ID de la obra: 1420

La sota de corazones de Alicia

Het
PG-13
Congelada
5
Tamaño:
7 páginas, 3.562 palabras, 3 capítulos
Descripción:
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Ya no es una niña

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Retiró un mechón oscuro de su rostro y fijó su mirada en la construcción ruinosa que se alzaba frente a él. Se quedó quieto y Alicia chocó contra la espalda de este, la chica iba más dormida que despierta por lo que este incidente terminó de despertarla.  —De aquí a Marmorreal hay menos de una hora de camino. Sin descanso— declaró la sota de corazones lanzándole una mirada a la niña, no tan niña. Se retiró inmediatamente de su cercanía, pequeña costumbre que aún mantenía de sus días de caballero en la corte de la reina blanca, cuando fue su protector. En las peleas cuerpo a cuerpo se requería atacar y recular, como los lobos, este tilde bélico seguía presente en su actitud, escapar ante los contactos más pequeños de los seres a su alrededor con ignominiosa repulsión. Había aprendido a frenar estos impulsos cuando pasó a ser el guarda-espaldas de la, en ese momento, joven Iracebet.  Alicia le devolvió la mirada, con la frialdad de quien no espera nada de nadie. Pero aún así, le sonrió, no era para él esa gracia, eso era seguro, sus ojos brillaron un instante ante, quizá, de algún retomo recuerdo en esos arboles sinuosos y retorcidos. —Acamparemos aquí. Steyn resopló con profundidad, siseando con soltura, no estaba del todo cansado, siempre lo estaba, pero sus músculos se habían habituado a las largas jornadas de cacería de algún ser comestible incansable, o de persecuciones extenuante en las que un paso en falso o un segundo de más representaba una dolorosa muerte. Por ello, ahora no se hallaba tan cansado, sólo pensativo. Su mano enguantada se deslizó a su bolsillo cuidadoso, uno de los pocos bolsillos que poseía, en el cual aún quedaban de aquellos peces que existían en las nubes ocres de lluvia, los que recolectó el día en que su destino se vio abruptamente desviado de la muerte por esa pelusa de cabello rubio. Su mirada oscura y profunda como el universo se desplazó por inercia a Alicia. La joven mujer dormitaba sobre la hierba, daba la sutil impresión de que dormía ahí donde había caído. Su piel había adquirido un aura sonrosada por el esfuerzo de la caminata, saludable, como una manzana fresca y dulce. Su propia boca, los pétalos que formaban sus labios, tenían un color tan vivo a la luz de la tarde, que nada habían de envidiarle a la dulzura de una cereza confitada. Sus pestañas, el cabello, su figura y sus delicadas curvas, nada había más mágico en infratierra. La sota de corazones solo poseía un guante. Hacía tiempo que el otro yacía en el estomago pútrido de un wendigo, cuando en una noche sin luna se vio asediado por un grupo de ladrones y en su ira olvidó encender alguna fogata. Esa mano sin guante, la que lucía una piel en tonos cetrinos y casi incoloros, fue la que se cerró con espasmódico odio alrededor del mango de la daga. Steyn era un ser vengativo, manchado por el más vil rencor, por lo que es comprensible que pasara de la calma a la ebullición en menos de un segundo, ignorando la pieza de arte que dormía frente a él. Era de tarde, en el momento en el que el sol ya había surcado más de la mitad del cielo y su brillo se derramaba sobre el páramo, pocas veces visto entre las retorcidas ramas de los arboles. Ese mismo brillo hizo lanzar destellos a la hoja de la daga en el momento en el que Steyn la alzó por encima de su cabeza. Pero al momento en que correspondía bajar el arma blanca y cortar con ella la respiración de la mujer, algo lo detuvo.   El caballero cayó de rodillas después del tercer intento. Si hubiese podido atribuir su impotencia a algún tipo de magia, hechizo o maldición, como la que envenenaba sus días desde aquel frabulloso día, se hubiese aterrado en menor medida. La daga cayó al suelo y con ella, parte de la ira de Steyn. ¿Qué ocurría? ¿Un asesino, acostumbrado a despedazar a sus victimas de la forma más terrible, teme tomar la vida de la persona que más odia? Suspiró, resignado llevándose ambas manos al rostro, cubriendo ambos ojos y agachándose hasta tocar con la nariz la hierba. Conocía esta sensación, por eso es que estaba tan confundido, simplemente: no quería. No quería y no asesinaría a Alicia, no porque su más perverso odio no se lo pidiera a gritos, sino porque su deseo de una vida tranquila pugnaba por encima del primer deseo.  Esto lo había estado pensando desde que inició el viaje. Si lograba reunir a esa loca con el sombredero o con la reina blanca, seguro que conseguiría su perdón. Quizá incluso la revocación completa de su maldición. Paz, al fin, dormir una noche completa, saborear por fin un minuto de silencio sin necesidad de agudizar el oído ante posibles amenazas. Nada más quería, nada más necesitaba. Por eso ahora se encontraba rumiando en silencio sus penas, frente a la joven mujer, se dio cuenta de la verdad: ya no era una niña. Y por lo mismo, su poder era ahora mil veces peor que antes.
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