Capítulo 7: Las sombras de Valenmere
26 de diciembre de 2025, 6:47
Capítulo 7: Las sombras de Valenmere
Los días siguientes no trajeron grandes cambios visibles. No hubo anuncios, ni miradas sostenidas, sin embargo, Beatrice cumplió lo que había dicho. No huyó.
Después de comentarlo con Izzy y Anne, se incorporó a algunas de las clases grupales. Encantamientos Aplicados, Historia Mágica Avanzada, Runas teóricas y prácticas. El resto lo mantuvo con el tutor individual. Era un equilibrio extraño: aparecer lo justo para no desaparecer del todo.
Y con ello, algo empezó a reorganizarse alrededor. El comedor volvió a ser un punto de encuentro más frecuente. Tom solía llegar primero, arrastrando una silla con ruido innecesario. Anne aparecía con algún libro bajo el brazo, aunque rara vez lo abría. Izzy se sentaba donde hubiera hueco, cruzando comentarios ligeros, observando. Beatrice ocupaba los extremos. Edmund, casi siempre, quedaba frente a ella. No era una decisión consciente. Simplemente sucedía.
En clase, coincidían más de lo necesario. Edmund intervenía con precisión, con respuestas medidas, pero cada tanto giraba la cabeza lo justo para comprobar si Beatrice estaba siguiendo el hilo, si tomaba notas, si fruncía el ceño cuando algo no encajaba.
Ella también lo observaba. No con insistencia. Con atención. Descubrió que Edmund subrayaba los libros de una forma casi obsesiva. Que doblaba ligeramente la esquina superior de las páginas importantes. Que escuchaba más de lo que hablaba cuando estaba en grupo, y que su ironía era una capa, no el fondo.
—¿Qué estás leyendo ahora? —preguntó Tom una tarde, señalando el volumen que Beatrice tenía abierto incluso mientras comía.
Ella levantó la vista.
—Ensayos sobre estética musical del siglo XIX.
Tom hizo una mueca exagerada.
—Claro. Lo normal para acompañar un estofado.
Edmund alzó una ceja.
—Tiene sentido —intervino—. El Romanticismo entendía el arte como una extensión de la emoción. Comer también lo es.
Beatrice sonrió, sorprendida.
—Eso mismo dice el autor —respondió—. Que la experiencia sensorial no se compartimenta. ¿Te lo has leído?
Izzy los miró a ambos, divertida.
—¿Os dais cuenta de que habláis como si esto fuera completamente normal?
—Lo es —replicó Edmund—. Solo que no suele decirse en voz alta.
Anne observó la escena en silencio, con esa atención tranquila que tenía cuando algo encajaba delante de ella.
—Me alegra verla así —le confesó Izzy a Anne una tarde, mientras Beatrice discutía con Edmund sobre una traducción antigua—. Más presente. Menos… tensa.
Anne asintió.
—Se nota.
Izzy observó un momento más. Beatrice gesticulaba apenas al hablar. Edmund la escuchaba sin interrumpir, algo poco habitual en él. Cuando lo hacía, no era para corregirla, sino para añadir una capa más a la idea.
—Y Edmund también —añadió Izzy, más despacio—. Está distinto con ella.
Anne la miró de reojo.
—¿Eso te molesta?
Izzy tardó en responder. Le vino a la mente otro chico.
—No —dijo al final—. Me alegra. De verdad.
Y lo decía en serio. Pero había algo. No era Beatrice. No era Edmund hablando de música o compartiendo silencios cómodos. Era la sensación, casi imperceptible, de que aquello que Izzy había sostenido durante años —con cuidado, con esfuerzo, con miedo— empezaba a moverse sin que ella lo empujara.
Una noche, mientras el grupo estudiaba en una de las salas comunes, Beatrice mencionó de pasada una pieza musical.
—La escuchaba cuando quería ordenar la habitación
—¿Cuál? —preguntó Edmund.
—Debussy. Clair de Lune.
Edmund sonrió apenas.
—Mi madre prefería Beethoven —comentó—. La Sonata Claro de Luna.
Beatrice levantó la vista, él decía esa información sabiendo que ella ya lo sabía. Decidió seguirle el juego.
—¿En serio?
—Sí.
—Tiene sentido —dijo ella—. Es más contenida. Más… estructurada.
—Como tú —añadió él, sin pensarlo demasiado.
Beatrice arqueó una ceja, divertida.
—Eso no sé si es un cumplido.
—Lo es —respondió Edmund con tranquilidad.
Izzy observaba la escena desde el otro lado de la mesa. No había nada impropio. Nada que pudiera señalarse. Solo una conversación fluida, limpia, dos amigos donde las ideas se encadenaban con naturalidad. Se levantó, recogiendo su taza vacía.
—Voy a por más té.
Edmund alzó la vista casi de inmediato.
—Voy contigo.
Fue automático. Un gesto aprendido, repetido durante años sin necesidad de pensarlo. Izzy negó suavemente con la cabeza antes siquiera de levantarse del todo.
—No hace falta —dijo—. Puedo ir sola.
No hubo aspereza en su voz. Tampoco distancia. Solo una certeza tranquila. Edmund se quedó a medio movimiento.
—¿Seguro? —preguntó, más por costumbre que por necesidad.
Izzy sonrió, breve, sincera.
—Sí. Ahora vuelvo.
Y se alejó hacia la mesa lateral, donde la tetera humeaba, sin mirar atrás. Edmund permaneció de pie un segundo más de lo necesario. Luego volvió a sentarse despacio.
No sintió rechazo. Sintió algo distinto. Durante mucho tiempo, había sido él quien acompañaba, quien sostenía, quien vigilaba las grietas por miedo a que volvieran a abrirse. Había confundido cuidado con presencia constante. Responsabilidad con permanencia.
Y ahora, sin palabras, Izzy acababa de decirle algo importante: Ya no lo necesitaba para estar bien.
La revelación no dolió. Le alivió. Edmund soltó el aire que no se había dado cuenta de que llevaba reteniendo desde hacía años. Apoyó los codos en la mesa, más relajado, menos rígido. Supo que pronto vendría una conversación.
Anne lo miró de reojo, notando el cambio.
—¿Todo bien? —preguntó.
Él asintió.
—Sí —respondió—. Mejor de lo que creía.
Desde la distancia, Izzy servía el té con movimientos tranquilos, charlando con Tom. Reía. No una risa nerviosa ni defensiva. Una risa sencilla.
Edmund la observó un instante más. Luego volvió la atención al libro abierto entre él y Beatrice. Y por primera vez en mucho tiempo, entendió que algunas historias no se terminaban por falta de amor… sino porque ya no hacían falta para sobrevivir. Y eso, lejos de romperlo, lo dejaba libre.
Una semana después, Beatrice salió de la biblioteca lateral con la mochila colgada de un solo hombro. El pasillo estaba casi vacío a esa hora; las antorchas mágicas emitían una luz suave, más tenue de lo habitual, como si la Academia también se estuviera preparando para dormir.
Ajustó la correa de la mochila y echó a andar, repasando mentalmente lo que aún tenía que avanzar al día siguiente. No estaba distraída. Al contrario. Estaba demasiado presente en cada paso.
Al doblar el corredor que conectaba con el claustro interior, se detuvo en seco. No por un ruido. Por una imagen.
A unos metros, semiocultos tras una columna de piedra, Izzy y Marcus estaban muy cerca. Demasiado cerca para que hubiera dudas. Marcus tenía una mano apoyada en la pared, a la altura del hombro de Izzy. Ella reía en voz baja, inclinada hacia él, con esa expresión abierta que Beatrice había empezado a notar últimamente.
Luego, sin prisas, sin torpeza, Izzy se acercó un poco más. Y lo besó. No fue un beso apresurado. Tampoco oculto. Fue sencillo. Natural. Como algo que llevaba tiempo queriendo suceder.
El corazón de Beatrice dio un vuelco. Retrocedió un paso de inmediato, instintivamente, pegándose al muro frío. Contuvo la respiración. No quería que la vieran. No quería interrumpir. No quería… estar allí.
Se llevó una mano al pecho, como si necesitara asegurarse de que seguía respirando. Edmund. El nombre apareció en su mente sin que pudiera evitarlo.
Pensó en su mirada atenta. En la tregua silenciosa. En la mano extendida. En la palabra amigos, dicha con más peso de lo que parecía. Pensó en Izzy, en lo que había sido para él. En todo lo que aún no estaba dicho.
El beso terminó. Izzy apoyó la frente en el pecho de Marcus durante un segundo. Luego se separaron, hablando en voz baja, sin saber que alguien los había visto.
Beatrice esperó. Contó mentalmente los segundos.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuando estuvo segura de que se habían marchado en dirección contraria, se permitió salir de su escondite. El pasillo le pareció más largo. Más frío. Ajustó de nuevo la mochila sobre su hombro. Sus dedos temblaban apenas.
—No es asunto mío —murmuró para sí.
Y, sin embargo, lo era. O al menos, lo sería. Pero no ahora. No todavía. Caminó despacio hacia su torre, con el eco del beso aún grabado en la mente y una decisión frágil formándose en su interior: Por ahora, no diría nada.
Porque algunas verdades, incluso cuando son evidentes, necesitan el momento exacto para ser dichas. Y Beatrice sabía —con una claridad incómoda— que ese momento aún no había llegado.
Edmund lo notó antes de que Beatrice se diera cuenta de que lo estaba mostrando. No fue un gesto concreto. Ni una frase fuera de lugar. Fue algo más sutil: la forma en que Beatrice tensaba los hombros cuando Izzy se acercaba demasiado a él, cómo bajaba la voz cuando Edmund y ella compartían una broma, o ese modo nuevo de evitar su mirada justo después.
—¿Todo bien? —le preguntó una tarde, mientras salían del aula de teoría avanzada.
Beatrice tardó medio segundo más de lo normal en responder.
—Sí. Claro —dijo, demasiado rápido—. Solo… estoy un poco cansada.
Edmund frunció ligeramente el ceño. No insistió. Pero la observó mientras se despedía, notando cómo ajustaba la mochila con más fuerza de la necesaria, cómo parecía querer irse antes de que Izzy volviera a acercarse. Él conocía bien ese tipo de nervios. No dijo nada. Aún.
Beatrice no aguantó mucho más. Esa misma noche, encontró a Anne en la sala de lectura menor, una de las pocas que aún conservaba el calor de una chimenea antigua. Anne estaba sentada en el suelo, apoyada contra una estantería, revisando notas.
—Anne… —dijo Beatrice, quedándose de pie—. ¿Puedo sentarme?
Anne alzó la vista y asintió sin hacer preguntas.
Beatrice se dejó caer a su lado. Permanecieron en silencio unos segundos. Luego, sin rodeos:
—Vi a Izzy besándose con Marcus.
Anne cerró el libro despacio. No parecía sorprendida. Suspira.
—Ya —dijo—. Me alegra.
Beatrice giró la cabeza hacia ella, desconcertada.
—¿Te… alegras?
Anne apoyó la nuca contra la estantería.
—Sí. De verdad.
Beatrice frunció el ceño.
—Pero Izzy y Edmund…
—Eso no es lo que parece desde fuera —interrumpió Anne con suavidad—. Nunca lo ha sido.
Guardó silencio un instante, como midiendo cuánto decir.
—Cuando murieron los padres de Edmund —continuó—, Izzy fue su ancla. Se conocieron un año antes de que ocurriera esa tragedia. Fue una relación muy intensa. Demasiado para dos personas tan jóvenes. Cuando Edmund la dejó, ella se rompió. De verdad. Recaída. Depresión. Él se sintió culpable… y volvió.
Beatrice escuchaba sin respirar.
—Desde entonces —añadió Anne—, Edmund nunca se ha ido del todo. Y Izzy… nunca se permitió soltarlo del todo. Pero eso no es amor. Es un miedo compartido. Además, ambos miran a otro lado.
Beatrice bajó la mirada.
—Entonces… ¿estás diciendo que…?
—Que Izzy necesitaba soltarse —respondió Anne—. Y que Marcus no es un reemplazo. Es otra cosa. Algo más ligero. Más sano.
Beatrice tragó saliva.
—¿Crees que debería decirle que lo vi?
Anne dudó.
—No lo sé —admitió—. Izzy necesita sentir que esto es una decisión suya. No una consecuencia de que alguien la haya descubierto.
Beatrice asintió lentamente.
—Vale.
No parecía convencida. Pero aceptó la respuesta.
Al día siguiente, en clase práctica, el murmullo llenaba el aula mientras el profesor repartía las parejas de trabajo.
—Este informe será extenso —anunció—. Dos semanas. Evaluación conjunta.
Beatrice sintió el estómago encogerse cuando escuchó los nombres.
—Isabelle Harrington con Edmund Hawthorne.
—Robert Lambert con Lisa Stuart
—Beatrice Saint-Clare con Marcus Torein.
Izzy alzó la vista hacia Edmund, pero no fue una mirada de ilusión. Beatrice sintió cómo el pulso le golpeaba en los oídos. Anne, desde la fila de atrás, la miró con atención. Recuerda lo que te dije, parecía decirle sin palabras. Beatrice respiró hondo. Antes de que pudiera arrepentirse, se levantó.
—Profesor —dijo, con voz firme—. ¿Sería posible un cambio de equipos?
El aula quedó en silencio.
—¿Algún problema? —preguntó el profesor.
Beatrice miró a Izzy. Luego a Edmund. Luego volvió a Izzy. Sabía que se iba a exponer demasiado. Todos sabían que Izzy y Edmund eran pareja, ¿pensarían que ella intentaba ponerse en medio? Tendría que arriesgarse.
—Creo que… —tragó saliva—. Creo que trabajando con Edmund Hawthorne puedo asegurar la calificación que necesito para mi expediente.
No era mentira. Pero no era toda la verdad. Izzy la observó con atención, sorprendida. Luego miró a Marcus. Algo en su expresión se suavizó.
—A mí no me importa cambiar —dijo Izzy al fin—. Si a Edmund le parece bien.
Edmund encogió los hombros, indiferente.
—Me da igual.
El profesor asintió.
—De acuerdo. Cambien.
Las sillas se movieron. Papeles. Murmullos.
Izzy se sentó junto a Marcus. Beatrice ocupó el lugar junto a Edmund. Anne, desde la distancia, levantó la vista de sus notas y le dedicó una sonrisa breve. Un asentimiento cómplice.
Beatrice devolvió la mirada, todavía con el corazón acelerado. No sabía si estaba haciendo lo correcto. Pero por primera vez desde la noche anterior, el nudo en su pecho se aflojó apenas un poco. Y eso, decidió, era suficiente… por ahora.
Horas más tarde, en una sala de estudio individual, la mesa estaba cubierta de pergaminos, libros abiertos y anotaciones dispersas. Beatrice llevaba más de una hora escribiendo sin levantar apenas la cabeza. Edmund, frente a ella, revisaba un tratado antiguo con el ceño fruncido, pasando páginas con una concentración casi rígida.
Durante un buen rato, el silencio había sido cómodo. No forzado. De esos silencios que se dan cuando dos personas saben trabajar juntas sin estorbarse.
Hasta que Edmund cerró el libro. El sonido fue seco. Deliberado. Beatrice levantó la vista.
Edmund no volvió inmediatamente a hablar. Apoyó los antebrazos sobre la mesa, entrelazó los dedos y la observó con una atención distinta a la de hacía unos minutos. No era la mirada analítica que usaba al estudiar. Era otra cosa.
—¿Por qué el cambio? —preguntó al fin.
Beatrice parpadeó.
—¿El cambio?
—Lo de hoy —aclaró él—. Cambiar a Izzy por mí. No creo que deliberadamente desearas estar tiempo a solas conmigo.
Ella sostuvo su mirada unos segundos. Sabía que esa pregunta llegaría. Solo no esperaba que fuera tan directa.
—Pensé que era más lógico —respondió—. Tenemos una forma de pensar parecida. Al menos en este tipo de trabajos. Lo he ido viendo estas semanas.
Edmund arqueó una ceja.
—Eso no es una razón. Es una descripción vaga.
Beatrice apretó los labios.
—No todo tiene que tener una razón profunda.
—Cuando se trata de ti, suele tenerla, lo he ido viendo estas semanas —replicó él utilizando sus mismas palabras.
Ella dejó la pluma sobre la mesa con un gesto contenido.
—¿Y desde cuándo te dedicas a analizar mis decisiones?
Edmund no sonrió.
—Desde que empiezan a afectarme.
La frase quedó suspendida entre ambos, más cargada de lo que parecía. Beatrice sintió un calor incómodo subirle por el pecho, pero mantuvo el tono firme.
—No hay nada que analizar —dijo—. Solo creí que trabajar contigo era… adecuado.
Edmund la observó un instante más. Luego negó despacio.
—Eres orgullosa.
Beatrice se tensó.
—¿Perdón?
—Orgullosa —repitió—. Demasiado como para decirme la verdad cuando la sabes perfectamente.
Ella se levantó de golpe, la silla rozó el suelo con un chirrido breve.
—Y tú eres un arrogante —respondió, sin alzar la voz, pero con una dureza nueva—. No todo gira en torno a ti, Edmund. No todo lo que hago es una reacción a tus emociones.
Él también se puso de pie, pero no avanzó hacia ella. Empezó a recoger sus libros con movimientos precisos, demasiado controlados para alguien que acababa de ser acusado.
—No he dicho eso.
—Lo estás insinuando —replicó Beatrice—. Y no tienes derecho.
Edmund guardó el último libro en su mochila y la colgó del hombro.
—Necesito resolver una cosa —dijo—. Urgente.
La miró por última vez.
—Nos veremos más tarde.
Y se giró hacia la puerta. Beatrice se quedó inmóvil, todavía con la respiración alterada, como si no terminara de creer que realmente fuera a irse así, sin más. Entonces, vio que era el momento.
—Edmund —dijo de pronto.
Él se detuvo con la mano en el pomo, sin girarse.
—¿Has leído Las sombras de Valenmere?
Edmund frunció el ceño y se volvió lentamente.
—No —respondió—. ¿Debería?
Beatrice respiró hondo. Sabía que no había vuelta atrás. Pero tampoco quería que se fuera sin decirlo.
—Es una novela histórica —explicó—. Trata sobre una condesa que es descubierta por su mejor amiga, una princesa, enamorada de alguien que no es su prometido.
Edmund la observaba en silencio.
—Cuando la princesa lo descubre —continuó Beatrice—, en lugar de delatarla… decide ayudarla. Se propone enamorar al prometido de la condesa para que ella pueda liberarse sin escándalo.
Edmund ladeó ligeramente la cabeza.
—Suena enrevesado.
—Lo es —admitió ella—. Pero también es… compasivo. Habla de lealtad. De entender cuándo apartarse para que alguien más pueda ser feliz sin destruirlo todo.
Hubo un silencio largo.
—No lo he leído —repitió Edmund—. Pero lo haré.
Ella asintió, como si eso fuera suficiente.
—Solo… —añadió—. Pensé que quizá te ayudaría a entender algunas cosas.
Edmund la miró unos segundos más, como si estuviera a punto de decir algo distinto, algo más personal. Al final, sólo inclinó la cabeza.
—Gracias.
Abrió la puerta y salió. Beatrice se quedó sola en el aula, rodeada de papeles que ya no podía leer y palabras que no había dicho. Volvió a sentarse despacio, apoyando los codos sobre la mesa. Había querido proteger a alguien. Y quizá, sin darse cuenta, había empujado a otro justo en el punto exacto donde más dolía.
Al mismo tiempo, la sala de estudio de Ashknown estaba casi vacía. El murmullo lejano del resto de la Academia apenas llegaba hasta allí, amortiguado por los muros antiguos. Izzy estaba sentada en el alféizar de una ventana, con las piernas recogidas, jugueteando con el borde de su manga. Marcus, frente a ella, la observaba con una atención paciente, sin interrumpirla.
—No puedo seguir así —dijo Izzy al fin.
No lo dijo con dramatismo. Tampoco con culpa. Lo dijo cansada. Marcus no reaccionó de inmediato. Esperó, como si supiera que aquella frase necesitaba espacio.
—No es justo —continuó ella—. Para Edmund. Ni para ti. Ni para mí.
Bajó la mirada.
—Voy a hablar con él. Hoy.
Marcus sonrió. No una sonrisa triunfal ni ansiosa. Una tranquila, sincera.
—Me parece bien —respondió—. Era algo que tenías que hacer tú.
Izzy levantó la vista, sorprendida.
—¿No te molesta?
—No —dijo él—. Me molestaría que no lo hicieras.
Ella exhaló, como si se quitara un peso del pecho. Asintió despacio. No se acercaron. No se tocaron. No hizo falta.
Edmund caminaba por el corredor principal con pasos largos, decididos. Había salido con una idea clara: encontrar a Izzy. Resolverlo. No seguir aplazando algo que llevaba demasiado tiempo sostenido por inercia. Algo ocurría con ella. Todo tenía que ver con Izzy.
Pero a mitad de camino se detuvo. Beatrice lo sabía. Sabía lo que ocurría. La imagen de Beatrice, seria, contenida, hablando de aquel libro, se impuso con una claridad incómoda. No lo recomendaría si no fuera necesario.
Cerró los ojos un segundo. Giró sobre sus talones. La biblioteca estaba en silencio casi reverencial. Edmund localizó el volumen sin dificultad. Las sombras de Valenmere. Lo tomó entre las manos. Pesaba poco. Demasiado poco para lo que, intuía, contenía.
Buscó un rincón apartado. Se sentó. Abrió el libro. Y leyó.
No se levantó. No miró el reloj. Pasó páginas con una concentración que no tenía nada que ver con el estudio. Reconoció la historia antes de terminarla. La condesa. La princesa. La renuncia disfrazada de estrategia. El amor entendido como dejar ir antes de hacer daño.
Cuando cerró el libro, la luz exterior ya había cambiado. El murmullo del comedor empezaba a despertar.
Se levantó despacio.
El comedor estaba animado cuando Edmund entró. Conversaciones cruzadas. Risas. El tintinear de las tazas. Y entonces los vio. Izzy entrando junto a Marcus. Y unos pasos más atrás, Beatrice, detenida, observándolos sin acercarse, con la mochila aún colgada del hombro.
Edmund se quedó quieto. No necesitó más.
Comprendió lo que Beatrice había intentado decirle. El cambio de parejas. El libro. La forma de apartarse sin explicarse. Comprendió a Izzy. Comprendió a Marcus. Comprendió, incluso, su propia resistencia a soltar algo que ya no era lo que había sido por miedo.
Y, para su sorpresa, no sintió rabia. Sintió alivio. Edmund respiró hondo, se giró ligeramente hacia otra mesa y avanzó con calma hacía donde estaba Tom. Por primera vez en mucho tiempo, no llevaba nada que resolver de inmediato. Algunas cosas, simplemente, se habían ordenado solas.
La noche había caído sobre la Academia con una quietud engañosa. Izzy avanzaba por el corredor norte con la determinación de quien ha tomado una decisión tarde, pero ya no puede volver atrás. Cada paso resonaba demasiado fuerte en su cabeza.
No quería que nadie los viera. No por vergüenza. No por miedo a rumores. Sino porque esa conversación no le pertenecía a nadie más. Empujó la puerta lateral de la sala de archivos antiguos, un espacio poco usado a esas horas. Dentro, el aire olía a papel viejo y cera consumida. La luz era escasa, pero suficiente.
Edmund estaba allí. Sentado en uno de los bancos largos, con la espalda recta, el abrigo doblado a su lado. Tenía un libro abierto sobre las rodillas, aunque no parecía estar leyendo realmente. Sus dedos sostenían una página sin avanzar. Como si llevara un rato esperando.
No se sorprendió al verla. Alzó la vista despacio, sin sobresalto, sin tensión visible. Solo una atención plena que Izzy reconocía demasiado bien.
—Hola —dijo ella, en voz baja.
—Hola —respondió él.
No hubo pregunta inmediata. Edmund siempre había tenido esa forma suya de dejar espacio, incluso cuando el silencio dolía.
Izzy cerró la puerta con cuidado. Apoyó la espalda un segundo contra la madera, como si necesitara ese apoyo físico para no desmoronarse.
—Necesitaba hablar contigo —dijo finalmente.
Edmund asintió, cerró el libro con suavidad y lo dejó a un lado.
—Estoy aquí.
Ese “estoy aquí” era peligroso. Siempre lo había sido. No era una frase vacía. Nunca lo había sido con él. Izzy avanzó unos pasos y se sentó frente a él, dejando una distancia prudente entre ambos. No quería cercanía física. No todavía. No antes de decir lo que había venido a decir.
Se miraron.
Y durante un instante, Izzy tuvo la absurda tentación de retroceder, de fingir que todo estaba bien, de seguir con esa versión de su relación que había sobrevivido más por inercia que por verdad. Pero ya no podía.
—Edmund… —empezó, y se detuvo.
Él no la apuró.
—He estado viendo a otra persona —soltó finalmente, de golpe, como quien arranca una venda.
El silencio que siguió no fue violento. Fue… desconcertante. Izzy había ensayado mentalmente muchas reacciones. Ira. Reproche. Dolor. Decepción. Incluso frialdad. Pero Edmund no mostró ninguna de ellas.
La miró. Solo eso.
—¿Desde cuándo? —preguntó con calma.
Izzy parpadeó
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
—Es lo primero —respondió él.
Ella tragó saliva.
—Desde hace un tiempo. No fue… planeado. No al principio.
Edmund asintió lentamente, como si ya supiera la respuesta.
—¿Es Marcus? —preguntó.
Izzy bajó la mirada.
—Sí.
Esperó. Esperó el gesto. La rigidez. El cambio en su postura. No llegó.
—Gracias por decírmelo —dijo Edmund.
Izzy levantó la cabeza de golpe.
—¿Gracias?
—Sí.
Ella negó despacio, incrédula.
—No te enfadas.
—No —repitió él, sin dudar.
—¿Por qué? —preguntó, y esta vez su voz tembló un poco—. ¿No debería… dolerte o enfadarte?
Edmund respiró hondo. No suspiró. No se encogió. Simplemente habló.
—Me dolería más que siguieras aquí por costumbre. O por miedo.
Izzy cerró los ojos un instante. Aquello sí dolió. Porque era verdad.
—Además —continuó él—, alguien se ha tomado la molestia de prepararme para esto.
Izzy frunció el ceño.
—¿Cómo?
Edmund alargó la mano hacia el banco y tomó el libro que había estado leyendo. Lo sostuvo entre ambos, sin imponérselo.
—Beatrice.
El nombre flotó en el aire. Izzy lo miró, sorprendida.
—¿Beatrice?
—Me recomendó esto —dijo él, mostrándole la cubierta—. Dijo que lo entendiera antes de enfadarme.
Izzy tomó el libro con cuidado, leyó el título.
—Las sombras de Valenmere…
—No es largo —añadió Edmund—. Ni especialmente brillante. Pero es honesto.
—¿Y de qué va? —preguntó ella, aunque algo en su expresión ya había cambiado.
Edmund se recostó un poco en el banco, como si contar la historia fuera más fácil que hablar de sí mismo.
—Una condesa comprometida con un hombre al que respeta por costumbre, pero no ama. Está enamorada de otro. Su amiga, una princesa, lo descubre. Podría delatarla. Podría obligarla a cumplir. Pero no lo hace.
Izzy escuchaba sin interrumpir.
—La princesa decide intervenir —continuó—. No para castigar, sino para proteger. Empieza a conocer al prometido. A mostrarle otra versión del mundo. Otra forma de amar. Hasta que él deja de ser un obstáculo… y se convierte en una opción real.
Izzy cerró el libro lentamente.
—¿Y cómo termina? —preguntó.
Edmund sonrió apenas.
—Todos eligen con libertad. Y nadie queda atrapado en un papel que no le pertenece.
Izzy se quedó en silencio. Luego soltó una pequeña risa, incrédula.
—Beatrice es peligrosa —murmuró.
—Lo es —admitió él.
—Siento no habértelo dicho antes —dijo Izzy—. No quería hacerte daño.
Edmund negó con la cabeza.
—No me has hecho daño ahora. Me lo habrías hecho quedándote.
Izzy lo miró de perfil. Vio al Edmund que había conocido tras la muerte de sus padres. El que se había refugiado en el control. En la estructura. En ella.
—Me alegra que estés bien —dijo él entonces—. De verdad.
Izzy sonrió. Una sonrisa sincera, ligera.
—Ojalá tú también encuentres a alguien —dijo, casi sin pensar.
Edmund no respondió. El silencio esta vez fue distinto. Revelador. Izzy lo miró con más atención.
—Ed…
No terminó la frase. Edmund mantuvo la vista al frente.
—No creo que Beatrice acepte estar conmigo —dijo finalmente.
Izzy parpadeó.
—Es orgullosa —dijo ella.
Edmund negó.
—No. Es cuidadosa. Nunca estaría segura de no hacerte daño.
Izzy reflexionó unos segundos.
—Entonces se dará cuenta —dijo al fin—. Porque también es observadora.
Se giró hacia él y le tomó la mano. Como amiga. Como alguien que entiende.
—Puedes cambiar el final —añadió—. Quizá esta vez, el prometido sea quien conquiste a la princesa.
Edmund la miró, sorprendido.
—Me conoces demasiado bien —murmuró.
—Siempre lo he hecho.
Cuando Izzy se levantó para irse, cogió el libro de Beatrice e hizo una seña a Edmundo. Él asintió dándole a comprender que podía llevárselo. Al caminar hacia la puerta, Izzy supo que algo se había cerrado. No con dolor. Con alivio. Y en algún lugar del edificio, Beatrice, sin saberlo aún, había cambiado el curso de tres vidas con un libro y un silencio bien colocado.
Izzy llamó a la puerta de Beatrice sin previo aviso. Dos golpes firmes, casi alegres. Beatrice, que estaba sentada en el suelo con la mochila abierta y los apuntes a medio ordenar, alzó la cabeza con un presentimiento difuso que no supo nombrar.
Se levantó despacio y abrió. No tuvo tiempo de decir nada. Izzy dio un paso al frente y la rodeó con los brazos, con una fuerza que no era desesperada, sino decidida. El abrazo fue cálido, completo, inesperado. Beatrice tardó apenas un segundo en reaccionar antes de corresponderle, cerrando los ojos, apoyando la mejilla en su hombro.
—Todo está bien —dijo Izzy contra su oído, sin preámbulos—. De verdad.
Beatrice se separó lo justo para mirarla a la cara. Buscó grietas. Señales. Esa sombra en los ojos que conocía demasiado bien. Pero no la encontró. Izzy sonreía, no como quien se obliga a hacerlo, sino como alguien que acaba de soltar un peso que llevaba años arrastrando.
—¿Sí? —preguntó Beatrice, con cautela—. Izzy… mírame y dime que estás bien.
Izzy no esquivó la mirada. Al contrario, la sostuvo.
—Estoy bien —repitió—. Tranquila. Edmund y yo hablamos. Somos amigos. Llevamos siendo amigos mucho tiempo, más que novios. Y… —respiró hondo, pero no tembló—. Yo estoy bien.
Entonces levantó la mano y le mostró el libro.
—Esto es tuyo —añadió, enseñándole la portada—. Bueno… no exactamente. Edmund me contó por qué lo buscó. Y por qué lo leyó.
Beatrice sintió una punzada suave en el pecho. No de culpa. De reconocimiento.
—¿Lo entendió? —preguntó, casi sin darse cuenta.
Izzy sonrió un poco más.
—Más de lo que imaginas.
Se apoyó en el marco de la puerta, relajada, como si ese pasillo ya no le pesara.
—Gracias —dijo—. Por cuidar incluso cuando nadie te lo pidió.
Beatrice negó despacio.
—Solo… no quería que nadie saliera herido. Porque Edmund…
Izzy ladeó la cabeza.
—También te importa Beatrice. —respondió—. A veces cuidar también es dejar ir o tener el valor de encontrarse.
Se abrazaron otra vez, más breve, más ligera. Luego Izzy se apartó.
—Voy a bajar —dijo—. Marcus me espera.
No hubo incomodidad al decir su nombre. Ningún silencio incómodo. Solo verdad.
—Ve —respondió Beatrice—. Y… Izzy.
—¿Sí?
—Si en algún momento no estás bien… —empezó.
Izzy sonrió con una serenidad nueva.
—Te lo diré.
Cuando la puerta se cerró, Beatrice se quedó quieta unos segundos, con la mano aún apoyada en la madera. Luego volvió a la habitación y dejó el libro sobre la mesa, como si fuera un objeto frágil, cargado de significado.
Se sentó en la cama.
Pensó en Izzy, en su abrazo firme, en su mirada clara. En la ausencia de ese temblor antiguo que tantas veces había temido ver reaparecer. Sintió alivio. Un alivio real, profundo.
Y entonces, inevitablemente, pensó en Edmund. En cómo habría sido esa conversación. En su forma de escuchar sin interrumpir. En sí habría usado esa voz suya, baja, medida, cuando las cosas importaban de verdad. En si habría vuelto a cerrarse después. O si, por primera vez en mucho tiempo, habría dejado una ventana abierta.
Se preguntó si estaría bien. No como respuesta educada. No como gesto de control. De verdad.
Miró el libro una vez más y se recostó sobre la cama, con los ojos fijos en el techo, consciente de algo que aún no se atrevía a decir en voz alta: que mientras se aseguraba de que todos los demás estuvieran a salvo, había olvidado preguntarse qué hacer con lo que ella sentía. Y que, tarde o temprano, tendría que mirar a Edmund y averiguarlo.
Al día siguiente, Edmund llegó antes de la hora acordada. No porque temiera que Beatrice no apareciera, sino porque necesitaba ese margen previo para ordenar papeles, ideas… y a sí mismo. La sala de estudio estaba casi vacía a esa hora de la tarde: una mesa amplia junto a la ventana, luz gris de invierno filtrándose entre los árboles desnudos, el murmullo lejano de la Academia funcionando como un pulso constante.
Colocó los libros con cuidado. El informe, las notas, los textos de referencia. Todo en su sitio. Luego dejó, casi como un gesto secundario, una taza de café al lado opuesto de la mesa. Negro. Un poco cargado. Exactamente como a ella le gustaba.
Se sentó y abrió el cuaderno, obligándose a leer la primera página aunque no la necesitara. Cuando oyó pasos en el pasillo, no alzó la vista de inmediato. Esperó a que se detuvieran.
—Perdón… —dijo Beatrice desde la puerta—. ¿Llego tarde?
Edmund levantó la cabeza entonces. Sonrió. No esa sonrisa medida, educada, que solía usar en público. Una más ligera. Más abierta.
—Cinco minutos antes, en realidad —respondió—. Estoy impresionado.
Beatrice entró, dejando la mochila a un lado. Parecía… nerviosa. No de forma evidente, pero Edmund la conocía lo suficiente como para notar ese ajuste leve en los hombros, ese segundo de más antes de sentarse.
—He traído mis notas —dijo ella, demasiado rápido—. He revisado la bibliografía secundaria, creo que podemos reforzar la parte comparativa si—
—Perfecto —la interrumpió él con suavidad—. Entonces vamos bien.
Señaló la taza.
—Te he pedido café. Si no te apetece ahora…—
Beatrice se detuvo en seco al verlo. Lo miró. Luego a él.
—Gracias —dijo, más bajo—. Justo lo necesitaba.
Se sentó frente a él. El vapor del café subía despacio entre ambos, como si marcara una distancia segura. Edmund se apoyó en el respaldo de la silla y, sin mencionar nada que pudiera incomodarla, volvió al trabajo.
—Bien —dijo—. Si te parece, retomamos desde el marco teórico. Creo que tu enfoque sobre la influencia cultural es sólido, pero podemos vincularlo mejor con el contexto histórico.
Beatrice asintió. Agradecida. Por el tono. Por la normalidad. Trabajaron durante casi una hora sin interrupciones innecesarias. Edmund escuchaba cuando ella hablaba, anotaba cuando tenía sentido, discrepaba sin imponerse. Beatrice, poco a poco, fue soltándose. Empezó a señalar pasajes con más seguridad, a defender ideas sin disculparse antes.
—Aquí —dijo en un momento, inclinándose sobre la mesa—. Cuando el autor habla del arte como refugio, creo que no se refiere solo a evasión, sino a estructura. A orden.
Edmund la observó un segundo más de lo estrictamente académico.
—Estoy de acuerdo —respondió—. Es una forma de control. Elegido, no impuesto.
Ella alzó la vista. Se encontraron en ese punto exacto donde el trabajo y algo más se rozaba peligrosamente.
—Eso es —dijo ella—. Elegido.
Volvieron a las páginas. Al subrayado. A la escritura compartida. El tiempo pasó sin que ninguno lo notara. Cuando cerraron el último libro, Beatrice se reclinó en la silla y soltó el aire.
—Creo que está —dijo—. Al menos… para hoy.
—Lo está —confirmó Edmund
Ella sonrió, cansada pero satisfecha. Bebió el último sorbo de café.
—Gracias por no… —empezó, y se detuvo.
Edmund no la apuró.
—Por no hacer preguntas —terminó ella—. O por no mirar raro. O por…
—Por ser normal —dijo él, con una media sonrisa.
—Sí.
Edmund terminó de ordenar los papeles con calma, alineándolos con el borde de la mesa como siempre hacía. Beatrice guardaba ya los suyos en la mochila cuando él se quedó quieto, demasiado quieto, como si algo se hubiera detenido dentro antes de decidir avanzar.
—Beatrice.
Ella levantó la vista, aún con la mochila colgándole de un hombro.
—¿Sí?
Edmund dudó apenas un segundo. No fue inseguridad, sino cálculo. Como si eligiera el tono exacto.
—Cuando cierren la Academia por vacaciones de invierno… —empezó—. ¿Vas a volver a casa?
La pregunta la tomó desprevenida. Beatrice parpadeó y asintió despacio.
—Sí —respondió—. Mis padres… esperan que vuelva.
No añadió nada más, pero hubo algo en su voz que no era entusiasmo. Edmund lo percibió.
—¿Te apetece? —preguntó con cuidado.
Ella esbozó una sonrisa breve, educada.
—No especialmente —admitió—. Pero es lo que toca.
Edmund apoyó una cadera en la mesa, cruzando los brazos.
—¿Dónde vives?
Beatrice dudó un instante, como si el lugar arrastrara consigo todo lo que representaba.
—En Londres —dijo—. En Belgravia.
Edmund alzó ligeramente las cejas. No por sorpresa ostentosa, sino por reconocimiento. Mansiones de fachada blanca. Calles silenciosas. Distancia bien educada.
—Entiendo —murmuró.
Se quedó pensativo unos segundos más, la mirada perdida en algún punto entre la mesa y la ventana. Beatrice no dijo nada. Estaba acostumbrada a esos silencios que precedían a una decisión ajena.
Entonces Edmund se enderezó.
—Beatrice —repitió.
Ella volvió a mirarlo.
—Tengo algo —dijo—. No tiene que ver con el trabajo.
Ella se tensó apenas. Fue un gesto mínimo, pero él lo vio. Alzó una mano de inmediato, casi en señal de tregua.
—No es una presión —añadió—. Y puedes decir que no. De verdad.
Abrió su cuaderno y sacó dos sobres gruesos, elegantes, que dejó sobre la mesa y empujó suavemente hacia ella.
—Son dos entradas —continuó—. Para este invierno. En Londres.
Beatrice frunció ligeramente el ceño, confundida, antes de bajar la mirada. Leyó el nombre del teatro y el programa.
“Royal Opera House. Covent Garden. Beethoven. Orquesta completa. Dirección invitada desde Viena.”
Sus ojos se abrieron apenas. El brillo fue inmediato, imposible de disimular.
—¿…En serio? —susurró.
Edmund asintió, observándola con atención serena.
—Pensé que, si ibas a estar en Londres… —dijo—. Tal vez podríamos coincidir allí. Una noche. Nada más.
Ella no tocó los sobres de inmediato. Los miró como si temiera que el gesto fuera demasiado.
—Creí que estas entradas estaban agotadas desde hacía meses —dijo.
—Lo estaban —respondió él—. Pero a veces conviene insistir. Y tener paciencia.
Beatrice alargó la mano al fin y tomó uno de los sobres con cuidado, casi con reverencia.
—Es… —buscó las palabras—. Es maravilloso.
Alzó la vista hacia él, aún incrédula.
—Nunca pensé que… —se detuvo—. Gracias.
Edmund sonrió. No fue una sonrisa amplia, pero sí sincera.
—Me pareció adecuado —dijo—. Y pensé que te gustaría más que cualquier otra cosa que pudiera proponerte.
Ella asintió, todavía con esa luz en los ojos.
—Me encantaría ir —dijo al fin—. De verdad.
Edmund dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
—Entonces… —dijo—. Si te parece bien, podemos concretar cuando se acerque la fecha.
Beatrice devolvió el sobre a la mesa, como si aún no se permitiera guardarlo del todo.
—Sí —respondió—. Me gustaría mucho.
Se colgó la mochila al hombro, todavía un poco aturdida.
—Gracias —añadió—. Por el café. Por el trabajo. Por pensar en esto.
—Gracias a ti —contestó él—. Por quedarte este tiempo.
No se dijeron nada más de inmediato. Cuando Beatrice llegó a la puerta, se detuvo y se giró.
—Edmund.
—¿Sí?
—Hoy… —dudó—. ¿Estás bien?
Él se encogió de hombros con una ligereza poco habitual.
—Supongo que hay días en los que el control descansa un poco —respondió—. Y no pasa nada.
Beatrice sonrió, una sonrisa suave, sin defensas, y salió al pasillo. Edmund se quedó solo unos segundos más. Apagó la luz, cerró la puerta tras de sí y, mientras caminaba por el corredor silencioso de la Academia, pensó que, por primera vez en mucho tiempo, el invierno no le parecía una estación que hubiera que soportar, sino algo que esperar.
A partir de ahí, las conversaciones empezaron a intensificarse. No fueron confesiones grandilocuentes ni promesas veladas. Fueron intercambios constantes, casi inevitables, que se colaban entre días de estudio y tardes silenciosas.
Libros que él recomendaba con precisión. Autores que ella mencionaba de pasada y que Edmund reconocía sin dificultad, citando ediciones, traducciones, incluso prólogos olvidados.
—No entiendo cómo puedes releer siempre lo mismo —comentó Beatrice una tarde, sentados en extremos opuestos de una mesa de estudio, cada uno con una pila distinta—. Ya sabes cómo acaba.
Edmund alzó la vista del volumen que tenía delante.
—Precisamente por eso —respondió—. Me tranquiliza.
—¿Saber que no va a cambiar?
—Saber que, aunque cambie yo, el libro no lo hará.
Beatrice meditó la respuesta unos segundos, apoyando el mentón en la mano.
—Yo prefiero lo contrario —dijo—. Leer algo nuevo y descubrir que no era quien pensaba al empezar.
Edmund la observó con atención, como si aquella frase hubiera encajado demasiadas piezas.
—Eso explica bastantes cosas —murmuró.
Hablaron de música. Ella confesó que recurría a piezas clásicas cuando necesitaba orden, pero que buscaba música más moderna cuando quería sentir algo sin tener que analizarlo.
—Como si el ritmo pensara por mí —explicó.
Edmund admitió que la música instrumental era la única que no le exigía una reacción.
—No me pregunta cómo estoy —dijo—. Solo está.
Beatrice entendió esa frase con una claridad incómoda.
Se descubrieron más parecidos de lo que cualquiera habría supuesto, y más distintos de lo que ambos estaban preparados para asumir. No se lo dijeron en voz alta. No hacía falta.
El invierno avanzaba. Londres los esperaba. Y, sin darse cuenta, ambos empezaron a contar los días no como un regreso a casa, sino como una aproximación.
Las vacaciones de invierno llegaron sin dramatismo, como suelen hacerlo las separaciones inevitables: anunciadas con tiempo, aceptadas con cierta resignación y, aun así, incómodas cuando se materializan.
La mañana de la partida, el patio principal de la Academia estaba lleno de equipajes, vapor de aliento y despedidas a medio decir. Los coches aguardaban alineados, oscuros y elegantes, mientras los estudiantes se agrupaban según afinidades que el trimestre había consolidado.
Izzy fue la primera en abrazar a Beatrice. Lo hizo con fuerza, sin palabras, como si quisiera asegurarse de que seguían estando bien, de que nada se había roto entre ellas.
—Escribe —le dijo al separarse—. Aunque sea para decirme que odias el té de tu casa.
Beatrice sonrió.
—Eso es fácil.
Anne se acercó después, más contenida, pero igual de sincera.
—Cuídate —dijo—. Y no pienses demasiado.
—Tú tampoco —respondió Beatrice, sabiendo que era una petición inútil.
Tom apareció con la bufanda mal colocada y una sonrisa ladeada.
—Yo me voy unos días a casa de Edmund —anunció—. Antes de volver a la mía.
Izzy alzó una ceja, divertida.
—Claro que sí —dijo—. Como todos los años.
Tom se encogió de hombros y las abrazó a ambas con torpeza.
—Portaos bien. O mal. Pero juntas.
Cuando Edmund llegó, el ambiente cambió apenas. No fue algo visible, pero Beatrice lo sintió igual. Él saludó a Izzy y a Anne con naturalidad, intercambió unas palabras rápidas con Tom y, finalmente, se detuvo frente a ella.
—Nos veremos pronto —dijo.
No fue una promesa solemne. Fue un hecho.
—En Londres —respondió Beatrice.
Edmund asintió.
—Te escribiré cuando llegue.
Se dieron la mano. El gesto fue breve, correcto, pero ambos supieron que no era solo una despedida más.
Los coches comenzaron a partir uno tras otro. Beatrice subió al suyo y, mientras se alejaban de la Academia, pensó que algo había cambiado sin hacer ruido. No sabía aún si aquello la tranquilizaba o la inquietaba.