THE FAVOURITE

Slash
NC-21
En progreso
2
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planificada Maxi, escritos 59 páginas, 17.720 palabras, 8 capítulos
Descripción:
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Capítulo 1

Ajustes
La Haya, 1567. Un séquito de hermosas mujeres y jóvenes atractivos eran obligados a caminar por los largos pasillos. Los formaban en filas y eran seleccionados de acuerdo a su aspecto físico, siendo revisados de pies a cabeza, no debían tener heridas o enfermedades. Sergio caminaba con cuidado, temía jugar con la paciencia de los encargados y que su cabeza terminará lejos de su cuerpo. De pronto una mujer se detuvo frente a él. Reviso sus brazos, sus dientes y cabello, lo tomo con firmeza y lo empujó hacia otro encargado. —Llévalo con los demás —Dijo la mujer —Deben estar presentables para la sultana. El pelinegro fue llevado a unos baños donde aseó su cuerpo, el cual llevaba días sin tocar el agua. Era como una bendición. Al menos ahora ya no estaría cargando esa mugre corporal. Incluso les dieron ropa nueva, los alimentaron mejor que en el barco donde los trajeron y pudo verse más tranquilo. Sin embargo, sabía que debía tener mucho cuidado. Se sentía agotado, pero no podía dormir. Si dejaba de estar alerta, era muy probable que muriera. Tenía mucho, pero mucho miedo. Era como una pesadilla que nunca acabaría, porque sabía que una vez ahí no había vuelta atrás. Todos conocían el cruel destino de los esclavos del imperio neerlandés. Había sido secuestrado hacia años cuando todavía era un niño, y los recuerdos en su memoria eran difusos. Sergio... Su nombre era lo único que le quedaba de su vida anterior, una que desapareció de la noche a la mañana. No tenía ni un fragmento de memoria sobre sus padres, y desde hace años había aceptado que nunca los recordaría. Y ahora era un número más en una fila de jóvenes y nuevos sirvientes del imperio neerlandés. Nadie quería eso, mucho menos él. Había pasado los últimos cinco años sirviendo a la familia Kobayashi, pero después de la muerte del señor Kamui fue vendido a un esclavista que lo llevo en barco junto a otros esclavos. Ahora su destino era incierto. Como si fuera una moneda al aire. Y quizá, solo si se esforzaba lo suficiente, podría escapar de ahí.  En el jardín del palacio se encontraban preparando todo para la llegada de los nuevos sirvientes. La consorte principal llego junto a sus damas de compañía, quienes se aseguraban de servir y resguardar los secretos de la mujer más poderosa del imperio. —Sultana, el cuarto príncipe está aquí y desea verla —Anunció uno de los sirvientes y la mujer asintió dándole su permiso para acercarse. El joven príncipe comenzó a caminar a paso firme hasta que llegó a su lado. —Madre —Dijo Max acercándose a ella para besar su mano y la mujer sonrió. —Mi príncipe, ¿Qué te trae por aquí? —La sultana Sophie acarició su mejilla con delicadeza —¿Acaso hay algún problema del que quieras hablar antes de partir? Entonces lo invitó a sentarse a su lado. —Llevo días aquí y padre no ha querido recibirme —Se quejó sentándose junto a ella —No quiere verme ¿Verdad? —Sabes bien que el sultán siempre está ocupado —Entonces tomo su mano —Su paciencia se vuelve cada vez más frágil, debes ser considerado. Además, recuerda que más allá de ser tu padre, es... —El imperio  La sultana vio la decepción en su rostro y no pudo evitar conmoverse —Vamos, acompáñame a escoger a las nuevas concubinas —Le dijo con una sonrisa e hizo una señal para que bajaran el cortinaje que cubría a la familia imperial de la vista de los nuevos sirvientes. Al príncipe no le fascinaba la idea de escuchar y ver a esas personas. Quería ver a su padre, sentir que lo tomaba en cuenta como a todos sus demás hermanos. Por otro lado, la sultana no disfrutaba al hacer eso. Era la consorte principal del sultán, pero eso no significaba fidelidad. No, él tenía un harem porque debía asegurar el linaje de su dinastía.  Y no importaba si tenía cuatro o veinte hijos, siempre se podía tener más. Pero ni siquiera la persona más ambiciosa del imperio podría desear pertenecer a la harén del sultán Jos. Porque todos sabían lo que se decía de él: ni la mujer más hermosa lo podría complacer. —Adelante —Ordenó la sultana Sophie, observando la primera fila de nuevas sirvientas que habían sido seleccionadas por su salud y belleza —Enviaré la que quieras a tu harem. El joven príncipe negó con la cabeza. Todas eran bellas pero ninguna llamó su atención lo suficiente como para llevársela con él. Se le fue dando una flor a cada joven seleccionada para el harem, una moneda de plata a quien quedaría como sirviente de las concubinas y, si no quedabas seleccionado, los demás serían llevados a algún mercado de esclavos. Y así fueron pasando frente a ellos. En grupos de seis, siendo pasados uno a uno para que los observarán detenidamente y escogieran su destino a base de pocas palabras y un buen físico. Sergio estaba nervioso, lo habían puesto en la fila para pasar y no sabía qué esperar de todo eso. —Comportense —Les advirtió una de las encargadas —No levanten la mirada y no digan palabra si no se les pide hablar. Solo caminen, den un paso al frente y arrodillense. No es tan difícil —Entonces recibieron una señal de aprobación —Vamos, caminen. El grupo comenzó a avanzar hasta quedar frente al cortinaje que hacía difícil poder ver hacia el otro lado. Pero por el lado de la sultana y el principe, ellos podían observar perfectamente. —¿Y ese joven de ahí? —Preguntó la sultana observando al único hombre entre todas las mujeres. Uno de los sirvientes se acercó y leyó una carta donde tenían la información de cada esclavo. —Es un regalo especial enviado por el gobernador de Assen, fue capturado en tierras del nuevo mundo. —Pero es un joven, no nos sirve para la función del harem —Señaló la sultana —Llevenlo con los demás sirvientes. —En el informe se hace mención de un sangrado hace una luna —Terminó de explicar el sirviente. Esto tenso a la sultana. Sabía lo que significaba. El príncipe Max se sintió intrigado por esto. Jamás había visto uno. Ni siquiera había prestado mucha atención a lo que estaba pasando, pero ahora no podía despegar su mirada de aquel atractivo joven con cara de asustadizo. —El gobernador de Assan tiene un gran sentido del humor —Comenzó la sultana —Escucho que ni siquiera la mujer más hermosa puede complacer al sultán, y tuvo la brillante idea de mandar a un doncel como regalo —Sonrió con molestia, pues se podía tomar como un insulto —Llevenlo al mercado esclavo, que no lo vea su majestad. —Como ordene, sultana —Respondió el sirviente a punto de dar la señal para que Sergio fuera sacado de ahí. —Lo quiero —El príncipe intervino — Llevenlo a mi harem. La sultana lo miró con cierta molestia. —Max —Lo llamó intentando controlar su voz —Es un doncel. —Sirve para las funciones del harem —Se defendió —Y es muy lindo. —Mi principe, ¿Podemos discutir eso en otro momento? —La sultana sonrió incómoda —No puedes tenerlo, está prohibido. —Dijiste que enviarías a quien quisiera a mi harem —Le recordó —Lo quiero a él . La mujer desvío la mirada algo incómoda, conocía bien a su hijo y sabía que no desistiría de su deseo. Pero tener a un doncel en el harem no era una buena idea, principalmente porque estos no eran bien vistos debido a su naturaleza extraña. La posibilidad de que pudiera concebir un hijo del príncipe causaría conmoción no solo en el harem, sino en el imperio mismo. Y su hijo ya era mal visto por no ser tan brillante o talentoso como el resto de sus hermanos. Sin embargo, era su hijo, y sabía que debía apoyarlo más que a nadie. ¿Pero cómo hacerlo desistir de esa loca idea? La sultana le hace una señal a su sirviente y este se acerca hacia el pecoso, a quien le entrega el objeto. Sergio se levanta y camina lejos de ahí, pero bajo la atenta mirada del príncipe Max. No tiene idea de cómo su destino fue decidido en tan solo unos segundos. O quizá este ya había sido escrito desde hacía muchos años.  Esa noche una fila de jóvenes caminaba afuera del palacio para dirigirse hacia su futuro. Los que habían sido seleccionados con una moneda de plata se quedaban para servir en el harem, siendo despojados de lo único que impediría que pudieran estar cerca de las mujeres que eran propiedad del imperio. Ellas, por otro lado, comenzaban a ser preparadas para verse lo más hermosas posible dentro del harem. Lo quisieran o no, ese era su destino. Debían satisfacer al sultan y rezar para que esté llamada por ellas una vez más, y quizá dándole un hijo al cual llamar principe, porque esa era la única forma de sobrevivir. Mientras que los que no tuvieron ninguna opción de quedarse en el Palacio, debían marchar hacia el mercado esclavo donde serían vendidos al mejor postor. Y esa incertidumbre era peor que saber que serías un sirviente en el Palacio. Porque nada te aseguraba qué tendrías algo que comer si te convertías en el esclavo de alguien cruel. Sergio caminaba siguiendo la fila de personas que no habían tenido ninguna moneda. La noche era fría, lejana, sombría y aterradora. Tenía miedo de cuál podría ser su destino ahora. Hasta que una mujer lo detuvo. —Tú no perteneces a esta fila —Le dijo mientras lo separaba del grupo —La sultana quiere verte. El pecoso no comprendía bien lo que eso significaba. Él había recibido una moneda de oro cuando fue llevado como exhibición hacia la familia imperial. Si él también había recibido una moneda, ¿Por qué su destino era diferente? Ni siquiera podía cuestionar, solo siguió caminando detrás de la mujer. Y la oscuridad de la noche fue opacada por la calidez dentro del palacio. Esos largos pasillos iluminados por velas que derretían su cera hasta caer al suelo. Aunque albergaban a muchos sirvientes y concubinas, estos no podían salir de ciertas zonas restringidas. Así que caminar por ese pasillo le causaba cierto escalofríos al saberse que muchas historias se contaron ahí. Sin saber que la suya también lo sería. Pronto suben unas escaleras y continúan su camino por otro pasillo más alejado y privado. Es entonces cuando llegan a los aposentos privados de la sultana Sophie. —Sultana, el doncel está aquí —Afirma la mujer antes de recibir la orden de dejarlo pasar. Sergio se tensa cuando escucha la forma en como se refirieron a él. El señor Kamui ya le había contado sobre la existencia de los donceles, como estos podían dar vida de manera extraordinaria. Cuando sangró hacía ya una luna, supo que él era uno. Pero intentó mantenerlo en secreto. Tenía miedo de lo que pudieran hacerle si se descubría esta verdad. Pero ya era demasiado tarde para pensar en eso. Así que camina lentamente hacia dentro de la habitación, con la mirada hacia el suelo y agarrando sus propias manos. La mujer lo guía posicionándose en medio de la habitación. —Acércate —Escucha la voz suave de la sultana —Levanta la vista. El pecoso tiembla pero obedece, había escuchado que no debía mirarlos a los ojos porque podía ser castigado. Pero tampoco debía desobedecer, así que no tuvo más opción que hacerlo. Sus ojos se deslumbran ante aquella mujer de cabellos oscuros que se encuentra sentada frente a él vistiendo un hermoso vestido bordado con hilo de oro y usando una majestuosa corona. —¿Como te llamas? —Pregunta la sultana Sophie y Sergio vuelve a caer es esa paradoja. Le prohibieron hablar, pero ella le estaba haciendo una pregunta y tenía que responderle o sino también sería desobedecer. —S-sergio... —Balbucea al responder. —¿Sergio? Que nombre tan curioso —Comienza la sultana —¿De dónde eres? El pecoso traga en seco ante esta pregunta, pero se decide por ser sincero. —No lo sé, ya lo he olvidado —Confiesa y la mujer asiente. —¿Y como llegaste aquí? La sultana nota como el joven se entristece al escuchar está pregunta. Claramente estaba muy afectado por su pasado. —Fui criado como sirviente del señor Kamui Kobayashi, pero al morir me vendieron como esclavo —Explicó bajando la mirada —Nos trajeron en un barco, y luego llegamos hasta aquí. —¿Sabes leer y escribir? —Pregunta y él asiente —Además de que dominas nuestra lengua. —El señor Kobayashi me educó personalmente —Afirmó con un atisbo de tristeza. Recordó como ese hombre que lo había criado como si fuera su padre, le  dijo que algún día sería alguien importante. Y tal vez no estaba equivocado. —Eres educado y obediente, inteligente y calmado —Comenzo la sultana —¿Crees que puedas transmitir eso hacia otra persona? El pecoso levanta la mirada ante esto. —¿Quiere que sea un maestro? —Su pregunta solo provoca una pequeña risa en la sultana. —Quiero que seas un guía, un complemento necesario para un bien —Afirmó —Te mandaré a Utrecht, para que sirvas a mi hijo el príncipe... —No, por favor, sultana, se lo suplico —Ruega el pelinegro arrodillándose frente a ella —Déjeme volver con la familia Kobayashi, es la única vida que conozco. —Esa vida ya no existe —Le responde fríamente —Tienes que entenderlo. Ellos te vendieron y ahora eres propiedad del imperio neerlandés. Ahora vete, te marcharas está noche. Sergio baja la cabeza y se levanta para después hacer una pequeña reverencia, y finalmente marcharse. Cansado, es llevado hacia un carruaje que lo llevará a su destino. Tiene miedo, mucho. Durante su trayecto en el barco escuchó muchas historias sobre la familia imperial. Se hablaba de mujeres hermosas, pero hombres horribles. Crueles, malvados y déspotas. Cuya maldad solo se podía ver reflejada en su aspecto casi de un monstruo. ¿Y si el príncipe era así? ¿Un monstruo? Con su situación como doncel expuesta, tenía que lo obligaran a yacer con este en su cama. Estaba demasiado asustado, ¿Y cómo no estarlo? Solo tenía 16 años, no sabía quién era y tampoco en lo que se convertiría.  Nota: feliz inicio de fanfic jeje nos leemos el otro domingo, ténganme paciencia. LET ME COOK.
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