ID de la obra: 1428

Guardiana de los vientos

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Un augurio caótico

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El vino parecía diáfano esa noche. No tenía los tonos oscuros y encarnados que él apreciaba, semejantes a las hojas con mayor tinte de los arces de azúcar o del Cornus florida en otoño. Cuando los tonos subían en intensidad —al rojo, al púrpura, o a ese rojo purpúreo tan llamativo—, dejaban siempre una sensación de calidez que abrazaba la garganta.Eso era lo que él deseaba probar en ese instante. Las sensaciones de firmeza o seriedad estaban más bien en los vinos más densos, a los que se les agregaba pimienta. Sus colores eran más potentes e irrepetibles; como un sabor que se detiene a hablarte. Cereza negra, ciruela, mora, grosella negra... Cuanto más maduro y oscuro el vino, más se acentuaba el dulzor afrutado. Si de algo sabía él, después de más de dos siglos asistiendo a esas reuniones, era que el vino debía hechizar y ser irrepetible, o no servirse en absoluto. —Ya sé en lo que piensa, Ministro. La voz agrietada de la oráculo lo sacó de sus pensamientos. El hada estaba sentada junto a él, catando a su vez su propia copa. Llevaba unos tocados de guijarros de cornalina cayendo como monedas sobre su frente, así como un gran número de collares sobre el pecho, y otros tantos en muñecas y tobillos. —Falto de tinte —dictaminó ella, leyendo sus pensamientos. —En efecto —se inclinó con un gesto elegante, bajando la mirada a la copa que sostenía—. Creo que esta estación olvidaron agregar nuez moscada o añejar otros cinco o seis ciclos. —Pero es claro que usted lo dejará pasar y no dirá nada al respecto —le sonrió, mojándose los labios con el vino de su copa—. ¿O me equivoco? RedLeaf se llevó la copa a los labios. —Nunca se ha equivocado, Ministra del Destino... —En tierra firme, muchos dirían que esto es un mal augurio —continuó ella, dejando la copa sobre la larga mesa del banquete—. Una situación que podría anunciar malos ratos futuros. —¿Está efectuando una predicción o probando su pericia con las bromas, ministra? El hada mayor soltó una risa musical, en la que se mezclaron los tintineos de sus abundantes collares. El sonido de piedra contra piedra no era del todo ahogado por las múltiples conversaciones que recorrían la mesa del banquete. —¿Un oráculo no puede comentar un dato curioso? No todo debe ser trabajo, ministro. RedLeaf le respondió con una sonrisa suave. —No he dicho eso —se excusó con un nuevo asentimiento—. Deberá perdonarme si busco en sus palabras pistas sobre verdaderos malos augurios. Solo me parece que todos estamos esperando qué profecía compartirá su merced en unos momentos. Hemos tenido una buena racha de ciclos hasta ahora. Una de las hadas de servicio se acercó con una bandeja de postres, dispuesta a rellenar las copas y platos de los ministros. La oráculo tomó con dedos cuidadosos uno de los canapés aderezados en miel y le dio un delicado mordisco antes de continuar. —En eso tiene razón, ministro —se permitió otro bocado, y luego volvió su atención completamente hacia el hada del otoño—. Desde que esa hada artesana apareció, ha convertido todos mis augurios de desgracia en ciclos de bonanza y deleite. Creo que ya van más de veinte, si no me equivoco. —Veintisiete —la corrigió él—. Incluso han sido de generosa fortuna, a decir verdad. Nunca se han visto estaciones más dichosas. ¿Sabe que piensan condecorarla y establecer, en su honor, nuevas festividades conmemorando su nacimiento? —Y, según he visto, tendré un puesto estelar en primera fila —sonrió con mayor deleite tras probar un canapé de fresa y betún, adornado con grosella y pan dulce—. Verdaderamente magnífica. Antes de Tinker Bell, nunca se había solicitado la presencia de la oráculo. Pero, ante la cantidad de situaciones extraordinarias que se sucedían ciclo tras ciclo, la reina Clarion consideró prudente nombrarla ministra e incluirla en las reuniones de inicio de estación. Un vistazo al futuro nunca estaba de más si ayudaba a evitar tragedias. RedLeaf se había sorprendido cuando, al comienzo del banquete, la oráculo eligió sentarse a su lado. En todo su tiempo como Ministro del Otoño, nunca habían intercambiado más que palabras de cortesía. La Ministra del Destino tenía fama de ser bastante particular, y una de sus costumbres más notorias era iniciar conversación con las hadas que tendrían relevancia ese ciclo. Cuando ocurrió el altercado entre Tinker Bell y su hermana melliza, Periwinkle, la oráculo se sentó todo el banquete junto a la Ministra del Invierno. Snowflake jamás volvió a ignorar los círculos en los que se movía la oráculo. Pero para su fortuna, ella nunca volvió a acercársele. —Todas las estaciones han sido beneficiadas por esa hada especial —continuó RedLeaf, sin mayor entusiasmo, pero con una suave y elegante sonrisa de paz en los labios—. Hace un ciclo, en el inicio de mi Otoño, ella fue la encargada de la creación de un cetro. Lo único que le quedaba era esperar a qué decía esa hada del destino cuando llegara su turno de hablar. RedLeaf sentía la preocupación crecer desde el comienzo de la cena, pero había logrado relegarla a un rincón discreto de su corazón. Por ahora, lo mejor era ofrecerle una buena conversación a la ministra. Tal vez así pudiera dilucidar algo entre líneas. Mientras hablaba, alzó una mano para llamar la atención de una de las hadas de servicio, que se acercó de inmediato. —Hidromiel —le indicó, ofreciéndole su copa de vino aún intacta—. Es preferible al vino para estas festividades. —Oh, no diga eso, ministro —se apresuró a decir la oráculo—. Puede ser que simplemente se haya equivocado de cosecha o de receta. ¿Puedo sugerirle el vino caliente con miel de las hadas del verano? Conociendo sus gustos, preferirá algo de tonos más encarnados y sabores más propios de noches de bosque y fogatas con luciérnagas. Además, tiene el grado perfecto de alcohol para acompañar la impresión que dejará el suceso que ocurrirá dentro de unos minutos. RedLeaf arqueó una ceja, pero se rindió al instante. —Que así sea. —El hada del servicio desapareció con un soplo de viento— ¿Me es lícito preguntar qué sucederá en unos minutos que será tan impactante como para necesitar una copa de vino veraniego de alta graduación? Un nuevo canapé se deshacía en la boca de la oráculo cuando algo pareció vibrar en el aire. Un murmullo atravesó el banquete. Luego, el tintineo de cubiertos y copas cesó al unísono. El viento parecía haber cambiado de dirección. —Los vientos traen lo inesperado —murmuró la ministra del destino, barriendo el dosel de hojas con la vista, sobre sus cabezas—. Señor ministro del otoño ¿Qué tanto aprecia esa calma que tanto ostenta? —¿Cómo dice? —RedLeaf se volvió a ella con las cejas alzadas, había estado contemplando las mismas hojas batiéndose en las ramas— ¿Mi calma...? Pues no... No sabría qué contestar... —Lo admito, debo estar más misteriosa esta noche que muchas otras. —dijo con la boca llena, antes de tragar con discreción— Pero es una cuestión que me intriga. ¿Las hadas del Otoño son todas así de pacificas? El ministro se había distraído un poco con el cambio del viento, pero volvió a recuperar su acostumbrada compostura con rapidez. Pero entes de contestar, el viento se replegó hacia el centro del claro como si inhalara. Una súbita ráfaga barrió la mesa con el olor de la resina y las moras fermentadas, alzando servilletas, apagando faroles, y desordenando pétalos ceremoniales. —No todas. —respondió él, en un murmullo— El otoño es época de cambios. Las hadas más arraigadas al otoño son de temperamentos cambiantes, a decir verdad. —Tranquilo, esto no es la atracción principal. —se sonrió ella— Se lo volveré a preguntar ¿Qué tanto aprecia su calma? RedLeaf no tenía razones para no creerle al hada del destino, pero aún así no consiguió serenarse del todo. Su mano instintivamente se acercó a la copa que acababan de dejar frente a él.  —Tanto como se considera prudente. —se volvió hacia ella— No sé si lo recuerde, ministra, pero el anterior ministro de Otoño era un hombre gorrión estoico y de aura más que nada de entereza. Yo siempre he buscado honrar su memoria a mi manera... ¿Es de importancia en este momento? —En breve lo será. —siguió masticando su canapé— Más o menos a partir de ahora. Y entonces ocurrió, una ráfaga de aire aún más potente que la primera azotó todo el rincón del bosque, mandando a volar algunas hadas sirvientes y despeinando o haciendo perder el equilibrio a algunos de los Ministros. Las ramas que formaban el dosel sobre sus cabezas se deshizo y muchos de los adornos cayeron. Las hadas de la luz encendieron reflectores para alumbrar lo que se movía en el cielo. Una figura emergió entre los hilos de luz de luciérnaga que colgaban de los robles. Revoloteaba a prisa seguida de un pequeño enjambre de hadas guardianes. Su entrada fue un zarpazo contra la solemnidad del momento. Era significativamente veloz, porque llegado un momento, parecía que ella los había aventajado por mucho antes de quedar atrapada en el dosel de ramas. El golpe fue estrepitoso y la caída insultante. Pero nadie se tomó la molestia de asistir al hada caída cuando los guardias se precipitaron contra ella.  La levantaron tambaleante y cubierta de barro hasta los muslos. Tenía una de las alas doblada hacia atrás, y el cabello alborotado como una tormenta. Un zapato le faltaba y el otro lo llevaba colgando del tobillo. Dos guardias la tomaron por los brazos, asiéndola y levantándola para llevarla consigo. —¡Suéltenme! ¡Puedo caminar, no soy un saco de pétalos marchitos! ¡Esto es abuso! —protestaba El silencio fue casi absoluto, excepto por el sonido de un vaso rodando por la mesa y cayendo con un discreto clac en la hierba. —¿Qué es esto? —La reina Clarion dejó su copa a medio camino del brindis y frunció levemente el ceño sin perder la compostura. RedLeaf había dejado de respirar. La copa en su mano temblaba apenas. El equilibrio exacto que había sostenido su ánimo durante toda la velada se resquebrajó con un crujido interno que nadie oyó. La oráculo no dijo nada. Solo se llevó otro canapé a la boca y observó. —Reina Clarion, ministros, mis disculpas —dijo uno de los guardias, haciendo una reverencia mientras forcejeaba con la prisionera—. Encontramos a esta hada robando los toneles del vino. —¡Miente! —alzó la voz el hada de vuelo veloz— Yo no estaba robando nada. —Cuando la encontramos, tumbó la mayoría. —el guardia fingió no oírla— Creemos que ha saboteado los que quedaron, razón por la cual los vinos servidos esta noche no han cumplido los estándares de la estación. Llevamos algo así como media hora persiguiéndola. Un murmullo consternado recorrió la mesa. El rostro de RedLeaf se tensó apenas un segundo antes de volver a su impasible elegancia. Solo su mirada, tan intensa como un crepúsculo de octubre, delataba su indignación. —Vidia —la voz de la reina Clarion sonó firme pero sin dureza—. Supongo que tendrás una explicación que justifique esta interrupción... y tu estado. —¡Claro que la tengo! —exclamó Vidia, aún resoplando por la indignación—. Estoy herida en mi orgullo, en mi ala y en mi paciencia. Y no pienso quedarme callada mientras se mancha mi reputación. ¡Exijo que me suelten! La intrusa, ahora claramente visible bajo la luz de los candelabros, era una joven hada delgada, de cabello oscuro revuelto por el viento, vestida con lo que en algún momento había sido un atuendo digno de una carrera aérea, ahora cubierto de lodo, hojas y ramitas. RedLeaf se encontró pensando que conocía a esa hada. Era una de las que asistían a casi todas las estaciones en la tierra firme. Vidia, una de las más talentosas, el hada que soplaba los mejores vientos en su otoño.  —¿Robando el vino? —inquirió la reina con una voz tan grave y suave que congeló hasta el aliento de los sirvientes—. Qué crimen más simbólico. Vidia pareció entender que de nada le servía mentir ante una reina tan absoluta como lo era la reina Clarion, porque enseguida cambió de técnica. —¡No era para mí! —exclamó la hada forcejeando, sacudiéndose el barro de la cara—. ¡Iba a devolvérselos! Bueno... quizá no todos... Escúchenme, fue un reto, las demás hadas de vuelo veloz me retaron a conseguir el vino de la celebración de las estaciones... ¡Si alguien tiene la culpa son ellas! Los ministros intercambiaban miradas incómodas. Algunos no podían disimular la sonrisa divertida. Otros observaban a Vidia como si un gato salvaje se hubiese colado a un templo. —¿Qué haremos con ella, reina Clarion? —preguntó el guardia, aún sujetándola con cierto recelo. La soberana miró con cierta pena a la joven hada. Vidia ya había causado problemas en el pasado, pero nunca se imaginó que podría llegar a hacer un desastre semejante. No la tocó, no la miró por encima del hombro, no levantó la voz. Solo dijo: —Déjenla. Parece que ya ha recibido su castigo. Los guardias se miraron entre sí y soltaron a Vidia, que cayó de pie de forma milagrosa aunque algo inestable. Se sacudió las alas torcidas con dignidad fingida. —Esto... fue un error, mi reina. Nada más. No se repetirá... Clarion suspiró, y con un gesto elegante hizo una seña al servicio. —Por favor, escóltenla de regreso a su estación. —los guardias acataron la orden antes de que ella se volviera para encarar la mesa y a todos los ministros— Es lamentable que sea este tipo de altercado el que de comienzo a nuestra reunión, pero puedo asegurarles que el resto de la velada será más agradable. RedLeaf bajó la mirada a su copa. El vino que la  acababa de llegar traído a prisa por un sirviente: profundo, aromático, caliente y especiado, justo del tono que deseaba. Lo giró con cuidado, como si pudiera encontrar ahí el equilibrio que acababa de perder. —Oh, Ministra del Destino… —susurró para sí— Hablando de augurios... ¿Este es el preludio definitivo de la desgracia? ¿O estamos ante un ciclo que solo traerá sorpresas inofensivas? Ella sonrió, sin responder. Pero su mirada permaneció clavada en Vidia hasta que desapareció, seguida de los guardias.
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