Alicia en Wonderland (otra vez)
2 de enero de 2026, 0:37
Yacía sentado bajo un escuálido árbol seco, tenía la garganta y boca con una escasez de líquido similar, sus piernas temblaban y se sentía a desfallecer por el cansancio. Simplemente jadeaba con la cabeza recostada hacia atrás en la áspera corteza del tronco. Su cabello caía a los lados de su cabeza sucio y polvoroso.
Ansiaba unos minutos de descanso, de paz, ya que hacía poco rato había estado escapando de un murgiflo que al parecer lo confundió con un arrapastrojonio.
¡Que desagradable! Se había dicho el mismo, el tener que escapar constantemente de la muerte que intentaba devorarlo cada dos por tres. Quizá lo mejor sería no impedirlo y esperar el final sin prejuicios.
Ya no recordaba cuanto había vagado por el submundo desde el frabulloso día, cuantos peligros derrotado y cuanta esperanza perdida.
La reina blanca había dicho que nadie le dirigiría la palabra ni tampoco tendrían compasión ni consideración por él. Por él y por esa inmensa cabezota.
La misma que había decidido tomar un camino diferente a él prometiéndose fingir que ninguno existía. La soledad era mejor amante. Y la verdad que, a pesar de los constantes golpes, quejas, lloriqueos, reclamos, acusaciones, ofensas e improperios. Extrañaba las platicas, hablar en general con alguien que le pudiese contestar, con alguien que aliviara su dolor físico y mental.
Efectivamente, nadie le tenía ni una pizca de misericordia. Hasta repudio parecía inspirar en todo aquel que lo mirase.
Stein bufó cansado poniéndose en pie para continuar con la misma caminata interminable a la que fue condenado. Esta vez en busca de agua y comida. Aunque sinceramente, ya estaba muy lejos de mármoreal y el último habitante que se encontró estaba ya a kilómetros.
Estaba considerando establecerse en algún lugar, hacer alguna pequeña choza y quedarse a vivir los últimos días que le queden en un lugar fijo. Pero incluso el pensarlo era estúpido. Él era un caballero, no un carpintero, si apenas sobrevivía cazando pequeños y desabridos waldos, ¿como lograría subsistir sin estarse moviendo todo el día a todos los días?
Se tropezó y cayó regresando al polvoroso suelo. No hizo mucho por levantarse, ya que igual no tenía intensiones de hacerlo, no había porqué la verdad. La vida no tenía sentido, antes lo había tenido, antes hubiera dado lo poco que poseía por sus sueños, ahora solo esperaba morir en cualquier momento. Sólo se acomodó para quedar boca arriba y poder mirar las nubes color vino que danzaban en círculo dando inicio a una tormenta.
Cerró su ojo sintiendo las delicadas y tibias gotas de agua caer en su rostro. La sensación era agradable, era suave y tenía un efecto calmante en su destrozado espíritu. Igual, el agua le limpió todo el polvo y la suciedad revelando la blancura de su piel.
De vez en cuando, pequeños peces se deslizaban en el interior de las gotas que caían. Eso fue lo que lo impulsó a incorporarse para tomar algunos de los charcos y meterlos en su bolsa para más tarde azarlos o comerlos crudos. Era lo más provechoso que le quedaba, intentar llenar su estómago aunque sea un poco.
En eso cayó un rayo cerca de él sobresaltándolo, y luego otro, y otro más. Hacía mas de un siglo que no habían tormentas eléctricas en el submundo y sin embargo caían cada vez descargas eléctricas más fuertes y más prolongadas azorando a la sota que temía ser alcanzado por uno.
Entonces cinco rayos cayeron en el mismo lugar, en el mismo punto formando una brecha de luz incandescente que cegó a Stein por unos segundos. Se encontraba frotándose su ojo cuando escuchó el rechinido de unas viejas y oxidadas bisagras sin aceitar.
Una brillante puerta se había materializado en medio de la planicie.
Steyn alzó la vista encontrándose un neváceo rostro conocido, enmarcado por rizos rubios un tanto mas largos que la ultima vez que los vio, hacía algunos años en infratierra.
—A-Alicia —trastabilló con una voz más ronca y siseante que nunca por el desuso.
La mencionada avanzó hasta él mirándolo hacia abajo como la escoria que es. Ella usaba un vestido de tela suave y un collar y zapatillas blancos, acababa de escapar para regresar a su verdadero hogar.
Steyn se puso en pie dejando ver que era varias pulgadas más alto que ella. Alicia no tenía miedo, se notaba en su mirada azul que no había cabida a nada más que el más osado valor. La niñita había crecido, no había duda de ello.
—Ha pasado el tiempo, Ilosovich Steyn— murmuró mirándolo de hito a hito con sus ojos brillantes.
La sota se apartó un mechón azabache que se había pegado a su nariz, lo empujó tras su oreja— Ya no hay más reinas ni caballeros a los que arruinar la vida... Alicia. Tú regreso ya no tiene justificación.
Ella sonrió, debía tener veintiocho años pero su jovialidad no disminuía ni un poco —Vengo para quedarme, Steyn. Vengo por el sombredero, y mis amigos.
Steyn sintió un deliberado ataque de cólera. Era su predilecta oportunidad de vengarse de la responsable por el sufrimiento y dolor de su destierro. Se vengaría por él y por la reina roja, pero más por él. En un arranque de ira pura arremetió contra ella con la esperanza de poder ahorcarla o arrancarle la cabeza.
Pero ella lo vio venir, su muchocidad no había menguado, y empuñó una daga hacia la grisácea piel llena de cicatrices de la sota la cual fue forzada a retroceder. Ahí volvía a mostrar lo que era, Steyn, no mucho más que un cobarde.
—¿Te creías que regresaría sin armas? Escucha, inmunda serpiente —le ordenó mientras él alzaba las manos en señal de derrota, como en algún momento hizo ante la espada de Tarrant— Ya que estás aquí y conoces el camino me llevarás con el sombrerero, ¿está claro?
Steyn resopló con rabia asintiendo un par de veces mientras Alicia bajaba su filosa daga.
—Sólo te quiero avisar que no me rendiré tan fácil —siseó arrastrando las palabras fulminadola con su venenosa mirada.
—Lo sé —dijo esta apretando la empuñadura de su daga— por eso irás adelante.
La miró con odio pero daba igual, no tenía otra cosa en la que ocupar su tiempo más que a vagar sin rumbo fijo por infratierra. Conocía la casa del sombrerero, estaba a dos o tres días de allí caminando sin descanso, claro estaba.
Alicia no se distraía por nada del mundo, ella simplemente no soltaba la daga que portaba. Ya no era la niña inocente e ingenua de la primera vez. La sota esperaba el momento exacto para llevar a cabo su venganza, pero ella no cooperaba. Caminaba unos veinte pasos tras él y podía sentir el peso de su mirada clavada en su nuca. Steyn no se iba a dejar intimidar por una niña con una daga. Aún menos sabiendo que había un murgiflo a pocos metros de ahí.
Alicia entonces sintió la tierra temblar y se detuvo mientras la sota se volvía en sus pasos para ver su cara asustada. Lo que él no recordaba era que a Alicia no la podía confundir con un arrapastrojonio.
El murgiflo era una bestia sin forma definida. Sólo una masa de asqueroso y pestilente engrudo oscuro que Steyn imaginó atraparía a Alicia librándolo de ella, sin embargo la marea con vida propia se dirigió hacia él saliendo de entre las rocas del camino. La sota no tuvo el suficiente tiempo para reaccionar y las mareas lo tragaron envolviéndolo completamente.
Momentos después, Steyn se despertó encontrándose a orillas de un lago donde floridas joyivispulas hacían carreras sobre la superficie del agua derramando estelas de luz. Su piel ardía terriblemente, consecuencia de los ácidos que el morgiflo usa para digerir lo que atrapa. Intentó incorporarse lentamente pero luego escuchó la voz de la paladín de la reina blanca.
—...no, la vida allá es aburrida, nadie quiere siquiera plantearse a pensar un tanto más coloridamente.
—Hiciste muy bien en volver Alicia —dijo una voz chirriante y cantarina. Steyn la identificó con la de los tulipanes, bastante parecida a la de las huelenoches pero con una octava más alta.— No sabes cuanto te extrañó el sombrerero, cuentan las gardenias que el viento les susurró anoche mismo sus sollozos.
Steyn no quería quedarse a oír la conversación, por lo que duramente intentó incorporarse por completo. Pero un sonoro gruñido se escapó sin querer de su garganta y Alicia recordó que él aun estaba allí.
—Al fin se despertó el títere de la gran cabezota —le dijo ella suavemente en forma de burla aunque su voz seguía siendo impasible.
La sota volvió a probar incorporarse pero volvió a impedírselo el dolor. Y sólo alcanzó a carraspear por la molestia y la humillación.
—Eres mi guía, no iba a dejarte morir —le escupió ella acercándose a Steyn con un cuenco de lo que parecía engrudo morado.