ID de la obra: 1560

Guilty

Gen
NC-17
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planificada Mini, escritos 97 páginas, 51.334 palabras, 6 capítulos
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1. Se abre la cortina de la venganza

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Sin duda, uno de los elementos más característicos de la ciudad de Tokio, además de los que todo el mundo conoce, son los cuervos. Un animal misterioso donde los haya. Parece que oculten algún secreto. A mucha gente les parecen molestos por sus constantes graznidos. Aún así, los habitantes de la ciudad estaban más que acostumbrados a su presencia e incluso habían mostrado ser unos “vecinos” muy útiles, ya que gracias a ellos, las ratas en la ciudad brillaban por su ausencia, a diferencia de otras ciudades del mundo. Y puestos a elegir entre cuervos y ratas, la gente prefería a los cuervos. Lo que nadie se paraba a pensar es que los cuervos son símbolo de mal augurio. Que se lo dijeran a Yoshiyuki Terada, un hombre que apenas se había jubilado y que pensaba que podría disfrutar de su nieto casi recién nacido. Al empezar el día no creía que acabaría sobre la azotea de un edificio a punto de saltar. El graznido de los cuervos parecía que le alentaban a ello. Previamente, como suele ser costumbre en los suicidios de japoneses que optaban por esa opción, se había quitado los zapatos antes de saltar. Suicidarse era la opción más sensata dada las circunstancias. –Con mi muerte, compensaré mi crimen. –dijo Terada ya en la parte exterior de la barandilla, mirando hacia donde estaba su nieto. Se giró, cerró los ojos y, tras un fuerte graznido de un cuervo, saltó al vacío, encontrándose con la muerte al instante. Sí, también se dice que los cuervos son amigos de la muerte.

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Shaoran Li era un hombre de 32 años muy guapo, con un cuerpo muy bien definido, de pelo castaño oscuro y un semblante serio que resaltaba su atractivo. Su trabajo requería seriedad, pero desde lo que aconteció aquel día, no había vuelto a ser el mismo y su vida se había convertido en un infierno. Vestía un traje negro con camisa blanca con las mangas remangadas y no llevaba corbata. Caminaba despacio y pensativo mientras sostenía la chaqueta sobre el hombro. Después de haber pasado un edificio, se escuchó un golpe seco y a los transeúntes gritar. Sin duda, alguien se había tirado de la azotea. Se giró y efectivamente, un hombre yacía en el suelo boca abajo. –¡¿Se encuentra bien?! –exclamaban los transeúntes, pero evidentemente, el hombre no iba a contestar. Shaoran miró hacia arriba para ver la altura desde la que había caído. Habría sido un milagro que alguien hubiera sobrevivido a una caída así. Shaoran decidió seguir su camino. Ya se harían cargo sus compañeros. Cuando se giró para seguir, un hombre rubio y con ropa que parecía bastante vieja, chocó con él, pero el hombre, sin pedir disculpas siguió corriendo. –¡Es un suicidio! ¡Apartad! –dijo el hombre mientras sacaba una pequeña cámara de fotos, riendo mientras apuntaba. Sin duda era periodista. Shaoran pensó que era como un carroñero. El típico periodista sensacionalista que publicaría carnaza a la menor oportunidad. Shaoran decidió que no iba a perder más tiempo con aquello y siguió su camino, mientras al lugar de la tragedia, llegó un coche plateado. –Para. –dijo Kaho Mitzuki al conductor, una de las detectives de la Primera División de Investigación de la Policía Metropolitana de Tokio, también conocida por sus siglas: PMT. Kaho tenía unos 34 años. Tenía el cabello largo y pelirrojo oscuro. A pesar de su trabajo, solía vestir con bastante estilo. –Es sólo la muerte de un hombre débil. Dejemos esto al subinspector. –dijo Yuna D. Kaito, el jefe de la Primera División de Investigación. Era un hombre moreno de 52 años. Por más que le molestara la insensibilidad de su jefe, Kaho cogió la radio para informar. –Un hombre parece que se ha lanzado desde una azotea en la jurisdicción de Tomoeda. Envíen una ambulancia. –dijo Kaho. Tras pedir los refuerzos, miró hacia atrás. El paso de Shaoran no le pasó desapercibido.

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No muy lejos de allí, una mujer de 32 años, de media melena castaña y bonitos ojos verdes llegó para recoger a un Rottweiler que había atado en un poste de la luz mientras terminaba de hacer lo que tenía que hacer. Siempre solía vestir de forma muy sencilla y cómoda. Por el aspecto dulce que emanaba Sakura Kinomoto, que así se llamaba la chica, nadie diría que tendría un perro como ese. –Gracias por esperar. –le dijo al perro en tono cariñoso, que esperaba sentado tranquilamente. –¿Has sido un buen chico? Venga, vámonos. Tanto Sakura como el perro se dirigieron a un coche amarillo de la empresa en la que trabajaba la chica. Pero antes de volver a la empresa, decidió ir a un mirador al que solía ir con frecuencia porque para ella, era un lugar significativo. Era un lugar al que los cuervos también les gustaba estar, ya que había árboles sobre los que posarse. Entonces, el perro comenzó a gimotear, como si intuyera el estado anímico de Sakura. La castaña se agachó, y le sonrió mientras le daba mimos en la cara. –Muchas gracias, pero estoy bien. –le dijo Sakura como si hubiera entendido lo que le comunicaba el perro. Le soltó la correa y sacó una pelota de tenis de su bolso. –Mira, vamos a jugar un poco. Sakura se incorporó y le lanzó la pelota. El perro, contento, fue tras ella. Mientras el perro buscaba la pelota, a Sakura le cambió el semblante y se llevó la mano a una pequeña cadena que tenía en el cuello, con lo que parecía ser una pluma de cuervo de oro. Ya no había vuelta atrás. Según la mitología, los griegos creían que el cuervo era blanco inicialmente, pero una vez que el dios Apolo fue avisado por un cuervo de que su amada Corinis le era infiel, castigó a este pájaro y a toda su descendencia a convertirse en negro como consecuencia de su descontento. Penitencia que se prolongaría a la descendencia futura del ave. El cuervo blanco había pensado que sería recompensado por avisar a Apolo, pero éste habría preferido que el cuervo le hubiera arrancado los ojos a los amantes. Desde aquel día, el cuervo guarda sus secretos para protegerse a sí mismo y a todo lo que sabe. Sakura se sentía igual que el cuervo de Apolo.

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Un mes después… En una de las comisarías de Tokio, concretamente en la de Tomoeda, el guardia a cargo del calabozo tocó los barrotes con la porra para terminar de despertar a un Shaoran que no era ni la sombra de lo que fue. Fue entonces que comenzó a percibir cómo la poca luz del sol que entraba comenzaba a molestarle. –Shaoran, debes empezar a comportarte. Esto no es un hotel. –le dijo el guardia. Shaoran no había tenido ganas de volver a su apartamento, por lo que se fue a la comisaría en la que trabajaba y se coló en un calabozo para dormir, o al menos intentarlo. No era la primera vez que lo hacía. –Ya lo sé. –dijo él, sin ganas de que nadie fuera a darle lecciones. Se colgó la chaqueta al hombro y subió a los vestuarios del departamento donde se encontraba la Primera División de Investigación. Allí esperando estaba Kaho Mitzuki. –Buenos días. –lo saludó Kaho al ver aparecer a Shaoran. Al ver el aspecto que traía Shaoran supo de dónde venía –¿Otra vez lo has vuelto a hacer? Kaito ha estado llamándote. Shaoran odiaba a su jefe, así que se giró para marcharse, pero Kaho lo detuvo de la muñeca y se acercó a su oído. –Parece que Wei ha desparecido. –le dijo Kaho. Entonces, Shaoran, seguido de Kaho entró en el departamento donde trabajaba la Primera División de Investigación de la PMT. –Shaoran, ¿cómo es eso de golpear a un traficante de drogas? –preguntó Ryo Katokura, un compañero policía. Para Shaoran, Ryo no era más que un lameculos del jefe. Y como se sentía protegido por él, se pensaba que tenía más autoridad que cualquier otro detective de los que trabajaban allí. En realidad, quizás todos, excepto por Wei Wang, Kaho Mitzuki y él mismo, eran unos lameculos. Hasta vestían todos igual, con traje y corbata oscura. Tenían un código de vestimenta más propio de empresas llenas de salary men que de la propia policía. Como el código de vestimenta impuesto por la policía no exigía corbata, Shaoran era el único que no llevaba nunca, sin contar a Kaho. El inspector Kaito, que estaba en su mesa, los tenía a todos bien domados y Ryo se creía con derecho de reprender a Shaoran. Lo cierto es que después de lo que ocurrió, la prometedora carrera policial de Shaoran se había resentido mucho. –Pretendería ajustar cuentas. –dijo Takabe, otro de los detectives. –Como su carrera ya no es importante, hace lo que le da la gana. La verdad es que le envidio. –El sospechoso ha emitido una queja. Dice que el trato fue demasiado duro. –le informó Ryo. Shaoran se apartó de él y se puso frente a la mesa de Yuna D. Kaito, que hasta ahora no había intervenido. Si alguien le reprendía, debía ser el inspector jefe, y no ninguno de sus palmeros. De todas formas, a Shaoran no le podía preocupar menos las pataletas de un camello. En aquellos momentos, le preocupaba más la desaparición de Wei, una de las pocas personas que Shaoran respetaba en aquel lugar. –¿Qué es eso de que Wei ha desaparecido? –preguntó Shaoran. –¿No te has enterado? –No. –Creo que deberías venir de vez en cuando y ser de utilidad. –le dijo Kaito. –Lo siento. –se disculpó Shaoran, asumiendo que últimamente no había parado mucho por allí. –Espera. –dijo Kaito al ver que Shaoran se iba. –Te dejo el caso a ti. Infórmame de los detalles. –¿Está siendo investigado? –preguntó Shaoran. –Su esposa nos ha pedido que lo busquemos al denunciar su desaparición. –dijo Kaito levantándose y cogiendo su chaqueta de la percha que tenía tras su mesa. –Es natural que esté preocupada. Es una molestia tener que utilizar detectives para esto pero no nos queda otra. Katokura, pon a Li al día. –Sí, señor. –respondió Katokura. –Takabe, te vienes conmigo. –ordenó Kaito. –Parece que Wei también se ha rajado, ¿eh? –le provocó Ryo Katokura desde su mesa mientras se limpiaba las gafas. –Los tipos como vosotros no hacéis más que dar problemas. Lo más conveniente sería que desaparecieras en lugar de merodear por aquí. Mientras Shaoran lo desafiaba con la mirada, cogió el informe de la mesa de Ryo con rabia y se marchó. Kaho pensó que sus compañeros no estaban siendo justos con Shaoran. De por sí, él ya se sentía lo suficientemente mal como para que sus propios compañeros lo vilipendiaran de aquella manera.

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–Hace muy buena mañana, ¿verdad, Ruby Moon? –preguntó Sakura a la perrita que estaba paseando en ese momento. Ruby Moon era un perrita negra de tamaño pequeño. Tras varios pasos, se agachó y la cogió en brazos. –Estarás contenta. Después de todo, pronto serás mamá. Debemos asegurarnos de que haces ejercicio. Entonces, Sakura miró al edificio en el que vivía el señor Toshiya Suganuma, pero su rostro ya no emitía la dulzura que acababa de mostrar con Ruby Moon.

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–¿Otra noche sin dormir? –le preguntó Chika Suganuma a su marido mientras le servía el desayuno. Toshiya Suganuma era un banquero joven, de unos 33 años y últimamente, su mujer lo había notado muy preocupado. Además, le estaba costando conciliar el sueño. –No te preocupes, estoy bien. –le contestó su marido. –Por cierto, he conocido a una nueva amiga. –le contó ella. –Quería saber si podía preguntarte por un préstamo de tu banco.   –Claro. –dijo el banquero con la mirada perdida. –Genial, hoy la he invitado a tomar un té cuando…–pero la explicación de Chika se vio interrumpida por el sonido de su móvil, que sobresaltó a su marido. –Ah, debe de ser ella. Es muy mona. Toshiya se apresuró a coger su maletín y su chaqueta para salir sin haber probado el desayuno. –¿Toshiya? –preguntó su mujer al verlo salir tan apresurado de repente. Cuando Toshiya llegó abajo, siempre tenía la misma rutina: abrir su buzón para sacar el periódico que dejaban todas las mañanas. Tras cogerlo, salió hacia la estación de metro. Mientras seguía paseando a Ruby Moon, Sakura lo vio salir de su edificio mostrando una sonrisa maléfica.

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Shaoran Li fue a la habitación 201 del hospital en el que estaba ingresada Shigeyo Wang, la esposa de Wei. Para comenzar la investigación sobre el paradero de su mentor, decidió comenzar por la persona que había denunciado su desaparición. –Aquí tienes las llaves. –le dijo Shigeyo a Shaoran, al que conocía bien porque su marido le había hablado de él y de alguna forma, lo había tutorizado cuando Shaoran entró en el cuerpo de policía. La mujer se había roto una pierna en un desafortunado traspiés y debía permanecer en el hospital. –Cuento contigo. –Gracias. –dijo él. –¿Cuándo fue la última vez que estuvo en contacto con Wei? –La noche en la que me ingresaron hace cinco días. –contestó la mujer. –Vino por el papeleo del ingreso y se marchó. Cada vez que lo llamo tiene el teléfono apagado y parece ser que tampoco ha ido al trabajo. Entiendo que haya querido desaparecer después de todo el enredo. –¿Cómo se ha roto la pierna? –Me caí al volver a casa cuando salí de la escuela de baile. –le dijo ella. –Es una rotura más seria de lo que creían al principio, así que tendré que estar aquí más tiempo del normal. Fue como si alguien me hubiese empujado, pero lo cierto es que bebí un poquito.

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Tras salir del hospital, Shaoran se quedó atrapado en un atasco de tráfico. Salió del coche y comprobó que se debía a que muchos de los conductores se habían bajado y se habían aglutinado junto a una valla. Shaoran decidió ir allí a ver qué pasaba. –Ruby, sal, mira, tengo una galletita. –le decía Sakura a Ruby Moon, que se había escurrido tras la valla y no había manera de sacarla de allí. –¿Qué ha pasado? –preguntó Shaoran a uno de los curiosos que había allí. –Parece que un perro se ha escurrido tras la valla. –dijo el hombre. –¿Es tu perro? –preguntó Shaoran a la chica castaña que intentaba atraer al perro pasando el brazo por el agujero por el que se había colado el perro. Por lo visto, había una zanja que en realidad era un tubo que daba al canal que había al lado y no podía salir de allí. –No. Trabajo en una peluquería canina y estoy cuidando a Ruby Moon para un cliente. –dijo ella. –Llamemos a la policía. –sugirió uno de los curiosos, alertando así a Sakura. –No hay necesidad de llamarles por algo así. –dijo Shaoran. El castaño miró hacia arriba y vio que por allí no podría pasar porque había alambres, y a su izquierda había un canal por el que se asomó. Cogió una hamburguesa que estaba comiendo uno de los curiosos que estaba allí y pasó al otro lado de la valla, sujetándose para no caer al agua. Colocó uno de sus pies en el tubo que sobresalía y estiró el brazo con la hamburguesa para atraer a Ruby. Tras llamar a la perra, ésta asomó el hocico tímidamente atraída por el olor de aquel manjar, Shaoran tiró la hamburguesa y cogió al perro por la parte de la cruz del lomo para no hacerle daño y estiró el brazo para que Sakura lo cogiera. –¡Muchas gracias! –dijo Sakura aliviada mientras la gente aplaudía sorprendida por la hazaña de aquel joven. –Estabas asustada, ¿verdad? Cuando Shaoran pasó al otro lado de la valla, sacó unas monedas y se las dio al tipo de la hamburguesa antes de marcharse. –Por la hamburguesa. –¿No te has hecho daño? –preguntó Sakura tras él con Ruby en brazos. –Para trabajar con perros esto ha sido muy irresponsable por tu parte. Deberías tener cuidado, su vida está a tu cargo. –le dijo Shaoran. –Lo siento. –dijo ella mientras veía cómo aquel hombre se marchaba.

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En el centro financiero de Tokio, un enfadado Toshiya Suganuma salía de las oficinas de la sede del banco seguido de dos subordinados mientras uno de ellos iba haciendo reverencias pidiendo disculpas. –¡¿Cómo que no se puede cobrar?!¡¿Cómo puedes ser tan ingenuo?! –protestaba Suganuma. –¡Fuerza la bancarrota y subasta su casa! –Sí, señor. –dijo el empleado. Entonces, le sonó el móvil. Suganuma se paró un momento para ver mejor quién lo llamaba mientras sus empleados se marcharon, pero quien llamara, lo hacía desde un número oculto. Suganuma colgó, pero quien le llamaba seguía insistiendo. –Para ya, por favor. –respondió un Suganuma que no parecía el mismo que había gritado a sus empleados. –Siento lo que ocurrió, pero me lo ordenaron. No tenía elección. Te lo ruego, por favor. Suganuma se sentó en los escalones abatido, mientras que la persona que lo llamó colgó sin decir nada, aumentando así su incertidumbre. Allí sentado, Suganuma no parecía el “tiburón” sin escrúpulos que trabajaba en uno de los bancos más prestigiosos del país.

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Después de haber colgado desde el teléfono público que había en la cafetería, Sakura salió para reunirse con la señora Chika Suganuma. –Siento haberte hecho esperar. –dijo Sakura con una sonrisa. –No importa. –dijo ella restándole importancia.

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Después de visitar a la esposa de Wei y que esta le hubiese dado las llaves de su casa, y de incluso haber rescatado a un perrito, Shaoran se dirigió a la residencia del matrimonio Wang para seguir investigando la desaparición de su mentor. Al entrar, vio algunas fotos de actuaciones de baile de la señora Wang y también lo que parecía una camita para un perro pequeño, pero lo que le llamó la atención fue que la luz del teléfono parpadeaba mostrando que había mensajes sin escuchar, por lo que le dio al botón. –Tiene cinco mensajes. –dijo la femenina voz del contestador. –Llamo del hospital en el que está su mujer ingresada. Señor Wang, necesitamos hablar con usted en relación a su ingreso. –dijo la trabajadora del hospital. Mientras escuchaba los mensajes, Shaoran se quedó mirando una foto que había junto al teléfono. En ella aparecían en una cena unos sonrientes Shaoran, Kaho, Wei y Yukito Tsukishiro. Wei era un hombre que ya peinaba bastantes canas y ya no le quedaba mucho para la jubilación. Siempre tenía una expresión afable y Shaoran lo admiraba y respetaba muchísimo. Por su parte, Yukito era un joven risueño de pelo grisáceo y gafas. Al igual que ocurría con Wei, pese a ser policía también era de expresión amable. Al igual que Wei lo era con él, Shaoran se había convertido en el compañero que debía guiar a Yukito al incorporarse a la Primera División de Investigación del cuerpo de policía. Ambos conectaron enseguida y el aprecio era mutuo. Al finalizar el mensaje, un pitido dio paso al segundo mensaje. –Hola, llamé el otro día del hospital. Queríamos informarle del estado de su mujer. Volveré llamar en otro momento. –volvió a decir la misma persona del primer mensaje. Entonces Shaoran vio una foto de Wei sonriendo a cámara mientras llevaba un gorro de pesca. Shaoran pasó a otra estancia. Era una típica habitación japonesa con tatami donde había varios premios y placas reconociendo la labor de Wei como policía. Tras mirar en una papelera, comenzó a revisar un pequeño escritorio. Al apartar unos libros, reconoció una pequeña libretita que Wei solía llevar siempre. Al abrirla, un recorte de periódico cayó al suelo, cuyo titular rezaba: Un hombre salta al vacío abandonando a un bebé. Al ver la fecha del artículo de hacía un mes, a Shaoran se le vino a la cabeza el hombre que saltó desde la azotea justo unos instantes después de haber pasado él mismo por allí. ¿Acaso hablaba de ese hombre? ¿Y qué tenía que ver con Wei? Debía de haber alguna conexión porque el recorte del periódico era justo de esa noticia. Después de no haber encontrado nada más en casa de Wei, al salir se encontró con un hombre que debía de estar algo loco al estar haciendo unos movimientos de cadera como si llevara un hula-hop. Entonces se acordó, era el mismo hombre rubio con ropa bastante vieja que se chocó con él cuando aquel hombre saltó de la azotea. Era el hombre que se puso a sacar fotos como si hubiera encontrado un tesoro. Parecía un desequilibrado. Shaoran salió hacia el coche dispuesto a ignorar a ese tipo. –Shaoran Li, tu expresión es muy sombría. –dijo el hombre sonriéndole y empezando a seguirle. –¿Acaso has visto al fantasma de Wei ahí dentro? Un suicidio, un soborno. Esto se pone interesante. –Hace un mes, cuando aquel hombre saltó del edificio en Tomoeda, tú estuviste allí. –dijo Shaoran, haciéndole ver que lo había reconocido. –No lo sé. ¿Estuve? –dijo el hombre rubio haciéndose el loco. –¿Quién es la persona que saltó? –preguntó Shaoran. Era evidente que sabía algo y que fue a buscarlo por algo. Además, parecía conocer a Wei y a él mismo. Quizás no estuviera tan desequilibrado como quería hacer ver. –Verás, es que no puedo decirte nada…gratis. –dijo el hombre. –Adiós. –dijo Shaoran abriendo la puerta del coche. Shaoran estaba seguro que ese tipo quería decirle algo, si no, ¿para qué había ido a su encuentro? No le pareció un encuentro casual. –Está bien, espera. –dijo el rubio. Sacó una libreta muy pequeña, la abrió y se la enseñó a Shaoran.

10 de septiembre –Tomoeda.

Yoshiyuki Terada salta de un edificio.

Tras leer la nota, Shaoran se montó en el coche. –Espera, espera, háblame de Wei Wang. –le pidió el hombre buscando una página en la libretita para ponerse a escribir. Pero Shaoran no dijo nada, simplemente sacó un billete y se lo dio al hombre. –Vaya, mil yenes. Shaoran cerró la puerta y mientras se ponía el cinturón, el hombre se apresuró a sacar una tarjeta de presentación y ponerla en la junta de la ventanilla de la puerta del coche. –Soy Keroberos, pero me puedes llamar Kero a secas. Mi número de teléfono viene en la tarjeta. Llámame si descubres algo. –le pidió a Shaoran, que arrancó sin hacer mucho caso. Cuando se marchó, Kero sonrió. Estaba seguro que el detective Li Shaoran lo llamaría.

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Toshiya Suganuma acudió al hospital tal y como había convenido con su mujer. Estaban en la sala de espera del área de ginecología y él se sentía tan agobiado que se aflojó la corbata. –¿Te encuentras bien? No deberías esforzarte tanto en el trabajo. Si quieres podemos volver a casa. –dijo Chika, que pensaba que el estrés comenzaba a pasarle factura. Lo que Chika ignoraba era que ese estrés no estaba producido por el trabajo precisamente. –Se trata de mi hijo. No hay nada más importante que eso. –dijo Toshiya. –Sí, eso es cierto. –dijo ella. Entonces, la mujer que atendía la recepción los llamó. –Señor Suganuma, tiene una llamada. –dijo la recepcionista. A Toshiya le extrañó aquello. ¿Acaso le había seguido y sabía que estaba allí? A pesar de la cara de extrañeza de su mujer, Toshiya no pudo hacer otra cosa salvo girar la esquina y atender la llamada de recepción, intuyendo de quién se trataba. ¿Acaso no podía ir tranquilamente a la revisión de su futuro hijo? –¿Diga? –contestó Toshiya. Pero nadie respondía. –Para ya, por favor. Chika giró la esquina extrañada por el comportamiento que estaba teniendo su marido últimamente, viéndolo bastante agobiado y desquiciado. Estaba segura de que le pasaba algo, pero no quería saturarlo más con sus preguntas. Tras la revisión médica, Toshiya se volvió a su trabajo mientras que la señora Suganuma caminaba por la calle hacia casa. Por suerte, y aunque no llevaba mucho tiempo embarazada, la gestación se estaba desarrollando con normalidad y aún no era evidente. Tras caminar varios minutos, Chika comenzó a escuchar unos jadeos cada vez más fuertes que la estaban poniendo muy nerviosa. Entonces se giró y vio un Rottweiler que comenzó a ladrarle. Del susto cayó hacia atrás sentada, golpeándose a la altura del codo en un poste de la luz y dejándole una pequeña herida. Unos silbidos que no se sabía de dónde venían parecieron calmar al perro, que se marchó sin hacerle nada a la mujer, tan sólo darle un susto de muerte que hizo que se tuviera que sentar para calmarse. Cuando el perro desapareció del campo visual de la mujer, se subió a un trasportín que había en un coche amarillo. Sakura Kinomoto cerró el trasportín y la puerta del maletero y se marchó con el coche.

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Shaoran bajó del coche con un sobre en la mano y comprobó que era allí donde debía ir. Era el salón canino Mon Ange. Era una peluquería canina muy exclusiva. Era un salón con cierto prestigio y entre sus clientes habituales había celebridades o personas muy ricas. Al entrar, había unos sofás donde los clientes podían esperar si lo deseaban tomando un café o un té, ya que la zona de la peluquería estaba en otra zona separada por una cristalera. –Mira, mami ya está aquí. Ya estás bien limpito, ¿verdad? –dijo Meiling, una joven morena con unos ojos muy llamativos. Llevaba una especie de delantal largo de color mostaza para protegerse la ropa de los baños y del pelo de los perros, una muñequera verde y un cinturón para instrumental. La chica le llevó el perrito a la distinguida clienta, que esperaba en el sofá. Entonces Meiling vio entrar a un hombre joven y muy guapo de cabello castaño. Al no llevar perro, asumió que debía ir a recoger a alguno. –Disculpe, voy a atender al joven. Disculpe, ¿tiene aquí a su perro? Puedo resolverle cualquier duda. Entonces, otra joven morena que vestía elegantemente salió de la oficina. Era Tomoyo Daidouji, la dueña del salón canino. –Meiling, ya me ocupo yo. –dijo ella viendo que Meiling sólo conseguiría agobiarlo al ver que cada vez Meiling se acercaba más al joven. Además, ella ya esperaba esa visita. –Es usted Shaoran Li, ¿verdad? –Sí. –Me han llamado del hospital hace un rato. Viene en lugar del matrimonio Wang, ¿verdad? –preguntó Tomoyo. –Sí. –En ese caso, llamaré a Sakura. Es la que se ha estado ocupando de Ruby Moon. –se ofreció Meiling entrando a la zona de trabajo. –¿Cómo se encuentra la señora Wang? –preguntó Tomoyo. –De momento debe permanecer ingresada. –dijo Shaoran. La mujer de Wei le había pedido que llevara el sobre con dinero al salón donde habían llevado a la perrita justo antes de la desaparición de Wei. Dado que Wei estaba desaparecido y su mujer ingresada, no le suponía un gran esfuerzo ir a pagar al salón para que mantuvieran allí a la mascota mientras ellos no pudieran hacerse cargo. Entonces, por la puerta salió Sakura Kinomoto con Ruby Moon en los brazos. También llevaba un delantal como el que llevaba Meiling. –Oh. –dijo Sakura al encontrarse con el mismo hombre que salvó a Ruby Moon. –¿Os conocéis? –preguntó Tomoyo. –No. –respondió Shaoran. –Ella es Sakura Kinomoto. Ha estado a cargo de Ruby Moon. –presentó Tomoyo. –Sakura, él es Shaoran Li. Es un alumno de la escuela de baile de la señora Wang, ¿verdad? –En realidad no. –dijo Shaoran, sin entender por qué asumió que era alumno de la señora Wang. Es cierto que ella tiene una escuela de baile, pero quizás la señora Wang le dijera eso a Tomoyo para incomodarlo. –Muchas gracias por lo de esta mañana. –le agradeció Sakura. –Así que este es el perro de Wei. –dijo Shaoran, sin esperar que por la mañana había salvado al perro de su mentor. –Últimamente ha estado un poco intranquila, por eso pensé que le vendría bien el paseo para relajarse. Aunque al final acabó allí atrapada. –dijo Sakura. –La señora Wang me ha dicho que la perra está embarazada. –dijo Shaoran. –Sí, pero gracias a ti, ahora está bien. –dijo Sakura sonriéndole. –La señora Wang me ha pedido que le entregue esto. Debería ser suficiente hasta que pueda recoger a Ruby Moon ella o su marido. –le dijo Shaoran extendiéndole el sobre a Tomoyo. –Señor Li, ¿puede acompañarme dentro? –le pidió Tomoyo. Shaoran las acompañó a la oficina, desde donde se podía ver la zona en la que bañaban y adecentaban a los perros. De hecho, Meiling le estaba cortando el pelo a uno de los clientes de cuatro patas en ese momento. –Es un poco difícil hablar de esto dadas las circunstancias, pero hay algo más. El problema es que no tenemos licencia de hotel canino. Por eso queríamos pedirle si podría quedárselo usted. –Shaoran comprendió lo que le decía. Tomoyo podría meterse en un lío si hubiera algún tipo de inspección. –Imposible. En mi trabajo no podemos tener animales. –dijo Shaoran. –¿No hay alguna manera de que pueda quedarse? –preguntó Shaoran. Él tenía un trabajo demasiado absorbente como para hacerse cargo del perro él solo. –Tomoyo. –intervino Sakura al ver el evidente agobio de Shaoran, sin dejar de acariciar a la perrita. –¿Podría tener a Ruby Moon aquí a mi cargo? Al menos, hasta que dé a luz. Llevarla a un lugar diferente ahora la estresaría todavía más. Además, yo asumiré la responsabilidad de cuidarla. Por favor. –Está bien. Ya que estás dispuesta asumir la responsabilidad, no puedo negarme. Puedes cuidarla aquí. –accedió Tomoyo. –Muchas gracias. –le agradeció Sakura. –¿Has oído, Ruby? Vas a quedarte aquí. Verás que bien vamos a estar. Esta vez, había sido Sakura la que había salvado a Shaoran. Muy a su pesar, no podía hacerse cargo de Ruby durante el día, y menos estando a punto de tener cachorros. Y sin pedírselo, ella se había ofrecido voluntaria para cuidar de la perra. Aunque no sabía si lo hacía por el animal o por él, al haberla salvado por la mañana. –A cambio, señor Li, creo que debería estar presente en el nacimiento de los cachorros. –dijo Tomoyo. –¿Qué? –preguntó Shaoran sin esperarse eso. –En representación de los Wang. –aclaró Tomoyo. –Está bien. Gracias. –dijo Shaoran. No sabía cómo se había dejado enredar en eso, pero ya que al final iban a quedarse a Ruby Moon por él, era lo menos que podía hacer. Tras acceder, Tomoyo salió. Shaoran también se levantó para salir. –Espera. –dijo Sakura extendiéndole un bolígrafo. –¿Qué? –¿Podrías darme tu número de teléfono? Así podré avisarte cuando se ponga de parto. Y muchas gracias por dejar que cuide a Ruby Moon. –Shaoran estaba sorprendido. Pensaba que era ella la que le hacía el favor y esa castaña parecía que lo sentía al revés. Debía adorar mucho a los perros para considerar que era él quien le hacía el favor. –Gracias a ti. –dijo Shaoran escribiendo su información de contacto.

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–¿De compras?¿Mañana por la mañana? De acuerdo, quiero mirar ropa para el bebé de todas formas, así que me parece bien. –decía Chika por teléfono. A pesar del susto vivido, estaba mucho más tranquila. Entonces se escuchó la puerta. Por fin su marido acababa de llegar a casa. Toshiya, al ver el vendaje que tenía su mujer a la altura del codo dejó caer el maletín y se dirigió a ella preocupado. –¿Qué te ha pasado? –preguntó él. –Espera un momento, estoy al teléfono. –dijo ella. Pero él se lo quitó y colgó directamente. –¡Dime qué te ha pasado! –exigió él, más preocupado que enfadado. –Cuando volvía a casa me atacó un perro. Pero no me mordió. Del susto me caí y ya está. No es nada grave. –explicó ella. –¿El bebé está bien? –Ya te he dicho que no es para tanto. No es nada grave. –dijo ella. –Seguro que es esa mujer. –dijo Toshiya para sí. –Estoy seguro que es algo planeado por ella. –¿Qué mujer? –preguntó ella.

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Aunque Tomoyo y Meiling se habían marchado ya, Sakura seguía en el salón. Estaba leyendo sobre perros, especialmente ahora que debería atender el parto de Ruby Moon. La mesa estaba llena de libros y revistas con títulos del tipo Los amigos de los perros. Tras leer un capítulo, Sakura dejó el libro y pensó que al día siguiente haría el siguiente movimiento.

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–Está bien, hasta luego. –dijo Shaoran antes de colgar. El castaño cogió su chaqueta para salir de la comisaría, justo a la vez que Kaito entraba seguido de Kaho Mitzuki. La intención de Shaoran era salir ignorando a su jefe, pero Kaito lo detuvo poniéndole una mano en el hombro. –Ya has venido al trabajo dos días seguidos. ¿Cuándo ocurrió ese milagro por última vez? Pareces hasta entusiasmado con el caso. –preguntó Kaito provocando a Shaoran. Desde aquel fatídico día, apenas le asignaban casos, por lo que a veces Shaoran pasaba varios días sin pasar por comisaría. ¿Qué sentido tenía ir, si de todas formas lo único que hacían era provocarlo? Prefería evitarse ser el centro de atención. –¿Cómo va? –Todavía no he recopilado la suficiente información como para poder realizar una valoración. –dijo Shaoran. –¿De verdad? –¿Por qué iba a mentir? –preguntó Shaoran. –Está bien. Sigue con ello. Pero mantenme informado. –dijo Kaito. Cuando Shaoran se fue, Kaho lo siguió con la mirada. –Kaho. Tus ojos siguen mostrando demasiado afecto. –Si lo dices en serio, voy a empezar a cuestionar tu capacidad de discernimiento. Si me disculpas. –dijo Kaho saliendo. –¿Dónde vas? –Al baño. ¿Quieres venir? –dijo ella. Kaito sólo sonrió por la ocurrencia. Pero Kaho no fue al baño, sino que se dirigió hacia los garajes de la comisaría donde Shaoran ya estaba abriendo el coche con el mando para marcharse. –¡Espera! –le pidió Kaho. –¿Vas a hacerle los recados a Kaito otra vez? –preguntó Shaoran. –No. Pero he recordado algo. –dijo Kaho, haciendo que Shaoran se detuviera antes de abrir la puerta del coche. –Hace una semana llamaron desde Tochigi-kita para avisar de que Wei se dejó allí uno de sus gorros. –Tochigi-kita. ¿Eso no es una prisión de mujeres? –preguntó Shaoran. –Quizás fuera a ver a alguien allí, o quizás, a investigar algo. –aventuró Kaho. –Dime, ¿de verdad no has encontrado nada? –No te preocupes por eso. –dijo Shaoran. –Esto va de Wei, así que es natural que hasta Kaito se interese. –dijo Kaho, que no se había creído que no tuviera información. –Hay una cosa que me gustaría preguntarte sobre Kaito. ¿Fue él quien filtró lo del soborno de Wei? –No lo sé. Pero lo cierto es que ni a Wei se le puede excusar algo así. –dijo Kaho. –Kaito simplemente se benefició de ello. No tiene nada que ver con la fuente que lo filtrara. Shaoran cerró la puerta del coche y se marchó.

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Como cada mañana, Toshiya Suganuma cogió el periódico de su buzón antes de dirigirse a la estación del metro. –¡Espera! –lo siguió su mujer trotando tras él.

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En la residencia Terada, como es tradición en la cultura japonesa cuando un ser querido abandona el mundo de los vivos, un pequeño altar con algunas flores, velas, algún alimento y la foto de Yoshiyuki Terada presidía el salón. –Lo sabía. ¿Entonces mi padre no se suicidó? –preguntó la hija de Terada. Ella intuía que su padre no se había suicidado y ahora Shaoran Li estaba sentado en su sofá diciéndole que estaban investigando el supuesto suicidio de su padre. –Creo que se trata de un asunto completamente diferente. –dijo Shaoran. –No me mienta, por favor. –entonces, un bebé que estaba en una cuna lloriqueó inquieto, como si percibiera el estado de nerviosismo de su madre. –Es todo demasiado extraño. Eres el segundo policía que viene. No hay forma de que dos policías os hayáis interesado si sólo fuera un suicidio. Cuando mi hijo nació, mi padre me dijo que por fin podría volver a vivir. ¿Cómo podría haberse suicidado con lo contento que estaba desde que nació su nieto? Incluso el día que sucedió todo se lo llevó de paseo. –¿El otro policía que la visitó era este hombre? –preguntó Shaoran mostrándole una fotografía de Wei. –Sí, es él. –dijo la mujer reconociéndolo. –¿Qué le preguntó? –Si no recuerdo mal, me preguntó si había ocurrido algo extraño antes del suicidio, o si había estado en contacto con una mujer desconocida. –respondió ella. Una vez que obtuvo esas respuestas, la hija de Terada acompaño a Shaoran a la puerta. –Gracias por su colaboración. –le dijo Shaoran respetuosamente. –Por cierto, ahora que me acuerdo, también me preguntó por un perro. –dijo la hija de Terada. –¿Un perro?

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Tras haber cogido el periódico del buzón como cada mañana, Toshiya se dirigió a la estación de metro. Ya se había despedido de su mujer porque ella cogería el metro del andén de enfrente. En cuanto llegó al andén y se dispuso a esperar, le sonó el teléfono móvil. Aunque al principio casi lo cogió con temor, al ver en la pantalla que era su mujer sonrió aliviado y le respondió sin saber qué quería. No hacía ni cinco minutos que se habían despedido. –¿Ya me echas de menos? –dijo Toshiya. –Creo que ya es hora de terminar con esto. –dijo un voz femenina que no era la de su mujer. En seguida supo que era la persona que lo había estado atosigando durante los últimos días. –¿Cómo es que tienes su teléfono? –preguntó Toshiya, temiendo por si le había hecho algo a su esposa, y por extensión, a su hijo no nato. Entonces miró al andén de enfrente y en la parte derecha vio a su mujer esperando el metro ojeando una revista tranquilamente, ajena a que alguien le hubiera cogido el móvil. –Se lo he cogido prestado un momento. –respondió la voz de Sakura, que sujetaba el teléfono con un guante negro unos metros más atrás. –Parece que ni lo ha notado. No te muevas. Suganuma se paró. Había estado dispuesto a ir hacia su mujer o de al menos, avisarla, pero Sakura se había anticipado a sus intenciones al verlo dar un paso. –Si te mueves un poco más, no sé qué pasará. –al hombre aquello le sonó a algún tipo de represalia contra su mujer. Y lo que dijo a continuación se lo confirmó. –Estoy a la distancia suficiente como para poder alcanzarla con mi mano. ¿Acaso le estaba amenazando con empujarla a la vía? Entonces, desde la megafonía, anunciaban que llegaría un tren fuera de servicio por el andén en el que se encontraba el señor Suganuma y que tuvieran precaución, colocándose tras la línea amarilla. –Te lo ruego, no le pongas la mano encima a Chika. –le pidió Toshiya con desesperación. –Está embarazada. –¿De verdad? –preguntó Sakura haciendo ver que ignoraba esa información, pero ella los había seguido el tiempo suficiente y estaba al tanto. De hecho ya lo llamó a él esperando la revisión médica e incluso tomó el té con ella. –Dime, ¿qué se supone que debo hacer? –preguntó él desesperado. –¿Quieres dinero? –Una persona que miente para culpar a otros merece morir para pagar por sus crímenes. –dijo Sakura. –¿Será una broma, no? –Hablo totalmente en serio. –dijo Sakura poniéndose de puntillas para ver si llegaba el tren, el cual se veía en el horizonte. –Salta a la vía. Si quieres proteger a tu mujer y a tu hijo, no tienes otra opción que morir. Toshiya se fue acercando dando pequeños pasos. Pero cuando el tren que estaba fuera de servicio pasó, Sakura lo vio en el suelo de rodillas. –Qué fraude. –dijo Sakura al ver que el banquero no se atrevió a saltar. –Supongo que una persona que culpa a otros por sus crímenes es un cobarde. Pero cuando te dan una orden, no debes desobedecer. Al menos aquel día no desobedeciste. Por la megafonía y en los paneles anunciaban que el tren hacia Kamimaruko pasaría a continuación por el andén en el que estaban Sakura y Chika. –Supongo que la que morirá entonces será tu mujer. –dijo Sakura acercándose por detrás a Chika, que seguía ojeando la revista. –Guarda bien en la memoria sus últimos instantes. –De acuerdo. Me equivoqué. –dijo Toshiya, que al acercarse a su mujer pudo divisar a quien le estaba haciendo la vida imposible. Sakura se retiró un poco al notar el agobio de Suganuma. –Hay un sobre rojo entre tu periódico. Sácalo. –él obedeció. Efectivamente, en el periódico doblado que tenía en su maletín había un sobre rojo con su nombre y con lo que parecía ser la pluma de un cuervo grabada. Eso quería decir que lo había colocado en su buzón. Del sobre, sacó una cápsula. –Ahí tienes un regalo. Sólo tienes que tragártela para ocupar el lugar de tu mujer y tu hijo. Puedes salvarles la vida. ¿Qué piensas hacer? El tren está llegando. Toshiya miró a su mujer pensando qué hacer. Viendo cómo se las gastaba esa acosadora y lo controlada que tenía la situación, estaba seguro de que esa mujer iba totalmente en serio y no mentía. El tiempo se le agotaba. Por la vía donde estaban Sakura y Chika estaba llegando un tren, y Sakura se acercó por la espalda a ella. Si no lo hacía, tiraría a su mujer a la vía. Entonces, Chika alzó la vista de su revista, giró la cabeza, vio a su marido y lo saludó con la mano y una sonrisa. –Chika. –musitó Toshiya. –¿Te has decidido? –preguntó Sakura justo detrás de Chika. Toshiya bajó el teléfono y se llevó la cápsula a la boca. Entonces, Toshiya se llevó la mano al estómago, desplomándose en el suelo lentamente. Chika se quedó mirando preocupada, y justo comenzó a pasar el tren. Sakura colgó, le puso el teléfono en el bolso de Chika sin que se percatara, igual que cuando se lo cogió cual carterista y desapareció de allí con una sonrisa. Mientras caminaba por la estación, la gente comenzó a alborotarse para que pidieran una ambulancia. Kero salió del aseo en el momento en el que Sakura acababa de pasar. Intuía que el alboroto que procedía del andén estaba relacionado con Sakura. Cuando Kero se asomó al andén, vio a Toshiya Suganuma desplomado en el suelo con el teléfono en una mano. –Se llevó algo a la boca. –comentaba un testigo. Kero estaba seguro de que Sakura había vuelto a actuar.

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Sakura se dirigió al mirador, se apoyó en la baranda y miró al horizonte. Tras unos minutos, cerró los ojos y se llevó la mano a la cadena, sosteniendo la pluma de cuervo de oro. Tras suspirar, se marchó de allí.

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–Aquí tienes la ficha de Yoshiyuki Terada. –dijo el subinspector que llevó a cabo el levantamiento del cuerpo de Terada. –¿No hubo nota de suicidio? –preguntó Shaoran. –No. De todas formas, hubo gente que lo vio saltar. ¿No crees que fue un arrebato? –¿Dónde estaba el bebé? –preguntó Shaoran. –Con él. Lo encontraron a corta distancia, pero a salvo en el carrito. El carrito estaba girado, así que no creo que el bebé lo viera saltar. –dijo el subinspector. –Entonces se separó del bebé. –musitó Shaoran. Entonces, escucharon gritar a una mujer desesperada. –¡No se ha suicidado!¡Yo no lo llamé!¡¿Por qué no me creen?! –gritaba Chika Sumanuma, que estaba declarando en una mesa cercana con otro policía. –En el historial de llamadas aparece una llamada suya justo a la misma hora en la que murió su marido. –dijo el policía. –¡Pues se equivocan, yo no le he llamado! –decía la mujer con impotencia. –Además, últimamente parece que había alguien que lo estaba acosando. Y un perro me atacó. Mi marido estaba convencido de que era de la mujer que lo acosaba a él. Y ahora yo también lo estoy. ¡Por favor, seguro que fue esa mujer, investiguen eso! –Señora Suganuma. No es que no la crea, pero hubo gente que vio cómo se metía la cápsula en la boca. –dijo el policía. –Su marido se ha suicidado. –Se equivocan. –decía Chika llorando y ya sin fuerzas para discutir. –¿Qué ha pasado? –preguntó Shaoran, que le llamó la atención lo que hablaba aquella mujer. –Esta mañana un hombre se ha suicidado tomando una droga en el andén del metro. –dijo el subinspector. Curiosamente, Shaoran creía más a la mujer que al policía. Alguien que se suicida en una estación lo solía hacer arrojándose a las vías. Una vez que consiguió la ficha de Terada, se montó en el coche y se puso a revisar la ficha. Su coche era mucho más tranquilo que la comisaría. –¿Qué estás buscando, Wei? –se preguntó Shaoran ojeando los papeles. Entonces vio salir a la mujer de la comisaría, con la mirada perdida y sus manos en su vientre. Ella aseguraba que su marido no se había suicidado. Curiosamente, en el caso de Terada, su hija también afirmaba que no era suicidio por mucho que la policía intentara mantener la versión del suicidio. Shaoran salió del coche y volvió a entrar a la comisaría para saber si podía establecer algún tipo de conexión entre ambos sucesos. Mientras subía, escuchó cómo hablaban de él. –El tipo que ha estado aquí antes es el del asesinato del asesino fantasma. –decía el subinspector que le había dado la ficha de Terada al policía que había atendido a Chika Suganuma. –Ah, el que abandonó al compañero que tutorizaba y huyó. Un miembro de la élite de los detectives que se ha derrumbado. –dijo con sorna. –Sí. Intenta hacer ver que sigue siendo un buen detective. –dijo el subinspector, provocando la risa de su interlocutor. Al escuchar eso, Shaoran prefirió darse la vuelta antes de dejarse llevar por la ira. Lo que estaba claro es que aquella escena le recordó lo solo que estaba dentro del cuerpo de policía. Encima, Wei, que era de los pocos con los que podía contar y que le había mostrado comprensión también estaba en paradero desconocido.

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El coche amarillo del salón canino Mon Ange estaba aparcado en la Residencia de Ancianos Honoka. Cuando preguntó por su madre, Nadeshiko Kinomoto, le dijeron que estaba en la azotea tomando el sol. Así que, Sakura subió y, efectivamente, allí estaba su madre, sentada en una silla de ruedas mirando al horizonte. Su madre siempre fue una mujer muy guapa y alegre. Incluso fue modelo en su juventud, pero desde que ocurrió todo, se fue apagando más y más e incluso la demencia se iba apoderando de ella poco a poco. Producto de esa demencia, era la sonrisa estereotipada y triste que solía tener desde hacía ya un tiempo. Flashback Dos policías trajeados fueron a la casa de los Kinomoto, mostrándoles una orden de arresto. –Se equivocan, no he sido yo. –les decía Sakura. –¡Yo no he hecho nada! Pero los policías hicieron caso omiso y la cogieron cada uno de un brazo, frente a la mirada decepcionada de su madre. –¡Mamá!¡Mamá, te juro que yo no he sido! –gritaba Sakura. Lo único que quería era que su madre la creyera, pero Nadeshiko se mostraba impasible y fría. Para su madre fue una decepción tan grande que ni se molestó en escuchar a su hija. En el momento en el que su madre apartó la mirada, Sakura supo que no podría contar con ella. Esa desesperanza la dejó sin fuerzas, y los policías aprovecharon esa debilidad para ponerle las esposas. Finalmente, Sakura fue juzgada y encarcelada. Un día, su madre, vestida completamente de negro, la visitó en la cárcel para informarle de una mala noticia. –Touya se ha suicidado. Estarás contenta. Eso es lo que querías. –tras decir eso de forma dura, Nadeshiko se marchó llorando. Fue la única vez que la visitó. Fin del Flashback. Shaoran fue al bar de siempre a pesar de que el cartel ponía que estaba cerrado, pero era de los pocos sitios donde se sentía en confianza y entró igualmente. El bar tenía una luz tenue y oscura pero sin llegar a parecer un antro. Además, al estar cerrado, Yue le había atenuado la luz. La pantalla gigante que presidía el local estaba apagada, aunque normalmente proyectaba imágenes de lugares del mundo. –Shaoran, ¿qué haces aquí a estas horas? –preguntó Yue, barman y propietario del bar. Yue tenía más o menos la edad de Shaoran. Tenía el cabello largo y plateado. Estaba sorprendido de que hubiera ido tan temprano. –Ponme lo de siempre. –pidió Shaoran. –¿No es un poco temprano para empezar a beber? –preguntó Yue. –Está bien, ponme agua, entonces. –dijo Shaoran. Mientras Yue le servía, Shaoran vio en la barra la tarjeta de contacto de Keroberos. –¿Qué quería? –preguntó Shaoran señalando la tarjeta con la mirada. –Quería que le hablara de lo que recordaba. Aquí tienes. –dijo Yue poniéndole el vaso de agua y sabiendo que preguntaba por el periodista que dejó la tarjeta. Tras servirle, miró una foto enmarcada a sus espaldas. –No he olvidado nada. En la foto, Yue posaba sonriente junto a su mejor amigo Yukito Tsukishiro, también muy sonriente. Ambos se pasaban un brazo por los hombros. Cualquiera que viera la foto podía ver que eran los mejores amigos. Al igual que Yue, Shaoran tampoco olvidaba. ¿Cómo olvidar algo así? Es lo que le había estado atormentando durante todo ese tiempo y ahora volvió a recordar. Flashback. Shaoran y Yukito habían estado investigando a un peligroso delincuente. Una noche, la investigación les llevó a unas oficinas. Shaoran le pidió a Yukito que esperara en el coche y pidiera refuerzos mientras él comprobaba si realmente estaba allí. –Tenemos información de que el sospechoso de asesinato, Takeshi Mizoguchi se esconde en nuestra localización actual. Solicitamos refuerzos. Estamos en… –informaba Yukito, pero Shaoran lo interrumpió tocando el cristal del coche. –Vamos. –dijo Shaoran. –¿No esperamos a los refuerzos? –preguntó Yukito. –No hace falta. Es un niñato. –dijo Shaoran. –Pero es un asesino. Además, tenemos información del alijo de drogas. –dijo Yukito. –Ahora no tenemos tiempo para hablar. Date prisa y entra por detrás. –dijo Shaoran. –¿Vienes o no? –Voy. –dijo Yukito. Cuando bajó del coche, Yukito fue por detrás, mientras que Shaoran, armado con su pistola, entró por delante. Fue ocultándose utilizando las paredes para no ser visto y avanzando con precaución. Al girar una esquina y apuntar con el arma, encontró a un rehén en el suelo, amordazado y atado de pies y manos por detrás. Shaoran se acercó y comprobó que solo estaba inconsciente, pero había algo raro. Le tocó la espalda y se llevó la mano a la nariz. El rehén olía a gasolina. Shaoran avisó a Yukito por radio de que no utilizara el arma, ya que había queroseno en muchas partes de la zona y se dispuso a desatar al rehén. Mientras tanto, Yukito, que también entró por otra puerta, seguía inspeccionando el recinto. Al recibir el aviso de Shaoran, decidió guardar el arma. Entonces, tropezó con un cable que alguien puso allí adrede, cayendo al suelo en el acto. Lo único que veía era unas botas militares y un pantalón verde. De repente, alguien le roció gasolina por encima. Al escuchar las quejas de Yukito, Shaoran acudió en su ayuda. Allí estaba Takeshi Mizoguchi. Era un chico joven vaciando una bombona de gasolina sobre Yukito, que estaba a sus pies. –Para, Mizoguchi. –dijo Shaoran intentando templar a Mizoguchi. Una vez que vació el recipiente, lo tiró a un lado y sacó una cerilla. Cuando Yukito escuchó el chasquido, supo que acababa de encender la cerilla. Mizoguchi se la puso a la altura de la cara mientras mostraba una expresión triste. –No lo hagas. De repente, la cara triste de Mizoguchi cambió a una cara sádica y dejó caer la cerilla. –¡Noo! –gritó Shaoran. –¡Shaoran! –gritó Yukito, que prendió en seguida. –¡Yukito, Yukito! –gritaba Shaoran. Shaoran ya no se podría quitar de la cabeza los alaridos de dolor de Yukito mientras se quemaba vivo. Pero lo que tampoco podría olvidar sería la carcajada de Mizoguchi y su gesto sádico. Fin del Flashback. Shaoran cogió el vaso de agua y se lo bebió de una vez, como si ese recuerdo fuera a aliviarse por beber agua. Habría preferido beber otra cosa, pero Yue no estaba dispuesto a que volviera a recaer en el alcohol. A pesar de todo lo que pasó, Yue no lo juzgaba. Más bien al contrario, lo respetaba y le estaba agradecido por todo lo que hizo. Era consciente de que Shaoran no pudo hacer nada por salvar a Yukito, a pesar de la culpa que sentía. Por si no fuera suficiente el tormento por sentirse culpable, en su trabajo, en lugar de ser apoyado por sus compañeros, estaba denostado. Todos creían que el que actuó como un mal compañero fue Shaoran, y quizás sí debió esperar refuerzos. Ese maldito error lo seguía pagando día a día cuando sus compañeros le recordaban constantemente que si Yukito murió, fue por su culpa. Después de salir del bar, Shaoran dio un paseo tan largo que cuando llegó a su apartamento ya eran las once y veinte de la noche. Su apartamento era bastante pequeño pero para él era más que suficiente. La salita y la cocina estaban integradas, separadas por una barra, y una puerta corredera abierta dejaba ver la cama, llena de ropa. Desde el sofá, se quedó mirando la ropa que había en la cama deseando que se ordenara sola, pero eso no iba a ocurrir. Por lo general era bastante ordenado, pero ese día no tenía fuerzas para ponerse a realizar las labores del hogar. En realidad, casi nunca tenía fuerzas desde que murió Yukito. Se suponía que debía protegerle, y fue incapaz. Estaba seguro que esa culpa lo perseguiría siempre. A las once y media cogió el teléfono móvil que tenía en el bolsillo de su chaqueta, que estaba sobre el respaldo del sofá y llamó a Kaho, pero le salía apagado, así que dejó el móvil en la mesa con desgana. Debía de estar durmiendo. Nada más dejarlo comenzó a sonar. – ¿Diga? –contestó con voz cansada. –Soy Sakura Kinomoto, del salón canino. –dijo una nerviosa Sakura. –Por favor, ven tan pronto como puedas. Creo que Ruby Moon va a ponerse de parto en cualquier momento. Lo cierto es que Shaoran no tenía ganas de nada, pero les prometió a las chicas del salón canino que acudiría cuando Ruby Moon tuviera los cachorros, a pesar de que fuera tan tarde. Pensándolo bien, quizá le sirviera para distraer su mente de los recuerdos tan dolorosos que esa tarde estaba reviviendo y que seguro no le dejarían dormir. Así que, ante esa perspectiva se dirigió al salón canino. Allí, Sakura tenía a Ruby Moon en su camita intentando hacer que estuviera lo más cómoda posible para cuando nacieran los cachorros. Ya tenía unas toallas y agua preparada para cuando llegara el momento. Incluso le había estado tomando la temperatura periódicamente y lo había ido apuntado en un folio. La perra jadeaba y mientras la acariciaba y le daba ánimos, escuchó la puerta. –Has llegado a tiempo. –le dijo Sakura a Shaoran dejándole entrar y volviendo a donde estaba la parturienta para seguir acariciándola para aliviarle los dolores. –Probablemente vaya a romper aguas muy pronto. Creo que tendrá a los cachorros en una hora o así. –¿Probablemente? –preguntó Shaoran. –Sí. –dijo Sakura nerviosa cogiendo uno de los libros con los que había estado documentándose. –Pero no te preocupes. Le he pedido a un veterinario que me indicara cómo proceder. Déjamelo a mí. Déjame ver, parece que está a punto. –Oye, ¿por qué no te calmas un poco? Le vas a transmitir los nervios. –le dijo Shaoran sentándose, al ver que la chica iba del perro al libro y del libro al perro todo el tiempo. –Sí, tienes razón. –dijo ella admitiendo que estaba muy nerviosa. Incluso era ella la que parecía que estuviera de parto después de respirar varias veces profundamente. Pero para Sakura, que adoraba los perros, era todo un acontecimiento y no todos los días se vivían momentos como ese. –Haré café. Cuando Sakura entró, debió tropezarse, porque escuchó algo romperse. Estaba claro que estaba muy nerviosa. Al notar que con el estado de nervios de Sakura podría llegar a derrumbar el negocio, se levantó y entró a la oficina donde estaba la cafetera. Finalmente, fue él quien preparó el café. –Está delicioso. –dijo Sakura. Una vez que habían preparado el café se sentaron en el sofá a esperar el momento. –Se te da muy bien preparar café. –Gracias. –dijo Shaoran sin darle la mayor importancia. No era nada del otro mundo. –Lo cierto es que es la primera vez que me enfrento a una situación así. –dijo Sakura. –Eso es obvio. –Shaoran lo decía más por el estado de nerviosismo de Sakura, y no por sus intenciones. –Nunca antes había cuidado de un perro. –dijo Sakura. –Me encantan y siempre había querido tener uno desde que era pequeña, pero mi hermano mayor era alérgico. Por eso elegí este trabajo. Tenía claro que lo que quería era estar en contacto con animales. Pero lo cierto es que no sé nada. Sakura se levantó para echarle un vistazo a Ruby Moon a través del cristal que separaba la recepción de la zona de peluquería, donde estaba la perra. –Me asusta cuidar de una vida. –dijo Sakura. –No eres la única. –dijo Shaoran, pensando en Yukito. Su vida estuvo a su cargo y no pudo protegerle. –La mayoría de la humanidad vive sin saber esas cosas. Tómate un descanso, ya la vigilo yo. –Pero… –¿Quieres dar una cabezada mientras se pone de parto? –preguntó Shaoran, intuyendo que la castaña no había dormido mucho y estaba cansada. Lo cierto es que él también lo estaba, pero visto lo nerviosa que había estado, prefería que la chica descansara. –Si ocurre algo te despertaré. –Está bien. –dijo Sakura. Sakura fue a dar una cabezada echándose en el sofá. En cuanto apoyó la cabeza se durmió profundamente. Ya eran las tres y cinco de la madrugada y Ruby Moon todavía no había tenido los cachorros. Para no dormirse, Shaoran se sentó en una silla con ruedas en la zona de peluquería mientras ojeaba el libro de los perros que Sakura había estado consultando. Debía estar lo suficientemente incómodo para evitar dormirse. –Ruby Moon. –decía Sakura en sueños. Parecía que Sakura había comenzado a tener un sueño intranquilo por la preocupación por Ruby Moon, por lo que Shaoran se levantó, dejó el libro y echó su chaqueta sobre Sakura para que no cogiera frío. Fue entonces cuando Ruby Moon comenzó a gemir de dolor. –Eh, despierta. –dijo Shaoran sacudiéndola un poco del hombro. –Ha empezado. Sakura se sentó todavía algo atontada del sueño, pero de repente tomó consciencia y se dirigió rápidamente hacia Ruby Moon. Tras un ratito, Ruby Moon había tenido dos cachorritos. –Lo has hecho genial, Ruby Moon. Ya eres mamá. –le dijo Sakura orgullosa mientras miraba a la nueva familia perruna. –Hasta su cara parece que haya cambiado. –comentó Shaoran. –Mira. Son tan pequeñitos. Mira cómo se mueven. –dijo Sakura mientras veía sonriente a los dos pequeños, que todavía no habían podido abrir los ojos pero sí que parecían buscarse el uno al otro. –Menos mal que todo ha salido bien. Shaoran la miró y la pudo ver mucho más aliviada. No pudo evitar sonreír. Era la primera vez que sonreía en mucho tiempo. Entonces, Sakura también lo miró a él. En esa mirada hubo una especie de conexión, pero tras unos segundos, Shaoran comenzó a incomodarse y se levantó. –Creo que ya es hora de que me vaya. –dijo Shaoran. Entonces, al percibir movimiento cerca, un rottweiler comenzó a ladrar, poniendo a Shaoran en alerta. Por suerte estaba en una jaula. –¡León! ¡Tranquilo! Esta persona es buena. –exclamó Sakura dirigiéndose a la jaula y haciéndolo callar al instante. Shaoran no se había percatado de que allí hubiera otro perro. –Lo siento. Parece que su antiguo dueño no lo trataba muy bien. Le asusta la gente y se vuelve agresivo. Al final lo abandonaron. Pero lo que yo creo es que lo que intentaba era pedir ayuda y nadie lo escuchó. Creo que si alguien lo hubiese escuchado, León sería diferente. Shaoran pensó que esa chica comprendía muy bien los sentimientos de los perros, como si hablaran el mismo idioma y se quedó ensimismado en sus pensamientos. –¿Estás bien? –preguntó Sakura al ver la cara de Shaoran. –Sí. Nos vemos. –dijo Shaoran yendo hacia su chaqueta para después dirigirse a la puerta. –Muchas gracias por todo. –le agradeció Sakura. Realmente le estaba agradecida. Si no hubiera sido por él, no habría sido capaz de calmar sus nervios, pudiendo haber afectado al parto de Ruby Moon.

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Shaoran se dirigía a casa dando un paseo después de haberse asegurado que el parto de la perra de Wei se había desarrollado correctamente. Ya comenzaba a amanecer, por lo que no había pegado ojo en toda la noche. Mientras volvía a casa, recordó a la mujer del hombre que según la policía, se había suicidado en la estación. La mujer mantenía que no fue ningún suicidio. Entonces, decidió dirigirse a la estación en cuestión. Los primeros trenes ya habían comenzado a circular y la estación estaba bastante vacía porque todavía faltaba para la hora punta. Tan sólo los más madrugadores se encontraban ya en la estación. Al subir la escalera, llegó al andén número 1, en el cuál había estado esa mujer. La megafonía anunciaba que el próximo tren a Kamimaruko llegaría al andén 2. Shaoran miró a un pilar, donde había tres caramelos: uno blanco, uno rojo y otro negro. A Shaoran le llamaron la atención porque eran los mismos caramelos que consumía Wei. Entonces, alzó la vista y en el andén opuesto vio a su mentor esperando un tren. Estaba seguro que era él el que los había dejado allí. Llevaba un traje de color verde tierra. Al hombro llevaba una mochila bandolera y también llevaba uno de sus gorros. –Wei. –musitó Shaoran. Entonces llegó el tren. –¡Wei, Wei! Pero a pesar de llamarlo, no pudo detenerlo. Wei se había subido al tren. Shaoran estaba seguro de que su maestro lo había visto a través de la ventana. También estaba seguro de que Wei investigaba algo. Así que, como todavía tenía las llaves de su casa, se fue allí rápidamente por si había dejado alguna otra pista. Cuando entró a la estancia donde encontró el recorte del suicidio de Terada, vio una nota. He hecho algo que para un policía no debería estar permitido. Aunque lo sienta, no puedo arrepentirme lo suficiente. Por eso, al menos creo que debería terminar con ello yo mismo. Wei Wang. –¿Por qué, Wei? –se preguntó Shaoran. Parecía una nota de suicidio. Shaoran cogió una libreta y un lápiz y se quedó pensando. Recordó que la hija de Terada le dijo que Wei le preguntó por un perro, y la mujer del hombre que murió en la estación dijo que la atacó un perro. Shaoran dibujó el kanji del perro. Después recordó que la hija de Terada le dijo que Wei le preguntó si había estado en contacto con una mujer. Curiosamente, la mujer del banquero que murió en la estación también dijo que su marido estaba siendo acosado por una mujer. Por lo que Shaoran escribió la palabra mujer. Ambas mujeres estaban convencidas que la muerte de sus seres queridos no eran un suicidio, por lo que escribió suicidio. Para Shaoran, las claves estaban en esas tres palabras: Perro, mujer y suicidio. Tras unos segundos pensando, Shaoran volvió a buscar la libreta en la que encontró el recorte de periódico. Cuando la encontró, ojeó las páginas hasta que encontró algo raro. Le pasó el lápiz por encima y encontró un número. Sobre los trazos del lápiz, en blanco apareció ese código secreto. Parecía el número de un caso de la policía. Rápidamente, se fue a comisaría, se sentó en su mesa y encendió el ordenador. Cuando entró en el programa de la policía, escribió el número del caso. El título del caso era: Caso de los pastelitos de chocolate envenados. Shaoran vio que era un caso de hacía quince años y se puso a leerlo. La sospechosa compró pastelitos de chocolate en una pastelería de Tomoeda. En los pastelitos se encontraron restos de cianuro. En su casa en Tomoeda, la sospechosa hizo que su sobrino y su cuñada Nakuru los comieran, muriendo prácticamente en el acto. La sospechosa planeó matar a la familia de su hermano Touya movida por el odio y los celos. Lo llevó a cabo el mismo día. Durante el registro de la casa se encontraron trazas de cianuro potásico en el baño. Nombre de la sospechosa: Sakura Kinomoto. Condena: Cadena perpetua. Cuando Shaoran leyó el nombre de la sospechosa se le heló la sangre.Tras leer el informe del caso, buscó el nombre de Sakura Kinomoto en los archivos de la policía. Tenía la esperanza de que no fuera la Kinomoto que él prácticamente acababa de conocer. Al fin y al cabo, era un nombre y apellido bastante comunes en Japón. Pero sus esperanzas cayeron en saco roto al ver la fotografía que se mostró. Ese cabello, esa cara dulce y esos ojos verdes eran inconfundibles.

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1 mes antes. En la azotea de un edificio, se escuchaban los lloros de un bebé. Sakura Kinomoto lo sostenía cubierto con una manta. –Quítate los zapatos y ponlos juntos. –le ordenó Sakura fríamente. Un asustado Yoshiyuki Terada le hizo caso. –Si mueres, no tengo motivos para matar a tu familia. Lo que sí quiero decirte es que no pudo haber ninguna prueba porque yo no los maté. –Perdóname, por favor. –dijo Terada derrumbándose de rodillas. –¿Por qué debería perdonarte? –preguntó Sakura mientras se dirigía con el bebé a la baranda. Cuando llegó, pasó el bebé al otro lado, amenazando con tirarlo. –Al ocultar los hechos fuiste capaz de mantener tu posición, incluso ganaste reconocimiento. Mientras que a mí, me tildaron de asesina. –Rectificaré. –dijo Terada todavía de rodillas. –Quedarte callado para protegerte es algo por lo que merece la pena morir. Así que, quítate la vida para redimirte. –dijo Sakura. –Date prisa o este bebé se me podría escurrir de las manos. –¡No, por favor, eso no! –gritó Terada. –Entonces, sólo tienes que saltar. –dijo Sakura. Pero el hombre no se movía y Sakura hizo el ademán de soltarlo. –Qué se le va a hacer. –¡Está bien! –accedió Terada. –Con mi muerte, compensaré mi crimen. –dijo Terada ya en la parte exterior de la barandilla, mirando hacia Sakura. Sakura metió al bebé en la parte interior de la azotea, haciéndole ver a Terada que cumpliría su promesa. Terada se giró, cerró los ojos y, tras un fuerte graznido de un cuervo, saltó al vacío, encontrándose con la muerte al instante. –Adiós, viejo. –dijo Sakura asomándose para ver el cadáver. Después fue hacia el carricoche y destapó al bebé. Pero en realidad, jamás tuvo al bebé en brazos, sino que estuvo en el carricoche todo el tiempo. Sakura había estado sosteniendo un muñeco. –Pronto vendrá alguien por ti. Tras taparlo con la mantita con la que había tapado al muñeco, se marchó sin dejar pruebas de su presencia allí.

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En la actualidad… Shaoran había leído más que suficiente. Así que, una vez que imprimió la información, se levantó para marcharse. En esos momentos, Mitzuki entraba en la comisaría y vio que tenía una llamada perdida de Shaoran, al que vio salir a toda prisa. A su vez, Kaito vio cómo Kaho se quedó mirando cómo Shaoran se marchaba.

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–Muy bien, León. Hora de pasear. –dijo Sakura poniéndole la correa al rottweiler. –Pasadlo bien. –dijeron Meiling y Tomoyo. Cuando Sakura salió del salón canino, Kero, escondido en una esquina, fotografió a Sakura cuál paparazzi. –Chica A, Sakura Kinomoto. –musitó Kero, antes de empezar a reír silenciosamente.

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A Kaito le pareció sospechosa la forma en la que Li había salido de la oficina, al igual que la hora tan temprana a la que apareció por allí, por lo que se dirigió hacia la mesa del castaño aprovechando que los agentes todavía no habían llegado. Tocó el asiento y comprobó que aún guardaba el calor de Shaoran. Después encendió la pantalla y vio lo que Shaoran había estado buscando. Kaho se asomó a la oficina y vio a Kaito espiando lo que había estado mirando Shaoran.

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Sakura paró el coche amarillo junto a una cabina telefónica que estaba muy cerca del Hospital Memorial de Kanayama. –Hola. –dijo Sakura con una sonrisa pícara mientras miraba hacia el hospital cuando le cogieron el teléfono. Continuará…
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