El perro de Ortros

Gen
PG-13
Finalizada
1
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139 páginas, 73.428 palabras, 9 capítulos
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5. Asesino

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Al día siguiente de verse atacado en su propia casa, Takeru acudió al hospital. Allí, a través de los cristales del box, Hikari se encontraba pasando una toalla húmeda al brazo de su madre. Sin más, decidió no molestarlas y se marchó a casa. –Medalla de segunda categoría a un oficial de policía al morir en el cumplimiento de su deber. –escuchó Takeru cuando llegaba a la puerta de su edificio. Cuando miró a su lado, un relajado Ken Ichijouji estaba allí. –La última persona que has matado con tu manita era Chiaki Tanaka, un escolta policial que estaba trabajando. Es verdaderamente lamentable perder a un subordinado tan destacado. Pese a todo, cumplió su misión. –Fuiste tú quién lo envió, ¿verdad? –preguntó Takeru, horrorizado de que la misión de aquel hombre fuera morir en sus manos, aunque seguramente lo hubieran engañado para ello. –Matar está mal, Takeru. ¿Es lo que sientes? –preguntó Ken. –¿Qué intentas decirme? –En realidad, sentimos que es una virtud el poder deshacernos de alguien que es una amenaza para la sociedad. Tu poder, sin duda, nos es muy útil. Para una organización como la mía, es la única manera de utilizar la muerte para castigar. En mi opinión, quien no tiene ninguna utilidad es Yamato Ishida, que existe como si fuera un dios. Si la gente conociera su habilidad, el mundo se volvería un caos. Sería demasiado peligroso. –Ken se acercó a él y reprodujo un vídeo en su móvil para que Takeru lo viera. En él, aparecía Daisuke Motomiya nervioso por estar encerrado en alguna parte. –¿Daisuke? –dijo Takeru. Ken se guardó el teléfono. –Daisuke sabe demasiado sobre Yamato y no es de fiar. –dijo Ken. –¿Qué piensas hacer? –Venga, Takeru, deja volar tu imaginación. ¿Por qué crees que he venido a verte? –¿Me estás pidiendo que lo mate? –preguntó Takeru. –También lo hago por ti, Takeru. Si ese chico continúa por ahí, volverá a hacer lo mismo una y otra vez. Mira como acabó la señorita Kamiya. Y no contento con ello, la buscó para matarla, y ahora quien está en una cama es su madre. Sólo será un momento. Una muerte pacífica sin rastro. Lo cierto es que eres el arma soñada. No olvides esto: yo soy el único que realmente valora tu poder.

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Desde la sospechosa liberación de Yamato y el encuentro que tuvo con Ken, Sora Takenouchi comenzó a desconfiar de él, por eso, fue al Instituto Anatómico Forense a recabar información consciente de que su amigo Jou lo conocía. –Ken Ichijouji fue compañero tuyo en la universidad, ¿verdad? –le preguntó Sora a Jou. –Sí. Bueno, estaba unos cursos por encima cuando yo empecé a estudiar medicina. –contestó el moreno mientras organizaba el instrumental. –¿Qué clase de persona es? –preguntó Sora. –La verdad es que no lo sé. Cambió la medicina por los servicios secretos. Desde luego es que hasta para mí es extraño. –dijo Jou mientras se sentaba en un taburete donde tenía un ordenador. –Será muy inteligente, pero es detestable. –dijo Sora. Entonces, se abrió la puerta y Aiko asomó la cabeza. –Mamá, ¿te falta mucho? –preguntó la niña. –¡Hola, Aiko! –saludó Jou efusivamente al ver su cabecita. –¿Ya estás de vacaciones de verano? Ven aquí. Pero la niña negó con la cabeza. No era un sitio que le gustara, y Sora lo agradecía. Ese lugar no era sitio para una niña. –Le da miedo esta sala. –dijo Sora. –Bueno, tengo que irme, Jou. Jou le hizo adiós a Aiko con la mano. Fue entonces que Sora vio en una bandeja de documentos junto al ordenador, el informe preliminar con la foto de Chiaki Tanaka, el agente que detuvo a Yamato delante de ella en la habitación de hospital en la que estuvo Aiko ingresada. También fue el hombre al que Ken le ordenó que la acompañara a casa cuando fue a encararlo a la sede de la Agencia Nacional de Policía. –Jou, este hombre… –Ah, sí. Lo trajeron anoche. –dijo Jou. –¿Cuál es la causa de la muerte? –Tuvo un ataque al corazón mientras trabajaba por causas desconocidas. Ya es el cuarto caso. –informó Jou. –Takeru. –musitó Sora. –Lo siento, Jou, tengo que irme. Vámonos, Aiko. Cuando Sora se fue, Jou cogió su teléfono. –Hola, Sora Takenouchi acaba de estar aquí y parece que está atando cabos. No te pases con ella, Ken. –dijo Jou. Mientras Sora y Aiko iban hacia el coche, Sora llamó a Takeru. –Te llamo por el tipo que fue a tu apartamento. –dijo Sora cerrando la puerta del coche. –Ken Ichijouji ha venido a verme hoy. Estoy seguro que fue él quien lo envió. Tiene a Daisuke encerrado en alguna parte porque sabe demasiado de Yamato. Sora, ten cuidado. Tú también sabes demasiado de Yamato. Perdona que te cuelgue, tengo prisa. –le dijo Takeru. –Espera, Takeru, no cuelgues. –pero fue demasiado tarde. Él ya había colgado. Cuando lo llamó no pensó que estuviera al corriente de lo que acababa de descubrir en la sala de autopsias. De hecho, fue él quien le dio las novedades a ella. Entonces, Aiko empezó a toser.

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Takeru fue al edificio de la Farmacéutica Nishijima a toda prisa. Cuando entró, por suerte vio a Daigo Motomiya andando al volver de la cafetería de la empresa. –Señor Motomiya. –lo interceptó Takeru. Al reconocerlo, Daigo retrocedió asustado al no esperar ver allí a aquel profesor. –Ya he hablado con mi hijo. No te causaremos más problemas. –dijo Daigo para evitar a Takeru mientras salía para dirigirse a su coche. –¡Espere, por favor! ¡Su hijo está en peligro! –exclamó Takeru siguiéndolo. Aquello lo hizo detenerse. –¿Qué quieres decir? ¿Qué le estás haciendo? –preguntó amenazante y olvidándose de su miedo. –No soy yo. Es Ken Ichijouji, de la policía. –dijo Takeru. –¿Ichijouji? Sandeces. –dijo Daigo volviéndose al coche. –Ichijouji tiene a Daisuke encerrado. –insistió Takeru poniéndole la mano en el hombro intentando detenerlo para que lo escuchara. En cuanto sintió su mano, Daigo se revolvió para que no lo tocara. Sin más, se subió al coche y se marchó.

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¡En el cielo azul, quiero extender mis alas y volar…!Mamá, ¿sabes cómo sigue la canción? –le preguntóAiko mientras cruzaban el parque después de haber hecho unas compras. –¡Agitar las alas!–siguió Sora. –¡Hacia el cielo azul!–terminaron las dos. –Me gusta cantar, me hace sentir bien. Es como si mi enfermedad se hubiera curado. –dijo Aiko tras terminar de cantar el último éxito de Mimi Tachikawa. –Eso es porque hay una magia misteriosa en la música. –le dijo Sora sonriente. Por fin llegaron a la puerta de su apartamento. Mientras Sora sacaba la llave, Aiko vio la herida de bala de su madre. Ya no llevaba el vendaje. Tan sólo le quedaba la muestra de la quemadura que le había ocasionado el roce de la bala. –¿Todavía te duele tu herida? –preguntó Aiko con curiosidad. Sora se miró la herida. –No, tranquila. Está bien. –le dijo la pelirroja. Entonces, su hija puso sus manos sobre la herida y empezó a cantarle en voz baja. –En el cielo azul, quiero extender mis alas y volar, agitarlas hacia el cielo azul.¿Curará la magia de la canción tu herida? –preguntó Aiko inocentemente. Aquel gesto enterneció a Sora, por lo que se agachó y se abrazó a su hija. –Una vez que se caiga la costra estará completamente curada. –dijo Sora. –¿Entramos? –Sí. –dijo Aiko. Cuando entró, la niña empezó a descalzarse, pero cuando Sora fue a cerrar la puerta, una mano se lo impidió. –Yamato. –Hola, Aiko. –dijo Yamato entrando como si fuera su casa. –El mago. –dijo la niña. –Aiko, vete a tu habitación. –dijo Sora siguiendo a Yamato dentro de la casa. –¿Dónde está Takeru? –preguntó Yamato sentándose en el sofá. –He ido a su apartamento pero no estaba. –Aunque lo supiera, no te lo diría. No sé qué habrás hecho para salir de la cárcel y librarte de la condena, pero mataste a tres personas, así que vete de aquí. –ordenó Sora. –¿Me tienes miedo? –preguntó Yamato levantándose y poniéndose a la altura de ella. –Sé exactamente lo que estás pensando. Te arrepientes de haber antepuesto mi arresto a que curara a Aiko. ¿No vas a pedirme que la cure? –¡Márchate! –exclamó ella. –La puerta estaba abierta. –dijo Koushiro entrando. –¿Tu novio? –preguntó Yamato al ver a Koushiro. Koushiro conocía a aquel hombre. ¿Quién no lo conocía? En los últimos días no se hablaba de otra cosa. Era el hombre cuya pena de muerte había sido derogada por la aparición de nuevas pruebas que demostraban su inocencia. –Márchate. –insistió Sora. –Si cambias de opinión, búscame aquí. –dijo Yamato dejando en la mesa una tarjeta del Hotel Lastat dejando ver el número de la habitación 418. A modo de despedida, le dio unas palmaditas en el brazo que Sora no se esperaba, pero de las que mostró su rechazo. Mientras salía, Yamato vio a Aiko. –Nos vemos, Aiko. –se despidió Yamato. –Adiós. –le dijo ella. –¿Quién es ese? –preguntó Koushiro a Aiko y comprobando que se hubiera ido. –Un mago que puede utilizar su magia para curarme. –respondió la niña. –Aiko, no digas tonterías. –dijo Sora. –Mamá, tu herida se ha curado. –dijo la niña con sorpresa al ver que su madre tenía el brazo intacto. Al decirlo, Sora se miró con sorpresa. –¿Te lo ha curado el mago? Con curiosidad, Koushiro volvió al salón y se fijó en el número de la habitación de aquel hombre tan extraño.

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Cuando Takeru volvió a su apartamento, encontró metida en el resquicio de la puerta una tarjeta del hotel Lastat con el número de habitación 418.

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Después de haber visitado a Sora, Yamato volvió al hotel donde se hospedaba. Tras lanzar una mirada al escolta que había en la puerta de su suite, introdujo la tarjeta y entró. –En el cielo azul, quiero extender mis alas y volar, agitarlas hacia el cielo azul. –canturreaba Maki al son de la canción quela famosa cantante Mimi Tachikawa interpretaba por televisión en aquel momento. –Si quieres practicar tus dotes musicales vete a tu suite, o a un karaoke. –le dijo Yamato al ver a Maki sentada relajadamente en el sofá de su suite con uno de sus típicos trajes en tono pastel. –¿Dónde has ido? –preguntó Maki, –¿Ahora te crees mi novia? –preguntó Yamato reticente a darle explicaciones. –Esa es Mimi Tachikawa. ¿La conoces, verdad? –preguntó Maki señalando a la televisión. Cuando Yamato miró, vio una bonita joven castaña cantando. A un extremo de la pantalla ponía su nombre y el título de la canción: Dame alas. –Tiene cáncer de garganta, y como mucho, un mes de vida. Si se somete a una compleja operación, quizás pueda salvarse. Pero ha rechazado el tratamiento porque quiere seguir cantando. Pasado mañana actuará en directo desde el Hospital General Misumi para los enfermos, y de paso, recaudar fondos. A pesar de la proximidad de su muerte, quiere dejar este mundo cantando. Una historia conmovedora, ¿no te parece? Tiene millones de seguidores. Todos ellos jóvenes sin interés alguno en la política. Si pudiese captar los corazones de esa franja de edad me ayudaría mucho para conseguir la presidencia del gobierno. –Le estás vendiendo tu compasión a una cantante. Como política, una vida humana también puede ser un arma. –dijo Yamato. –Ella no es la única. –dijo Maki apagando la televisión con el mando. –Hay muchos otros a los que puedes curar. Aquí tienes una lista. Maki le pasó una lista a Yamato con sus fotografías. Él la tomó para mirarla. –¿Qué vas a hacer por mí? –preguntó Yamato. –Por supuesto, no lo harás gratuitamente. ¿Qué quieres? –preguntó Maki, que ya se esperaba la pregunta de Yamato. –A ti. –dijo él. Aquello dejó sin habla a Maki durante unos segundos que se hicieron muy largos. –Deja de tomarme el pelo. –dijo Maki cuando fue capaz de reaccionar. Yamato se levantó, y antes de salir, rompió la lista y la echó a la papelera, ante la mirada sorprendida de Maki.

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–Parece que la vista en la que se declarará oficialmente que Yamato está libre de cargos se ha retrasado. –dijo Kyotaro a Taichi. –¿Qué van a hacer ahora después del despliegue mediático? –preguntó Taichi. –Es un misterio. Es muy extraño que aparecieran pruebas de la nada después de tanto tiempo. –dijo Kyotaro. –Quizás sean… –¿Fabricadas? –acabó Taichi. –¿Está Ken Ichijouji implicado en el caso? –preguntó Sora entrando. –¿No estabas de vacaciones? –preguntó Taichi. –No puedo disfrutar de mi descanso así. –dijo Sora. –Sora tiene razón. Pero ahora que lo dices, Ken Ichijouji se dejó caer por aquí hace algún tiempo. –dijo Kyotaro. –¿Por Yamato? –preguntó Sora. –No. Fue cuando presenciaste la muerte de la fiesta. –aclaró Kyotaro. –Entonces, ¿vino por Takeru? –volvió a preguntar Sora. –Sí, parecía muy interesado en él. –respondió Kyotaro. –No obstante, Yamato también es un misterio. Como recordaréis, fue internado en un orfanato cuando tenía diez años. Pero de antes de eso no se sabe nada más. Según lo que viene en los registros, todo, excepto su nombre es un completo misterio. No se sabe nada, ni de su lugar de nacimiento ni de sus padres. Lo cual es bastante extraño para un niño de diez años. Creo que está fingiendo esa pérdida de memoria a propósito. –Un ex convicto envuelto en temas de seguridad nacional. Es un caso un tanto complejo. –admitió Taichi. –Investigaré partiendo del incidente de hace diez años. –se ofreció Sora.

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En su suite del hotel, Yamato jugaba al ajedrez consigo mismo, cuando se escuchó al guardia de la puerta. –¡Espere, no puede entrar! –exclamó el guardia. Pero Koushiro se las arregló para entrar. –¡Señor Ishida! –exclamaba Koushiro mientras el guardia intentaba retenerlo agarrándolo por detrás. –¡Soy Koushiro Izumi, investigador de la Farmacéutica Nishijima! ¡Por favor, permítame que investigue su poder! –¡Deténgase! –insistía el guardia intentando retenerlo. Al verlo, Yamato lo recordó. Fue el chico que entró en casa de Sora en su última visita. –¡Quiero analizar su poder para ayudar a salvar a la gente! –decía Koushiro. –¡Por favor, muéstreme su poder!¡Si lo hace, haré lo que sea! Al decir aquello último, Yamato se levantó, acabando con el forcejeo del guardia y los gritos de Koushiro. –Has venido en el momento adecuado. Parece que lo único que se me resiste es la reina. –dijo Yamato refiriéndose a Sora, pero también a la partida de ajedrez que estaba jugando en aquel momento.

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Sora sabía muy bien en qué barrio se refugiaba Kenta Ninomiya, puesto que la policía no había dejado de vigilarlo, y Kenta también sabía que lo vigilaban. Por eso, cuando la vio, echó a correr huyendo de la pelirroja hasta que llegó a una destartalada fábrica. Kenta intentó pillarla por sorpresa atacándola con una barra que encontró por allí, pero Sora era mucho más rápida y mejor luchadora que Kenta, por lo que no le costó demasiado hacerse con la barra y acorralarlo contra el suelo. –¡Vale, está bien, está bien, no me hagas nada! –suplicaba Kenta. –Arréstame y haz lo que quieras, pero no me hagas daño. Pero lo que andas buscando ya me lo ha robado la policía. Es la prueba de que Yamato es inocente. Un vídeo confiscado ilegalmente no puede usarse como prueba. Era increíble que Kenta siempre acabara cantando como un pajarito cuando se veía amenazado. –¿De qué es el vídeo? ¿Dices que muestra su inocencia? ¡Suéltalo! –le exigió Sora cogiéndolo de la solapa. Kenta no sabía qué hacer. En cuanto Sora viera el vídeo vería que el verdadero culpable de todo no era Yamato, sino él. –¿Entonces es cierto que Yamato no mató a nadie? No entiendo nada. Entonces, ¿por qué no apeló? –¿Cómo quieres que lo sepa? No hay manera de saber qué piensa. –dijo Kenta. En eso Sora estaba de acuerdo con él. –Hemos investigado a Yamato pero no hemos encontrado nada de antes de que lo internaran en el orfanato. –dijo Sora. Si había alguien que podía saber algo, ese era Kenta, y tal y como la miró, Sora confirmó que así era. –Lo único que hemos averiguado es que cuando Yamato tenía diez años, vivía con un hombre que por lo visto era su padre en un apartamento del área metropolitana. Ese hombre eras tú. Y después acabó en el orfanato. ¿Eres su padre? –¿Cómo voy a ser su padre? –preguntó Kenta. –No nos parecemos ni en el blanco de los ojos. –¿Entonces por qué vivíais juntos? –preguntó Sora. –Porque estaba a mi cargo. –respondió él. –¿Qué pasó con sus padres y su familia? –preguntó Sora. –Su madre murió cuando él tenía unos ocho años, y su padre, se marchó. –respondió Kenta. –¿Qué quieres decir? –Le tenía miedo, y por eso se fue. Teniendo de hijo a un monstruo, es normal. Cualquiera hubiera huido. –respondió Kenta. –Y entonces, los dos juntos os marchasteis de Ryukoku. –dijo Sora atando cabos. Kenta volvió a reaccionar ante la mención de Ryokoku. –¿Qué ocurrió allí? –Es el corazón humano lo que altera el mundo. Mientras Dios exista, habrá paz en la Tierra. –divagaba Kenta mientras rememoraba parte de lo que ocurrió. Flashback. Ryokoku se había convertido en una batalla campal. –¡Traidor! ¡Te mataré! –decía un hombre. –¡Devuélveme mi hogar! –gritaba otro. Durante la batalla, alguien liberó el agua de la presa, inundando a todo el pueblo y sus habitantes. Fin del flashback. –Es mejor que lo dejes. Ese pueblo ya no existe. –dijo Kenta. –¡Es culpa de Yamato! Tras decir aquello, se levantó y se marchó alterado. Mientras Sora veía confundida cómo Kenta se marchaba, le sonó el móvil. –Hola…¿Qué, ahora?

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Takeru, sentado en el sofá de su apartamento pensaba en cómo había cambiado su vida desde la fiesta en la que comenzó su oleada particular de asesinatos. Después de haber mirado el amuleto que tenía desde siempre durante horas, se levantó para lavarse la cara. El sueño de aquella mujer pidiéndole cariñosamente que no odiara a nadie o cosas terribles sucederían se le estaba presentando con mucha más frecuencia que antes. Siempre había seguido ese consejo como un mantra porque aquella mujer le transmitía paz y algo en su interior le decía que debía de hacerle caso. Pero últimamente, por más que intentara seguir ese camino, siempre terminaba acabando con la vida de alguien. Ya llevaba un perro y cuatro personas muertas en su haber: su perro Patamon, Shuuhei Uchimura, Narushi Ikeda, el tipo del hospital y Chiaki Tanaka. Tras mirarse al espejo, tomó una decisión.

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–Menos mal que te he localizado. –le dijo Koushiro a Sora mientras él paraba su coche frente a un restaurante que parecía de postín. –Este profesor está muy ocupado y sólo podía verme hoy. –¿Está ahí ese profesor? –preguntó Sora. –Sí. Es toda una autoridad en el tratamiento de enfermedades respiratorias. Creo que podría ayudarnos para tratar a Aiko. –le dijo Koushiro. –Gracias, Koushiro. –le agradeció Sora sinceramente. –Parece un lugar muy caro. ¿Crees que voy bien vestida? Sora llevaba un vaquero negro, una camiseta de color verde guerra y una chaqueta negra de manga francesa. Y además había estado persiguiendo a Kenta Ninomiya, por lo que pensaba que no llevaba el atuendo adecuado para ver a una eminencia del mundo del asma. –¿Qué dices? Estás perfecta. Entra. –le animó Koushiro. Sin dudar más, Sora se desabrochó el cinturón y se encaminó al restaurante. Nada más entrar, la recibió un amable camarero. –La está esperando en la terraza. –le dijo el camarero. Cuando Sora salió a la terraza, lo primero que vio fue la figura de la reina blanca del ajedrez en una mesa. Yamato Ishida, ataviado con el traje negro que le hicieron a medida y su camisa negra, cogió la figura. –¿Yamato? –aquello sí que no se lo esperaba. Sora había imaginado un señor entrado en años, con pelo canoso y barba entrañable, pero la eminencia resultó ser Yamato Ishida. –¿Por qué estás aquí? –La casa en la que vivías de pequeña está junto al mar, ¿verdad? –preguntó Yamato. –¿Cómo sabes eso? –preguntó Sora. –Tu novio pelirrojo me lo ha contado. –contestó él. –¿En qué estás pensando? –preguntó Sora. –Con un sueldo mediocre de una compañía farmacéutica no le llega para traerte a sitios como este, ¿verdad? –dijo Yamato levantándose. –Koushiro. –musitó Sora. –Parece que quiere investigar sobre mi poder. Por eso está dispuesto a sacrificar lo que sea. Como investigador, tiene un espíritu de lo más respetable. Es de admirar. La gente puede traicionar a los demás fácilmente por satisfacer sus deseos. Las personas sólo son seres vivos. –dijo Yamato mirando la figura de la reina blanca. –Eres una persona muy triste que sólo sabe jugar con los sentimientos de la gente. De esa forma, no te involucras con nadie. De hecho, nunca has amado a nadie. –le recriminó Sora. Entonces, sin esperarlo, Yamato la agarró de un brazo y le robó un beso en los labios. Al principio, Sora respondió al beso desarmada, pero entonces volvió a la realidad. Cuando se separaron, le dio un bofetón y se marchó de allí, sin querer reconocer que le había gustado. Mientras volvía a su apartamento, no dejaba de pensar en la encerrona de Koushiro. Justo antes de entrar al portal de su edificio, un coche negro tipo berlina se dirigió hasta ella a toda velocidad, frenando en seco. Antes de que se diera cuenta, unos hombres vestidos de negro intentaron meterla en el coche. Cuando estuvieron a punto de conseguirlo, alguien golpeó a los hombres. –Rápido. –dijo Takeru agarrándola de la muñeca y huyendo de allí. Después de correr sin descanso durante varios minutos llegaron bajo un puente y pararon para tomar aire y vigilar que no los hubieran seguido. –Takeru. Tu mano. –dijo Sora mirando que él seguía agarrándola. –Lo siento. –se disculpó soltándola. –¿Los conoces? –Estoy segura que es una amenaza de Ken Ichijouji. –respondió Sora intentando recuperar el aire tras la carrera. –Supongo que me están diciendo que no me involucre. –No es una amenaza. –dijo Takeru. –Ken va a recurrir a cualquier medio para mantener en secreto el poder de Yamato. Y eso también va por Daisuke Motomiya. –Puede ser. Yamato está volviendo locos a todos. Los está controlando para dañar a otros. No sólo a Ken y compañía. También a Motomiya. Y a Koushiro. –dijo Sora, apagándose especialmente al mencionar a su amigo. –Cualquiera que haya visto su poder querría tenerlo para él solo. El asesinato de hace diez años…Ese poder debe haber vuelto loco a alguien. Yamato no mató a esas personas. El asesino fue otro. –¿Hablas en serio? –Aceptó la sentencia de muerte sin apelar, pero ¿por qué se ha vuelto así? –se preguntaba Sora. –No lo entiendo. Yamato fue a buscarte, pero al no encontrarte vino a mi apartamento. ¿Por qué tiene tanto interés en ti? Creo que es porque permití que os conocierais. –No te culpes. Fui yo quien lo liberó. Aunque no haya matado a nadie, no debería de haberle ayudado a escapar de la cárcel. –dijo Takeru. –Tanto él como yo, no deberíamos existir en este mundo. Takeru se dio la vuelta para marcharse. –Takeru, ¿qué vas a hacer? –preguntó Sora, que pese a la tristeza que evidenciaba el rubio, le vio una mirada de decisión. –Voy a ponerle fin a todo esto.

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Desde que lo probó, Yamato le había encontrado el gusto a beber vino, por lo que de vez en cuando, acudía a la barra del restaurante del hotel de lujo en el que se hospedaba para beber una copa. –Parece que has estado ocupado. –escuchó Yamato cuando estaba a punto de llevarse la copa a los labios. Cuando giró la cabeza, vio a Ken Ichijouji sentarse también a la barra y pidiendo un whisky escocés al barman. –Por tu cara diría que te estás preguntando qué hace un funcionario como yo viniendo a tomar una copa justo aquí. –Me imagino que de vez en cuando también necesitas un descanso. –dijo Yamato. –Gracias por comprenderme. Me imagino que con Sora Takenouchi también ocurre, pero parece que por alguna razón, atraes a las mujeres. Incluso la ministra Himekawa parece embelesada contigo. –comentó Ken. –Pero para serte sincero, yo no veo qué tienes de fascinante. –Tu interés está en el poder opuesto al mío. –afirmó Yamato, que había calado a Ken. –Si tu poder sale a la luz, será caótico para el mundo. –dijo Ken. –Y tu trabajo es mantener el equilibrio y la estabilidad, ¿verdad? –dijo Yamato. –Es mejor deshacerse rápidamente de lo que causa problemas. Y por eso quieres el poder de Takeru Takaishi. –Piensas demasiado. –dijo Ken tras una larga pausa en la que ambos se miraron desafiantes. –Espero que no vuelvas a usar tu poder delante de nadie. Si me haces caso, podremos mantener una buena relación. –Qué egoísta eres. –dijo Yamato levantándose para marcharse. –Tu cita de hoy es una de las personas que sabe demasiado sobre el tema. –dijo Ken. –Para una oficial de policía a la que le apasiona tanto su trabajo, es una desgracia. Aquello, a Yamato le sonó a una amenaza, pero decidió hacer caso omiso y salió del bar. Al salir, en la recepción del hotel lo estaba esperando Takeru. Los dos subieron a la azotea. Allí podrían hablar más tranquilos. –Este hotel tiene una gran vista. –comentó Yamato apoyándose en la baranda mientras admiraba la hermosa vista nocturna de la ciudad. –Mirar a la gente desde aquí arriba me hace sentir como un dios. Si fuera tú, supongo que me sentiría como un dios de la muerte. ¿A qué has venido, Dios de la Muerte? ¿A buscarme? –Tú también me buscabas a mí. –respondió Takeru. –¿Por qué? –Porque me han levantado el castigo. Ahora soy libre y quería preguntarte si querías salir a jugar. –respondió Yamato. –Deja de tomarme el pelo. –He estado en la cárcel durante diez años y no he tenido a nadie con quién jugar. En cambio tú, tienes padres amables y una bonita hermana con la que divertirte. –¿Por qué has espiado a mi familia? –preguntó Takeru, cayendo en la cuenta de que aquel tipo que vio merodeando en su casa estaba espiando a su familia para Yamato. –¿Qué quieres?¡Contesta! –Cálmate, profesor. Permíteme un consejo. Una vez que empiezas a usar tu poder, es mejor cortar lazos con tu familia. –dijo Yamato. –¿Qué quieres decir? ¿Estás insinuando que voy a hacerle daño a mi familia? –¿No lo has hecho ya? ¿A cuánta gente has matado ya? Una vez que conozcan esa habilidad te mirarán con miedo y odio. Cuando tu propia familia te mire así, ¿podrás soportarlo? Al que le dolerá será a ti. Por eso no quieres que tu familia descubra tu poder. –Basta. –advirtió Takeru. –Soy la única persona en el mundo que comprende cómo te sientes. –¿Cómo ibas a entenderlo? –preguntó Takeru. –Tu poder vuelve loco a la gente. –Que la gente enloquezca no es culpa mía. –dijo Yamato. Flashback.¡Yamato, cúrame!¡Cúrame, por favor! –decía una multitud desesperada mientras lo rodeaban. Fin del flashback. –La gente débil muestra sus verdaderos deseos y van en manada hacia mi poder. Son ellos solos los que se vuelven locos. –dijo Yamato. –Son ellos los que están equivocados. –Deja de decir tonterías. –dijo Takeru cogiéndolo de la pechera de la chaqueta. –Has venido a matarme, ¿verdad? –dijo Yamato. –Una vez me dijiste que no tiene sentido tener un poder si no lo usas. –dijo Takeru mirándolo a los ojos. –Lo he comprendido. Significa que tengo que utilizar mi poder. –Entonces, ¿vas a matarme? –preguntó Yamato con naturalidad, que no parecía muy asustado ante esa perspectiva. –Deshazte de los problemas. Al final, es el mismo razonamiento que el de cierto agente. Tras decir aquello, refiriéndose a Ken, Yamato se soltó de Takeru sin que éste hiciera nada por detenerlo. –Takeru, eres demasiado serio. Esto sólo es un juego. –dijo Yamato. –¿Un juego? –preguntó Takeru sin dar crédito. –Todo el mundo compite por utilizarnos como sus piezas. Pero nosotros no somos piezas. Somos nosotros los jugadores. Voy a hacer el siguiente movimiento. ¿Qué vas a hacer tú? –Lo más importante para mí es usar mi poder de la forma correcta. –respondió Takeru. –Bien. Pues enséñame tu siguiente movimiento.

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–No consigo comunicarme con Daisuke. –dijo un nervioso Daigo Motomiya por teléfono. –¿Dónde está mi hijo? –Está en un viaje encontrándose a sí mismo. ¿No es genial? –respondió Ken Ichijouji. –Sólo debes sentarte y mirar de lejos. Me imagino que cuando ponga los pies en la tierra te enviará algún mensaje. Tengo que dejarte. Tengo una reunión. –¡Ken! –exclamó Daigo, pero Ken había colgado. Sin saber por qué, Daigo comenzó a arrepentirse de haberle pedido a Ken que lo ayudara con su hijo.

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Unos segundos tras haber colgado, Takeru entró y se acercó a Ken. –Sabía que vendrías. –dijo Ken con una sonrisa. Takeru no dijo nada. Tan sólo le extendió la mano, lo que sorprendió un poco a Ken. A pesar de las dudas de si lo mataría o no, Ken le estrechó la mano, pero no ocurrió nada. Ken Ichijouji lo consiguió. Tenía a Takeru Takaishi.

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Sora entró a la sede de la Agencia Nacional de Policía para dirigirse al Departamento de Seguridad Nacional. Mientras subía la escalera, al fondo vio aparecer a su director, Ken Ichijouji, aunque éste no se había percatado porque miró hacia atrás como para indicarle el camino a alguien. Sora se ocultó para no ser vista, pero lo que no esperaba era ver a Ken seguido de Takeru.

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En el amplio recibidor del hospital, Mimi Tachikawa, una castaña vestida completamente de blanco, cantaba una de sus famosas canciones frente a los niños que estaban ingresados y otros pacientes del hospital. También había bastantes curiosos y, por supuesto, los medios de comunicación no podían perderse la que quizás, fuera la última actuación de la cantante por culpa de su cáncer de garganta. –Ver a Mimi en directo hará muy felices a los pacientes, pero especialmente a los niños. –le dijo el director del hospital a la representante de la cantante. Estaban sentados en un lateral junto a Maki Himekawa, la ministra, vestida esta vez con tono turquesa pálido. –Muchas gracias, señor director. –dijo la representante. –No obstante, como médico debo decir que lo que está haciendo no es muy recomendable. Si se hubiera sometido a la operación… Este será su último concierto. –dijo el médico, aunque Maki lo miró de reojo como tramando algo. –Doctor, lo sabemos, pero Mimi lo ha decidido así. –dijo su agente de la cantante. –Cantar su última canción frente a personas que como ella están luchando contra la enfermedad es lo que ella quería. Y en cuanto a usted, señora ministra, arreglarlo todo para realizar este concierto ha sido todo un detalle. Ha hecho muy feliz a Mimi. –En absoluto. No ha sido nada. –dijo Maki dándole unos toques en la espalda. Mientras, Yamato entró y se situó en pie, apoyado con el hombro en un pilar en el lateral opuesto al de la ministra, de manera que ésta lo vio llegar, removiéndose un poco en su asiento. –Discúlpeme, por favor. –Claro. –respondió la agente de Mimi. Maki se dirigió hacia Yamato y se situó junto a él. –Seguro que hay un motivo para que de repente aceptes mi petición. –En realidad, no. –dijo Yamato. –Haré lo que sea si la curas. –dijo Maki. –Va a cantar una canción más y en cuanto termine, la llevarán a una sala de espera. –¿Y quieres que espere allí hasta entonces? –preguntó él. –¿Por qué, no quieres? –Sólo curo cuando tengo ganas. Si la curo, tiene que ser aquí y ahora. –No seas insensato. –dijo Maki con los ojos salidos de sus órbitas. –Usar tus poderes con tanta gente está estrictamente prohibido. –Entonces, no tengo nada que hacer aquí. Es su última oportunidad de ser sanada. ¿Qué vas a hacer? –Eres una decepción. –dijo Maki después de un suspiro. –Si no vas a curarla, al menos disfruta de su última canción antes de marcharte. Por desgracia, la siguiente será la última. En ese momento, la canción terminó y los espectadores aplaudieron efusivamente. Mimí respiraba algo emocionada. Sabía que la siguiente sería su última canción y ya no podría hacer lo que más la apasionaba. Cuando se apoyó en el micrófono para hablar, Mimi se sintió desfallecer y cayó al suelo. –¡Mimi! –gritó su representante acudiendo hacia ella. El director del hospital y otros sanitarios acudieron raudos a su auxilio. –¡¿Estás bien?! Los sanitarios la levantaron y la pusieron en una silla de ruedas para llevársela de allí. –Llevémosla a una consulta. –dijo el director. Pero cuando la celadora empezó a empujar la silla de ruedas, Yamato se situó delante, de manera que tuvo que detenerse. –¿Estás huyendo? –preguntó Yamato a una apurada Mimi, cuya debilidad hacía que se le escapara el oxígeno. Mimi miró a aquel desconocido vestido con ropa oscura, a pesar de estar en pleno verano. –¿Huyes del escenario abandonando a tu público? –¡¿Qué está diciendo?! –preguntó la agente de Mimi. –¡¿Acaso no ve que no se encuentra en condiciones?! Por si no lo sabe, Mimi vino aquí por… –De todas formas no vas a vivir mucho más. –interrumpió Yamato, haciendo caso omiso a la representante y dirigiéndose a Mimi en todo momento. –Según dicen, este es tu último directo. ¿Te conformas marchándote sin terminar? –Yo… –comenzó a decir Mimi sin voz. –Yo…quiero cantar. Pero no puedo. –Entonces, márchate. –dijo Yamato. –Escuchar una canción de alguien tan poco entusiasta y con tan poco espíritu no merece la pena y no le gustará al público. Yamato se dirigió hacia el escenario, pero no subió. Desde abajo, cogió el micrófono que había caído con la cantante, volvió a ponerse frente a ella y se lo extendió para que lo cogiera. –Si realmente tienes voluntad de cantar, levántate, coge el micrófono y vuelve al escenario. –dijo él. –¡Pare ya! –le gritó la representante. –Espera. –dijo Mimi interrumpiendo a su representante. Con dificultad, debido a la debilidad que sentía, Mimi hizo su mayor esfuerzo para levantarse y coger el micrófono, pero aquel hombre lo tenía demasiado alejado. No obstante, hizo un último esfuerzo y lo cogió, aunque perdió el equilibrio hacia delante y se apoyó en Yamato, que le pasó el brazo por la espalda. Con la otra mano, sujetó la de la cantante, aferrándose al micrófono y aunque para todo el mundo fue imperceptible, Maki se percató de un pequeño halo rojo. Maki supo entonces que había curado a la cantante sin que nadie se percatara de ello. Extrañamente, Mimi comenzó a sentirse increíblemente bien y sin saber cómo, podía mantenerse en pie por sí misma. –Mimi. –dijo la representante. La castaña miró a ese hombre de semblante serio. Él sólo le hizo un gesto con la cabeza para que volviera al escenario. No sabía por qué, pero sentía que debía hacer caso a ese chico. Así que se giró, y aún con paso algo inseguro, se dirigió hacia el escenario para la sorpresa de todos, incluidos gente de ciencia como los médicos. En el piso de arriba, Taichi Yagami, que llevaba a una mujer en silla de ruedas, vio la escena desde arriba. –Yamato. –musitó el policía. Cuando Mimi subió al escenario, se llevó el micrófono a la altura de la boca, cerró los ojos y comenzó a cantar a capela. –¡Música! –exclamó la representante a los músicos, que seguían alucinados de que su líder pudiera cantar como si no le hubiera pasado nada. En la siguiente estrofa, los músicos acompañaron a la cantante. Mientras, Mimi miró a Yamato con agradecimiento. No podría haberlo hecho sin el ánimo de ese chico, aunque se hubiera mostrado duro. Una vez que vio que todo estaba en su sitio, Yamato se giró y se dirigió hacia el piso de arriba para poder tener una mejor visión de todo. –Yamato. –dijo Koushiro yendo hacia él. –He visto tu poder. ¿Cómo lo has hecho? –Descúbrelo por ti mismo. –dijo Yamato mostrándole un escalpelo. –¿Qué? –Si es por la investigación, no te importará clavarle esto a tu chica. Clavártelo a ti mismo no tendría mérito. Koushiro, aunque sabía que hacía mal y tenía sus dudas, extendió la mano para coger el bisturí, pero Yamato lo apartó y cogió a Koushiro de la pechera. –Dime algo. ¿Cómo es posible que traiciones tan fácilmente a alguien que quieres? ¡¿Cómo puedes ser tan egoísta?! –Yamato soltó a Koushiro y se marchó de allí mientras el público aplaudía a Mimi, que acababa de terminar su canción. Jamás se había sentido tan feliz en un escenario, ni siquiera en aquellos conciertos en los que se llenaba el estadio.

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Ken y Takeru bajaron del coche del primero. Estaban en la zona portuaria frente a un carguero. –¿Daisuke Motomiya está ahí dentro? –preguntó Takeru. –Sí. El chico que le quería quitar la vida a tu alumna está ahí dentro, así que, me imagino que estarás deseando vengarte. –dijo Ken. Sora, que los había seguido, entró por detrás sin que la vieran. Fue entonces que vio a alguien que parecía vigilar el cuchitril en el que estaba Daisuke. Vestía con camisa blanca y corbata negra e intentaba aliviar el calor con su mano, moviéndola como si fuera un abanico mientras que con la otra sujetaba el móvil, al que no le quitaba ojo. Debía de ser uno de los secuaces de Ken. Tal y como vestía, estaba claro que no trabajaba en el carguero. Sora cogió una llave inglesa que había en una caja de herramientas y la tiró. El ruido alertó al guardia que se levantó para ver qué pasaba. Cuando Sora se aseguró que el guardia había abandonado su puesto, se dirigió hacia la puerta que vigilaba y la abrió. Allí sentado estaba Daisuke Motomiya, que se puso en pie nada más verla. –Tú. –dijo Daisuke al reconocerla. –Rápido, vámonos. –dijo ella. –¿Por qué estás aquí? –preguntó él sin comprender. –No tenemos tiempo para explicaciones. Si sigues aquí, te matarán. –dijo Sora. Justo cuando iban a salir, el guardia que había estado vigilando la atacó con la misma llave inglesa que había utilizado para distraerlo, pero lo detuvo desde las muñecas y lo golpeó. Entonces le siguió el ataque de otro compañero, que llevaba una barra. Sora consiguió inmovilizarlo. –¡Rápido, corre! Daisuke ni se lo pensó. Mientras Sora lidiaba con los guardias, se escabulló para intentar salir. Entonces, el otro guardia golpeó a Sora por detrás. Daisuke abrió una puerta y consiguió salir a una cubierta, pero para poder salir de allí, tendría que bajar a una cubierta de abajo. –Parece que te toca. –dijo Ken cuando vieron a Daisuke en la cubierta. Sin decir nada, Takeru fue con decisión hasta el carguero. Mientras tanto, a Ken le sonó el teléfono. Maki le acababa de contar el nuevo milagro obrado por Yamato. Daisuke seguía buscando la salida de la cubierta, cuando se encontró con Takeru Takaishi. –¿Por qué estás aquí? –preguntó asustado mientras retrocedía de espaldas. –No me digas que has venido a matarme. ¿No eras profesor? Un profesor no mataría a nadie. Vas a dejarme marchar, ¿no? Pero Daisuke ya no podía retroceder más. Sólo la barandilla lo separaba del agua. –Yo ya no soy profesor. –dijo Takeru fríamente. –Soy asesino. Desde el muelle, Ken veía cómo Daisuke estaba acorralado. Los guardias, que habían conseguido reducir a Sora la llevaban cada uno por un brazo hasta Ken. Fue entonces cuando vio cómo Takeru tenía a Daisuke acorralado. –No me mates. –rogó Daisuke mirando por un instante hacia atrás para ver la altura a la que podría caer. Takeru extendió su mano y cogió a Daisuke del cuello. –¡Para! Desde tierra, Ken Ichijouji, Sora Takenouchi y los dos subordinados de Ken, vieron cómo Daisuke caía desde la popa del carguero. Takeru se quedó allí apoyado en la baranda. –Takeru. –musitó Sora. No podía creer lo que veía. ¿Cómo se había dejado seducir por Ken? Estaba convencida de que Takeru tenía buen corazón y evitaba matar a toda costa, aunque últimamente no tuviera mucho éxito. –Bien, ahora es tu turno. Conoces el secreto de Yamato y no dejas de interferir en nuestro trabajo. La gente que trae problemas debe ser eliminada. Sin embargo tienes suerte. –le decía Ken a Sora. Los guardias la soltaron para su sorpresa. –He escuchado que Yamato ha curado a una cantante llamada Mimi Tachikawa delante de unas doscientas personas. –¿Qué? –dijo Sora confundida. –Como ya hay mucha gente al tanto de su poder, tendremos que replantearnos nuestro plan para utilizarlo discretamente. Así que, tu eliminación la pondremos en espera. Pobrecillo, ese muchacho ha muerto en vano. –dijo Ken riendo.

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Con el milagro que había obrado, el concierto de Mimi se extendió un poco más. –Pensabas curarla desde el principio, ¿verdad? –le dijo Maki a Yamato con claras muestras de enfado. –¿Me estabas probando? ¿Pensabas mostrar tu poder frente a todos desde el principio? ¿Por qué lo has hecho? –Ministra, la única persona que no la está escuchando cantar, eres tú. –dijo Yamato, mientras la dulce voz de Mimi seguía entonando su último gran éxito. Maki se apartó de allí indignada. Cuando se fue, Yamato abrió su mano, mirando el amuleto de la buena suerte, que tenía un dragón que abrazaba una cruz. Continuará…
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