Tac.
Tac.
Tac.
El sonido de sus zapatos rebotaba por los pasillos sucios, envolviendo todo el ambiente en un silencio malsano. Dogday sintió que el pecho se le apretaba, el aire escaseaba. Su vista se nublaba, el corazón golpeando con furia irregular. Su garganta se cerraba. Sus piernas no le respondían. Y el mundo se volvió lento, borroso, como si estuviera atrapado en una pesadilla sin aire. Era como si el tiempo mismo se hubiera estancado, congelado ante la llegada de ese hombre que parecía arrastrar una sombra viva a su alrededor. Todo el dolor que Elliot le había causado, cuando estuvo a punto de perderse en sus manos, volvió con una fuerza brutal. El recuerdo del abuso casi consumiéndolo, de cómo había luchado por evitar que él lo tomara o peor aún lo penetrara con su virilidad, a pesar de estar paralizado por el dolor de la electricidad, lo dejó casi muerto. Picky se aferró al brazo de Dogday, su respiración entrecortada, ojos abiertos como platos, reflejando el terror que conocía muy bien. Sabía, sin necesidad de palabras, que Elliot no venía con buenas intenciones. Y eso la helaba hasta los huesos. El miedo la inmovilizaba. Las luces parpadeaban sobre Elliot, dándole un brillo espectral, como si estuviera maldito por el mismísimo universo. Kissy, por su parte, retrocedió unos pasos, lágrimas brotando sin control, sus manos temblaban. El miedo que sentía era un torbellino, llegó tarde, muy tarde, y por primera vez dudaba si podrían salvar a Poppy. Algo terrible le había pasado a ella, y Kissy lo sabía sin que nadie se lo dijera. Porque en el fondo, cuando Elliot caminaba así… era porque alguien ya había sido marcado para sufrir. Y tal vez… tal vez había sido Poppy. Elliot sonrió. Esa maldita sonrisa suya. Fría, Burlona y Enferma. Como si cada gramo de sufrimiento ajeno fuera un trofeo para su ego. Antes de que Elliot pudiera avanzar, un gruñido profundo y amenazante cortó el aire. El gruñido de Catnap no fue solo de advertencia. Fue de odio puro. Este era más grave, más profundo, gutural… como si saliera desde lo más roto de su pecho. El pelaje se le erizó por completo, las pupilas se afilaron, la cola azotó el aire como un látigo furioso.Catnap se había plantado firme frente a Dogday y Kissy, como un animal salvaje y acorralado, no iba a permitir que esa basura se acercara a su compañero de vida, nunca más volvería a permitir que lastimaran a su perrito solar, aun si eso significaba matar a Elliot y que lo mataran en el acto. Y en sus ojos brillaba una sola cosa: odio. —Tú… —escupió, su voz ronca y temblorosa por la rabia contenida. Elliot lo observó con esa sonrisa enferma y arrogante que le era tan natural, como si el odio que recibía fuera un cumplido más en su colección. —Vaya, vaya… ¿pero qué tenemos aquí? —murmuró con tono burlón, ladeando la cabeza mientras lo recorría con la mirada, de arriba abajo, con la misma indiferencia con la que uno observa a un insecto que se niega a morir. Con una simple mirada de desdén, dejó claro lo que quería, que se apartara. Uno de los científicos a su lado reaccionó al ver el pelaje erizado de Catnap. Sacó un control de electrochoques, apuntándolo directamente al cuello del felino. El pitido agudo del dispositivo rompió el aire, listo para ser activado. Pero antes de accionar, Elliot alzó una mano con calma, sin siquiera mirarlo. Dogday dio un paso atrás, temblando. Estaba sudando, la respiración descontrolada. Su visión se nublaba, su cuerpo no le respondía. Estaba atrapado otra vez. Como aquella vez. Las palabras de Elliot… su tono… su mirada. Todo lo devolvía a ese momento, al borde del abuso, al borde de perderse por completo. Y Elliot lo sabía. Lo veía. Se relamía con ello. —No vine por ti, 1088 —añadió Elliot, sin dejar de sonreír. Su mirada cayó directamente sobre Dogday, y ese simple gesto fue como una garra helada apretándole el pecho al perrito. —Vine por Dogday. —dijo su nombre como si fuera una joya preciada. Catnap no se movió, ni se apartó. Todo lo contrario. El pavimento crujió bajo sus garras extendidas. Su cuerpo entero temblaba De furia descontrolada. Nunca le temió a Elliot, por mucho esa ventaja la poseía Harley pero ahora él ya no estaba y no volvería a temerle nunca más. —Aléjate de él —escupió la palabra como si le supiera a podredumbre. —No permitiré que termines lo que empezaste. —Gruño el felino mientras comenzaba a hacer retroceder a su pareja y a las chicas, con su cola al empujarlas como si indirectamente les estuviera diciendo que huyeran y que él les compraría tiempo. No necesitaba decirlo: corran. Ya. Kissy lo entendió. Tomó a Dogday de la muñeca temblorosa. Picky, aún paralizada por el miedo, reaccionó al ver la intensidad de la reacción de Catnap. No era una sugerencia. Era una orden desesperada de quien estaba dispuesto a quedarse… y morir, si era necesario. Los tres de inmediato comenzaron a emprender su huida, pero no llegaron muy lejos. De los pasillos laterales emergieron más guardias. Rígidos, por órdenes de Elliot quienes no iban a dejar ir a los juguetes en especial a Dogday. Los rodearon. Todos estaban armados con tranquilizantes. No los matarían, pero sí los dejarían inconscientes si perdían el control. Sus miradas eran vacías, como si ese trabajo ya los hubiera consumido por completo, erosionando cualquier chispa de humanidad que alguna vez tuvieron. Y Elliot solo… rio. Era la risa de un hombre tan enfermo, tan retorcido, que estaba dispuesto a quemar absolutamente todo y a todos en su camino, sin importar a quién arrastrara consigo. Un hombre que no le importaba en absoluto que sus propios trabajadores vieran su verdadera cara, la cara de un monstruo sin máscara. —¿De verdad creyeron que iba a permitirles huir? —Se llevó una mano al pecho, fingiendo sorpresa—. Qué adorables. Su sonrisa era afilada, una amenaza fría que cortaba el aire y helaba la sangre. Los guardias, con sus armas listas, apenas contenían su propio temor. Pero Elliot… él se alimentaba de ese miedo. Lo provocaba y lo disfrutaba, Como si fuera un juego macabro donde él siempre ganaba. Catnap por su parte se dio cuenta que estaban rodeados. Un espasmo eléctrico le recorrió la columna. Fue casi instintivo, su cuerpo reaccionó antes que su mente. Retrocedió con un paso firme, los colmillos apretados, la respiración cada vez más densa. Su cola larga, poderosa y flexible se estiró de inmediato, envolviendo con precisión y urgencia a Dogday, Kissy y Picky. Los rodeó como una serpiente, tirando de ellos hacia sí mismo, obligándolos a agacharse sin decir una sola palabra. Y cuando todos estuvieron a su alcance, Catnap los cubrió con su cuerpo. Se encorvó sobre ellos como una bestia acorralada, extendiendo sus patas, tensando sus músculos, protegiéndolos con cada centímetro de su anatomía. Su silueta se alzó, imponente, vibrando de esa furia protectora, los ojos completamente clavados en el enemigo. Sus orejas estaban erguidas, su pelaje erizado como púas de alambre, los colmillos expuestos apenas entre las comisuras de su hocico, y su mirada… su mirada era la de un animal que ya había visto el infierno y estaba dispuesto a volver allí, si eso significaba proteger a los suyos. Dogday, temblando bajo él, sintió el calor del pecho de Catnap sobre su espalda. Las manos se le fueron al rostro, cubriéndose los oídos, respirando demasiado rápido, casi jadeando. El mundo se le cerraba y sentía como todo le daba vueltas. El aire pesaba. Se sentía atrapado. —¡No… esto no está bien… debemos salir de aquí! —susurró Kissy, temblando—. Debemos sacarte de aquí Dogday. Pero él no podía escucharla. Solo escuchaba a su abusador. Picky en medio de todo sentía que iba a desmayarse del maldito miedo, rezando que Mako viniera a salvarla, no sabía cómo había terminado de esta manera, solo quería salir de esta. Y Elliot… solo miraba a Catnap con superioridad y asco. —Hazte a un lado, experimento fallido. —Su sonrisa se quebró un poco. Su paciencia también. Catnap no respondió de inmediato. Solo lo miró con los colmillos apretados, como si sus ojos pudieran romperlo en mil pedazos. Pero su cuerpo entero estaba listo para lanzarse. Si daba un paso más. Solo uno. Y no lo podrían detener. —Acércate… y te dejo sin garganta. —gruñó. En un segundo, los soldados reaccionaron como resortes tensados. Los rifles tranquilizantes giraron hacia Catnap con precisión mecánica, el clic metálico de los seguros retirados llenó el aire. Una docena de puntos de mira se clavaron sobre su pecho y su cráneo, listos para disparar si hacía un solo movimiento en falso. Pero Catnap no retrocedió. En cambio, se agazapó aún más, como una pantera protegiendo su manada. Su cuerpo se extendió, encorvado sobre las hembras y su pareja debajo suyo. Con su cola musculosa se enredó aún más alrededor de ellos, sujetándolos contra su abdomen, y su lomo se arqueó en una postura defensiva. Cada músculo vibraba de tensión, cada garra ya extendida, lista para desgarrar si se atrevía alguno a acercarse. Estaba dispuesto a recibir los paralizantes, si eso significaba mantenerlos a salvo. Sus ojos no dejaban de observar, analizando los movimientos de los guardias, de Elliot, calculando, respirando lento, como un depredador bajo presión. Pero lo que más quemaba en su interior no era el miedo. Era la rabia. Las lágrimas de Dogday descendían en silencio por sus mejillas, calientes, saladas, como si arrastraran con ellas todo el peso de los recuerdos que no podía olvidar. Se encogía sobre sí mismo, como si pudiera reducirse al tamaño de un suspiro. Como si, volviéndose lo bastante pequeño, pudiera esquivar esa presencia que lo paralizaba, el terror que le tenía a ese hombre lo hacía querer suicidarse por solo escapar de su presencia. —No hagamos esto por las malas… —murmuró Elliot, con la voz impregnada de una falsa paciencia que apenas ocultaba su frustración. Su mandíbula temblaba por la tensión contenida, sus ojos brillaban con un enojo que hervía justo bajo la superficie. Su mirada se deslizó lentamente hacia el perrito acurrucado entre los brazos protectores de Kissy y Picky. Dogday temblaba. Su cuerpo entero era un mapa de miedo, encogido, respirando con dificultad, aferrado a sus amigas como si su vida dependiera de ello. Elliot lo observó con una mezcla enferma de deseo y desprecio. Su sonrisa era una mueca torcida, como si estuviera viendo algo que creía suyo... y que se le estaba escapando de las manos. Realmente se había contenido bastante. —Vamos, Dogday... —dijo con voz suave, como si hablara con una mascota que se había extraviado—. No lo hagas más complicado. Vuelve conmigo. Y entonces, su tono cambió. Volviéndose mas bajo y controladora. —Después de todo... aún me perteneces. Pero entonces, algo en su interior se quebró, se rompió con un estruendo silencioso que hizo temblar hasta sus huesos. Una grieta invisible se abrió paso en su pecho, como si su propio corazón hubiera sido aplastado por el peso de todo lo callado. El nudo que lo había estado asfixiando ese nudo hecho de miedo, de culpa, de memoria estalló de golpe, dejando escapar una oleada indomable de rabia, dolor y desesperación que había estado enterrada demasiado tiempo. Ya no podía contenerlo. Ya no quería hacerlo. Se liberó de las manos temblorosas de Kissy y Picky con un manotazo brusco, casi torpe, rompiendo el círculo de consuelo como si le quemara la piel. Salió de la sombra protectora que Catnap formaba sobre ellos, con el corazón desbocado y los ojos llenos de lágrimas ardientes. No porque ya no necesitara protección. Sino porque ahora… él debía protegerlas a ellas. Él era su líder. Y debía actuar como tal. Se plantó firme entre ellas y el hombre que más lo había quebrado. El aire parecía temblar alrededor suyo. Su pecho subía y bajaba con fuerza, y su voz explotó como un rayo en la tormenta —¡NO SOY TUYO! —vociferó, con un rugido lleno de rabia y verdad, cada palabra saliendo como una lanza—¡SOLO ERES UN HOMBRE ESTUPIDO QUE CREE QUE LE PERTENEZCO!, ¡PERO NO ES ASI!, ¡NUNCA SERE TUYO ELLIOT ESTUPIDO! —Ya a estas alturas no le importaba insultar o gritar, lo odiaba tanto que dolía en su pecho y en su estómago, quería que lo dejara en paz y tranquilo, solo quería vivir una vida lo más normal posible con su pareja. Sus ojos, brillantes y rojos por el llanto, fulguraban con una fuerza nueva, un fuego desafiante que gritaba al mundo entero que ya no sería prisionero de nadie. Sus patas temblaban, pero ya no seguiría temiéndole a Elliot Ludwig, nunca más. Porque eso implicaba que siguiera permitiendo que gobernara su vida y lastimara a sus seres amados. Elliot se detuvo. Dogday dio un paso al frente, no sabía si fue por valentía o por ser un idiota. La voz le temblaba, Las lágrimas le caían por las mejillas, pero no iban a detenerlo, era ahora o nunca. —Eres un maldito enfermo… ¡Un monstruo! ¡TÚ Y TODO LO QUE REPRESENTAS! —Solo el sonido entrecortado de la respiración de Dogday, temblorosa, desbordada, como si con cada inhalación estuviera sosteniéndose a duras penas en pie. —¡TE ODIO COMO NO TIENES IDEA! Y entonces, Elliot ladeó la cabeza con lentitud, como un depredador curioso ante la rebeldía de una presa que se suponía quebrada, además de que este había tomado suficiente valor para responder de esa forma, era bastante irritante a su parecer, un juguete como él, no debía tener voz ni voto en sus propias decisiones. Fue en ese instante… que lo vio. Las marcas. Las mordidas en el hombro. La piel bajo el cuello. Las cicatrices recientes. La sonrisa de Elliot se desvaneció. Desapareció como si le hubieran arrancado el alma del rostro. Sus ojos se fijaron en el cuello y los hombros de Dogday, donde las sombras dejaban entrever las marcas, no de violencia, sino de pertenencia. Su ceño se frunció. La mandíbula se tensó y entonces habló. Pero su voz ya no era teatral, Ni burlesca, ni siquiera le importaba las palabras dichas del perrito. Era baja, Envenenada, Pura bilis. —¿Esas marcas…? —susurró, como si el veneno se le escurriera entre los dientes— ¿Así que es cierto? Dogday no retrocedió. Estaba temblando, sudando, jadeando con dificultad. A punto de colapsar bajo el peso de los recuerdos, del miedo, del asco. —Eso no te importa, Elliot… —escupió, con una furia que le nacía desde lo más profundo, como un animal a la defensiva— No soy tuyo. Nunca lo fui, te odio… —añadió, casi con un susurro temblorosoy entonces. —Poppy nos dio nuestra libertad y yo decido tener mi propia pareja. Fue entonces que el canino camino hacia Catnap para ponerse a su lado y este solo se aferro a él, mientras miraba con desafío al hombre. Y Dogday lo deseaba. Lo había elegido. A él. No a Elliot. Nunca a Elliot. Y en ese momento, Elliot… enloqueció. Su rostro se deformó en una mueca de rabia desquiciada, los ojos desorbitados, como si acabaran de escupirle en el alma. —¡¿QUÉ DIJISTE?! —bramó, con voz rota, irreconocible. La bilis rezumaba de cada palabra. Ya no se molestaba en disimular. Levantó la mano y señaló a Dogday, como quien apunta a una cosa rota que ya no tiene valor, pero que quiere destruir por puro capricho. —¡DESCARGA AHORA MISMO! Uno de los científicos presionó el botón del control sin dudar, y el cuerpo de Dogday se arqueó violentamente, una descarga atravesándolo con brutalidad. Un grito desgarrador escapó de su garganta mientras caía de rodillas, convulsionando, sus venas, su piel todo comenzaba a arder, hasta el punto de perderse en la agonía, de su boca comenzaba a brotar espuma, dejando en claro que lo estaba quemando por dentro. —¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! —Dogday gritó, Su pelaje chispeó con la energía. Su voz se rompió en puro dolor. —¡DOGDAY! —Gritaron Kissy y Picky al unísono, lanzándose hacia él, para ayudarlo, pero los guardias las detuvieron, alzando sus armas de advertencia. Provocando que las hembras retrocedieran, No por cobardía, sino porque sabían que un solo paso más pondría en riesgo sus vidas… y la de él. Y no eran las únicas que lo habían visto. Estaban en la Playcare.En donde los gritos resonaban con el eco del horror. Trabajadores, técnicos, incluso juguetes que pasaban por los pasillos, se detuvieron. Todos se quedaron paralizados al presenciar la brutal escena, Dogday tirado en el suelo, convulsionando, las hembras asustadas y llorando por su amigo. Entonces, desde el fondo, una voz madura, desgarrada, rompió el silencio. —¡OH DIOS MÍO, DOGDAY! —era Bobby. Su voz temblaba, cargada de terror puro. Sus ojitos estaban abiertos de par en par, como si el tiempo la hubiera arrojado de vuelta a los días más oscuros, no podía soportar ver esa escena una vez más. Crafty se quedó en su lugar pasmada sin hablar como si reviviera un trauma lejano y Kickin rápidamente se puso enfrente de Crafty para protegerla de cualquier cosa, ya que su prioridad era ella. Mientras que Bubba trago en seco sin saber que hacer o que estaba pasando, solo sabía que todo se había ido a la mierda una vez más. Catnap se congeló… solo un instante, el tiempo alrededor de él paro. Observo como Dogday caía y gritaba, como sufría de espasmos dolorosos y convulsionaba, mientras Elliot sonreía al maltratar y matar de apoco a su pareja. Y entonces, rugió. —¡BASTA! —el rugido fue animal, agresivo e imponente, un sonido cargado de furia destructiva. Sus patas se impulsaron con fuerza, ni siquiera pensó por unos segundos al desproteger a Picky y a Kissy, era evidente ninguna de las dos era su máxima prioridad como era Dogday. Los guardias dispararon dardos tranquilizantes, sabían que debían detener al felino lunar, realmente presentaba ser un sujeto bastante peligroso, pero Catnap era demasiado rápido, su figura se deslizaba entre ellos con movimientos felinos imposibles de seguir, a pesar de su tamaño. Saltó, esquivó, hasta termino por dar un zarpazo a un grupo de guardias que mando a volar y chocar contra ellos, Kissy y Picky se agacharon, para evitar ser paralizadas. Las personas que estaban ahí mirando la escena, de inmediato corrieron a refugiarse para poder evitar ser los daños colaterales, incluyendo a los Smalling que se tumbaron al suelo y Crafty como Kickin entraron a la casa para cubrirse, Bubba estaba bastante angustiado. Bobby y Crafty se abrazaban mutuamente para proteger la una de la otra, todo estaba volviéndose caótico. —¡Debemos ayudarles! —Grito Hoppy mirando a sus amigos que se cubrían de los paralizantes, Bobby solo asintió, pero Bubba tomo a ambas hembras. —¡NI se les ocurra ir!, ¡Están locas!, ¡Van a matarnos! —Escupió Bubba sabiendo que saldrían muy mal heridos, por lo que como pudo jalo a las hembras a la casa, donde Kickin los estaba esperando. —¡Vamos, rápido!, ¡Entren de una vez! —Grito Kickin mientras se agachaba un poco aun manteniendo la puerta abierta, los tres entraron inseguros, pero Bubba cerró la puerta detrás de ellos lo que hizo que los dardos salieran disparados incrustándose en la puerta. Catnap corría en zigzag, esquivando los dardos con la precisión de un depredador letal. Su cuerpo, ágil y silencioso como una sombra enloquecida, se abalanzó sobre el siguiente guardia sin dudar. El guardia apenas tuvo tiempo de apuntar. Catnap ya estaba sobre él, sus colmillos, afilados como cuchillas húmedas, se hundieron directamente en el antebrazo expuesto del hombre, que la fuerza de su mandíbula fue tan pesada que el sonido del hueso quebrándose se escuchó junto con el grito desgarrador del hombre. El sonido del hueso al quebrarse fue grotesco, brutal, seco como la madera podrida. Pero luego vino lo peor, Catnap apretó. Mordió más profundo. El grito del guardia fue un chillido agudo, inhumano, como el chirrido de un cerdo degollado. Sus dedos se convulsionaron. Su arma cayó. El felino no soltó. Por el contrario, con un gruñido gutural, giró la cabeza hacia un lado, arrastrando el peso del cuerpo con la fuerza de sus músculos tensos. La carne se estiró. Se desgarró. Los tendones comenzaron a reventar con un sonido tan visceral que los que observaban sintieron el estómago revolverse. El hueso cedió con un crujido espantoso. Un hilo de sangre brotó primero, luego, un chorro y al final, el brazo. Catnap lo arrancó de cuajo. El cuerpo del hombre se desplomó hacia atrás con un quejido inhumano, sus manos o lo que quedaba de ellas arañando el aire en busca de algo que ya no estaba. Cayó al suelo, revolcándose, las piernas pataleando, su rostro desencajado por el horror mientras su grito ahogado se perdía entre arcadas y sollozos. Para que la sangre saliera en borbotones se extendía bajo su cuerpo formando un charco carmín. —¡MI BRAZO! ¡AYUDA! ¡AYUDA, POR FAVOR! —El guardia pidió el auxilio, pero nadie se movía. Nadie podía hacerlo. Ni siquiera Elliot que se quedó pasmado por la brutalidad del felino. El silencio era espeso, interrumpido solo por los sollozos del guardia desangrándose, y el zumbido agudo de la tensión acumulada. Fue entonces que Kissy al ver tal brutalidad se dio cuenta que Catnap, les había dado una oportunidad para que salieran a buscar ayuda y quizás, la última. Se giró lentamente, su rostro aún bañado en lágrimas, buscando a Picky que parecía estar muy shockeada y miraba con horror la escena, como si se arrepintiera de estar en ese lugar, además de ver sufrir a su amigo la hacía sentir más pánico. Kissy chasqueó los dedos con fuerza. Picky parpadeó. La miró. Con ojos llenos de confusión, miedo y culpa. Entonces Kissy comenzó a hablarle… con sus manos. Los movimientos eran firmes, urgentes, a pesar del temblor de su cuerpo. La lengua de señas fluía como una ráfaga entre dedos que habían aprendido a gritar sin sonido. —“Tienes que irte, busca a Mako, ¡Ahora!” Picky ladeó la cabeza, apenas procesando, todo pasaba muy rápido que aduras penas entendía lo que le decía Kissy. Kissy frunció el ceño. Hizo una seña más clara, sabia el plan de contingencia de Poppy, ella siempre le contaba todo y que había planeado con el Prototipo, Kissy sabía que segura después y para su desgracia, ya no había nada que pudiera detener esta vez al prototipo. —“Nightmares = comunicación directa con el Prototipo. Él tiene que saber lo que está pasando, ¡Vete ahora!” Los ojos de Picky se abrieron un poco más. Todavía estaba en shock, pero su respiración se agitó. Sus pupilas temblaron. Entendía… Sabía que Mako podía comunicarse con el Prototipo más rápido. Vio a uno de los guardias girar la cabeza por como Catnap seguía peleando, y esa fracción de segundos hizo que Missy aprovechara. Kissy se lanzó. Sus manos, que casi nunca usaba para dañar, se cerraron en un puño directo al rostro del guardia. El impacto fue seco, acompañado de un crujido y un alarido. Lo golpeó con todo el peso de su cuerpo, clavándole sus dedos a pesar estar cubiertos de felpa, mientras gritaba con una voz rota por el miedo y el esfuerzo. —¡¡PICKY, CORRE!! ¡¡AHORA!! Picky reaccionó por instinto. Como si alguien le hubiera disparado un rayo al corazón. Sus patas se movieron sin pensarlo. Corrió. Atravesó a los guardias que dispararon y de milagro ella se salvó de ser paralizada, solo corrió sin mirar atrás mientras sus mejillas se empapaban con sus lágrimas. La adrenalina impulsó cada zancada. Tenía que encontrar a Mako. Tenía que decirle al Prototipo que la guerra… ya había comenzado. Y mientras su figura desaparecía en los corredores, perdiéndose entre las sombras, Kissy forcejeaba con el guardia, sabiendo que en cualquier momento podrían inmovilizarla, pero con una sonrisa rota en el rostro. Porque sabía que tenían esa ventaja de contar con el prototipo. Catnap no lo miró. Ni siquiera se detuvo. Dejó caer el brazo al suelo como si no significara nada y alzó la cabeza, lentamente, hacia su próximo objetivo. Su hocico estaba empapado en rojo, y pequeñas gotas resbalaban por su mandíbula hasta perderse en el pelaje del cuello. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración agitada, y la sangre se mezclaba con su pelaje lavanda, como una grotesca decoración. Sus orejas estaban hacia atrás, su cola rígida, y sus ojos... sus ojos no eran los de un juguete. Eran los de una bestia ancestral que había dejado de temer. El científico que sostenía el control temblaba. El pequeño dispositivo brillaba con su luz roja encendida, todavía transmitiendo descargas al cuerpo convulsionante de Dogday, que se retorcía a unos metros, su voz perdida en los espasmos. Catnap comenzó a avanzar, cada pisada hacía que sus garras, largas y afiladas, chocaban contra el suelo con un chasquido seco que cortaba el aire como un filo. Su mirada no era la de un protector. Era la de un ejecutor. El científico intentó retroceder, pero tropezó, del mismo miedo y pánico que sentía. Cayó de espaldas. El control se le resbaló por un instante de los dedos, y al alzarlo de nuevo, ya era tarde. Catnap saltó. Su cuerpo atravesó el espacio personal del hombre, para luego alzar una garra y, sin vacilación, la descargó con fuerza brutal sobre el torso del hombre. El zarpazo fue preciso y letal, las garras desgarraron el vientre como si fueran cuchillas de carnicero, cortando piel, músculo y órganos con un ruido húmedo y espeso, acompañado de un grito que no tuvo tiempo de completarse. El cuerpo del científico fue lanzado por el aire como un trapo sucio. Cayó varios metros atrás, dejando tras de sí un reguero de sangre y vísceras. Cuando impactó contra el suelo, ya no gritaba. Solo se retorcía, ahogándose en su propio dolor, mientras la sangre formaba un charco que se extendía veloz, pegajoso, tibio. El control cayó a unos pasos. Catnap lo localizó con la mirada ardiente y se acercó. Levantó una pata ensangrentada y la dejó caer con todo el peso de su cuerpo.¡CRACK!
El dispositivo estalló bajo su garra en una lluvia de plástico. Dogday dejó de convulsionarse, provocando que de su cuerpo comenzara a salir humo. Pero Catnap no celebró. Sus ojos ya estaban fijos en otro objetivo. Elliot. —Oh mierda… —Elliot expreso mientras retrocedía, realmente impactado por cómo es que el felino se había descontrolado, pero a pesar de todo al menos ya tenía un motivo para asesinarlo de una vez por todas. El fundador había presenciado todo. Su arrogancia se había derretido de a poco con cada segundo que pasaba, hasta volverse puro espanto. Sus ojos no eran ya los de un dios controlando su mundo. Eran los de un hombre acorralado frente a una criatura que acababa de cruzar el umbral de la razón. Elliot levantó una mano, como si eso bastara para detenerlo. —Catnap… —intentó—. No seas irracional… Pero Catnap no escuchó. Catnap solo le cisco y de su boca comenzó a salir humo rojo, dejando en claro que estaba descontrolado. Aunque claro su gas, no sería suficiente para dormirlo y más en un ambiente tan abierto. El felino solo quería ejecutarlo para terminar de una vez por todas esta pesadilla, ni siquiera pensó en lo más mínimo las consecuencias que podría traer. Y entonces corrió. Sus patas golpeaban el suelo con violencia, su cuerpo un borrón morado y rojo. Algunos científicos gritaron, pero ninguno tuvo tiempo de reaccionar, ya que algunos estaban heridos y los guardias a duras penas podían moverse. —¡SEÑOR ELLIOT! —Grito una de las científicas, mientras miraba como Catnap se le lanzaba. Elliot rápidamente corrió, no iba a morir en ese lugar, mucho en menos a manos de uno de los experimentos más defectuosos, la cual solo lo mantenía vivo por Poppy y antes por Harley. Solo se echó a correr y que su vida dependía de eso, pero torpemente su pie tropezó con su otro pie y este cayó al suelo de forma ruidosa y dolorosa, fue entonces que el fundador en pánico levanto su vista, solo para observar que el felino iba a aterrizar sobre él. Elliot sintió que realmente iba a morir. Pero un silbido agudo, se escuchó de forma tan estrepitosamente. Un disparo y luego varios. El dardo tranquilizante se clavó en el costado de Catnap, cuello y en casi todo su cuerpo, mientras la científica había agarrado un arma tranquilizante y ella misma había disparado para evitar que Catnap asesinara a su jefe, justo cuando sus garras estaban a punto de tocar la garganta de Elliot. El felino cayó. Rodó por el suelo como una tormenta sin dirección, solo que un ruido bastante horrible se escuchó en su caída, el felino comenzó a sentirse mareado y débil, aun así como pudo trato de levantarse, pero solo se tambaleaba, tosía su gas, sentía que comenzaba a perder la conciencia, pero no sería suficiente para su cuerpo tan grande, lo que ni siquiera espero cuando una ráfaga de tranquilizantes salieron disparados a su dirección, todo observado por sus ojos como si fuera en cámara lenta, provocando que este chillara de dolor. Fue entonces que, en sus últimos momentos de conciencia, miro de reojo a Dogday que poco a poco se recuperaba, aun estando acostado en el suelo, apoyado sobre sus codos, observando con horror su caída, este parecía gritar, pero el felino lunar no podía escucharlo. Catnap se desplomó con un último gruñido sordo, jadeando mientras la droga lo vencía. Su cuerpo tembló una vez más… y luego se quedó quieto, el brillo de sus ojos se apagó dejando en claro que había perdido. —¡¡CATNAP!! —gritó Dogday, su voz cargada de desesperación, quebrada por el miedo más visceral que jamás había sentido. El perrito solar se tambaleó hacia adelante, su cuerpo aun temblando por las secuelas de las descargas eléctricas que lo habían dejado casi sin aliento, apenas se estaba recuperando y ahora tenía que ver como su amado lo drogaban para calmar su ira, pero sabían que lo matarían, Catnap había cruzado la línea y sabía que sería la última vez que lo vería, si permita que se lo llevaran, por esa razón el perrito se levantó como pudo mientras lloraba, aunque sentía, que esas descargas eléctricas lo habían dañado bastante. Pero Dogday no fue el único que estaba alterado, los Smalling Critters estaban bastante pasmados nadie sabía qué hacer, si moverse a ayudar a sus amigos o no hacer nada. Pero Dogday no iba a quedarse con los brazos cruzados. —¡NO, CATNAP! —Dogday como pudo se levantó y corrió hacia su novio. Cada paso era un suplicio. Sus patas fallaban, su piel ardía, y sus músculos protestaban con cada intento de movimiento. Pero nada de eso importaba. Nada, salvo el cuerpo de su amado cayendo como un saco sin vida bajo el efecto del tranquilizante. Catnap. Su Catnap. Dogday sintió cómo algo en su pecho se desgarraba. No solo por el dolor físico, sino por el terror absoluto que se apoderaba de su alma, sabía que no lo perdonarían por lo que acababa de hacer. Que esa podría ser la última vez que lo viera con vida. Hasta llegar a lado de su pareja y se dejó caer poniéndose a lado de su novio, se alzó sobre sus patas temblorosas, su pelaje chamuscado y erizado, el cuerpo sacudido por espasmos, pero con la mirada firme y fija en el único lugar que importaba, donde su luna yacía, inmóvil, mientras comenzaba a llorar de forma descontrolada. —¡No… n-no, no… despierta! —Rogo entre sollozos aferrándose al cuerpo de Catnap como si su vida dependiera de ello. El silencio que quedó tras el impacto del tranquilizante era sepulcral. Solo se oía el zumbido de los dispositivos, el jadeo irregular de los presentes y el latido desbocado del miedo. En el interior de Sweet Home, los Smalling Critters, que hasta entonces se habían mantenido encerrados, paralizados por los gritos y el eco de los disparos, oyeron cómo se desvanecía el estruendo. La calma falsa, la que llega después del desastre. La puerta se abrió con un chirrido sutil, y una a una, pequeñas figuras emergieron al pasillo. Primero Bobby, luego Crafty, seguidos por Kickin y Bubba. Estaban pasmados y sorprendidos, en especial angustiados. Pero cuando vieron a Catnap… el mundo se les vino abajo. —¡¡CATNAP!! —Crafty gritó, con la voz hecha trizas estando shockeada, no podía creer lo que veía. Catnap yacía en el suelo con su cuerpo extendido, bañado en sangre seca y reciente, el pelaje hermoso ahora sucio y pegajoso, los ojos apenas abiertos y apagados. Dogday estaba recostado parcialmente sobre él, temblando por los efectos tardíos de la descarga. El contraste entre ambos el derrumbe de la bestia protectora y el colapso del líder amable fue una imagen tan devastadora que los Smalling sintieron algo romperse dentro. —¡Esto ya es suficiente! —Gruño Hoppy ya harta de ver como lastimar a sus amigos, ella simplemente quiso correr, pero ni siquiera dio un paso cuando los guardias llegaron y un grupo les apunto con sus armas. —¡ALTO AHÍ!, ¡QUEDENSE EN SU LUGAR! —Dijo en una orden el guardia mientras hacía retroceder a Hoppy con las manos levantadas, mostrando su miedo al ser lastimada al igual que Catnap, Bobby por su parte se apresuró al jalarla y hacerla retroceder. —¡Esta bien!, ¡Esta bien!, ¡No nos moveremos, pero por favor no nos lastimen! —Esta vez fue Bobby quien hablo de manera tímida y en voz alta, mostrando su pánico y más cuando Hoppy estaba en riesgo de ser herida, no podía permitir que lastimaran a su pareja. La osa le hice una señal a sus amigos que estaban detrás de ellos que solo retrocedieran y entraran a la casa. —Esto no puede estar pasando. —Gruño Bubba frustrado retrocediendo con las manos en el aire, Kickin solo gruño mirando a su alrededor, mientras se ponía delante de Crafty para protegerla si a esos malditos se les ocurría disparar. La unicornio solo sollozo asustada, todo estaba ocurriendo tan rápido que no sabía qué demonios pasaría. Solo sabía que no iba a ser nada bueno. Kissy Missy observaba todo con el corazón latiéndole en los oídos. El grito de Dogday, el cuerpo de Catnap cayendo. Por un instante, su cuerpo dejó de responder. Su instinto de lucha, que segundos antes la había mantenido forcejeando con un guardia, se apagó por completo. Fue ese momento de vulnerabilidad el que otro soldado aprovechó para acercarse por la espalda y, sin piedad, golpearla con la culata de su arma. Haciendo que ella cayera de lado y se agarre la cabeza con dolor,un hilillo de sangre se deslizaba entre sus dedos, tibio y pegajoso. fue entonces que miro que llegaban más guardias. Los pasos retumbaban como una sentencia, mientras los trabajadores de la fábrica y los pocos juguetes que se habían asomado por curiosidad se replegaban como sombras, retrocediendo con rapidez para ocultarse detrás de puertas, cajas, pasillos. Nadie quería estar en la línea de fuego. Nadie sabía si volverían a disparar. Kissy trató de incorporarse, pero uno de los guardias apuntó su arma directamente a su rostro. —¡Al suelo! —ordenó con voz cortante. Ella dudó apenas un segundo. Pero su cuerpo ya temblaba. Su cabeza latía de dolor. Su corazón de terror. Bajó la mirada… y obedeció. Como un animal domesticado. Se agacho hasta quedar en el suelo, sus sollozos ahogados entre los dientes. Y mientras tanto, Dogday solo podía mirar. Sus patas envolvían con fuerza el cuerpo aún inconsciente de Catnap, aferrándose a él como si su calor pudiera protegerlo de lo que venía. Su propio cuerpo temblaba, aún herido, aún resentido por las descargas, pero lo único que hacía era cubrir a su pareja, como si el mundo fuera a desaparecer y lo único que importaba fuera esa pequeña burbuja de desesperación compartida. Los rodeaban y los apuntaban. Elliot seguía en el suelo. Su respiración era agitada, entrecortada, como si su pecho no pudiera volver a llenarse. Un guardia corrió hacia él, intentando ayudarlo a levantarse, pero Elliot lo apartó de un manotazo, el rostro desencajado y pálido. Sus labios temblaban, sus ojos aún inyectados de furia y miedo, pero poco a poco, su postura comenzó a corregirse. Se recompuso con un par de respiraciones entrecortadas. Un par de científicos se acercaron, temblorosos, intentando ayudarlo a incorporarse. Pero él los apartó de un manotazo. —¡No necesito su lástima! —escupió, aún en el suelo, con los ojos inyectados de rabia. Se obligó a ponerse de pie por sí mismo, enderezando la espalda como si su orgullo fuera más fuerte que el dolor, se sacudió su chaleco y solo se acomodó buscando tranquilizarse y fue entonces que vio el desastre que había hecho Catnap. Los cuerpos sin vida de dos trabajadores ya hacían inertes en el suelo, el que el arranco el brazo había muerto al desangrarse y al que le arranco los órganos, de igual manera, ya no había nada que podía ayudarle, solo murió en ese lugar infernal. Miró al frente. Y caminó. Su rostro, antes arrogante, ahora estaba deformado por la ira. Caminó hasta quedar frente a un Dogday sollozando, aún abrazado al cuerpo inconsciente y ensangrentado de Catnap. —¡Todo esto… es tu culpa! —bramó Elliot, señalando a Dogday—. ¡TÚ lo provocaste!, ¡SI TAN SOLO TE HUBIERAS IDO CUANDO TE LO PEDI!, ¡NADA DE ESTO PASARIA! Dogday apenas pudo procesar todo lo que había pasado, lloraba y miraba hacia abajo realmente destrozado, todo se había ido a la mierda en tan poco tiempo, que aún no procesaba lo ocurrido. Catnap aún seguía desmayado, mientras Dogday lo seguía abrazando protegiéndolo de lo que vendría. —¡NO! —Rugió Dogday levantando su vista, Sus ojos, normalmente suaves y cálidos, ardían ahora con un brillo salvaje. Era la mirada de alguien que había sido quebrado demasiadas veces… y que ya no estaba dispuesto a doblarse nunca más. —¡TODO ESTO ES TU CULPA! —vociferó, con la garganta rota, con la voz hecha trizas—. ¡TODO POR TU MALDITA OBSESIÓN POR POSEERME! Su cuerpo entero temblaba, y aun así se sostuvo firme, dejando que el veneno saliera por fin. —¡NUNCA VOY A PERTENECERTE!, ¡SOLO ERES UNA BASURA HUMANA QUE PIENSA QUE TODOS LE DEBEN ALGO!, ¡NUNCA NI EN UN MILLON DE VIDAS VOY A ELEGIRTE ELLIOT LUDWIG! —Dogday seguía gritándole con tanto odio liberando su rabia y ese veneno que lo consumía. Su cola erizada, Su pelaje de su espalda erizado, sus dientes a la vista, toda su pequeña figura irradiaba una ira que desbordaba su propio cuerpo. Y entonces, escupió con desprecio. —¡VETE A LA MIERDA! — Y eso fue todo lo que tenía que decirle a ese hombre nefasto, mientras el perrito abrazaba más a su pareja de vida. Mostrándole los caninos dejando en claro que ya no era el mismo Dogday que manipulo, que manejo a su antojo por años. El cambio y nunca seria su siervo. Le gruñía a Elliot con los colmillos expuestos, como una criatura que por fin había recordado cómo morder. Había llegado al límite. No quedaba espacio para el miedo solo lo poseía la furia. Y en ese instante, entre la niebla roja de su rabia, recordó las palabras de su madre.Debía aprender a defenderse y las palabras a veces no son suficientes.
—¡BASTA! —gritó Elliot, fuera de sí, la voz le salió rota, casi espumosa de rabia. Su rostro se deformó, grotesco, con las venas marcadas en el cuello y los ojos inyectados de odio. Las venas de su cuello y frente se marcaron como serpientes negras bajo la piel, palpitando con un ritmo enfermo, como si su corazón latiera con puro rencor. Sus ojos, inyectados de sangre, se abrieron tanto que sus párpados temblaron, convirtiéndolos en dos faros infernales. Sus labios temblaban, dejando escapar una respiración áspera, casi animalesca, sus dientes rechinaban entre sí con tanta fuerza que un hilo de sangre se escapó de su encía. Y entonces, rio. Una risa tensa, dejando en claro que Elliot estaba realmente roto, loco y desquiciado. Una carcajada tan quebrada que parecía venir desde las entrañas mismas de su podredumbre. —¿Crees que puedes morderme…? —Dijo, mirando al perrito temblando, porque esa risa lo descoloco, esa mirada demostraba lujuria y repulsión—. ¿Crees que puedes hablarme así… a mí? Su voz bajó a un murmullo sibilante, casi amoroso, casi sexual, y sin embargo absolutamente abominable. —Aún no entiendes lo que eres, Dogday… lo que siempre has sido. Su mano temblaba de deseo contenido. Un deseo monstruoso, que se le escapaba por los poros con cada respiración empapada de ira y ansia. Su sombra se proyectó sobre Dogday y Catnap como la de un verdugo alzando el hacha. —Siempre has sido mío, Dogday… desde el primer maldito día en que abriste esos ojitos brillantes y me sonreíste como si yo fuera tu mundo. —Su voz bajó a un susurro casi tierno, como si esa declaración fuese una promesa romántica, y no una sentencia de condena—. ¿Tú crees que lo que dijo Poppy hará que te libres de mí? Dogday solo gruño le repugnaba todo lo que ese loco le decía, seguía pensando de forma tan asquerosa que ya no lo quería cerca. Elliot solo retrocedió cuando Dogday comenzó a gruñirle, sabía que el perrito ya no se dejaría tocar y eso lo desquicio. Nunca más. Y esa certeza, esa pérdida definitiva de control, fue lo que verdaderamente desquició al fundador. Elliot extendió la mano hacia un guardia, levantando la voz con una autoridad viciada, todo su cuerpo se tensó. —Dame un arma. Una real esta vez. No más dardos. Ese monstruo —miró a Catnap con asco, como si no fuera más que una bestia enferma—… ese error será ejecutado ahora mismo. Ya no es seguro para nadie. —El fundador solo quería deshacerse del felino, porque así en su mente enferma podría quedarse con Dogday. El guardia a su lado asintió le pasó un arma de fuego, que estaba guardada en su funda a lado de su cadera, solo pocos tenían una. Elliot sostuvo el arma como si empuñara un castigo divino. Sus manos temblaban, no por miedo, sino por una excitación enfermiza, un deseo ardiente de recuperar lo que creía suyo a cualquier costo. Apuntó con precisión hacia el cuerpo de Catnap, que aún yacía en el suelo, dormido, las drogas ya habían hecho efecto. —Ya no eres útil —escupió Elliot con los dientes apretados. —Aquí termina tu función 1188. Dogday miro esto con bastante terror, alternando entre ver a Catnap y a Elliot, lo que hizo que el perrito se paniqueara y comenzara a sollozar más fuerte. —¡NO, ELLIOT! —EL perrito rogo mientras se interponía entre el arma y Catnap, poniendo su cuerpo enfrente de su amado, dejando en claro que estaría dispuesto a recibir el disparo por Catnap. Y entonces el nombrado levanto su arma de fuego, sin importarle si dañaba a Dogday en el intento, solo le dispararía y la bala atravesaría su cuerpo para darle a Catnap, después de todo Dogday podría recuperarse con cirugía, apuntando directamente a la cabeza de Catnap, aunque fue difícil cuando Dogday le tapaba la vista, el sonido metálico del seguro liberado. Ese fue el detonante. Dogday lo sintió antes de entenderlo un pulso rojo le recorrió el pecho, como si su corazón se rompiera, se incendiará y estallara en una misma latencia. Sus patas se movieron sin pensar. Un rugido brotó de su garganta, una mezcla de súplica y furia, de amor y terror desbordado. Saltó. Como un rayo hecho desesperación pura, Dogday se lanzó sobre Elliot justo cuando este jalaba del gatillo. El disparo se desvió, la bala impactó en el techo, haciendo saltar fragmentos de concreto y chispas que llovieron como metralla sobre los presentes. El eco del disparo rebotó por todo el pasillo como una amenaza viva. Al instante, todos se tiraron al suelo por instinto; otros se cubrieron las orejas con un chillido de pánico, como si el rugido del arma pudiera abrirles la cabeza. Dogday lo embistió con una fuerza que nadie creyó posible de alguien como él, cegado por el miedo de perder a su pareja. Lo derribó de espaldas, y en el forcejeo, gruñía con rabia salvaje, aferrado al cuerpo de Elliot, sus patas clavadas en su abdomen, su mirada llena de fuego. Había actuado sin pensar, sin medir el peligro el perrito abrió su boca y sus colmillos se hundieron brutalmente en el brazo del fundador. Ya no había razón en el perrito, lo hizo por instinto, no iba a permitir que le quitaran a su luna, aun sabiendo que también rompería las reglas en ese preciso momento. —¡AAGH! —gritó Elliot, su voz quebrada en un alarido agudo. La sangre brotó en un chorro espeso. Dogday no soltó. Mordió con todo el dolor que había acumulado por años, con todo el asco, el miedo, la culpa. Mordió como si pudiera arrancar de raíz todo lo que Elliot le había hecho, perforo su piel y se aferró a su hueso, no tenía una fuerte mordida como otros para romperlo, pero si le dejaría inútil el brazo por un largo tiempo. El arma cayó al suelo con un estrépito metálico. Los guardias intentaron intervenir, pero fue imposible hacer que Dogday lo controlara con su terrible fuerza, ni siquiera cuando comenzaron a golpear su cabeza con sus armas, hasta hacerlo sangrar, haciendo que Dogday chillara como un perrito herido, pero aun así no lo soltó. A pesar del dolor que sentía por cada patada, golpe y jaloneos el siguió mordiendo, no sabía que había pasado con Poppy solo rezaba que llegara pronto y lo rescatara de esa pesadilla. Hasta que uno de ellos le dio un golpe bastante fuerte en su ojo, provocando que Dogday lo soltara, separándose un poco de Elliot quien grito, por el tormento de ser mordido. Al mismo tiempo que Dogday sujetaba su ojo herido, solo hacía que el suelo debajo de ellos se llenara de manchas carmín perteneciente al brazo de Elliot. Este momento lo aprovecho un de los científicos más temerario y desesperado, alzó un nuevo control de descargas que trajo de los laboratorios. Y volvió a presionar el botón. Dogday soltó un chillido agónico, su cuerpo arqueándose por el dolor, ya que la electricidad comenzó a envolverlo en todo su cuerpo. —¡AHHHHHHHHHHHH! —Grito de nuevo, sintiendo que sus órganos los quemaban y querían reventarlos por el fuerte choque eléctrico, pero solo duro unos segundos, Elliot por su parte se salvó de milagro, ya que Dogday se había retirado, poniéndose de rodilla sin tocar las piernas del fundador. Cuando termino el tormento se desplomó sobre Elliot, sus patas temblando, las lágrimas mezclándose con la sangre y su lengua salida, mostrando una imagen de Dogday bastante deteriorada y mansa. El fundador jadeaba, su rostro desfigurado por el dolor, sintiendo el peso de Dogday sobre él, muy pesado para un humano común, pero por fortuna de Elliot tenía la suficiente masa para soportar a Dogday. Su brazo colgaba a un lado, mordido y sangrante, los dedos rígidos por el impacto. Sus patas rascaron el suelo, inútiles, mientras intentaba moverse y no podía. Su mirada era borrosa, pero en su corazón seguía suplicando. —“Poppy... por favor... llega ya...” —Pensó en ese momento tan precario, rogando por su madre. Elliot quedó jadeando, el rostro desencajado, los labios de saliva y un poco de sangre. Lo miraba con una mezcla de furia y éxtasis, como si el sufrimiento del otro le diera vida. —A partir de ahora... —dijo, con la voz ronca y temblorosa, mientras se incorporaba con ayuda de uno de los científicos, quienes ayudaron a quitarle a Dogday de encima, rápidamente uno de los científicos se acercó para ayudar a checar su brazo, haciendo que el fundador permitiera que lo tocara, pero aun así seguía mirando al perrito solar que seguía en el suelo derrotado— …me encargaré yo de él. Su risa fue algo quebrada, fue Breve, Pero enfermiza. Lo suficiente para helar la sangre de la mayoría los que lo rodeaban, no podía evitarlo mirarlo en esa posición tan rota y sumisa, hacia que su pantalón se volviera muy apretado, provocando que el fundador solo suspirara ansioso y desesperado. —Llévenselo. —ordenó. Su rostro se retorció por el dolor del brazo, pero sus ojos... sus ojos solo brillaban con una promesa oscura—. Ya no necesita a nadie más que a mí. Los guardias no dudaron. Un grupo de ellos se agacharon y, sin el más mínimo cuidado, tomaron el cuerpo maltrecho de Dogday por los brazos y piernas, levantándolo como si fuera un simple juguete estropeado. Pero antes de que pudieran llevárselo una voz grito haciéndolos detenerse —¡NO DETÉNGANSE!, ¡NO SE LO LLEVEN! —La voz de Kickin se alzó como un alarido desesperado, quebrado por la impotencia. El ave había logrado zafarse del agarre de uno de los guardias, lanzándose hacia adelante en un intento frenético por alcanzar a sus amigos,se abrió paso unos metros antes de que otros uniformados lo sujetaran con brutalidad.— ¡DEJEN A MIS AMIGOS EN PAZ! —Siguió gritando el ave. Los demás Smiling Critters observaban la escena, paralizados por el horror. No podían moverse. No podían hablar. Las bocas entreabiertas temblaban sin emitir sonido alguno. Frente a ellos, las armas alzadas y listas, como bestias de acero apuntando directamente a sus corazones. El miedo los tenía atrapados. Hoppy apretaba los dientes, sus puños tan tensos que le dolían las garras. Observaba la escena con asco, con náusea, como si cada segundo fuera una herida abierta que no dejaba de sangrar. Bobby estaba desesperada y asustada, no podía pensar en otra cosa más que rezar para que ocurriera un milagro, mientras que Bubba parecía más preocupado por salvarse. Crafty, en cambio, estaba más allá del miedo. El rostro de la unicornio estaba empapado de lágrimas, y sus ojos no se despegaban de Kickin. Ya que ese idiota había salido corriendo a rescatar a sus amigos sin pensar, pero con ese grupo de personas era imposible. Elliot lo observó en silencio, con una calma tan gélida que dolía. Ni una pizca de compasión. Ni una sombra de duda. Solo esa mirada vacía, cruel, que veía a Kickin como si no fuera más que un objeto molesto. Un ruido que necesitaba silenciar. —Háganlo callar. —Ordeno el fundador fríamente. Uno de los guardias giró con la precisión de una máquina. Y sin un solo aviso, sin una advertencia, levantó el arma y disparó a quemarropa. Cuatro dardos salieron disparados con un sonido seco y se incrustaron de lleno en el pecho del ave. Kickin soltó un jadeo entrecortado, su cuerpo se estremeció al recibir el impacto. Retrocedió un paso… luego otro… mientras su rostro se transformaba en una mueca de dolor y sorpresa, como si el aire mismo se le escapara de los pulmones. Hasta que no sintió nada yLa fuerza se le fue. Su cuerpo colapsó como una marioneta, desplomándose de espaldas contra el suelo con un golpe seco, brutal con los brazos extendidos. —¡NO… KICKIN! —El grito desgarrador de Crafty fue como un disparo al alma de todos. Su voz se quebró en mil pedazos, la desesperación desbordándose sin control. Sin pensarlo, sin temer, se lanzó hacia adelante, rompiendo el cerco de los guardias. Pero estos no se movieron. No la detuvieron. Ya no importaba, los guardias lo permitieron ya que sabían que Crafty no presentaba peligro, la dejaron pasar. Crafty cayó de rodillas junto al cuerpo de Kickin, temblando. Sus manos, temblorosas, buscaron el pecho del ave, para quitarle los dardos. Lo abrazó, lo apretó contra sí misma. Su llanto era desgarrador, incontrolable, una letanía de súplicas ahogadas. —No… por favor… no, no, no… —repetía, con la voz rota, enterrando el rostro en el plumaje de su compañero de vida. Los Smalling se quedaron impactados incluso Kissy que seguía en el suelo sometida, todo se había ido a la mierda en esos momentos. Elliot, apoyado contra la pared, su brazo herido colgaba inmóvil a un lado, mientras su otra mano, crispada, se apoyaba con un guardia para mantenerse firme. Su rostro era una máscara de ira contenida, palpitante, mientras un asistente presionaba un pañuelo sobre la herida sangrante en su brazo, gruñía entre dientes con cada punzada. El sudor le bajaba por la sien, mezclado con manchas oscuras de polvo y sangre. Sus ojos, aún enrojecidos por la rabia, no parpadeaban mientras observaba cómo dos guardias arrastraban a Dogday lejos, inconsciente, con la cabeza colgando y el cuerpo cubierto de moretones y quemaduras eléctricas. —Presión, maldita sea. No me dejes desangrarme por culpa de ese perro…—escupió con la voz ronca, sintiendo que el dolor trepaba por su hombro como fuego líquido, mientras lo ayudaban a curar. Un científico se acercó, con un portapapeles en mano y las gafas torcidas de tanto correr. Su bata estaba salpicada con gotas secas de sangre ajena. —Señor… —comenzó, cauteloso, mirando a los soldados que arrastraban el cuerpo inmóvil de Catnap, marcas de dardos aún incrustadas en su lomo—. ¿Qué… qué haremos con él? Elliot ni lo miró al principio. Solo observó cómo también cargaban a Dogday, inconsciente, su cuerpo colgando como si ya no tuviera alma. Un músculo en la mandíbula del fundador se tensó, palpitando con rabia muda. Luego, lentamente, giró la vista hacia el científico. —Aniquílalo. —La palabra salió seca, helada, casi como un escupitajo. El científico tragó saliva, retrocediendo apenas medio paso, pero se armó de valor. La situación era demasiado crítica como para ignorar la lógica. —Señor, con el debido respeto… ese espécimen es uno de nuestros productos más valiosos. Las muestras biológicas extraídas del sujeto “Catnap” han permitido avances significativos en creación de los nuevos juguetes. Podemos obtener más… muchos más juguetes de él. Es un recurso demasiado costoso como para desecharlo así… Elliot lo miró con los ojos entrecerrados. Por un segundo, pareció a punto de explotar otra vez. Pero en lugar de eso… sonrió. Una mueca torcida, sin rastro de humanidad. —Tienes razón… —murmuró—. Ese maldito monstruo aún puede rendir cuentas. Si no puede obedecer… al menos servirá. Como carne. Como fábrica de repuestos. Se incorporó con ayuda de su asistente, mientras uno de los médicos le aplicaba un antiséptico espeso en el brazo herido. El olor químico llenó el aire, picante, invasivo. —Mutílenlo. —dijo, sin pestañear—. Quiero que le arranquen las garras. Que le saquen los colmillos. Que le corten las piernas si es necesario. Quiero que no vuelva a caminar… ni a tocar a nadie. Que viva… si es que puede llamarse vivir, como una masa útil que solo respira para producir. Que aprenda lo que significa arrebatarme lo que me pertenece. El científico asintió con los labios sellados, sin atreverse a cuestionarlo más. Sabía que, por muy enfermo que fuera todo aquello, Elliot no estaba bromeando. El fundador miró una vez más a Dogday, con una devoción torcida y cruel, como si incluso ahora creyera que podía volver a tenerlo. —Llévenselo también. Quiero que lo estabilicen. Lo necesito intacto. —Y tras una pausa, añadió—. Para mí. Luego se dio media vuelta, dejando un rastro de sangre y poder detrás de sí, ya que iría a la enfermería a que le curaran el brazo que el perro casi le arranco, mientras los soldados terminaban de dispersar a los Smiling Critters que aún observaban desde las sombras, paranoicos y gritando por sus amigos. El infierno apenas comenzaba. ☆*゚゜゚*☆*゚゜゚*☆*゚゜゚*☆*゚゜゚*☆*゚゜゚*☆*゚゜゚*☆*゚゜゚*☆* La oscuridad era densa al principio. Como si estuviera flotando en un mar negro sin fondo. Todo le dolía. El cuerpo, la cabeza, incluso el pecho, como si un peso invisible se posara sobre ella, impidiéndole respirar. Y luego… el dolor volvió. Solo podía escuchar su propia respiración. Y aun los recuerdos que la paralizaban, el eco de una patada, esa voz llena de odio de Elliot. En especial cuando la hizo revivir un recuerdo bastante traumático para ella, ella atada en esa maldita cama blanca, desnuda mientras lloraba y gemía entre ruegos a su padre que dejara de lastimarla. Poppy abrió los ojos de golpe, ahogada en su propio jadeo. Comenzando a respirar con dificultad. El techo metálico de la oficina la recibió con su tono pálido y cruel. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar. Le temblaban las manos. El sudor le pegaba los rizos al rostro. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba, por qué estaba ahí. Luego, como una ola de fuego, lo recordó todo. —¡Dogday! —jadeó, incorporándose bruscamente, el corazón golpeándole el pecho como un tambor que dolía bastante. Miro a su alrededor con objetos de la estantería que fue arrojada esparcidos por el piso, además de las cosas que el mismo Elliot destruyo en su ataque de ira. Se tambaleó al ponerse de pie, aferrándose al objeto más cercano para no caer. Miró el reloj digital sobre la pared, mientras respiraba con dificultad. Treinta y dos minutos. Estuvo inconsciente treinta y dos minutos. Su piel se heló. Elliot… Elliot había salido tras Dogday. —No, no, no… ¡Dogday! —exclamó, casi tropezando hacia la puerta. Poppy se impulsó sobre sus piernas tambaleantes y corrió hacia la puerta. Su cuerpo liviano y pequeño no era suficiente para alcanzar la manija de seguridad. Solo maldijo entre dientes, mientras sujetaba su brazo que comenzaba a doler. Miró a su alrededor con rapidez. Un bote de basura, Sería suficiente. Corrió hacia él, volcándolo sin pensarlo. Papeles, envoltorios, cayeron al suelo con un ruido sordo. Lo arrastró hasta la puerta con el cuerpo entero, empujándolo con las caderas y los brazos hasta que lo posicionó justo debajo de la manija. Subió con dificultad, sus pies resbalando sobre el borde de plástico, el equilibrio tambaleante, pero no se detuvo. Tiró del picaporte y estaba cerrado. Intentó con más fuerza, pero nada, Lo pateó, con rabia, con desesperación, pero apenas se sacudió el marco. Golpeó con ambas manos, los puños cerrados, gritando. —¡HEY! ¡ÁBRANME! ¡SOY POPPY! ¡ABRAN ESTA MALDITA PUERTA! —Rugió, pero nadie contesto. Solo silencio. Nadie venía. Comenzó a temblar. Sentía cómo el miedo le recorría los huesos. No podía quedarse ahí. No mientras Elliot… mientras Elliot pudiera estar haciéndole algo a su pequeño sol. La frustración la golpeó como una ola. Hasta tal punto que soltó un fuerte grito lleno de rabia y con su mano hecho en puño golpeo la fuerza con fuerza, sintió como sus huesos crujieron, pero el dolor le importo poco. Ella solo respiro con fastidio, así que bajó de un salto, casi perdiendo el equilibrio al tocar el suelo, el cuerpo aún resentido. Su respiración era agitada, entrecortada, como si cada segundo que pasaba fuera un clavo en el ataúd. Entonces sus ojos, desesperados, analizando el salón, sus ojos se elevaron hacia una de las esquinas del cuarto. Ahí estaba, la rejilla de ventilación cerca del suelo. Angosta, oxidada, atorada con tornillos viejos y polvo. Pero era una salida. Corrió hacia allí y con sus pequeñas manos tiró de los bordes. Los tornillos apenas se movieron. —¡Maldita sea! —escupió, frustrada al mismo tiempo que daba una fuerte patada buscando romper la rejilla. Fue entonces que buscó con ansiedad entre el desorden de Elliot. Entre bolígrafos, carpetas viejas y piezas sueltas, encontró una barra metálica delgada, tal vez parte de una lámpara rota o algún instrumento de escritorio doblado. Ella corrió hacia la ventilación de nuevo. Introdujo la palanca entre el marco y la pared, apretó los dientes… y tiró. Un crujido metálico le respondió. Los tornillos, viejos y podridos por el óxido, comenzaron a ceder uno por uno. Sus brazos temblaban, sus nudillos se tornaban blancos por el esfuerzo, pero no se detuvo. Su cuerpo comenzaba a doler, pero no le importo, solo quería salir de ese lugar a como diera lugar. —Vamos… vamos… ¡vamos! Un chasquido metálico le respondió, y de pronto, el último tornillo saltó con violencia, acompañado del chirrido oxidado del metal cediendo. La rejilla cayó al suelo con un golpe seco, hueco y estridente que resonó por toda la habitación. Pero Poppy no se detuvo a mirar. No había tiempo. Sin perder un solo segundo, trepo y se impulsó con fuerza, encajando su cuerpo en el estrecho ducto de ventilación. Su estatura reducida le permitió entrar con facilidad, ella provecho para comenzar a correr. —Tiene que haber una salida… —susurró, corriendo más rápido, ella conocía muy bien cada ducto, en su pasado los utilizaba bastante para moverse más rápido, el sudor mezclándose con el polvo en su rostro. Pero ahora que tenía a Kissy a otros juguetes eran pocas veces que ella utilizaba estos ductos. Y entonces, unos metros más adelante, vio otra rejilla. Había luz. Su cuerpo entero se tensó como un resorte. Rejuvenecida por la esperanza, se acercó de prisa. Al llegar frente a la abertura, empujó con ambas manos. La rejilla no se movió. Volvió a empujar. Nada. Comenzó a forcejear con desesperación, golpeándola con las palmas, empujando con el hombro. El sonido metálico resonaba, pero seguía sin moverse. —¡Oigan! ¡Estoy aquí! ¡AYÚDENME! —gritó con todas sus fuerzas, golpeando y pateando con la poca fuerza que le quedaba— ¡POR FAVOR, ALGUIEN! A través de los huecos alcanzó a ver sombras moviéndose. Trabajadores. Juguetes. Nadie miraba hacia abajo. Nadie parecía oírla. La impotencia le llenó el pecho como una ola helada. Comenzó a desesperarse mientras golpeaba el metal, volvió a gritar buscando llamar la atención. —¡AYUDAAAAA! ¡POR FAVOR! —sus uñas arañaban el metal, desesperada y entonces, escucho dos voces bastante conocidas, quienes comenzaron a acercarse, —¿Poppy…?—Dijo King bastante sorprendido de escuchar la voz de la muñeca. —¿¡Poppy estás ahí!? —Esta vez fue Bu quien hablo preocupado. Bu y King. Los dos juguetes, se acercaron corriendo al escucharla. Bu miro por dentro la rejilla y al ver a Poppy este se angustio. —Ella esta adentro King, debemos sacarla de ahí. —Dijo el juguete de fantasma. A lo que King solo asintió, rápidamente sostuvo la rejilla con ambas manos y comenzó a jalar. —¡Está atascada! —gritó King, frustrado. —Supongo que tengo que romperla. —¡Retrocede un poco Poppy! —dijo Bu, advirtiéndole a la muñeca ya que tendrían que ser más agresivos en esta ocasión. Con un solo tirón, y luego un puñetazo potente de King, la rejilla cedió, cayendo al suelo con un golpe estrepitoso. Poppy se dejó deslizar hacia afuera, cayendo de rodillas frente a ellos, jadeando, temblando, los ojos llenos de lágrimas y furia. —¡Llévenme a Playcore, ahora! ¡AHORA! —ordenó, su voz rota por la angustia, mientras se mostraba aterrada y muy alarmada. Bu no dudó. Con un gesto rápido, la cargó en brazos, mientras King abría paso entre los pasillos. No preguntaron más. No hacía falta. La desesperación en los ojos de Poppy hablaba más fuerte que cualquier palabra. Los tres atravesaron los corredores como un rayo, esquivando empleados que apenas tuvieron tiempo de apartarse. Las alarmas ya no sonaban, pero el aire estaba denso, saturado de un miedo reciente, de una violencia que se sentía aun flotando en las paredes. El pasillo que conducía a Playcare estaba lleno de murmullos apagados, de trabajadores aún tensos, de juguetes que no se atrevían a hablar en voz alta. Y entonces llegaron. Solo para encontrarse una escena de pesadilla... Los ojos se le abrieron con espanto. Un par de trabajadores con batas blancas y guantes manchados de rojo limpiaban el suelo a toda prisa, ya habían retirado los cuerpos muertos de sus compañeros caídos. El concreto estaba rayado por las garras de algo que luchó hasta el final. Los muros, salpicados de marcas violentas. Había rastros de sangre. El aire olía a quemado y a desesperación. Poppy abrió los ojos de par en par, jadeando como si la hubieran golpeado en el estómago, ella quería vomitar en esos momentos. —No… —susurró, bajando de un salto de los brazos de Bu, aterrizando en el suelo con un poco de dificultad que dolía. A unos metros, Bobby y Bubba estaban arrodillados junto a Kissy, quien permanecía sentada en el suelo, encogida sobre sí misma, como una muñeca rota. Tenía sangre seca en la mejilla, un ojo morado, y su pelaje solía estar reluciente… ahora solo era un nido de nudos y polvo. Kissy no miraba a nadie. No hablaba. Apenas respiraba, solo lloraba con fuerza como si hubiera fallado en algo. —¡KISSY! —gritó Poppy con la voz al borde del colapso, sus pies descalzos golpeando con torpeza el suelo, tropezando por la urgencia más que por el dolor. Su cabello despeinado se agitaba con cada paso, sus ojos abiertos como platos, desbordados por la angustia. Kissy alzó la mirada de inmediato, como si ese grito hubiese atravesado el velo del trauma. Sus ojos, hinchados y vidriosos, buscaron el origen de aquella voz familiar… y entonces la vio. —¡Poppy! —exclamó con un jadeo, como si la respiración regresara a sus pulmones solo al verla. Sin pensarlo, la muñeca rosada se levantó tambaleante, con las piernas temblorosas por el agotamiento y el dolor, y corrió hacia su hermana. No le importó que sus músculos protestaran, que su mejilla aún ardiera por el golpe. Lo único que importaba era que estaba viva. Poppy apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que Kissy se lanzara sobre ella. Ambas se abrazaron con una desesperación tan cruda que dolía verla. Se apretaron con fuerza, como si en cualquier momento fueran a desvanecerse. Kissy rompió en llanto, hundiendo el rostro en el cuerpo de su hermana. Lloró como una niña rota, pero de un alivio grande de saber que Poppy estaba bien. Su voz era apenas un gemido entrecortado, mezcla de alivio y de pena. —Pensé que… pensé que te habían hecho algo —murmuró entre sollozos, apretando aún más a Poppy, como si con eso pudiera protegerla del mundo. Poppy no respondió de inmediato. Solo la sostuvo, temblando igual que ella. —Estoy bien… pero por favor dime, ¡¿Qué pasó?! ¡¿DÓNDE ESTÁ DOGDAY?! —exigió, temblando, separándose de Kissy y mirando a los demás. Kissy la miró. Solo por un segundo. Un segundo que lo dijo todo. Su rostro se torció en una mueca irreconocible. Y entonces, simplemente… se derrumbó. Lloró. Lloró con todo el cuerpo. Como si algo dentro de ella también se hubiese roto. Bobby, con el rostro pálido y la voz temblorosa, se acercó lentamente, sus ojos evitando los de Poppy, como si cada palabra le pesara más que la anterior. Al fin, con un suspiro profundo, habló con un nudo en la garganta. —Se los llevaron… a Dogday y a Catnap. El silencio que siguió fue casi insoportable. El corazón de Poppy se detuvo un instante, y luego se hundió en un abismo helado. Las lágrimas empezaron a deslizarse sin control por sus mejillas, y su cuerpo se sintió vacío, como si todo el aire la hubiera abandonado.Había llegado tarde.
Sus manos se quedaron quietas en el aire antes de caer a sus costados, inútiles, mientras su mente se llenaba de un zumbido blanco. El dolor era tan vasto que no encontraba dónde encajarlo. Dogday, su pequeño, su hijo.Y se lo habían arrebatado.
Su mente gritaba en un torbellino salvaje, un lamento que era mitad dolor y mitad furia. No había llegado a tiempo. Y Catnap… el hijo del Prototipo… también estaba en manos de ese monstruo. Sus manos temblorosas se crisparon sobre la tela de su camisa hasta clavarse las uñas en las palmas, fue tanta la impotencia que comenzó hacerlas sangrar. No sintió el dolor. Solo un vacío insoportable, una conciencia brutal de que todo se había quebrado. En su pecho, algo frío despertó. Por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, Poppy sintió un miedo tan profundo que rozaba la locura, pensar que Dogday estaba en manos de ese monstruo la hacía temblar de pánico, pero sobre todo ella…Porque comprendió que ya no quedaba nada que contuviera al Prototipo.
☆*゚ ゜゚*☆*゚゜Comentario de la escritora☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆* ¡Holaaaaaaaaaaaaa mis amados lectores! Les traigo un nuevo capitulo jeje, muy dramático y cardiaco todo, ¿eh?, ¿Qué les pareció? De mi parte disfrute muchísimo escribes las escenas de acción, dios mio extraño escribir escenas de peleas TwT y fantasia pipipi, pero estoy pensando en dos fanfics que si lo tienen y es tipo seinen o shonen, pero obvio de ships. Una es hacer de nuevo la remasterización de uno de mis fanfics mas antiguos, que se llama "¿Quién es nuestro padre?", del fandom undertale ships del sanscest, y futuramente quiero sacar un fanfic de Miraculuos ladybug, pero con la prota Chloe uwu pero reencarnada jeje lose muy cliche pero déjenme TwT. Sobre el capitulo de hoy, si fue muy desesperante escribir como Elliot al final ganaba esta y ahora toca esperar el domingo que viene, que le hará a nuestro pequeño rayito de sol que es Dogday TwT, una vez les voy avisando que recuerden que ya los capítulos que vienen ya tienen la advertencia de Dead Dove, para que vayan trayendo sus pañuelos y sus peluches para abrazar xd. Dicho esto, una disculpa por tardar en publicar el capitulo, como dije tenia unos asuntos pendientes y pues no había terminado de pulir el capitulo y por desgracia Ao3 y Fanfictionero, no tienen capítulos reprogramados como Wattpad por lo que se me dificulta subirlo manualmente para esas plataformas, porque puedo subirlo por wattpad pero me da tristeza que mis lectores de esas plataformas se queden sin capítulos TWT pipipi. Y Hablando de otras noticias, por fin Fanfictionero me respondio a mi recomendación, me confirmaron que en una nueva actualización van a implementar el mismo método de ao3, en pone bajo candado las historias que solo pueden leer los usuarios con cuenta. Lo que significa que espero yo que cuando ya termine el cuerpo de Bitchday espero que ya tenga esa función activa, porque sinceramente el fanfic si es bastante cuestionable con los temas que va a tocar, por lo mismo me encanta tocar ships y temas cuestionables para explorar la psicología 7w7r , la moral, los valores y un enorme etc 7w7r es mi delirio el Dead Dove la neta. Jajaja xd espero que no se hayan sorprendido que yo la escritora de este fanfic soy proshipper, Pero obvio son temas que como vieron en mi fanfic de lejos de tus ideales nunca romantizo ni normalizo, porque amo dar mensajes a ustedes mis lectores uwu. Que aprendan con los personajes y disfruten de una buena historia uwu. Bueno eso seria todo de mi parte, pero antes debo presentarles a una increíble editora, ella es Clementine , este es su perfil Clementine0315 uwu , una amiga mia y talentosa editora, de verdad que es brillante y asombrasa con su trabajo. Ella me hizto este gif, para mi para despedirme de ustedes uwu y darle mas vida a mis comentarios, la verdad ella es increíble, por lo que si gustan pedirle un gif o una edición, no duden en contactarla en su perfil o en sus secciones abiertas. Por favor denle una oportunidad de ver su trabajo, se los juro ella es muy talentosa jejej. Ahora si eso es todo, ¡hasta la próxima los amo! Psd: Para los lectores de fanfictionero, recuerden que para ver las imagenes deben ir a ao3 o en wattpad uwu.