Emoción
23 de noviembre de 2025, 10:59
Conforme pasaban los días, las cosas se volvían cada vez más extrañas. Las desapariciones continuaban, lentas y sigilosas, como una sombra que se extendía sobre el reino de las hadas. Cada pareja que, al parecer, había logrado concebir, era convocada al centro del árbol del polvillo. Poco después, se escuchaba el anuncio de un nuevo nacimiento, los nombres de los padres se susurraban con orgullo... pero ellos ya no aparecían entre la multitud. Era como si se desvanecieran, arrastrando consigo un secreto que nadie se atrevía a mencionar.
Los rumores se dispersaron rápidamente. Algunos decían que la Reina los llevaba lejos para proteger a los nuevos bebés, pero Vidia no podía ignorar la inquietante realidad: no volvía a ver a ninguno de ellos, ni padres ni hijos, en las festividades o reuniones. Las hadas de jardín cuidaban con ternura a los pequeños nacidos, colmándolos de atención y canciones, pero sus dulces risas no lograban calmar la tormenta de preocupación que crecía en Vidia.
Ella veía el anhelo en los ojos de Terence cuando ambos pasaban junto a esa estación de la primavera, donde se había creado una pequeña guardería. Claro que las hadas hablaban y murmuraban, claro que había preocupaciones, pero todos miraban a los bebés hadas y perdían esas ideas. Ya no pensaban mucho al respecto, tampoco hacían de esas cosas mucho alboroto, parecía que la reina buscaba la forma de silenciar al que hablaba y... eso era más aterrador que cualquier cosa.
Vidia quería darle un bebé a Terence, empezó a desearlo mucho, pensaba en eso diariamente cuando trabajaba y cuando ambos disfrutaban del ritual nocturno del polvillo, que habían modificado gratamente. La casa olía a flores todo el tiempo, ambos olían mucho a flores ahora gracias a tanta actividad nocturna. Y Vidia no dejaba de pensar en lo que decían los estatutos, el manual, en lo que debería pasar después de esas rondas de amor, cuando Terence, específicamente, estuviera satisfecho y depositara su semilla en ella.
En esas noches de silencio inquieto, Terence era su único refugio. Él la envolvía con ternura, apaciguando sus miedos con palabras cálidas y caricias que llenaban su corazón. Vidia, cada vez más enamorada, encontraba en él una paz que nunca había creído posible. Lo amaba, quería darle un hijo, pero temía lo que podía traerle consigo esa bendición. Temía que les quitaran al bebé y los encerraran a ellos. ¿Qué habría sido de esa cantidad de hadas que ya no volvían? Madres y padres que desaparecían sin dejar rastro.
Pero una noche, mientras estaban enredados entre las sábanas, un cambio sutil la sacudió. Arrebujados en su mismo amor, Vidia notó algo diferente. Primero fue un cosquilleo suave, luego, de verdad que empezó a sentir algo mágico en su interior. La impresión fue mayúscula cuando se dio cuenta.
Terence estaba dormido entonces, exhausto después de la intensa pasión que había compartido con ella. Cinco rondas eran suficientes para dejarlo fuera de combate, y en ese momento dormía como nunca. Vidia a veces se sentía culpable por ser tan exigente, pero se decía a si misma que a él le gustaba de la misma forma que a ella y estaba completamente en lo cierto. Ella disfrutaba verlo dormir así de tranquilo después de sentir su calor y la fuerza de su deseo. Ella pensaba que recompensarlo con la noche tranquila de sueño era lo que menos debía hacer.
Así que no tuvo más remedio que esperar.
Sin hacer ruido, salió de la cama y fue hasta el rincón donde guardaba el polvillo mágico que siempre llevaba consigo. Con un leve toque, lo hizo flotar en el aire, y por un momento, se dejó maravillar por la suave luz dorada que envolvía el cuarto. Pero su mano, sin que lo hubiera planeado, se posó en su vientre. El cosquilleo se intensificó, y la verdad la golpeó con la fuerza de una estrella fugaz: ella también estaba esperando un bebé.
La emoción fue aumentando y de la nada no lo soportó más y volvió a la cama con Terence. Lo despertó con besos dulces y risas alegres que casi no acostumbraba dedicarle fuera de la intimidad de esa cama que ahora era su santuario. El hada del polvillo suspiró adormilado, satisfecho y más pacífico que nunca, con una sonrisa tonta en el rostro que se amplió al verla tan despierta. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que algo especial brillaba en los ojos de su esposa.
—Vas a matarme, Vidia —rió con suavidad, mientras intentaba enfocarse—, pero moriré tan feliz.
Ella se rió con él ante eso, besándolo con emoción y con ternura y Terence supo que algo era diferente. Algo la tenía más contenta de lo habitual y por lo visto no era la promesa de más dulce intimidad. Él se incorporó para mirar lo que ella le señalaba. La cuna, aun flotando levemente en el sitio donde ella la dejó. Para acabar de hacerlo entender, ella tomó su mano y la puso en su vientre mientras lo miraba con ojos brillantes. Él también pudo sentir la suave vibración de la magia.
—Lo logramos, Terence —susurró, con una intensidad que hablaba de todo lo que había en su corazón.
Terence quedó en silencio, su expresión de asombro transformándose en un barullo de incredulidad y dicha absoluta. Parpadeó un par de veces antes de soltar una risa ahogada, el tipo de risa que surge cuando algo es tan maravilloso que las palabras fallan.
Con una mano temblorosa, acarició el vientre de Vidia, sintiendo la tibieza de su piel y la incipiente magia que irradiaba.
—¿De verdad…? —musitó, casi sin voz. Sus ojos se llenaron de lágrimas y rió, abrazándola con fuerza.
—Sí —le susurró Vidia, apoyando su frente contra la de él—. Un bebé hada, nuestro bebé.
Ambos quedaron atrapados en un abrazo largo y silencioso, mientras el tiempo se detenía y la realidad se hacía menos tangible. Las dudas y miedos que Vidia había albergado hasta entonces parecían disiparse, al menos por esa noche, bajo la certeza de lo que habían logrado.
Pero cuando se separaron y sus miradas se encontraron de nuevo, Terence dejó ver la sombra de una inquietud.
—¿Y si la Reina...?
El nombre resonó entre ellos como una advertencia velada. Vidia entrecerró los ojos, el mismo temor comenzando a aflorar en su mente. Las desapariciones de las otras hadas y los padres de los recién nacidos cobraban un nuevo significado; un frío invisible la recorrió de pies a cabeza, y su instinto de protección se encendió con una intensidad renovada.
—No dejaremos que nadie nos los arrebate —dijo Vidia, decidida, mientras apretaba la mano de Terence—. Cuidaremos de él, lo mantendremos a salvo, sea como sea.
Terence asintió, aún con el peso de la preocupación, pero reconociendo en los ojos de Vidia la misma promesa inquebrantable. Protegerían al bebé, era suyo y de nadie más, fuese lo que fuese había tardado en venir y ahora era profundamente atesorado por ambos. Solo que para protegerlo, debían guardar el secreto.