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Como era de esperarse, en los días siguientes, el malestar de Sonic disminuyó considerablemente. Su cuerpo, normalmente indestructible, había decidido perdonarlo por su insensatez alimenticia y, poco a poco, volvió a sentirse como él mismo. Al menos, ya no tenía a su familia mirándolo de reojo cada vez que se movía, como si fuera a desplomarse de un momento a otro. Tom, con una mirada evaluadora y severa al principio, terminó por ceder y le devolvió sus preciadas zapatillas, lo que Sonic interpretó como un permiso no oficial para retomar sus actividades habituales. Maddie, por su parte, le había estado proporcionando comidas ligeras y equilibradas, que hicieron maravillas con su sistema digestivo. Aunque aún se sentía un poco somnoliento por el constanteCapítulo 1
19 de diciembre de 2025, 15:52
Sonic soltó un resoplido de molestia.
Realmente odia sentirse enfermo, es decepcionante el hecho de que haya logrado adquirir una pequeña enfermedad por un descuido suyo. Normalmente, este tipo de cosas no le suceden; ni siquiera recuerda la última vez que estuvo enfermo. Está bastante seguro de que nunca se ha enfermado a lo largo de su vida, por lo tanto, esto fue una gran sorpresa
Un sonido salió de su garganta, cargado de frustración y dramatismo exagerado digno de alguien que cree estar en su lecho de muerte por un simple malestar estomacal (él afirma que realmente se está muriendo). Se dejó caer sobre su cama con la gracia de un saco de papas, hundiéndose en el colchón como si la vida misma estuviera abandonando su cuerpo. Odiaba esto. Odiaba sentirse enfermo. Era como si su propio organismo hubiera decidido traicionarlo después de años de fidelidad absoluta. ¿Y todo por qué? Por un montón de chili dogs. (Bueno, un montón y medio… tal vez dos montones… ¡pero no era para tanto!).
Era indignante que un héroe de su calibre estuviera sufriendo por algo tan mundano como una indigestión. Él, el gran Sonic, capaz de esquivar misiles a velocidades absurdas, derrotar robots asesinos sin despeinarse y salir ileso de explosiones que deberían haberlo convertido en polvo cósmico… ¿y ahora estaba postrado en cama porque su estómago había decidido rebelarse? El universo tenía un extraño sentido del humor.
Su cuerpo se sentía como gelatina mal refrigerada, sus extremidades eran más inútiles que una cuchara en una pelea de espadas, y su estómago… bueno, su estómago estaba interpretando una sinfonía de quejidos y retortijones que podrían ser vendidos como efectos de sonido para una película de terror de bajo presupuesto. Cada vez que intentaba moverse, su abdomen protestaba con una violencia desproporcionada. (Tal vez su estómago había formado un sindicato y ahora exigía mejores condiciones laborales). Era como si su estómago hubiera firmado un contrato con el mismísimo fallecido Eggman para acabar con él desde adentro.
Su familia estaba preocupada, lo sabía. Lo había notado en las miradas de Tom y Maddie, en la forma en que Tails se paseaba por la casa revisando su temperatura cada dos horas con una expresión de angustia, y en cómo Knuckles le había ofrecido, muy serio, un ritual de combate para ahuyentar a los "espíritus malignos de la debilidad" antes de marcharse (tuvo que declinar, porque lo último que necesitaba era recibir un puñetazo en el pecho en su estado actual).
Aunque él mismo sabe que no tiene a nadie más que culpar que a sí mismo, por mucho que quisiera acusar a Shadow por haberle retado a comerse esa gran cantidad de chili dogs (Shadow nunca lo retó; le dijo que comer demasiado podría causarle malestar. Por supuesto, nuestro querido erizo residente lo tomó como algún tipo de reto)... Así que, por supuesto, aceptó el desafío inexistente y devoró una cantidad ridícula de comida. Y ahora su cuerpo lo estaba castigando con un motín interno.
Lo más raro es que esto nunca le había pasado antes. Normalmente podía comer lo que quisiera y seguir como si nada malo hubiera sucedido, su cuerpo simplemente lo recibiría con gusto. Tal vez tenía algo que ver con que últimamente había estado saltándose comidas. Entre correr con sus amigos, competir contra sus hermanos y pasar tiempo con su novio en cada carrera, había estado demasiado ocupado disfrutando la vida como para preocuparse por cosas tan mundanas como la nutrición adecuada. (Detalles, detalles…), lo mejor era cuando competían en las carreras todos juntos (Sonic gana para absoluta sorpresa de nadie).
Además, ¿quién podría resistirse a salir con este clima? El otoño era la mejor estación del año, donde los árboles se tiñen de color naranja a rojo, hojas crujientes cubriendo el suelo como si la naturaleza hubiera decidido hacerle una alfombra personalizada, una brisa fresca que hacía que su pelaje se sintiera más esponjoso y el placer simple de lanzarse a montañas de hojas secas sin otra preocupación en el mundo. Era el paraíso. Sin villanos, sin robots, sin apocalipsis inminentes. Solo diversión pura y simple. Por supuesto que saldrían tan seguido como fuera posible
Pero ahora estaba atrapado en casa. Y Sonic odia estar atrapado
Y tal vez ahí estuvo su error. Se dejó llevar demasiado por el momento, ignorando las señales de su cuerpo hasta que este colapsó como un teléfono con batería del 1%. Ahora estaba atrapado en esta prisión de enfermedad autoinducida, sufriendo las consecuencias de su propia glotonería. Para alguien como él, acostumbrado a la acción, estar postrado en cama era la peor tortura imaginable. (Bueno, quizás la segunda peor… la primera era escuchar a Shadow decir "Te lo dije").
Con un nuevo resoplido, se acurrucó sobre sí mismo, tratando de encontrar una posición en la que su estómago no decidiera convertirlo en un acordeón viviente. No había villanos que derrotar, ni ciudades que salvar, solo él y su arrepentimiento… y el juramento silencioso de que, en cuanto se recuperara, volvería a comer chili dogs. (Porque si había algo seguro en esta vida, era que Sonic no aprendía lecciones fácilmente).
Por lo tanto, no fue muy sabio de su parte intentar devorar algo demasiado pesado con el estómago vacío. Pero, en su defensa, Sonic nunca había sido precisamente el epítome de la sabiduría cuando se trataba de comida (o de decisiones en general, pero ese era otro tema). Sin embargo, admitir su error estaba completamente fuera de la ecuación. Contarle la verdad a sus padres era un suicidio social. Porque si lo hacía, ellos le dirían exactamente lo que él ya sabía, que le habían advertido. Y eso sería insoportable.
No, gracias. Mejor seguiría negándolo hasta el final de los tiempos. Su dolor de estómago no tenía nada que ver con los chili dogs. Nada en absoluto. Tal vez había sido víctima de una maldición ancestral, o un ataque psíquico de Eggman desde su tumba siendo polvo espacial. Cualquier cosa era más plausible que admitir que su dieta de chili dogs lo había traicionado. Porque si lo hacía, Tom podría cometer la atrocidad de prohibir ese glorioso manjar en la casa por un tiempo. Y Sonic no estaba dispuesto a soportar una distopía culinaria de semejante magnitud.
Y ahora, aquí estaba de nuevo. Justo donde había estado todo el día, postrado en cama, enredado en una manta como un burrito de sufrimiento, sintiéndose miserable pero también exasperado porque, a pesar del malestar, su cuerpo aún acumulaba un exceso de energía que no tenía dónde gastar. Lo único que podía hacer era revolcarse en la montaña de almohadas, lanzar suspiros dramáticos y refunfuñar en voz baja, como si eso hiciera que el dolor desapareciera.
Por lo menos, Tails había tenido la gentileza de cubrirlo con una manta cuando lo vio temblando de frío hacía un rato. Sonic la aceptó con un gruñido digno de un animalito malhumorado, pero en el fondo agradecía el gesto. Maddie y Tom no estaban en casa debido a sus trabajos. Y aunque sabían que Sonic estaba enfermo, él insistió en que estaría bien. (Una mentira descarada, porque evidentemente no estaba bien, pero tampoco quería verlos con cara de "te lo dije" toda la tarde). Claro que Tom le jugó sucio, le confiscó sus preciadas zapatillas antes de irse para asegurarse de que no escapara en su estado. Golpe bajo. Un ataque directo a su libertad. Inaceptable.
Knuckles tampoco estaba presente. Según lo que había escuchado antes de que su mente fuera consumida por el sufrimiento (dramático), el equidna había decidido pasar unos días en casa de la madre de Wade. Así que la casa estaba reducida a tres habitantes, Tails, Shadow (quien había salido momentáneamente a buscarle algún medicamento), y Ozzy, el fiel perro de la familia, que ahora dormía tranquilamente a los pies de la cama de Sonic, completamente ajeno al drama existencial de su dueño.
De repente, una voz profunda lo sacó de su trance de autocompasión.
— Sonic.
Las orejas del erizo cobalto se movieron ante el sonido. Abrió lentamente los ojos, apenas asomándose por encima de la manta que lo cubría como si fuera un capullo de miseria. Sus orbes esmeralda chocaron contra el rojo intenso de la mirada de Shadow. Normalmente, el erizo ébano mantenía una expresión neutral e imperturbable, pero ahora su ceño fruncido parecía ligeramente menos amenazante, casi… ¿preocupado? (O tal vez Sonic estaba tan delirante que su cerebro empezaba a alucinar).
— Te traje esto. Tómalo. No te quitará el dolor, pero según lo que leí, puede ayudar a aliviar la incomodidad.
Sonic bajó la vista y vio la pata extendida de Shadow, con dos pequeñas pastillas descansando en su palma. Hizo un leve puchero, claramente poco entusiasmado con la idea de tomar medicamentos, pero sabía que discutir con Shadow no valía la pena (especialmente cuando tenía ese tono de voz que dejaba claro que no aceptaría negativas).
Con la elegancia de alguien que acababa de ser obligado a tragarse su orgullo junto con las pastillas, Sonic se desenroscó lentamente y se incorporó con una lentitud exagerada, como si cada movimiento fuera un suplicio. Agarró las píldoras con su temblorosa patita y las metió en su boca con la misma emoción que tendría un niño comiendo brócoli. Shadow, ya preparado para la resistencia, le tendió un vaso con agua. Sonic lo aceptó con otro gruñido dramático y bebió a regañadientes, frunciendo el ceño ante el amargo sabor de la medicina.
Cuando finalmente tragó, dejó el vaso a un lado y soltó un suspiro profundo, como si acabara de vivir una experiencia traumática. Acto seguido, sin decir una palabra más, volvió a acurrucarse en su manta, arrastrándose lentamente hacia su mundo de sufrimiento autoinducido.
— Puaj, saben horrible.
— No están hechas para que las disfrutes, Sonic.
— Deberían. Al menos podrían tener sabor a caramelo o algo así.
Shadow solo resopló ante el dramatismo exagerado de Sonic, pero decidió no comentar nada al respecto. Ya estaba acostumbrado a las demostraciones teatrales de su pareja cuando se sentía enfermo o ligeramente incómodo. En lugar de gastar palabras en una batalla perdida, simplemente se abrió paso hasta la cama y se sentó junto a él con naturalidad, como si su lugar siempre hubiera estado allí.
Apenas su cuerpo tocó la superficie del mueble acolchonado, Sonic, en un acto completamente instintivo, se arrastró hasta él como un pequeño animal buscando calor en invierno. Se acurrucó contra su costado, enterrando la cabeza en su hombro y soltando un resoplido satisfecho, como si acabara de encontrar la solución definitiva a todos sus problemas. Shadow, aunque fingía indiferencia, dejó escapar una diminuta sonrisa. Era difícil no hacerlo cuando Sonic prácticamente se derretía contra él con tanta confianza.
La temperatura más elevada de Shadow era una de esas pequeñas ventajas que Sonic apreciaba en secreto (o no tan en secreto, considerando lo rápido que se aferraba a él cuando tenía frío). A diferencia del erizo azul, cuya temperatura corporal tendía a bajar con facilidad, Shadow parecía una fuente de calor ambulante, algo que le permitía moverse por climas fríos sin verse afectado en lo más mínimo, algo sobre ser la forma de vida definitiva. Sonic, en cambio, era más sensible a los cambios de temperatura y, en momentos como este, no tenía reparos en utilizar a su novio como su calefacción personal.
— Mmmh, qué cómodo...— Murmuró Sonic en su mente, frotando ligeramente su mejilla contra el hombro de Shadow. Si hubiera tenido fuerzas, probablemente se habría restregado contra él como un gato pidiendo atención.
Shadow, divertido pero sin querer admitirlo en voz alta, deslizó una mano enguantada hasta las púas de Sonic y comenzó a acariciarlas con calma. Sus dedos se hundieron entre las desordenadas hebras de su pelaje, masajeando suavemente con movimientos calculados y rítmicos. Sonic emitió un sonido extraño entre un ronroneo y un suspiro de puro placer, estremeciéndose ante el contacto.
Por supuesto, Shadow no pudo evitar notar el desastre que eran esas púas. Algunas estaban completamente fuera de lugar, como si Sonic hubiera estado peleando contra un huracán antes de tirarse en la cama. Hizo una ligera mueca al verlas tan revueltas. Su novio tenía muchas virtudes, pero el orden y el aseo meticuloso de su pelaje no eran una de ellas.
Sí, definitivamente, más tarde lo obligaría a dejarse cepillar. No importaba cuántas quejas o excusas pusiera, Shadow se aseguraría de que ese caos de púas volviera a estar en su sitio. Pero por ahora… por ahora dejaría que su pequeño desastre de novio disfrutara del momento, acurrucado contra él, absorbiendo su calor como un parásito adorable.
Con una última mirada de resignación, Shadow simplemente apoyó la barbilla sobre la cabeza de Sonic, cerró los ojos y se dedicó a cumplir con su nuevo rol de ser la estufa portátil del erizo azul. Al fin y al cabo, alguien tenía que hacerlo, y de todas formas, él no permitiría que alguien más lo hiciera. A veces se asustaba un poco por lo posesivo que podía llegar a ser con el erizo cobalto en algunas ocasiones, pero no podía evitarlo. Era como un instinto primitivo, algo que nacía desde lo más profundo de su ser, un reflejo de su naturaleza que había aprendido a aceptar con el tiempo.
El calor de Sonic, a pesar de que estaba más frío de lo habitual debido a su malestar, seguía siendo una presencia reconfortante contra su cuerpo. La forma en la que el erizo cobalto se acurrucaba contra él con total confianza lo hacía sentir un poco más blando de lo normal. Shadow no solía exteriorizar sus emociones de forma abierta, pero en momentos como ese, cuando Sonic se pegaba a él como si fuera un peluche necesitado de afecto, se daba el lujo de permitirse ser más demostrativo.
— Esto es un castigo divino.— Murmuró Sonic, hundiéndose más en la manta y contra su novio, resoplando ligeramente ante lo cómodo que se sentía, sintiéndose seguro y querido.
Shadow dejó escapar un suspiro y apoyó su hocico entre las desordenadas púas de Sonic, absorbiendo su aroma. Incluso enfermo, Sonic olía a tierra húmeda y viento fresco, con un toque de electricidad latente. Era un aroma tan característico y familiar que, de alguna forma, lo tranquilizaba.
—No seas dramático.— Replicó Shadow sin siquiera mirarlo, aunque sus caricias en ningún momento se detuvieron. Sus dedos enguantados se deslizaban con suavidad por las púas de su pareja, masajeando su cuero cabelludo con una paciencia que solo Sonic podía arrancarle. Adoraba la forma en la que el erizo azul se derretía contra él en busca de más contacto, como si su simple presencia pudiera disipar cualquier molestia o malestar.
— Estoy muriendo.
— No, no lo estás.
— Eso es exactamente lo que alguien que quiere ocultar mi trágica muerte diría.
Shadow rodó los ojos con cariño, pero no respondió. Sabía que si lo contradecía, Sonic simplemente encontraría una forma más exagerada y absurda de describir su supuesto sufrimiento. En su lugar, se limitó a continuar con sus lentos movimientos de caricia, deslizando sus dedos desde la base de las púas de Sonic hasta la parte baja de su cuello, masajeando la tensión que se acumulaba en sus hombros.
Sonic chasqueó la lengua, fastidiado por la falta de respuesta de su pareja. Sin embargo, cualquier queja adicional fue interrumpida cuando su estómago protestó de nuevo con un gruñido agudo y doloroso. Se encogió instintivamente, apretándose contra Shadow con un quejido.
La expresión del erizo ébano se frunció con preocupación. Su expresión estoica se rompió por un instante cuando Sonic se removió con incomodidad, abrazándose a su propio estómago con una mueca de dolor. Shadow reaccionó de inmediato, acercándolo aún más con firmeza hasta que Sonic prácticamente quedó acostado contra su pecho, sus brazos firmemente alrededor de su figura temblorosa para darle consuelo en medio del malestar del contrario.
— ¿Duele demasiado?— Murmuró con su voz grave y baja, cargada con una preocupación genuina que trataba de disimular.
Sus dedos viajando con facilidad por las púas de la espalda de Sonic, deslizándose después hasta sus costados con un toque firme pero reconfortante. Con movimientos lentos y deliberados, comenzó a masajear su cintura, esperando que esto lograra aliviar un poco el malestar del azul. Luego llevó sus caricias más abajo del costado de Sonic y comenzó a frotar su cadera con movimientos circulares, masajeando con la esperanza de aliviar la presión en su abdomen, se movían con precisión, tocando los puntos donde sabía que Sonic acumulaba tensión. Lo había hecho muchas veces antes, cuando el erizo azul regresaba agotado de una carrera o después de una batalla complicada, pero esta vez lo hacía con un cuidado adicional, como si Sonic fuera a romperse en cualquier momento.
— Es como si me estuvieran abriendo por la mitad.— Se quejó audiblemente, retorciéndose para buscar una posición que no le generara tanta presión en el abdomen. Frunció el ceño en busca de cualquier tipo de consuelo, hundió su rostro en el pelaje esponjoso del pecho de Shadow, inhalando su aroma familiar y reconfortante, el aroma terroso y a lavanda inundaron sus sentidos y logró hacerle relajar levemente. Su suave pelaje se sentía como una almohada cálida, y la sensación ayudó a mitigar, aunque fuera solo un poco, la incomodidad que sentía.
Shadow no dijo nada, pero continuó con sus movimientos lentos y calculados, asegurándose de mantener a Sonic lo más cómodo posible.
— Solo hay una forma de curarme, Shads.— Dijo de repente, su tono lleno de una confianza exagerada mientras levantaba la cabeza para encontrarse con la mirada del contrario.
Shadow enarcó una ceja, intrigado pero escéptico.
— ¿Cuál es?
La expresión de Sonic se tornó solemne, como si estuviera a punto de revelar el secreto mejor guardado de la historia de la medicina.
— Debes mimarme con besos. No hay otra forma.— Declaró, su tono serio en completo contraste con la sugerencia ridícula.
Shadow lo miró en silencio durante un par de segundos, procesando sus palabras. Finalmente, soltó un resoplido, fingiendo una expresión de fastidio… pero no se negó, de hecho, estaba más que encantado de darle todo el cariño al otro, incluso si trataba de que no fuera muy obvio. Con un suspiro resignado, se inclinó y comenzó a dejar suaves besos en el rostro de su pareja. Primero en el pelaje su frente, con un toque delicado. Luego en sus mejillas, esparciendo caricias con sus labios a lo largo de su hocico hasta bajar por su nariz. Sonic soltó una risita suave entre cada beso, su cuerpo relajándose cada vez más en los brazos de Shadow. Su hocico tembló levemente por la ternura que le invadía. Ambos erizos frotaron sus narices con cariño.
El rostro de Shadow estaba totalmente suave y sus ojos carmesí brillaban con cariño y sin ningún filtro.
— Hm, creo que está funcionando.— Musitó Sonic con una sonrisa satisfecha, dejándose mimar sin ninguna vergüenza, como si alguna vez lograra sentir lo que es la vergüenza.
Shadow simplemente rodó los ojos, pero siguió besándolo, porque al final del día, si eso ayudaba a que Sonic se sintiera mejor, entonces no había razón para detenerse.
—¿Mejor? — Murmuró Shadow contra su pelaje luego de un rato, el ambiente se había relajado lo suficiente para que ambos estuvieran cómodos y desparramados en la cama en un desorden de articulaciones, las manos de Shadow yacían sobre el sensible vientre de Sonic, dando suaves masajes para ayudarlo con el dolor, y esto hizo maravillas en el contrario.
Sonic apenas pudo responder con un ruidito de satisfacción, demasiado cómodo para articular palabras.
El ático de la casa era un lugar cálido y silencioso, alejado del bullicio del resto del hogar, aunque este mismo se encontraba poco habitado debido a la ausencia de gran parte de la familia. Un refugio perfecto para alguien que necesitaba descansar sin interrupciones. La única fuente de luz provenía de una pequeña lámpara en el rincón, proyectando un resplandor tenue que hacía que todo pareciera envuelto en una sensación de tranquilidad, el cielo se encontraba muy nublado, anunciando una larga temporada de lluvia durante los próximos días, por lo que no había tanta luz natural entrando al lugar, además de que la temperatura era bastante fría, pero sin llegar a ser sofocante.
Tails subió los escalones con cautela, sus suaves pisadas apenas hacían ruido sobre la madera. Sabía que Sonic no se sentía bien y no quería molestarlo si estaba dormido, pero aún así, la preocupación lo llevó hasta ahí. Sintiendo un pequeño alivio en el pecho. Shadow había estado con Sonic por un buen rato, lo que significaba que su hermano al fin podría haber logrado descansar. No es que dudara de que Shadow cuidaría bien de él, en realidad, saber que estaba allí era la única razón por la que Tails no había estado revisándolo cada cinco minutos. Pero aún así, quería asegurarse de que todo estuviera bien. Había pasado gran parte del día revisando desde lejos cómo estaba su hermano, no queriendo incomodarlo cuando se encontraba en un estado tan vulnerable, pero quería verlo en persona, asegurarse de que realmente estuviera descansando y no fingiendo solo para escaparse en cuanto tuviera la oportunidad.
Lo cual, aunque parece broma, es algo que sucede muy seguido.
Empujó suavemente la puerta del ático primero se vieron sus grandes orejas peludas, y luego su cabeza cuando se asomó. La escena que encontró fue suficiente para hacer que su corazón se derritiera un poco.
Sonic estaba profundamente dormido, envuelto en la manta que le había entregado Tails, dejando ver un poco de su hocico y sus orejas que se agitaban ligeramente en medio de su siesta, su pecho subiendo y bajando con una respiración tranquila y pausada. Pero lo que realmente captó su atención fue la presencia de Shadow junto a él.
El erizo negro estaba sentado en la cama, apoyado contra el cabecero, con un brazo envuelto alrededor del cuerpo de Sonic, como si fuese su escudo personal. Su otra mano descansaba suavemente sobre la cabeza del menor, acariciando distraídamente las púas desordenadas con movimientos lentos y meticulosos. La expresión de Shadow, a pesar de su constante apariencia seria, era relajada, su mirada fija en el erizo azul con una mezcla de ternura y protección.
Tails no pudo evitar sonreír ante la imagen. A pesar de la reputación intimidante de Shadow, cuando se trataba de Sonic, era un guardián inquebrantable, alguien que, a su manera, mostraba un amor incondicional. Tails no tenía ninguna duda de que Sonic estaba en buenas manos.
El pequeño zorro sintió que debía retirarse sin interrumpir, no queriendo sentir que estaba interrumpiendo nada, pero antes de poder cerrar para retirarse y volver a las sala, los ojos rojos de Shadow se abrieron lentamente, clavándose en él con un brillo de advertencia instintiva, con su cuerpo poniéndose tenso y a la defensiva, sus púas se irguieron con advertencia. Sin embargo, al reconocerlo, la tensión en los hombros del erizo negro se disipó levemente.
El menor de los presentes tragó saliva, relajando su cuerpo, sus colas se movieron con incertidumbre por unos instantes, debió haber esperado ese lado protector de Shadow, después de todo, Sonic se encontraba en una situación vulnerable, todos los mobianos que estaban en casa no pueden evitar sentirse protectores y violentos cuando hay alguna amenaza cerca de alguien de la familia que no se encuentra del todo bien.
— ¿Te vas a quedar ahí?— Murmuró Shadow en voz baja, sin dejar de acariciar el pelaje de Sonic.
Las palabras lo sacaron de su estupor, por lo que decidió entrar en la habitación finalmente, avanzando con pasos suaves hasta quedar cerca de la cama. Shadow levantó la vista en cuanto notó el movimiento, pero no hizo ningún intento de apartarse ni de moverse bruscamente, como si su prioridad absoluta fuera no despertar a Sonic.
— Sólo venía a ver como estaba.— Anunció con un tono solemne.
Shadow exhaló lentamente por la nariz y volvió su atención a Sonic, presionándolo un poco más contra su cuerpo.
— ¿Cómo se encuentra? — Preguntó Tails en voz baja, cruzando los brazos y mirando a su hermano con preocupación.
— Por fin durmiendo.— Respondió Shadow en un tono igualmente bajo para no perturbar el sueño de su pareja.— Su temperatura bajó un poco, y el dolor parece haberse calmado… por ahora. El medicamento que sugeriste parece haber ayudado.— Sus ojos se entrecerraron.— No permitiré que nada lo despierte.
Tails no pudo evitar arquear una ceja con diversión ante la actitud posesiva del erizo negro. Era curioso ver a Shadow tan completamente entregado a cuidar de Sonic, incluso cuando su expresión seguía siendo estoica y aún poseyendo la mirada que podría incinerar a cualquier ser en un instante si despertaban a Sonic.
— No pensaba despertarlo.— Dijo con una pequeña sonrisa.— Pero… ¿seguro que no te está sofocando ahí? Parece que te tiene muy atrapado.
Shadow le lanzó una mirada impasible, como si estuviera considerando si la observación de Tails merecía una respuesta. Finalmente, con un suspiro apenas audible, deslizó su mano enguantada por la espalda de Sonic en una caricia lenta y meticulosa, como si con ello reafirmara que el erizo azul estaba bien.
— Está cómodo.— Afirmó simplemente.— Eso es lo que importa.
Tails dejó escapar una leve risa nasal, para luego relajarse y asentir lentamente. Sabía lo difícil que era para Sonic quedarse quieto cuando estaba enfermo, y el hecho de que ahora estuviera profundamente dormido significaba que realmente lo necesitaba.
El zorro se acercó un poco más y dejó caer su mirada en Shadow. Verlo en ese estado tan protector hacia su hermano le hacía sentir un extraño alivio y a su vez consuelo. No era un secreto que Shadow podía ser intimidante, incluso un poco difícil de leer a veces, pero con Sonic… era diferente, un tipo de diferente del bueno, después de todo, sigue teniendo esa expresión de estar enojado con la vida misma, pero era algo ya natural en él y a lo que todos en la familia se han acostumbrados en ver.
— Gracias por cuidarlo.— Dijo finalmente luego de un rato de silencio en donde el único ruido que llenaba el lugar eran los ocasionales ronquidos que Sonic dejaba salir entre sueños, o sus ronroneos bajos, Tails sonrió de forma sincera.— Sé que Sonic puede ser terco cuando se trata de su salud.
Shadow resopló suavemente, sin apartar su mirada del erizo cobalto entre sus brazos.
— Terco es quedarse corto.—Respondió con una mueca de disgusto fingida, siento todo lo contrario a sus dedos que todavía se encontraban enredándose en las púas de Sonic, acomodándolas de manera inconsciente.— Pero… es Sonic. No espero menos de él. De hecho, fue bastante manso.
Tails dejó escapar una risita. Era cierto. Sonic siempre había sido así, alguien que jamás admitía estar débil, alguien que prefería seguir adelante a pesar de todo. Y aunque eso era admirable, también significaba que necesitaba a alguien que estuviera allí para asegurarse de que descansara cuando fuera necesario.
Shadow estaba haciendo precisamente eso.
El zorro miró una vez más a su hermano, asegurándose de que realmente estuviera bien, antes de dar un paso hacia atrás.
— Voy a bajar para preparar algo de comida para cuando despierte.— Comentó.— Si necesitan algo…
— Te lo haré saber.— Interrumpió Shadow con un leve asentimiento.
El menor asintió con la cabeza, sus colas de menearon detrás de él.—Si sigue durmiendo así de bien, probablemente ya esté mejor mañana.
Shadow no respondió esta vez, pero su mirada se suavizó apenas, lo suficiente para que Tails entendiera que estaba de acuerdo con la afirmación. Le dirigió una última sonrisa al erizo ébano antes de salir del ático, dejando a los dos erizos en su pequeño mundo de tranquilidad. Shadow, por su parte, dejó escapar un suspiro casi imperceptible antes de acomodarse mejor en la cama, asegurándose de que Sonic siguiera lo más cómodo posible, el mencionado ni siquiera pareció perturbado ante la charla de antes, esto se confirmó cuando soltó un balbuceo entre sueños y luego un ronquido, Shadow resopló.
Con un último vistazo a la cara relajada de su pareja, cerró los ojos y permitió que el silencio del ático lo envolviera también. Su prioridad, por ahora, era una sola en ese momento, era asegurarse de que Sonic se recuperara, sin importar cuánto tiempo tomara.
Por suerte, no tomaría mucho tiempo.
Pero tuvo demasiada fe de que eso sería lo único que sucedería ese mes.
(y exagerado) cuidado de su familia, Sonic no podía negar que adoraba la atención. ¿Y cómo no? ¿Quién en su sano juicio rechazaría mimos constantes y atenciones personalizadas? Especialmente cuando provenían de su novio, Shadow, quien, aunque intentaba mantener su actitud estoica, había estado más pendiente de él que de su propio entrenamiento. Pero, como todo en la vida, había un límite. Y ese límite se había sobrepasado por mucho.
Sonic era alguien demasiado activo. Estar en cama durante tanto tiempo le resultaba un verdadero tormento, un castigo innecesario e injusto. Así que el hecho de que ahora pudiera moverse libremente sin que nadie lo obligara a regresar a su lecho de enfermo era prácticamente comparable a obtener el poder de la Esmeralda Maestra una vez más. Su espíritu vibraba de emoción con solo pensarlo.
Y así llegó el momento en el que Sonic decidió que ya había tenido suficiente encierro. Demasiado tiempo atrapado entre las mismas cuatro paredes de su casa, como un animal en cautiverio. ¡Era hora de correr! ¡Lo necesitaba! ¡Lo exigía su ser! Si no liberaba toda la energía acumulada en su cuerpo, probablemente explotaría como una supernova de hiperactividad contenida y dejaría a todo el planeta sin electricidad.
No importaba lo mucho que Tails protestara, diciéndole que debía tomarse su tiempo para recuperar la energía que había perdido al haber comido porciones más pequeñas en los últimos días. ¿Recuperar energía? ¿Él? Sonic se sentía más vibrante que nunca, como si pudiera correr alrededor del planeta sin detenerse. Tampoco le importaban las advertencias de Shadow sobre “no exagerar” y “no ser un cabeza hueca imprudente” (sus palabras, no las de Sonic, por supuesto).
¡Estaba bien! ¡Perfectamente bien! Su estómago ya no intentaba asesinarlo desde dentro, el dolor había desaparecido por completo y su cuerpo estaba listo para volver a la acción. Lo único que necesitaba era moverse, sentir el viento rozando su pelaje, la brisa fría de la mañana despeinándolo, el aroma terroso de la humedad tras la lluvia otoñal. Necesitaba sentir la libertad de la velocidad otra vez, sin que nadie lo detuviera.
Así que, sin esperar permiso de nadie, hizo lo más lógico, escaparse.
Por supuesto, esto requería de una estrategia. Y Sonic no era alguien que dejara los detalles al azar cuando se trataba de escabullirse sin ser visto. Esperó pacientemente el momento perfecto, el instante en el que su familia estuviera lo suficientemente distraída como para no notar su ausencia inmediata. Y ese momento llegó en la forma de la telenovela más dramática de la televisión, "La Última Pasión".
Era el día clave. La protagonista, Gabriela, estaba a punto de tomar una decisión trascendental que definiría el destino de todos los personajes. Un dilema emocional tan poderoso que incluso Shadow, el estoico, frío y supuestamente imperturbable Shadow, se encontraba completamente absorto en la pantalla, con los ojos entrecerrados y las patas cruzadas, como si estuviera analizando una compleja estrategia de batalla en lugar de ver una novela mexicana, claramente encantado con las latinas (No, Sonic NO está celoso en lo absoluto).
Tom, sentado a su lado en el sofá, también se encontraba completamente involucrado en el drama, pasando la mano distraídamente por las púas relajadas de Shadow, como si fuera un gato que necesitaba consuelo ante la tensión de la historia. Sonic podría haber encontrado la escena graciosa en otro momento, pero ahora mismo tenía un plan que ejecutar. Y con la distracción perfecta frente a él, se deslizó fuera del sofá, se hizo una bola y rodó como una pelota de goma hacia la entrada.
Maddie estaba en la cocina, ocupada preparando panecillos y chocolate caliente, completamente ajena a las acciones furtivas de su hijo. Tails, por su parte, se encontraba en el cobertizo, probablemente modificando algún electrodoméstico para transformarlo en un artilugio innecesariamente avanzado. Y Knuckles... bueno, Knuckles aún no había regresado. Se encontraba en algún punto de la ciudad vecina, participando en el nuevo campeonato de bolos al que Wade lo había arrastrado. Probablemente regresaría al atardecer o en la noche, dependiendo de cuántas veces insistiera en jugar "una ronda más".
Con un último vistazo hacia la sala, asegurándose de que todos seguían hipnotizados por el destino de Gabriela y su dilema amoroso con los gemelos, Sonic se escurrió por la puerta y desapareció en un destello azul.
Por fin. Estaba libre.
El hiperactivo erizo cobalto vio la oportunidad de estirar las piernas y estar rodeado de la naturaleza que no desaprovechó la oportunidad.
Green Hills en otoño era un espectáculo de colores vibrantes, una explosión de tonos cálidos que parecían sacados de una pintura demasiado perfecta para ser real. Y honestamente, le fascinaba en su totalidad. Las hojas crujían bajo sus zapatillas con cada paso, el aire fresco despejaba su mente y, por primera vez en días, Sonic sintió que podía respirar de verdad. No solo eso, sino que cada fibra de su ser gritaba de alegría, como si la energía acumulada de su encierro finalmente pudiera liberarse en un estallido de pura velocidad.
Cerró los ojos por un segundo, disfrutando el simple placer de correr, sintiendo el viento golpeando su rostro con la fuerza de mil cachetadas refrescantes. Era la sensación de libertad absoluta, el electrizante cosquilleo que su propia energía desprendía al alcanzar una velocidad absurda, casi como si estuviera desafiando las leyes mismas de la física (otra vez).
Conocía ese sendero como la palma de su propia pata. Había recorrido esas rutas tantas veces que podría cerrarlos ojos y esquivar cada roca, cada raíz y cada arbusto sin problemas. Los árboles desnudos pero rodeados de un manto de hojas anaranjadas, el viento jugueteando con su pelaje, el cielo cubierto de nubes espesas y grises que parecían de algodón... todo era perfecto. O al menos lo era, hasta que sintió algo extraño.
Fue una sensación sutil, como un cosquilleo en la base de su espina dorsal, un ligero zumbido en sus extremidades. Su energía del Chaos pareció fluctuar por un instante, como si algo invisible hubiera alterado su flujo natural. Frunció el ceño con desconcierto justo cuando su pie falló al aterrizar correctamente en el suelo, haciendo que tambaleara de forma catastrófica hasta casi terminar besando la tierra (y no de una forma poética). Por suerte, logró recuperar el equilibrio justo a tiempo para evitar un accidente desastroso que habría herido su orgullo más que su cuerpo.
«Okay... eso fue raro», pensó, parpadeando y bajando la vista hacia sus pies, inspeccionándolos con suspicacia, como si ellos mismos hubieran sido los responsables de su casi caída. Luego miró detrás de él, buscando alguna raíz traicionera o piedra malintencionada que lo hubiera hecho tropezar, pero el camino estaba igual de despejado que siempre. Nadie lo había atacado, no había ninguna trampa mortal oculta entre las hojas...
... Entonces, ¿qué demonios había pasado?
Su ceño se frunció aún más cuando sintió un ligero escalofrío recorrer su espalda, pero como la criatura temeraria e impulsiva que era, decidió ignorarlo y continuar con su ruta. Sin embargo, no llegó muy lejos antes de que algo inusual llamara su atención.
Unos metros más adelante, justo al borde del sendero, había algo reposando bajo un árbol totalmente seco.
Una canasta.
Sonic se detuvo al instante, parpadeando varias veces como si eso pudiera hacer que la imagen frente a él desapareciera. Pero no, la canasta seguía allí, totalmente inmóvil y casualmente puesta en medio del bosque como si hubiera decidido tomar una siesta entre las hojas caídas.
Él está muy seguro que eso no se encontraba ahí hace unos pocos segundos.
Frunció los labios, ladeando la cabeza con una expresión de confusión absoluta. ¿Acaso alguien había olvidado su canasta de picnic? No, eso no tenía sentido. Nadie solía venir a esta parte del bosque, ni siquiera los ciudadanos de Green Hills. La gente del pueblo era bastante respetuosa con la naturaleza y preferían mantenerse alejados de estos terrenos, no por miedo ni por peligro, sino simplemente porque no veían la necesidad de aventurarse tan lejos. A diferencia de él y su familia, pero nadie más.
¿Entonces de quién era esa canasta?
Tal vez era de Amy. Sonic parpadeó ante la idea. Tenía sentido, su amiga era la única persona que conocía que recorría estos bosques con regularidad, ya fuera para entrenar, disfrutar del ambiente o tener largas charlas con los pájaros locales. Porque claro, las aves la adoraban, y ella correspondía ese amor con semillas y migajas de pan como si fuera una mini Blancanieves rosada con un martillo colosal y la suficiente fuerza para partir un árbol en dos.
La idea de que la canasta le perteneciera cobró fuerza en su mente. Probablemente la había dejado aquí por accidente tras una de sus excursiones matutinas y luego regresó apresurada a casa con Stone. Desde que el antiguo secuaz de Robotnik había dejado su pasado de asistente del caos atrás, había abierto una pequeña y acogedora cafetería a las afueras de Green Hills, en memoria de su excéntrico jefe fallecido.
Y como si eso no fuera suficiente, también había adoptado a Amy bajo su ala, tratándola como a una hija desde que la eriza rosa apareció inesperadamente en el pueblo. Sonic todavía no entendía del todo esa historia, pero la idea de Amy trabajando como barista bajo la tutela de Stone siempre le parecía una imagen surrealista, lo bueno es que al ser amigos de la eriza rosa, Stone los recibía con mucho gusto en el local, dándoles de sus delicioso café de leche de cabra austriaca y muchos postres que Amy cocina.
Sea como sea, si la canasta era de Amy, lo más sensato era llevársela a casa y devolvérsela más tarde. No tenía ganas de ir hasta la cafetería en ese momento, había una distancia considerable entre el lugar en donde estaba y el lugar en donde reside su amiga, si bien eso no es absolutamente ningún problema, teniendo en cuenta que es la criatura más rápida de la tierra, no se encontraba en su mejor momento, especialmente porque el cielo se estaba volviendo más gris con cada minuto. Las nubes estaban tan densas que parecían al borde de estallar en un diluvio en cualquier instante. Sonic no tenía problemas con la lluvia, claro, pero si podía evitar empaparse sin necesidad, mejor. Así que debía de darse prisa para regresar a casa.
Sin embargo, sus pasos se hicieron aún más vacilantes cuando empieza a notar cosas aún más extrañas, a medida que se acercaba a la canasta, algo comenzó a inquietarlo aún más, trayendo un cosquilleo a sus púas.
Algo no estaba bien.
Para empezar, la canasta era... simple. Demasiado simple, y se veía desgastada. Si realmente perteneciera a Amy, estaría cubierta de moños, stickers de corazones, o al menos tendría un par de flores pegadas en algún lado, sería bonita a la vista. Pero esta no tenía nada de eso. Era solo una canasta ordinaria, de esas que podrías ver en una vieja película de picnic, sin el más mínimo rastro de la personalidad de su colorida amiga.
Pero lo que realmente lo hizo detenerse fue el sonido.
Un ruido sutil, apenas perceptible al principio, pero lo suficiente como para que sus orejas se giraran con interés. Un murmullo ahogado, una especie de gemido diminuto que lo hizo fruncir el ceño con incertidumbre.
«Okay, esto ya está empezando a darme mala espina...» Pensó, avanzando con precaución. Su instinto le decía que no era buena idea meter la pata en algo desconocido, pero su curiosidad ya había ganado la batalla.
Cuando finalmente se inclinó y miró dentro de la canasta, todo su ser se paralizó de golpe.
Ahí, acurrucado entre mantas cálidas pero visiblemente desgastadas, había un pequeño ser.
Un bebé erizo.
Sonic pestañeó.
Luego otra vez. Y luego otra, como si parpadear lo ayudara a procesar lo que estaba viendo.
Pero no. No era una alucinación provocada por su reciente enfermedad, ni un extraño sueño febril. Era real. Había un maldito bebé erizo en una canasta en medio del bosque.
Su cerebro colapsó momentáneamente.
¿Q-qué? ¿Cómo? ¿Por qué?
¿Quién en su sano juicio dejaría a un bebé mobiano en mitad del bosque? ¿Había una nota?
¿¡QUÉ DEMONIOS!?
Pero no, nada. Solo el bebé, ajeno al caos existencial que Sonic estaba atravesando en ese preciso momento.
El erizo cobalto se quedó ahí, congelado, sin saber si debía tocarlo, gritar o simplemente alejarse corriendo y fingir que nunca vio nada. Lamentablemente, su conciencia le impidió hacer la última opción.
«Oh, no... Creo que acabo de meterme en algo grande».
Sonic tropezó con sus propios pies hacia atrás, cayendo de cola contra el suelo con un golpe que le sacó el aire. Su mente parecía haberse detenido por completo mientras su respiración se volvía errática. Sus ojos, normalmente llenos de vivacidad y energía, ahora estaban abiertos como platos, brillando con incredulidad. Tragó saliva con dificultad, como si intentara digerir la surrealista escena frente a él. Su cerebro exigía una segunda opinión, porque claramente algo estaba fallando en su percepción de la realidad.
Arrastrándose torpemente sobre el suelo cubierto de hojas secas, volvió a acercarse a la canasta con extrema cautela, gateando, como si el contenido pudiera explotar en su cara en cualquier momento. Su hocico tembló un poco cuando inhaló, esperando tal vez que la brisa le trajera el inconfundible olor de una broma pesada. Pero no. El erizo miró nuevamente dentro de la canasta y…
— Eh… — Un espasmo le recorrió el cuerpo entero cuando su cerebro finalmente procesó lo que estaba viendo. Y luego, con toda la elocuencia digna del héroe más veloz del planeta, exclamó con un grito ahogado,— ¡¡¿EH?!!¡¡
No, no podía ser real. Tenía que haber un error, una falla en la Matrix, un chiste jugado en su contra. Pero ahí estaba. Un bebé erizo. Un pequeñísimo y esponjoso bebé mobiano. Sonic no era un experto en bebés (ni en niños, si era sincero, incluso se asustaba cuando Tails pasaba por etapas de crecimiento demasiado rápido), pero hasta él podía reconocer lo obvio. El pequeño era un erizo, de eso no había dudas, incluso si no ha visto uno en persona, sabe como lucía él mismo de bebé, o al menos eso cree. Las púas del bebé eran delgadas y blandas, completamente diferentes a las suyas, y poseía un color plateado brillante que hacía que resaltara incluso entre la manta roída que lo cubría. Su escaso pelaje era una mezcla entre plateado y blanco, o al menos era lo que alcanzaba a ver con la pequeña cara asomándose de entre las cobijas, y aunque sus ojos estaban cerrados, su diminuto rostro estaba fruncido en una expresión de queja. Sus orejitas caídas temblaban ligeramente, y pequeños sonidos salían de su boquita en una serie de ruiditos que parecían una combinación de protesta y búsqueda de consuelo.
El corazón de Sonic, que hace unos segundos latía a mil por la impresión, ahora se retorció con una ternura involuntaria. La criatura era ridículamente adorable. Casi insultantemente adorable. Demasiado lindo para su corazón.
— Hey amigo, ¿qué haces aquí? — Murmuró con un hilo de voz, inclinándose más cerca con una mezcla de confusión y fascinación.
Quitándose uno de sus guantes con torpeza, para mantener la prenda sucia lejos del pequeño bebé. Luego, con algo de vacilación, estiró la pata desnuda y rozó con suavidad la diminuta frente fruncida del bebé con la almohadilla de su pata color melocotón. El contacto fue inmediato. El pequeño soltó un sonido parecido a un suave ronroneo y, como si el mundo entero no fuera más que un capullo cálido y seguro, su expresión se relajó al instante.
Sonic sintió que algo dentro de él se derretía.
— No. Para. No te enternezcas. No te—... mierda.
Sonic sin duda no se enterneció con eso, claro que no.
Antes de que pudiera seguir procesando su recién adquirida paternidad accidental, un sonido desgarró el aire, interrumpiendo su cadena de pensamientos. Un trueno retumbó a la distancia, gruñendo con una ferocidad que hizo que hasta los árboles crujieran en respuesta, esto lo sacó de sus pensamientos y su estupor anterior. Sonic levantó la mirada hacia el cielo, y no le gustó nada lo que vio. Las nubes grises, que antes parecían simplemente anunciar un día nublado, ahora se acumulaban con una rapidez alarmante, revolviéndose como si el mismísimo cielo estuviera de mal humor. El viento, antes una brisa fresca y juguetona, comenzaba a volverse agresivo, arremolinando las hojas caídas con una urgencia inquietante.
En cuestión de minutos, la tormenta sería imparable.
Sonic volvió la vista hacia la canasta, su expresión tornándose más seria. Su cerebro, que por fin había dejado de patinar en el mismo punto, procesó algo que hasta ahora había estado enterrado en la incredulidad, ¿Quién, en su sano juicio, dejaría a un bebé en medio del bosque justo antes de una tormenta?
La idea le revolvió el estómago de una forma que ningún chili dog había logrado hasta ahora.
— ¿Hola? — Llamó Sonic, esperando que alguien apareciera, que alguien dijera, “¡Oh, gracias por encontrar a mi bebé, estaba justo aquí y se me cayó!” (Lo cual es estúpido creer que eso iba a suceder, pero soñar no cuesta nada). Sin embargo, el bosque solo le devolvió el eco de su propia voz, burlándose de él y de su ilusoria esperanza.
El bebé emitió un pequeño ruido, removiéndose bajo la manta y el agarre cálido de la pata de Sonic, buscando instintivamente más calor. Sonic sintió cómo su corazón se encogía de inmediato. Maldijo internamente.
— Bien, pequeño, parece que ahora eres mi problema. — Dijo en voz baja, haciendo una mueca interna.
Con sumo cuidado, apartó su mano lentamente y cubrió la cabecita del bebé con la manta, asegurándose de que la brisa fría no le afectara, mientras se ponía nuevamente el guante. El pequeño soltó una queja suave ante esto, moviendo su boquita con un puchero diminuto, pero sorprendentemente, no lloró. Sonic soltó un suspiro, agradeciendo que al menos en ese momento no tuviera que lidiar con gritos desesperados.
Se enderezó y, con sumo cuidado, levantó la canasta y la sostuvo firmemente contra su pecho, como si fuera el objeto más frágil del universo y se puso su guante nuevamente. Miró una vez más a su alrededor, con la absurda esperanza de que de la nada apareciera alguien reclamando al bebé, pero nada. Todo a su alrededor seguía siendo el mismo bosque silencioso y carente de vida, donde solo el silbido del viento furioso rompía la calma.
Y hablando del viento, Sonic sintió cómo su pelaje comenzaba a erizarse ante la frialdad que traía consigo. Miró hacia el cielo y su expresión se torció al ver las nubes negras y densas que se agrupaban sobre él, listas para soltar su furia en cualquier momento. Oh, genial. Como si la situación no fuera lo suficientemente extraña, ahora también tenía que preocuparse por no quedar atrapado en medio de una tormenta.
— Bien, bien, vamos a salir de aquí, amigo.— Murmuró, asegurándose de mantener la canasta bien pegada contra su pecho. No podía simplemente echarse a correr a toda velocidad, temía agitar demasiado al bebé y hacerlo llorar o algo peor, como lastimarlo o que el frío le hiciera enfermarse y él a duras penas es capaz de cuidar de si mismo. Así que optó por un ritmo rápido pero cuidadoso, manteniendo su vista fija en el camino frente a él para evitar accidentes.
Y entonces, sin previo aviso, la tormenta decidió hacer su gran entrada.
La lluvia cayó con fuerza, sin darle tiempo a reaccionar. No hubo advertencias, ni una llovizna leve como introducción. No. Fue como si el cielo hubiera decidido voltear un balde gigante de agua sobre él de golpe.
— ¡¡Ah, vamos!! ¿En serio?! — Protestó Sonic, entrecerrando los ojos cuando la lluvia comenzó a dificultar su visión. El agua golpeaba contra su pelaje con brutalidad, empapándolo en cuestión de segundos. Las gotas resbalaban por sus espinas azules y se deslizaban hasta la canasta, por lo que inmediatamente bajó la cabeza, protegiendo al bebé bajo su barbilla, casi enroscándose sobre el objeto.
Ahora ya no podía ver casi nada. La lluvia caía tan intensa que transformaba el bosque en una marea de sombras borrosas y distorsionadas. Sonic chasqueó la lengua, obligado a reducir aún más su velocidad para evitar cualquier accidente. Si tropezaba o chocaba con algo, no solo podría hacerse daño él, sino también el pequeño ser que resguardaba. Regresar a casa en ese estado era peligroso, como pensó momento antes, al no ver correctamente más allá de su nariz por causa de la lluvia, podría hacer que termine cayendo en algún lugar o por algún camino inclinado, o tropezar con los desliniveles del terreno del bosque, pero quedarse ahí quieto mojaría al bebé.
Esto era demasiado desafortunado.
El viento ululaba entre los árboles con un sonido feroz, sacudiendo las ramas y esparciendo hojas marchitas por doquier. La tormenta era peor de lo que pensó en un inicio. Si no encontraba refugio pronto, las cosas se pondrían realmente feas.
Fue entonces cuando, entre la cortina de agua y el desorden de la tormenta, Sonic reconoció el sendero en el que estaba. Sus ojos brillaron con un destello de esperanza. ¡Sabía dónde estaba!
Con un nuevo sentido de determinación, se dejó guiar por sus instintos. Este era un camino que había recorrido incontables veces antes. Sus patas se movieron con certeza, sin titubeos, llevando consigo la pequeña canasta y a su misterioso ocupante.
Solo necesitaba aguantar un poco más. Estaba cerca. Muy cerca.
En cuestión de segundos, Sonic se encontró cruzando la entrada de su vieja cueva, su antiguo refugio antes de mudarse con los Wachowski.
La tormenta rugía en el exterior con una furia incesante, pero dentro del refugio, el ambiente era cálido, seco y acogedor, como si el tiempo no hubiera pasado.
Tan pronto como estuvo dentro, dejó escapar un suspiro de alivio, sus músculos relajándose al instante. La lluvia torrencial seguía golpeando el exterior con una furia ensordecedora, las gotas azotaban las rocas con una fuerza casi amenazante, pero dentro de la cueva, el sonido se amortiguaba, convirtiéndose en un eco lejano y constante que brindaba un inesperado sentimiento de seguridad.
Su mirada recorrió el interior del refugio, notando que la oscuridad dominaba la mayoría del espacio, aunque podía distinguir las formas de los objetos gracias a la tenue luz que se filtraba desde la entrada. Aún así, eso no era problema. Con pasos rápidos, se dirigió a la esquina donde yacía un pequeño motor de energía que Tails había construido tiempo atrás.
— Muy bien, Sonic, a ver si aún recuerdas cómo funciona esto…— Murmuró para sí mismo mientras se acercaba al generador y presionaba el botón de encendido. Un suave zumbido llenó el ambiente y, segundos después, una cálida luz se expandió por la cueva, revelando los distintos objetos desperdigados por el lugar. Sonic sonrió con satisfacción, y la cueva recobró su habitual sensación de comodidad.
A pesar del tiempo que había pasado desde la última vez que se refugió en ese lugar, todo seguía prácticamente igual. Las paredes rocosas le resultaban familiares, el ambiente conservaba ese aire cálido y acogedor que, por años, fue su único consuelo. Antes, esa cueva había sido su hogar, un espacio solitario donde se acurrucaba con nada más que sus pensamientos y la luz tenue que se filtraba del exterior, una cueva de soledad. Pero esta vez, no estaba solo. Esta vez, tenía compañía… una compañía completamente inesperada y, para ser honesto, algo aterradora.
Desde que dejó de usar la cueva como hogar, había pasado a convertirse en un punto de reunión para él y sus amigos. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa al recordar las veces que Shadow se había quejado de lo rústico del refugio, aunque al final siempre terminaba acurrucándose en el sillón más grande con un café caliente en la mano. Aquí habían pasado tardes enteras charlando, viendo películas, desafiándose en acalorados juegos de mesa e incluso guerras de almohadas que, honestamente, se salían de control cada vez que Knuckles participaba, todo esto cuando querían algo de privacidad lejos del bullicio del pueblo. Se felicitó mentalmente con unas palmaditas por su brillante idea de convertir este lugar en algo más que un simple refugio. Y ahora, esa decisión estaba dando frutos, porque aún quedaban provisiones guardadas, lo que sería útil mientras esperaba que la tormenta amainara.
No se arriesgaría a salir bajo la lluvia con un bebé en brazos. No cuando la tormenta parecía intensificarse con cada minuto que pasaba.
Caminó hasta la mesa que ocupaba el centro de la cueva y, con sumo cuidado, depositó la canasta sobre la superficie de madera. Se inclinó sobre la canasta y, con más curiosidad que antes, examinó al diminuto erizo. Sus púas plateadas capturaban la luz de una manera peculiar, como si tuvieran un brillo etéreo, casi irreal. Su pequeño pecho subía y bajaba con cada respiración, y de vez en cuando emitía pequeños sonidos que hicieron que Sonic sintiera una punzada de ternura. El tipo de ternura que, por supuesto, no iba a admitir ni bajo amenaza de muerte.
Sonic ladeó la cabeza, sin saber exactamente qué hacer.
— Bueno, pequeñín, bienvenido a la casa temporal de Sonic.— Anunció con una pequeña sonrisa, cruzándose de brazos.— Espero no te importe la falta de comodidades, pero al menos aquí no te caerá un rayo… probablemente.—
Bromeó, aunque en realidad no estaba tan seguro de que ese fuera un buen sitio para un bebé.
Sus ojos verdes recorrieron el lugar en busca de algo útil, pero como era de esperarse, no tenía absolutamente nada relacionado con el cuidado de infantes.
Fue entonces cuando notó algo preocupante, la manta que envolvía al bebé estaba húmeda por la tormenta, La tela ya estaba en malas condiciones cuando lo encontró, y ahora que se había humedecido con la lluvia, no servía de mucho. Frunció el ceño con desaprobación y sin perder un segundo, se giró hacia las gavetas improvisadas que él y Tails habían construido en una esquina de la cueva, buscando algo útil. Después de revolver algunas cosas —y descartar una vieja bufanda, un paquete de gomitas y lo que parecía ser una peluca (¿por qué tenía eso ahí?)
Sabía que algo útil debía haber entre todas las cosas que habían dejado ahí en sus reuniones. Revolvió entre objetos olvidados una vez más, desde un viejo cartón de pizza hasta un control de videojuego sin baterías, hasta que finalmente encontró lo que buscaba, una manta mullida y roja que Shadow había dejado la última vez que estuvieron ahí.—¡Bingo!—
Le dio un par de olfateadas rápidas. Limpia. Suave. Y con ese inconfundible aroma a Shadow, algo entre especias, madera ahumada y lavanda, que no era ni remotamente molesto, de hecho a Sonic le reconfortaba mucho, tragándose un ronroneo de felicidad al percibir el aroma de su pareja. Asintió satisfecho con su elección y, con la velocidad de un rayo, volvió al lado de la canasta, listo para envolver al pequeño en algo mucho más cálido y seco.
No estaba nervioso. En absoluto. Para nada.
Iba a necesitar toda la ayuda posible para averiguar qué hacer con esta pequeña bolita de espinas plateadas.
El bebé erizo solo bostezó, completamente ajeno a su nueva y extraña situación.
Sonic en definitiva no arrulló, NO lo hizo.
Sonic se quitó los dos guantes y los dejó sobre la mesa antes de sacudir los dedos, preparándose mentalmente. Dirigió ambas patas hacia el bebé, pero vaciló un momento antes de levantarlo. Había visto a Maddie cargar a pequeños cachorros en el trabajo cuando la acompañaba, así que no debería ser muy diferente a eso... ¿verdad? Cargar a un bebé mobiano no es tan diferentes... Eso espera. Trajo a su memoria cada pequeño movimiento que solía hacer Maddie al cargar a los cachorros que cuidaba, e imitó sus acciones con sumo cuidado.
Primero, retiró con delicadeza la manta que rodeaba al pequeño y la dejó a un lado para que no estorbara. El erizo plateado de inmediato se quejó por la falta de calor, removiéndose con incomodidad y dejando escapar unos lloriqueos suaves, sus ojitos cerrados apretadamente. Sonic parpadeó, recordando de golpe un dato importante, los erizos bebés nacen ciegos y con la audición reducida. Su expresión se suavizó. Pobrecillo... Debía estar tan confundido.
Ahora que lo veía mejor, pudo notar detalles más precisos en él. Tenía una curiosa pelusa blanca en su pecho, más larga y esponjada que el resto de su escaso pelaje, esto le recordó a Shadow y arrulló. Sus diminutas patas estaban cerradas en puñitos, y sus pequeñas piernas se enroscaban contra sí mismo, casi como si intentara hacerse bolita mientras pataleaba. Había diminutas garras en cada una de sus patas, y sus almohadillas eran de un rosado extremadamente suave.
Jodidamente adorable.
Definitivamente no lo había arrullado. No lo hizo. Nadie podría probar lo contrario.
Pero si lo hubiera hecho (hipotéticamente hablando, claro), no sería su culpa. Sería culpa del bebé por ser tan condenadamente adorable.
Sacudió la cabeza, tratando de alejar cualquier pensamiento innecesario, y rápidamente envolvió al bebé en la nueva manta, mucho más cálida y seca. En cuanto la suave tela lo cubrió por completo, el pequeño dejó de quejarse y se relajó, soltando diminutos resoplidos en intervalos regulares. Sonic dejó escapar un suspiro de alivio. Al menos eso estaba resuelto.
Satisfecho con su trabajo, Sonic lo volvió a poner en la canasta con cuidado. Luego, se giró y se frotó los brazos. Recién cayó en la cuenta de lo mojado que estaba. ¡Rayos! Odiaba esa sensación. No solo era incómodo, sino que si se quedaba así mucho tiempo, podría enfermarse. Y eso era lo último que necesitaba en este momento, especialmente porque apenas se había recuperado de su malestar estomacal de hace unos días.
Se apresuró a buscar una de las toallas que Tails había dejado guardada por si acaso. Apenas se secó, su pelaje se esponjó de inmediato. Sonic hizo una mueca de disgusto. ¡Ugh! Odiaba cuando eso pasaba. Lo hacía parecer ridículo. Pero, para su mala suerte, no había ningún cepillo en la cueva para arreglarlo. Suspiró resignado.
La próxima vez, le pediría a Amy que dejara un cepillo de repuesto por si acaso. Para emergencias. Emergencias como quedar varado en una tormenta.
No emergencias como encontrar otro bebé. Con uno era suficiente.
Salió de sus pensamientos mientras dejaba la toalla colgando a un costado, sacudiendo un poco las púas para que no quedaran aplastadas de forma extraña. No es que fuera vanidoso ni nada, pero prefería no parecer un erizo electrocutado si podía evitarlo. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera acomodarse bien, un quejido suave llamó su atención, y Sonic giró la oreja en esa dirección antes de volver la mirada hacia la canasta.
— Hey, pequeño copo, ¿qué sucede? — Sonic ladeó la cabeza mientras se acercaba de nuevo a la canasta, frunciendo ligeramente las cejas con preocupación.
El diminuto erizo plateado se removía entre la manta con expresiones que, a pesar de que de hecho, es un bebé con días de nacido, transmitían un claro desacuerdo con la situación. Soltaba pequeños sollozos, su boquita temblaba y su nariz se arrugaba como si estuviera a punto de estallar en llanto. Sonic sintió una punzada de pánico. No, no, no, que no llore. ¡Cualquier cosa menos eso!
— Oye, oye, shhh, shhh, no llores, amigo. Todo está bien, no pasa nada, no hay monstruos ni cosas raras... bueno, excepto yo, pero eso no cuenta.
Se inclinó sobre la canasta, tanteando con torpeza la manta, como si en cualquier momento esta fuera a explicarle qué rayos estaba haciendo mal.
—Vamos, no me digas que no te gusta la manta. Mira, sé que Shads es un amargado de primera, pero hay que admitir que tiene un gusto impecable para las telas de calidad. Esto es suavecito, garantizado. Más premium que un almohadón de lujo en la suite de un hotel cinco estrellas. ¡Vamos, si hasta yo dormiría envuelto en esto!— El bebé no parecía convencido de su argumento porque siguió removiéndose, con su carita fruncida en una expresión de incomodidad absoluta. Sonic abrió la boca para intentar convencerlo mejor de las maravillas del buen gusto de Shadow, pero en cuanto el pequeño dejó escapar un quejido más alto, supo que la negociación había fracasado. Sonic sintió un escalofrío de alarma recorrer su espalda. ¡Que no llore, que no llore!
Actuando por puro instinto, lo tomó con todo y manta, con más torpeza que gracia, y lo presionó suavemente contra su pecho. Rogó, estirando los brazos con rapidez para levantarlo de la canasta. Lo sostuvo con todo y manta contra su pecho, intentando imitar el mismo gesto que había visto hacer a Maddie con los cachorros cuando lloraban, o las escenas de las películas donde la madre cargaba a su bebé Se balanceó un poco de un lado a otro, como si estuviera en una tabla de surf inestable.— Vamos, pequeño, todo está bien, tranquilo… Tranquilo, amigo, soy nuevo en esto, dame un respiro, ¿si? No seas tan exigente con el pequeño yo. También estoy asustado.
El bebé siguió removiéndose un poco más, hasta que su diminuta nariz se apoyó contra el pelaje suave color melocotón del pecho de Sonic. Al instante, su cuerpecito se relajó y su respiración se volvió más acompasada, soltando un suspiro diminuto, relajándose de inmediato en su agarre al sentir el aroma de este. Sonic parpadeó con sorpresa, congelado en su lugar.
¿Así de fácil? ¿Solo necesitaba acurrucarse contra él para calmarse? Sonic pestañeó un par de veces antes de soltar un suspiro de alivio.
— Así que eso era, huh… —Murmuró
Se quedó quieto, observando al pequeño ser dormitar contra él, su diminuta nariz presionada contra su pelaje, sus pequeñas orejitas apenas temblando con cada respiración.
— Bueno... eso fue rápido.
No estaba seguro de cómo reaccionar ante eso. Por un lado, estaba agradecido de que el bebé no hubiera decidido explotar en llanto. Pero por otro...
— Oh, no. ¿Ahora soy su almohada favorita? — Murmuró para sí mismo. El bebé respondió con otro suspiro tranquilo, aferrándose sin darse cuenta a un mechón de pelaje de Sonic con su pequeño puño, ronroneando con comodidad. El erizo cobalto soltó una risa nerviosa sin saber que demonios hacer ahora.
Con un suspiro resignado, decidió que lo mejor sería buscar un lugar más cómodo donde recostarse. La idea de quedarse de pie toda la noche como estatua viviente con un bebé pegado al pecho no le entusiasmaba demasiado. Así que, con movimientos cuidadosos, se dirigió al viejo sofá que Knuckles había traído tiempo atrás. Un trasto mullido y extrañamente cómodo que había soportado incontables noches de películas, bromas y alguna que otra guerra para nada peligrosa con objetos punzantes de dudosa procedencia.
Se dejó caer con un largo suspiro, acomodándose lo mejor posible mientras mantenía firme al pequeño contra su pecho. Miró hacia el techo rocoso de la cueva, observando cómo las sombras danzaban con la luz del generador, sintiendo cómo el peso del cansancio comenzaba a asentarse sobre él.
Mierda.
—¿Y ahora qué demonios voy a hacer?— Susurró para sí mismo, observando al pequeño con expresión incierta. Era la pregunta que había estado tratando de evitar desde el momento en que encontró la canasta. Y ahora, con la tormenta impidiendo su regreso inmediato a casa, con un diminuto erizo profundamente dormido contra su pecho como si llevara toda la vida ahí...
Sonic se daba cuenta de que no podía evitarla por más tiempo.
Lo peor de todo es que esta ni siquiera era la única pregunta importante en su cabeza. Porque si bien no tenía idea de qué haría ahora... había algo que lo aterrorizaba incluso más.
— ¿Cómo demonios voy a explicar esto cuando vuelva a casa?— Se quejó, apretando los ojos con frustración. ¡Como si Tails no tuviera ya suficientes razones para dudar de su sentido común!
Y peor aún... ¡las preguntas que haría Shadow!
Un trueno a la distancia, retumbando tan fuerte que podría haber sacudido la tierra un instante fue su respuesta, con un resoplido miró al pequeño erizo en su pecho, viéndolo sumergir de forma tan cómoda su pequeño hocico en su pelaje melocotón, sonrió con cariño a pesar de la incertidumbre, ciertamente siente en su interior que está haciéndolo bien.
Supone que lo que suceda después al regresar a casa sería problema del Sonic del futuro.
Una vez que la tormenta pase.