ID de la obra: 144

Lejos de tus ideales.

Mezcla
NC-21
En progreso
10
Promocionada! 0
Fandom:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 1.040 páginas, 491.653 palabras, 47 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Permitido mencionando al autor/traductor con un enlace a la publicación original
Compartir:
10 Me gusta 0 Comentarios 2 Para la colección Descargar

Capitulo 46. La hora de la alegría Parte II.

Ajustes de texto
Notas:
El aire todavía olía a plástico quemado y circuitos fritos cuando Mako y Rabie comenzaron a recobrar la conciencia. La opresiva descarga eléctrica que había paralizado sus cuerpos momentos antes se disipaba lentamente, ambos juguetes jadeaban adoloridos y sentían como su carne quemaba internamente, pero ya no era tan fuerte como antes por lo contrario solo esperaba el enfriamiento. El ambiente estaba cargado de tensión y satisfacción sabiendo que por fin eran libres. Mako abrió los ojos primero, estaba en el suelo sucio de sangre, de aun el guardia que había devorado, a lado de su cuerpo grotescamente abierto, con los ojos aun abiertos mirando con terror al asesino que parecía satisfecho y adolorido con su trabajo. Rabie, aún sentada frente a la consola, sonrió con malicia, orgullosa del caos controlado que habían desatado. Le dolía su cuerpo, ni siquiera podía moverse, sus ojos se llenaban de lágrimas, le aterraba el dolor, pero a pesar de su miedo, no dudo en hacerlo, era necesario, ya que ya nadie los controlaría de nuevo. Mako inhaló profundamente, su respiración entrecortada y húmeda, y miró a Rabie con un poco de rabia. —¡Eso dolió!, ¡Maldita sea! —Exclamo con voz ronca, aunque había dolito como el infierno, lo que su mente pensó en ese instante fue, ¿Si Picky estaría bien?, solo rezaba que por lo que más deseaba que ella no hubiera estado en un lugar de agua. Rabie ladeó la cabeza y exhaló un suspiro pesado, aun intentando estabilizar su pulso. —Ja... que terrible...—Contesto el murciélago, mientras reía adolorida. —Ese electrochoque fue peor de lo que pensé. Siento como si me hubieran quemado por dentro. —respondió, su voz quebrada, pero en su mirada no había arrepentimiento. —Aun así, somos libres. Ambos permanecieron en silencio por un momento, dejando que la realidad se asentara, mientras Rabie se acercaba a la consola principal. Sus dedos, aún temblorosos, comenzaron a teclear con una mezcla de nerviosismo y determinación. —Es hora de hacer que todos lo sepan —dijo con un tono firme—. Si los juguetes pueden escuchar esto, sabrán que ya no estamos bajo ese yugo. Mako asintió, respirando hondo recuperándose del dolor, y tomó el micrófono cercano, que se encontraba en uno de los paneles manchados de sangre, al mismo tiempo que apretaba un botón haciendo que un foco verde se encendiera. Tenía que hacerse pasar por un trabajador y eso sería bastante fácil, solo tenía que darle la señal a sus compañeros que ya estaba todo listo, obviamente sin levantar sospechas. Se aclaró la garganta, su voz transformándose en un tono cálido, casi jovial, como si estuviera transmitiendo un mensaje de rutina para la fábrica. —A todos los trabajadores y al personal en general... —comenzó, modulando cada palabra con una sonrisa audible, haciendo que los altavoces de la fábrica sonaran, provocando que los trabajadores escucharan con atención. Era extraño que se escuchara un aviso tan temprano— les deseamos una muy feliz "hora de la alegría". Que su labor siga siendo tan productiva... como hasta ahora. Pero bajo la fachada, había algo más. En esas palabras cargadas de falsa cordialidad vibraba un mensaje oculto, un código que solo los juguetes entenderían. Y el eco de esa voz comenzó a viajar por cada pasillo, cada celda y cada rincón de la fábrica. Poppy, recostada contra la fría pared de su celda, alzó la cabeza lentamente, como si el peso de cada movimiento fuera calculado. Sus ojos, antes apagados, se abrieron de par en par y dejaron escapar un destello que oscilaba entre el alivio y la furia contenida. La respiración se le aceleró, como si su propio cuerpo se preparara para algo inevitable. Aquellas palabras que resonaban en la distancia anunciaban el desastre que venía y eso en vez de causarle tristeza, le causo felicidad porque solo así Elliot entendería que no debía tocar a su hijo. Una chispa de electricidad le recorrió la espalda, destensando por un instante la presión que llevaba días oprimiéndole el pecho. Y entonces sonrió, una curva retorcida que rompía la fragilidad de su rostro, una expresión que no pertenecía a una víctima, sino a alguien que estaba lista para desatar el infierno como una nueva reina de ese averno. Pero no fue la única en tener una reacción, Tayla detuvo lo que hacía por un segundo, sosteniendo a un juguete derrumbado entre sus brazos. Se tenso instintivamente, como si ese simple acto pudiera darle respuestas. Sus ojos recorrieron el lugar con una mezcla de desconcierto y aprensión, incapaces de encontrar un punto fijo en el que anclar su mirada. No sabía qué estaba ocurriendo, no entendía el repentino cambio de atmósfera, la última vez que hablo con Poppy realmente lo pensó y algo le hacía sentir mal, ese pensamiento se convertía en un peso inquietante en su pecho. En la fábrica guardando a un monstruo oculto, Catnap se encontraba escondido él había escuchado absolutamente todo y eso lo lleno de placer. Sus garras, listas para rasgar carne humana, quedaron suspendidas en el aire. El mensaje había atravesado la rabia que lo impulsaba y lo había anclado. Sonrió, una sonrisa oscura pero triunfal, y retomó el paso, ahora con un objetivo más grande que el simple deseo de venganza. En lo más hondo de su prisión, en aquella sala donde estaba encerrado el experimento más peligroso de la fábrica, el Prototipo escucho con atención como los científicos hablaban entre sí, porque uno había regresado hace poco y trasmitido el mensaje de lo que habían dicho por los altavoces, este movió un poco su cabeza, revelando fugazmente el brillo carmesí de su ojo mecánico, que se estrecharon con un fulgor frío y depredador. Gruesos cables se incrustaban en su chasis y correas de acero lo mantenían sujeto, forzando su cuerpo metálico a una inmovilidad humillante incrustado en aquel piso frio. Al escuchar a sus torturadores, este no pudo evitar soltar una risa leve, haciendo que los científicos se estremecieran y uno lo veía con desconfianza. —¿Hay algo que te parezca gracioso 1006? —Pregunto uno de los científicos, a lo que este no respondió, era costumbre, al ser un ser bastante misterioso y callado. Los científicos solo ignoraron ese detalle, no querían involucrarse más y solo se enfocaron de su trabajo.

°

.

Elliot estaba hundido en su sillón de cuero, pero su cuerpo no transmitía descanso, cada músculo estaba tenso, sus dedos apretaban el teléfono como si quisiera triturarlo. —¡No me importa cuánto cueste! —bramó al teléfono, su voz grave y cortante—. ¡QUIERO EL DINERO DE VUELTA HOY MISMO! ¡HOY! Del otro lado, el abogado balbuceaba excusas sobre investigaciones y transferencias rastreadas. Elliot apenas escuchaba. Su atención se repartía entre el zumbido del aire acondicionado, el tic nervioso en su párpado izquierdo y el murmullo frenético de su secretaria, que lidiaba con tres líneas abiertas al mismo tiempo. —Señor Elliot... —ella levantó la vista, el rostro pálido, dejando los teléfonos de lado. — Me informan desde control central que casi un treinta por ciento del personal no se presentó. Además, las líneas de ensamblaje... están paradas. El silencio que siguió duró apenas dos segundos, pero se sintió como un golpe. Elliot giró hacia ella lentamente, como si su cuello crujiera mostrando su ira y cruda expresión llena de odio, por lo que este con una voz cortante respondió a sus abogados. —Después los llamo...—Dijo para luego colgar. —¿Me estás diciendo que... además de perder millones... no hay trabajadores y las malditas máquinas están muertas? —su voz bajó tanto que sonaba como un rugido contenido. No llegó a escuchar su respuesta. Un chasquido eléctrico resonó desde los altavoces empotrados en el techo. Aquella red interna, reservada para comunicados de la gerencia, se activó. Y entonces, una voz... diferente al guardia, carismática, completamente fuera de lugar, inundó la oficina. "A todos los trabajadores y al personal en general, les deseamos una muy feliz "hora de la alegría. Que su labor siga siendo tan productiva... como hasta ahora." La voz era femenina y profesional. No mencionaba nada concreto, pero los humanos no sabían lo que realmente significaba. Elliot sintió un escalofrío, no de miedo, sino de rabia absoluta. Su mano se dejó caer golpeando el escritorio en el acto. —¿Qué mierda es esto...? —murmuró, y enseguida explotó—. ¡¿QUIÉN DEMONIOS ESTÁ JUGANDO CON MI SISTEMA DE ANUNCIOS?! ¡¿QUIÉN LES DIÓ PERMISO?! Sus manos se aferraron a su cabello, tirando con tal fuerza que casi se arrancó mechones enteros. Caminó de un lado a otro, golpeando el borde del escritorio con la palma. Los papeles volaron, una carpeta se estrelló contra el suelo, y el portapapeles termino en el suelo con un sonido seco. —¡Inútiles! ¡TODOS SON UNOS INÚTILES! —rugió, terminando por golpear de nuevo su escritorio. Todo se estaba yendo a la mierda y él no entendía como es que todo se había descontrolado, de cómo se salió de sus manos. Pero lo peor es que no sabía qué hacer. Por lo general cualquier asunto de emergencia llamaba a Poppy para obligarla a ayudarlo, pero ahora esa perra preferiría morir o matarse antes que ayudarle o de pensar en acercarse a él. Ya no le servía mas. Tomó aire como si necesitara oxígeno para no desmayarse y caminó hacia la puerta. La abrió de golpe, pero antes de cruzar el umbral se giró hacia su secretaria, que se había quedado petrificada y asustada por sus horribles arrebatos, el teléfono aún en la mano, la piel tan blanca como las hojas desperdigadas en el suelo. —¡Y TÚ! —la señaló con un dedo tembloroso, su voz un látigo—. Encuentra al maldito responsable... o ni te molestes en venir mañana. Y se marchó. Sus pasos resonaron como martillazos contra el piso de concreto mientras desaparecía por el pasillo, dejando tras de sí un rastro de furia, ya que buscaría al bastardo que se había atrevido a hablar por las bocinas locales, solo quería desquitarse con alguien, quien sea. Hasta los mismos empleados notaban a su fundador con esa maldita aura maldita que alejaba a todos, muchos se escondían o corrían no querían ser una de las víctimas de ese maldito sociópata. ☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆* En el vestíbulo principal de Playtime Co., el aire olía a café recién hecho y a papel de oficina. La mañana avanzaba lenta, como siempre, con el murmullo de teclas y pasos sobre el piso encerado. En el centro del salón, como una estatua de bienvenida, Huggy Wuggy permanecía erguido. Era imposible no notarlo. Su gran altura dominaba la entrada, con su pelaje azul impecable, su sonrisa amplia y los brazos abiertos como si quisiera dar un abrazo. Era el ícono de la marca, la pieza más fotografiada por los visitantes y la primera imagen que recibían los nuevos empleados. Sostenía el gran letrero con el nombre de la compañía, inclinado hacia el frente, la postal perfecta para que todos lo recordaran. Para la mayoría, no era más que eso: una estatua. Un adorno costoso y bien cuidado. A excepción de otros empleados. Algunos empleados, ya acostumbrados, apenas le dedicaban una mirada. Otros, sobre todo los nuevos, sonreían al verlo, quizá recordando algún anuncio o comercial de su infancia. El reloj del salón marcaba las 10:59 a.m. Un par de trabajadores conversaban cerca de la máquina de agua. Una recepcionista revisaba unos documentos, y un grupo más se preparaba para entrar al ascensor. La rutina, monótona, parecía inquebrantable. Todo era normal. Hasta que la hora dio a las 11:00 a.m. exactas, algo cambió. Huggy bajó lentamente el letrero que sostenía, hasta dejarlo caer en el suelo. El gesto fue tan natural que, por un instante, parecía parte de alguna presentación sorpresa. Su cabeza giró con un movimiento pausado, mecánico, inspeccionando el vestíbulo. Su cabeza giró con lentitud, primero hacia un lado, luego hacia el otro, como si inspeccionara la sala. La sonrisa de felpa y sus colmillos comenzaron a mostrarse, fija e inmutable, parecía ahora más grande, más tenso y luego, dio un paso. Varias personas lo miraban, algunas con sonrisas nerviosas, pensando que formaba parte de un evento no anunciado. Un joven técnico, de apenas veinte años, incluso dio un paso hacia él, divertido. —¡Vaya! No sabía que este muñeco se movía... ¿cómo funciona? —preguntó, mirando de reojo a los demás, buscando cómplices para la broma. No obtuvo respuesta, porque nadie ahí sabia y lo que sabían solo sonrían maliciosos, comenzaban a mirar con sorpresa la escena, como si pensaran que era un espectáculo. Los brazos de Huggy se cerraron de golpe sobre él, atrapándolo en un abrazo de acero disfrazado de felpa. El joven se rio al principio, porque realmente pensó que estaba siendo un evento hasta que sintió como comenzaba a apretarlo de mas, luego el dolor... y después algo peor, la certeza de que su pecho no resistiría. —¡Es-espera.... ¡Es demasiado! —Contesto el técnico comenzando a sentir mucho dolor, sin entender que estaba pasando. Un crujido seco, como ramas rotas en una noche de invierno, llenó el aire. Las costillas cedieron una tras otra, mientras un calor punzante y ardiente se propagaba por su torso. Su boca se abrió instintivamente para gritar, pero en lugar de un alarido, lo único que salió fue un borbotón de sangre oscura que le empapó la barbilla. —A–ayuda... por favor... —logró soltar, con la voz rota y húmeda. Sus palabras se ahogaron en un gorgoteo, como si hablara desde el fondo de un charco profundo. Sus piernas patalearon en el aire, desesperadas, golpeando contra el pelaje suave que ocultaba músculos y mecanismos imposibles. Intentó morder, arañar, lo que fuera... pero cada movimiento lo hundía más en el abrazo mortal. —No... no... esto... no es... —tosió de nuevo, y esta vez un hilo espeso de sangre le colgó de los labios—. ¡No es... un... juego! El horror empezó a dibujarse en los rostros cercanos. Los que antes sonreían pensando que era una representación ahora retrocedían con pasos vacilantes. Uno de ellos dejó caer la carpeta que sostenía, los papeles revoloteando como mariposas blancas que aterrizaban sobre el charco creciente en el suelo. Huggy inclinó la cabeza, acercando su boca a la garganta del muchacho. Su sonrisa permanecía, pero entre los dientes sobresalían ahora cuchillas irregulares, húmedas, palpitantes. La mordida fue profunda, cortante, y el trabajador sintió cómo algo le arrancaba un trozo de vida, no solo de carne. El primer tirón fue brutal, la carne cedió como tela vieja rasgándose, liberando un chorro de sangre caliente que salpicó su pelaje azul y el cuerpo de la víctima. El sonido era una mezcla imposible de crujidos de hueso, tendones tensándose hasta romperse, y el ruido húmedo y viscoso de la carne desgarrada. El hombre intentó gritar, pero lo único que salió fue un ahogado gorgoteo, como si burbujas de aire intentaran escapar a través de un charco espeso dentro de su garganta. Su mirada, antes desbordada de pánico, se nubló rápidamente mientras Huggy masticaba. Los dientes trituraban hueso y cartílago con un ritmo metódico, rompiéndolos en astillas que se mezclaban con jirones de músculo. Cada mordida arrancaba más, y Huggy lo hacía sin prisa, disfrutando del proceso. Un segundo tirón desprendió un trozo de carne tan grande que un pedazo de clavícula quedó colgando por un hilo de tendón antes de caer al suelo con un golpe húmedo. La sangre caía en oleadas, tiñendo el piso y formando un charco que se extendía lentamente. Algunos trabajadores, paralizados por el shock, solo podían escuchar el eco grotesco, el aplastamiento repetido de huesos contra dientes y el succionaste ruido al tragar. El cuerpo del trabajador, que al principio se retorcía en espasmos de dolor puro, fue perdiendo fuerza hasta quedar colgando, flácido, de los brazos de Huggy. La cabeza, ladeada en un ángulo imposible, se balanceaba como la de un muñeco roto. Los dedos, antes crispados en un intento inútil de zafarse, quedaron abiertos, inertes, goteando sangre por las uñas. Huggy masticó una última vez, tragó con satisfacción, y dejó escapar un sonido gutural que no parecía de este mundo. La escena quedó impregnada de un silencio denso... interrumpido solo por el goteo constante de sangre desde su mandíbula hasta el charco bajo sus pies. Los ojos del empleado quedaron completamente vacíos de vida, devorado vivo hasta la muerte, en el reflejo de sus ojos se pudo ver a una mujer a lo lejos, con lágrimas acumulándose en los ojos mientras se veía el pánico Un ruido viscoso cuando Huggy tiró hacia atrás, llevándose algo que jamás debería Haber estado entre dientes. Entonces, todo se volvió silencio para él. El suelo empezó a llenarse de charcos espesos que se deslizaban hasta las suelas de los demás trabajadores, que aún no reaccionaban. Algunos retrocedieron lentamente, como si esperaran que todo aquello fuera un espectáculo preparado. Otros se taparon la boca, sus rostros lívidos, las pupilas dilatadas. El dolor lo cegó. Los visitantes más cercanos, se quedaron inmóviles, incapaces de procesar lo que veían. El olor metálico de la sangre empezó a invadir el aire, cálido y nauseabundo. Un silencio denso cubrió la sala, roto solo por el goteo espeso de la sangre cayendo sobre el piso. Fue entonces cuando el pánico real comenzó. —¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! —chilló una mujer, su voz quebrándose mientras sus ojos se clavaban en el horror frente a ella. La sangre se esparcía como un río oscuro, arrastrando pequeños fragmentos de hueso que relucían bajo las luces frías del salón. Huggy, empapado de rojo hasta el hocico, dejó caer el cadáver como si fuera un desperdicio y, sin una pausa, se abalanzó sobre otro trabajador. El sonido de huesos rompiéndose se mezcló con el estruendo de sillas volcándose, tacones resbalando en charcos tibios y tazas cayendo al suelo, estallando en pedazos. El aroma metálico de la sangre saturó el aire, quemando las narices y revolviendo los estómagos. Y entonces... llegaron los otros. Sombras que se movían en los rincones, juguetes que hasta hacía segundos parecían inertes comenzaron a deslizarse, arrastrarse o saltar desde estantes y pasillos. Otro juguete cayó sobre un guardia, enterrando cuchillos en su cuello. Desde la zona de carga, un conejo de felpa verde se lanzó contra un grupo de visitantes, desgarrando piel con sus garras como si fueran papel húmedo. Dos guardias llegaron corriendo para evitar mas desastre, ya que debían contener a los juguetes, uno de ellos saco ese maldito control remoto que los paralizaba. —¡Rápido!, ¡Electrocútalos! —Grito su compañero mientras saca su arma paralizante, cosa que el contrario solo asintió mientras apuntaba el control contra Huggy que devoraba otra víctima. Pero su mayor sorpresa fue que cuando apretó el botón, se dio cuenta que no tenía ningún tipo de reacción y entonces en ese instante lo comprendo, lo que hizo que un terror comenzara a subir por su espalda y se desplazo por todo su cuerpo, porque significaba que los juguetes ya no tenían su chip de control y ahora ya nadie podía salvarlos de lo que ellos estaban dispuestos a hacerles. —Richard...—Llamo aquel guardia a su compañero que gritaba a Huggy que soltara a la persona que devoraba. —¡¿Qué?! —respondió el nombrado con impotencia, a lo que su compañero solo retrocedió mientras soltaba aquel control, hasta hacer que se rompiera contra el suelo y comenzaba a retroceder con terror puro, mientras Huggy los había visto y comenzaba a gruñir, comenzando a levantarse mientras el guardia retrocedía. —Estamos jodidos...—Contesto aquel guardia sin más, mientras comenzaba a sentir muchísimo miedo y Huggy al ver mas deliciosos bocados, no dudo en hacer una risa maniaca y sin dudar se lanzo hacia los guardias, mientras soltaba un rugido gutural, cargado de un odio demasiado intenso como para controlar. Después solo se escucharon los gritos de los guardias. Los gritos se multiplicaron y se escucharon por todo el lugar, chocando entre sí hasta formar un coro de puro terror. Algunos corrían hacia las salidas, pero las puertas parecían trabadas, otros, paralizados, solo podían observar mientras los cuerpos eran mutilados frente a ellos. La escena se convirtió en una pesadilla viviente. Un hombre cayó de rodillas, las manos cubriendo su estómago mientras intentaba contener lo que quedaba de sus entrañas, un niño gritaba el nombre de su madre, mientras su cara estaba manchada de sangre, sin darse cuenta de que ella ya yacía inmóvil en el suelo, con los ojos abiertos y vidriosos, mientras varios pequeños juguetes, la devoraban desde las entrañas y el cadáver solo se movía por esos pequeños movimientos. El reloj, indiferente al caos, apenas marcaba las 11:10. La "Hora de la Alegría" acababa de comenzar... y no había escapatoria. ☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆* Tayla retrocedió lentamente, el eco de los primeros gritos aún resonando en los pasillos. El juguete al que había ayudado minutos antes esa criatura que retorcía por el dolor, la excientífica se preocupaba mucho por ellos. No esperó a que le dijera nada, pero comenzó a escuchar varios gritos lo que hizo que la mujer se separara y le comentara que descansara, mientras Moonlight y Sunshine se miraban extrañados. Dio un par de pasos atrás, mirando por encima del hombro... y fue entonces cuando los vio. Un grupo de personas corría por el pasillo principal, chocando entre sí, tropezando, empujando a cualquiera que se interpusiera. El pánico en sus rostros era suficiente para helar la sangre, hasta las personas que estaban con ella se miraban asustados sin entender que pasaba. Y detrás de ellos... se acercaban aquellos juguetes ensangrentados. Los juguetes avanzaban, no corriendo, sino deslizándose entre sombras, manchados de rojo. La felpa pegajosa, los ojos fijos en sus presas. Algunos arrastraban restos, como si los trozos de carne fueran simples trofeos. Tayla sintió un nudo en el estómago cuando reconoció a uno de ellos, siendo Huggy Wuggy, no entendía como es que había dejado su puesto y ni hablar de como su pelaje estaba manchado. —... ¿Qué está pasando? —murmuró un visitante retrocediendo al ver a ese grupo de juguetes, aunque la respuesta ya la intuía por el sonido húmedo y cortante que acompañaba a los gritos ajenos de otras salas. No hizo falta más. Un grupo de trabajadores irrumpió en el pasillo, chocando entre sí, empujándose sin importarles quién caía al suelo. Algunos llevaban manchas rojas en la ropa, otros tenían arañazos profundos y uno, con el rostro blanco como la cera, sangraba por un corte que cruzaba todo su brazo. Pero ni siquiera alcanzó a incorporarse. Un juguete, con sus ojos fijos y una sonrisa cosida imposible de borrar, se abalanzó sobre él con la fuerza de una trampa cerrándose. Lo sometió a espaldas contra el suelo y, sin un segundo de pausa, hundió sus dientes serrados en su hombro. El sonido fue un festín para el horror, un crack húmedo seguido del desgarro fibroso de la piel rompiéndose, mezclado con el chasquido de tendones partiéndose como cuerdas viejas. La sangre brotó a borbotones, empapando el rostro del muñeco, que masticaba con avidez animal. —¡AHHHHHHHHH! ¡AYUDAAAAA! —rugió el hombre, su voz quebrada por el pánico y el dolor. La súplica rebotó contra las paredes, pero no trajo rescate alguno. Sus manos intentaron apartar a la criatura, pero entonces una nueva sombra se proyectó sobre él... y luego otra... y otra más. Mostrando dientes irregulares y húmedos, se abalanzaron sobre su cuerpo como un banquete servido. Se escucharon nuevos y más horrendos sonidos: el chapoteo viscoso de la carne arrancada a tirones, el chasquido de huesos triturados, y el último grito del hombre apagándose bajo una montaña de formas diminutas y asesinas. Tayla se pegó contra la pared, el corazón golpeando en su pecho como si quisiera escapar antes que ella. El aire se sentía denso, saturado por el hedor metálico de la sangre y el repulsivo aroma de la carne recién abierta. La luz parpadeante del pasillo hacía que las sombras de los juguetes asesinos se alargaran y retorcieran en las paredes, como si fueran espectros celebrando la carnicería. MoonLight y Sunshine se aferraban a sus piernas, temblando, sus diminutas garras clavándose en la tela del pantalón, como si Tayla fuera la última ancla en medio de un océano de muerte. Los ojos de ambos buscaban en todas direcciones, vigilando cada esquina, sus orejas agitándose con cada nuevo grito que retumbaba. Del otro lado del pasillo, el juguete que minutos antes Tayla había salvado, se incorporó lentamente. Sus movimientos eran erráticos, como si todavía le costara recordar cómo usar sus propias extremidades, pero su mirada... esa mirada no tenía gratitud, ni alivio. Tenía hambre. —Por fin... —susurró, con una voz que vibraba entre risa y gruñido—. ¡Por fin es hora! Al girar el cuello, vio a un trabajador corriendo hacia la salida, su rostro deformado por el terror. Y entonces, una sonrisa espantosa se dibujó en el rostro del muñeco. Sin advertencia, se lanzó sobre él como una fiera. El impacto los hizo rodar por el suelo, y antes de que el hombre pudiera pedir ayuda, los dientes del juguete ya se habían hundido en su cuello. El sonido fue una sinfonía macabra, el crack seco de la tráquea partiéndose, el silbido del aire escapando de un pulmón perforado, y el gorgoteo de la sangre llenando la boca de la criatura, que masticaba con movimientos lentos y satisfechos. El cuerpo del trabajador se estremeció un par de veces antes de quedar completamente inerte. Tayla tragó saliva con dificultad, sin apartar la vista de la escena frente a ella. Su instinto gritaba que corriera, que se alejara de ahí antes de que fuera demasiado tarde, pero su cuerpo no respondía, las piernas clavadas al suelo, los pulmones tensos, el corazón golpeándole las costillas. Fue entonces cuando uno de los juguetes ensangrentados se giró bruscamente en su dirección. Alto y feroz con los ojos brillando de una furia antinatural, se lanzó directamente hacia ella con un chillido agudo, las extremidades torcidas extendiéndose como garras. Tayla apenas tuvo tiempo de reaccionar. MoonLight se interpuso en un parpadeo. Saltó sobre la criatura con una ferocidad casi animal, aferrándose a su cabeza con todo el peso de su cuerpo. Sus colmillos se cerraron con un crujido húmedo, y MoonLight mordió con rabia salvaje, desgarrando carne y piel en un espasmo repugnante. Un trozo de mejilla y párpado quedó atrapado entre sus dientes, colgando, chorreando sangre espesa que resbaló por su mentón y salpicó el suelo. El juguete lanzó un alarido ahogado mientras se retorcía, pero MoonLight no aflojó, decidido a no permitir que ni un solo paso más lo acercara a Tayla. El juguete agredido rugió con una voz grave y distorsionada. Su mano, cubierta de sangre tibia, se cerró en un puño alrededor del cuello de MoonLight, y con la otra lo sujetó de su oreja, tirando con brutalidad para separarlo de su rostro. Moon se resistió, sacudiendo la cabeza como un animal salvaje, arrancando otro pedazo de piel que cayó al suelo con un plop húmedo. —¡AAHHHH! ¡MALDITO TRAIDOR! —bramó el juguete herido, escupiendo saliva y sangre. Con un movimiento seco y brutal, levantó a MoonLight y lo lanzó contra la pared. El impacto fue tan fuerte que el sonido del golpe resonó por todo el pasillo, y el pequeño rodó por el suelo hasta quedar encogido, aturdido, con un hilo de sangre saliéndole por la boca. MOONLIGHT! gritó Tayla con un alarido de angustia. Sunshine, con los ojos desorbitados, se aferró al pantalón de ella y chilló también el nombre de su compañero, como si con eso pudiera hacerlo reaccionar. El juguete atacante, con media cara destrozada y un ojo colgando apenas por un tendón fibroso, respiraba con violencia, su pecho inflándose y contrayéndose en un ritmo frenético. Dio un paso hacia ellos, arrastrando los pies sobre el charco de sangre que había dejado su última víctima, mientras la sonrisa torcida en lo que quedaba de su rostro se ensanchaba con un hambre retorcida. Con el corazón retumbándole en el pecho y el miedo clavado en cada fibra de su ser, Tayla inhaló profundamente, moldeando su terror en un coraje feroz. Sus ojos se endurecieron. No podía dejar que aquel monstruo acabara con sus pequeños. — "No esta vez"—se dijo en su mente. Con esfuerzo, Tayla logró incorporarse, el cuerpo le dolía y el corazón le latía con fuerza, pero no había tiempo para ceder al miedo. Sus ojos se clavaron en Sunshine, la voz firme y templada a pesar del caos que la rodeaba. —Sunshine, ¡ve por MoonLight! —ordenó con autoridad, reprimiendo el temblor en sus manos—. Tráelo aquí, rápido. Sunshine la miró con ojos brillantes, llenos de lágrimas contenidas, pero sin dudar ni un instante. Se soltó de la pierna de Tayla y corrió apresurada, con pasos ligeros y nerviosos, hacia donde MoonLight yacía, inmóvil y pálido sobre el frío y duro suelo. El juguete con media cara destrozada gruñó, furioso, y se lanzó con un salto brutal hacia Tayla, que apenas tuvo tiempo de esquivar. se lanzó hacia un lado con agilidad desesperada, su cuerpo golpeando la pared con un estruendo sordo justo al lado del extintor metálico que colgaba allí, frío y brillante como una promesa de salvación. Con reflejos afilados, estiró las manos y lo descolgó en un solo movimiento fluido, sintiendo el peso de ese segundo crítico en el pecho, una mezcla de adrenalina y terror que hacía latir su corazón al borde de estallar. El monstruo se lanzó de nuevo, con los ojos ardiendo en un brillo salvaje que no pertenecía a nada humano. Tayla apenas podía respirar, cada bocanada era un jadeo áspero que le quemaba la garganta. Justo antes de que esas manos pudieran alcanzarla, levantó el extintor con ambas manos y descargó todo su peso en un golpe seco contra el rostro del atacante. El impacto sonó un crujido húmedo y brutal que reverberó en las paredes del pasillo. El monstruo retrocedió tambaleante, soltando un gruñido quebrado que se deformó en un gemido sofocado. Pero Tayla no le dio tregua. Con un rugido que le nació de las entrañas, alzó de nuevo el extintor y lo dejó caer sobre su cabeza con una violencia implacable. El golpe fue tan contundente que el cuerpo entero del juguete se sacudió antes de desplomarse, inerte, sobre el suelo encharcado. La sangre se extendió lentamente bajo él, mientras su mirada vacía quedaba fija en el techo, atrapada en un último espasmo congelado. El grupo de juguetes la miro con ira, cosa que la científica se sintió más tensa mientras jadeaba ya que había matado a ese juguete. Con el corazón desbocado y aún jadeante dejo caer el extintor, Tayla se volteó hacia donde Sunshine yacía junto a MoonLight, que comenzaba a abrir lentamente sus ojos vidriosos. Ella se precipitó hacia ellos, tomando primero al pequeño MoonLight en sus brazos, comprobando su pulso con alivio al sentirlo débil pero presente. Luego abrazó a Sunshine, quien se aferraba a su chaqueta con fuerza, temblando de miedo. —Debemos salir de aquí —les dijo con voz decidida—. No podemos quedarnos. Vamos a buscar la salida, rápido. Sin perder un instante, Tayla apretó a sus dos pequeños contra su pecho y comenzó a correr por el pasillo, sus pasos resonando contra las paredes mientras la oscuridad y el eco de los gritos le seguían como una sombra implacable, el grupo de juguetes solo fueron tras ella y de los otros humanos que se fueron huyendo. Tayla no miró atrás. Sus piernas se movían por pura determinación, aunque cada músculo le ardía como si estuviera corriendo sobre fuego. Con un movimiento rápido y tembloroso, metió a MoonLight dentro de su bolso, asegurándose de que su pequeño cuerpo aturdido quedara protegido, mientras Sunshine, con los ojos abiertos como platos, se aferraba a su hombro. El pasillo parecía interminable. A su alrededor, el caos se desataba sin piedad: trabajadores que huían con el rostro desencajado, otros que tropezaban y eran arrastrados hacia la oscuridad por manos y fauces cubiertas de pelaje o plástico desgarrado. Las paredes ya no eran grises, sino salpicadas de rojo, el suelo, un campo minado de herramientas caídas, papeles, y cuerpos que apenas podían moverse. Tayla esquivó a un hombre que corría en dirección contraria con el brazo ensangrentado, gritando algo ininteligible antes de ser derribado por una criatura que lo engulló rápidamente. Se obligó a no mirar atrás, concentrándose en seguir avanzando, el corazón latiendo con una ferocidad que casi le hacía doler el pecho. Finalmente, la puerta de emergencia apareció al final del corredor, iluminada por una luz parpadeante como una promesa de salvación. Tayla aceleró el paso, casi sintiendo el aire frío de afuera... pero se detuvo en seco. Allí, un grupo de humanos forcejeaba desesperadamente con la manija de la puerta. Golpeaban, tiraban, empujaban, mientras otros daban patadas al marco con la furia de quien ve su vida escaparse entre los dedos. —¡Ábranla! ¡Por favor! —gritaba una mujer con la voz rota, mientras sus uñas arañaban la superficie metálica. —¡Está atascada! ¡No se abre! —respondió un hombre, el sudor y las lágrimas corriéndole por la cara. Tayla apenas pudo dar un paso hacia ellos para preguntar algo cuando un ruido gutural retumbó detrás. El grupo de personas se giró... y el terror se materializó. Desde la penumbra, un enjambre de juguetes ensangrentados irrumpió, corriendo con movimientos erráticos pero letales, con las bocas abiertas mostrando dientes imposibles. Algunos reían con un sonido agudo y chirriante, otros jadeaban como animales de caza. El primer impacto fue brutal: una figura azul y destrozada saltó sobre un hombre y lo hizo caer, mordiéndole el cuello hasta arrancarle un grito que se cortó de golpe. Otro de los juguetes, con el cuerpo cubierto de sangre, se abalanzó sobre una mujer que intentaba defenderse con una pala, solo para que la felpa de la criatura la envolvieran y la hundieran contra el suelo. Los gritos se multiplicaron, el pasillo se llenó de sangre fresca, y Tayla sintió cómo Sunshine se apretaba aún más contra ella, temblando como una hoja, ella se hundía más en esa pared, por fortuna los juguetes no la vieron o la ignoraron ya que se fueron con los más escandalosos. En ese instante, comprendió que la puerta no sería su salvación... al menos, no mientras esas cosas estuvieran allí, porque entendía que esto ya se había orquestado por mucho tiempo. —Tenemos que encontrar a Poppy... —susurró Tayla, su voz apenas un hilo entre el rugido del caos. Si alguien podía salvarla esa era Poppy. Sentía a Sunshine aferrado a su cuello y el peso de MoonLight en la bolsa, cada latido de ellos dos marcando el ritmo frenético de su huida. Sus ojos barrían la escena, compañeros de trabajo convertidos en presas, forcejeando inútilmente, otros cayendo bajo las fauces y garras de los juguetes, que reían o gruñían mientras desgarraban carne con la misma facilidad de una tela. Avanzó en silencio, obligando a sus pies a moverse como sombras, esquivando cuerpos y salpicaduras de sangre. Un hombre pasó tambaleándose junto a ella, con la mirada vidriosa y las manos apretando un muñón sangrante, detrás de él, un oso de felpa ensangrentado lo seguía a saltos, para luego tirarlo y comenzar a molerlo a patadas, como si fuera un juego de lo más divertido. Tayla tragó saliva, pero apresuro el paso. Pero entonces, lo sintió. Esa mirada. Giró apenas el rostro, y allí estaba: un juguete, más pequeño que los demás, con un ojo completamente negro y el otro brillando con un destello enfermizo. La boca, cosida a medias, se curvaba en una sonrisa torcida que no necesitaba palabras para anunciar su intención. Sus pasos eran lentos, medidos, disfrutando cada segundo de la tensión. El tiempo se contrajo. Los gritos a su alrededor parecían llegar desde muy lejos. El juguete inclinó la cabeza, como estudiando cada reacción de ella. Y entonces... se lanzó hacia ella, con un chillido agudo que le perforó los oídos. ☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆* El interior de Sweet Home parecía un mundo distinto al de afuera, pero solo en apariencia. Las paredes temblaban con cada golpe que retumbaba en la puerta principal, los vidrios ocultos tras tablas rechinaban con el eco de gritos desesperados. Afuera, la masacre seguía su curso, adentro, los juguetes que habían decidido no participar se refugiaban, al mismo tiempo que intentaban algunos evitar que los humanos pasaran y arruinaran uno de sus rincones en donde podían estar a salvo, del destino maldito de los humanos que se habían quedado. En una de las enormes de las habitaciones de esa gran casona, donde se encontraban todos los niños huérfanos que habían dejado atrás, por los aquellos "padres" que jamás escucharon de los rumores, por lo contrario de otros que habían solicitado llevarse a sus hijos para nunca volver, Hoppy se arrodillaba frente a un grupo de niños asustados. Sus manos, suaves y cálidas, recorrían el cabello despeinado de un pequeño que sollozaba sin control, sintiendo como el terror lo dominaba en sus ojos al escuchar los gritos y los golpes de las personas que se escuchaban por el eco de los pasillos. —Shhh... trata de ignorar el ruido, todo estará bien, Daniel... —murmuraba con un tono dulce, aunque sabía que no podía ignorar, aunque escuchara los lamentos que venían del otro lado de las paredes. Bobby, más seria pero igual de protectora, abrazaba a dos niñas que solo abrazaban a la osa con fuerza por el miedo que tienen. —¿Qué está pasando?, ¿Por qué las personas gritan tan feo? — Pregunto una de las niñas. Pero ni siquiera Bobby o Hoppy supieron que contestar. —¡Es que están jugando un juego de terror! —Contesto ArcoRabbit, el conejito unicornio se acercó a ellas, con una sonrisa en su cara, aunque en realidad, aunque mostrara su carisma el pobre sabía que pasaba y este solo finge estar bien para que nadie se asustara. No tuvo de otra más que mentir, él no era el único. Otros juguetes pequeños y grandes que estaban encerrados se miraron entre si y comenzaron a hablar. —Oh sí... los adultos nos dijeron que nos quedáramos encerrados, que ellos jugarían algo. —repitió Honey, aquel oso que decidió alejarse de esa carnicería, intentando imitar un tono alegre, aunque sus ojitos se desviaban hacia la puerta, a pesar de estar en las habitaciones profundas aun podían escucharse el eco de los gritos, como si temiera que el verdadero horror se filtrara por las paredes. —Un juego muy ruidoso... —añadió Hoppy, acariciando el cabello de un niño que sollozaba sin parar—. Pero no te preocupes, aquí dentro estamos seguros. ArcoRabbit se arrodilló para quedar a la altura de las niñas, para luego sonreír y levantar sus manos con falsa alegría, para ser uno de los juguetes más nuevos parecía manejar la tensión un poco mejor que su generación, tal vez era parte de su personalidad original—Cuando termine, todos van a venir con dulces y premios —susurró, inventando sobre la marcha, aunque por dentro sentía un nudo en el estómago que casi le impedía hablar. Sabía lo que pasaba y jamás quiso participar, él junto con sus amigos se habían refugiado en ese mismo lugar, entendía un poco porque se había iniciado esta anarquía. Por supuesto jamás vivió de primera mano los abusos de los empleados, por ello le costó bastante cuando le explicaron la razón porque la mitad de los juguetes estaban dispuestos a asesinar a los humanos. Bobby asintió con una sonrisa forzada, ocultando el temblor de sus manos mientras acariciaba la espalda de una de las niñas. Pero de repente se escuchó el eco de un fuerte golpe tan horrible que asusto a varios niños. —Es... parte del juego —mintió de nuevo la osita. Mientras les dedicaba una sonrisa. Bobby mantuvo su sonrisa forzada unos segundos más, pero sus ojos delataban que estaba escuchando cada sonido del exterior. En ese momento, la puerta lateral del salón se entreabrió con un chirrido suave, y por el hueco asomó la figura pequeña y regordeta de Bu, aquel juguete de un fantasma de cartoon. Caminó con pasos cortos pero firmes, hasta detenerse frente a Bobby. —Bobby... necesito hablar contigo —susurró, apenas audible para que los niños no lo escucharan. La osita miró de reojo a Hoppy, quien entendió de inmediato y solo se levantó para llamar la atención a los niños, para tratar de iniciar un juego nuevo. Bobby se levantó despacio, dejando a las niñas en brazos de ArcoRabbit que se había acercado para llevarse a las niñas, y siguió a Bu hacia el pasillo. El aire allí era más denso. El silencio del interior se mezclaba con un eco lejano de golpes sordos y gritos apagados. No se veía nada, pero se podía sentir en la piel. Bu no dijo una palabra hasta que entraron a la sala principal. Allí, otro grupo de juguetes trabajaba con nerviosismo, moviendo muebles pesados y apilándolos contra las ventanas y la puerta principal. Algunos arrastraban estanterías, otros colocaban tablas de madera y clavos improvisados. Picky estaba en el centro, dando órdenes rápidas y claras, asegurándose de que no quedara ni un hueco por donde pudiera entrar un humano. El sonido del exterior se filtraba como una marea imparable, invadiendo cada rincón de la sala. Al principio eran golpes aislados contra la puerta principal, secos y urgentes, pero pronto se convirtieron en un retumbar desesperado que hacía vibrar los muebles atrancados. Entre los impactos, se colaban voces humanas, quebradas por el miedo. —¡POR FAVOR! ¡ÁBRANME! —suplicaba una voz masculina, tan cerca que parecía estar pegada a la puerta. —¡NO NOS DEJEN AQUÍ! ¡VAN A MATARNOS! —chilló una mujer, su grito cortado bruscamente por un ruido húmedo y áspero, como si algo se desgarrara. Un silencio breve siguió... y luego otro golpe, más fuerte, acompañado de un lamento ahogado. Entre los presentes, varios juguetes se tensaron, y algunos entre los más sumisos lloraron por lo horrible que se sentían. —¡NO, NO, NO! ¡LES JURO QUE NO HICE NADA! ¡POR FAVOR! —se escuchó desde algún punto cercano, justo antes de que otro ruido seco resonara, uno tan violento que heló la sangre de todos. Eran sonidos que no necesitaban imagen para ser comprendidos, un estallido de huesos, un chasquido húmedo, el goteo constante de algo que no era agua. Y, sobre todo, las súplicas que se apagaban demasiado rápido, como si fueran tragadas por algo invisible. Nadie veía lo que ocurría allá afuera, todas las ventanas estaban cubiertas, la puerta bloqueada. Solo quedaba la imaginación... y esta pintaba escenas mucho peores que cualquier verdad. Bu se acercó un poco más a Bobby para hablar. —Esto está empeorando Bobby... casi derriban un soporte de una de las ventanas... —además aún no sabemos noticias de Dogday y Kickin. —Explico Picky acercándose, dejando ver su preocupación y alteración al cruzar sus brazos. Ella miro de reojo la puerta principal, donde golpeaban con desesperación además de los horribles gritos de ayuda. —¿Qué hay de Crafty? ¿No hay noticias de ella? —Bobby no podía quedarse con la duda. Picky solo bajo la mirada, sin saber que contestar. Por supuesto Crafty había salido con la excusa de buscar a Kickin, pero la realidad se veía que ella al ser seguidora del prototipo solo deseaba participar en esa masacre. Aunque claro solo era la mente de Picky que se daba una idea, pero antes de que pudiera contestar una voz bastante familiar hablo. —Jaja, ella no va a regresar hasta que también se cargue a unos demonios de paso. —Dijo aquella rata que caminaba hacia las hembras. Toullie solo miraba a las dos como si nada, él había sido de los pocos que se había quedado, por supuesto no quería participar, no le daba bien pelear o el asesinato, eso era bastante claro. Pero vaya que disfrutaría del festín cuando se calmaran las cosas. —¡Cierra la boca rata! —Contesto la osa enojada. —No conoces a nuestra amiga. Pero el ruedor solo se rio aún más. —Por lo contrario, parece que ustedes no la conocen. —Explico mientras miraba de nuevo la puerta principal. — A estas alturas mientras busca a su pareja, ya está matando a esos demonios...—Pero, aunque no lo demostrara el ratón parecía bastante preocupado. Ya que sus amigos habían salido para que unos buscaran a Babba y otros solo para Disfrutar de la carnicería. Picky por su parte también sabía que Mako estaba participando en esto, pero aun así ella prefirió mejor no pensar en ello y solo rezar a que Mako llegara con bien. Bobby apretó los puños con exasperación porque todo se había vuelto un caos, a duras penas había logrado en reunir a todos los huérfanos con ayuda de los juguetes. Observó a los demás trabajar con una determinación helada, y comprendió que lo único que podían hacer era resistir... y seguir mintiendo a los pequeños para que no supieran en qué se había convertido el mundo allá afuera. Solo esperaba que todo esto terminara. ☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆* Kissy corría por el pasillo estrecho, sus pasos resonando contra el suelo metálico como golpes huecos que se mezclaban con el ulular lejano de las alarmas. El aire estaba impregnado de ese olor denso y áspero que solo aparece cuando algo se ha roto más allá de lo reparable, una mezcla de polvo, aceite quemado y... algo más, algo que prefería no identificar, solo mirando a los humanos huir y a los juguetes atacar. A su lado, Catnap avanzaba con un sigilo tenso, los ojos fijos hacia adelante, como si cada sombra que cruzaba pudiera transformarse en un enemigo, en su mirada se notaba un propósito y nadie lo den tendría de encontrar a Dogday. Poe por su parte los seguía, cargando una barra improvisada como arma, respiraba entrecortado, mostrándose tenso y ansioso por lo que pasaba, pero al igual que Catnap tenía a alguien a quien encontrar. Crafty, en cambio de todos parecía la más tranquila y era la más peligrosa, porque mientras corría detrás del grupo dirigido por Kissy, ella cargaba un cuchillo largo de sierra, que había robado de Picky de su cocina, mostrando los tintes rojizos frescos mostrando que ya lo había utilizado. —Tiene que estar aquí... —susurró Kissy, más para sí misma que para los demás, mientras respiraba con dificultad, mientras bajaba las escaleras y cruzaba los pasillos de ese laberinto subterráneo—. Poppy... aguanta, por favor. La prisión no estaba lejos, pero llegar allí era otra historia. El corredor estaba cortado en varios puntos por puertas de seguridad que se cerraban y abrían sin patrón aparente, después de todo Harley y Rabie habían hecho muy bien su trabajo en atrofiar y abrir puertas que no Debian, pero lo que más le llamo atención al grupo fue aquel temblor. Como si sintieran como el suelo vibrara debajo de sus patas. No era un temblor constante, era un pulso irregular, como un latido, que recorría el suelo y hacía crujir el concreto bajo sus pies. —¿Sienten eso? —preguntó Poe, deteniéndose un segundo, mientras veía y sentía aquel acontecimiento. —No te detengas —replicó Catnap sin siquiera girarse, mientras lo miraba con rabia ya que no le importaba nada mas solo rescatar a su amado sol. Pero Kissy lo sabía, no era una vibración común. Había un peso en ese pulso, una intención. No era maquinaria... era algo vivo, pero eso era algo que no quería pensar ahora, solo quería rescatar a su amiga que la esperaba. —¡¿Cuánto falta Kissy?! —Pregunto Crafty exasperada, necesitaba ver a Kickin o si no haría sangrar a más gente para verlo. Kissy apretó la mandíbula, forzando sus pasos a ser más largos mientras el eco metálico de sus pasos resonaba como un metrónomo en la penumbra. El aire estaba cargado, denso, casi eléctrico, como si cada partícula vibrara con un presagio que ninguno de ellos quería reconocer. —No mucho... —contestó con voz baja, casi un gruñido, aunque la verdad era que no estaba del todo segura de cuánto faltaba, ni siquiera había temor para hablar en su habitual lenguaje de señas, por supuesto le aterraba hablar pero estaba demasiada estresada y angustiada por todo, que solo entorpecería sus manos. Catnap iba al frente, tensando cada músculo como si estuviera listo para atacar a cualquiera que se interpusiera. La rabia le quemaba por dentro, pero era una furia fría, metódica, que lo empujaba hacia adelante con cada paso. Poe lo seguía de cerca, su mirada saltando de sombra en sombra, como si esperara que en cualquier momento algo emergiera de ellas para arrancarle la vida. Crafty, en cambio, era pura impaciencia, sus manos se cerraban y abrían compulsivamente, y cada vez que escuchaba un ruido lejano, se tensaba con un hambre apenas contenida. —Te lo advierto, Kissy... —gruñó Poe, acelerando hasta casi emparejarse con ella—Si cuando lleguemos no están ahí, haré un camino de cadáveres hasta encontrarla. —Amenazo el ave ya que deseaba llegar a Babba. —No necesitamos más sangre derramada —respondió Kissy con calma y nerviosismo, no era de ser confrontativa a pesar que hace poco había asesinado a un hombre para poder salir de sus ataduras, aunque en el fondo sabía que esas palabras eran huecas. Afuera, ya había demasiada sangre, demasiados gritos... y ahora, incluso aquí, bajo capas de cemento y acero, los ecos de la carnicería se filtraban como un coro distante, además que atrás de ellos estaba un rastro de cadáveres, uno desmembrados por los experimentos que lograron salir. Mientras que otros aun seguían con vida, pero aun agonizando, ya que uno presentaba sus tripas derramadas en el suelo, pero aún vivía. —Solo continuemos... ya estamos cerca— Menciono con cansancio, mientras volvió a correr y los guiaba a las celdas donde estaban. La bifurcación apareció al fin, mostrando los pasillos de las celdas. Kissy se detuvo solo un instante, lo justo para mirar a Crafty y Poe. —Más adelante, a la izquierda... están las celdas de Babba y Kickin. Catnap y yo iremos por Poppy —dijo, su voz tan firme como podía mantenerla. Crafty asintió sin pensarlo. Poe también, aunque sus ojos parecían querer seguir a Kissy. No hubo más palabras. En este lugar, las palabras sobraban. Ellos tomaron el pasillo de la izquierda, y el sonido de sus pasos resonó hueco contra las paredes manchadas. Cada puerta que dejaban atrás tenía su propia historia: unas con arañazos desesperados, otras con marcas de sangre como firmas anónimas. Cuando por fin llegaron a la celda correcta, Crafty sintió un nudo en el estómago. La puerta era gruesa, oxidada en las bisagras y con un ventanuco pequeño cubierto de barro y sangre seca. Poe se adelantó y, con manos temblorosas, apartó los seguros con una herramienta improvisada. El metal chilló como un animal herido cuando la cerradura cedió. La puerta cedió con un quejido largo. El aire viciado escapó primero, golpeando con un olor a encierro, polvo y algo metálico que se pegaba a la garganta. La penumbra reinaba adentro, interrumpida solo por una franja de luz que caía desde una rendija alta y polvorienta. Esa línea iluminaba un rincón... y allí estaba él. Kickin. Su pelaje, antes suave, ahora estaba apelmazado y sucio. Esos ojos se veían tan cansados, en especial porque casi no habían comido, pero para Crafty eran tan hermosos que había soñado con volver a ver. Las muñecas mostraban marcas moradas y cortes frescos. Cada respiración parecía costarle... pero sus ojos brillaban. Ese brillo terco, inconfundible, que no había perdido. Crafty dio un paso soltando el cuchillo en el proceso. Otro. Y otro. El corazón golpeándole contra el pecho. No dijo nada. No hacía falta. Solo Corrió. El golpe del abrazo fue casi doloroso. Se aferraron con una fuerza que les robó el aire. Crafty hundió el rostro en el cuello de Kickin, aspirando ese olor que recordaba, Ylang-Ylang algo más profundo, único, que siempre le perteneció. Sus manos temblaban al aferrarse a su espalda. No quería soltarlo. No podía, ella lloro en silencio, simplemente no pudo contener su llanto, por fin estaba a lado de su pareja, estaban juntos, no quería volver a separarse nunca más de él. Kickin le devolvió el abrazo con desesperación, susurrando su nombre una y otra vez, como si al pronunciarlo confirmara que no estaba soñando, luego se separó un poco para llevar sus manos a la cara de su amada, que lloraba de felicidad y alivio de verlo. No dudo en limpiar sus lágrimas con sus pulgares y darle un beso en sus labios, deseando con todas sus fuerzas que jamás terminara, ambos se besaron, correspondiéndose ese amor, esa ternura que tanto se dedicaban, se amaban y no había duda. —Pensé... que no volvería a verte... —susurró Kickin, con la voz quebrada, aferrándose como si Crafty pudiera desaparecer en cualquier momento, hablando entre besos. —No... no vuelvas a decir eso —respondió ella, con los ojos ardiendo, volviendo hundir su cara en su pecho—. No hay nada, ni nadie, que me mantenga lejos de ti. A un lado, Poe entró despacio, sus pasos medidos. Su mirada se dirigió directo a Babba. Ella estaba sentada contra la pared, agotada... pero sonriendo. Porque sabía que Poe la encontraría, él siempre lo hacía. La oveja negra solo se levantó un poco tambaleante, por supuesto que estaba agotada no había comida bien, no por elección si no porque la única comida que comían era la que traía Jane que contrabandeaba para que pudieran tener un poco de fuerzas, ya que los guardias que los custodiaban solo los ignoraban. Poe se arrodilló frente a ella, dejando en claro que estaba ahí por aquella hembra que solo sonreía ante su presencia. No hubo palabras. Solo un abrazo largo, silencioso, en el que los latidos se acomodaban, en el que la calma se imponía sobre todo lo demás. Allí, en ese instante, todo lo que pasaba fuera dejó de importar. Solo quedaban ellos, sin importarle lo empalagosos que se volvían los Smallling. —Poe... —dijo Babba, con esa voz grave y calmada en presencia del ave, que solo la abrazaba para no querer soltarla. —Sabía que vendrías —murmuró con un tono casi travieso, como si intentara restarle dramatismo a todo. Era natural después de todo nunca dejaba de mostrar ese lado de ella, con su amigo especial. —Sabías que no podía dejarte aquí... idiota —respondió Poe, sonriendo de lado, antes de soltarlo solo para tomarle del brazo y asegurarse de que pudiera caminar. —Bueno... dejando de lado tantos reencuentros, ¿trajiste algo para mí? —Pregunto la oveja mientras se levantaba con ayuda de Poe, al mismo tiempo que trataba de estabilizarse por ella misma. Algo que Poe solo asintió, para luego sacar de su bolsa un cuchillo de cocina que Crafty le había dado como él le había pedido, para después entregárselo a Babba. —Jeje... perfecto... tiene el filo justo —Dijo Babba con una sonrisa bastante maquiavélica mientras con su dedo acariciaba el filo de la cuchilla. — Muero de ganas por probarlo. En ese instante, Poe no pudo evitar sonreír también. No porque compartiera el entusiasmo sangriento de su amigo, sino porque verlo recuperar esa chispa, esa esencia desafiante que lo caracterizaba, le devolvía una extraña sensación de alivio. Babba estaba herido, cansado y marcado... pero seguía siendo Babba. —¿Y... Dogday? ¿Poppy? —preguntó Kickin con un hilo de voz, todavía aferrado a Crafty como si temiera que, si la soltaba, todo aquello se desvanecería como un mal sueño. Sus orejas caídas temblaban, y en sus ojos se mezclaban el alivio del reencuentro y la angustia por lo que aún ignoraba. Crafty lo sostuvo con más fuerza, como si quisiera infundirle calma a través de la presión de sus brazos. —Kissy y Catnap se encargarán de eso... —respondió despacio, midiendo cada palabra para no dejar traslucir la preocupación que también le roía por dentro—. Ahora, lo único que importa es que estés a salvo. Te llevaré a Sweet Home, allí podrás descansar... curarte. Kickin parecía querer protestar, pero su cuerpo agotado no le daba margen. Su respiración aún era desigual. Finalmente, bajó la mirada y asintió con un gesto lento, como aceptando a regañadientes que no estaba en condiciones de pelear. Detrás de ellos, Poe alzó la voz con ese tono seco y directo que lo caracterizaba. —Mi misión termina aquí. —Sus palabras cortaron el momento como un filo invisible. Sus ojos, oscuros y fijos, pasaban de Babba a Draft y Kickin, sin la más mínima vacilación—. Rescaté a Babba. Ese era el trato. La oveja, todavía con la cuchilla en mano, dejó escapar una risita breve, ladeando la cabeza como si ya supiera a dónde se dirigía todo aquello. —Sí, Poe y yo tomaremos un camino distinto. Tenemos... asuntos pendientes. Todos entendieron sin que nadie tuviera que decirlo. No habría vuelta a Sweet Home para ellos. No habría descanso, ni cobijo, ni tregua. Poe y Babba se internarían en la carnicería que se estaba dando, como dos seres decididos a hundirse en el caos. Crafty frunció el ceño, porque aun que deseaba unirse a ellos, su prioridad era Kickin. —Gracias —murmuró, en agradecimiento ayudar a encontrar a su pareja. Poe le sostuvo la mirada un segundo más, luego asintió apenas, un gesto breve pero cargado de significado. Babba, en cambio, sonrió con ese brillo peligroso en los ojos y giró la cuchilla entre sus dedos, como si ya escuchara, en su cabeza, el eco de los gritos por venir. Sin más, ambos se dieron media vuelta y se alejaron sin mirar atrás, dejando a los Smiling Critters en un silencio espeso. La misión de rescate para ellos había terminado... ahora solo quedaba que también los Critters emprendieran el camino de regreso.

°

.

La puerta cedió con un leve chirrido, y Kissy fue la primera en asomarse. Su cuerpo estaba preparado para encontrar una versión rota de Poppy, tal como la habían descrito los juguetes, demacrada, encorvada, sumida en un silencio que rozaba la rendición. Pero lo que vio la dejó sin palabras. Poppy estaba de pie, serena, vestida con su típico vestido azulado impecable, su cabello rojizo recogido con sus coletas tan características de ella y su rostro iluminado por un rubor que parecía natural... aunque Kissy, con su ojo atento, reconoció el trabajo preciso del maquillaje. Ya no había ojeras profundas ni piel pálida; al menos, no a la vista. Era como si la Poppy que se estaba dejando morir jamás hubiera existido. A su alrededor, un par de pequeños muñecos revoloteaban, organizando sus pertenencias con diligencia: doblaban prendas, guardaban frascos diminutos, y uno de ellos colocaba en un estuche los pinceles de maquillaje aún manchados. Kissy sonrió. No porque creyera la fachada, sino porque entendía lo que significaba. Poppy no necesitaba que la rescataran. Si hubiera querido, se habría marchado sola hace mucho. Lo que realmente hacía falta era este reencuentro, esa última pieza para encajar el siguiente paso del plan que todos habían estado tejiendo en silencio. Detrás de ella, Catnap observaba sin pronunciar palabra. Su postura era la de alguien que mantenía el control, el semblante sereno, casi aliviado al ver que Poppy estaba de pie y entera. Pero bajo esa calma calculada, la impaciencia le mordía el pecho y un fuego sordo le recorría las entrañas. Lo único que realmente quería saber era dónde estaba Dogday. Cada segundo que pasaba sin una respuesta le resultaba insoportable, y, aun así, tragó su ansiedad y mantuvo el silencio, como un depredador que espera el momento exacto para lanzarse. Poppy, en cambio, no parecía alterada por su llegada, simplemente alzó la vista, y sus labios dibujaron una media sonrisa. —Llegaron justo a tiempo —dijo, como si hubieran quedado de verse allí y no como si estuvieran irrumpiendo en su encierro. Kissy dio un paso adelante hasta arrodillarse tomar a Poppy entre sus manos para permitirse abrazarla. La muñeca no dudo en corresponder, porque ella estaba feliz de verla, aunque su corazón aún estaba destrozada por no saber nada de Dogday de su querido hijo. Catnap respiró hondo, conteniendo la tensión que le quemaba la garganta. Sus ojos se fijaron en Poppy, y finalmente, la voz salió baja, firme y cortante. —¿Dónde está Dogday? Poppy lo miró con calma, como evaluando cuánto de su impaciencia podía soportar sin que perdiera la cabeza. Sus ojos reflejaban determinación, pero también un dejo de preocupación por lo que él iba a enfrentar, pero al mismo tiempo comenzaba a dudar sobre si decirle la verdad o ir ella directamente a rescatar a su hijo. Pero no tenia de otra más que confiar en Catnap y rezar que no pasara nada que pusiera a Dogday mas en peligro. —Está en la zona más profunda de la fábrica, un lugar semi abandonado... donde Elliot lo utiliza para ocultar cosas... te daré las instrucciones de cómo llegar —respondió con voz serena pero por dentro sentía que iba a morirse, porque deseaba ir con Catnap, pero tenía otra misión que cumplir. además de que tenía que advertirle seriamente lo que pasaría. —Llévalo a Sweet Home. Pero escucha bien, Catnap... —hizo una pausa, y sus ojos se clavaron en los de él con intensidad—. Solo concéntrate en llevarlo seguro. No explotes, no hagas nada impulsivo. Mi prioridad es que Dogday esté a salvo, ¿Lo entiendes? Catnap asintió ligeramente, dejando que sus mandíbulas se tensaran. Por dentro, sentía que algo no estaba bien, Poppy parecía muy cautelosa al entregarle información de Dogday, pero su mente se preparó, consciente de que lo que vería podría poner a prueba cada centímetro de autocontrol que le quedaba. Solo había un objetivo en la mente de Poppy, asegurarse de que Dogday llegara sano y salvo, sin importar el caos o la violencia que se desatara a su alrededor. Con un movimiento sutil, indicó a uno de sus pequeños subordinados que corriera hacia Catnap, entregándole un papel cuidadosamente doblado. Era un mapa exacto, detallado hasta el último pasillo, marcando con precisión el paradero de Dogday. Catnap lo recibió sin dudar, sus ojos brillando con determinación. Sin perder un instante, emprendió la huida, cada zancada acercándolo más a su pareja. Su corazón latía con una mezcla de ansiedad y esperanza, sabiendo que cada segundo contaba y que Dogday lo esperaba, ajeno a la tormenta que avanzaba hacia él. La urgencia lo impulsaba, y su mente se concentraba únicamente en encontrarlo y protegerlo, sin permitir que nada lo desviara de su meta. Poppy respiró hondo mirando como Catnap se marchaba, solo podía confiar en él para rescatar a su hijo, dejando que su mirada se posara en Kissy con una mezcla de alguien que ya estaba lista para dar el siguiente paso de su plan maquiavélico. —Kissy... llévame a la oficina de Elliot —dijo con voz firme, cada palabra medida como si estuviera marcando el inicio del acto final. Sus ojos rojizos destellaban de control y estrategia—. Ahora es el momento. No hay marcha atrás. Kissy asintió sin dudar, sintiendo la intensidad de la situación recorrer cada fibra de su cuerpo. Se acercó y tomó a Poppy con cuidado, asegurándose de que cada paso fuera seguro, después Poppy les hizo una señal para que se retiraran por los ductos, pero la realidad era que ellos también tenían su propia misión, ir al lugar que Poppy les ordeno antes, por los juguetes se metieron en los ductos de ventilación para retirarse. Sus ojos brillaban de expectación, mezclados con la inocencia y la confianza en quienes los guiaban. Kissy y Poppy comenzaron a avanzar por los pasillos, mirando que a su alrededor se notaba la violencia que Poppy ayudo a desatar. Pero a pesar de la masacre, aun así, aquella muñeca solo fue un triste daño colateral, cuando en realidad su verdadero objetivo era ir por ese monstruo que la destruyo en el momento que nació. ☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆* El laboratorio estaba sumido en un caos absoluto. Luces parpadeantes y hasta manchadas de rojo iluminaban brevemente a los científicos que corrían por la sala gritando órdenes entre ellos mientras intentaban escapar de la carnicería desatada por aquel ser monstruoso, que pensaron erróneamente que lo tenían controlado. El sonido de cristales rotos, maquinaria quebrándose y gritos humanos se mezclaba con los gemidos de quienes caían bajo las garras del ser que los perseguía. —¡Por aquí! ¡Rápido, necesitamos evacuar! —chilló uno de los científicos, jadeando, mientras tropezaba con cables y herramientas caídas en el suelo. —¡No, no, esto... esto no puede estar pasando! —sollozó otro, arrastrándose detrás de una mesa para protegerse, con los ojos desorbitados de terror. Entre ellos, un hombre intentaba escapar, corriendo a toda prisa, mirando hacia atrás mientras escuchaba pasos pesados que se acercaban. Cada vez que se giraba, veía sombras monstruosas acechándolo, y su respiración se volvía más irregular, más desesperada. De repente, un brazo metálico, retorcido cubierto de carne rojiza como negruzca, emergió de la penumbra con una velocidad inhumana. El gancho se cerró sobre el tobillo del científico con una fuerza tan brutal que se escuchó un chasquido húmedo, un tendón cediendo al instante. El hombre gritó, un alarido agudo que se quebró por el pánico, antes de ser jalado hacia atrás con tal violencia que su cuerpo se arrastró contra el suelo, dejando tras de sí un rastro de piel arrancada y sangre fresca. —¡NO... NO! ¡AYUDA! ¡AYUDA POR FAVOR! —rugió entre sollozos, arañando el piso en un intento desesperado de aferrarse a algo. Sus uñas se partieron al raspar el concreto, dejando líneas rojizas, mientras sus compañeros, demasiado aterrados, retrocedían sin atreverse a intervenir. El monstruo lo levantó en el aire como si fuese un muñeco de trapo. Sus piernas patalearon frenéticamente, los zapatos cayendo al suelo mientras el hombre se sacudía. El Prototipo lo observó por un segundo, como si disfrutara de su agonía, antes de soltarlo... solo para azotarlo contra el piso con tal fuerza que un crujido seco anunció la fractura de su cadera y costillas. Un gemido de dolor agónico salió de su garganta, mezclado con un hilo de sangre que se escapaba por la comisura de sus labios. —No... no... —balbuceó, pero su súplica fue inútil. El brazo mecánico lo volvió a levantar, esta vez por el torso, clavando garras frías y aceitosas en su carne. Luego lo arrojó contra la pared, su cráneo golpeando con un ruido hueco, y antes de que pudiera caer, lo atrapó de nuevo. Empezó a azotarlo contra el concreto, una y otra vez, sin pausa, cada impacto arrancando trozos de piel, músculos desgarrándose, huesos sobresaliendo como astillas. La cabeza del hombre se ladeó grotescamente, colgando de un cuello roto, pero aún emitía pequeños chillidos ahogados. Un último azote bastó para que su cuerpo dejara de ser reconocible, una masa irreconocible de carne aplastada, miembros arrancados cayendo al suelo con sonidos húmedos. La sangre salpicó las paredes y el rostro de los científicos que miraban, paralizados, algunos llorando, otros vomitando. —¡Dios mío...! —murmuró uno, retrocediendo tambaleante. —Está... está jugando con nosotros... —susurró otro, incapaz de apartar la vista. En medio de ese silencio roto solo por los jadeos temblorosos, el Prototipo comenzó a moverse hacia adelante, libre, imponente, como si nada en aquel lugar pudiera detenerlo. La luz parpadeó, revelando por un instante su ojo brillante y la forma en que sus garras goteaban sangre tibia, antes de que la oscuridad volviera a engullirlo. —¡Que dios se apiade de nosotros! —jadeó uno de los científicos su voz se quebró al ver cómo el Prototipo se detenía por un segundo, girando la cabeza como si evaluara a su presa antes de continuar avanzando. Las luces parpadeaban como el pulso agónico de un moribundo, proyectando destellos irregulares sobre la silueta del Prototipo. Su cuerpo, formado por un amasijo de metal retorcido y restos biológicos, se movía con una fluidez antinatural, como si cada articulación pudiera romperse y recomponerse a voluntad. Su único ojo, una esfera luminosa de un rojo ardiente, se clavaba en cada científico como la mirada de un depredador que saborea la anticipación antes del ataque. La sangre que empapaba sus garras caía en lentas gotas al suelo, produciendo un sonido sordo, como el tic-tac de un reloj que marcaba la cuenta regresiva hacia la muerte. —No... no es posible... —balbuceó uno, retrocediendo, hasta que su espalda chocó contra una pared fría y manchada de fluidos. Uno de los científicos, desesperado, corrió hacia una puerta lateral, pero una garra de metal atravesó su abdomen por detrás, emergiendo por su vientre en una lluvia caliente de vísceras. El Prototipo lo sostuvo unos segundos, como evaluando la fragilidad de esa carne, el hombre soltó un alarido ahogado mientras era levantado y partido en dos con un tirón seco. Las entrañas cayeron sobre el suelo metálico con un sonido viscoso, esparciendo el olor a sangre y bilis antes de arrojar lo que quedaba del humano a un costado como basura inservible. Otro, intentando escapar por otra salida de emergencia apenas dio otro paso, pero un cable se enredó su cuello y lo arrancara hacia abajo, el chasquido de su cuello quebrándose se perdió en el rugido metálico del Prototipo. En la esquina, una científica lloraba, sujetando un bisturí como si esa miserable herramienta pudiera salvarla. El dios giró lentamente hacia ella, cada paso retumbando con un eco hueco que resonaba en el estómago de los presentes. La mujer intentó correr, pero el Prototipo no se lo permitió cuando estiro su brazo para atraparla, tomándola de la cabeza, Con un solo tirón, las vértebras se separaron con un chasquido húmedo; la cabeza rodó por el suelo, deteniéndose frente a otro de los supervivientes, que soltó un alarido desgarrador. —No... no... no... — repetía uno de ellos, encogido contra una mesa. El Prototipo lo alcanzó, y sin miramientos hundió su mano en su pecho, para luego separar las costillas como quien abre una puerta oxidada, extrayendo con parsimonia un corazón todavía palpitante. Lo sostuvo frente a su ojo, observándolo como una joya extraña, y lo dejó caer al suelo, donde siguió latiendo unos segundos antes de quedar inmóvil. Su cuerpo, alto y deformado, parecía más vivo que nunca. Cada movimiento de sus extremidades mecánicas desprendía un chasquido y un chillido agudo de metal contra metal, como si su propio cuerpo celebrara la masacre. A cada paso, dejaba huellas de sangre y fragmentos de huesos. Él no necesitaba correr, sabía que el miedo de sus víctimas las debilitaba, las volvía torpes. Uno de los últimos científicos, armado con un cuchillo, se lanzó contra él con un grito desesperado. El Prototipo lo observó por un instante... y luego lo empaló con sus garras, elevándolo tan alto que su cabeza golpeó las lámparas del techo, rompiendo el vidrio. La sangre chorreó como lluvia roja sobre el resto, que ya no gritaban... solo sollozaban, comprendiendo que la salvación no existía. —Demonios... —murmuró uno, arrodillado, antes de que unas pinzas mecánicas le arrancaran la mandíbula de un tirón, dejando un chorro irregular que empapó el suelo. Los últimos sobrevivientes intentaron escapar por la puerta que ya hacia atorada, que unos abrían a la fuerza, pero el monstruo se adelantó. Ahora no corría, avanzaba despacio, disfrutando de cada segundo, como si estuviera prolongando el momento que había esperado durante años. El terror en los rostros humanos era el banquete que complementaba su matanza. Cuando al fin los alcanzó, no hubo gritos prolongados, solo el repiqueteo viscoso de cuerpos desmembrados y huesos triturados, un coro macabro que se fundió con el zumbido eléctrico de las lámparas moribundas. Uno a uno, los "demonios" humanos que lo habían torturado fueron cayendo, hasta que solo quedó silencio... un silencio pesado, viscoso, que olía a hierro y muerte. En medio de la carnicería, el Prototipo se irguió, contemplando lo que quedaba del laboratorio, en medio de aquel cementerio improvisado, observando su obra. Allí donde antes había estado encadenado, ahora solo había restos y charcos oscuros. Por primera vez en años, respiró o al menos simuló hacerlo sintiendo que la prisión se había convertido en su templo. —Se acabó... ustedes jugaron a ser dioses... y yo soy el que queda. Sin mirar atrás, se giró hacia la gran puerta de metal del laboratorio. Sus garras se clavaron en el acero, arrancándolo como si fuera papel, dejando entrar un viento frío que arrastró el olor de la sangre hacia el exterior. Sin cadenas. Sin órdenes. Sin piedad. Comenzaba su reinado. No había caos que lo desbordara, no había grito que lo intimidara. Solo un mundo que se derrumbaba ante su poder, y él, libre al fin, listo para imponer su propia ley. En el pasillo que conducía hacia la superficie, cada paso del Prototipo resonaba como un eco sagrado y a la vez profano. La oscuridad que lo envolvía se teñía de rojo con cada destello de las luces de emergencia, como si incluso la electricidad temblara al presenciar el ascenso de su nuevo dueño. A medida que se acercaba a las puertas que lo separaban del mundo exterior, los sonidos de la matanza se volvían más claros, gritos ahogados, huesos quebrándose, risas infantiles distorsionadas... un coro macabro que celebraba el amanecer de su era. Al empujar la última compuerta, la visión lo recibió como un tributo. La fábrica, antaño fría e impersonal, se había convertido en un coliseo de horrores. Sobre el suelo encharcado de sangre, donde charcos espesos reflejaban las luces parpadeantes del lugar, dos juguetes se disputaban un macabro trofeo. Uno, con dientes metálicos como cuchillas oxidadas, y el otro que se veía adorable mostraba una risa retorcida, jugaban a un retorcido tira y afloja con lo que alguna vez fue un ser humano. La piel, arrancada en jirones, colgaba como trapos húmedos de los huesos resquebrajados, mientras las costillas se abrían dejando ver su interior repugnante, dejando asomar la masa palpitante de órganos a medio destrozar. El cráneo, apenas unido al torso por un hilo de tendones fibrosos y nervios desgarrados, se balanceaba de un lado a otro, dejando escapar un chorro intermitente de sangre diluida con fluidos. Cada vez que uno de ellos tiraba, los músculos desgarrados emitían un sonido húmedo y pegajoso, como cuero viejo rompiéndose, mientras los juguetes reían con un chillido agudo y desquiciado, salpicándose con la carne que se desprendía en cada jalón. Más allá, en un rincón apenas iluminado por el parpadeo moribundo de una bombilla, un grupo de juguetes se agolpaba sobre un hombre aún vivo. No había prisa en sus movimientos, como depredadores seguros de que la presa no escaparía jamás. Sus manos diminutas, manchadas de sangre hasta las muñecas, se hundían en la carne blanda, arrancando pedazos que desaparecían en bocas repletas de dientes irregulares y afilados. El hombre emitía un sonido quebrado, una mezcla de gemido y gorgoteo, mientras una mandíbula de juguete trituraba su rostro, aplastando pómulos y hundiéndose en las cuencas de los ojos hasta convertirlas en masa gelatinosa. La sangre brotaba a borbotones, mezclándose con saliva y fragmentos de piel que caían en hilos viscosos sobre el suelo. Las paredes cercanas estaban salpicadas de manchas oscuras, algunas aún frescas, goteando lentamente, marcando un rastro pegajoso que parecía guiar hacia aquel altar de muerte. El eco de los huesos quebrándose resonaba bajo los gritos cada vez más apagados, hasta que solo quedó un silencio húmedo, roto por el sonido de la carne siendo masticada. Pero entonces, como si un instinto más antiguo que el miedo se encendiera, todos detuvieron su festín. Uno por uno, giraron la cabeza hacia él. El silencio momentáneo fue roto por el sonido de decenas de rodillas golpeando el suelo, sus hijos, se postraban con reverencia. Algunos rezaban palabras incomprensibles, otros reían y aullaban como bestias bendecidas. Los más salvajes levantaban los restos de sus víctimas como ofrendas, la sangre chorreando como vino ceremonial. El Prototipo avanzó entre ellos, recibiendo la adoración como un rey que nunca necesitó corona. Su ojo brillaba con un fulgor casi divino, y cada criatura que lo miraba veía en él no solo a su creador, sino a su dios. Levantó una garra al cielo ennegrecido, y como si fuera una señal, un rugido colectivo estalló a su alrededor, el nacimiento de una era, el fin de aquellos demonios. Sobre ellos, la sangre caía como lluvia sagrada, bañando el metal oxidado y los cuerpos inertes. No había redención, no había salvación. Solo un nuevo orden. Y mientras las llamas devoraban las últimas sombras del viejo mundo, el Prototipo siguió caminando hacia el exterior, desapareciendo entre la multitud que lo seguía. Nadie sabía qué sería del mañana, pero una verdad era absoluta. El nuevo rey ya estaba en su trono. ☆*゚ ゜゚*☆*゚゜Cometario de la escritora☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆* ¡Holaaaaaaaaaaa!, ¡Mis amados lectores! ¡Aquí otro domingo mas con la siguiente parte de la hora de la alegría! Este capitulo me entretuvo mucho, porque sinceramente hace años, que no escribía algo de acción o peleas, ya que en donde escribía tipo shonen, era en mi fanfic que ya deje en hiatus, que se llama "¿Quién es nuestro padre?" del fandom undertale xd, nombre ese cada maldito capitulo tenia peleas y acción. Pero volviendo al tema, sinceramente ame escribir este cap, en especial las escenas del prototipo uwu, ¿Qué les pareció este capitulo? Ya pronto se viene le karma de Elliot 7w7r, por fin tendremos justicia por lo que ese maldito hizo, así que sigan preparando sus mentes, porque el siguiente cap se viene potente. Recuerden disfrutar estos últimos capítulos, porque ya falta poco para el final uwu. Por cierto, ¿Alguien ya vio el nuevo trailer de Poppy Playtime?, porque dios mioo ¡DIOS MIOOO!, ¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHH! ¡YO ME EMOCIONE CARAJOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! Les juros que no pare de hablar de esto con mis dos amigas, porque estaba tan jodidamente emocionada que casi ¡ ¡me orine encima!!, bueno no tanto así, pero entienden el punto XD Se viene el capitulo final hasta donde se, y uff las revelaciones que se dio del prototipo solo hacen que me emocione cada vez mas, en especial. Porque veo las teorías que salen de él, pero lo que mas me llamo la atención es que de verdad este loco tiene una fuerte obsesión con Poppy, probablemente porque ella tiene algo que nadie mas tiene, pero quien sabe. La verdad no me creo la estupidez que 1006 sea Elliot, no tiene nada de sentido a mi punto de vista. Pero lo que si se, es que mi gran sentido pesame para Poppy, ahora entiendo porque esta tan espantada de él, ósea carajo es un mosntruo enorme que la quiere de regreso, si fuera Poppy me pego un tiro si permito que esa cosa me atrape, dios que puto miedo XD jajaja. Ademas que de verdad quiero que clase de relación tenían esos dos, porque se intuye que tenían un tipo de relación antes de la hora de la alegría, y es un verdadero misterio. Tambien estoy un poco decepcionada con la fecha de salida, ósea sale el 18 de febrero de este año, y me da miedo que lo saquen y termine siendo un fracaso como en el capitulo 4, con sus errores, porque sinceramente arruinaron mi experiencia esos errores y todo el material que sacaron hicieron que no me sintiera casi nada emocionada al jugarlo, porque no se senti muchas cosas forzadas cuando pudieron ser mas fluidos y dinámicos a la hora de jugar. Aunque rezo que me callen la boca TwT. Pero en fin, ¿Ustedes que piensan del trailer del capitulo 5?, ¿Cuáles son sus teorías sobre 1006 o en general del capitulo? Ustedes coméntenme los estaré leyendo uwu. Bueno eso seria todo de mi parte jejeje, hasta el siguiente domingo mis amados lectores los amo >///<
10 Me gusta 0 Comentarios 2 Para la colección Descargar
Comentarios (0)