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22 de diciembre de 2025, 18:52
La clase siguió con normalidad, pero Sergio no era capaz de mirar durante más tiempo a Max.
El joven llegó a relamerse los labios en más de una ocasión, provocando cierta desconcentración en el mayor.
Sin embargo, Sergio se mantenía al margen, intentando no prestarle atención.
Los días siguientes no pudo evitar preguntar respecto al rubio, pues su comportamiento le era inusual.
Max solía faltar con frecuencia, pero cuando asistía se aseguraba de que notará su presencia.
Además de pasar la mayor parte del tiempo platicando en clase y haciendo el tonto con Lando.
Era otro aburrido día donde Max no se presentó en la escuela, Sergio descubrió que junto a su amigo ya habían reprobado un año y de continuar faltando podría reprobar automáticamente.
Necesitaba hablar con él.
Max estaba fascinado con la idea de estar con Sergio.
Fantaseaba constantemente con su miembro, ese que tocó la noche que se conocieron.
Le gustaba jugar con él cuando lo veía en clase.
Le encantaba la atención que recibía de su parte.
Su profesor era muy bien parecido. Podía notar que hacía ejercicio, además de cuidar su cabello esponjoso. Y la poca barba que le daba un aspecto más varonil.
Sonreía cuando él sonreía, le gustaba su risa.
Admirada su porte, sus conocimientos, su calidez.
Se mostraba como un amigo de sus alumnos, pero él quería ser más que eso.
Sin embargo, se decepcionó un poco cuando comenzó a ignorarlo en clase.
No importaba que payasada hiciera, Sergio pasaba de él.
Así que castigo su indiferencia con su ausencia. Escapándose incluso sin Lando a su lado.
Todas las noches buscaba algún hombre que lo hiciera olvidar a su profesor, pero era una batalla inútil.
Hasta que una noche todo cambio.
Había conocido a un tipo alto, con el cabello algo rizado y una gran sonrisa.
Le dijo que era lindo, que sus ojos brillaban como las estrellas.
Parloteo innecesario para Max, quien estaba acostumbrado a los halagos a cambio de sexo.
No le importaba lo que dijera, solo quería divertirse.
Así que más rápido que tarde, el hombre lo arrastro a un área solitaria de la ciudad y atacó sus labios.
El rubio, al igual que las noches anteriores, lo comparo con su profesor.
Sergio iba en su auto, las gotas de lluvia comenzaban a caer y la oscuridad de la noche lo envolvía.
Se detuvo en un semáforo y vio como las personas poco a poco se refugiaban de la lluvia, volteo la mirada y en un callejón observó a una figura conocida.
Max tocaba y besaba a un hombre mucho mayor que él, dejaba que sus manos recorrieran su cuerpo y se mordía los labios para ahogar sus quejidos.
El pelinegro rápidamente se orilló y bajo de su vehículo, cerrando la puerta de un golpe y acercándose a ellos rápidamente.
El rubio no supo reaccionar cuando sintió como lo tomo del brazo y lo jalo hasta su auto, ignorando los reclamos de su amante en turno.
Sergio obligó a su alumno a subir al vehículo y se apuro a entrar en este para marcharse rápidamente de ahí.
La lluvia había hecho de las suyas y Max estaba empapado por estar sin refugio en ese oscuro y solitario callejón.
El más joven observaba a su profesor conducir con una expresión de molestia en el rostro.
—¿Qué hacías ahí? —Reclamó Sergio —¿Sabes lo que podría pasarte al estar tan expuesto? —Sin embargo, el joven lo ignoro —¿Qué está pasando? ¿Que clase de juego es este?
Max bufo al escuchar esto.
—Eso no importa —Respondió el rubio —¿Acaso cree que mis padres notan mi ausencia? A nadie le importa lo que pueda pasarme o no.
El pelinegro comprendió de dónde venía esa actitud tan despreocupada como peligrosa.
Ese comportamiento llamativo en la escuela, un bufón de la clase que gritaba por la atención que no le daban en casa.
Pero sus acciones habían llegado demasiado lejos, buscando el placer en desconocidos que solo lo usaban.
Estacionó el auto y lo miró preocupado, poniendo su mano sobre la suya.
—A mí me importas —El profesor intento ser amable con él, pero este solo soltó una risa.
—Solo lo dice porque me quiere coger —Dijo Max sin siquiera voltearlo a ver y jalando su mano para apartarlo de él—¿Cree que no me doy cuenta de como me ve en clase?
Esta respuesta aturdio un poco al pelinegro, pero se aclaró la garganta antes de continuar.
—Te veo porque tú me besaste en la fiesta —Se excuso el mayor —Si eso no hubiera pasado...
Sergio no negó ni afirmó nada, lo que lleno de confianza al joven.
—Igual le hubiera gustado —Afirmó el rubio sin dejarlo terminar —Sé lo que les gusta a los hombres como usted.
El pelinegro se quedó sin palabras.
Max era muy llamativo a su vista, más allá de las insinuaciones que le hacía en clase.
Le parecía tan bonito como delicado, tan enigmático como desafiante.
Quizá el joven tenía razón en algo, tarde o temprano terminaría teniendo una inclinación hacia él.
—Ese no es el punto —Sergio desvío el tema —No puedes seguir haciendo esto. Meterte con desconocidos —Suspiró un poco antes de continuar —¿Ese hombre si quiera sabe tu edad?
El rubio sonrió y se acercó a su profesor, quedando a escasos centímetros de sus labios.
—Eso no lo detendría, ni siquiera a usted —Señaló Max mientras Sergio observaba sus labios.
Sus respiraciones chocaban, y la cercanía se volvía molesta.
—Dime donde vives, te llevaré a casa —La respuesta de Sergio solo molesto al más joven.
Esa moralidad que lo detenía le parecía hipócrita.
El rubio se echó hacia atrás y suspiro pesadamente.
—Me bajaré aquí —Dijo Max, pero Sergio pronto se inclinó hacia él y sostuvo la manija de la puerta.
Dejarlo ir era arriesgarse a que volviera a sus andadas peligrosas.
—No —Soltó el pelinegro casi en una orden —Si sigues así, voy a reportarte —La amenaza del profesor era seria —Te van a expulsar.
Max lo miró fijamente a los ojos y sonrió.
—¿Y que les va a decir? —Un atisbo de desafío se sentía en sus palabras —¿Que casi se coge a su alumno? ¿Qué lo beso en su auto?
Sergio lo miró confundido por esto último, pero Max aprovechó esto para acercarse a él y casi juntar sus labios.
La reacción inmediata de las manos de Sergio impidió su actuar.
Lo sostenía de los hombros, evitando que cortará por completo la distancia entre ambos.
—Soy tu profesor —Le recordó el mayor.
Pero en el fondo no sabía si era un recordatorio para el joven, o para si mismo.
—Nadie tendría que saberlo —Insistió el joven, pero Sergio negó con la cabeza.
El rubio volvió a echarse hacia atrás, haciendo una mueca de disgusto.
Para Sergio era solo un berrinche, pues notaba como el joven parecía estar acostumbrado a salirse con la suya.
Max finalmente le dio la dirección de su casa y lo dejo frente a ella.
—No te metas en problemas —Dijo Sergio cuando el joven abrió la puerta de su auto.
El rubio descendió de este y cerro la puerta, pero se agachó para hablarle a través de la ventana del vehículo.
—Si me reporta, yo haré lo mismo con usted —Amenazó el joven para después comenzar a caminar hacia la puerta de su casa.
Sergio lo miró marcharse, pero se sentía muy nervioso por la clara tensión entre ambos y las amenazas que se habían hecho.
Al día siguiente las cosas siguieron tensas entre ambos. Se miraban de vez en cuando, pero rápidamente alguno cortaba el contacto.
—¿Te quedarás para el entrenamiento? —Pregunto Max mientras guardaba sus cosas y observaba de reojo como Sergio limpiaba el pizarrón.
—No puedo, tengo que ir al dentista —Afirmo Lando mientras se ponía su mochila —¿Qué te parece si salimos al cine más tarde?
Max asintió, y Lando camino para salir del salón, pues se le hacía tarde para encontrarse con su madre.
El rubio estaba por salir del salón cuando escuchó como Sergio se aclaraba la garganta.
Ya no había nadie más en el aula, solo ellos dos.
—¿Podemos hablar? —Pregunto el mayor y Max se detuvo sin voltearlo a ver —Sobre anoche...
—Tengo entrenamiento, no puedo —Dijo el rubio a secas, saliendo del aula sin esperar una respuesta.
Max camino hacia los vestidores y se cambió la ropa, no hablaba con ninguno de sus compañeros.
Lando era su única compañía, tanto fuera como dentro de la escuela.
Los demás chicos no se acercaban a él, lo consideraban tonto y problemático.
Comenzó el entrenamiento, pero no podía dejar de pensar en Sergio.
La cercanía en aquel vehículo, sus labios tan cerca de los suyos. Su mano tomando la suya.
Si su profesor realmente lo quería lejos, si creía que estaba mal y era una confusión lo ocurrido entre ambos, ¿Por qué insistía en no dejarlo en paz?
A Max le encantaba Sergio, pero detestaba su indecisión.
Y su mayor problema también era la constancia. Lo vería todos los días, así durmiera con él solo una noche.
Eso también lo detuvo un momento, pero al poco tiempo entendió que valía el riesgo.
El pelinegro salió del aula sumamente frustrado.
La situación con Max no podía continuar así, no sabía si el joven alguna vez hablaría o si alguien ya sabía sobre el beso.
La noche anterior se perdió a si mismo en sus recuerdos, en sus deseos.
Estimulandose pensando en aquel joven que casi lo vuelve a besar.
Sabía que estaba mal y se sentía un hipócrita por eso.
Pero no pudo controlar sus pies, caminando hacia donde sabía que lo encontraría.
Viéndolo de lejos, corriendo de aquí para allá. Sonriendo felizmente, pero al mismo tiempo tan solo.
Esa fijación extraña que tenía con Max le resultaba molesta, pero muy entretenida.
Sergio se propuso a esperar a que los jóvenes terminarán de entrenar. Pero recién estaba comenzando el juego y no podía quedarse toda la tarde.
Vio a Max corriendo en el pasto, sus pantalones cortos acentuaban sus piernas.
El pelinegro se encontró a si mismo admirando el cuerpo del rubio, deseando poder tocarlo.
Rápidamente niega con la cabeza, recordando su posición como figura de autoridad y su responsabilidad con los alumnos.
El más joven se da cuenta de su presencia y le sonríe.
Levanta un poco su playera y deja ver su cuerpo, finge acomodarse la ropa pero rápidamente se ríe.
Max está jugando en otra liga.
Sergio mira su reloj con impaciente, el rubio lo nota y pide salir del juego por dolor.
Se lo conceden y camina hacia los vestidores, no sin antes mirarlo una vez más.
Era una señal.
El pelinegro camino discretamente hacia donde Max se había metido, evitando que alguien lo viera.
—¿Tanto desea verme? —La voz de Max lo guía hasta donde estaba, observando como se quita sus deportivas y sus calcetines.
—Lamento amenazarte con la expulsión —Comenzó Sergio, pero no podía evitar observar como el joven se quitaba la playera y exponía su pecho desnudo —Es solo que me preocupa que faltes constantemente.
El rubio sonrió, no creía en sus palabras.
Al menos sentía que sus intenciones no eran las mejores.
—¿Esta seguro que no lo dice solo porque me desea? —Max no dejaría en paz el tema, y ante la falta de respuesta decidió ser más atrevido.
El joven se bajo sus pantalones cortos junto a su ropa interior, dejando expuesto su cuerpo desnudo y deleitando la vista de su profesor.
—¿Qué estás haciendo? —Pregunto Sergio para después desviar la mirada.
—Voy a bañarme, estuve sudando allá afuera —Explico como si fuera nada.
Cómo si su desnudes no fuera una forma de llamar la atención del mayor, de llamarlo a desear su cuerpo.
—¿Podrías ponerte una toalla? —Respondió Sergio intentando no verlo, pero su deseo lo venció y se giro para observarlo.
Esto hizo sonreír al más joven, quien tomo su miembro con su mano y comenzó a estimularlo.
—¿Le molesta la visita? —El mayor no pudo despegar su mirada de la zona — Tócame.
El rubio tomo su mano y la colocó sobre su miembro, pensó que se iba a retractar y que finalmente lo haría huir.
Pero grande fue su sorpresa cuando la mano de Sergio comenzó a moverse sobre su falo, manchando su mano con su líquido preseminal.
Max lo tomo de los hombros y se acercó su oído mientras su traviesa mano seguía jugando con él.
—Podemos hacerlo aquí, nadie vendrá en un rato —Ofreció el más joven, algo que no rechazaría el mayor.
El pelinegro estaba tan excitado que su cerebro se sintió desconectado por un momento, cayendo en sus más bajos instintos.
Sergio beso su mejilla y luego acortó la distancia entre sus labios, tomándolos con fuerza.
Sus lenguas se encontraron en un beso sucio y desesperado. Sus manos recorrían los muslos del más joven, deteniéndose en sus nalgas y apretandolas.
Max gime en sus labios, empujando su cuerpo para que el mayor sienta la libertad de tomarlo.
Los dedos de Sergio llegan a su entrada y comienza a estimularlo, tocándolo con delicadeza y haciéndolo gemir más fuerte.
Pero sus labios callan sus quejidos, ocultando el placer que le provoca.
— Cógeme—Rogó el rubio casi en un susurro.
De pronto escucharon un portazo y unas cuantas risas.
Sergio se separó al instante y Max recogió una toalla para ocultar su desnudes.
El mayor simplemente lo miró por un momento y luego se alejo, dejándolo solo en los vestidores.
Los jóvenes deportistas saludaron a su maestro, quien afirmó haberse perdido en la escuela al ser nuevo.
El rubio continuo con normalidad, por suerte nadie le prestó la suficiente atención para notar su erección.
Max termino de vestirse y salió rápidamente, sintiendo como su excitación se apretaba en sus pantalones.
Deseaba llegar a casa y terminar con esa tortura, con ese calor interno que había sido provocado por su profesor.
Estaba a dos cuadras de la escuela, en una calle poco transitada y con las nubes oscuras asomándose.
Se maldijo a si mismo por tardar tanto, pues era claro que la lluvia lo alcanzaría en su camino a casa.
Pero el rubio de un auto deteniéndose a su lado llama su atención.
Al voltear se encontró con el Ford woody wagon de Sergio, quien lo miraba con atención.
Max sabe lo que eso significa.
Y cree entender las consecuencias de sus actos.
Él es joven y muy atractivo, su profesor es guapo y varonil.
¿Que problema podría haber en un poco de diversión?
Pero esa simple decisión, la de subirse s ese auto, cambiaría su vida para siempre.