Persistente
23 de noviembre de 2025, 10:59
El ministro del otoño estaba sacando un tarro de pigmento tras otro mirándolos con ojo critico cuando un vendaval se coló en el taller. Fue de un instante, de pronto los objetos volaron por los aires y las hojas de otoño se desparramaron por doquier. Cuando el polvo se aclaró, y el ministro Lord del Otoño dejó de toser, Vidia se presentó frente a él.
Un profundo olor a flores inundó la estancia y el lord miró al hada con sorpresa.
—¿Vidia? —murmuró, sorprendido en gran medida— ¿Eres tú?
Ella se dio cuenta de lo que había hecho y empezó a ordenar precipitadamente— Lo soy, señor.
El ministro del Otoño se detuvo un momento, sosteniendo entre sus dedos un frasco de pigmento dorado y mirándola con curiosidad creciente. El perfume que traía Vidia, suave y embriagador, impregnaba el taller, mezclándose con el aroma terroso y a hojas secas que solía reinar en el espacio de trabajo del lord.
—¿Qué clase de magia estuviste practicando? —preguntó él, sus ojos divertidos y con un brillo indescifrable—. Parece que has traído contigo un pedacito de primavera, Vidia.
Vidia, aún reorganizando las hojas y los frascos que habían caído, se sonrojó aún más, intentando sin mucho éxito disimular su nerviosismo.
—Señor, no es magia... al menos, no la de los hechizos habituales —respondió en voz baja, sin dejar de apartar mechones sueltos de su cabello con manos que no terminaban de quedarse quietas.
El lord cruzó los brazos, una leve sonrisa en sus labios, y la observó en silencio, como si estuviera intentando descifrar un secreto que ella guardaba con recelo.
—Hueles a flores frescas, resplandeces más que el sol de otoño... y, sin embargo, no quieres explicarme nada —dijo, sus palabras ligeras, aunque cargadas de una picardía que le hizo sentirse aún más expuesta.
Vidia finalmente se detuvo y levantó la vista, sus ojos brillando con una mezcla de vergüenza y una alegría que intentaba contener. Se mordió el labio, buscando palabras que no llegaban fácilmente. Pero el ministro seguía ahí, esperando, y ella se sintió como si fuera imposible ocultarle la verdad.
—Bueno... —comenzó a decir, rindiéndose a la sinceridad— digamos que... estuve compartiendo algo... especial. Algo que me ha hecho sentir... distinta.
El lord sonrió abiertamente ahora, sus ojos brillando de comprensión y afecto mientras la veía intentar explicar lo inexplicable. Ladeó la cabeza y le dedicó una mirada indulgente.
—Entonces, Vidia, quizás debería pedirte un frasco de ese resplandor para mis pigmentos —bromeó, su voz suave y amable—. Tal vez hasta yo podría atrapar un poco de esa magia de la que tanto huyes cuando intentas describirla.
Vidia rio suavemente, dejando que sus hombros se relajaran. Con el desorden finalmente en orden, ambos se quedaron en silencio, en ese taller donde el perfume de flores y hojas secas parecía bailar en el aire.
No dejaba de recordar cómo había despertado entre sus brazos, con el suave toque de la primera luz sobre su rostro y el calor de su piel contra la suya. La sensación era tan tangible que por un momento pensó que aún estaba allí, aún rodeada de su abrazo, enredada en sus besos pausados y en el murmullo entrecortado de sus nombres.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ese instante, y un estremecimiento involuntario la recorría, dejando sus mejillas encendidas. Aquella felicidad parecía haberse adherido a su piel, cada caricia de Terence, cada susurro suyo, palpitando como un secreto luminoso que sólo ella podía sentir. Y aunque no lo diría en voz alta, sentía que la energía de esa noche, la dulzura de aquella cercanía, la acompañaba en cada paso, como un eco silencioso que vibraba en su pecho.
Terence caminaba por la fábrica como si el aire a su alrededor estuviera encantado. Cada vez que entregaba un saquito de polvo o intercambiaba unas palabras con otra hada, el suave perfume a flores frescas se quedaba flotando, tan peculiar que todos a su paso se giraban a mirar, primero extrañados y luego sonriendo, contagiados de su inexplicable alegría.
Sin embargo, esa misma dicha parecía haberlo sumido en una encantadora torpeza. Su mente divagaba tanto que confundió órdenes y mezcló pigmentos en proporciones insólitas. Al preparar el polvillo en un caldero, calculó mal las cantidades y terminó creando un polvo que brillaba en tonos inesperados, entremezclando esencias de musgo con brillos dorados.
Cuando una de las hadas encargadas de revisar el producto final notó el error, en lugar de reprenderlo, soltó una risa suave y lo miró con complicidad. Terence, por su parte, simplemente se encogió de hombros, con una expresión de despreocupada felicidad, mientras el perfume a flores y su luz, que parecía emanar directamente de su piel, lo envolvían como un aura.
—Terence, me temo que mezclaste el polvo de luna con el de musgo otra vez —le dijo una de las supervisoras, aguantando la risa—. Si sigues así, terminaremos con un polvillo encantado capaz de hacer brotar un bosque en miniatura.
Él soltó una carcajada ligera, una que hizo eco en el lugar, iluminando las caras de todos los que lo escuchaban.
—Lo siento, hoy… —comenzó a decir, pero se quedó en silencio, sin encontrar las palabras. Una sonrisa casi incrédula asomó en sus labios, mientras su mente volvía, una y otra vez, a la noche anterior. Lo hubiera atribuido a un sueño, algo pasajero y vaporoso, si no lo hubieran repetido tres veces más esa noche, y una última al amanecer, cuando la primera luz suave del día apenas acariciaba sus rostros.
El recuerdo le encendía el pecho, le recorría como un calor persistente y hacía que cada gesto, cada palabra, parecieran teñidos de algo irreal, mágico, como si aún estuviera entre sus brazos. A cada paso que daba, sentía el rastro de aquella dicha latir en su piel, entrelazado con el brillo del polvillo que, sin poder evitarlo, emanaba de él, revelando aquella intimidad compartida a cualquiera que tuviera el ojo agudo y la sensibilidad suficiente para notarlo.
Las hadas intercambiaban miradas, algunas levantando una ceja con picardía, mientras otras susurraban comentarios entre risas. Nadie le reprochó nada. La verdad era que verlo así, con esa chispa nueva en sus ojos, hacía que sus propios corazones se sintieran más ligeros. Aquel día, Terence llevaba algo más que polvo y aromas; llevaba el brillo de alguien profundamente enamorado, una alegría tan palpable que iluminaba cada rincón de la fábrica, transformando hasta la tarea más monótona en una oportunidad de sonreír.