Takeru le dedicó una cálida sonrisa y se acercó a su alumna. –Hikari, lo estás haciendo muy bien. –dijo Takeru. Pero la castaña no le respondía. –¿Hikari? –Aunque la llames, todavía no responde a estímulos. Todavía no saben si es por el daño cerebral o por la conmoción. El médico dice que no lo sabrán hasta que no salgan los resultados de las pruebas. –explicó Yuuko, volviendo a Takeru a la realidad. De verdad había esperado que al menos le hubiera reconocido. Entonces Yuuko siguió hablando con algo de esperanza. –Pero sólo verla con los ojos abiertos, pienso que todo irá bien. Eres una chica muy fuerte, ¿verdad? Takeru no podía admirar más a la señora Kamiya. Lo que en realidad vio era a una madre muy asustada y preocupada por el devenir de su hija, pero no quería mostrar esa debilidad delante de Hikari. No sabía si realmente escuchaba o era consciente de lo que ocurría a su alrededor, pero en ese momento, Yuuko quería ser fuerte.00000000
–¿Cómo está Aiko? –le preguntó Koushiro a Sora. –Bien, ha estado descansando todo el día. –dijo Sora mientras abría el frigorífico para sacarse algo de beber. Cuando Sora le contó le contó la crisis que había sufrido su hija al volver de su día de campo, Koushiro se había mostrado muy preocupado y decidió ir al apartamento de su amiga para comprobar en persona que todo estuviera bien. –Y pensar que desde hacía tiempo que no había sufrido una crisis. –dijo Koushiro mientras examinaba unos papeles del trabajo. –También fue un poco culpa mía. Me descuidé. –dijo Sora. Entonces, la pelirroja vio entre los papeles que examinaba su amigo el logo de la Farmacéutica Nishijima. Recordó que Taichi le había dicho que Daisuke Motomiya era el hijo de Daigo Motomiya, el presidente de esa farmacéutica. –¿Qué tal tu herida? –preguntó Koushiro sacando a Sora de su ensimismamiento. –Oh, bien. –dijo ella llevándose la mano al vendaje que todavía llevaba puesto. –Ese trabajo tuyo te va a matar un día. Debes tener cuidado. –dijo Koushiro acercándose a su amiga. Cuando él le tocó el vendaje, ésta dio un pequeño respingo, no porque le hiciera daño, sino porque no se esperaba el gesto de su amigo. –Si pudieras curar cualquier herida o enfermedad con sólo tocar a una persona con la mano… –¿Es la continuación de la conversación del otro día? –preguntó Koushiro interrumpiéndola. –Si tuvieras ese poder, ¿qué harías? –terminó de preguntar Sora. –Eso no es algo inusual. Es lo que se llama cuidados en el tratamiento médico, ¿no? Como cuando Aiko tiene tos y le frotas la espalda haciendo que se sienta mejor. –dijo Koushiro. –Sí, eso está bien, pero no me refiero a eso. –Entonces, si tuviera ese poder milagroso, la gente haría cola para que le curara las heridas y las enfermedades. Pedirían las cosas con humildad, como si fuera un dios. Tendría tanto dinero y autoridad como deseara y podría conseguir cualquier cosa que quisiera. –Oh, para. De ser así terminaría odiándote. –dijo Sora. –¿Por qué? Creo que sería una reacción normal. –opinó Koushiro. –No lo es. –dijo ella. –Bueno, entonces, si ese milagro existiera realmente, primero lo querría ver con mis propios ojos. –dijo Koushiro. –En eso sí que tengo que darte la razón. –dijo Sora mientras su amigo se levantaba para ir al baño. –Tengo que asegurarme de ello.00000000
Takeru se había ofrecido a quedarse para que Yuuko pudiera irse a casa a descansar un poco porque también debía ir a trabajar y debía de estar en condiciones. A pesar de mostrarse reticente, finalmente aceptó la ayuda de Takeru. Sabía que en cierta manera, el profesor de su hija se sentía responsable por no haber podido ayudarla a tiempo y si quedarse con Hikari le hacía sentirse mejor, aceptaría. Además, Takeru tenía razón. Necesitaba descansar un poco. –“El viento soplaba sobre mi amada, sobre mí también soplaba el viento. Mi amada sonrió inocentemente, mientras la tormenta se asomaba en la distancia”. ¿Qué piensas? Es bastante bueno, ¿verdad? –le dijo Takeru a Hikari, que le había estado leyendo un fragmento de un poeta japonés de principios del siglo XX. A pesar de leerle, Hikari no respondió. Tan sólo se escuchaba el sonido del monitor marcando sus constantes vitales con normalidad. –Eso era de Nakahara Chuuya, ¿verdad? –preguntó una voz familiar. –Tantos años en prisión me han dado para leer mucho. –Yamato. –dijo Takeru, que no esperaba que apareciera por allí. –Aunque la llames, no despertará. Es lo que se llama estado vegetativo.–dijo Yamato posándose al lado opuesto de la cama al que estaba Takeru. –¿Por qué estás aquí? –preguntó Takeru levantándose de su silla. Yamato le mostró su mano y la dirigió a la frente de Hikari, pero antes de tocarla, la retiró. –¿Por qué diablos has venido? –Por nada en especial. Sólo pasaba por aquí. Adiós. –dijo Yamato marchándose. Cuando Takeru se recuperó de la impresión de ver a Yamato, salió para seguirlo, pero chocó con una enfermera. –Llame a la policía, por favor. –dijo él para seguir corriendo en busca de Yamato. –¿Qué? –preguntó la enfermera sin saber de qué iba todo aquello. No obstante, al ver la cara de apuro de aquel chico, decidió hacerle caso. –Pregunte por la detective Sora Takenouchi. –tras decir aquello, Takeru bajó corriendo por la escalera hasta llegar a Yamato, que sólo había llegado a la planta inferior. Lo cogió de la pechera. –¡Yamato! –Deberías guardar silencio en un hospital. –dijo Yamato sin apenas inmutarse. –Vas a molestar a los pacientes. –Cállate. –¿Piensas entregarme a la policía? –Por supuesto. –¿Acaso no te acuerdas de que quien mató al guardia fuiste tú? –Yamato tenía razón. Al decir aquello, Takeru recordó todas las muertes que tenía en su haber y la decisión con la que había corrido hasta alcanzar a Yamato se había esfumado. Yamato apartó las manos de Takeru sin que éste opusiera resistencia y se asomó a mirar a los pacientes que paseaban por la planta de abajo. –Los hospitales son lugares interesantes, ¿no lo crees? Sólo quieren vivir un día más para liberarse del dolor de la enfermedad. Si vienen aquí, sus deseos se cumplen. O eso es lo que ellos piensan. No hacen más que fabricar medicamentos que sólo tienen efecto placebo y se someten a operaciones de consolación. Qué idiotez. –No son idiotas. Sólo están desesperados por seguir viviendo. –dijo Takeru indignado. –Lo que estoy diciendo es que la desesperación es estúpida. –dijo Yamato. –Tienes el poder de salvarlos, ¿no? ¿No decías que si conseguías salir de la cárcel utilizarías tu poder para mejorar la vida de la gente? –Es cierto. –reconoció Yamato. –¿Era todo una farsa o sólo lo dijiste para convencerme de que te sacara de allí? –¿No crees que has malinterpretado algo? Incluso sin utilizarlo, podría haber salido cuando quisiera. –dijo Yamato. –Te lo mostraré. Takeru siguió a Yamato hasta una habitación VIP del hospital. Abrió la puerta corredera de la habitación que era más grande que su propio apartamento. –¿Tú eres Yamato Ishida? –preguntó un hombre desde una cama conectado a un montón de aparatos. Junto a él, al lado de la cama, había una mujer de pie, vestida con ropa bastante cara, abrazada a un perrito y de su muñeca colgaba un gran bolso rosa más grande que el perro, que cabía perfectamente en él. –Llegas tarde. –Si no estás conforme, puedo irme. –dijo Yamato. –Sólo hago esto porque me pidieron un favor. –¿Dónde está el presidente Motomiya? –preguntó el hombre mientras que Yamato se sentó en un sillón sin preguntar. –Debe de estar de camino. –respondió Yamato mientras cruzaba las piernas. –¿Quién es él? –volvió a preguntar el paciente. –Es Takeru Takaishi. Takeru, este es el señor Aoi, enfermo terminal de diabetes y postrado en la cama de por vida. Sólo se dedica a esperar a la muerte. –informó Yamato. –El hombre que fue un héroe en el mundo de la tecnología ahora está en este estado lamentable. –Ya es suficiente. –dijo el hombre, harto de la manera en que lo estaba presentando. –¿Cómo vas a curarme? –¿No te lo ha contado Daigo? –preguntó Yamato. –Daigo sólo me dijo que puedes curar cualquier enfermedad. –dijo Aoi. –Así que, estás dudando. –dijo Yamato. –Eres el contacto de Daigo, así que no dudo ni de ti, ni de nada. Adelante. –le dijo el hombre a su acompañante. La mujer le dio la vuelta a la cama hasta dirigirse hacia una mesa baja que había junto a unos sofás. En la mesa, había un maletín que abrió con una sola mano, donde había un montón de papeles de lo que parecían ser escrituras de propiedades. –Una casa, una casa de campo, el edificio de una empresa y tierras. Son copias del registro y una llave de una caja de seguridad en la que hay joyas. En total, veintidós billones. Si me curas, todo será tuyo. A decir aquello, la mujer comenzó a llorar. –No llores. He llegado muy lejos con este cuerpo. Si estoy sano, podré volver a empezar. –dijo Aoi. –Tienes mucha confianza en ti mismo. –dijo Yamato. –¿Me curarás? –¿Es el bolso de tu mujer hecho a medida? Parece caro. –dijo Yamato. La mujer, asustada, se giró para esconder el bolso como si no lo hubieran visto durante todo el tiempo. –Me prometiste todas tus pertenencias. –Dáselo. –le ordenó Aoi. –No, esto no. –se resistió la mujer. –Venga, te compraré tantos como quieras. –le insistió Aoi estirando el brazo para coger el bolso, pero su mujer se giró y con el forcejeo, el bolso cayó al suelo, esparciéndose varias joyas y unos papeles. La mujer soltó al perro y se lanzó a por lo que se había caído, pero Yamato sólo tuvo que estirar el brazo para coger los papeles. En realidad, no tenía interés alguno por el bolso, sino en lo que había dentro. Al ver la reacción de la mujer supo de inmediato que algo se habría guardado. –¿Qué es esto? ¿Una casa en Hawái? –preguntó Yamato mientras hojeaba los papeles. –No me digas que has puesto todas las propiedades a tu nombre. –le dijo Aoi a su mujer. –¿Cómo vas a empezar de nuevo sin tus propiedades? Pagar tu tratamiento sería mi final. –dijo la mujer desesperada. –¡¿A quién le importan esas cosas?! ¿Acaso quieres matarme? –Nunca querría eso. –le respondió su mujer. –Esa opción también está disponible. –les dijo Yamato sin apartar la vista de los papeles. Entonces miró a Takeru. –Pero eso es el ámbito de trabajo de Takeru. Yamato se levantó y le dejó los papeles en la cama. –Espera, ¿no vas a curarme? –preguntó el Aoi. –Si es por el dinero, te lo daré todo. –Para curarte, me prometiste entregarme todas tus pertenencias. Has sido tú quien ha faltado a su palabra. –dijo Yamato. Ahora todo era de su mujer, y para él era más que evidente que ella no iba a renunciar a nada aunque se mostrara apesadumbrada. Pero eso eran temas de pareja que a él no le interesaban. –¡Espera! ¡¿Acaso era todo una mentira?! –siguió preguntando Aoi. –¡Impostor!00000000
Sora esperaba en su pequeño coche negro a las puertas de la residencia Motomiya a que Daisuke saliera. Estaba segura que en algún momento saldría. No había tocado el timbre porque si la reconocía no le abriría, por eso, se decidió a esperar para que no le quedara de otra que hablar con ella cuando saliera. Entonces, la puerta automática que daba acceso a la propiedad comenzó a abrirse. Sora salió del coche y se dirigió hacia la puerta. Cuando Daisuke la vio, le dio al mando para cerrar la puerta. Por suerte para él, se abrió lo suficiente como para verla pero no para que ella entrara. –¡Espera! –gritó Sora. A pesar de golpear la puerta, era evidente que no se iba a abrir. Entonces le sonó el móvil. –¿Diga? –Tenemos un mensaje de Takeru. Ven inmediatamente. –le ordenó Taichi mientras todos los agentes disponibles se ponían en marcha.0000000
–Esa mujer quería ver muerto a su esposo lo antes posible. –le dijo Yamato a Takeru al salir de la habitación. Iban paseando hasta que llegaron al área de urgencias. –¿Qué es lo que quieres? ¿Dinero, o sólo jugar con las vidas de la gente? –preguntó Takeru. –Quién sabe. –respondió él. Entonces, llegó una ambulancia. –¡Dejad paso! –dijeron los camilleros entrando con un niño con un collarín puesto y el abdomen con algunos moratones. Por detrás, iban sus padres también con algunas heridas. Todo apuntaba a que habían tenido un accidente de tráfico. –¡Yuki!¡Yuki, aguanta! –gritaba su madre desesperada. –¡Niño de ocho años herido de tercer grado en la cabeza por colisión de tráfico cerca de un parque. Está en estado de shock y está perdiendo la conciencia! –dijo uno de los camilleros. Cuando llegaron, lo pasaron de la camilla de la ambulancia a las de urgencias. –¿Es este el último herido? –preguntó un policía a uno de los camilleros. –Sí, cuatro en este hospital. Con este hay un total de diez personas. Los que murieron en el acto ya han sido confirmados. Efectivamente, parecía que el servicio de urgencias del hospital estaba bastante ocupado atendiendo a las víctimas de un accidente de tráfico de diversa consideración. –¡Yuki, Yuki! –gritaban los padres del niño. –Señor, deje que le curemos sus heridas. –le dijo una enfermera al padre de Yuki. Sabía que las suyas no revestían gravedad y que no eran las más urgentes, pero la enfermera necesitaba que los padres salieran de allí para que dejaran trabajar a los sanitarios. –Nosotros estamos bien. Salven a nuestro hijo. –dijo el padre de Yuki. –Lo haremos, señor, pero deben tranquilizarse. –dijo la enfermera. –¡Deja de molestar! –gritó uno de los heridos en evidente estado de embriaguez. Al verlo, el padre de Yuki se indignó. –¡Ese paciente conducía borracho y fue el que atropelló a todos los peatones! –acusó el padre de Yuki. La enfermera volvió a intentar curar al borracho, pero apartó su mano de forma violenta. –¡Lárgate! –¡Todo esto es tu culpa, idiota! –dijo el padre de Yuki cogiéndolo de la pechera, mientras la enfermera intentaba separarlos. –¡Calmaos! –dijo el policía sosteniendo al padre de Yuki. –No se preocupe, señor, cuando esté curado lo pondremos a disposición judicial. Entonces, los aparatos que monitorizaban el estado de Yuki comenzaron a cambiar el ritmo, avisando a los sanitarios de que al niño se le escapaba la vida ante la mirada impotente de sus padres. –Si continúa así lo vamos a perder. Voy a intubarlo. –dijo el médico. –¡Por favor, Yuki, despierta! –le decía su madre. Mientras tanto, Takeru y Yamato estaban siendo testigos del drama que se estaba viviendo en el box de urgencias a través de los cristales. –Ese niño no se salvará. –dijo Yamato mientras los médicos intentaban salvar a Yuki desesperadamente, mientras que el causante de su inminente muerte estaba muy bien, y además, causando problemas a la enfermera que le atendía por su agresividad. –Oye, mata a ese tipo. –¿Qué? –preguntó Takeru. –Si lo haces, salvaré al niño. –le propuso Yamato. –No me voy a dejar engañar de nuevo. –le dijo Takeru. –Si lo matara, ¿qué ganarías tú salvando al niño? –Nada. No hay beneficio. Pero si no lo matas, ese niño no tendrá oportunidad de salvarse. Si matas a ese idiota, yo salvo al niño. –dijo Yamato. El maldito Yamato lo volvió a poner en una encrucijada moral. Parecía especialista en aquello. ¿No podía salvar al niño y ya está? ¿Por qué para salvar al niño era necesario matar al otro, por mucho que se lo mereciera? Takeru se quedaba sin tiempo. Veía a los sanitarios intentando salvar a Yuki, pero los datos que marcaban los monitores no auguraban muchas esperanzas para el niño. –¡No puedo intubarlo! –dijo uno de los médicos. –¡Presión arterial de cuarenta y tres. Saturación inestable! –informó otra doctora. Takeru miró al causante del atropello. –Siéntese, por favor. Así no puedo curarle. –le pedía la enfermera, pero éste se agarró a ella y cayeron los dos, tirando un carro de instrumental de por medio. El policía volvió a intentar sostenerlo. –Un conductor borracho matando gente inocente. Debería ser él el que muriera. Todo el mundo pensaría eso. ¿Vas a quedarte ahí de pie por él y ver morir al niño? –dijo Yamato. –¡Dejadme en paz! –gritó el borracho una vez que el policía lo volvió a poner en la camilla. –¡Cabrón! –le gritó el padre volviendo a por él, por lo que el policía, que no daba abasto, intentó separarlos de nuevo mientras que el borracho se burlaba. –Un tipo como ese, cuando salga de prisión volverá a hacer lo mismo otra vez. No le importan las vidas de la gente. –dijo Yamato mientras veían como el borracho reía. –Si le dejas vivir, seguro que habrán más víctimas. –¿Todavía no está disponible el quirófano? –preguntó un médico. –Cuando han traído al niño ya había otro paciente en el quirófano de emergencia. –dijo una de las enfermeras. –¿No hay ningún lugar al que lo puedan llevar? –preguntó el padre desesperado. –Les falta como una hora. –informó un celador. –Se nos va. Preparad sangre para una transfusión. –informó el médico. –Puedo salvar al niño, pero depende de ti. –le dijo Yamato. –Te divierte todo esto. –afirmo Takeru. –Juegas con la vida de la gente por capricho. Todo el mundo intenta sobrevivir. Luchan contra la enfermedad y las heridas, pero tú disfrutas decidiendo quién merece vivir o morir. –¿Y qué hay de malo en ello? No soy el único que lo hace. ¿Acaso no te acuerdas de la habitación exclusiva de antes? ¿No has visto la arrogancia? Hay gente que puede pagar el tratamiento médico y hay quien no puede permitirse ni una aspirina. Sus condiciones empeoran y mueren solos. El precio de la vida difiere de una persona a otra. Soy yo quien decide si los mantengo con vida, o si se les mata. Es mi libertad de utilizar o no mi poder. Tú también tienes ese poder. Si lo utilizas o no, es asunto tuyo. –dijo Yamato. –No voy a hacer lo que te plazca. –dijo Takeru. En cuanto dijo eso, los monitores del niño emitieron un pitido continuo. –¡Ha entrado en parada! –dijo una enfermera. –¡Trae el desfibrilador!¡Voy a comenzar el masaje! –gritó el médico mientras comenzó a darle al niño masajes cardiacos hasta que trajeran el desfibrilador. –¡Trae rápido el desfibrilador! –¡Ya está aquí! –dijo la enfermera. –¡Carga! ¡Apartaos! –con la carga, el cuerpo del niño se levantó un poco para volver a caer. –¡¿Dónde está la sangre?! Yamato observaba cómo Takeru se debatía entre salvar al niño por la vida del conductor borracho o no. Mientras la mente de Takeru iba a toda velocidad, el conductor borracho salió del box de urgencias haciendo eses, chocándose con Takeru. Mientras tanto, la enfermera que lo había estado atendiendo había ido a ayudar con el niño y el policía estaba despistado viendo cómo intentaban salvarlo. El borracho cogió a Takeru de la pechera, como si hubiera sido él el que se hubiera chocado con él. –¿Qué diablos haces? –preguntó el borracho. Takeru lo cogió de la muñeca y apretó. El borracho cayó sentado en el sofá con los ojos abiertos pero con expresión de tranquilidad. –¡Señor! ¡¿Se encuentra bien?! –dijo la enfermera que lo había estado atendiendo. Por más que le pesara, ella ya no podría hacer nada más por el niño, así que fue a por su díscolo paciente. La enfermera lo sacudió un poco esperando respuesta, pero el hombre estaba completamente inerte. La enfermera colocó su oreja frente a la boca del tipo, pero comprobó que no respiraba. –¡Doctor, está inconsciente!¡No tiene pulso, parece que está en parada! El doctor seguía intentando reanimar a Yuki mientras miraban hacia donde estaba el borracho al ser llamados por la enfermera. La enfermera intentaba hacer lo propio con el borracho. Fue entonces cuando Takeru se percató de que Yamato no estaba allí. –¡Yuki, Yuki! –gritó la madre del niño, cuando de repente, como si nada, el niño, todavía con el collarín puesto, se incorporó. –Mami. –dijo el niño. –¡Yuki, gracias a Dios que estás bien! –dijo la madre abrazándose al niño. –¿Qué ha pasado? –preguntó el médico. –No lo sé, de repente ha recuperado la consciencia y la respiración. –dijo una enfermera. –Incluso las heridas superficiales han desaparecido. No puedo creerlo. –dijo el médico. Al ser consciente de lo que había pasado, Takeru se asomó por la esquina del pasillo. Allí, Yamato lo miró y le sonrió antes de irse. Esta vez sí cumplió su promesa.00000000
Daigo Motomiya había observado todo lo que había acontecido en aquella sala. Justo cuando había llegado a la habitación de su amigo Aoi había visto a Yamato y a otro tipo salir de allí y decidió seguirlos. Era cierto lo que le había contado.00000000
–¡Taichi! –dijo Sora acercándose al operativo secreto que había montado a las puertas del hospital. –¿Está Yamato aquí? –Takeru nos ha dado un chivatazo por medio de una enfermera. –le dijo Taichi. –Definitivamente, entre Yamato y Takeru debe haber algún tipo de conexión. Seguid vigilando las puertas de atrás. Vamos a entrar. –dijo esto por radio. Los agentes se separaron para buscar por el hospital. Sora se dirigió a la zona de urgencias, cuando vio a Takeru allí sentado pensativo. Ya habían retirado el cadáver del borracho para llevarlo dentro del box a intentar reanimarlo. –¡Takeru! ¿Dónde está Yamato? –¡Gracias a Dios, gracias por salvar a mi niño! –la madre de Yuki no se despegaba de su hijo. –¿De verdad que estás bien? –preguntó su padre. –¡Sí! –dijo el niño muy animado. Mientras tanto, los sanitarios intentaban reanimar al conductor borracho. –No tiene sentido, está muerto. –dijo el médico parando el masaje. Cuando Sora vio aquello, comenzó a realizar conexiones mentales. Un niño que parecía que había casi revivido milagrosamente, un hombre al que intentaban reanimar y que estaba muerto y el semblante serio de Takeru mirándose la mano. Sora comenzó a intuir que efectivamente, Yamato había estado allí, y que los dos habían actuado.00000000
En la Agencia Nacional de Policía todo el mundo se había marchado ya, excepto Ken Ichijouji. Delante de un ordenador portátil, veía los informes de las autopsias de Shuuhei Uchimira y Narushi Ikeda. En ambos casos, la causa de la muerte era desconocida. A pesar de que Jou era un gran doctor, no había podido identificar la causa de la muerte de esos dos individuos, lo que a Ken le producía más curiosidad. –La mano del Diablo. –se dijo a sí mismo.00000000
Tras presenciar lo que había ocurrido en las urgencias del hospital, se apresuró a llamar por teléfono a Maki Himekawa mientras su chófer le abría la puerta del coche. –Soy Daigo. He encontrado un buen médico. –No voy a operarme. –le dijo Maki descartando esa posibilidad antes si quiera de que Daigo le dijera nada. Estaba en su despacho delante de una montaña de papeles a los que no les quitaba ojo. –No puedo ausentarme de mis deberes públicos. Además, si me hospitalizan, los medios podrían enterarse y será el fin de mi vida política. –No hay necesidad de que te operes, ni de que te ingresen. –dijo Daigo. Aquellas palabras hicieron que Maki apartara la vista de los papeles que estaba ojeando. –¿Puedo curarme sin necesidad de operarme?¿Qué vas a hacer, traerme a Dios para que me cure milagrosamente? –preguntó Maki con escepticismo e ironía. –Exacto, aunque podría ser el Diablo. –dijo Daigo riendo.00000000
Yamato seguía en el hospital. Cuando se había apartado de la vista de Takeru, subió a la habitación de Hikari Kamiya. Continuará…