Cuidado con el frío
23 de noviembre de 2025, 16:12
Como siempre, la oráculo tenía razón. El vino caliente amainó sus pensamientos intrusivos y sedó en gran medida sus preocupaciones. Pero no evitó que la certeza de la desgracia se instalara en su pecho con mayor fuerza para este momento.
La reina hizo un brindis y la ceremonia se llevó a cabo de la forma esperada. Todos los ministros dijeron unas palabras, incluido el ministro del otoño, y fue como si la interrupción de Vidia nunca se hubiera producido. Incluso se compartieron algunas bromas y momentos bastante emotivos cuando el ministro de la primavera se echó a llorar narrando la belleza del primer capullo primaveral que vio abrirse hacía dos siglos bajo una lluvia perfumada de jacintos.
El baile y la música, las hadas cantoras y los instrumentos de cuerda y viento hechizaban los sentidos. El vino caliente llenaba las copas de todos los Ministros que hablaban entre ellos con solemnidad de anécdotas y pequeños temas de interés mientras los platos se sucedían.
Pero eso no hizo olvidar a RedLeaf a la oráculo, que se hallaba sentada a su lado, sorbiendo su propia copa de vino. Aplaudiendo a intervalos y degustando a pequeños tragos. No parecía distraída, pero tampoco del todo presente.
El vino caliente era como a él le gustaba, profundo en color y en impacto. Pero desde hacía varios minutos la copa estaba abandonada en el hueco de su mano. No podía dejar de pensar en lo que vendría cuando la Oráculo desplegase su predicción para ese ciclo. Ya no le cabía duda de que sobre su cabeza pendía la espada de Damocles y que para este momento estaba por dejarse caer sobre él.
Un murmullo de las hadas cantoras hizo que todos los presentes guardasen silencio. Las luces se atenuaron y muchas velas fueron apagadas para que la luz del hada más importante en la tierra de las hadas fuese el único centro de atención.
—Desde tiempos inmemoriales, cada ciclo nos ha sorprendido. —la reina se alzó de su asiento para tomar la palabra— Como los astros cambiantes del firmamento, así nos hemos desprendido por capas de las estaciones. Hemos vivido tiempos de risas y celebraciones junto a faunos y náyades. Pero también hemos pasado tiempos de dolor y de atribulado llanto... Ministros, desde los últimos veintisiete años, cada ciclo ha sido diferente al anterior. Yo misma he sentido ese cambio, y me he preguntado, más de una vez, qué se avecina.
Redleaf volteó sutilmente hacia el lado de la reina, al asiento junto a ella. El señor del invierno, Lord Milori, se hallaba relajado junto a ella, atento y receptivo a las palabras de su señora. Sobre su cabeza había una suave nevada que caía sobre sus cabellos blancos y delicados copos se desprendían de sus movimientos cuando él seguía los ademanes de la reina al hablar.
Sin Tinkerbell eso no habría sido posible. La ministra del inverno, más allá, había sido dotada desde el principio con el don de las estaciones, como el propio RedLeaf y los demás ministros, pero ese don no se hallaba en los lords y ladys. Reunir dos hadas de distintos mundos era prácticamente imposible. Y sin embargo ahí estaban, un señor del inverno y un hada cálida.
Esa unión siempre le trajo esperanza a RedLeaf y trató de aferrarse a ello para no olvidar que todo era posible y que, si volvía a haber un problema en su otoño, siempre habría una u otra solución inesperada.
—Cada nueva estación ha traído sus nuevos problemas y, con ello soluciones que nos han obligado a reinventarnos... Es por eso que decidimos tentar a la suerte y descorrer el manto que nos impide ver más allá. Por eso hoy estamos aquí. Porque, aunque el futuro nos asuste, no queremos enfrentarlo a ciegas. Hemos decidido dar un vistazo al futuro.
La reina volvió a tomar asiento, con el gesto sereno de quien ya ha entregado lo más delicado de su voz. Como parte del ambiente, las hadas del agua crearon niebla y las de la luz crearon relámpagos en esas nubes artificiales. Entonces, las hadas cantoras entonaron un acorde suave, y la Ministra del Destino se levantó y avanzó hasta un estrado más allá, preparado solo para ella.
Como siempre, no perdió el tiempo para lucirse y cuando más misterioso era el canto de las cantoras, la capa de neblina que arrastraba tras de sí se volvió espesa. Parecía absorber la luz de las velas sin apagarla, tornándola perlada, lechosa, etérea.
Se detuvo en el centro del claro. Alzó los brazos cubiertos por las cuentas de cornalinas como telarañas tejidas al atardecer, y sus ojos —tan pálidos que parecían vacíos— miraron hacia más allá del dosel de ramas. Hacia las estrellas talvez o mucho más allá, al destino mismo.
Cuando habló, su voz no fue del todo suya. Venía de más lejos.
—Primavera... —dijo, y en ese instante una suave ráfaga perfumada recorrió el claro, como si alguien hubiera deshojado un campo entero de flores silvestres.
RedLeaf vio de reojo a Hyacinth, ministro de la primavera, sentarse más al borde de su asiento para escuchar mejor.
—Oh, estación del despertar, vendrás este ciclo con alas de colibrí y pies danzantes. Las semillas dormidas abrirán sus ojos al primer canto de los mirlos, y el corazón del bosque latirá con renovado fervor. Todo lo que una vez fue roto, hallará la fuerza de volver a brotar.
Un suspiro atravesó la multitud. El ministro de la primavera, aún con los ojos húmedos, inclinó la cabeza emocionado. Las hadas que venían con él y trabajaban íntegramente bajo su mando parecieron celebrar en silencio las buenas nuevas.
—Verano... —continuó la ministra, girando apenas sobre sí.
SunFlower soltó una risita de emoción desde más allá, al fondo. Los pétalos de su vestido veraniego eran de un rosa fucsia esa noche, lo más formal que podía usar un hada del verano. RedLeaf se llevaba bien con ella, como con los demás, así que sonrió ante la emoción del hada.
—...estación del ardor y del zénit, tus días se alzarán largos y dulces, como la miel derramada en los labios del mundo. Las luciérnagas bordarán noches sin temor, y el lago de las estrellas mostrará visiones de gozo. En tu centro, hallaremos un júbilo que parecía perdido. La alegría correrá como vino fresco entre las raíces de cada árbol.
Las hadas rieron bajito, exultantes de plena felicidad. Eran augurios buenos, mágicos y bastante mejores que los del año pasado, a decir verdad. SunFlower, reluciente y dorada, cruzó miradas fugaces con Hyacinth. Por un momento, todo fue promesa.
Hasta que llegó el cambio.
—Pero el Otoño... —su voz se quebró suavemente, como una rama seca bajo la presión del viento— el Otoño será el umbral.
Un frío inesperado rozó los tobillos de los presentes. La neblina que rodeaba a la ministra del Destino pareció oscurecerse, y las velas temblaron. RedLeaf, con un gesto lo más tranquilo que pudo, vació la copa en su boca antes de escuchar lo que vendría.
—Vendrán los vientos del norte sin previo aviso. Las hojas caerán antes de tiempo. Y allí donde debía haber oro y fuego, hallaremos hielo... No un hielo común. No un hielo breve. Será un presagio que se extenderá como una plaga blanca, un invierno que no morirá tras la luna llena. Un invierno que devorará las raíces, las alas y los nombres.
RedLeaf sintió una punzada aguda en el pecho. No por miedo, sino por la certeza, él ya había estado esperando este desenlace. Pero oírlo de verdad era como sentir las garras heladas en su corazón por segunda y definitiva vez.
—El equilibrio caerá, uno a uno, los pilares de la estación cederán. Primavera y verano, por más fuerte que resplandezcan, no bastarán para detenerlo.
La ministra del destino se volvió entonces hacia el norte. Y con un gesto, conjuró una imagen en el aire, hecha de niebla, polvillo y azes de luz.
—Solo hay un sendero. Los dioses antiguos, los que tejieron el tiempo antes de las hadas, escondieron los Vientos Guardianes en los cuatro árboles primigenios. Uno en cada punto del Nunca Jamás. Quien los libere antes de la primera escarcha del Otoño, podrá soplar contra la era del hielo. Pero los árboles no abren sus raíces a cualquiera. Se necesita algo más que un par de alas, voluntad y velocidad. Se necesita valor, fidelidad… y pérdida.
La neblina se deshizo. Las luces volvieron poco a poco. Pero el aire seguía suspendido, como si todo lo dicho aún flotara sin asentarse.
Entonces la ministra del destino parpadeo y todo volvió a como antes de empezar a hablar. Delicadamente, se llevó una mano al cabello entrecanado para devolver los mechones a su lugar antes de bajar del estrado. Pero antes de bajar en su totalidad, la reina se alzó de nuevo, majestuosa y serena.
—Esta celebración se ha terminado. —su voz resonó en todo el claro— Convoco una reunión extraordinaria para los ministros ahora mismo. El resto de las hadas, vuelvan a sus estaciones.
RedLeaf se alzó de igual forma de su asiento para volar hasta la ministra del destino y retenerla antes de que se fuera. No es como si ella lo fuera a hacer, pero valía más prevenir.
—Ministro... —empezó a decir la oráculo, sin que su voz variase ni un ápice.
—Imagino que sí, ministra. —le cortó él, con firmeza, pero sin dureza— Tendrá otras ocupaciones qué atender, pero en esta ocasión no admitiremos objeciones... Nos debe una explicación a todos... en especial a mí.
Las hadas que venían con sus ministros empezaron a retirarse. Los lores y ladys y las hadas de más bajas categorías, pero no menos importantes empezaron a irse de igual forma. Los sirvientes y demás desalojaron el claro, quedando solo los ministros tras Redleaf y la oráculo en medio del claro. La reina se tomó un momento para despedir al lord Milori y ese tiempo extra le vino bien a RedLeaf para detener a la oráculo.
La ministra del destino, al ver que no había forma en la que el ministro del otoño la soltase, bajó la mirada. Y por primera vez en la noche, sus párpados parecieron pesarle. Luego levantó los ojos hacia RedLeaf y, en voz tan baja que apenas quebró el silencio, dijo:
—Revisen los mapas del viento y... tengan cuidado con el frío.
RedLeaf frunció el ceño.
—¿Los mapas...? No hay mapas del viento ¿A qué está jugando, ministra?
Pero no hubo respuesta. La oráculo alzó una mano, no en despedida, sino como si disipara una bruma invisible. Y en un suspiro de niebla, luz y el sonido grave de piedra contra piedra, desapareció.
El ministro del otoño se quedó allí, solo ante el lugar que había ocupado. La neblina, que se había disipado antes, parecía volver poco a poco alrededor de sus pensamientos.
"el frío... se refiere a la helada" pensó "pero los mapas del viento... eso no puede ser posible siquiera"
—Ministro. —llamó la reina, acercándose a él, sorprendida por verlo solo— ¿Qué ha sido de la oráculo? Estaba aquí hace un momento.
—Por lo visto, ha decidido desentenderse del asunto… mi reina.
—¿Dijo algo antes de marcharse? —preguntó SunFlower, acercándose con el ceño fruncido, escandalizada.
—Murmuró algo… algo sobre los mapas del viento —respondió él, aún procesando las palabras.
—¡Qué desfachatez! —exclamó Hyacinth, indignado—. ¿Mapas del viento? El viento no se ve, ¡¿cómo se supone que alguien va a cartografiar algo invisible?!
—En realidad… los mapas del viento existen —suspiró la reina, y de inmediato todas las miradas se dirigieron a ella—. Son más reales que la misma oráculo.
—¿Mi reina? —inquirió RedLeaf, sorprendido.
—Es un secreto de las hadas de vuelo veloz —explicó Clarion—. Solo un puñado de ellas sabe leerlos. Son antiguos y muy valiosos, creados por la primera hada de vuelo veloz de todos los tiempos, y han pasado de mano en mano hasta las actuales. Ellas son al viento lo que las hadas del agua al océano.
Los cuatro ministros se quedaron en silencio, visiblemente preocupados. La reina pensó durante unos segundos más antes de hablarle a su mano derecha.
—Groselinne —llamó, y un hada pequeña con uniforme real apareció a su lado—. ¿Creaste una copia de todo lo dicho por la oráculo?
—Así es, mi reina. Cada palabra.
—Bien. Deseo que se extiendan copias para los ministros... parece que nos enfrentamos a algo verdaderamente desconocido.
El hada asintió y, rápida como una pequeña fotocopiadora, extendió las cuatro folios de hojas en las que pasó con un estilete los datos antes de entregárselas a ellos. RedLeaf fue el primero en tomar la suya y estudiarla con atención.
—Debemos ir a hablar con las hadas de vuelo veloz... —meditó en voz alta la reina—. Mañana por la mañana. Aún tenemos tiempo antes del otoño, varios meses, pero no podemos confiarnos...
—"Hielo que no es común, que no es breve..." —leyó en voz alta la ministra del invierno—. Habla de una helada potente, mi reina. Quizá una era del hielo...
Los demás ministros ahogaron una exclamación.
—"Los dioses antiguos, los que tejieron el tiempo antes de las hadas, escondieron los Vientos Guardianes en los cuatro árboles primigenios" —leyó SunFlower—. Es obvio que hay una solución, pero... ¡mi reina! Habla de partir hacia los cuatro puntos cardinales, en busca de árboles específicos.
—Árboles que no sabemos si existen —continuó Hyacinth, rodando los ojos.
—Yo iré a hablar con esas hadas de vuelo veloz, mi reina —decidió RedLeaf—. Es de mi otoño del que hablan. Yo buscaré esos mapas.
—Que así sea —asintió la reina—. Mandaré a mis mejores hadas bibliotecarias a buscar información sobre esta profecía, y sobre las pistas que puedan recogerse sobre las heladas.
—De eso puedo encargarme yo, reina Clarion —intervino SnowFlake—. Mis hadas de las ventiscas conocen bien las heladas pasadas. Puede que hayan recogido registros sobre las que están por venir. También puedo revisar los archivos invernales más antiguos, aunque están lejos y algo desordenados. Podría tomarme un tiempo.
—¿Cuánto tiempo? —indagó la reina.
—Algunas semanas, mi reina —le dijo, haciendo una reverencia sutil— Me ausentaré, pero seré eficaz.
—Cuento con ello. —aceptó Clarion, asintiendo hacia la ministra de invierno— Necesitaré que los ministros de primavera y verano no se confíen por haber recibido las mejores predicciones. Necesitaré de sus mejores hadas del jardín para saber de esos árboles escondidos... Aunque... pensándolo bien, solo busquen en sus registros los árboles centenarios. No hay porqué ventilar el tema. Mientras menos hadas lo sepan, mejor. Debemos saber qué tipo de árbol es el que buscamos.
—Podrían ser fácilmente coníferas o arces, mi reina. —improvisó SunFlower, aún con la voz cargada de ansiedad— Píceas, cedros o cipreses.
—Mi reina. —volvió a hablar RedLeaf— Creo que podré suplir en ese sentido también. Antes de ser nombrado ministro del otoño, fui un hada del jardín, con especialidad en el bosque. Mi área era el bienestar de los árboles. Bastará con que sepamos que es un árbol centenario, de los que hay verdaderamente pocos, y que yo estudié en mi juventud.
Los demás ministros lo miraron con sorpresa.
Generalmente, ningún hada que alcanzaba el rango de ministro de su estación, hablaba de lo que había sido antes. Por ejemplo, la reina Clarion fue un hada del polvillo con un don para la creación misma del polvillo—un talento nunca antes visto— y que ya de por si le dio una gran cantidad de prestigio desde antes de su reinado. SunFlower era hada de la luz más potente del verano. SnowFlake fue hada de los animales de invierno. No costaba mucho adivinar que Hyacinth era hada del jardín, con área en el arte de la pintura de pétalos de las flores más finas.
Pero no era de eso de lo que hablaban a menudo.
—Eso nos será en extremo útil. —asintió la reina con una sonrisa— En ese caso... Mañana hemos de volver a reunirnos. Todavía no se ha perdido el otoño y el inverno aún no se sale de control... lo mejor será que instruyan a sus hadas a guardar el secreto mientras nos movilizamos para investigar todo lo posible.
—Si, mi reina. —asintieron todos en una reverencia leve antes de retirarse.
“Los mapas del viento” RedLeaf no se había nunca preocupado por algo como eso, pero ahora debía hacer todo lo posible por impedir que su otoño fuese el último. Y si esa era la única pista… no le quedaba más remedio que buscarlos.
Antes de partir, se acercó a la mesa del banquete y tomó una de las copas abandonadas con el vino ahora tibio. Le dio un generoso trago antes de alzar el vuelo hacia su estación.