Ashbourne Academy

Het
PG-13
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2
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planificada Midi, escritos 76 páginas, 34.481 palabras, 7 capítulos
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Capítulo 1: El inicio de todo

Ajustes
      Capítulo 1: El inicio de todo              El carruaje se detuvo frente a Ashbourne Academy y Beatrice Saint-Clare bajó con la compostura impecable que siempre había practicado frente a sus padres. Su madre le ajustó suavemente la bufanda, mientras su padre colocaba una mano firme sobre su hombro.       —Recuerda comportarte con elegancia, Beatrice —dijo su madre con voz templada—. Y, sobre todo, aprende algo que sea de provecho.       —Lo haré —respondió Beatrice, con una leve inclinación de cabeza.       Sus padres se despidieron con un abrazo rápido y formal, dejando a Beatrice sola con sus maletas. Un ser delgado y de porte distinguido apareció a su lado. Era un Luminúfugos, criaturas utilizadas normalmente para uso doméstico.       —Bienvenida, señorita Saint-Clare —dijo con voz suave—. Soy Alistair, y me encargaré de mostrarle el camino.       Beatrice asintió sin decir palabra. Caminaba con su uniforme impecable: la falda bien colocada, la blusa blanca perfectamente planchada, sus mocasines relucientes y su cabello marrón elegante cayendo sobre su espalda. Sus ojos marrones recorrían cada detalle a su alrededor mientras avanzaban por los senderos adoquinados del internado.       El viento movía suavemente las hojas de los árboles que rodeaban los edificios de piedra, y las torres se alzaban como guardianes de siglos de tradición. Entre ellas, jardines perfectamente cuidados y patios con fuentes de mármol conectaban las distintas áreas: un gran salón con chimenea crepitante, bibliotecas con estanterías que llegaban hasta el techo y pasillos con vitrales que filtraban la luz creando destellos de colores sobre los pisos de piedra.       Finalmente llegaron a un amplio corredor adornado con tapices antiguos, donde los pasos de Beatrice resonaban con suavidad. Allí se encontraba la Prefecta de Estudios, una mujer alta y elegante, de cabello recogido en un moño impecable y mirada severa pero curiosa.       —Señorita Saint-Clare, bienvenida a Ashbourne Academy —dijo con voz firme y medida—. Soy la Prefecta Marguerite Selwyn. Como ya bien sabe por su familia, aquí en Ashbourne tenemos cuatro casas: Ravenhurst, elegante, leal y disciplinada; Ashknown, dedicada al conocimiento y la curiosidad; Faircliff, famosa por su espíritu artístico y refinado; y Blackthorne, donde se cultivan la ambición y la audacia. Su asignación es… Ravenhurst. Allí encontrará su torre, su dormitorio y a quienes serán su familia dentro de la Academia.       Beatrice respiró hondo, aquel lugar parecía exigir disciplina. Fue entonces cuando vio acercarse a una joven de cabello castaño claro y ojos brillantes. Sonriente y segura, parecía moverse por el internado como si lo conociera desde siempre.       —Hola, ¿eres nueva? —preguntó la chica, tendiendo la mano con naturalidad.       —Beatrice Saint-Clare —respondió, estrechando la mano con cuidado—. Y tú eres…       —Isabelle Harrington, aunque todos me llaman Izzy —dijo la chica, con una sonrisa—. Veo que estamos en el mismo curso… y en la misma casa.       Beatrice levantó ligeramente las cejas, sorprendida y aliviada.       —Entonces… si quieres, puedo llevarte a tu torre y a las habitaciones de las chicas —añadió Isabelle, mirando hacia la Prefecta.       —Muy bien —asintió Marguerite Selwyn—. Confío en que Izzy le muestre el camino.       Izzy tomó a Beatrice del brazo con naturalidad y comenzó a guiarla por los pasillos. Mientras caminaban, la imponente torre de Ravenhurst se alzaba frente a ellas, sus ventanas altas y estrechas reflejando la luz del atardecer.       Izzy caminaba con paso ágil, guiando a Beatrice por los pasillos de Ravenhurst. A medida que avanzaban, la joven le presentaba a distintos estudiantes, todos del mismo curso, que las miraban con curiosidad y sonrisas amistosas.       —Éste es Harper —dijo Izzy, señalando a una chica de cabello rubio y rizado—, siempre la encontrarás con un libro bajo el brazo.       —Y aquel es Theo —continuó, señalando a un joven moreno y de expresión traviesa—, uno de los mejores en encantamientos.       —Aquí tenemos a Fiona —añadió, mientras se acercaban a un grupo en el que una chica de ojos verdes parecía trazar símbolos con un lápiz invisible en el aire—, te va a encantar su forma de trabajar en runas.       Beatrice asintió, tratando de recordar todos los nombres, mientras se dejaba guiar por Izzy, que hablaba sin parar, animada, con esa facilidad que hacía que pareciera que conociera a todos desde siempre.       Finalmente llegaron a la puerta de su habitación. Izzy la abrió y Beatrice entró. La habitación era luminosa, con amplias ventanas que daban al bosque, paredes en tonos suaves y un escritorio de madera pulida junto a una estantería donde algunos libros ya la esperaban. Varias de sus pertenencias, enviadas días antes, estaban cuidadosamente colocadas sobre la cama y en los cajones, dándole un aire familiar que la reconfortó.       —¡Es preciosa! —comentó Izzy—. Las habitaciones individuales son lo mejor de Ravenhurst. Cada una tiene su espacio y luz natural… y como estamos cerca, siempre podrás pasar por la mía si quieres compañía o ayuda con algo.       Beatrice sonrió, dejando su maleta a un lado. Mientras comenzaba a acomodar algunas de sus cosas, Izzy se sentó en el borde de la cama y comenzó a explicarle un poco cómo era la vida en el curso:       —Las clases son una mezcla de lo normal y… bueno, de lo más extraordinario. Por la mañana tenemos Matemáticas, Historia de la Academia, Lenguas y Literatura, como en cualquier internado, pero por la tarde empiezan las asignaturas mágicas: runas, adivinación, pociones y encantamientos. Algunos cursos requieren práctica en laboratorios o en los jardines… —Izzy hizo un gesto amplio con la mano, como si abarcara toda la academia—. Y aunque parezca mucho, te acostumbras rápido.       Beatrice la miró con una mezcla de curiosidad y fascinación.       —No sabía que había algo así en Ashbourne —murmuró.       —Ah, sí —rió Izzy—. Y espera a ver las competencias entre casas, los torneos de pociones o los duelos de encantamientos… Todo se hace con supervisión, claro, pero te prometo que no hay otro lugar como este.       Mientras hablaban, Beatrice empezó a sentirse más cómoda. La energía de Izzy era contagiosa, y la forma en que le explicaba la Academia, los compañeros y las clases le daba la sensación de que no estaba sola en aquel mundo nuevo y enorme.       —Gracias, Izzy —dijo finalmente Beatrice, con una sonrisa más abierta que antes       —Bueno, tengo que irme —dijo con una sonrisa—. Quedé con alguien, pero nos veremos en la cena, ¿de acuerdo?       Beatrice asintió, devolviéndole la sonrisa.       —Está bien, nos vemos más tarde.       Izzy se despidió con un gesto ligero y salió de la habitación. Beatrice se quedó unos segundos en silencio. Todo era extraño y nuevo, pero a la vez acogedor.       Se sentó en la cama, dejando que sus maletas descansaran a su lado, y suspiró suavemente. Por primera vez desde que había llegado, se permitió un momento de tranquilidad. Ashbourne Academy era enorme, lleno de secretos y reglas, pero allí, en aquella habitación luminosa, Beatrice sintió que tal vez podría encontrar su lugar.       Unas horas después, Beatrice caminaba por los pasillos de la Academia, rumbo al comedor para la cena. Sus pasos eran firmes y su cabello castaño caía suavemente sobre los hombros mientras observaba los vitrales que dejaban pasar la luz dorada de la tarde. Estaba distraída contemplando uno de ellos cuando, al girar una esquina, chocó de frente con alguien. El impacto fue leve, pero suficiente para que el libro que llevaba en las manos se inclinara peligrosamente. Una mano se adelantó con rapidez y lo sostuvo antes de que cayera al suelo.       Beatrice alzó la mirada. El joven frente a ella era alto, de cabello oscuro y ojos grises, con una expresión que mezclaba sorpresa y una leve irritación elegante. Durante un segundo, ninguno habló. Sus miradas se cruzaron con una intensidad inesperada, como si ambos estuvieran evaluándose en silencio.       —Vaya —dijo él finalmente, soltando el libro con cuidado—. Qué forma tan… peculiar de caminar por el pasillo.       Beatrice parpadeó, recuperando el libro y dando un paso atrás.       —¡Lo siento!       El joven arqueó una ceja.       —¿Lo sientes? —repitió con un tono ligeramente quejoso, miró su chaqueta con el símbolo de su propia casa—. No esperaba que alguien de Ravenhurst fuera tan torpe.       Beatrice frunció el ceño al instante, enderezándose con orgullo. Ese chico ya le caía mal.       —Torpe no es la palabra correcta, más bien sería observadora o contemplativa—replicó con calma firme—. Simplemente no esperaba que alguien con tanta… confianza en sí mismo decidiera ocupar todo el pasillo.       Durante un momento, el joven la observó en silencio. Y entonces sonrió. Apenas un gesto en la comisura de los labios, casi imperceptible… pero claramente intrigado.             —Interesante.       Antes de que pudiera añadir algo más, el joven que estaba a su lado intervino con rapidez.       —Tranquilos —dijo con tono ligero—. Creo que ninguno de los dos pretendía iniciar una guerra antes de la cena.       Se volvió hacia Beatrice con una sonrisa fácil.       —Tom Pottery. Encantado. Por lo que veo asistimos a la misma casa.       —Beatrice Saint-Clare —respondió ella asintiendo con la cabeza.       Tom señaló a su amigo.       —Y este caballero tan encantador es Edmund Hawthorne.       —No hacía falta presentación —murmuró Edmund.       Tom levantó una ceja, divertido.       —Oh, créeme… sí hacía falta.       Beatrice estaba a punto de responder cuando una voz conocida sonó a su espalda.       —¡Beatrice!       Isabelle apareció caminando con paso rápido por el pasillo. Su expresión se iluminó al verla, pero al acercarse y reconocer a los chicos su gesto cambió ligeramente.       —…oh. Hola, Edmund.       El saludo fue natural. Demasiado natural. Edmund también cambió apenas su postura.       —Hola, Izzy.       Fue algo pequeño, pero Beatrice lo notó enseguida: la familiaridad, la forma en que él la miraba, la manera en que Izzy parecía perfectamente cómoda a su lado. Tenían algo. Beatrice no sabía por qué, pero ese descubrimiento le produjo una ligera incomodidad.       Izzy se volvió hacia ella con una sonrisa.       —¿Todo bien?       —Perfectamente —respondió Beatrice.       Edmund habló entonces, dirigiéndose a ella con una inclinación de cabeza apenas burlona.       —Así que eres la nueva de Ravenhurst.       —Y tú el que ocupa los pasillos como si fueran suyos.       Tom soltó una risa.       —Esto se está poniendo interesante.       Izzy rodó los ojos con una sonrisa resignada y tomó suavemente a Beatrice del brazo.       —Ignóralos. Vamos, la cena empieza en unos minutos y quiero presentarte a algunos más.       Empezaron a caminar.       —Izzy.       La voz de Edmund las detuvo. Era más baja ahora. Más seria. Izzy giró la cabeza.       —¿Podemos hablar?       Por un instante, su expresión vaciló.       —Ahora no es buen momento…       Edmund dio un paso más hacia ellas.       —Izzy—       Pero ella negó ligeramente con la cabeza y siguió caminando, guiando a Beatrice por el pasillo. Durante un segundo, Beatrice sintió una mirada sobre ella. Instintivamente giró la cabeza. Edmund la estaba observando otra vez. Esta vez no parecía molesto. Parecía… curioso. Beatrice apartó la mirada primero y siguió caminando, aunque la sensación extraña no desapareció del todo. Cuando doblaron la esquina, Izzy empezó a hablar sobre el comedor y algunos estudiantes más, pero Beatrice apenas escuchaba. No podía quitarse de la cabeza esos ojos grises.       Detrás de ellas, Tom miró a Edmund con una sonrisa divertida.       —Bueno… eso ha sido interesante.       Edmund seguía mirando el pasillo vacío.       —La nueva de Ravenhurst —continuó Tom—. Carácter fuerte. Lengua afilada. Y claramente no impresionada por ti.       Edmund soltó un leve suspiro.       —No es asunto nuestro como sea la nueva.       Tom cruzó los brazos.       —Solo digo que normalmente la gente intenta impresionarte… no desafiarte en el primer minuto.       Edmund no respondió porque en el fondo sabía que tenía razón. Tom lo observó unos segundos más y luego sonrió de lado.       —Esto va a acabar fatal o muy bien.       Edmund frunció el ceño.       —Cállate, Tom.       Pero mientras caminaban hacia el comedor, un pensamiento incómodo se instaló en su mente: Beatrice Saint-Clare. No sabía por qué, pero el nombre se le había quedado grabado con demasiada facilidad.              El sol de la mañana se filtraba por los vitrales de Ravenhurst, iluminando los pasillos de la torre con destellos dorados. Beatrice se detuvo frente al espejo de su habitación, ajustando su uniforme: la falda plisada impecable, la blusa perfectamente planchada y los detalles en rojo profundo, distintivos de Ravenhurst, que decoraban la corbata y los bordes de la chaqueta. Sus mocasines brillaban y su cabello marrón recogido en una coleta rápida.       —Bien, Beatrice —susurró para sí misma—. Primer día.       Con su bolso colgado al hombro, salió de la habitación, decidida a llegar puntual a su primera clase. Sin embargo, los pasillos de Ashbourne Academy eran un laberinto para quienes aún no conocían bien la disposición de las torres y los caminos entre ellas. Beatrice giró a la izquierda, luego a la derecha, subió unas escaleras que no reconocía y, antes de darse cuenta, estaba completamente perdida.       Al mirar el reloj, sus ojos se abrieron con sorpresa: ya era tarde. Con un rápido ajuste de su uniforme, corrió hacia la sala de clases, tratando de no mostrar demasiado su apuro. Al entrar, el profesor la miró severamente y, sin ocultar su desaprobación, le indicó con un gesto que se acercara:       —Señorita Saint-Clare —dijo en voz alta, para que toda la clase escuchara—. Llegar tarde el primer día no es un buen comienzo. Por favor, tome asiento inmediatamente.       Beatrice respiró hondo y se inclinó ligeramente en una reverencia sutil, con una sonrisa educada:       —Mis disculpas, profesor. He tenido un pequeño contratiempo, pero prometo que no volverá a ocurrir.       La clase se asentó poco a poco tras la llegada tardía de Beatrice. El murmullo inicial fue apagándose hasta convertirse en un silencio expectante cuando el profesor se colocó frente al aula.       —Soy el profesor Cedric Montrose, algunos ya me conocéis del curso pasado —anunció—, encargado de Fundamentos de Encantamientos Teóricos. Espero que comprendan desde hoy que la magia no es indulgente con la improvisación ni con la falta de disciplina.       Beatrice tomó asiento con movimientos precisos, consciente aún de algunas miradas curiosas, aunque ninguna le resultó tan evidente como la de Edmund Hawthorne, a quien evitó mirar directamente.       El aula era amplia y antigua. En las paredes de piedra, grabados casi imperceptibles formaban símbolos arcaicos que parecían vibrar levemente bajo la luz que entraba por los ventanales. No era una sala común: allí, la magia se sentía contenida, observando. Isabelle se inclinó hacia Beatrice con discreción.       —No te preocupes —susurró—. Montrose es exigente, pero justo.       Beatrice asintió sin responder, concentrándose en las palabras del profesor.       —Un encantamiento no es una orden lanzada al aire —continuó Montrose mientras caminaba entre las filas—. Es una negociación con la energía que nos rodea. Señor Hawthorne.       Beatrice levantó la vista casi sin querer.       —Explique por qué un encantamiento ejecutado sin intención clara puede volverse peligroso.       Edmund respondió con calma, sin parecer sorprendido por ser llamado.       —Porque la magia amplifica la voluntad del ejecutante. Si la intención es confusa o contradictoria, el resultado lo será aún más. Y si intervienen emociones descontroladas, la magia no discrimina… reacciona.       El profesor asintió lentamente.       —Correcto. La magia no juzga, pero tampoco perdona.       Beatrice escuchó con atención. No le agradaba reconocerlo, pero Edmund sabía de lo que hablaba.       —Señorita Saint-Clare —dijo entonces Montrose.       Ella se incorporó de inmediato.       —Explique la diferencia entre un encantamiento estructurado y uno intuitivo.       —El estructurado sigue patrones probados y determinados —respondió Beatrice con voz firme—. Reduce el margen de error. El intuitivo depende de la percepción personal del ejecutante; puede ser más potente, pero también más inestable. Suele ser en momentos donde hay que reaccionar rápido.       El profesor la observó un instante más, pensaba que siendo nueva iba a dudar en la respuesta.       —Una respuesta precisa. Bien.       Beatrice bajó la mirada hacia sus apuntes. No necesitó mirar para saber que Edmund la observaba, esta vez con un interés más atento que crítico.       Al finalizar la clase, el aula se llenó de movimiento. Beatrice recogió sus cosas con calma, permitiendo que la mayoría saliera antes. En el pasillo, Isabelle se detuvo junto a ella.       —Vaya primer día —comentó con una sonrisa—. Llegar tarde y aun así impresionar a Montrose no es algo que se vea a menudo.       —No era mi intención impresionar a nadie —respondió Beatrice.       —Claro que no, pero lo has hecho —dijo Izzy, divertida.       Unos pasos más adelante, Tom Pottery estaba apoyado contra la pared, conversando con otros estudiantes. Al verlas, se separó del grupo.       —Así que sobreviviste al miedo de la primera clase       —Eso parece —respondió Beatrice.       —Montrose tiene fama de intimidar a los nuevos —añadió Tom—. Pero no a ti, por lo visto.       Beatrice encogió los hombros con elegancia contenida.       —Supongo que esperaba algo peor.       Tom sonrió.       —Si necesitas ayuda para orientarte, ya sabes —dijo—. Ashbourne puede ser un laberinto.       —Lo tendré en cuenta.       —Bueno, me voy —añadió él mirando su horario—. Nos vemos luego.       Tom se alejó, dejándolas solas. Izzy respiró hondo, como si se preparara para decir algo.       —Yo… voy a irme ahora —dijo—. Quedé con Edmund antes de la siguiente clase.       Beatrice asintió, sin cambiar su expresión.       —Nos vemos luego —respondió—. En Runas, supongo.       —Sí —dijo Izzy, aunque su tono fue menos ligero—. Luego hablamos.       Beatrice observó cómo Izzy se acercaba a Edmund, que la esperaba unos metros más allá. No intercambiaron palabras visibles desde allí, pero la cercanía entre ambos hablaba de una historia compartida.       Cuando desaparecieron por el pasillo, Beatrice sacó su reloj de bolsillo. La tapa plateada brilló suavemente al abrirse. Aún tenía tiempo antes de la clase de Runas. Guardó el reloj y, tras dudar un instante, giró sobre sus pasos.       —Alistair… —murmuró.       Sabía que encontrar al Luminúfugo no sería difícil si prestaba atención. No tardó en ver un leve destello junto a una vitrina. Allí estaba. Pequeño, de apenas treinta centímetros, con piel perlada que reflejaba la luz como nácar. Sus grandes ojos almendrados cambiaron de un azul pálido a un tono verdoso al verla, señal inequívoca de reconocimiento. Sus orejas, anchas y flexibles como hojas, se movieron con nerviosismo contenido.       —Señorita Saint-Clare —dijo con voz suave, cargada de una cortesía casi irónica—. Veo que ha sobrevivido a su primer contacto académico.       —Por poco, las clases en casa creo que me servirán de mucho—respondió Beatrice.       Alistair hizo un gesto leve, y un libro mal colocado en la vitrina se deslizó suavemente hasta su sitio, como si la luz misma lo empujara.       —Ashbourne observa antes de aceptar —añadió—. Pero usted observa también.       Beatrice caminó despacio por el pasillo menos transitado. Alistair avanzaba unos pasos por delante de ella, flotando más que caminando. Sus ojos almendrados habían adoptado un tono neutro, cauteloso.       —La señorita ha solicitado mi asistencia —dijo con formalidad medida—. ¿Puedo preguntar con qué propósito?       Beatrice mantuvo la espalda recta, las manos entrelazadas frente a ella.       —Solo necesito orientación —respondió—. Ashbourne es… extensa.       Alistair inclinó ligeramente la cabeza. Sus orejas se movieron con un instante de duda.       —Para eso existimos los Luminúfugos —replicó—. Aunque no todos solicitan ayuda con tanta… contención.       Beatrice no respondió de inmediato. Siguieron caminando en silencio unos segundos más, hasta que se detuvo frente a un ventanal que daba al bosque.       —¿De verdad haremos que no nos conocemos? —preguntó de pronto, sin mirarlo.       El brillo en los ojos de Alistair vaciló. Pasaron del tono neutro a un ámbar suave, luego a un gris indeciso. Permaneció inmóvil, como si la pregunta hubiera suspendido el aire a su alrededor.       —Señorita Beatrice… —dijo al fin, con voz más baja—. Hace muchos años que ya no trabajo en vuestra casa.       Ella giró despacio hacia él.       —Lo sé.       —Las circunstancias fueron… complejas —añadió—. Vuestros padres tenían expectativas muy claras. Y yo… otras obligaciones.       Beatrice dio un paso hacia él.       —El problema lo tuviste con mis padres —dijo con calma—. No conmigo.       Los ojos de Alistair cambiaron nuevamente, esta vez a un azul profundo, casi melancólico.       —Eso nunca estuvo en duda —respondió—. Vos siempre fuiste… distinta.       Ella respiró hondo.       —No te pido que seas lo que fuiste antes —continuó—. Solo ayúdame a adaptarme. Aquí nadie me conoce. Quiero que siga siendo así.       Alistair la observó largo rato. Su humor irónico parecía haberse disipado, dejando lugar a algo más cercano, más antiguo.       —Ashbourne no es amable con quienes esconden demasiado —dijo finalmente—. Pero tampoco con quienes se exponen sin cuidado.       Beatrice inclinó apenas la cabeza.       —Por eso te necesito.       Alistair suspiró, un gesto curioso en un ser que parecía hecho de luz más que de aire.       —Muy bien, señorita Beatrice —concedió—. Seré… discreto.       Una leve sonrisa apareció en sus labios diminutos.       —Aunque no prometo no observar todo.       Por primera vez desde que había llegado, Beatrice sonrió de verdad.       —Eso nunca lo dudé.       Alistair dio un pequeño giro en el aire, satisfecho.       —Entonces comencemos —dijo—. Antes de Runas, hay ciertas cosas que conviene saber… y pasillos que es mejor evitar.       Beatrice asintió, sintiendo que, al fin, no estaba completamente sola.       Esa noche, desde su habitación, Beatrice se asomó a la ventana. Su camisón blanco caía con suavidad sobre su cuerpo, y su cabello, suelto y brillante, se movía apenas con la brisa que entraba por los ventanales abiertos. El bosque se extendía como un manto oscuro bajo la luz plateada de la luna.       Beatrice apoyó las manos en el marco de la ventana, inhalando el aire fresco, dejando que el aroma a tierra húmeda y hojas la envolviera. Cerró los ojos un momento y recordó todo lo que había sucedido desde su llegada. Su primer choque con la severidad del profesor, su incipiente amistad con Isabelle, la tensión silenciosa con Edmund, y la curiosidad inmediata que el chico le había despertado.       Sus pensamientos se detuvieron en la clase de Runas de esa tarde. Recordó cómo Isabelle había llegado con los ojos ligeramente rojos, como si hubiera llorado, pero con la sonrisa habitual, fingiendo que nada había pasado. Beatrice había notado el esfuerzo de Izzy por aparentar normalidad y sintió un extraño nudo de curiosidad y preocupación. No podía evitar preguntarse qué había ocurrido, pero sabía que no tenía confianza suficiente con Izzy para hacerlo. Apenas se conocían, y su relación todavía era demasiado reciente como para indagar en secretos ajenos.       Suspiró suavemente y se apartó de la ventana. Caminó hasta la cama, apagó la luz con un gesto decidido y se recostó, mirando el techo por unos segundos. La quietud de la habitación le permitió escuchar los ecos lejanos de la Academia: risas apagadas, pasos de estudiantes que regresaban a sus habitaciones, el crujido de las maderas antiguas del edificio.       A pesar de la calma, un pensamiento la mantenía en vilo: la mirada de Edmund Hawthorne aquella tarde, intensa, observándola incluso cuando creía que nadie la veía. Había algo en él que la desafiaba, que le insinuaba secretos ocultos bajo la arrogancia, y que la dejaba con una extraña sensación de intriga y tensión contenida.       Beatrice cerró los ojos un instante, tratando de ordenar sus emociones. No sabía qué esperaba, ni por qué aquel joven le producía tanto desconcierto, pero una parte de ella no podía dejar de preguntarse qué ocurriría si se acercara más a él, si sus mundos chocaran más directamente.       Se acomodó bajo las cobijas, sintiendo la suavidad de la tela sobre su piel, y dejó que el silencio de la noche la envolviera. Aún así, antes de quedarse dormida, una pregunta persistente giraba en su mente, como un susurro que no quería desaparecer: ¿Qué hay realmente detrás de esos ojos grises?       Beatrice sabía, con una certeza silenciosa, que no tardaría en descubrirlo. Con un último suspiro, cerró los ojos, dejando que la oscuridad y la curiosidad la abrazaran al mismo tiempo, mientras la noche se extendía sobre Ashbourne.
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