Capítulo 7: Conquista (casi) fallida.
16 de febrero de 2026, 17:26
No puede creer que esté buscando ayuda para el plan más comprometido que ha tenido en su vida. Sin embargo, nada impide que se mueva contra toda voluntad hasta alguien que le ofrecerá la ayuda que necesita.
Jimmy Olsen está trabajando en su computadora, editando un par de fotografías.
Realmente sabe que Clark está frente a él, pero lo ignora.
Después de todo, Lex ganó las elecciones apenas ayer; el terreno aún está fresco.
—Sé que no quieres verme, y que no entiendes mis acciones. —Se rascó la nuca. —Pero si todavía somos un poco amigos, ¿podrías ayudarme con algo?
Silencio. Clark se rinde al tener de respuesta el teclado de la computadora. Está yéndose cuando Jimmy lo detiene.
—¿Qué necesitas, Clark? —pregunta sin dejar de ver la pantalla. Su amigo vuelve a donde estaba como un cachorro emocionado.
—Sé que suena un poco personal, pero cuando estás con alguien, ¿Cómo conquistas a esa persona?
Jimmy alza la cabeza y deja el trabajo para después. Se reclina en su silla intrigado.
—¿Vuelves a intentarlo con Lois?
—En realidad… ya no.
Jimmy mira a la nada meditando. El tema de Lois es algo delicado; ella y Clark estuvieron cerca de ser una gran pareja, pero algo los distanció a mitad del camino, y aunque Clark admitía estar bien con eso, Jimmy siempre supo que, desde ese momento, su amigo dejó de ser tan abierto como antes.
Jimmy supuso que Clark era demasiado emocional para una mujer tan estratégica. Pero Clark sabía que el problema siempre era no confiarle su secreto.
—Lo único que sé sobre las mujeres es que les gustan los buenos detalles —comenzó algo incómodo, porque, siendo sincero, no solía hacer nada para atraer mujeres. —Les gusta que les regalen flores, que seas caballeroso. Pero sobre todo tienes que ser tú mismo y respetarlas, no hay mucha ciencia en ello…
Clark escribió mentalmente todo.
Ser caballeroso con Lex… Era algo extraño.
—¿Y si esa… chica es muy autoritaria? ¿Cómo sé cuándo lo estoy haciendo bien?
—Supongo que la miras a la cara, y te das cuenta de que, existiendo tantas personas en el mundo, no puedes dejar de mirarte a ti.
Clark lo piensa un instante; la idea de ser imprescindible para alguien, siendo solo él y no un héroe, le parece increíble, pero muy alejado de su propia realidad.
Hace mucho tiempo se había hecho a la idea de que no encontraría a la indicada, jamás podría poner como carta de presentación en una primera cita:
“Hola, soy Clark Kent, no soy humano y vine a conquistar el mundo, pero en realidad tengo otros hobbies. ¡Me encanta el periodismo y la Navidad!”
Y antes de mentirle a una futura esposa con la que compartir toda su vida, prefería quedarse solo.
Era lo mejor para todos.
—Gracias, Jimmy —entusiasmado—. Y lo lamento.
—Dejando esto de lado, aún estoy molesto contigo, Clark. Superman es un amigo para mí y me duele que apoye a un Luthor.
—¿Realmente le tienes tanto cariño?
Jimmy asiente con seriedad.
—No se trata solo de las fotografías que me deja tomarle. No puedo imaginar ser el único de tu especie en el mundo, estar solo y aún estar presente —explica pensativo. —Es una suerte que tú no tengas esos problemas —lo alentó.
Clark sonrío tenso, dándole una palmada amistosa en el hombro.
El resto del día pensó que estaba haciendo lo correcto. Sí es que no había perdido la cabeza con su plan con Lex, pero cada vez que se detenía, recordaba a todas las personas que contaban con él. No supo en qué momento sucedió, solo sabía que si no hacía lo posible por detener la maldad de personas como Lex, todo su arduo trabajo sería en vano.
………………………………………..
Los días ajetreados en LexCorp suelen ser con mucha gente corriendo por los pasillos, programando agendas, preparando respuestas a posibles preguntas, todo por el bien de una empresa que es representada por un solo hombre.
Por lo que para Lex, no es algo raro tener tanta gente junto a él, entregándole noticias o aconsejando sus movimientos en el área pública. Tener a desconocidos contratados yendo de un lado a otro, creando bullicio en los pasillos.
Lo que sí nunca había pasado en LexCorp era recibir un ramo de flores.
Flores verdes envueltas en un delicado papel blanco, atadas a un moño color beige, con una diminuta carta de felicitaciones prendida al tallo con un alfiler dorado.
Clark se las entrega, mientras Lex está sentado en su sala de descansos, otro espacio amplio y moderno.
Dos de sus asistentes miran las flores algo consternados, pero sin decir palabra; al cabo de unos segundos, todos vuelven a sus asuntos; algunos van por reportes y otros bajan la mirada, siendo conscientes del denso aire que se respira ahora.
Lex alzó una ceja.
—¿Qué es eso? —pregunta sin aceptarlas.
—Un pequeño regalo, felicidades por ganar las elecciones. —Y una pequeña sonrisa se coló en sus labios.
Si algo odia Lex, es a la gente que sonríe porque sí, sin razón aparente, como si hiciera un gran esfuerzo por caer bien. Pero recibir flores es el colmo que rebalsa su poca paciencia.
¿Cómo se atrevía Kent a darle un regalo tan personal? Podía oler una mala broma a kilómetros de distancia.
Toma el ramo con desgano, lo observa apenas y lo huele muy sutilmente, procurando que nadie note su curiosidad. Luego se levanta.
Aún tiene un día saturado por delante, y no piensa perder tiempo con gestos sentimentales. Clark lo sigue por detrás, tratando de mantener el paso entre los pasillos brillantes de mármol y metal.
—No me gustan las flores, Kent. —explica molesto, en lo que pasa por la recepción del último piso, donde un grupo de secretarías repasa documentos y atiende llamadas.
Clark piensa que, aunque sea, la intención es lo que cuenta. Pero Lex no le da la razón.
Sin siquiera mirarlo, le entrega las flores a una de las secretarias.
Ella parpadeó sorprendida, se peinó el cabello con torpeza y se sonrojó al recibirlas.
Lex continúa su camino, se mete al ascensor con un par de asistentes y, justo antes de que las puertas se cierren, lanza una mirada seria en lo que dice:
—No hagas tonterías.
…………………………….
Trabajar manteniendo una ciudad es un trabajo de tiempo completo. Pero Lex, quien vivió toda su vida ocupado, lo hace más fácil.
Clark recuerda pensar que lidiar con su jefe era difícil, pero ese antiguo él no tenía idea de lo que eran las reuniones de ejecutivos.
En apenas tres semanas, su vida se resumió en trabajar y trabajar; apenas tenía tiempo de ser Superman por los ratos libres.
El trabajo duro no le hubiera resultado tan difícil de no ser por la cruel selectividad de las personas poderosas. Al ser un reportero, mucho más un humilde hombre de Kansas, no se le solía ceder opinión en las reuniones.
Generalmente, en las salas de reuniones, su asiento estaba reservado con el apellido Kent escrito de forma elegante. Pero siempre alguien ocupaba su lugar, y acababa en tener que pedir una silla de otra sala para hacerse espacio en la mesa ejecutiva.
Los debates eran lo peor; todos tenían su propia visión de cómo mejorar a Metrópolis. Algunas ideas eran convertirla en una utopía; otras menos descabelladas sugerían centrar el ojo en la educación.
Pero algo era cierto: Clark no hablaba.
No porque no quisiese, sino porque era algo imposible.
Al hablar, su voz quedaba en el aire, ideas al pasar que se perdían en las discusiones.
Creyó que tal vez estaba imaginando que era desplazado, debido a su cierta timidez en ambientes tan formales; sin embargo, supo que no estaba imaginando cosas en la última reunión.
—Creo que el presupuesto destinado a crear nuevos centros turísticos debería revisarse para no generar pérdidas a fin de año. —sugirió, apretado en una silla y con un par de papeles encima.
—¿Un poblador opinando sobre el presupuesto? Me mata de risa, señor Kent. ¿Cuál es su siguiente plan? —¿Bajar el precio del maíz? —se burló un colaborador, de esos hombres mayores que siempre estaban de traje.
Y Lex lo ignoró, no le importó que un desconocido insultara a Clark deliberadamente con una sonrisa en su rostro, tal vez ni siquiera lo escuchó; estaba tan interesado en el tema a debatir, que solo leía lo que su asistente había preparado para su reunión.
“Patético”, se restregó el rostro con agua en el baño después de la reunión.
¿Cómo se supone que iba a atraer a Lex cuando nada de lo que hacía le importaba?
Ni flores, ni sonrisas, ni café…
Su rostro se ruborizó al mirarse al espejo.
¿Y si tal vez el problema era que no conocía cuál era el tipo de Lex?
Tal vez a Lex apenas le interesaban los hombres. Tal vez ser servicial no era lo que en verdad le importaba en una pareja.
¡Era eso! Tal vez Lex solo quería a alguien como su asistente en su vida, aquella mujer llamada Mercy que siempre estaba seria, vistiendo de negro y siendo implacable.
Aquella a la que le derramó café encima por accidente…
“Seguramente”, pensó, “ese es el tipo de determinación que Lex esperaba con alguien”.
…………………………
Lois se agachó hasta tocar parte del asfalto de granito. La amplia calle terminaba frente al muelle de pescadores, que estaba inhabilitado desde hacía tiempo. Tomó un par de fotografías de la zona sellada.
No podía entender por qué LexCorp no se encargó de rehabilitar el lugar; era el único muelle cercano en Metrópolis, pero en más de diez años nadie nunca se encargó de arreglarlo.
Posó sus manos en los bordes de madera húmedos e intentó entrar al muelle, donde las tablas de madera, usadas para taparlo, eran fáciles de apartar. Luego de tomar un par de maderas y colocarlas cuidadosamente a un lado, encontró una forma de que su cuerpo entrara en un espacio.
—Yo que tú, no haría eso.
Lois se quedó a la mitad, con el cabello enredado entre las demás maderas.
—Creo que parece que sé lo que hago… —En realidad no estaba ni segura, pero aquella voz prepotente le molestó.
—Esto tiene que ver con Luthor, ¿verdad?
Lois se tropezó al salir, dándole la cara a quien la interrumpió. Un hombre y una mujer sonreían cómplices. Logró identificarlos por las insignias que llevaban en sus camisetas.
—¿Qué hace el Daily Star acosándome?
—Entonces sí se trata de Luthor. —El hombre de traje sonrió de nuevo.
Lois se quedó callada; jamás le daría su trabajo a otra editorial, cumpliría con lo que Clark le pidió sobre Lex.
Aunque aún no entendía qué tenía que ver un simple muelle abandonado.
—¿No es aquí donde hubo un accidente? Es la razón por la que cerraron estas calles. —dijo la mujer a su lado, con un tono curioso, revisando el lugar. Su colega, por su parte, se llevó la mano a la cara.
—¿Podrías decir las cosas en voz baja por una vez en tu vida?
—Gracias, chicos, me han dado en qué investigar. –Lois se burló emprendiendo camino.
Lo que sea que debía saber sobre Lex, tenía que hacerlo rápido. No solo por Clark, sino antes de que otra editorial se lo robara.
…………………………..
Era la quinta fraternidad que pasaba al lado de Lex, jóvenes sudorosos con supuestas botellas de refresco que seguramente encubren el licor comprado. Un grupo frente a él comenzó a cantar una canción de forma estruendosa. Lex arrugó la nariz, alejándose a la cancha de baloncesto donde daría un discurso.
—¿Cuánto tiempo más tengo que soportar esto? ¿Dónde está Kent? —su maquillista acomodó su corbata y colocó un poco de polvo en sus mejillas.
—Creo que viene en camino… Oh, ahí está —dijo en un tono sorprendido, pero más preocupada de que su jefe perdiera la paciencia.
Lex no miró a Kent ni por un segundo; hizo un gesto con la mano para guiarlo a su conferencia.
La propuesta era simple: ofrecer oportunidades laborales a los estudiantes con el mejor promedio en ingeniería. Desde luego, acabar la universidad y trabajar de inmediato para LexCorp era la mejor oportunidad para un simple estudiante, por lo que recibió muchos tipos de preguntas, evitando que el costoso sueldo fuese el centro de atención.
Luego de terminar la conferencia, Lex se adelantó a bajar las escaleras de las afueras de la universidad. Las farolas se encendían en el atardecer, y los reporteros se alejaban satisfechos.
Los alumnos se alejaron, ya sea porque acababa el día o porque la presencia de Lex era imponente; lo único que escuchó fue el relajante sonido de personas alejándose de la escuela.
Aunque había algo ligeramente incómodo ahora.
Kent no dijo ni una palabra en toda la conferencia; tampoco vio esas diminutas sonrisas que notaba cuando lo veía de lado.
Ahora que lo pensaba, ¿el traje de Clark siempre fue tan oscuro?
Se detuvo antes de bajar el último escalón, arrugó la nariz y esperó a que Kent se detuviera, quien bajó todas las escaleras con un pequeño bulto en la parte izquierda de su chaqueta.
Tal como sospechaba, Kent llevaba un conjunto oscuro. Desde la camisa hasta la corbata, teñida de un tono bordo que realzaba sus ojos brillantes entre tanta oscuridad; incluso su cabello recogido hacia atrás lucía más maduro que de costumbre.
¿Acaso vio un sutil delineado negro bajo sus párpados?
Lo único que no había cambiado eran esos horribles anteojos.
No, no iba a preguntar; Kent era un tipo con derecho a cambiar el estilo personal –y emocional– si así lo quisiese; claro que a Lex no le afectaba, le daba igual.
Pero habían bajado las escaleras y en ese momento solía escuchar una felicitación de Clark por un buen trabajo.
“Maldita sea”
—¿Qué demonios te hiciste, Kent?
Se detuvo mirándolo demandante. Una brisa fría pasó y Clark no supo si fue el efecto de esos ojos fríos o el clima gris en el cielo.
— Solo cambiaba mi estilo.
Lex rodó los ojos; a este paso el tipo parecía una copia del estilo de Mercy, o de cualquiera de sus colaboradores. Lo único que veía era un patético intento de formar un vínculo familiar.
Pero se necesitaba más que simples cambios físicos para dejar satisfecho a Lex, quien conocía todos los tipos de manipulación social para bajar la guardia.
Pero para Clark, era su último intento de sentarle simpatía a Lex, de que por una vez no actuara como un perro guardián alterado cuando lo veía.
Tal vez el shock de ver a Kent con un estilo nuevo hizo que Lex no notara que Clark llevaba una caja pequeña en las manos, que sacó de su chaqueta, aferrándose a ella con las mejillas un poco calientes.
—Por cierto... – Clark desvió la vista, entregando una pequeña caja larga negra, con las iniciales LL en color oro.
Lex se la arrebató de las manos con brusquedad; no admitiría que no notó que llevaba algo tan obvio con él.
Abrió la caja de mala gana, encontrándose con una corbata de diseñador.
Bien, Chanel no era su estilo, pero lo prefería antes que unas flores.
“¿En qué estoy pensando?”, se dijo a sí mismo. Volvió a guardar la corbata en la caja.
Clark estaba angustiado por dentro; le tomó horas elegir el color adecuado para Lex, un negro con un borde esmeralda suficiente para ser de su estilo. Le tomó toda la noche decidirse, para después comprarla sin mirar el precio.
Creía haber entendido su error: regalar flores era algo demasiado personal, incluso infantil, para un hombre adulto, ya que lo romántico no era el estilo de Lex; entonces seguro debía compensarlo con un obsequio más maduro, algo que borre para siempre su bochornoso regalo de flores.
—¿Por qué insistes en darme regalos? —preguntó Lex, bajando la escalera hasta tirar la caja a un contenedor de metal.
La caja cayó entre más basura, hundiéndose hasta el fondo. Clark hizo una mueca.
Bien, era una reacción demasiado cruel para una costosa corbata. Horas de planificación y trabajo estaban hechos añicos en un contenedor de residuos.
“Una causa de pérdida”, recapacitó Clark. ¿Cómo pudo creer que su plan iba a funcionar? Ganar la simpatía de Lex era tan difícil como salvar al planeta en un solo día.
Tan difícil que de alguna forma dolía.
Porque aunque Lex no supiera que él era Superman, en el fondo sus respuestas frías le recordaban a como muchas personas con las que trataron cuando llegó a Metrópolis. Otra vez de lado.
—No era necesario tirarla, Lex. —dijo con las manos en las caderas, bajando la cabeza.
Apenas pudo defenderse en voz baja, perdiendo más orgullo del que hubiera querido.
Pero seguía anocheciendo, y Lex perdió la paciencia.
—Esa corbata es horrible, Kent. Tu sentido estético me avergüenza. —dijo alzando la voz. —Tengo una gala benéfica esta noche, y quiero que te cambies esa ropa por algo más normal.
Lo dejó solo, y Clark no buscó su regalo.
Ciertas batallas no tenían sentido.
……………………………………..
—¡Suéltenme!
Dos policías intentaban contener a una mujer que atraparon entrando a la fiesta de gala sin invitación.
Lois pataleó en sus tacones rojos, haciendo suficiente fuerza para que los dos hombres quedaran exhaustos.
—¡Señorita, debe irse de inmediato! —le gritó a un policía tomándola del brazo.
Lois pataleó más fuerte como respuesta. Antes de que llamaran a más hombres, una gentil voz los detuvo.
—Vine con ella… —Clark soltó a Lois del agarre del guardia y posó su brazo alrededor del suyo como una pareja. Los policías murmuraron unas disculpas dejándolos pasar.
La ambientación de la gala era increíble para él. Candelabros grandes, un salón enorme, alfombras de seda rojas y el techo con una enorme pintura de lo que supuso, era el período romántico.
Notó que Lois también quedó anonadada, sosteniendo su mano. Clark tragó saliva; parecían pareja, aunque ese concepto estaba lejos de ser real, y tal vez por eso, soltó su mano silenciosamente. Intentando no hacer una mueca por ello.
—Tu apartamento estaba cerrado. —Se quejó ella—. A este paso necesito mi pase personal a LexCorp…
Clark se rio, puso las manos en los bolsillos viendo a la gente bailar.
La imagen de Lex enojado por ver a una reportera le sacó otra sonrisa… Antes de recordar por qué estaba triste en primer lugar.
Ni siquiera entendía del todo su propia desilusión. Desde el inicio, todo lo que hizo fue para ganar la confianza de su enemigo, nada más que tratos amables por saber la verdad de sus planes.
¿Entonces, por qué era tan doloroso? ¿Por qué se sintió tan humillado y pequeño?
Había perdido batallas antes, era consciente de que no era capaz de salvar el mundo él solo, que a cada minuto en alguna parte alguien moría, y él no podía hacer nada al respecto. Lidiar con estrés no era nada nuevo.
Pero esta vez, el rechazo de Lex le dolía. Porque parecía encontrar las palabras perfectas para ser cruel y las miradas correctas para asustarlo.
Todos tenían razón, Lex nunca tuvo un lado más amable que ese, y aunque estaba de acuerdo, en el fondo esperaba a cada minuto que le demostrara lo contrario. Un solo gesto sutil, lo que sea para recordarle que era otro humano emocional como la mayoría.
Daba igual, no iba a pasar.
—Planeta a Clark, ¿me oyes? —Lois le pasó una mano por el rostro.
— ¿decías algo?
Lois le dedicó ese gesto molesto que solía usar cuando lo regañaba. Luego lo palmeó en la espalda, guiándolo hacia el centro del salón.
La música clásica se escuchaba más fuerte allí, envolviendo a la multitud con el sonido de violines y copas chocando.
—Tengo que contarte mis avances en la investigación del caso Luthor… —dijo Lois, alzando la voz entre el murmullo.
—Si esto no funciona, se acabó para mí.
Una voz interrumpió los pensamientos de Clark. No supo por qué, entre tantas conversaciones superpuestas, sus oídos se centraron justo en esa.
Alzó el rostro; el origen parecía estar a unos metros, hacia su derecha.
Entre la multitud distinguió a un hombre semioculto detrás de una de las grandes vigas del antiguo salón, de esas que sostenían la estructura con imponente elegancia. Hablaba con otro hombre, de forma susurrante.
—Espero que tengas razón sobre Lex.
Clark enfocó su audición, bloqueando el resto del ruido.
—Clark, ¿me estás escuchando? —preguntó Lois, con fastidio.
Clark apenas la tocó por los hombros, intentando apartarse con sutileza.
—¿Podemos hablarlo después? Me siento un poco cansado… —Mintió sin esfuerzo alguno.
Lois suspiró y rodó los ojos, resignada ante otra de las excéntricas actitudes de Clark que aparecieron de vez en cuando.
En cuanto dejó de sentir su mirada, se volvió a concentrar.
—Créeme, funcionará. Aprovecharse de él es la forma más rápida de hacerse millonario.
El acompañante respondió:
—Espero que se muera de miedo cuando lo amenace con divulgarlo a los periódicos.
Clark levantó la vista. El desconocido que hablaba se movía entre la gente con soltura. Era fácil reconocerlo; llevaba un traje blanco impecable, algo inusual en esa gala de tonos similares y formales.
Pero lo que terminó de delatarlo fue la pequeña cámara que Clark distinguió con su visión especial, escondida entre el interior del saco.
Comenzó a seguirlo sin perderlo de vista. Lo observará tomar una copa de champagne, sonríe con encanto a un grupo de damas que lo rodeaban. Tenía el cabello castaño y una sonrisa magnética, de esas que delatan a un gran vendedor o a un hombre acostumbrado al poder.
Y aun así, algo no encajaba. Su presencia era demasiado pulcra, demasiado finga, incluso para gente que solía aparentar. ¡Pero Clark estaba seguro de que no era solo eso!
Entre tanto, había perdido de vista a Lois, que seguramente ya estaría esquivando a los guardias curiosos que vigilaban cada rincón del salón, atentos a la presencia de reporteros entrometidos. Pero ese ya no era su problema.
El verdadero problema era que el hombre del traje blanco se estaba acercando a Lex.
Desde la distancia, Clark lo vio estrecharle la mano, hablarle con un encanto inquietante.
Conocía bien a Lex. Sabía que, después de un par de copas y de saludar a unos cuantos poderosos, empezaba a buscar una salida para irse. Ya fuera a LexCorp o a su apartamento.
Y entonces lo escuchó.
Una frase que resonó en sus oídos de forma tan clara que no pudo evitar sentirse algo avergonzado.
“Te espero afuera, en mi auto”.
Clark lo entendió de inmediato.
“Oh, no…”
Todas las piezas encajaron, y el mal presentimiento que lo había perseguido toda la noche se confirmó.
La noche apenas estaba iluminada por las luces lejanas de la calle. El coche de Lex esperaba con la puerta del lado del pasajero abierta, reflejando el brillo tenue de los faroles sobre su pintura oscura.
Clark corrió tras ellos, con la ropa pesando sobre su cuerpo y el aire frío desordenando su cabello. Ni siquiera pensó qué diría al alcanzarlo, solo sabía que debía hacerlo.
Hubiera querido tomar una copa de camino, si eso le quitaba los nervios de estar tan cerca de Lex otra vez. Pero el alcohol no le afectaba, y nada cambiaría el temblor en su pecho.
¿Por qué sentía el corazón tan alto, como si lo tuviera en la garganta?
Cuando llegó a la acera, vio a Lex de pie, las manos en los bolsillos y una expresión impaciente. Esperaba a que su acompañante entrara al auto, sin sospechar el imprevisto que se acercaba.
El hombre del traje blanco lo miró con el ceño fruncido, confundido por la presencia de Kent.
Y entonces todo tuvo sentido para Clark.
Claro que lo conocía. Lo había visto antes: uno de esos empleados de tabloides menores, los que su jefe solía llamar “jóvenes promesas”. Reporteros desesperados por ganar notoriedad.
Y ese en particular buscaba aprovecharse de Lex.
—¡Lex, no te vayas con él! —exclamó, sujetándolo del brazo.
La mirada crítica y dura de Lex lo detuvo en seco, empujando el brazo para salirse de su agarre.
—¿Cuál es tu problema, Kent? —preguntó con el mentón alzado—. Espera… ya entiendo. ¿Acaso los ideales conservadores de Kansas terminaron por atraparte?
Clark negó firmemente. No se trataba de eso.
El desconocido alarmante de lado, a punto de pedirle a Lex que lo sacara de esa situación tan incómoda. Pero Clark habló primero.
—Él esconde algo… —dijo, molesto.
Lex no respondió. Su mirada recorrió al acompañante de arriba abajo, evaluándolo con desconfianza, como si hubiera pasado por alto una alarma importante.
“Maldición, maldición”, pensó Clark. ¿Realmente iba a tener que demostrarlo? ¿Por qué era tan importante para él no permitir que se aprovecharan de Lex?
Entonces, como si no tuviera más tiempo que perder, Clark le abrió el esmoquin blanco sin pedir permiso; los botones saltaron al suelo, haciendo ruido al rebotar en la acera, dejando al descubierto una pequeña cámara oculta bajo la camisa.
Lex lo observó, incrédulo. Vio cómo Kent la tomaba entre los dedos; si fuera por él, la habría aplastado al instante, pero no podía revelar fuerza delante de todos.
El acompañante retrocedió, llevándose ambas manos al pecho, con la sonrisa borrada y el rostro pálido.
Lex no dijo nada. Se dio media vuelta con frialdad y sacó su teléfono del bolsillo interior de la chaqueta.
Marco con calma. Llamó a seguridad.
—Solo vete y no vuelvas. —le susurró Clark, cruzado de brazos.
El hombre huyó despavorido, con el miedo grabado en el rostro. Y Clark no lo culpó, tampoco quería que ese extraño cayera de lleno en las garras de la ira de un Luthor.
—¿Cómo lo supiste…? —preguntó Lex sin girarse, con una voz baja, cargada de enojo.
Clark percibió que esa vez el enojo no era con él, sino consigo mismo.
—Las cámaras pequeñas de esa marca… son una buena opción para capturarlo todo. —respondió, rascándose la nuca, impidiendo el verdadero tema.
—¿Cómo supiste que me espiaba, Kent? —repitió Lex, esta vez enfrentándolo, con desilusión en los ojos.
Clark sintió como las palabras se le escapaban del pecho.
—Era sospechoso —improvisó—. Llevaba zapatos baratos para alguien de su supuesto rango, su lenguaje corporal era nervioso y nadie parecía conocerlo. Lo identifiqué como uno de esos reporteros de bajo perfil… Creo que eso sería todo.
Lex no dijo nada.
Clark se quedó quieto, con esa sensación familiar de estar esperando que su mentira sonara convincente. Lo había hecho toda su vida, esos clásicos segundos de espera, en los que miraba a alguien a la cara, en donde en parte sentía culpa y, por otro lado, miedo a ser descubierto.
Lex se mordió el labio inferior. No lo miró. La oscuridad hacía imposible descifrar su expresión, y Clark no quiso intentarlo. No quería confirmar si Lex no le creía, porque en ese caso, estaría en graves problemas.
Luthor alzó la vista hacia las estrellas que apenas se veían entre la contaminación de la ciudad.
Suspenso. Dos oficiales salieron del edificio en su dirección, pero Lex levantó una mano para indicarles que esperaran.
—Puedes irte, Kent. —Su voz sonó más a una orden que a una sugerencia.
Se metió en el auto sin añadir palabra. El motor rugió, rompiendo el silencio de la noche, y en segundos desapareció calle abajo, dejando una nube de polvo consigo.
Clark se pasó una mano por el cabello, dejando escapar un suspiro.
Fue tal vez la primera vez que se preguntó por qué se arriesgó tanto.
………………………………………………..
Una mujer mayor barría el suelo de los pasillos de la universidad al pie de las escaleras. Para ese momento, todos los salones estaban cerrados.
Es por eso que se llevó un gran susto cuando un hombre se coló por las sombras, en las escaleras con total impunidad.
Se llevó una mano al pecho del susto, pero el mismo Lex Luthor sonriendo de lado para calmarla.
—Disculpe las molestias. ¿Ya reconocieron la basura?
Fingió una sonrisa, porque estar en una situación de revisar la basura era absurdamente extraña. La señora lo miró entrecerrando los ojos.
—Aún no. ¿Quiere que busque algo, señor Luthor?
Lex negó; aun en una situación como esa, no arrastraría a una mujer a lo que estaba pensando. Le dice amistosamente de nuevo.
—No se preocupe, me encargaré.
Acercó su mano al contenedor, arremangó las mangas de su chaqueta, hizo una mueca y se recordó.
“Era una buena corbata”
Y sin pensarlo, movió su mano hacia adentro, sintiendo la textura desagradable de cáscaras de plátano y bolsas de bocadillos. Hasta dar con el tacto de algo firme y el alivio de la letra “L”.
Sacó la caja y, algo temeroso de que alguien hubiera sacado la corbata, la abrió.
Su corbata estaba allí, perfecta, igual que cuando la desechó con desprecio.
—La próxima vez no tire sus cosas importantes a la basura. ¡Señor, ya está grande, sea un poco responsable! —se quejó la conserje, cruzada de brazos.
—Bien, lo tendré en cuenta… —contestó aguantando su vergüenza, dejando ser regañado por una desconocida.
“No sé por qué estoy haciendo esto…”, se repitió llevando su regalo, con una inevitable sensación incómoda de lo que temió; era alegría.