ID de la obra: 1405

El peligro del matrimonio

Het
NC-17
En progreso
1
Tamaño:
planificada Mini, escritos 56 páginas, 26.603 palabras, 23 capítulos
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Esperanza

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La Gran Sala del Árbol, donde las hadas se reunían en ceremonias especiales, aquella mañana, tenía un aire particular: de esperanza, de anhelo y de algo que las hadas hacía tiempo habían dejado de experimentar... una chispa de ilusión. Todas aguardaban en silencio mientras la Reina Clarion se preparaba para hablar. Con una leve sonrisa y su habitual elegancia, la Reina Clarion alzó las manos, y un silencio solemne se extendió entre la multitud de hadas reunidas. Sus ojos, que guardaban la sabiduría de estaciones pasadas y la tristeza de tiempos difíciles, parecían hoy resplandecer con una promesa nueva. —Queridas hadas —comenzó, su voz firme y cálida—, hemos esperado este momento con una esperanza frágil y renovada. Hoy es un día como ninguno otro, un día en que podemos sentir nuevamente el pulso de vida en nuestro hogar. Estoy orgullosa de anunciar que, en medio de estos tiempos oscuros, nuestra querida Tinkerbell nos bendice con una noticia sin igual. Un murmullo de emoción recorrió a las hadas, que se miraban entre sí con ojos brillantes y sonrisas contenidas. Entonces, con un gesto suave, la Reina invitó a Tinkerbell y a su esposo, Bobble, a dar un paso adelante. La pequeña hada rubia avanzó lentamente, con una sonrisa tímida y un brillo de emoción en sus ojos, una que, quizás, sólo aquellos cercanos a ella habrían visto antes. Tinkerbell, normalmente ligera y audaz en sus movimientos, ahora caminaba con cuidado, y todas notaron la pequeña curva de su abdomen, el cual ella acariciaba con dulzura. Bobble, a su lado, apenas podía contener su orgullo. Sus gafas parecían empañarse de la emoción mientras sostenía la mano de su esposa. —Tinkerbell —continuó Clarion, su voz cálida— ha traído a nuestro mundo el milagro de una nueva vida. En unos meses, nacerán dos hadas, gemelas, las primeras en generaciones. Su risa será nuestra esperanza y su luz, nuestra guía en estos tiempos inciertos. El sonido de aplausos y risas se esparció por toda la sala. Las hadas se acercaron, llenas de alegría y esperanza, para rodear a la pareja. Para ellas, la imagen de Tinkerbell con su barriga en gestación y la mirada orgullosa de Bobble era como ver el renacer de una era que ya creían perdida. Vidia, al final de la multitud, observaba en silencio. Su expresión era indescifrable, pero sus ojos revelaban una mezcla de emociones que aún no comprendía del todo. Ella, al igual que todas, sentía la esperanza, pero también una presión profunda, una expectativa que no había pedido. Porque, como las demás, Vidia sabía que ahora, más que nunca, todas las hadas del país de nunca jamás tendrían que seguir el ejemplo de la pareja. Observaba el vientre de su amiga con preocupación. Ese estado parecía como el de una enfermedad, por lo visto. Tink ahora ni siquiera podía caminar sola o volar demasiado. Vidia suspiró, con consternación. Terence a su lado miraba con anhelo, él quería más que nada servir a su reino, pero aun no sabía del todo cómo hacerlo. Ambos regresaron a sus casas. Ese día era de fiesta para el reino de las hadas, una fiesta en honor a TinkerBell, eso era increíble. Incluso las hadas del hielo venían a ver el milagro y a traerles presentes. Vidia no soportaba tanto ruido y tanta algarabía, no estaba de humor, por lo que arrastró a Terence con ella de vuelta a casa. Al llegar, él se propuso conseguir una cuna, dándose cuenta de que no tenían una para los bebés que tuvieran. Esperanzado e ilusionado, salió casi sin despedirse de Vidia. Ella, por su parte se quedó leyendo los estatutos. Habían ilustraciones del proceso, ilustraciones que dejaron a Vidia ruborizada y confundida. Sabía algunas cosas, pero ese tipo de encuentro no era común entre las hadas, por lo que ella no sabía como sentirse ante la perspectiva de tener que hacer eso con Terence. Aun así, la promesa de las caricias y los besos era un incentivo bastante atrayente. Aunque su miedo era mayor. Suspiró y miró las reglas básicas, las que decían que debían de tener bebés, dormir en la misma cama, desnudos, y tuvo que cerrar el libro y volverse a la ventana para soportar la impresión. ¿Porqué si la compañía de Terence, sus caricias y su conversación le parecían agradables, no concebía la idea de hacer esas cosas con él?  Se molestó con ella misma, si TinkerBell lo hizo ella también podía. Podía. ¿Pero Terence...?  Agitó las alas, pensativa, mientras el aroma a flores se esparcía por la habitación. Se había acostumbrado a esos aromas, tanto que eran parte de su propia persona ahora. Tal vez podría, tal vez... Terence volvió más tarde, con la cuna de madera, con un forro en hojas y algodón. Los hacían los artesanos, no había muchas de estas cunas, así que él tuvo que cambiar un par de herramientas para el polvillo a cambio. Parecía, curiosamente, el nidito de un colibrí.  —Le gustará. —murmuró para si mismo, cargando con el nido devuelta a casa.  Vidia estaba en su mesa de trabajo, donde tenía hojas y pigmentos, semillas de calabaza y plumas. Estaba llena de pintas de pintura, la cola alta de su cabello algo torcida y la mirada levemente perdida.  —¿Vidia? —le preguntó acercándose a ella. —Estoy aquí. —murmuró.  —Mm... Pues no lo parece. —irónico, él soltó una risa suave— ven, mira lo que conseguí.  Ella lo miró tan entusiasmado que dejó que ganara al final y se retiró de su mesa para acercarse a donde él la quería llevar. La cuna la sorprendió, era otra más de las cosas que andaban en su cabeza, la verdad, por lo que lo sintió una extensión de lo que sentía.  —¿No estás feliz? —le sonrió él, que resplandecía de entusiasmo.  —Lo estoy. —le sonrió con suavidad.  Terence estaba tan entusiasmado que la abrazó y la levantó en el aire mientras polvillo dorado revoloteaba alrededor de ambos. Vidia se dejó contagiar por él, al final había aprendido a estar a su lado y a dejarse precisamente cambiar de ánimo por sus arrebatos cada vez que él sonreía o se ponía así.  —¿Qué te gustaría que fuese? ¿Niña, niño? —le murmuró él al oído, su sonrisa escuchándose en cada sílaba.  —Tómalo con calma, —lo frenó ella— ni siquiera hemos...  Terence la soltó y la miró directamente a los ojos.  —No crees que suceda.  Un pinchazo de culpa aguijoneó a Vidia, que apartó la mirada. Por eso sintió que debía dar una explicación rápida. —Solo no quiero que te hagas ilusiones. —llevó una mano a la mejilla del chico en un intento por calmarlo— Ya muchos lo han intentado y no lo han logrado.  —Nosotros no lo hemos intentado aún...
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