ID de la obra: 1428

Guardiana de los vientos

Het
PG-13
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Calor compartido

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Ambos se habían quedado en silencio mientras el frío seguía haciendo mella en el ambiente. Vidia, aún molesta con RedLeaf y con ella misma por el simple hecho de molestarse, lo vio temblar. Aunque hubiera dicho que prefería que ella se abrigara antes que él, eso no quería decir que no fuese inmune a la temperatura. Y aunque ella estuviese molesta, eso no quería decir que no se preocupara por su seguridad. RedLeaf estaba apoyando la espalda en una rama vertical, casi como sentado en un asiento con respaldo. Vidia se incorporó y, antes de que el ministro pudiera hacer algo, ella desplegó la capa y la pasó por los hombros del hombre gorrión. Pero antes de envolverlo por completo, ella se ubicó sentada entre las piernas de RedLeaf. Solo entonces cerró la capa para dejarlos a ambos en su interior. —¡Por la tierra de las hadas! —masculló ella tiritando de pronto— ¡RedLeaf! usted estaba a punto de congelarse, de haber sabido qué tan helado estaba habría actuado antes... El ministro del otoño se quedó estupefacto incluso cuando Vidia ya había apoyado so sien en el pecho masculino. Nunca un calor como ese le había parecido tan grato y tan dulce como el que Vidia le transmitía con su cuerpo en ese momento. —Pero tenías que molestarte primero por verme con otra mujer ¿verdad? —se atrevió a decir, con una sonrisa que emulaba la arrogancia misma que Vidia mostraba a veces— Si no, habrías actuado ¿no es cierto? La voz calmada había fluctuado solo un poco cuando Vidia se acomodó mejor en esa posición tan tibia. Eso bastó para que ella no se molestase. Saber que él reaccionaba a su cercanía y que estaba muy consciente de ella era algo muy emocionante y revitalizante. —Supongo que usted hizo lo que tenía que hacer —murmuró ella, alzando el rostro para poder verlo directamente a los ojos—. No puedo estar molesta... Sea donde sea que esté esa náyade... incluso si está aquí y hay algo diferente en ella después de ciento cincuenta años... debe recordarlo con aprecio... como yo lo hago. RedLeaf sonrió ante esto, y con una dulzura inspirada por la ternura, pasó una de sus manos por el cabello oscuro de la joven hada. Entonces Vidia volvió a actuar por inercia. Primero se incorporó en sus rodillas para poner sus manos sobre los hombros del ministro. RedLeaf se volvió a quedar paralizado observando el aplomo con el que la vuelo veloz se movía para esta vez acercar su rostro al suyo. El beso fue apenas un contacto suave, tímido, con una vulnerabilidad tal que RedLeaf no creía posible que fuera ella la que lo estaba dando. Parecía como si temiese ser rechazada, como si le importase mucho la reacción que él tendría hacia ella. Por ello, RedLeaf no perdió tiempo, al sentir esos delicados pétalos sobre sus labios, sus brazos la envolvieron con la capa para abrazarla y atraerla hacia él. La estrujó contra si mientras ella lo tomaba por ambos lados del rostro y seguía besándolo con ternura. No sabía que había estado esperando tanto este momento sino hasta que sucedió. —Vidia... —dijo él, con una enorme sonrisa estallándole en el rostro, pero ella consiguió volver a besarlo, con más pasión esta vez. —Shhh... —murmuró ella, sin dejar de besarlo con suavidad, demostrando un amor que nunca se había visto en una vuelo veloz. RedLeaf le contestó con una risa musical, antes de moverse por debajo del manto. Una de sus manos tomó a Vidia por la nuca, con el pulgar acariciando la mejilla de la joven, que se estremeció. Así la atrajo más a él, para profundizar más el beso. Vidia no sabía cómo había pensado en un principio que de existir la posibilidad de una situación semejante, ella sería más dominante que él. Pero cuando sintió la mano libre del ministro rozando con las yemas de los dedos la cicatriz de su ala convaleciente, supo que la aparente tranquilidad de RedLeaf no era igual a sumisión. Ella dejó escapar un gemido suave al sentir esa caricia. —Ministro —jadeó con sorpresa, separándose del beso apenas para reir de la misma forma que él. —Shh... hablamos luego —murmuró él, y volvió a unir sus labios con la misma dulzura amorosa. Las caricias en sus alas eran tan dulces, que Vidia las extrañó cuando esa mano se posó en su cintura y aferrarse a ella mientras el beso se volvía más apasionado. Vidia colocó sus manos en el pecho masculino, se sentía desfallecer de tanto amor, y si él la hubiera soltado ella hubiera caído de una u otra forma. —Te amo —susurró él contra sus labios. Vidia tembló ante él, buscando sentarse sobre uno de los muslos de él. Lo besó más, buscando más de él en todo momento, más de su tierno consuelo y esa paz que le encantaba volver caos. —Y yo a ti —confesó Vidia, voz rota—. Con locura... Entonces, el lamento resonó en el vacío de la niebla. El beso se rompió por inercia y ambos se quedaron quietos, abrazados, bajo la capa, escuchando con atención. Por el movimiento y el frenesí del momento, parte de la capa se había deslizado, por lo que en ese momento el frío regresó. Vidia, con gesto irritado volvió a tomarla para subirla por encima de sus hombros, lanzando miradas hoscas a todos lados. Odiaba que la interrumpieran, y más en ese momento en el que se había convertido en el hada más feliz de todo NeverLand. —No es justo... —suspiró ella, volviendo a arrebujarse en el pecho de RedLeaf. El ministro no evitó reir por lo bajo, abrazando el delicado cuerpo de la hada de vuelo veloz. Vidia era pequeña y suave entre sus brazos, que a pesar de la amenaza de algo peligroso entre la niebla, él no podía evitar concentrarse en ella. —Mira el lado bueno... —murmuró él, apoyando su mandíbula sobre la coronilla de la cabeza de Vidia, acunándola en un abrazo suave y posesivo— ahora sabemos lo que sentimos, siempre podremos continuar después... Vidia se movió para depositar varios besos en la mejilla del ministro antes de volver a la posición de antes, escondiéndose en su cuello para sentir todo el calor que él podía ofrecerle. Por la mañana, cuando el sol disipó la niebla, RedLeaf fue despertado por el frío que representó el abrirse la capa que lo cubría. Ya no estaba tan helado fuera, a pesar de todo, pero el calor mágico de Vidia se apartó de él dejándolo con una sensación de pérdida latente. —¿Vidia? —murmuró, entre abriendo los ojos, la luz del día iba en aumento. —Sigo aquí, RedLeaf —dijo ella con cierta diversión— ¿Piensas que me iré ahora o algo así? Él sonrió, desperezándose, tomando la capa que se había deslizado por su hombro ante el movimiento. La niebla había desaparecido, pero aún había algo de frío. Ahora el paisaje se veía al completo, había varios árboles secos, el suelo estaba seco, muerto y gris. Todo el panorama era suficiente para enfriar el ánimo de ambas hadas. —Ahora si es tal y como lo describiste —suspiró él, terminando de quitarse el manto para mirar en derredor—. Es tal y como acabó... —¿Este es el valle donde ella estaba? —Vidia no lo miró al decirlo, solo paseó los ojos por entre los árboles grises y marrones. El paisaje era el mismo que en la visión, solo que faltaban árboles y otros habían muerto y permanecían secos y polvorientos en su estado estático. Abajo en la tierra yerma, había aún un par de tocones rotos por el tiempo. —Si... antes era diferente... —murmuró RedLeaf, observando a su vez con calmada tristeza— Las náyades y ondinas cuidan el equilibrio natural de los árboles, las plantas, el agua y el clima donde no lo hacen las hadas. Al irse con su árbol, ella se llevó ese equilibrio. Un resquemor de envidia se encendió en el pecho de Vidia, caldeando su ánimo y amargándola unos grados. No le gustaba la añoranza que el ministro demostraba en esas simples frases. La hacía sentir que lo ocurrido la noche anterior no había tenido real trascendencia. —¿Podrá el árbol del viento estar aquí? —dijo ella, para cambiar de tema— No parece un lugar donde pueda siquiera sobrevivir... RedLeaf se puso en pie y oteó hasta donde se veía, luego, extrajo de su bolsita de polvillo para preparar sus alas. Vidia lo espió en ese trance lento mientras él meditaba. —Espero que te equivoques, vuelo veloz —volvió a murmurar, terminando de enfundar sus alas en el polvillo dorado—. Cada vez es más dificil llegar hasta los árboles y por lo visto, en cada uno hay un problema diferente. Ella asintió, sin dejar de darle vueltas al asunto de la náyade. —¿Nunca supiste nada más de ella? —volvió a preguntar, esta vez echándole una pequeña pero significativa mirada de reojo a RedLeaf antes de volver la vista hacia el frente. El ministro no era ningún tonto, por lo que antes de que ella pudiese decir más, se incorporó y se acercó a ella. La tomó de la mano y se la estrechó con suavidad para que ella lo mirase directo a los ojos. —Te conté todo eso para que supieses cómo sabía de este lugar —le explicó con cautela, pero cariño, acariciándole con las yemas de los dedos el dorso de la mano—. No para que te pongas así, Vidia... La vuelo veloz se había paralizado al sentir la calidez embriagante de los sentimientos, pero el sentimiento persistía dentro de ella. —Parece un ser digno de recordar... es eso nada más... hablas de ella con un deseo de reencontrártela que yo... —la certeza de su vulnerabilidad la golpeó como un rayo y de inmediato, Vidia carraspeó y se irguió, apartando la mano de las de él— lo mejor será continuar, ministro. La niebla hace rato que se ha disipado. Pero RedLeaf volvió a tomar su mano, esta vez con más firmeza, pero sin brusquedad. Solo recuperó lo que ahora sentía que le pertenecía. —Eso fue en el pasado, Vidia —se llevó el dorso de esa blanca mano a los labios y depositó un beso casto y dulce—, no tienes porqué interpretarlo de mala forma. Si hablo de un tiempo pasado, es porque fue significativo en mi vida. Eso no quiere decir que cambiaría este momento, tu compañía, o las aventuras que hemos tenido juntos contigo por revivir el pasado con Liriel. Ella tuvo su momento en mi vida, al igual que ahora lo tienes tú. Vidia lo miró a los ojos castaños unos segundos y sintió como se derretía interiormente por él. Ningún otro hombre gorrión había sido tan consciente de ella como para poder poner en orden las cosas de forma tan sincera y sencilla. Cada vez creía que el ministro era un ser especial, no solo por las cosas que le hacía sentir, sino porque seguía siendo bueno con ella aunque ella misma mostraba su lado espinoso. Sin pensarlo mucho, ella se acercó a él hasta estar frente a frente. —Eres diferente, RedLeaf... y no sé si es porque no eres un vuelo veloz... o porque en tu talento de hada del jardín hay más de guardián que se podador o pinta flores. RedLeaf soltó una risa suave al ver la sonrisa que apareció en los rasgos femeninos. —¿Ya no estás molesta por... ? Vidia le cortó la frase, agitando las alas para volar hasta besarlo en la boca de nuevo. —Solo no lo mencione —le gruñó, pasando los brazos por detrás del cuello de RedLeaf, para besarlo de mejor forma—. Atravesemos esta bosque muerto, lo antes posible. Quiero terminar esta misión pronto... —¿Has pensado en el después? —musitó el ministro, recibiendo los besos con una alegría que lo dejaba sin aliento— ¿Cuándo se acabe la misión y regresemos? Eso fue suficiente para que Vidia abandonase los labios del ministro y se separase de él para volver a mirarlo a los ojos. Estaba tan acostumbrada a vivir un día a la vez, con el propósito de vida de ser siempre la mejor, la más rápida y buscar sobrepasar a Stormy. Sin dejar de querer al bribón del vuelo veloz y buscar siempre su aprobación y su amor a pesar de no ser consciente de ello. Ahora que el jefe de los vuelo veloz había muerto, ahora que Vidia amaba a otro y ella tenía un ala maltratada que entrenar de nuevo... ahora que existía esto tan fuerte con RedLeaf... —No lo sé... —murmuró contra los labios del hombre gorrión— supongo que lo averiguaremos después... Una de las manos del ministro dejó la cintura de Vidia para pasearse por la espalda femenina hasta llegar a el ala convaleciente. La inspección cuidadosa fue lenta, Vidia sintió el cosquilleo esparcirse como polvillo por sus venas. Sin pensarlo, su boca buscó de nuevo la del ministro. —¿Te gustaría...? —RedLeaf empezó a decir, entre besos, pero después se quedó callado, con los labios sellados por más besos suaves que subían de intensidad por momentos. —Puede ser —sonrió ella, con cierta picardía—, pero dígame qué, asi estaremos seguros. Eso lo envalentonó. Mientras seguía acariciando el ala, pasando las yemas de los dedos por la cicatriz donde antes se había doblado de forma estrepitosa, RedLeaf se separó de ella. Vidia estaba abrazada a él, ruborizada suavemente, pero exultante de luz y de esa energía indómita que tenían todos los vuelo veloces. —¿Te gustaría... al volver...? —una mano de ella acarició el rostro de él con ternura y comprensión, animándolo a seguir— ¿unirte a mi? Ella lo observó por largo rato, pensando en la idea. Desde recién venida al mundo de NeverLand, algo supo desde el principio. Que no deseaba unirse a nadie. Que una vuelo veloz volaba sola, aunque a veces compartiese su viento con más de algún compañero pasajero. Y por mucho tiempo fue así, con ella buscando sus propios objetivos sin estorbos hasta que llegó Stormy y con él trajo una dependencia y un amor/odio que mantuvo su vida atada de alguna forma. Luego, esto. RedLeaf la observaba expectante, preocupado por el silencio de ella. —Si necesitas pensarlo... —No —le cortó ella de nuevo, recuperando la sonrisa aunque más pequeña esta vez—. No, es solo que... Suspiró y se dejó abrazar por RedLeaf mientras su calor se fundía con el suyo en un momento intimo de cariño. Algo semejante a una casta confianza. En esa seguridad, no sabía porqué seguía dudando tanto. —¿Te refieres... para toda la eternidad? RedLeaf volvió a reirse, esta vez con más soltura y menos miedo. —Puedes pensarlo todo lo que quieras. Sé que es un acto bastante sacrílego querer atrapar el viento que llevas dentro, Vidia. No es lo que mereces, por eso te pregunto si te gustaría... No serías un hada de hogar como las mujeres humanas allá en tierra firme. Podrías volar y salir a cumplir tus deberes... pero serías mía y yo sería tuyo... El cosquilleo que hizo la voz masculina y grave en su oído erizó su piel de una forma muy agradable, algo que hizo que Vidia se apretase más a él en busca de mayor contacto. Si, esas ideas le gustaban, le gustaban mucho. —Piénsalo... —insistió RedLeaf antes de dejar un beso pequeño en los labios de Vidia— Ahora, podría permanecer así contigo el resto de mi eternidad... pero debemos seguir. Porque ya hemos llegado muy lejos como para dar la vuelta y no sé si nos alcancen las provisiones para más tiempo. —Hablando de provisiones —ella recordó de pronto, al ver al ministro batir las alas—, Z no ha vuelto desde ayer. —¿Fue por néctar? —Si... no hay flores aquí pero... —ella dudó un instante— puede que haya tenido que ir más lejos aún para poder conseguir una de la que poder alimentarse. Ember, abajo en el hueco del árbol, observó cómo el frío permanecía, pero la niebla se había ido por fin. Por eso salió a echar un vistazo cuando RedLeaf y Vidia bajaron del árbol con la capa de pelo de conejo invernal a cuestas. La araña estaba sobre una de las orejas rojas del zorro, y al ver las hadas, avanzó hasta su caja entre el equipaje para instalarse para el nuevo viaje. —Bien, Ember —empezó RedLeaf, de un humor más mágico del que le habían visto en mucho tiempo—, debemos apresurar el paso de nuevo. La niebla de ayer nos atrasó demasiado. Pero de pronto, el ministro del otoño se quedó en silencio. Vidia, que había estado organizando sus cosas sobre el zorro, sintió un repentino frío en las puntas de las alas. —¿Ministro? —Vidia se preguntó ella, asustada por la reacción de RedLeaf y por la sensación— ¿Qué ocurre...? RedLeaf le cubrió la boca con una mano. Ella ya había aprendido a confiar en él y cuando tiró de ella para alejarlos del camino, Vidia no opuso resistencia. —Ember, de vuelta al hueco del árbol, ahora. Su orden fue acatada con rapidez, el zorro se escabulló en el hueco, escondiendo su cola y todo su color rojo entre el gris y marrón de la corteza. RedLeaf, por su parte, tomó la manta y los paquetes del suelo para ascender volando hacia arriba, a la copa del árbol marchito. De entre los árboles se escuchó un zumbido pequeño que se filtraba entre las ramas. Vidia y RedLeaf, desde su escondite entre las ramas desnudas, observaron un brillo morado aparecer. —Es Z, nada más —bufó con un suspiro irritado ella, y estuvo a nada de salir del escondite cuando vieron algo más. De la nada un rayo azul y blanco ascendió de entre los árboles y dio directo en el colibrí púrpura. Vidia ahogó un grito cuando RedLeaf la sostuvo contra su pecho, conmocionado de la misma forma que ella. La pequeña ave se precipitó hacia el suelo y de entre los matorrales ascendió un brillo pálido y dorado. —Asi que siempre fuiste tú... —murmuró RedLeaf, al ver el hada que ascendía a ver lo que había herido— Vidia, esa es la ministra del inverno, SnowFlake... ella es la que ha estado dañando los árboles...
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