Ashbourne Academy

Het
PG-13
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2
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planificada Midi, escritos 84 páginas, 37.737 palabras, 8 capítulos
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Capítulo 8: De Surrey a Belgravia

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      Capítulo 8: De Surrey a Belgravia              Cuando Beatrice llegó a su casa para pasar el invierno, todo seguía igual. Lo único que parecía haber cambiado era ella misma.       Su casa de Belgravia siempre le había gustado a pesar de ser un poco fría. Su habitación y la biblioteca eran los lugares más concurridos por ella, ahí fue donde le encontró el mayordomo dos días después de haber llegado a casa.       —Señorita Saint-Clare.       El mayordomo inclinó la cabeza con la misma exactitud de siempre. Beatrice respondió con un gesto leve y una sonrisa para indicarle que podía continuar.       —Su madre le recuerda que hoy, por la tarde, debe ir a la modista para que le tome las medidas necesarias. Dice que últimamente la ve más delgada y necesita un traje nuevo para la fiesta de fin de año.       Beatrice suspiró. Había olvidado la fiesta de fin de año.       —De acuerdo, Bert. No te preocupes, estaré lista para cuando quiera salir mi madre.       El mayordomo salió de la habitación inclinando de nuevo la cabeza. Beatrice, de nuevo sola en la biblioteca, se acercó a la ventana. Llovía… de nuevo. Sin poder evitarlo pensó en Edmund. ¿Cómo sería la vida en Surrey? Él le había contado alguna cosa, pero le era difícil de saber. Pronto, se descubrió a sí misma imaginando una vida distinta, lejos de Belgravia y de la sociedad.       —No… Beatrice—se dijo a sí misma mientras dejaba el libro sobre una mesa —Es mejor no vivir fuera de la realidad. Solo te hará perder el control.       Sin más, salió de la biblioteca para dirigirse a su habitación y prepararse para la salida de la tarde.              Mientras, Hawthorne Manor se situaba en una de las colinas de Surrey, grande y silenciosa, con sus muros de piedra gris cubiertos de enredaderas y los jardines que descendían hacia el valle. Para Edmund, era un hogar cargado de recuerdos. Desde la muerte de sus padres y de su hermano, hacía dos años, había adquirido un tono más callado, hablando poco y concentrándose en mantener en orden la vida que ahora le tocaba llevar.       Ese invierno, Edmund había regresado de la academia con Tom, como todos los años desde que empezó su educación. La llegada de los jóvenes llenó la casa de una alegría contenida: los sirvientes, que habían cuidado de la mansión durante su ausencia, se movían felices de ver de nuevo los rostros que conocían desde niños. La Señora Whitmore, la ama de llaves, le tendió un abrigo limpio, mientras el Señor Fielding, el cocinero, no podía contener un “¡Vaya, cuánto tiempo sin verte, joven señor!” antes de guiarlo hacia la mesa del desayuno, rebosante de platos calientes.       Edmund, aunque contento por la compañía y la calidez de los sirvientes, mantenía esa serenidad propia de alguien que había aprendido a medir sus emociones.       Unos días después de su llegada, Edmund estaba de pie junto a la chimenea, con una carta abierta en la mano. Tom, sentado en el brazo del sofá, lo observaba con esa media sonrisa que siempre aparecía cuando algo le interesaba de verdad.       —Sigues con lo mismo —dijo Tom—. Política, cartas, informes… ¿no te cansas?       Edmund dejó el papel sobre la mesa.        —Alguien tiene que hacerlo. Los Hawthorne no pueden permitirse parecer… indecisos.       —O anticuados —añadió Tom, alzando una ceja.       Edmund lo miró de reojo.       —Leales. Prefiero esa palabra.       Tom soltó una pequeña risa, pero no insistió. Sabía cuándo no valía la pena empujar demasiado… al menos en ese terreno.       —Vale, señor lealtad —dijo, cambiando el tono—. Hablemos de algo más interesante. Izzy.       Edmund se encogió ligeramente de hombros.       —Terminó bien. Sin problemas. Era lo mejor.       —¿Y ya está? —preguntó Tom, inclinándose hacia delante—. ¿Ni un poco de nostalgia?       —No —respondió Edmund, con calma—. Fue importante, pero no era… eso.       Tom lo estudió unos segundos, como si confirmara algo que ya sospechaba. Luego sonrió, más despacio.       —Claro. Porque “eso” tiene otro nombre.       Edmund no respondió de inmediato.       —No empieces —murmuró finalmente       —Beatrice —dijo Tom, sin ninguna intención de suavizarlo       El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí revelador. Edmund volvió a mirar el fuego.       —La verás en el concierto y luego, si decides ir este año, la reunión de fin de año—continuó Tom—. Toda la gente importante estará allí… incluida ella. Según mis fuentes desde el año pasado su padres le permiten asistir, una pena que no hayamos estado ninguno de los dos.       Edmund asintió, apenas.       —También es una pena que tú sigues en esa línea tan tuya —añadió Tom—. Orgullo por aquí, orgullo por allá… como si ninguno quisiera dar el primer paso.       —No es tan simple, sabes que su familia es más liberal.       —Claro que lo es —replicó Tom, con una sonrisa ladeada—. Te gusta. A ella le importas. Pero ninguno quiere parecer el que cede.       Edmund exhaló despacio.       —Quizá.       Tom lo señaló con el dedo, divertido.       —Ahí está. Ese “quizá” es lo más sincero que te he oído decir en días.       Edmund no pudo evitar una leve sonrisa.       —Estaba pensando… —empezó, con tono más bajo— en escribirle.       Tom dejó escapar una carcajada suave.       —No me lo puedo creer. Edmund Hawthorne escribiendo cartas como en una novela. Esto mejora por momentos.       —No tiene nada de gracioso.       —No, no —dijo Tom, aún sonriendo—. Es perfecto. Dramático, contenido… muy tú.       Edmund negó con la cabeza, pero no discutió.       —Solo será una carta —añadió—. Nada más. Para ver lo del concierto.       —Claro —respondió Tom—. Una carta. Y luego un concierto. Y luego… quién sabe.       Edmund no contestó.       Esa noche, Hawthorne Manor estaba en silencio. En su habitación, Edmund permanecía sentado ante el escritorio. Una lámpara iluminaba el papel en blanco frente a él. Durante varios minutos, no escribió nada.       Apoyó la pluma, la levantó, volvió a dejarla. No era una cuestión de palabras, sino de todo lo que había detrás de ellas. Finalmente, tomó aire y empezó:       "Señorita Saint-Clare,"       Se detuvo. Observó la tinta fresca sobre el papel. No sonaba suficiente pero tampoco incorrecto. Continuó, despacio, midiendo cada frase, como si cada una tuviera peso propio. No era una carta formal, ni completamente personal. Era algo intermedio, algo que no rompía del todo la distancia… pero tampoco la mantenía intacta.       Cuando terminó, dejó la pluma a un lado. No releería la carta esa noche. La dobló con cuidado y la guardó en el cajón del escritorio. Mañana decidiría si enviarla. O si era mejor dejar que todo siguiera como hasta ahora.       Por primera vez en mucho tiempo, Edmund no pensó en el pasado, ni en sus obligaciones, ni en la casa. Solo en ella.              En Belgravia, en la casa de los Saint Claire, Beatrice estaba sentada en uno de los bancos de hierro, con un libro abierto sobre el regazo. Lo sostenía con elegancia. Era el libro que Edmund le había recomendado antes de las vacaciones. No había avanzado mucho porque sus ojos se detenían más en el recuerdo de la conversación que en el texto.       —Señorita Beatrice —la voz baja de su doncella la sacó de ese estado.       Beatrice no levantó la vista de inmediato.       —¿Sí?       La doncella se acercaba, pero no llevaba nada visible en las manos. Solo cuando estuvo lo suficientemente cerca, y tras una breve mirada alrededor, deslizó discretamente un sobre desde entre los pliegues de su delantal. Un gesto rápido. Ensayado.       Beatrice alzó la vista entonces. Y lo vio: El sello de Surrey. Reconoció al instante por la caligrafía: precisa, sobria, sin adornos innecesarios. El leve cambio en su expresión fue casi imperceptible.       —Gracias —murmuró mientras cogía la carta.       Pero en ese mismo instante, el sonido de pasos sobre la hierba cortó el aire con claridad. La doncella reaccionó primero. Dio un pequeño paso atrás, colocándose en su posición habitual, como si nada hubiera ocurrido. Beatrice no dudó: la carta desapareció entre las hojas de su libro.       —Beatrice.       —Madre.       Su madre se acercó despacio, observando primero el libro en su regazo antes de mirarla a ella.       —No esperaba encontrarte aquí… y menos con un libro —dijo, con un matiz difícil de ignorar.       Beatrice sostuvo su mirada.       —Me lo recomendaron.       —¿Ah, sí? —respondió su madre, con suavidad—. Curioso. No es el tipo de lectura que sueles elegir por tu cuenta.       El silencio se tensó apenas.       —Quizá estoy ampliando mis intereses —replicó Beatrice, sin apartar la vista.       Su madre la observó un segundo más de lo necesario. Luego, muy despacio:       —Eso espero.       Sus ojos descendieron apenas, como si evaluaran algo más: un gesto, una postura, un detalle fuera de lugar. Pero Beatrice no se movió.       —Hace frío —dijo finalmente su madre—. No es propio quedarse tanto tiempo fuera sin motivo.       —No lo haré —respondió Beatrice.       Otra pausa. Más breve esta vez.       —Confío en ello. Por cierto, hoy recogerán tu vestido. Has elegido un color apropiado.       Y con eso, su madre continuó su paseo. Beatrice esperó. Sus dedos encontraron el sobre oculto. Lo sacó con cuidado y volvió a mirar el sello de Surrey. También ese nombre que no necesitaba leer. La sostuvo unos segundos antes de abrirla. Edmund Hawthorne Surrey 9 de diciembre Señorita Saint-Clare, Espero que el viaje de regreso haya sido tranquilo. Tom y yo tardamos todavía un día en partir. Todo quedó extrañamente silencioso tras la partida general; supongo que no era consciente de cuánto ruido llenaban los pasillos de la Academia hasta que dejó de haberlo. He llegado bien a Surrey hace unos días. La casa estaba tal como la dejé: en orden, intacta, excesivamente quieta. El personal se alegra siempre más de lo que demuestra al verme regresar, lo cual sigue sorprendiéndome. Quería confirmar también que las entradas para la ópera están aseguradas. No ha habido ningún contratiempo. Me alojaré en Londres la noche del concierto; te escribiré al llegar, como prometí. Espero que el inicio del invierno te trate con más amabilidad que el final del trimestre. Con estima, Edmund Hawthorne       Beatrice leyó la carta dos veces más esa noche mientras estaba ya en su habitación. No porque fuera difícil, sino porque cada frase parecía cuidadosamente colocada, como si Edmund hubiera escrito y borrado más de lo que permitía ver. Respondió esa misma noche.        Beatrice Saint-Clare Belgravia 9 de diciembre Señor Hawthorne, El viaje fue tranquilo. Mis padres consideran que el invierno en la ciudad “endurece el carácter”, así que no hubo opción de retrasarlo. Supongo que lo agradezco más de lo que admitiría en voz alta. Me alegra saber que has llegado bien a Surrey. Siempre imaginé ese lugar silencioso, aunque no sé por qué; quizá por cómo hablas de él, como si el tiempo allí avanzara de otro modo. Gracias por confirmarme lo del concierto. No te imaginas cuánto espero. La Sonata Claro de Luna ha sido una constante estos días, aunque intento no escucharla demasiado, por si acaso arruina la experiencia. Te deseo una estancia tranquila. Atentamente, Beatrice Saint-Clare       Durante los primeros días, las cartas mantuvieron ese tono: respetuoso, correcto, casi académico. Edmund escribía por las mañanas; Beatrice, por las noches.       Él hablaba del clima en Surrey: niebla persistente, escarcha temprana, caminatas breves por los jardines. Ella respondía con referencias veladas a cenas formales, visitas inevitables, tardes largas en salones donde nadie preguntaba nada que no supiera ya la respuesta. Poco a poco, sin embargo, algo empezó a deslizarse entre líneas.       La doncella de Beatrice lo notó. No en grandes gestos, ni en palabras dichas en voz alta. Sino en detalles pequeños. Y, sobre todo, en cómo escribía. Siempre por la noche. A solas y sin que sus padres supieran.       Ella nunca preguntó. Nunca insinuó nada. Pero cuando recogía las cartas selladas, listas para salir antes de que el resto de la casa despertara, no podía evitar notar que algo en su señorita había cambiado. No era una transformación evidente. Era más bien… una grieta en la perfección.              En Hawthorne Manor, el cambio era menos silencioso.       —Si sigues así, van a pensar que estás llevando media correspondencia del reino tú solo —comentó Tom una mañana, apoyado en el marco de la puerta del estudio.       Edmund no levantó la vista de la carta que estaba terminando.       —Son asuntos de la casa.       —Claro —respondió Tom, cruzándose de brazos—. ¿Y todos esos “asuntos” requieren el mismo tipo de papel, la misma letra cuidada y ese aire de tragedia contenida?       Edmund dejó la pluma, solo un instante.       —No empieces.       Tom sonrió, satisfecho.       —No digo nada. Solo observo. Es fascinante verte escribir tantas cartas… con tanto cuidado.       —Es educación —replicó Edmund.       —Ah, por supuesto. Educación —repitió Tom, sin creérselo en absoluto, pero no insistió más. No hacía falta.        Edmund Surrey 13 de diciembre Beatrice, Hoy encontré un libro en la biblioteca que no recordaba haber leído. Lo abrí convencido de que no me sorprendería… y estaba equivocado. No diré el título todavía. Prefiero comprobar si también lo conoces. He pensado en lo que dijiste aquella vez después de la clase de literatura: leer para descubrir que no eres quien pensabas al empezar. No estoy seguro de que sea una virtud, pero reconozco que explica por qué algunas historias me incomodan más que otras. La casa sigue silenciosa, aunque Tom intenta llenarla de risas. He encendido la música por las tardes. No Beethoven, curiosamente. Algo más ligero. Tal vez el invierno lo exige. E.       Beatrice sonrió al leerlo. No era una sonrisa amplia, sino una que apenas curvaba los labios, como si el gesto tuviera miedo de ocupar demasiado espacio. Respondió sin pensarlo demasiado esa noche.        Beatrice Belgravia 13 de diciembre Si te incomodó el libro, probablemente valga la pena terminarlo. A lo mejor descubre alguna parte de ti que todavía está oculta. Por mi parte, he redescubierto uno que leí hace años, aunque no sé si cuenta como relectura o como lectura nueva: soy otra persona. El libro no. Pensaba que no cambiaría nada, pero no es cierto. Creo que tu tesis no se cumple conmigo. En casa no escuchan música. Dicen que distrae. Me intriga saber qué has estado escuchando. B.              Fue la primera vez que firmó solo con una inicial. Edmund lo notó. Las cartas empezaron a llegar con mayor frecuencia. A veces no eran cartas, sino breves notas, casi mensajes.        Edmund Surrey 16 de diciembre La nieve ha empezado hoy. No cubre del todo el jardín, pero silencia el suelo.He pensado en ti, inevitablemente. Espero que no se te ocurra la misma idea que en la academia. E. Beatrice Belgravia 16 de diciembre Aquí no nieva. Solo llueve.Supongo que incluso el invierno tiene preferencias. No te preocupes, me mantengo dentro de casa. B.       Las referencias al concierto comenzaron a aparecer sin anunciarse, como si ambos lo esperarán con ansia.        Edmund Surrey 18 de diciembre He recibido el programa preliminar. Incluyen una pieza previa que no esperaba. Creo que te gustará. Beatrice Belgravia 18 de diciembre No me digas cuál es. Prefiero descubrirlo allí. Me he comprado unos guantes nuevos. Ridículo, quizá, pero necesario. Dicen que a un concierto hay que ir con guantes elegantes. ¿Me dejo llevar por la aristocracia?              A medida que avanzaban los días, el contenido cambiaba. Edmund empezó a escribir sobre pequeñas rutinas: el té de la tarde, los paseos breves antes del anochecer, una conversación ocasional con el mayordomo que llevaba años en la casa y parecía saber cuándo hablar y cuándo no.       Beatrice, por su parte, dejó entrever más de su mundo: una discusión contenida durante una cena, la forma en que su madre corregía su postura incluso sentada, la biblioteca privada donde se refugiaba por las tardes. Nunca se quejaba directamente pero Edmund lo entendía.        Edmund Surrey 21 de diciembre Tom ha vuelto a casa. Hay algo curioso en pasar tanto tiempo solo: uno empieza a notar cuándo el silencio es descanso y cuándo es evasión. No siempre acierto a distinguirlo. ¿Crees que evadirse es bueno? Hay todavía cosas que no quiero pensar.        Beatrice Belgravia 21 de diciembre Supongo que el silencio se parece mucho a la calma… hasta que deja de serlo porque los pensamientos atormentan. No me parece algo malo evadirse, siempre y cuando no te impida vivir. Por mi parte debo constantemente evitar caer en realidades imaginarias…       La víspera de Navidad, Edmund escribió una carta más larga de lo habitual. Edmund Surrey 24 de diciembre Querida Beatrice, Estamos en vísperas de Navidad. Esta noche habrá una cena aquí, es una tradición más que celebración. He decidido quedarme solo después, no me apetece alargar las formalidades. Antes, cuando vivían mis padres y mi hermano, era una noche especial. Salíamos a ver las estrellas después de la fiesta. Llevo varios años en que no retomo esta costumbre, me pesa mucho la soledad. Pensé que tal vez tú…si estuvieras aquí…No, eso no es importante, siento no saber expresarme del todo. Solo quería desearte una noche llevadera. E.       Beatrice leyó la carta sentada frente a la ventana, observando cómo las luces de Londres se reflejaban en el cristal. Respondió con una honestidad que la sorprendió a ella misma.        Beatrice Belgravia 24 de diciembre Edmund, Gracias. Te he entendido perfectamente. Al leer tu carta he pensado lo mismo, me encantaría. Esta casa se llena de gente esta noche, pero no de conversación. Me quedaré despierta leyendo, como siempre. Espero que Surrey sea amable contigo esta noche. No dejes de ver las estrellas, es una tradición preciosa. Seguro que en unos años encontrarás alguien que te acompañe. B.       Después de Navidad, el tono cambió definitivamente. No hubo un momento concreto; fue más bien una aceptación mutua de que ya no necesitaban fingir distancia. Las cartas se volvieron más personales, más cálidas.        Edmund Surrey 28 de diciembre Beatrice, He terminado el libro del que te hablé. Tenías razón: incomoda por motivos distintos a los que esperaba. Sir Alaric no me resulta admirable, más sí interesante. Lady Clarissa sí, es admirable en cualquier ámbito. Personalmente, encuentro que Clarissa me recuerda a quienes poseen claridad incluso en la adversidad, mientras que Alaric… bueno, Alaric sigue siendo un espejo de mis propias limitaciones. Supongo que eso dice algo de mí. E.              Beatrice tardó más en responder esa vez. Había descifrado el libro al que hacía referencia Edmund. Sombras de un legado de Lord Ainsley Thornbridge.       La historia sigue a Sir Alaric, un joven heredero de un antiguo linaje que debe asumir responsabilidades familiares que no desea, mientras lucha por comprender sus propias emociones frente a los demás. Se encuentra atrapado entre el deber y la libertad personal. En contraste, Lady Clarissa, una amiga cercana, decide enfrentar la vida con valentía, tomando decisiones audaces y desafiando las expectativas que la sociedad impone sobre ella. La obra explora el honor, la independencia, la amistad y la tensión entre lo esperado y lo deseado.        Beatrice Belgravia 28 de diciembre Edmund, Creo que logro adivinar el libro al que te refieres. ¿Sombras de un legado? Lady Clarissa entiende algo que los demás ignoran: que a veces amar no es reclamar, sino proteger. Me alegra que lo hayas leído. Quedan dos días para el concierto, ¿vendrás ya a Londres? B.        Edmund Surrey 29 de diciembre He reservado el hotel cerca del teatro. Salgo en una hora hacia Londres. Aprovecho también mi estancia para asuntos oficiales. Tom me acompañará. Mañana nos veremos. Estoy deseando que no haya más cartas entre nosotros. E.       Beatrice guardó la carta junto a las demás. Por primera vez en mucho tiempo, el invierno no le pareció una estación vacía. Las calles nevadas, los cafés iluminados y los reflejos de las farolas ya no eran solo la rutina diaria: eran el lugar de un encuentro que ambos aguardaban con discreta intensidad.       El concierto ya no era simplemente un evento marcado en el calendario. Era un punto de encuentro, un antes y un después que ambos intuían, aunque ninguno se atreviera a ponerlo en palabras.       Mientras se acercaba a su armario para elegir su atuendo, Beatrice comprendió que aquellas cartas habían sido más que correspondencia. Habían sido la forma en que aprendieron a compartir espacio y tiempo, incluso a distancia, y la preparación silenciosa para algo que, en cuanto se vieran, cambiaría su relación para siempre.
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