Capítulo 1
22 de diciembre de 2025, 18:52
Cardiff, capital de Gales, 1956.
Max miraba por la ventana, siendo un observador nato cuando se necesitaba huir de las atrocidades del hogar.
Su mente se sumergía en aquella vista que daba al mar, uno que parecía no tener fin.
Uno, dos golpes a la puerta.
Tan estruendosos que casi lo hacen brincar.
Pero está tan acostumbrado a ellos, que poco o nada de efecto tienen en él.
Se le hacía tarde para su primer día de clases, pero no podía importarle menos.
—¡Mocoso engreído! ¿Crees que pagamos la escuela para que faltes? —Jos hablo desde el otro lado de la puerta.
Max volvió a mirar hacia la ventana, imaginando, por un mínimo momento, que una dulce voz lo llamaba para desayunar.
ANTES DE ÉL.
El rubio caminaba por las calles de la ciudad, su mente estaba perdida en sus pensamientos mientras recorría el camino hacia la casa de su amigo.
Toco la puerta con impaciencia, le gustaba fastidiarlo.
—Mamá dice que pagaras por una nueva puerta si sigues golpeando así —Dijo Lando abriendo la puerta y saliendo de su casa—¿Listo?
Max asintió y ambos caminaron un par de calles antes de meterse a un callejón donde cambiaron sus ropajes.
Se vistieron de manera casual, ignorando el hecho de que debían ir a clases.
Caminaron hacia la playa y se posaron en el muelle, mirando a las personas pasar, algunos de ellos les regresaban la mirada.
No debían estar ahí.
— Deberíamos divertirnos está tarde —Propuso Max para después llevarse una chuchería a la boca.
— Pensé que ya no saldríamos —Respondió Lando, quien mascaba un chicle— ¿Fue él?
El castaño señaló un marca en el labio del rubio, un pequeño corte producto de un fuerte golpe.
— Quiero divertirme como antes —Max ignoro su pregunta, su mente deseaba divagar.
— Sé de una fiesta está noche. Si puedes salir de casa, podríamos pasar un buen rato —Propuso Lando.
La brisa jugaba con sus cabellos, y el ruido de las olas rompía el silencio.
Aventurarse a escondidas era algo que habían estado haciendo el último mes, buscando divertirse por la noche y recibiendo un placer fugaz.
Los padres de Max tenían una relación complicada, y era el joven quien se veía más afectado por el actuar y palabras de sus progenitores.
Su madre lo consideraba un estorbo.
Su padre lo veía como un inútil bueno para nada.
Dichos pensamientos lo llevaron a creer que esto era verdad, y realmente no se molestaba en intentar probar lo contrario.
Le gustaba vagar todo el día, y sus calificaciones no eran buenas. Sus aventuras nocturnas lo mantenían muy cansado y había probado el alcohol a muy temprana edad.
No es que Lando estuviera en una situación parecía, solo no quería dejarlo solo.
Porque la soledad era algo que poco a poco consumía al joven rubio, quien intentaba disipar los malos pensamientos con una sonrisa.
Sabía que era bonito a los ojos ajenos.
Los hombres, en general mayores, se sentían atraídos hacia él y eso era algo que lo fascinaba.
Amaba recibir un poco de atención, un poco de cariño.
Con 18 años, le decían que lucía mucho mayor a su edad y que era tan divertido que podía sacarle una sonrisa a cualquiera.
Verdad o mentira, se sentía halagado.
Después de divagar todo el día, Max regreso a su casa para cambiarse de ropa.
Escucho los gritos de su madre, su chillona voz reclamando por su ausencia y comparándolo con su padre, considerándolo un "poco hombre".
¿Acaso todos olvidaban que solo tenía 18 años?
Si la gente lo trataba como un adulto, entonces actuaría como uno. Pero sin las responsabilidades, la madurez y experiencia de uno.
Un niño-hombre, presa de su propio juego.
Escapar de casa no era difícil, incluso había días donde salía directamente de la puerta principal.
Sus padres estaban muy entretenidos odiansose el uno al otro.
Jos bebía, mucho. Más de lo que debería y desquitaba sus frustraciones con su familia, principalmente con su hijo.
Esa noche estaban discutiendo como de costumbre, así que no se percataron del momento en que salió de casa.
No tardó mucho en encontrarse con Lando, y juntos caminaron hacia la fiesta prometida.
El ambiente era seductor, las personas bailaban y se divertían. Los jovenes caminaron entre los adultos, era más que obvio la diferencia de edad entre ellos.
Pero no les prestaron atención, a nadie le podía importar la presencia de esos chicos.
Y si bien la noche prometía algo bueno, pronto Max se sintió solo cuando Lando se fue al baño y no lo vio regresar.
Caminando entre las personas en aquel oscuro lugar, choco con una de ellas y al levantar la vista se encontró con unos ojos cafés que lo miraban con atención.
—Perdón —Susurro el rubio, notando como había derramado su bebida.
—No te preocupes, era solo agua —Sergio lo tomo de la cintura y lo atrajo hacia él, ya que las personas se movilizaban constantemente y terminaban empujando al más joven.
Max sonrió debido a la cercanía, sintiendo que había encontrado su objetivo de esa noche.
El pelinegro pudo notar la manera en como lo miraba, como sus ojos recorrían su rostro y se detenían en sus labios.
Si pudiera lo tomaría en ese instante.
El rubio era un joven muy atractivo, alto y fuerte. Podía sentirlo con solo tocarlo.
Pero estaban demasiado expuestos al ojo público, a las malas habladurías y los señalamientos de la época.
—Parece que estás perdido —Dijo Sergio acercándose a su oído, provocando un escalofrío en el cuerpo del más joven.
—Pues me alegro que me hayas encontrado —Max cerró un poco más el espacio entre ambos, pero el pelinegro apartó su mano de su cintura.
Sergio no era ciego, así como le parecía atractivo, sabía bien que era menor que él.
Pero su actitud coqueta era tan atrayente. Caminando unos pasos adelante de él, el mayor le hizo una señal para que lo siguiera y así lo hizo.
Max podría ser cinco años más joven, pero solo era una noche ¿No?
Para cuando se dieron cuenta, se habían colado en una habitación vacía, alejada del resto.
Cuando Sergio se detuvo y se giro para verlo de frente, sintió como Max se abrazo a su cuerpo y posó sus labios sobre los suyos.
Por un momento su cerebro le hizo cuestionar si aquello estaba bien.
No.
No debía mirarlo de esa forma, tocarlo y besarlo de esa forma.
Sabía que estaba mal.
Él era el mayor, debía detenerse.
Pero no lo hizo.
El beso fue subiendo de intensidad, sus manos, inquietas, tocaban sus cuerpos en un acto desesperado por avanzar rápido en el calor del momento.
Max no dudo en colocar su mano sobre el pantalón de aquel hombre, buscando estimular su miembro y animarlo a más.
Le gustaban los encuentros espontáneos.
Pero pronto el ruido de la puerta abriéndose los hizo separarse de golpe, logrando que sus acciones pasarán desapercibidas.
Debido a la intromisión de un extraño, su juego no pudo continuar.
De pronto todas las ideas se agolparon en la mente del pelinegro. Se bajó de su nube y entendió que no debía hacer caso a las intenciones de aquel joven.
Cuando regresaron a la fiesta, el mayor se mezclo entre las personas y decidió marcharse de ahí.
Max, todavía afligido, lo buscaba entre las personas pero una mano en su hombro lo hizo voltear esperanzado.
—Finalmente te encontré —Lando se miraba muy asustado —Pensé que te habías ido con algún extraño, debes de tener más cuidado.
Lando, quien había tardado en el baño debido a un larga fila, casi entro en pánico al haber perdido de vista a su amigo.
Se habían prometido a no irse con extraños, pues no sabían que intenciones podrían estar ocultando.
Esa noche la fiesta termino temprano para ambos, siendo el rubio quien no podía sacarse de la cabeza a aquel desconocido que había despertado un deseo ferviente en él.
Sergio se encontraba en una situación parecida, teniendo que desahogarse con su propia mano y usando el recuerdo vivido de aquel atractivo joven.
A la mañana siguiente Max se levantó por los gritos de su padre y los golpeteos en la puerta de su habitación.
Se alistó para asistir a clases, aunque deseaba demasiado que su último curso terminará tan rápido como llego.
Ese día no faltaría a clases, el primero era pasable, el segundo llamaría la atención.
Ya era conocido como un alumno problemático, vago y bromista. Los maestros lo tenían vigilado y ya había sido amenazado con la expulsión.
El día estaba nublado y el viento soplaba con más fuerza que el día anterior.
Lando brincaba por los pequeños charcos de agua formados por la lluvia mañanera que ahora era leve.
Con sombrilla en mano, los jóvenes llegaron al instituto.
“Seymour Collage” se leía por afuera del edificio.
Max lo miraba como pasar de una prisión a otra. Marginado tanto en casa como en la escuela.
Su primera clase del día era matemáticas, las odiaba.
Luego biología, al menos le resultaba entretenida.
Para la última hora, le seguían las clases de español.
Había un gran bullicio en el salón, el maestro estaba llegando tarde y el descontrol se apoderó del aula.
El cotilleo y las brlmas no se hicieron esperar, Max era muy parlanchín junto a Lando, quien estaba sentado en el pupitre del joven rubio.
—¿Te quedarás para el entrenamiento de esta tarde? —Pregunto Lando mientras jugaba con la libreta del joven.
—Claro que si, soy la estrella del equipo, sin mi estarían perdidos —Bromeó el rubio y en ese instante la puerta se abrió.
—Buenas tardes, por favor, tomen sus asientos —Una voz extrañamente familiar hizo que el rubio guardara silencio por un momento —Joven, a su lugar.
Lando se bajó del pupitre y las miradas de los dos amantes se encontraron.
Sergio se quedó estupefacto al verlo, definitivamente el rubio no era 5 años menor a él.
Max también se sorprendió al verlo, su juego había llegado demasiado lejos como para haber involucrado con su maestro sin siquiera saberlo.
Sin importar como se haya dado la situación, el mayor optó por seguir adelante.
Fue así como el pelinegro trago en seco antes de hablar, pesando muy bien en sus palabras.
Se aclaró un poco la garganta y respiro profundo.
—Veo rostros nuevos —Comenzó Sergio —El día de ayer me presenté con ustedes, pero hoy lo haré de nuevo —Su vista estaba casi completamente fija en su joven alumno —Soy Sergio Pérez, tengo 32 años y seré su maestro de español durante todo el curso.
Se detuvo por un momento, como si buscará algo en aquellos ojos azules que lo miraban con atención.
Max estaba nervioso.
No solo se había besado y tocado con su ahora maestro, sino que esté ahora era consciente de que no debía estar en la fiesta anoche.
Que no era un adulto como el resto de las personas ahí, que aquel beso no debía ser y que sus caminos nunca debieron haberse cruzado.
Pero ahora era tarde, y debía afrontar las consecuencias o seguir su propio juego.