Capitulo. La hora de la alegría Parte I.
—¡¿Y cómo demonios se supone que arreglen algo si no entienden qué está fallando?! —gritó Elliot con un tono seco y furioso, tan afilado como un bisturí. Su rostro estaba enrojecido, los ojos inyectados, y la vena de su sien palpitaba como si fuera a estallar en cualquier segundo, desde que había amanecido todo había ido muy mal y estaba harto de todo, ni siquiera la noche fabulosa que paso con Dogday había sido suficiente, con los fallos de ahora—. ¡No me interesa cuántas horas lleves aquí, si no tienes una maldita solución, sal de mi vista!
El joven técnico, pálido como la cera, bajó la cabeza y se retiró temblando, sin atreverse a articular palabra. La sala de control olía a sudor, metal caliente y desesperación. Las compuertas de seguridad, diseñadas para aislar sectores en caso de fuga o emergencia, estaban fallando una tras otra. Algunos informes hablaban de cortocircuitos, otros de interferencias no identificadas. La verdad era que
nadie tenía idea de lo que estaba pasando.
Excepto que
algo iba terriblemente mal.
Porque bajo sus narices aquellos pequeños juguetes seguidores de aquel abismal que lo mantenían “controlado”, seguía moviendo a sus seguidores para arruinar cualquier ruta de escape que tenían aquellos demonios.
—¡Esto no puede estar pasándome hoy! —masculló Elliot entre dientes, tirando papeles al suelo, girando hacia los monitores como si pudiera intimidarlos hasta dar respuestas, solo observando la hora y el día que marcaban estos, 8 de agosto 9 a.m., era demasiado temprano y ya todo comenzaba a volverse un caos.
Solo el zumbido eléctrico de las alarmas técnicas acompañaba el caos.
Entonces mientras los técnicos trataban de reparar las maquinas que ayudaban con el control de seguridad, además de que también habían mencionado que las cámaras comenzaban a fallar hizo que se volviera difícil pensar con claridad.
Pero las malas noticias no iban a parar porque una de las trabajadoras, se acercó apresuradamente con su jefe, notándose extremadamente angustiada.
—Señor Elliot… —Era una mujer de unos cuarenta, delgada y elegante a pesar de las ojeras y la tensión en su rostro. Llevaba una carpeta contra el pecho, y hablaba con una voz controlada que luchaba por no quebrarse—. Necesito hablar con usted. Es urgente.
—¿No ves que estoy ocupado? —bramó él, sin siquiera voltearla a ver. Mientras miraba a los técnicos, haciendo su trabajo.
—Es sobre… las cuentas internas. Algo muy grave acaba de ocurrir. Tiene que ver con usted.
Elliot se giró lentamente. No fue su instinto de control lo que reaccionó. Fue el tono con el que ella lo dijo. No temblaba por miedo a él… sino por algo que escapaba completamente de su control. Y eso lo inquietó.
La observó con una mirada dura, evaluándola. Luego hizo un ademán brusco con la mano, señalando la sala privada.
—Cinco minutos. Más te vale que lo valga.
Ya en el interior, de una de las salas que tenía la empresa, con la puerta cerrada, la empleada dejó la carpeta sobre la mesa y la abrió sin preámbulos. Un informe detallado de transacciones internas, desvíos bancarios, y firmas electrónicas.
Todas llevaban su nombre. Su firma. Su código.
—Usted… —ella tragó saliva—, usted acaba de desviar casi toda la reserva financiera de Playtime Co. a una cuenta en el extranjero. Todo fue apenas unas horas señor Elliot. —Explico la muchacha tratando de entender porque su jefe haría eso, ya que en teoría había robado el dinero hasta de sus propios empleados.
Elliot se quedó en blanco. Su expresión dejó de ser furia y pasó a algo mucho más peligroso:
terror frío.
—Esto es imposible… Yo no… Yo no firmé esto. —Su voz salió como un hilo quebrado. El hombre comenzó a temblar, con las manos apretando los bordes de la carpeta como si el papel pudiera ofrecerle algún tipo de estabilidad. Veía las firmas, los sellos, los códigos. Todo era suyo. Y, sin embargo, no recordaba nada. Literalmente
todo el maldito dinero se había ido, y él no sabía cómo, ni cuándo, ni por qué. La sangre le martillaba en las sienes. Una sensación viscosa de vértigo lo atrapaba.
—¡Llamen al banco! —gritó de pronto, con una desesperación tan cruda que hizo dar un salto a la mujer—. ¡Ahora! ¡Quiero que lo expliquen! ¡Que lo repitan en mi cara!
La mujer de finanzas, aún pálida por el descubrimiento, asintió sin chistar. Caminó con paso urgente hacia el teléfono fijo empotrado en la pared de la sala y comenzó a marcar una serie rápida de extensiones internas, solicitando una línea directa con el departamento corporativo del banco.
Elliot caminaba en círculos como una fiera encerrada. El sudor ya empapaba la base de su cuello y sus dedos se crispaban. Su respiración era agitada, forzada, entrecortada.
—No es real… —susurraba para sí, pero en voz alta—. No puede ser real, yo no firmé nada. Yo no autoricé eso. No usé mi código de seguridad. ¡Yo no estuve ahí! —Se dijo así mismo, esos días se lo había pasado encerrado con Dogday cada vez que terminaba su jornada siempre iba a las celdas, para disfrutar por fin del cuerpo de aquel juguete que había elegido para su placer.
Un pitido agudo confirmó que la llamada había sido enlazada.
—Departamento corporativo, ¿en qué puedo ayudarle? —dijo una voz calmada al otro lado.
—Soy parte del área de finanzas de Playtime Co. —dijo la mujer con voz rápida pero firme—. Necesitamos confirmar los detalles de una transferencia realizada ayer por la noche desde nuestras cuentas centrales.
Hubo una breve espera. Luego, la voz del banco respondió con precisión:
—Sí, la transferencia fue autorizada ayer a las 10:00 p.m. desde el despacho ejecutivo, mediante firma en los papeles para validar una enorme transferencia y autenticación por llamada de voz. Tenemos grabación del momento exacto. —Explico el señor de la otra línea como si nada, mientras buscaba también los papeles que una mujer había entregado con la firma de Elliot para que se hiciera la transferencia.
—¿¡QUÉ!? —estalló Elliot, arrebatando el auricular y aplastándolo contra su oído—. ¡¿CÓMO ES ESO POSIBLE?!, ¡NO HE IDO AL BANCO NI HE AUTORIZADO NADA! — Rugió Elliot entrando en una colera fuerte, haciendo que la mujer se asustara, pero el señor de la línea ni se inmuto.
—Lo sabemos señor Elliot, pero usted mando a su secretaria. Con los documentos autorizados y firmados. —Explico. —Además que esa misma noche le hicimos una llamada y contesto usted, para autorizarlo además de que lo tenemos grabado.
—¡¿SECRETARIA?!, ¡¿QUÉ SECRETARIA SI A ELLA JAMAS LA MANDE A NADA?!, ¡EXIJO LA LLAMADA! —El hombre no paraba de gritar y más cuando escucho que había una grabación. —¡QUIERO ESCUCHAR ESA MALDITA GRABACIÓN! ¡AHORA!
—Un momento, por favor. Estaremos reproduciendo el archivo de audio—Dijo el empleador.
La llamada fue sustituida por un breve pitido… y luego, la grabación comenzó a reproducirse.
Una voz perfectamente clara, segura, precisa.
Su voz.
—Señor Elliot. —Esta vez fue una mujer que atendió aquella llamada, siendo que solo era la grabadora. — ¿Esta consciente que va a transferir grandes sumas de dinero a una cuenta diferente, ¿verdad?
Luego el silencio se escuchó por unos segundos no hubo nada.
—Si, estoy consciente. —Dijo aquella voz, siendo que Elliot se asustó porque era su propia voz y eso lo aterro demasiado.
—Entendido… entonces por favor cita de nuevo lo que quiere hacer y mencione su código de seguridad. —Pidió la señorita mientras se escuchaba que escribía algo en un teclado.
—Aquí el director Elliot Ludwig. Autorizo la transferencia completa del
fondo de reserva de Playtime Co. a la cuenta internacional señalada. Código de seguridad: Alpha-0109. Repito, doy total consentimiento. Procedan de inmediato. —Dijo el impostor, con la perfecta voz del fundador.
Silencio.
Elliot dejó caer el auricular. Sus labios se separaron, pero no salió sonido. Las rodillas le flaquearon. El mundo se redujo al zumbido opresivo de las luces del techo.
Era su voz. No una imitación. No un truco de audio. Su tono, su ritmo, incluso su irritante arrogancia al hablar. Él. Él mismo… autorizando su propia ruina.
—Yo… no… hice eso… —murmuró, dando un paso hacia atrás como si la grabación pudiera tocarlo.
Su pecho subía y bajaba con rapidez alarmante. Su respiración se volvió áspera, corta, irregular.
Hiperventilaba.
—¡NO PUEDE SER! ¡NO ESTUVE AHÍ! ¡YO NO HICE ESA MALDITA LLAMADA! ¡NO FIRMÉ NADA! —Su voz se elevó en un chillido desesperado, y sus manos buscaban el aire como si se ahogara.
—¿Señor Elliot?, ¿hola?, ¿Sigue con nosotros? —Pregunto el hombre del banco, ya que no podía escuchar al fundador. Pero Elliot solo lo ignoro.
La mujer de finanzas lo miraba con creciente horror. No por él, sino por lo que implicaba.
—Entonces… —susurró, con los ojos abiertos como platos—. Si usted no lo hizo… ¿quién lo hizo? —Pregunto la mujer aterrada.
Elliot no respondió. Solo jadeaba, con los ojos clavados en el vacío como si buscara una explicación impresa en el aire. Su piel estaba pálida, perlada de sudor. Por un momento pareció tambalearse.
—¡Esto es un maldito montaje! ¡Un maldito engaño! —escupió de pronto, golpeando con el puño la mesa y haciendo saltar los papeles en un torbellino caótico—. ¡Cuelga! ¡CUELGA ESA LLAMADA! —bramó de forma abrupta, sacando a la mujer de su trance.
Ella obedeció de inmediato, temblando mientras iba al teléfono y cortaba la línea. El clic seco de la llamada muerta pareció sellar algo en el aire.
Sin perder más tiempo, Elliot salió disparado de la sala como una fiera herida. Cruzó el pasillo caminando de nuevo a la otra sala, cada paso más errático que el anterior. Las miradas se clavaban en él, pero nadie se atrevía a decir palabra. Hasta que estalló.
—¡¿QUÉ CARAJOS ESTÁN HACIENDO TODOS PARADOS?! ¡MUEVAN EL MALDITO CULO! ¡TENEMOS QUE REVISAR LOS SISTEMAS, LOS CARGAMENTOS, ¡TODO! —Su grito reverberó como una explosión, haciendo que varios empleados se sobresaltaran.
Un hombre de logística se acercó, tembloroso, con una carpeta en mano.
—Señor Elliot… no es posible continuar con las operaciones —murmuró sin levantar la vista—. Algunos empleados no se han presentado a trabajar. Hay líneas detenidas. Algunos accesos están bloqueados. Los sistemas no están respondiendo del todo...
—¿Qué cómo que no se han presentado a trabajar? —Pregunto incrédulo. Cosa que otra empleada una de las científicas se acercó.
—Señor es cierto, nos están reportando que hay empleados en toda la fábrica que no se han presentado a trabajar, entre ellos Jane… y otros empleados. —Explico la científica.
Elliot parpadeó, como si no comprendiera lo que estaba escuchando. Luego soltó una risa seca, nerviosa, completamente desprovista de humor.
—¿Es enserio? —repitió, con un tono peligroso—. ¡DÍGANME QUÉ MIERDA ESTÁ PASANDO!
El silencio fue la única respuesta. Nadie sabía que lo estaba ocurriendo, desde que entraron a trabajar todo estaba fallando y el fundador estaba perdiendo el control, lo que hacía que todo se volviera muy inseguro.
Y entonces, la vio. Su secretaria personal, Rachel, caminaba hacia él con unos papeles en mano. Inocente. Cansada. Y completamente desprevenida.
Elliot la señaló con un dedo tembloroso, y su furia encontró un blanco perfecto.
—¡TÚ! ¡FUISTE TÚ, MALDITA! —espetó, caminando hacia ella con pasos pesados—. ¡¿QUÉ TE DIJE SOBRE METERTE EN ASUNTOS DE FINANZAS?! ¡¿CÓMO TE ATREVES A ENTREGAR DOCUMENTOS EN MI NOMBRE?! ¡¿QUIÉN TE DIO ESA AUTORIZACIÓN?!
Rachel se quedó paralizada. Sus labios se entreabrieron, pero ninguna palabra salió de ellos, ella ni siquiera se había acercada al área de finanzas ya que todos esos días, se había encargado de hacer el trabajo de Poppy, cosa que era muy difícil y eso le provocaba que comenzara a perder el cabello.
—¿Qué? No… no he ido a finanzas, señor. Esta mañana estuve con recursos humanos. Estuve atendiendo los casos que había dejado Poppy antes de que se la llevaran…—Respondió muy asustada sin entender nada.
—¡MENTIRA! —le interrumpió Elliot, la cara desfigurada por una furia que ya no podía contener—. ¡ME DIJERON QUE UNA MUJER CON CREDENCIALES, ENTREGÓ LA DOCUMENTACIÓN! ¡AFIRMO SER MI SECRETARIA! ¡ERAS TÚ!
—Señor Elliot, yo no he salido de esta área —dijo ella, con voz débil. El temblor en sus manos era apenas perceptible, pero estaba ahí. Como el miedo que se propagaba por el lugar como un incendio sin llamas.
Él la miró fijamente. Sus ojos ya no eran los de un hombre poderoso. Eran los de alguien que veía desmoronarse su castillo desde dentro, sin entender cuándo empezó el derrumbe. Jadeó, esta vez con los labios entreabiertos, sin poder articular más que una palabra que parecía ahogarlo.
Nada tenía sentido y la misma de finanzas por fin hablo en una voz bastante paranoica.
—Entonces si no hay dinero… ¿Quién va a pagarnos? —Pregunto la mujer sin entender nada. Mientras su paranoia aumentaba y los empleados se miraron entre si sorprendidos por lo que la otra mujer había dicho.
Los empleados comenzaron a murmurarse entre ellos, el silencio se había quebrado. Un hombre en bata blanca murmuró algo sobre su préstamo, otro habló del finiquito pendiente. Las miradas se cargaron de incertidumbre y desconfianza. El caos no había estallado aún, pero estaba contenida en cada respiración, en cada mirada clavada en Elliot como si él tuviera todas las respuestas.
Pero Elliot no tenía nada.
Y entonces gritó.
—¡BASTA! —bramó, el rostro rojo, descompuesto, los ojos inyectados en sangre.
Elliot la miró con furia en los ojos, pero también con algo más: pánico. Un pánico atávico, primitivo, que ni él mismo reconocía. Tragó saliva, su lengua se sentía de papel y su garganta era fuego seco. Entonces, con un giro brusco de cuerpo y sin emitir palabra, echó a correr.
Las puertas automáticas se abrían a su paso mientras descendía las escaleras hacia los niveles inferiores. Cada paso resonaba como un trueno. Su corazón latía con una violencia antinatural, no sabía si por furia, miedo o ambos.
Los empleados se apartaban como si algo contaminado viniera en su dirección. Elliot no los miraba. Solo pensaba en una cosa. En ella.
Poppy.
La única que conocía su firma.
La única que había tenido acceso directo a sus documentos durante años.
La única que era capaz de jugar con su mente como si fuera un juguete más.
El pasillo final hacia las celdas subterráneas se abrió ante él como un túnel oscuro y húmedo. Las luces parpadeaban. El aire olía a encierro, óxido y traición. Dos guardias lo vieron venir, uno de ellos joven, nervioso retrocedió.
—¡Abra la puerta! ¡YA! —gritó, empujando a uno con el hombro.
—Señor Elliot, ella está descansando. —Dijo el guardia al ver a su jefe tan alterado aun sabiendo la condición de la prisionera.
—¡DIJE QUE LA ABRAS! ¡AHORA! ¡O TE HAGO DESPEDIR JUNTO CON TODOS LOS MALDITOS DE ESTE LUGAR!
El guardia tragó saliva, tembloroso, y con la llave abrió la puerta de metal. La cual crujió de forma espantosa, se deslizaba hacia un lado, dejando ver la celda oscura, húmeda, apenas iluminada por la luz temblorosa de una lámpara colgante.
Y allí estaba ella.
Poppy seguía acostada en esa cama fría, con esa manta apenas cubriéndola del frio. Su cabello, enmarañado Su cuerpo, frágil y sucio por los días encerrada. Aparentemente débil con sus ojos, cerrados, parecía dormir. Pero apenas Elliot dio un paso dentro, uno de ellos se abrió con lentitud, dejando ver ese rojizo feroz, pero delatando su estado mental.
Entró como un huracán.
—¡TÚ! ¡ERAS TÚ! ¡ERAS LA ÚNICA QUE PODÍA HACERLO! —vociferó, apuntándola con un dedo tembloroso—. ¡ERAS LA ÚNICA QUE SABÍA CÓMO FIRMAR COMO YO! ¡TÚ LO PLANEASTE! ¡ESTÁS DETRÁS DE TODO ESTO!
Poppy no respondió al instante. Solo lo observó. Con esos ojos rojizos vidriosos que no parecían comprender la magnitud de su furia. O tal vez sí, y simplemente no le temía, al contrario, le causaba burla.
Su respiración era lenta. Un zumbido sordo la envolvía como una nube. El temblor en sus manos crecía.
—¿Otra vez con tus patrañas Elliot? —Pregunto de forma burlesca la muñeca al mismo tiempo que lo decía sin sentido, mientras trataba de sentarse, aunque se le dificultaba un poco. — No he salido de esta celda durante 2 malditos días y apenas estoy cumpliendo con el tercero. Me tienen vigilada las 24/7 como para que pueda pensar en hacerte algo… aunque claro te lo merecieras…—Ella contesto de forma frívola.
Su voz sonó hueca en la sala subterránea, reverberando contra las paredes frías de concreto. Uno de los guardias, con el rostro serio y el uniforme impecable, dio un paso al frente, sin vacilar.
—Señor Elliot… con todo respeto, la reclusa no ha salido en ningún momento.
—Su voz era firme, casi desafiante—. Ha estado bajo constante vigilancia, los turnos no se han roto, los registros están firmados y actualizados. Si insinúa que alguno de nosotros mintió, puede comprobarlo en los registros y las cámaras. Cumplimos al pie de la letra.
Elliot apretó los dientes hasta que su mandíbula crujió. El temblor en sus manos se había vuelto constante, como si el pánico ya se hubiera instalado en su cuerpo, como una infección. Sus ojos inyectados en sangre se clavaron en el guardia, y luego regresaron a Poppy. Su cara se deformó, y de pronto estalló, gritando como un animal acorralado.
—¡¿ENTONCES QUIÉN FUE, MALDITA SEA?! ¡¿QUIÉN CARAJO FUE?! ¡¿QUIÉN MÁS SABRÍA CÓMO FALSIFICAR MI FIRMA?! ¡¿QUIÉN MÁS SABRÍA ACCEDER A LAS CUENTAS INTERNAS?! —Su voz se quebró hacia el final, como si ya no tuviera control de sus cuerdas vocales. Golpeó la puerta de metal con el puño, y el estruendo metálico se expandió por el pasillo, haciendo eco como un rugido desquiciado.
Poppy río. No una risa natural, sino una risa áspera, rota, como si se burlara desde el
fondo del abismo. Sus ojos aún inyectados por la fiebre brillaban con una mezcla de delirio y cinismo.
—Ay, Elliot... —susurró, llevándose una mano temblorosa a los labios, como para acallar una carcajada más fuerte—. Me encanta que pienses que tengo tanto poder. Pero esto va más allá de mí. Mucho más allá. ¿Por qué no dejas de gritarme a mí y vas a buscar al verdadero culpable? Porque, francamente… —inclinó la cabeza, sus ojos brillando con malicia— no pareces muy apto para encontrarlo.
Elliot la miró con el rostro desencajado. Parecía a punto de abalanzarse sobre ella, pero se contuvo, como si algo en su interior le recordara que esa muñeca febril y rota no era el origen del desastre… o al menos no el único. Su pecho subía y bajaba como si no pudiera controlar su propio cuerpo. Era como ver una presa resquebrajada por dentro.
Poppy ladeó el rostro, adoptando un tono más burlón.
—Además… ¿no se supone que ya tendrías que haber encontrado a tu gatito perdido? —murmuró con burla venenosa—. ¿O me vas a decir que con todos tus recursos tampoco has dado con el paradero de Catnap? Pobre Elliot… Ni puedes controlar tu fábrica, ni a tu personal… ni a tus juguetes. ¿Qué clase de jefe eres?
Los guardias bajaron la mirada. La tensión se volvió tan espesa que podía cortarse con un bisturí. El aire se llenó de esa mezcla peligrosa de vergüenza, impotencia y rabia sin dirección. Elliot se quedó completamente inmóvil. Solo se oía el sonido irregular de su respiración… hasta que finalmente, sin decir una palabra, se giró sobre sus talones y salió de la celda con pasos pesados y violentos, empujando al guardia más cercano. La compuerta de madera crujió al cerrarse detrás de él.
Y en el
fondo, desde la oscuridad, la risa de Poppy volvió a escucharse, ronca, burlona… como la última chispa antes del incendio.
—Vete a la mierda Poppy. —Gruño señalándola mientras se retiraba, ya que sabía que no tenía nada que hacer ahí. —Te juro que si me llego a enterar que fuiste tu… hare que tomes el puesto de Dogday y realmente desearas haberte muerto. —Amenazo cerrando la puerta con fuerza, haciendo que Poppy solo gruñera con odio puro.
Pero su plan había funcionado ahora solo faltaba el último paso.
Liberar a sus hijos del chip que tenían puestos.
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La brisa del exterior apenas alcanzaba a colarse por los portones oxidados cuando Tayla cruzó los límites del complejo. Vestida de forma sencilla jeans oscuros, botas polvorientas y una chaqueta clara que contrastaba con el ambiente desolado del lugar, no parecía más que una visitante ocasional o una antigua empleada con asuntos pendientes. En su hombro izquierdo dormía profundamente
Moonlight, su pequeño Catnap. En el otro hombro,
Sunshine un pequeño Dogday, estaba algo despeinada y su bufanda tejida a mano, jugaba con mechones sueltos del cabello de Tayla, riendo entre dientes con su vocecita artificial y tintineante.
—Ya, Sunshine, deja de jalar —musitó ella entre risas, apartando con suavidad la manita del juguete.
—¡Pero es suave! —protestó la cachorrita, antes de deslizarse con agilidad por su espalda y dejarse caer al bolso que colgaba a su costado—. Mami … ¿te vas a tardar?
—Espero que no —respondió la ex científica con un suspiro, sacando de uno de su bolsa una hoja arrugada. Su letra era meticulosa, precisa… pero ahí, entre tantas letras, algo no cuadraba. El nombre de Poppy estaba anotado en un lugar que no tenía sentido. Un error que solo podía resolver en persona.
—¿Podemos ver a los demás? —preguntó Moonlight desde su hombro, estirándose como si recién despertara de un largo sueño. Sus ojos brillaban con curiosidad, y su voz tenía ese tono suave y rastrero que tanto lo caracterizaba—. Quiero divertirme.
—No, no estamos de paseo —aclaró Tayla, mientras apretaba el papel en su mano—. Solo necesito hablar con Poppy y nos vamos. No debería tomar mucho.
La entrada principal seguía funcionando con sensores, aunque el chirrido metálico que emitió la puerta al abrirse parecía un lamento más que un saludo. Tayla avanzó con paso firme, ignorando las miradas de los pocos empleados que aún rondaban por allí. Algunos la reconocieron, otros simplemente la observaron por curiosidad, preguntándose qué hacía de vuelta en ese lugar después de tantos días de ausencia.
Sunshine brincó de nuevo a su hombro observando a los demás.
—¿Por qué todos te miran mami? —Pregunto el pequeño perrito.
—No lo sé y tampoco me importa —respondió Tayla, importándole poco lo que los demás pensaran de ella, pero algo hacía que se sintiera inquieta, la fábrica se sentía muy tranquila y eso no era nada bueno.
Así que los pequeños juguetes solo se quedaron callados porque ellos mismos notaban la tensión en el aire, de igual forma.
Ninguno sabía que algo terrible pasaría.
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El silencio de la celda reforzada era denso, casi antinatural. Las luces blancas parpadeaban en intervalos irregulares, lanzando sombras deformes sobre el cuerpo del Prototipo, que permanecía amarrado por gruesas correas de metal que mantenían al Prototipo atado en ese horrible lugar. Su cuerpo, cubierto de cicatrices, cables y restos de carne negruzca con metal arrancadas, su cabeza baja, y su ojo apagado. Parecía dormido, pero no lo estaba.
Estaba esperando.
Los pocos científicos que quedaban en el laboratorio de pruebas lo rodeaban con cautela, escribiendo notas frenéticas en esas hojas desgastadas, y discutiendo entre susurros sobre como este parecía más tranquilo, dejando de lado por completo su hostilidad de hace días. Uno de ellos mencionó que el Prototipo ya no reaccionaba a los estímulos como antes. Otro insistió que solo era un "descenso de actividad para despistar". Pero nadie notaba la mirada brillante y fría que acababa de abrirse lentamente entre las sombras de su rostro.
El Prototipo movió levemente su cuello, mirando de reojo el reloj en la esquina superior de la sala. 10:45 a.m. Y entonces, muy sutilmente, levantó una de sus patas mecánicas, oxidada y desgastada, y la dejó caer con fuerza contra el suelo metálico. El golpe resonó como un eco hueco, sordo, pero exacto.
Los científicos alzaron la vista de inmediato, sorprendidos.
—¿Lo escucharon? —dijo uno de ellos—. ¿Acaso reacciona a este nuevo método?
—Preparen una lectura de impulsos. —ordenó el supervisor.
Pero el Prototipo no volvió a moverse. Solo sonrió internamente y Satisfecho.
En los ductos de ventilación sobre sus cabezas, un diminuto juguete de felpa que había permanecido oculto por horas captó la señal. Con movimientos veloces, se arrastró por los conductos como una rata, corriendo a toda velocidad hasta perderse entre los pasadizos internos de la fábrica. No pasó mucho tiempo antes de que alcanzara uno de los puntos clave: la oficina de control de seguridad.
Dentro, un guardia de seguridad bebía café frío mientras observaba un monitor dividido en múltiples pantallas. Algunas cámaras mostraban pasillos vacíos, otras tenían líneas estáticas cruzando la imagen o simplemente estaban en negro.
—Maldita “interferencia”. —Susurro el guardia, suspiró y se estiró.
No escuchó cuando la pequeña compuerta de ventilación se abrió con sigilo, apenas un centímetro. No oyó los pasitos suaves que se acercaban. No supo que ya era demasiado tarde.
Con un gesto de su garra, el pequeño juguete abrió del todo la puerta. Y entonces, dos figuras se deslizaron dentro como fantasmas: Rabie, con su figura curvilínea y ojos afilados, aquel murciélago que observaba con fascinación su nueva travesura y Mako, el tiburón peligroso y emocionado por encajar sus dientes afilados, cuyos ojos fríos se fijaron directamente en la espalda del guardia.
Rabie levantó uno de sus dedos, doblándolo lentamente en el aire con una sonrisa torcida. La señal era clara, muda y letal.
Mako no dudó ni un segundo. Cerró la puerta con un clic metálico que sonó como una sentencia, dejando fuera cualquier posibilidad de huida o ayuda. Sus pasos resonaron apenas sobre el suelo de metal mientras avanzaba hacia el guardia que aún manipulaba los controles, ajeno a la muerte que se cernía detrás de él.
—¿Qué de…? —alcanzó a decir el hombre, girando apenas el rostro.
Cuando giró la cabeza, lo único que alcanzó a ver fue la masa oscura de Mako lanzándose hacia él como una sombra devoradora. No hubo advertencia, no hubo palabras. Solo un rugido bajo y la apertura brutal de una mandíbula ancha, cubierta de piel húmeda, de dientes ocultos bestiales de un tiburón.
El impacto fue bestial.
Las fauces de Mako se cerraron con un
chasquido seco y violento alrededor de la mandíbula y parte del cuello del guardia, arrancándole la carne, que su primer sonido fue un chillido quebrado, ahogado en su propia sangre. Las manos del hombre temblaron, intentaron empujar, golpear, aferrarse a lo que fuera… pero solo encontró carne abierta, tendones desgarrados y una presión insoportable que lo mantenía fijo como una presa atrapada en una trampa de acero.
Una mordida más, y su lengua se partió como un trozo de carne vieja. Otro tirón, y la tráquea se desgarró con un sonido húmedo y espeso, como una cuerda mojada rompiéndose. La mandíbula inferior colgaba de su cara, torcida, columpiándose grotescamente mientras borbotones de sangre caliente caían sobre los paneles de control, tiñendo los botones, las luces, todo.
El cuerpo del guardia cayó de rodillas, como si aún intentara rezar, pero ya no tenía garganta para suplicar ni rostro para llorar. Solo jadeó un instante, escupiendo burbujas de sangre por los restos de su boca destrozada… y se desplomó con un golpe seco, retorciéndose una vez antes de quedarse inmóvil.
Mako se quedó sobre él unos segundos más, masticando sin apuro, con la mandíbula temblando por el esfuerzo, tragando trozos calientes con los dientes llenos de pellejos y huesos astillados. Al final, se irguió, chasqueó la lengua y escupió hacia un lado con asco vomitando parte de la carne.
—
Hugh... Sabe horrible —gruñó con la voz cargada de saliva, sangre y decepción—. Nada dulce. Ni un poco... después de esto le pediré a Piggy que me prepare algo dulce.
Rabie, apoyada contra la pared con los brazos cruzados, soltó una carcajada rasposa, seca, casi infantil.
—Uy~ desde que se volvió tu amiguita especial, ya no puedes sacarla de tu mente, ¿no es así? —Pregunto divertida la murciélago mientras comenzaba a caminar alrededor de la sala de seguridad, hasta llegar a la computadora principal.
Mako se sonrojó tan violentamente que por un segundo su rostro parecía estar ardiendo bajo toda esa sangre. Bajó la mirada, frunciendo el ceño y mascullando algo incomprensible, mientras las manchas rojas tapaban cualquier atisbo visible de rubor.
Sabía que Rabie tenía razón. Maldita fuera. Desde que Picky había aceptado ser su amiga especial, su cabeza era un campo minado de pensamientos dulces, absurdos, y sí, hasta vergonzosos. A veces le daban ganas de abrazarla hasta que chillara… pero otras veces quería esconderse por haber sido tan impulsivo. Quería ser más, muchísimo más, pero no sabía si presionarla sería lo correcto. Ella era tan distinta a él, tan delicada… tan
ella.
—No me molestes —gruñó al final, dándose la vuelta para no mostrar más la cara.
Rabie río bajito, saboreando cada segundo de la incomodidad ajena. Sus pasos resonaban mientras caminaba alrededor de la sala de seguridad, hasta detenerse frente a la computadora principal. Las luces del monitor seguían encendidas. Con un movimiento casi teatral, se tronó los dedos y se sentó en la silla giratoria con una sonrisa torcida.
—Bueno, suficiente drama adolescente —murmuró para sí, sus alas plegándose lentamente detrás de su espalda—. Hora de lo que realmente
me gusta...
Sus largos dedos, afilados y sorprendentemente ágiles, comenzaron a teclear con velocidad sobrenatural. Era como ver a una criatura salvaje imitando a un hacker de película, grotesca, inestable, pero extrañamente eficiente. Nadie lo creería al verla, pero Rabie
amaba la tecnología, ella estudiaba en silencio, leía libros como si fuera un chocolate rico de tecnología o de programas nuevos que salían, aunque le costaba enterarse cuando la biblioteca llegaba pocos ejemplares, por lo que debía estudiar en las noches con la computadora conectada a internet para explorar y estudiar. Siempre lo había hecho. No porque le gustaran las máquinas o el orden, sino porque el conocimiento era poder. Y el chisme,
oh, el chisme era su verdadera adicción.
—Vamos, vamos… ¿dónde está ese sabrosito acceso administrativo...? —murmuraba para sí misma con voz ansiosa, el hocico curvado en una sonrisa enferma—. Ah,
aquí estás, bebé escondido...
Con un par de movimientos más, desplegó en pantalla el panel maestro. Allí, en una interfaz anticuada, aparecían cientos de identificaciones únicas: códigos de los juguetes, de los experimentos fallidos, incluso de los híbridos desconocidos, pero todo estaba ahí registrado con su chip que les tenían incrustados desde que nacieron. Cada uno tenía una marca de rastreo activa.
Rabie los contempló como quien mira un menú gourmet.
Leyó con las pupilas dilatadas de placer—. ¡Y miren esto! Todos los chips instalados en la nuca... bien adentro. ¡Ah, qué sádico! ¡Qué cochinos eran los doctores esos! —escupió con asco—. Pero ya no más.
Mako la observaba en silencio, aun limpiándose la sangra de sus labios, mientras ella activaba una nueva ventana de control.
— Tengo dos opciones: desactivarlos por completo, o calentar cada chip hasta que se frían y seamos libres por completo. —Dijo el murciélago con perversidad.
—¿Y qué prefieres tú...? —preguntó Mako con verdadero interés, ella era la experta en tecnología. Por lo que sabia los riesgos que conllevaba.
—Pff,
¿desactivarlos? Qué dulce, eso no quitaría el problema Mako. Prefiero ver cómo esos putos chips ardan y nunca volvamos a sentir miedo... que se frían como palomitas, ¡pop! ¡pop! ¡pop! —dijo chasqueando los dedos como si imitara las explosiones.
Mako solo rodó los ojos, aunque no pudo evitar sonreír con cierta incomodidad. Rabie siempre había sido así, sádica, dramática, chismosa. pero tenía un buen punto. Aunque no dejaba de sentir una punzada de temor.
—¡Espera!, si haces eso… ¿nos va a doler? —Pregunto realmente preocupado, no quería morir ni nada por el estilo si algo salía mal.
Rabie se detuvo. Su garra flotó sobre el teclado un segundo demasiado largo. Luego, giró la cabeza lentamente, como si acabara de recordar que su compañero también era uno de los afectados. Sus ojos brillaron con un destello burlesco, pero había algo más detrás, una sombra de verdad, o de duda.
—Mako… —empezó con una voz más suave, casi amable—. Claro que va a doler.
Mako se tensó, el corazón de trapo latiéndole como un tambor hueco dentro del pecho. Pero antes de que pudiera protestar, Rabie alzó un dedo.
—Pero va a doler mucho más si seguimos siendo marionetas de esos hijos de perra. ¿Qué prefieres? ¿Un segundo de dolor? ¿O una eternidad de obedecer órdenes de esos demonios? —La voz se le quebró un poco, como si hablase de sí misma también, y luego su risa regresó con fuerza, como una máscara cruel—. ¡Bah! ¡Prefiero un estallido ardiente! ¡Prefiero oler a circuito quemado si eso significa que nadie volverá a decirme qué hacer!
El silencio se hizo espeso. Solo el zumbido eléctrico de la computadora llenaba la sala.
Mako tragó saliva.
—Pero… ¿y si uno de nosotros…? —No pudo terminar la frase.
Rabie alzó las cejas, ladeando la cabeza como si escuchara una canción lejana.
—Entonces que muera libre. —dijo con un encogimiento de hombros, como quien elige entre café o té.
Y volvió a teclear, con más fuerza. Los códigos caían en cascada por la pantalla, líneas rojas, comandos bloqueados, advertencias que parpadeaban con tonos alarmantes. Pero Rabie las ignoraba. Se reía de ellas. Ya había localizado el núcleo del sistema: el centro que activaba, monitorizaba y controlaba los chips implantados en la nuca de cada Critters. Su lengua asomó ligeramente por la comisura de su boca mientras escribía un último comando que parpadeaba como una sentencia
"QUEMAR MATRIZ DE CONTROL – IRREVERSIBLE".
—¿Estás listo? —susurró sin mirarlo, y sus colmillos brillaron como cuchillas al sol.
Mako solo pudo pensar un poco e imaginar una vida libre de este sufrimiento. Así que solo asintió.
Rabie presionó la tecla Entre.
Un conteo regresivo apareció en rojo.
10… 9… 8…
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Tayla caminaba por el pasillo principal, sus zapatos resonando con un eco hueco mientras sus ojos escrutaban el entorno con atención. Algo no estaba bien. Lo sentía. Lo veía. Aquel ambiente que había comenzado a reconstruirse con trabajo y empatía ahora se impregnaba de un aire pesado, como si una sombra vieja hubiera regresado para reclamar lo que alguna vez fue suyo.
Los juguetes… algunos caminaban cabizbajos, sin hablarse, cumpliendo tareas demasiado pesadas incluso para un adulto. Un grupo arrastraba cajas inmensas por el suelo metálico, sus pasos arrastrados, sus cuerpos temblorosos, su mirada vacía. Otros eran dirigidos con gritos y empujones por parte de los técnicos, como si los esfuerzos por volver a la humanidad se hubieran disuelto sin más. Tayla apretó los dientes al ver a una pequeña criatura de felpa tropezar bajo el peso de una caja y ser reprendido con un grito seco. Moonlight y Sunshine, también notaron el cambio.
—¿Por qué…? —murmuró Sunshine, sus ojos brillando con tristeza y furia.
—Esto no debería estar pasando —agregó Moonlight, su voz apenas un susurro. Miró a su compañero, luego a Tayla, como si esperaran una respuesta que nadie podía dar.
Se supone que esta tontería había terminado, entonces no entendían porque volvían a maltratar a los juguetes, Tayla por su parte presintió que algo había pasado de forma terrible, pero no había tenido con Poppy ni con Jane hace un largo tiempo por lo que no entendía nada.
Y entonces ocurrió.
Un sonido agudo se coló en el aire. Era apenas perceptible, como el zumbido de una corriente eléctrica, pero enseguida vinieron los gritos. Uno. Dos. Decenas. Cientos.
Los juguetes comenzaron a retorcerse.
Uno cayó de rodillas, sacudiéndose como si una descarga invisible le atravesara el cuerpo. Otro dejó caer la caja que cargaba y se llevó ambas manos a la nuca, gritando de forma inhumana, sus ojos desorbitados. Tayla se quedó inmóvil por un segundo, incapaz de comprender lo que estaba viendo.
Moonlight sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no fue dolor. Solo una sensación helada de miedo puro al ver a sus compañeros convulsionar, gritar, sacudirse y caer uno tras otro. Sunshine retrocedió instintivamente, llevándose las manos al pecho, el corazón latiéndole con fuerza mientras su mirada iba de uno a otro. Ninguno de los dos sentía nada. Ninguna descarga. Ningún ardor en la nuca.
Porque Tayla… Tayla les había quitado el chip años atrás, en secreto, cuando nadie los vigilaba, después de todo aquella madre no iba a permitir que sus hijos sufrieran. Y ahora, entre el caos y el sufrimiento, esa pequeña desobediencia se sentía como un milagro.
—¡¿Qué está pasando?! —gritó uno de los técnicos, retrocediendo con verdadero miedo.
—¡No los estamos controlando! ¡No hicimos nada! —clamó otro, mientras varios juguetes se convulsionaban, espuma saliéndoles de la boca, los brazos temblando sin control, algunos chocando contra paredes en su desesperación.
Tayla reaccionó al instante y corrió hacia uno de ellos, no podía sostenerlo porque estaba sufriendo un electroshock, pero este parecía ser más poderoso que los comunes.
—¡¿Qué te duele?! ¡Dime qué pasa! —exclamó, notando cómo salía un leve humo desde la base del cuello, donde estaba el chip insertado desde su nacimiento.
Fue entonces que lo entendió todo, alguien les había quemado el chip y eso significaba que ya nadie podía controlarlos.
El calor era real. El tejido comenzaba a quemarse desde adentro.
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Pero no fue los únicos juguetes que sufrieron de aquel destructivo dolor. Muy lejos del área de trabajo, en el rincón más cálido del complejo, donde los niños vivían y reían, también llegó el horror.
Picky estaba agachada junto a un grupo de pequeños, enseñándoles con ternura cómo construir torres con bloques de colores. Sus ojos brillaban con paciencia, guiando sus manitas torpes mientras los animaba con dulces palabras.
Bobby, sentada en una alfombra suave, tarareaba una canción bajita mientras peinaba a una niña con sus manos amorosas, cuidando cada hebra como si fuese un tesoro.
Crafty cantaba un poco buscando hacer que sus preciosos niños también amaran el arte de la música, su sonrisa era serena, ilusionada… probablemente porque su corazón estaba inquieto ante la idea de reencontrarse pronto con Kickin.
Y Hoppy, dulce y juguetona, revoloteaba entre risas, dando vueltas en el aire, tropezando a propósito para provocar carcajadas. Su pelaje verde vibraba con luz bajo las lámparas del lugar.
Todo era paz. Todo era dicho... hasta que el grito de uno rompió la armonía.
—¡AAAAHHHH! —El alarido de Picky rasgó el aire como un relámpago. Fue la primera. Cayó de rodillas con un golpe seco, arqueando la espalda como si algo invisible la estuviera desgarrando por dentro. Sus dedos se clavaron en el suelo, rascando desesperada la superficie mientras sus ojos se desorbitaron de puro terror, fijos en un vacío inexistente. Era un grito que no parecía humano… ni de juguete. Era el grito del dolor absoluto.
—¡¿PICKY?! —chilló una de las niñas, retrocediendo de un salto, horrorizada, con las manos temblorosas cubriéndose la boca mientras lágrimas de miedo empezaban a brotar de sus ojos.
Bobby comenzó a convulsionar. Su gran cuerpo temblaba de forma incontrolable, como si una fuerza brutal lo sacudiera desde dentro, como si un dolor infernal lo atravesara sin piedad. Soltó un chillido agudo, desgarrador, tan antinatural que helaba la sangre. Su espalda se arqueó con violencia, las extremidades rígidas, tensas como cuerdas a punto de romperse. Sus ojos abiertos reflejaban un dolor incomprensible, imposible de contener en un cuerpo hecho para abrazar.
Crafty apenas alcanzó a dar una nota más. Su voz se quebró en el aire justo antes de que su cuerpo se estremeciera por completo. Se dobló hacia adelante, como si algo invisible le hubiera golpeado el pecho, y cayó de rodillas con un grito ahogado. El chip en su nuca ardía como una brasa viva, quemándole desde dentro, y sus ojos se llenaron de lágrimas espesas, más de impotencia que de dolor. Todo lo que era armonía en ella, todo lo que había sido suave y maternal, ahora era un amasijo de espasmos y jadeos sofocados.
Hoppy apenas tuvo tiempo de ver a sus amigas caer. El miedo y la preocupación la congeló durante un segundo, justo antes de que una descarga brutal le atravesara la columna como una lanza eléctrica. Sus piernas fallaron, y su cuerpo se desplomó al suelo con un sonido sordo. Gritó como nunca lo había hecho.
Su voz se elevó por encima del caos, resonando entre las paredes del cuarto infantil. Se retorció sobre sí misma, arañando el suelo con desesperación, mientras sus orejas se agitaban sin control y sus patas traseras golpeaban el piso como si quisiera sacarse el dolor a patadas. Las risas que había provocado minutos antes se convirtieron en llantos aterrados de los niños, quienes ahora se alejaban de ella, horrorizados, sin entender porque sus cuidadoras sufrían y gritaban tanto.
El aire se volvió denso, cargado de un terror que no pertenecía a ese lugar. Los gritos de los juguetes se mezclaban con los sollozos asustados de los niños. Una niña dejó caer su muñeca, que rodó por el suelo sin que ella lo notara, sus ojos fijos en Picky, que aún convulsionaba en el suelo con la boca abierta en un grito sin voz.
—¿Crafty...? —murmuró, con la voz temblorosa, incapaz de entender lo que estaba pasando. Dio un paso hacia ella, pero otro niño la sujetó del brazo con fuerza, con los ojos enrojecidos por el miedo.
—¡No la toques! ¡Le duele! ¡Le duele mucho! ¡Nos va a doler también si nos acercamos! —gritó el niño, sin saber si hablaba con lógica o solo con puro pánico.
—¡¿Qué les pasa?! —chilló otro, con los labios temblando y las mejillas empapadas en lágrimas. Se abrazaba a sí mismo, mientras observaba a Bobby revolcarse en el suelo como si algo lo estuviera devorando por dentro.
—¡Hoppy! ¡No, no, no! ¡No te mueras, por favor no te mueras! —gritó una niña, gateando desesperadamente hacia el cuerpo tembloroso del conejo verde. Las patas de Hoppy golpeaban el suelo, sus movimientos ya no eran divertidos ni tiernos: eran sacudidas salvajes y espásticas, como si su alma estuviera atrapada en un cuerpo que ya no le obedecía.
Muchos comenzaron a correr. Algunos tropezaron con los juguetes pequeños caídos, pues las Smiling Critters no fueron las únicas en ser alcanzadas por aquella agonía. Los demás juguetes, dispersos por el área de juegos, también se derrumbaban uno a uno como piezas frágiles.
Un estruendo seco se oyó al otro lado del salón cuando un juguete muy carismático se desplomó sobre las almohadas donde estaba jugando antes. El cuerpecito de ArcoRabbit se retorcía, con espasmos descoordinados que hacían que sus orejas se sacudieran como látigos. Su voz, normalmente suave emergió como un chillido quebrado, distorsionado, tan agudo que dolía escucharlo.
—¡¡ARCORABBIT!! —gritó un niño asustándose al ver a su amigo en ese estado, pero el peluche seguía sacudiéndose violentamente, su carita bordada retorcida por un dolor inexplicable, como si estuviera siendo desgarrado desde dentro.
Unos niños se escondieron bajo las mesas, cubriéndose los oídos y llorando a gritos. Varios pequeños se apretaron contra las paredes, sin saber a dónde ir, sin entender por qué sus cuidadores, sus amigos, sus protectores… gritaban y se desplomaban de esa forma.
Nadie se salvó de los juguetes y eso los asustaba, porque podían ver a sus guardianes sufrir enfrente suyo.
El caos era absoluto. Nadie vino a calmarlos, porque los adultos también se encontraban alarmados por el caos de afuera como para prestar atención a los niños que servían para experimentar.
Realmente todo se había vuelto un verdadero caos y los pequeños aprendieron ese mismo día, que ya nada seria como antes.
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Catnap permanecía agazapado entre las sombras, se había mantenido oculto para que nadie lo atrapara, siempre ocultándose en los lugares más recónditos de la fábrica. Además de que casi no salía del cuarto donde vivía con su precioso perrito solar, sus ojos brillando con un fulgor felino mientras observaba, paciente, cada movimiento del lugar.
Encontrándose en los tubos enormes incrustados en los techos de la fábrica, las cuales colgaban y nadie miraba al techo por obvias razones que estaban más interesados en trabajar que en otra cosa.
El silencio era su aliado, y en su pecho latía una expectación casi enfermiza por el momento que sabía que llegaría. Todo transcurría como siempre… hasta que no lo fue. De pronto, un grito rasgó el aire, seguido por otro, y otro más.
Catnap parpadeó, desconcertado, al ver cómo uno a uno los juguetes que tenía a la vista se desplomaban, retorciéndose en el suelo. Sus voces se alzaban en alaridos desgarradores, chillidos que parecían nacer de las entrañas mismas, cargados de un dolor tan puro que helaba la sangre. Algunos pataleaban, otros golpeaban el suelo, como si intentaran arrancar de sus cuerpos algo invisible. Y entonces, la descarga invisible lo alcanzó a él.
Fue como si mil cuchillas candentes se hundieran en su carne al mismo tiempo, como si su columna vertebral se incendiara de adentro hacia afuera. Sus patas se aferraron al metal mientras un espasmo brutal lo arqueaba, y un gruñido de agonía escapó de su garganta, sintiendo como era quemado y al mismo tiempo tenía que aguantar sus gritos, nadie debía saber aun de que se encontraba ahí. Cada segundo se estiraba como una eternidad, una tortura que se prolongaba.
Finalmente, la corriente se detuvo, dejándolo jadeante, con el corazón golpeando contra sus costillas. Su respiración era irregular, entrecortada, y un calor punzante seguía latiendo en la parte trasera de su cuello. Sin pensar, llevó una garra hacia su nuca y comenzó a rascar. Primero, un simple roce… luego un arañazo más profundo… hasta que la piel cedió bajo sus garras.
Un olor acre, metálico y a carne chamuscada se mezcló con el de la sangre fresca que comenzaba a deslizarse por su pelaje. Siguió hurgando, más y más, ignorando el dolor, hasta que sus dedos tocaron el pequeño objeto incrustado: un chip ennegrecido, aún tibio, el origen de su tormento. Con un tirón brusco lo arrancó, y junto con él salió un trozo de piel carbonizada, fibras desgarradas y sangre espesa.
Catnap lo sostuvo frente a sus ojos, observando la pieza de metal deformada por el calor, y una sonrisa lenta, retorcida, se dibujó en su rostro. La lengua asomó por un instante, lamiendo la sangre de su propia pata, mientras sus pupilas se dilataban con un brillo salvaje.
Porque sabía que había ocurrido.
—Ahora… —susurró con un tono que helaba la sangre, mientras dejaba caer aquel chip chamuscado fundido con parte de su carne— somos libres.
Y por primera vez, lo dijo con la certeza absoluta de que no quedaba nada que pudiera encadenarlos otra vez. Mientras se levantaba tambaleante y comenzaba a saltar, para buscar defender y proceder con el plan de su padre.
La hora de la alegría.
☆*゚゜゚*☆*゚゜Cometario de la escritora☆*゚゜゚*☆*゚゜゚*☆*
¡Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa mis queridos lectores!
¡Por fin!, ¡Al fin llego la hora de la alegría!, es que fuaas estoy muy emocionada de haber escrito por fin el inicio de la hora de la alegría, porque se viene fuerte porque por fin Elliot recibirá su karma, y los juguetes son libres.
¿Qué les pareció el capítulo?
Personalmente mi parte favorita fue cuando Rabie desactivo todos los chips que les pusieron en sus nucas, porque muestra un poco mas de la personalidad de esta linda chismosa xd jajaja, otra cosa que también ame fue cuando le dieron el ultimo golpe a Elliot, porque de verdad que no se esperaba esa ultima jugada, fue totalmente desarmado y con esto de los juguetes jeje ahora no sabe el tormento que le espera 7w7r.
Pero ustedes platíquenme, ¿Cuál fue su escena favorita?
Por cierto mis amados lectores tengo buenas y malas noticias, empecemos con las malas TwT, temo decirles que esta historia pronto va a terminarse, ya solo faltan 6 capitulos como ven en la cronología y san se acabo uwu, el primer arco se cerraría y hasta nuevo aviso continuare con el segundo arco. Asi que disfruten cuanto puedan esta historia TwT.
Las buenas noticias es que ya por fin publique los espacios para los fanfics: BitchDay y Obsesion en el abismo, para que puedan tener noticias directamente ahí de esos fanfics, por si gustan guardarlos en su biblioteca para que en el futuro reciban notificaciones uwu, además de que esas no son las portadas oficiales por ahora son momentáneas, hasta que mi amiga que es una grandiosa editora pueda terminarlas, pero las publico ahora porque por lo mismo ya se va a terminar este fanfic y quiero dejarles el espacio para que puedan estar atentos a cualquier otra cosa.
Tambien quiero desearles un prospero año nuevo uwu, dios mio ya tengo años con este fanfic apenas lo publique en el 2024 y ya esta terminado en el 2026 XD jjaja quien lo diría, de verdad les deseo lo mejor que sus metas, sus sueños se cumplen y siempre tengan una vida tranquila como prospera, los amo como no tienen idea, por ustedes este fanfic ha crecido bastante y les juro que nunca pensé que tendría mucha relevancia uwu, ni siquiera pensé conocer personas tan increíbles en mi vida como mis dos amigas bellísimas jeje. Realmente me va a doler y llorare mucho cuando termine el arco y me vaya en hiatus enormemente para hacer el segundo arco TwT.
Pero es parte de la vida, y lo mejor en una obra es darle un buen final uwu. Cerrar con broche de oro <3.
Bueno eso seria todos mis amados lectores, los veo el siguiente domingo, los amo , cuídense y que sus deseos y metas se cumplan uwu.
Recuerden que en fanfictionero para ver imagenes en wattpad y ao3.