Capítulo 1
22 de diciembre de 2025, 18:52
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Había sido un día sumamente pesado.
Sergio se encontraba dándose una ducha fría antes de irse a la cama para ver una película.
Era noche de día de brujas, pero él no saldría a ninguna fiesta.
Estaba agotado por los exámenes, así que se dispuso a relajarse ese fin de semana.
Sentía el agua recorrer por su cuerpo desnudo, estresado y tenso, bajando su mano hasta alcanzar su coño y comenzar a tocarlo.
Aunque estaba solo, intento retener sus gemidos al jugar delicadamente con sus pliegues e introducir dos dedos, imaginando que era el miembro de su profesor.
No podía dejar de pensar en él
Su profesor de literatura, el señor Verstappen, era solo diez años mayor y demasiado atractivo para no mirarlo con deseo.
Sus rubios cabellos, sus brazos fuertes y su espalda ancha, con una bonita cintura que solo lo hacía más atrayente.
—Max... —Susurró su nombre mientras cerraba los ojos.
Instintivamente comenzo a mover las caderas, buscando más contacto sobre su mano.
El agua golpeaba y mojaba las paredes debido al movimiento. Se sentía tan bien que estaba a punto de explotar.
Fue en ese momento que su teléfono comenzó a sonar. Al principio intentó ignorarlo, pero la insistencia era demasiada que dejó de tocarse y salió de la ducha.
Notó que era un número desconocido, así que optó por no responder.
Apenas tomó la toalla y escuchó su teléfono sonar otra vez.
Bufó molesto y respondió para aclarar de una vez las cosas.
—¿Hola? —El pecoso se molestó ante la falta de respuesta, así que colgó.
Continuo con lo suyo, saliendo del baño con solo una toalla que cubría su cintura.
El teléfono volvió a sonar.
Lo toma y responde, pero esta vez solo escuchaba una respiración agitada de alguien al otro lado de la línea.
—¿Hola? —Volvió a preguntar —No estoy para estás bromas.
Sin decir más, el joven colgó el teléfono y camino hacia la cocina para poner unas palomitas en el microondas.
No sabía porque, pero se sentía raro.
Observado.
Decidió ignorar el miedo que pudiera tener ante tales llamadas extrañas y continuo con su suyo.
Fue entonces que el teléfono comenzó a sonar, otra vez.
Enojado, Sergio tomó el teléfono y contesto rápidamente.
—Mira, idiota, no estoy para tus juegos tontos —Dijo con molestia —Así que para ya con tus estupideces y déjame en paz.
Estaba a punto de colgar, cuando se sorprendió ante lo que escuchó.
—Hola, Sergio —La voz al otro lado de la línea sonaba muy extraña.
Era poco familiar, falsa, artificial.
Pero había dicho su nombre, y eso le resultó aún más extraño.
—¿Quién habla? —Se aventuró a preguntar.
Entonces escuchó una pequeña risa.
—Me alegra mucho hablar contigo, deseaba escuchar tu linda voz — El tipo respondió con tal confianza que solo le puso los vellos de punta —¿Tienes novio, Sergio?
La pregunta era por demás extraña.
Analizo su respuesta, sabiendo que eso podría afectar el rumbo de las cosas.
—Si —Mintió y entonces una risa se escuchó del otro lado de la línea —De hecho, viene en camino.
Se mantenía en llamada pero busco sus mensajes y le mando uno a su amigo Lewis, rogando por ayuda.
No sabía qué hacer.
—Pero Lewis no es tu novio —Afirmo la otra persona y esto lo tensó —Te he observado por mucho tiempo, no me mientas.
En ese momento el miedo pudo más y termino cortando la llamada.
El teléfono volvió a sonar sin parar, hasta que finalmente se detuvo.
Sergio pego un brinco cuando el microondas comenzó a sonar, en señal de que sus palomitas ya estaban listas.
—Mierda... —Susurró todavía alterado.
Decidió irse a su habitación para cambiarse cuando su teléfono volvió a sonar.
Esta vez decidió ignorarlo por completo, y pronto todo volvió a quedar en silencio.
Pero no trataría mucho para que el teléfono de su casa comenzara a sonar en su habitación.
Esto lo alertó demasiado, ¿Cómo sabía que estaba precisamente ahí?
Decidió ser valiente, así que tomó el teléfono y contestó rápidamente.
—¿Quién carajos eres? —Preguntó y solo escuchó una respiración.
Pero esta vez no solo lo escuchó por medio de la línea, si no dentro de su habitación.
Era demasiado pesada como para ignorarla. Cada respiración era más fuerte, como si estuviera cargada de emoción.
Pronto se giró hacia donde sentía que venía el ruido, y se quedó parado frente al armario.
Fueron segundos los que estuvo parado frente a la puerta, pero se sintió como una eternidad.
Entonces se abre de golpe y alguien vestido de negro con una máscara blanca con una cara extraña, se abalanza sobre él y lo tira al suelo.
Checo se queja del dolor, pero no hay tiempo para recuperarse, pues observa como el sujeto tiene un cuchillo y se lo pone en el cuello.
Esta sentado sobre él y poniendo todo su peso encima para inmovilizarlo, parecía no ser la primera vez que lo hacía.
—Hola, Sergio —Ahí está, esa voz extraña que le hablaba por el teléfono —Es bueno verte.
Entonces usa una de sus manos libres para acariciar su pecho húmedo y desnudo.
—¿Quién eres y como entraste? —Es lo único que puede decir y no se mueve demasiado al sentir el filo rozando su piel.
—No cerraste bien la puerta —Afirmó y el pelinegro lo miró confuso —Conveniencias del guión.
El tipo no es ajeno a la belleza del joven.
Su bien trabajado cuerpo hace alarde de sus horas de dedicación en el gimnasio.
Pero está distracción le sirve al joven para hacer uso de su fuerza y logra quitárselo de encima.
Esto aturde al atacante y por un momento suelta su arma, aunque logra tomar al joven por la toalla y este se jala para safarse de esta.
El hombre se levanta del suelo y toma el cuchillo, corre hacia donde vio al joven irse con el trasero al aire.
Sergio llega hasta la puerta principal de su departamento y se da cuenta de que el seguro está puesto y la llave no está.
—La cerré por ti —Afirmo el atacante llegando detrás de él.
El pelinegro detiene sus manos cuando está por atacarlo, lo sostiene de los brazos pero sabe que no es tan fuerte como el hombre alto.
Ambos forcejean, y en un reflejo logra quitarle la máscara al tipo.
Ve su rostro por un momento, muy fugaz, pero lo identifica.
Es su profesor, el señor Verstappen.
Max se apresura a ponerse la máscara, y se acerca peligrosamente.
Ahora el pelinegro no sabe que hacer, y no tiene tiempo de pensar cuando el tipo se abalanza de nuevo sobre él.
Se empujan, y el cuchillo roza peligrosamente su piel. Caen al suelo y este se pierde por un momento.
Entonces Sergio logra hacerlo tropezar para ponerse encima y alcanza el cuchillo para amenazarlo.
Sería una locura afirmar que el rubio no se percató de aquel coño desnudo que corría por los pasillos.
Y algo se removió en sus pantalones, lo suficiente como para que el pelinegro lo sintiera al estar encima suyo.
Estaba tan duro.
Entonces, una vez más, se dejó llevar por sus pensamientos.
Sergio comenzó a mover sus caderas al sentir el miembro erecto de su profesor por debajo del traje.
Max estaba sin palabras.
Ahora su víctima se encontraba encima suyo, restregandole el coño en la entrepierna y haciendo su respiración pesada.
Sus manos se movieron a la cintura de este y comenzó a guiarlo.
Se moría por follarlo.
Y Sergio quería lo mismo.
Estaban demasiado calientes.
—No necesitas ese cuchillo para pedirlo —Afirmó el rubio, el aparato que distorsionaba su voz se había dañado y ahora se había delatado.
Pero no le importaba.
El pelinegro baja el cuchillo y comienza a moverse más sobre el atacante, la fricción ya no es suficiente.
Con sus manos busca el cierre de sus pantalones por debajo del traje y logra bajarlos un poco.
El miembro erecto y colorado del rubio se hace presente. Esta cubierto de líquido preseminal gracias a los movimientos previos que incitaron todo esto.
Sergio había tenido diversas fantasías sobre su profesor. Pero ninguna incluía un intento de asesinato que terminaba en fornicación.
Retrocede un poco y se agacha para meter la punta del pene en su boca, juego con su lengua y presiona con sus labios.
Disfruta el sabor y recorre con su lengua. Sus venas se marcan y gusta de delinearlas.
Quiere mostrarle lo mucho que lo deseaba.
Abre bien su boca y deja que el pedazo de carne lo llene hasta casi tocar su garganta, casi ahogandolo, pero manteniendo el control de la situación.
El rubio siente morir y revivir. Le está dando una buena felación y lo sabe.
Lo toma de los cabellos y comienza a mover sus caderas, sintiendo la humeda y calida boca del joven.
Checo era muy guapo.
Lo había visto mucho en clase. Observándolo de pies a cabeza.
Popular, inteligente, bien parecido.
El sueño de todas las chicas, y ahora le estaba chupando la verga.
Sus mejillas sonrojadas y el cabello algo mojado lo hacían ver tan atractivo mientras subía y bajaba por su longitud con su lengua.
Era muy bueno en eso.
Pronto lo vio acomodarse sobre sus caderas, sintiendo su húmedo coño resbalandose sobre su piel.
El pelinegro se movía sobre él. Sentía como su miembro presionaba sobre su zona más sensible, buscando cada vez más contacto hasta que inevitablemente lo dejo entrar en él.
Lo sintió entrar poco a poco, apretándose al rededor de su carne y dejando escapar pequeños gemidos de placer.
—Mucho mejor... —Confesó Checo al recordar lo que había estado haciendo en la ducha.
Cómo si Max no lo hubiera escuchado.
Se había escondido en su armario para atacarlo, luego alcanzo oírlo gemir su nombre.
Y vaya que le cumpliría la fantasía.
—Dime como te gusta —Pidió el profesor todavía intentando mantener su rol de asesino.
Pronto sintió como Sergio apoyaba las manos sobre su pecho y comenzaba a moverse sobre él.
Subiendo y bajando sobre su miembro, gimiendo su nombre y poniéndose colorado por el esfuerzo.
El pelinegro se sentía en el cielo al sentir esa carne golpeando su interior y provocando sonidos tan obscenos que solo aumentaban su excitación.
Max ensartaba sus uñas en la piel desnuda de las piernas del joven. Marcandolo con líneas rojas que quedaría como un recuerdo de lo sucedido
Recorrió su suave piel hasta llegar hasta su trasero y darle una nalgada.
Su cuerpo temblaba, le gustaba ese juego sucio.
Siguió golpeando, pellizcando y arañando, marcandolo de todas las maneras posibles mientras esté lo montaba.
Brincaba y sus coloradas nalgas golpeaban sus piernas. Lo sentía tan cerca.
Max lo toma con fuerza de la cintura y lo ayuda moverse más rápido, siente como el pelinegro llega a su orgasmo cuando una gran cantidad de corrida mancha su traje.
Pero no es suficiente, él no ha llegado.
Sergio se deja caer, está cansado.
Sin embargo, el rubio logra llevarlo hasta su habitación y lo deja en la cama.
Sabe que quiere más cuando lo ve abrir las piernas y usar sus dedos para separar los pliegues de su mojado coño.
El pelinegro no puede verlo, pero su profesor acaba de relamerse los labios ante tal exquisita vista.
Conservando solo la máscara puesta, Max se sube completamente desnudo sobre el joven y se coloca entre sus piernas.
Deja algo a un lado de su pierna, y acaricia su coño con sus largos dedos, juega con este y siente lo mojado y sensible que está.
Su pene está tan cerca que Sergio comienza a querer pegarse más a él.
Con su mano, el rubio toma su miembro y presiona sobre el coño del más joven, observando aquellos ojos suplicantes.
Cafés con tintes verdes, profundos e hipnóticos.
Hace un esfuerzo más y poco a poco mete su longitud, aunque esta vez él tendrá el control.
Vuelve a tomar el objeto y Sergio observa lo que es, el cuchillo.
Traga en seco y ve como su profesor lo lleva hasta su cuello, sintiendo el metal rozar su piel.
Max comienza a mover sus caderas, es cuidadoso porque no pretende lastimarlo de verdad, pero se excita al verlo en esa posición.
El pelinegro apenas puede reaccionar a sus embestidas, el filo lo acaricia y esto lo tensa.
Pero pronto se vuelve parte de su excitación, entendiendo su juego.
Decide provocarlo.
Arquea un poco la espalda y usa sus manos para comenzar a acariciar sus propios pezones.
Mordiéndose el labio y acariciando sus suaves tetas, sabe que ha captado su atención.
Entonces Max hace un movimiento rápido y ensarta el cuchillo al lado de la cabeza de su ahora amante.
Lo toma por el cuello y sus embestidas se hacen más bruscas, golpeando aquel coño que lo estaba volviendo loco.
—Come toda mi verga —Le susurra y esto lo hace sonreír.
Golpea tan fuerte que sus testículos brincan con cada choque, el joven usa sus piernas para abrazarse a su cintura y dejar que lo tome como quiera.
Sergio gime a su oído, se queja y se ahoga en su propio placer, vuelve a sentir las piernas temblorosas y se corre sobre su profesor.
Max gruñe y su cuello y pecho están tan rojos por el esfuerzo, se inclina hacia adelante y muerde al joven, marcando sus dientes en su piel.
Sabe que no puede resistirlo más, que ha llegado a su límite.
Da una última estocada y se siente satisfecho cuando su líquido caliente llena aquel coño al punto de desbordarse.
Se levanta con cuidado y observa como lo ha dejado.
El pelinegro abre las piernas y no se molesta por detener el semen que es escurre hasta llegar a su nalgas.
Su pecho sube y baja, está exhausto.
El rubio no dice nada, toma sus cosas y comienza a vestirse. Se acerca al joven y se agacha hasta llegar a su rostro.
Levanta ligeramente su máscara y acorta el espacio para juntar sus labios, robándole un candente beso.
Luego se reincorpora, tomando el cuchillo y marchandose de aquel departamento, dejando un desastre atrás.
Ya encontraría a su verdadera víctima en otra casa, aunque quiza comenzaría a cortejar al joven que siempre sacaba un 10 en su clase.