ID de la obra: 1400

El perro de Ortros

Gen
PG-13
En progreso
1
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planificada Mini, escritos 122 páginas, 64.836 palabras, 8 capítulos
Descripción:
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4. Arresto. Pasados revelados.

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Takeru y Sora miraban a Hikari, que a su vez, miraba a través de las ventanas cómo las enfermeras acomodaban a Yuuko en el box 101 de la Unidad de Cuidados Intensivos. Yuuko permanecía estable dentro de la gravedad, pero se encontraba sedada. –¿Cómo está? –preguntó Taichi entrando en esa zona de hospital, seguido de Iori. –Sigue viva. –respondió Sora. –El paradero de Daisuke es desconocido. –le informó Taichi. –Aumentaremos la seguridad alrededor de Hikari. Si hubiéramos sido un poco más rápidos esto no habría ocurrido. Ahora que Hikari se ha recuperado, cae su madre. –Pero creo que su madre estará satisfecha. Como madre sé que lo sacrificaría todo por salvar la vida de su hija, su vida, e incluso su orgullo. –dijo Sora identificándose con Yuuko Kamiya. Ella también habría actuado así sin dudarlo de haber sido su propia hija. Pese a todo, Sora no podía evitar sentirse un poco culpable por haber dejado escapar a Daisuke. –Me imagino que te sientes identificada con Yuuko Al igual que tú, es madre soltera. –dijo Taichi. –Aiko está en el hospital de Aizuki, ¿verdad? –Sí. –Ve con ella. –le dijo Taichi. –Gracias, Taichi. –tras agradecerle, Sora se marchó. –Mamá. –dijo Hikari preocupada. Flashback –¿Me vas a echar la culpa? –preguntó Yamato. –Porque no lo es. En realidad es tuya, por no haberte deshecho de Daisuke cuando tuviste la oportunidad. Deberías haber hecho ese sacrificio. Fin del flashback. Takeru no se quitaba de la cabeza lo que le había dicho Yamato una vez que Daisuke hirió a Yuuko. Cada vez se sentía más y más culpable por lo que había pasado. –Es culpa mía. Lo siento. –le dijo a Hikari. –¿Qué estás diciendo? –preguntó Hikari que no veía qué culpa podía tener él. Más bien al contrario. Se sentía muy agradecida por todo lo que estaba haciendo desde que ella lo involucró. –Me has protegido e incluso sigues aquí.

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Yamato estampó a Kenta Ninomiya contra la pared de un callejón. –Habrás ido, supongo. –dijo Yamato. –Sí. –dijo Kenta asustado. –Sus padres no son de nuestro pueblo. Pero cuando mencionaron Ryukoku parecieron ponerse nerviosos. –Así que fueron a un pueblo al que nadie iba. Sigue vigilándoles. –le ordenó Yamato. Le puso la mano en la cara, para susto de Kenta, pero simplemente le curó los rasguños que le hizo cuando lo estampó contra la pared. Una vez que Yamato se marchó, Kenta se dirigió al hostal de mala muerte en el que se cobijaba. A pesar de que se llamaba Paradise Inn,de paraíso tenía más bien poco. Y además tenía que compartir habitación con otro buscavidas. Después de beberse varias cervezas preguntándose por qué Yamato no le dejaba en paz, vació su petate y tras desenrollar una vieja camiseta, sacó una antigua cámara de vídeo. Abrió la solapa y volvió a ver la escena que le arruinó la vida.

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–¡Aiko! –dijo Sora entrando a la habitación de su hija mostrándole una bolsa de papel que a todas luces era un regalo. –¡Mami! –dijo la niña alegrándose de volver a ver a su madre. –¿Has sido buena? –¡Sí! –dijo la niña animada. –Toma, un regalito. –dijo Sora dándole la bolsa. –Pompas de jabón. –dijo la niña muy alegre mientras su madre se sentaba en la cama a su lado y le acariciaba la cabeza. –Y también pegatinas. Gracias, mami. Para Sora no había mayor felicidad que ver feliz a su hija. Sólo lamentaba estar utilizándola para atrapar a Yamato.

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Cuando el coche de alta gama de Daigo Motomiya se disponía a salir de su propiedad, Takeru se interpuso, haciendo que el chófer tuviera que frenar bruscamente al no esperarse aquello. Por suerte, al estar saliendo por su puerta, todavía no había acelerado el coche. Una vez que el coche estuvo parado, Takeru se dirigió a la ventanilla trasera en la que estaba Daigo, que bajó con desgana. –Usted es el señor Motomiya, ¿verdad? Necesito ver a su hijo. Ha intentado matar a una alumna mía, ha apuñalado a su madre y ahora mismo está en cuidados intensivos. –dijo Takeru. –Por favor, señor Motomiya, déjeme ver a su hijo. Ni mi alumna ni yo hemos testificado todavía. Si se entrega podrían considerarlo un delito menor. Pero a pesar de que veía a su hijo capaz de hacer todo lo que le decía aquel joven, se limitó a subir la ventanilla y a seguir su camino sin hacerle el mínimo caso a las peticiones de aquel desconocido. Aquello le sirvió para confirmar una noticia que había leído en el periódico en la que no se mencionaban nombres. Daigo llamó a su hijo y le dijo que fuera a la suite de Yamato en el Hotel Lastat inmediatamente. Cuando Daigo llegó, Daisuke ya estaba tirado en el sofá de la habitación. Daigo lanzó un periódico a la mesa de mala manera, dejando ver el siguiente titular: Mujer apuñalada en el hospital. El culpable ha huido. –¡¿Qué significa esto?! –preguntó Daigo malhumorado. –No sé nada de eso. –mintió su hijo con gesto indiferente. –¡Podrías haberla matado y entonces te acusarían de asesinato! –gritó Daigo invadiendo el espacio vital de su hijo. –¡¿Qué es lo que te tiene insatisfecho?! ¡¿Cuántos problemas necesitas causarme para sentirte mejor?! –¡Cállate! –le respondió Daisuke levantándose. –A ti sólo te importa tu posición. Deja de actuar como un padre. Daigo reaccionó dándole un bofetón a su hijo. ¿Cómo se atrevía a hablarle así a su propio padre? –Si tanto te molesta, entrégame a la policía. –dijo Daisuke. –Suficiente. –dijo Daigo suspirando. Si hacía lo que decía su hijo su buen nombre, su posición y la de su empresa quedarían en entredicho. –Pensaré en algo. No te metas en más líos. ¿Entendido? –Menudo es tu padre. –comentó Yamato cuando se cruzó a Daigo saliendo. Después se sentó en uno de los sillones de la suite. – Ocultando desde un condenado a muerte a un hijo con tentativa de asesinato. Debe de tener mucha autoridad para ser capaz de ocultarnos con crímenes tan graves. –La detective me dejó escapar. –confesó Daisuke. –Me dijo que te dijera que su hija quiere verte.

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Sora velaba el sueño de su hija en el hospital cuando una voz masculina hizo que girara la cabeza hacia la entrada de la habitación. –Tiene carita de ángel. –dijo Yamato. –¿Cómo eras tú de pequeña, detective? Viendo tu personalidad, seguro que eras una niña de armas tomar. Seguro que te quedabas jugando hasta tarde hasta que se ponía el sol. Pobre Aiko, pudiendo estar disfrutando de su infancia y está aquí, atada a la cama de un hospital. ¿Sabes lo que le dije? Le dije que si me daba su posesión más preciada, le curaría su enfermedad. Pero rechazó mi oferta diciendo que lo más preciado que tiene es su mamá y que nunca me la daría. ¿Qué harás tú por mí? Sora se levantó, se colocó frente a él y se quitó la chaqueta. ¿Le estaba ofreciendo su cuerpo a cambio de curar a su hija? Le cogió la mano a Yamato y la dirigió hacia su propio brazo. Cuando estaba a punto de tocar el apósito que tenía por el disparo que recibió de Daisuke, Sora le colocó las esposas. –Yamato Ishida, estás arrestado por estar en búsqueda y captura por fugarte de la prisión de Kanto. –dijo Sora cogiéndole de la otra muñeca para terminar de ponerle las esposas. Él no opuso resistencia alguna. –¿No quieres que la cure? –preguntó Yamato haciendo referencia a Aiko. –No quiero que alguien como tú le ponga un solo dedo encima a mi hija. –Eres una madre muy fría. –Por supuesto que quiero que se cure, pero no me fio ni de ti ni de tu poder. –Lo que significa que eres detective antes que madre. –dijo Yamato. Entonces a Aiko le entró algo de tos, pero no se despertó. Yamato se sentó en la orilla de la cama a los pies de la niña, extendió la mano hacia el pecho de Aiko, con la compañía del otro brazo por llevar las esposas, pero antes siquiera de tocarla, la retiró y volvió a insistir. –¿Qué vas a hacer? Podría curarla, pero no con esto puesto. Libérame. Sora se encontraba en una encrucijada. Adoraba a su hija y lo que más deseaba en el mundo era que se curara. Pero tal y como había actuado, Yamato tenía razón. Había actuado más como detective que como madre, porque había utilizado la situación de su hija para atraerlo y detenerlo. Cuando Sora estaba a punto de claudicar y había sacado las llaves de las esposas de sus vaqueros para liberarlo, cuatro hombres vestidos con traje y corbata negra sobre camisa blanca entraron bruscamente en la habitación y agarraron a Yamato. –¿Quiénes son ustedes? –preguntó Sora. Uno de ellos sacó una placa de identificación. –Soy Chiaki Tanaka. Somos agentes del Departamento de Seguridad Nacional de la Agencia Nacional de Policía. –dijo el que parecía estar a cargo. –Nos llevamos detenido a este hombre. –Pero, esperen un momento. –dijo Sora. –Son órdenes directas del Director de nuestra división, Ken Ichijouji. –dijo el hombre. –Nos ha pedido que le transmitamos un mensaje. Debido a que ha conseguido capturarlo a pesar de actuar estando suspendida, esta vez no se emprenderán acciones contra usted. –Pero… –Usted no pinta nada en esto. –dijo el hombre fríamente. –Cuando se tarda tanto en decidir algo, siempre hay alguien que coge la delantera. –dijo Yamato. –Es una lástima. Prefería que me arrestara una bonita detective. –Vamos. –dijo el agente. –Ven a verme si cambias de opinión. –le dijo Yamato antes de que los hombres se lo llevaran detenido. –Mami, ¿qué pasa? –preguntó una somnolienta Aiko, que había alcanzado a ver a Yamato justo antes de salir. –Es el mago. –Lo siento, Aiko. –dijo Sora sentándose en la orilla de la cama. –No he podido curarte. –No pasa nada. Pronto seré mayor y cuando lo sea mi enfermedad se irá, ¿verdad? –dijo la niña intentando animar a su madre. Sora se abrazó a su hija conmovida por su inocencia, pero también por la reacción que tuvo cuando Yamato se ofreció a curarla a cambio de lo más preciado para ella.

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–Es una buena mujer. –dijo Yamato a Ken Ichijouji, que viajaba a su lado mientras lo trasladaban a la prisión escoltados por varios coches de policía. –¿Te refieres a la detective Takenouchi? –preguntó Ken. –Sí. –Sí, es buena agente, pero su sentido de la justicia es un poco extremo. –dijo Ken. Entonces sacó un papel que le extendió a Yamato. –Aquí está la orden de ejecución de tu sentencia de muerte. El fiscal general por fin la ha firmado. Incluso podríamos ejecutarte mañana. Sin embargo, este documento es un error. Tras decir aquello, Ken rompió la orden, algo que no sorprendió a Yamato. –Yamato Ishida, de Ryukoku, un pueblo desaparecido bajo el agua de la presa de Ryukoku. Desapareció del mapa. Se convirtió en un pueblo fantasma siendo tú un niño. –dijo Ken. –Veo que has investigado. –dijo Yamato. –La seguridad de Japón no es algo baladí. Tu situación es algo que hay que tomarse muy en serio. –dijo Ken. –Tu nombre, tu lugar de nacimiento, y también, tu poder especial. Cuando Ken rompió la orden de ejecución de su sentencia de muerte, supo de inmediato que no lo llevaban a la prisión de Kanto. Efectivamente, Yamato no se equivocó. El coche entró en un garaje subterráneo y aparcaron junto a otro coche de alta gama. Una vez fuera, todavía esposado, se abrió la ventanilla trasera del otro coche, dejado ver el rostro de Maki Himekawa con una media sonrisa. Yamato estiró sus brazos y Ken le quitó las esposas.

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–¡Sora, estoy muy orgulloso de ti! –dijo un Kyotaro eufórico. –Los de Seguridad Nacional me han llamado y han dicho que han capturado a Ishida gracias a ti. Sigue así, Takenouchi. –Jefe, ¿qué hay de mi suspensión? –preguntó Sora. –¿Suspensión? ¿De qué suspensión me hablas? –preguntó Kyotaro haciéndose el loco antes de marcharse a su despacho. Pese a ser elogiada por su jefe, Sora seguía debatiéndose por si había hecho lo correcto. –¿Qué te pasa? –preguntó Taichi con un café en la mano. –Ya sé. Como no estás acostumbrada a que el jefe te elogie, a tu cabeza le cuesta aceptarlo. Pero coincido con él. Has hecho un gran trabajo deteniendo a Yamato. Es un gran logro. Deberías estar contenta. Por cierto, ha llamado Takeru para ver si había novedades en el caso, así que, cuando le he dicho que lo has arrestado me ha transmitido su felicitación, y que con su arresto se siente más aliviado. –Taichi, lo cierto es que para detener a Yamato, dejé marchar a Daisuke. –confesó Sora. No aguantaba más esa presión en el pecho y pensó que Taichi era quien mejor la podría entender. –Pero lo cierto es que… –Que has cazado a Yamato. ¿Te parece poco? –preguntó Taichi comprensivo. –Pero… –Pero no debes preocuparte por pequeños detalles. No te obsesiones con eso, Sora. ¿Por qué no te tomas un tiempo de descanso? –¿Qué? –preguntó ella. Ahora que le habían quitado la suspensión Taichi le ofrecía descansar. –El caso de Daisuke Motomiya es cuestión de tiempo, aunque debemos seguir tomándonoslo en serio. No voy a irme a ninguna parte, así que, déjamelo a mí y cuida de la pequeña Aiko. Después de todo, es verano. –dijo Taichi. –Está bien. Te tomo la palabra. Gracias. –dijo Sora un poco más animada. Desde luego es que Taichi Yagami siempre le había transmitido tranquilidad y le hacía las cosas mucho más fáciles. Cuando Sora salió de la comisaría, en la puerta la esperaba Takeru. Tenía mucha mejor cara. El rictus de tensión que solía tener desde que lo había conocido estaba mucho más relajado. Era evidente que seguía sufriendo por tener tres muertos en sus manos, pero la detención de Yamato pareció relajarlo considerablemente. –Felicidades por detener a Yamato. –dijo Takeru. –Gracias. Seguimos investigando el paradero de Daisuke y como habrás comprobado, la seguridad de Hikari se ha incrementado. –dijo Sora. –En realidad, hoy estoy aquí por mí. Ahora que Yamato está entre rejas, no hay razón para seguir tirando balones fuera. –dijo Takeru, al que le volvió el rictus de tensión. Era cierto que sintió que con todo el esfuerzo que había puesto Sora, debía felicitarla en persona de todo corazón, pero ahora, aquello ya era secundario para él. –He matado a tres personas y debo ser juzgado. –Takeru, vamos al parque. –Takeru no se esperaba aquella reacción de Sora. No obstante, la siguió hasta el parque más cercano y le ordenó que esperara en un banco. Cuando llegó, la detective le ofreció una tarrina de helado, lo que sorprendió a Takeru. –Si no te das prisa, se derretirá. Me parece bien que te guste el helado hecho una sopa, pero si no sujetas el tuyo, yo no podré comerme el mío, y a mí sí que me gusta helado. Cuando Takeru lo tomó, Sora se sentó a su lado. –A mi hija le encanta este helado. Todos los años está deseando que llegue el verano para comerlo. Pero debido a su asma, no puede tomar demasiadas cosas frías y sólo le doy el capricho muy de vez en cuando. También procuro no comerlas delante de ella. –Sora. –Es curioso, ¿sabes? Cualquiera intentaría librarse de lo que ha hecho, pero tú no. Estás dispuesto a asumir las consecuencias y eso demuestra que tienes una gran moral. A pesar de todo, la policía no puede detenerte. –dijo Sora interrumpiendo a Takeru. –Pero… –Una persona que puede matar a alguien con sólo tocarla, ¿cómo puedes demostrar eso? –Pero a pesar de todo, no dejo de ser un asesino, y tú eres la única persona que lo ha visto. –dijo Takeru. –Te olvidas de Daisuke. –Ya, pero sólo confío en ti. –Siento no poder ayudarte. Y a partir de hoy, estoy de vacaciones. Una vez que le den el alta a mi hija, quiero pasar tiempo con ella. ¿Qué hay de tu familia? –Tengo a mis padres y a mi hermana pequeña. –respondió él. –¿Saben lo de tu poder? –No. –¿Cómo crees que se sentirían si lo supieran? –preguntó Sora. –Todavía no es demasiado tarde para que tengas en cuenta sus sentimientos. Aunque yo ya no estoy segura de lo que está bien y de lo que está mal. Definitivamente, matar está mal y aunque debería saberlo mejor que nadie, lo cierto es que quería confiar en Yamato para que curara a mi hija, aunque sepa que es un asesino. Me arrepiento de no haber aprovechado las oportunidades que me ha brindado para curarla. Por orgullo, le he arrebatado a mi hija cosas tan simples como correr todo lo que quiera o comer un helado. Takeru comprendió que no era el único con dilemas morales, pero no sabía qué decir.

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La conversación que tuvo con Sora hizo pensar mucho a Takeru. Por eso, en cuanto se despidieron, Takeru se dirigió a casa de sus padres. –Hola, hermanito. Bienvenido a casa. –dijo Shiho abriéndole la puerta. Después de saludar a sus padres, Takeru se fue directo al jardín, donde se acuclilló delante de una tabla que indicaba que allí había una tumba. Shiho volvió a la mesa con su madre. Ambas estaban dándole forma a la masa para hornear unas gyozas. –Siempre, igual. Cada vez que viene, se planta frente a la tumba de Patamon. –dijo Shiho al ver a su hermano a través de la ventana que daba acceso al jardín. –Pero eso es porque lo quería mucho y lo echa de menos. –dijo Natsuko. –Cuando Patamon murió Takeru estuvo muy mal durante bastante tiempo. –¿Por qué murió? –preguntó Shiho, que era muy pequeña para recordarlo. –No lo sé. Su muerte fue muy repentina para todos. –respondió Natsuko. Takeru podía pasarse horas delante de la tumba de Patamon, tal y como hacía cuando ocurrió todo y nunca había estado tan triste como cuando pasó. A pesar de su tristeza, siguió adelante pero lo echaba mucho de menos y su muerte lo marcó para siempre. Flashback. Todo ocurrió en el jardín de la casa de los Takaishi. Takeru, de unos once años jugaba en el jardín con su hermanita de tres años. Sus padres los vigilaban desde el salón. De repente, por alguna extraña razón, Patamon comenzó a ladrarle a la niña, que estaba alejada pero aterrorizada por los ladridos del enorme perro. Patamon nunca se había comportado así. Al contrario, siempre fue un perro muy cariñoso, pero por alguna extraña razón, estaba nervioso y agresivo. Por desgracia, la cuerda con la que estaba atado se rompió por lo desgastada que estaba y se dirigió corriendo a toda velocidad hasta Shiho. Al ver que Patamon iba a atacar a su hermanita pequeña, fue corriendo para interponerse y evitar el ataque. –¡Patamon, para! –gritó Takeru, que extendió los brazos para detenerlo. De repente, Patamon cayó a plomo mientras Shiho seguía llorando. Cuando tomaron conciencia, vieron que Patamon estaba muerto. Fin del flashback. Patamon fue el primer ser que mató. Era su mascota y lo adoraba. Fue en aquel momento que fue consciente de la facultad que tenía. –Hermanito. –dijo Shiho, sacando a Takeru de sus recuerdos. –¿Vas a quedarte a cenar? –Sí. –dijo él. Entonces, percibió movimiento fuera. Cuando Kenta Ninomiya fue consciente de que Takeru lo había pillado in fraganti, echó a correr, seguido de Takeru. A pesar de correr durante al menos dos minutos, para Takeru no fue difícil alcanzar a aquel tipo que evidenciaba un estado lamentable de forma. De hecho, no se tuvo ni que molestar en agarrarlo porque al mirar atrás se tropezó y cayó al suelo. –¡No me toques! –exclamó Kenta asustado cuando el rubio fue a cogerlo de la pechera. –¿Qué sabes de mí? –preguntó Takeru. Pero Kenta se dio cuenta de que había metido la pata y no contestaba. –¿Qué sabes? ¿Trabajas para Yamato? –¡No! –se apresuró a negar Kenta rotundamente. Por lo que a Takeru le pareció obvio que mentía. –¿Qué significa todo esto?¿Qué haces espiando a mi familia? –preguntó Takeru intentando cogerlo otra vez. –¡No!¡Yo no sé nada! –gritó Kenta levantándose y marchándose aterrorizado. Cuanto más lo negaba, para Takeru era más evidente que ese hombre sabía algo, pero lo dejó marchar. –¿Qué ha pasado? –preguntó Shiho con curiosidad. –Nada. Volvamos a casa. –dijo Takeru. Últimamente su hermano actuaba de forma extraña, y el hecho de que hubiera salido corriendo calle abajo se lo estaba confirmando.

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–Aiko, ya has vuelto a derramar sopa. –dijo Sora mientras la niña comía en su cama de hospital. –Ten cuidado de no mancharte. Ya no eres un bebé. –Aahhh. –dijo la niña abriendo la boca para que le dieran de comer como a un bebé, lo que hizo reír a su madre. –Oh, está bien. Pero sólo mientras estés en el hospital. –dijo Sora dándole de comer a su hija. Pero las noticias de la televisión, que estaba encendida, llamó su atención. –A continuación les contaremos novedades de un incidente en el que tres jóvenes murieron a manos de otro hace diez años y que fue condenado a muerte. El caso ha sido revisado y la ejecución ha sido suspendida. Además, el acusado ha sido absuelto de su condena y libre de todos los cargos que se le imputaban. El indultado es Yamato Ishida, de 28 años. –¿Qué pasa, mamá? –preguntó Aiko al ver que su madre había dejado de darle de comer para mirar la televisión. –¿Cómo puede ser? –se preguntó Sora. –El fiscal del caso alega fuertes dudas razonables sobre el sospechoso con la aparición de nuevas pruebas.–continuaba diciendo el periodista.

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No hay precedentes de una decisión así en la justicia japonesa y la declaración de “no culpable” es oficial. Takeru no podía creer lo que estaba viendo en la televisión. Iban a liberar a Yamato, y estaba seguro de que eso pondría fin al poco tiempo de tranquilidad que había tenido desde que lo volvieron a atrapar. Sabía que Yamato era muy persuasivo, pero ¿tanto como para que lo liberaran de su pena?

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La rueda de prensa despertó el interés de mucha gente por lo inusual. No sólo estaban atentos Takeru y Sora, sino también Daigo Motomiya, la Ministra Himekawa, Kenta Ninomiya, un Daisuke Motomiya que se mordía las uñas desde una suite del hotel donde su padre lo tenía escondido y la población en general que podía ver la rueda de prensa desde tiendas de electrodomésticos o pantallas gigantes de calles emblemáticas de la ciudad. –Les ofrecemos imágenes en directo de una rueda de prensa sobre la liberación de Yamato Ishida. En la televisión, apareció Yamato Ishida, vestido con camisa blanca y el traje negro que le hicieron a medida gracias a Daigo Motomiya. –Estoy muy contento de que mi inocencia se haya demostrado.–dijo Yamato. –¿Cómo te sientes por los diez años que has permanecido en prisión?–preguntó un periodista. –Estos diez años he vivido apartado del mundo y es verdaderamente lamentable. –respondió Yamato. –¿Cómo se siente con respecto a las acusaciones falsas de la policía? ¿Ha pensado en pedir una indemnización?–preguntó una reportera. –No. Con recuperar mi libertad es suficiente.–dijo Yamato. –En cuanto a las pruebas concretas que han probado su inocencia, estarán disponibles próximamente. Todavía no pueden hacerse públicas. –dijo el abogado encargado de acompañar a Yamato en la rueda de prensa. –¿Cuándo se encontraron las nuevas pruebas? –preguntó un reportero. –Todavía no podemos revelar todos los detalles.–dijo el abogado. –Me imagino que esas pruebas contradicen las aportadas por el testigo ocular. –planteó una periodista. –Exacto. Tenemos pruebas que desmontan ese testimonio.–volvió a contestar el abogado.

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Cuando Kenta Ninomiya vio la rueda de prensa en una de las pantallas de la ciudad, no perdió tiempo y echó a correr.

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–¿No es genial? –preguntó Maki aliviada una vez que vio la rueda de prensa de Yamato junto a Daigo Moyomiya. –Por supuesto. –Incluso aunque no le pedí que me curara. –dijo Maki. –Sí, pero tus ojos decían lo contrario y mostraban cuánto querías vivir. –dijo Daigo. –Eso es la naturaleza humana. –dijo ella. –Señor Ishida. ¿Qué planes tiene para el futuro? –preguntó otro reportero. –Quiero hacer cosas buenas para la gente y cambiar el mundo con mi propia mano, seré feliz.–respondió Yamato. Para todos fue una respuesta un tanto ambigua y extraña, pero no tanto para los que conocían su poder. No obstante, a pesar de conocer su poder, los que lo conocían no sabían qué planeaba, y por eso, cuando Maki escuchó aquella respuesta, se le abrieron los ojos como platos. –Con Ishida nunca se sabe. –dijo Daigo. –Las posibilidades de este hombre son ilimitadas. En tu camino a la presidencia del país, su poder puede ser de gran ayuda. Maki y Daigo sonrieron de medio lado.

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                  Sora Takenouchi se dirigió a la sede de la Agencia Nacional de Policía, cuando se encontró de frente a Ken Ichijouji bajando las escaleras de mármol seguido de sus agentes de más confianza, incluidos los que detuvieron a Yamato en el hospital. Sora no daba crédito a lo que vio por televisión y necesitaba una explicación. Les hicieron montar un gran operativo para encontrar a Yamato tildándolo de muy peligroso y a sólo un día de detenerlo, de repente se le declara inocente. Para Sora era más que evidente que había gato encerrado. –Hola, detective Takenouchi. –saludó Ken. –¿Qué estás tramando con Yamato? –preguntó Sora sin rodeos. –¿Tramando? –preguntó Ken pretendiendo no entender nada. –¡Lo habías planeado todo! –exclamó ella. –¿Por qué iba a hacer algo así? –Para utilizar su poder. –respondió Sora. ¿Acaso no era obvio? –¿De qué hablas? –preguntó Ken. –No te hagas el tonto. –Eres miembro del cuerpo de policía. Será mejor que no hagas acusaciones tan atrevidas. –le advirtió Ken. –Tanaka, llévala a casa. –Espera. –dijo Sora viendo como Ken seguía su camino. Pero cuando pretendía detenerlo, Chiaki Tanaka, el mismo agente que detuvo a Yamato, la cogió del brazo. –Te llevaré a casa. –dijo Tanaka. Sora se deshizo del agarre de Tanaka. –No hace falta, gracias.

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Cuando Yamato salió de la rueda de prensa, una multitud de periodistas y fotógrafos se agolpaban a la salida con la esperanza de que les proporcionara algún dato que hubieran pasado por alto en la rueda de prensa. Los agentes de policía estiraron los brazos para dejarle a Yamato el suficiente pasillo como para poder dirigirse al coche que lo llevaría a la suite del hotel. Justo antes de subir al coche, Yamato vio a Takeru apartado de la multitud, y le sonrió.

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–Es inconcebible. –se quejó Kyotaro viendo las noticias. Parecía que no había ocurrido nada más en el mundo, ya que la liberación de Ishida era lo que copaba todos los informativos por lo sonado del caso. Después de todo, un inocente había estado durante diez años en el corredor de la muerte. –Después de todo lo que hemos hecho para arrestarlo, van y lo liberan así como así. –Yamato aceptó la sentencia de muerte sin apelar, y de repente ahora encuentran pruebas. –comentó Taichi apagando la tele. –¿Qué está pasando? –Taichi, ¿por qué te hiciste policía? –preguntó Kyotaro. –Para arrestar a los malos. –respondió él. –No es mi caso. Yo lo hice porque soy un apasionado de los misterios. Hacía tiempo que no se me presentaba un misterio así. –dijo Kyotaro, que parecía emocionarse con todo lo que estaba pasando. –Me pregunto qué clase de prueba tienen.

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Después de haber visto la rueda de prensa de Yamato, Kenta se dirigió a toda prisa al hostal en el que pasaba las noches. Cruzó la habitación, casi pisando al huésped que se pasaba el día allí tirado y vació el petate. Allí comprobó que la cámara de vídeo no estaba. –Yamato. –musitó Kenta asustado. Estaba perdido.

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Daigo Motomiya, Ken Ichijouji y Maki Himekawa se encontraron en la suite real de la ministra. –Buen trabajo. –dijo Daigo al ver entrar a Ken. –¿No llegas un poco tarde? –preguntó Maki. –Ha sido todo muy llamativo. –Yamato ya está libre de la falsa acusación que lo llevó a la cárcel. –dijo Ken. –¿Ahora se llama así, falsa acusación? –preguntó Maki con ironía. –Sólo espero que los medios no empiecen a indagar por detalles. –Los medios están celebrando la vuelta de un héroe trágico. Con la rueda de prensa, ahora es considerado una víctima. No sospecharán nada. Además, hay algo que es mejor que no sepas, ministra. –dijo Ken. –Está bien. Te estoy muy agradecida por el trabajo que has realizado. No esperaba menos de ti. –lo elogió Maki. –Tenemos un plan. Hasta que no saltemos la última valla en las elecciones nacionales, necesitaremos tu ayuda, Ken. –dijo Daigo. –Sí. No tiene sentido ser un funcionario público de tu calibre si no usas tu poder. Así que, necesito tu cerebro para ganar las elecciones. –dijo Maki cogiendo las manos a Ken. –Ya iba siendo hora de que me lo pidieras. –dijo Ken. –¿Qué piensas hacer con Yamato? –¿Qué quieres decir? –preguntó Maki volviendo al sofá. –Esto es una advertencia. La existencia de una persona con un poder tan sospechoso, al final puede ser incómoda para la sociedad. –dijo Ken. –El mundo no necesita a un dios. –Cómo se nota que trabajas en la seguridad nacional. –dijo Daigo riendo. –Es mejor que todo esto lo sepa el menor número de personas posible. –dijo Ken. –De esa forma, lo podremos utilizar de forma más efectiva. Maki asintió con la cabeza haciendo ver que tenía sentido lo que decía y que estaba de acuerdo. –¿Quién conoce su poder? –preguntó Ken. –Tú, Daigo y yo. –respondió la ministra. –También está quien lo ayudó a escapar de la cárcel y la detective Sora Takenouchi. –añadió Ken. –Los mantendré vigilados. Y, hay una persona más. –¿Quién? –preguntó Maki. Ken se sentó junto a Daigo, que se fumaba un puro tranquilamente desde que había entrado. –Señor Motomiya, ¿qué vas a hacer con tu hijo? –preguntó Ken. –¿Qué quieres decir? –preguntó Daigo. –Tu hijo también está involucrado en el caso. –dijo él. –¿Involucrado? –intervino Maki, que no estaba al tanto de aquello. –Daigo, es de sobra conocido que me estás apoyando en mi campaña. Deberías saber que tu porquería puede convertirse en mi porquería. Estamos en una fase crucial de la campaña. ¿No puedes hacer nada? –El inútil de mi hijo también tiene un futuro y no puedo negar que esto puede traerle problemas a Maki. Así que, Ken, te ruego que lo ayudes. –le pidió Daigo. –Daigo, la vida de tu hijo podría estar en peligro. –dijo Ken. –¿Cómo? –Tu hijo está envuelto en todo esto y hay un profesor de instituto que puede traernos problemas. –dijo Ken. Entonces, Daigo recordó a aquel joven que lo abordó a la puerta de su casa mientras salía con el coche. –Ese hombre, tiene un poder opuesto al de Yamato. Es capaz de matar con un solo toque de su mano. –¿Qué? –preguntó Maki sin dar crédito. –Entonces, ¿sería la mano del Diablo? –¿Será una broma, no? –preguntó Daigo. –Si te parece bien, Daigo, confíame la protección de tu hijo. No sufrirá ningún daño. –dijo Ken.

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Jou Kido estaba recogiendo material cuando Ken lo llamó por teléfono para quedar. –¿Esta noche?¿Dónde? –preguntó Jou mientras sus compañeros se llevaban con una camilla un cadáver para meterlo en las cámaras. –Pasaré por ti. Espérame allí. –respondió Ken. –¿Aquí? –preguntó Jou extrañado. –El juego empieza esta noche.

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Takeru estaba en su apartamento. En la televisión, todos los programas de noticias y actualidad no hacían más que emitir la rueda de prensa de Yamato. Harto de aquello, apagó la televisión. Entonces tocaron a la puerta. –Señor Takaishi, tiene un paquete. –dijo el repartidor. Sin mucha gana, se levantó del sofá y se dirigió a la puerta. Nada más abrir, una sombra negra se le abalanzó. Por suerte estuvo rápido y logró esquivar al hombre, vestido totalmente de negro y encapuchado. Iba armado con una navaja. Después de varias embestidas que Takeru logró esquivar, acabó acorralado sentado en el sofá. Sin miramientos, el agresor dirigió la navaja al estómago de Takeru, pero el rubio tuvo los reflejos suficientes para interponer un cojín, de manera que seguía ileso. –¡¿Quién eres?! –preguntó Takeru, con su pierna logró deshacerse de él al lanzarlo hacia atrás. Las plumas caían despacio. –¿Daisuke? El agresor no respondió, se volvió a abalanzar, pero Takeru era muy rápido y consiguió apartarse a tiempo. No obstante, el agresor dio un revés, como si fuera de tenista y rozó a Takeru en el brazo. La navaja se le quedó clavada en la pared. Mientras que el desconocido intentaba extraer la navaja, Takeru intentó inmovilizarlo cogiéndole los brazos. –¡No le he dicho nada a la policía sobre ti, y Hikari tampoco! –dijo Takeru intentando razonar con él mientras forcejeaban. –¡Si te entregas te reducirán la pena! Entonces, el encapuchado dejó de forcejear. –¿Lo entiendes? –preguntó Takeru, al ver que había parado. Justo cuando bajó la guardia, el encapuchado le dio un codazo que hizo que Takeru entrara a la habitación. El agresor sacó la navaja y acorraló a Takeru en el cuarto. –¡Para, Daisuke! Pero éste no hizo caso y sólo le respondió con una patada. Se colocó encima de él. Takeru estaba a su merced. El encapuchado levantó el brazo para que cogiera impulso, y justo cuando se lo iba a clavar, Takeru detuvo la embestida con la mano izquierda, mientras que la derecha la extendió sobre el pecho del agresor. La navaja cayó junto a Takeru y el hombre, sin vida, encima de él. Takeru lo apartó y le quitó el pasamontañas. Cuando vio la navaja había pensado que era Daisuke Motomiya. ¿Quién querría matarlo, si no? Pero Takeru no conocía a aquel hombre. –¿Quién eres? ¿Por qué? –se preguntó Takeru. Era la cuarta persona que mataba. Lo que Takeru ignoraba era que desde el aparato de aire acondicionado, una minicámara había grabado todo lo que había ocurrido allí. Desde un furgón, vigilaban las pocas estancias del apartamento de Takeru. Entonces, Takeru escuchó la puerta y salió. –¿Yamato? –preguntó Takeru sin verlo bien. Sin duda, vestía igual, tenía el mismo peinado y color de pelo pero sus ojos estaban ocultos por unas gafas de sol y con la oscuridad no lo distinguió bien. Así que empezó a seguirlo. Takeru corrió tras él, pero lo había perdido de vista. Cuando el hombre vio pasar a Takeru, se quitó la peluca y las gafas y se marchó de allí. –¿Cómo va el medidor de Tanaka? –preguntó Ken desde el furgón. –No se detectan signos vitales. Tanaka está muerto. –respondió el agente. –A las 9:20 de la noche, Chiaki Tanaka ha muerto en el cumplimiento de su deber. –dijo Ken Ichijouji para que constaran en los informes. –Descanse en paz. Envía al equipo B. –Sí, señor. –dijo otro de los subordinados.

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Después de que a Aiko le dieran el alta del hospital, Koushiro se pasó por el apartamento de su amiga para interesarse por la niña. Una vez que la niña se durmió, Koushiro se sentó en el sofá a ojear una revista mientras que Sora se hizo un té. –¿Cómo está Aiko? –preguntó Koushiro. –Parece que está mucho mejor. –dijo ella. –Entonces el haber estado ingresada le ha hecho bien. –Sí, supongo. El médico dice que de momento sólo nos queda esperar a que se cure y procurar que no tenga muchas crisis. –dijo Sora. –Parece que no hay tratamiento para acabar con el asma. Aunque seguramente la ingresen más adelante para volver a hacerle pruebas. –¿Conoces a Maki Himekawa, la Ministra de Sanidad y Bienestar Social? –preguntó Koushiro. –Sí. –Tiene una enfermedad grave del corazón, y asesorada por el presidente de mi empresa, Daigo Motomiya, ha sido tratada por un equipo médico de la compañía del que he formado parte como investigador. Ha sido algo llevado con mucha discreción. Pero mi labor de investigación es fascinante y tengo presupuesto ilimitado. –dijo Koushiro. –Es la primera vez que oigo algo así. Así que tú también tienes tus secretos. –dijo Sora en tono de broma mientras se dirigía a dejar la taza en el fregador. –Bueno, tú también participas en investigaciones secretas de las que no puedes hablar. ¿Creías que ibas a ser la única? –dijo Koushiro también bromeando. –Lo sé. ¿Y qué pasó? –preguntó Sora. –De repente, han disuelto el equipo médico. –dijo Koushiro. –¿Por qué? –Según un informe, se ha recuperado. –dijo él, lo que llamó la atención de Sora. –Es extraño que se haya recuperado tan de repente de una enfermedad así. Me pregunto qué clase de tratamiento han utilizado. Pero no lo entiendo. Con el estado actual de la medicina, una cura así es prácticamente imposible. Conforme su amigo le contaba aquello, Sora sospechaba más y más de que aquella cura repentina no se debía a ningún fármaco, sino a Yamato. –¿Te acuerdas de la pregunta que me hiciste sobre la capacidad de curar con un sólo toque? Sabes algo, ¿verdad? –preguntó Koushiro al ver la cara de Sora. A Koushiro le pareció muy extraño que Sora le hubiera preguntado por algo así, y que justo unos días después, alguien se curara casi por arte de magia. Por lo que el pelirrojo ató cabos y empezó a sospechar que su amiga sabía más de lo que le había contado. –¿Yo? –preguntó Sora intentando fingir sin éxito. –¿Existe de verdad? –preguntó él dirigiéndose a ella y sujetándola de los hombros. –Sé que sabes algo. Dímelo, por favor. Pero antes de que Sora contestara, su teléfono empezó a sonar. Sora pensó que quien llamaba no podía ser más providencial. –¿Diga? –preguntó ella. –He vuelto a matar. –dijo Takeru con voz grave. –¿Qué? –preguntó ella sin esperar aquella confesión. –He matado a otra persona. –repitió Takeru. Una vez que quedó con Takeru, se dirigió a Koushiro con prisa. –Lo siento. Es trabajo. ¿Puedes quedarte con Aiko? –preguntó Sora. –Sí, claro. –dijo Koushiro casi sin tiempo a reaccionar.

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En el lujoso restaurante del hotel ya sólo quedaban dos clientas. Las luces se iban apagando, dejando el local con una luz tenue. Pero siendo quien era, no podían echarla. –El equipo médico del presidente Motomiya es fascinante. –dijo Jun, la asistente personal de Maki. –Estás mucho mejor de salud. ¿Hay un nuevo fármaco? –Se está haciendo tarde, Jun. Vete a casa a descansar. –dijo Maki amablemente para evitar las preguntas de su asistente. Maki se sirvió algo más de vino. –Gracias, señora ministra. Pero aunque su salud haya mejorado, creo que no debería beber mucho alcohol. –dijo Jun. –Qué bueno. –dijo Maki saboreando el vino. –Es genial estar viva. Una vez que Jun se marchó, Maki se acercó a los ventanales para admirar la ciudad nocturna. Entonces, apareció Yamato Ishida. Cogió una copa y la extendió para que Maki le sirviera vino. –¿Cuándo fue la última vez que bebiste vino? –preguntó Maki mientras le servía. –Está será la primera vez. –dijo Yamato. –Cuando entré en prisión todavía era menor de edad. Y luego no me dieron ese privilegio. –Eso es inesperadamente honesto, viniendo de un asesino. –dijo Maki. –Lo cierto es que eres un buen hombre. –¿Estás ebria? –preguntó Yamato tras aquella afirmación. –Quizás. Brindemos para celebrar tu redención y tu libertad. Salud. –dijo Maki, pero antes de que chocara su copa con la de Yamato, él ya estaba bebiendo su vino, lo que molestó a la política. –Podrías mostrar un poco de gratitud. Si no fuera por mí, estarías pudriéndote en la cárcel, o incluso muerto. –No te pedí que me devolvieras la libertad. Fuiste tú la que lo hiciste sin mi permiso. Eres tú la que deberías mostrar gratitud. –dijo Yamato sentándose a la mesa. –Cuando te saqué de la cárcel, yo estaba preparada. No subestimes a una política hambrienta. –dijo Maki empezando a arrastrar las palabras por el efecto que estaba comenzando a tener el alcohol, sentándose ella también. –Rectifico. No subestimes a las mujeres. –Hay un montón de gente que quiere utilizarme, pero soy yo quien decide si uso mi poder o no. No me malinterpretes. No eres tú la que me vas a utilizar, sino yo, quien te utilizará a ti. De ahora en adelante, si quieres mi ayuda, tendrás que demostrarme que merece la pena. –dijo Yamato. –No te olvides que te tengo en la palma de mi mano. –dijo Maki con la voz arrastrada, intentando hacerle ver a Yamato que era ella la que tenía el control de la situación. Maki se quitó la chaqueta debido al calor que le estaba entrando. Cogió la botella y volvió a servirle vino a Yamato. Pero la copa rebasó y vació la botella derramando todo el líquido. –Puedo volver a meterte en la cárcel en cualquier momento. Tú eres mi burro de carga.

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Desde que llamó a Sora, Takeru no se atrevió a volver a su apartamento, así que esperó a la castaña en la puerta de su edificio. Tras unos minutos que le parecieron horas, Sora llegó con su utilitario negro. –Takeru, ¿estás bien? –preguntó Sora. Él le devolvió una mirada de corderito degollado. Juntos, entraron en el apartamento, pero a Takeru le pareció todo muy extraño. Estaba todo extrañamente en su sitio, como si no hubiera ocurrido nada. Cuando entró en la habitación, también estaba completamente ordenada y no había ningún cadáver. –No está. –dijo Takeru. –Estoy seguro de que estaba aquí.

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–Un cuerpo artístico como los otros tres. –dijo Jou Kido al revisar el cuerpo de Chiaki. –Esta vez, el proceso de creación ha sido grabado adecuadamente. –dijo Ken Ichijouji. Era una lástima que hubiera perdido uno de sus mejores hombres, pero para Ken, era prioritario ver en acción el poder de Takeru. Ken puso la grabación mientras Jou se acercó por detrás para ver cómo Chiaki, encapuchado, pateaba a Takeru. Justo cuando Chiaki fue a apuñalar a Takeru, éste le puso la mano en el pecho y cayó muerto. –Un solo toque de su mano. –¿Esta también? –preguntó Jou cogiendo una vieja cámara de vídeo, ignorando que era la cámara de Kenta Ninomiya. Gracias a esa cinta, fue capaz de liberar a Yamato de su condena. –Esa no me interesa, es aburrida. –dijo Ken. –Pero como forense, podría servirte de referencia. Jou abrió la solapa y reprodujo el vídeo. La escena tenía lugar en un almacén. Un guardia de seguridad con algo de sobrepeso y con cara redonda apuñalaba a tres jóvenes. –¿Qué es esto? –preguntó Jou. Al mirar a Ken, éste no dejaba de ver el vídeo de la muerte de Chiaki en bucle. Así que, Jou se centró en el vídeo de la cámara, en el que el hombre apuñalaba a tres jóvenes. Al fondo, un Yamato Ishida diez años más joven estaba allí plantado sin hacer nada. Cuando terminó de apuñalarlos, el guardia se dirigió a la cámara que previamente había puesto a grabar y se dirigió hacia Yamato, haciendo caso omiso a los jóvenes que se quejaban de dolor. –Va, Yamato. Hazlo. Utiliza tu mano para curarlos. –decía Kenta Ninomiya. Pero Yamato no hacía nada. –Venga, ¿a qué esperas? Hazlo como sueles hacer. ¿Qué estás haciendo? ¡Date prisa! ¿O es que quieres matarlos?Si no los curo, ¿soy yo el asesino?dijo Yamato.¿Qué dices?–preguntó Kenta mientras veía como Yamato se le acercaba. –Aléjate. ¡Aléjate de mí! Continuará…
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