Capítulo 1
18 de febrero de 2026, 23:15
El pasillo que daba a su alcoba estaba vacío, como todo a esa hora. La única luz que hendía la oscuridad provenía de su propia piel. La dama de la luz caminaba a esas horas tranquilas, cuando las luces de las estrellas, blancas, lejanas y frías resplandecían con mayor fuerza. Era el momento en el que mejor se concentraba, y era el momento de actuar para muchas otras cosas más.
Su delicada mano se posó sobre la madera de la puerta y esta se abrió sin problemas, sin ruido ni tampoco ningún tipo de agitación. Nadie debía saber que ella recorría esos pasillos que no le correspondían ni que entraba a habitaciones que no eran la suya.
Cruzó los aposentos, amplios y cálidos por la chimenea que seguía encendida. El lecho estaba vacío, pero ahí, sobre la alfombra, como un niño a quien el sueño reclamó en un momento intempestivo, el príncipe Legolas se hallaba dormido, con la espalda contra el diván. Aún vestía la ropa de caza y su arco y carcaj estaban cerca suyo. Sobre su regazo se hallaban un par de mapas y una copa de vino élfico sin probar.
Pero esos detalles no eran los que llamaban la atención de la dama de la luz, sino el retrato de Tauriel que se hallaba en la diestra del joven elfo.
Galadriel era más inteligente de lo que todos creían, mucho más sabia y más profunda de lo que su propia gente podía imaginar. Esta no era una visita clandestina para hablar sobre diplomacia, ni algo que los comprometiera, esto era pura estrategia.
—Nunca has dejado de pensar en ella.
El elfo dio un respingo, demostrando que solo había estado dormitando superficialmente. Desde hacía unos años que no dormía como cuando era más joven, su sueño se limitaba a un estado de inconsciencia momentánea, tan ligero como las nubes que pasaban por sobre las estrellas fuera de su ventana.
—¡Lady Galadriel! —se hubo en pie en un suspiro al reconocer la luz fatua que rodeaba a la elfa— mi señora, discúlpeme. No sabía que usted quería hablarme.
—No necesitas disculpas —La dama señaló el retrato, caído en la alfombra—. Cuando me hablaste de lo ocurrido, pensé que era la historia de dos almas. Pero ahora veo que hay más hilos entrelazados, y cada uno tira de los demás.
El príncipe se detuvo a pensarlo, pero aún así ladeó levemente la cabeza.
—¿Mi señora? —murmuró.
Galadriel se movía por la habitación, su brillo blanco era más atrayente a la vista que la del fuego que crepitaba en la chimenea.
—Me hablaste de tu padre y Tauriel, —comenzó ella, con suavidad— me lo dijiste de forma vaga, al tenerlos a ambos frente a mi pude constatar que la cosa es más grave aún de lo que me dijiste. Pero principalmente porque no se resume a ellos dos, también a Kili el enano, la esposa del rey, tú mismo. Veo un fractal de heridas que forman a su vez otros problemas que hay que cambiar. Pero no podemos arreglar todo a la vez. Será necesario hacer las cosas una a una.
—Cualquier cosa en la que pueda ayudar, mi señora...
—Ya tienes en mente algo —lo interrumpió— ¿no es cierto, Legolas?
El príncipe bajó la mirada unos instantes, consciente de cómo la dama podía ver en su mente, aunque él buscase ocultar cualquier cosa. Nada le era indiferente, nada oculto, era inútil fingir con ella.
—No es la idea más sensata, mi señora... —suspiró con pesar.
—Es algo prodigioso, joven Legolas —le sonrió quedamente—. Pero debemos desarrollar bien ese plan, es delicado y si no se lleva a cabo de la mejor forma, podría acabar hiriendo a muchas más almas.
El príncipe no parecía del todo convencido.
—Mi señora, solo fue una idea pasajera... podría decirse que es una idea desesperada.
—Te sigues culpando —no era una pregunta, era del todo una afirmación que dolía—. Pero ya es tarde para eso, no conseguirás nada así más que seguir sintiendo impotencia. Lo mejor ahora es accionar, antes de que sea tarde.
Esto hizo al elfo alzar su cabeza rubia a la dama, que le dirigió una mirada suave pero firme.
—¿Puede llegar a ser peor de lo que ya es esta situación? —se escandalizó y un reflejo de asco le desfiguró el semblante por unos segundos— No quiero ni siquiera imaginarlo...
—De ahí la urgencia por hacer algo ahora. Ya han llegado bastante lejos, Tauriel está contagiada de la misma enfermedad que tu padre. Y la del rey fue saciada apenas al tenerla a su lado, pero arrancársela lo llevaría a la muerte, al igual que a ella. Ahora mismo, lo que les da vida a ambos es específicamente esa unión. Romperla sería insensato.
—Pero, mi señora, esa idea que he tenido... —él fue hacia la copa sin tocar y dio un trago generoso para pasarse el mal sentimiento— Es drástica, peligrosa y me atrevería a decir que egoísta.
—Te equivocas, Legolas, Celebor y yo hemos visto las estrellas —hizo un ademán de arco, abarcando un semicírculo en horizontal frente a su estómago—. Se han predestinado varias catástrofes que acaecerán pronto, tu idea no solo se alinea directamente con ella, sino que es de vital importancia para el futuro.
El arco se fundió en la oscuridad y de su centro brotó la luz. Legolas se acercó a ella y a su espejo, donde se veía como reflejada en la superficie del agua las estrellas del norte y nordeste girando superpuestas una sobre la otra en una danza peligrosa.
—¿Qué quiere decir, mi señora? —murmuró él, extasiado por lo que sus ojos élficos le permitían ver de cada estrella que giraba y titilaba— ¿Que debo hacerlo, aunque eso lastime a mi padre y a Tauriel?
—Todo a su tiempo, príncipe —le consoló ella, y el espejo se difuminó en la oscuridad, dejando solo la luz que ella emanaba y las opacada del fuego—. Desarraigarlos será más complicado de lo que pensé, porque él la ama, pero ella a él no. Hay algo de ella hacia él, pero no es sano en ningún sentido. Si queremos sanarlos, aún hay muchas más acciones que se deberán tomar, Legolas. Pero tu idea es un buen punto de partida.
Eso pareció darle al joven elfo otra visión del asunto, incluso si parecía una idea demasiado drástica, si incluso estaba predestinada, significaba que debía llevarla a cabo. Incluso en contra de su voluntad.
—¿Cree que esto salvará a Tauriel, mi señora? —preguntó, con una esperanza brillando en sus ojos claros.
—Sigues siendo demasiado inseguro —otra sonrisa más amplia coronó su belleza idílica y pura—, a pesar de todo lo que has visto hasta ahora, Legolas hijo de Thranduil. Esto salvará al reino del bosque oscuro y traerá un corto tiempo de paz. Luego, vendrán enemigos que todos creyeron extinguidos, pero cuando suceda tendrás tu justa participación en esas batallas.
Legolas pareció darse por satisfecho con esas explicaciones. Si estaba escrito en las estrellas, él debía hacerlo a como diera lugar.
—¿Cuándo, mi señora? —preguntó, con un hilo de voz, sintiéndose menos culpable con la simple idea de que su accionar le traería salvación a Tauriel— ¿Cuándo debo empezar a hacer realidad esta idea?
—No hay tiempo que perder. —ella le señaló la puerta, con otro de esos ademanes gráciles.
—Pero, mi padre...
—Yo hablaré en tu nombre con el rey —le aseguró, con calma—. Ahora, es el momento indicado para seguir adelante, príncipe. Y lleva esto contigo.
Ella le tendió el retrato de Tauriel, Legolas no supo en qué momento lo había recogido del suelo o como parecía no haber sufrido daños con la caída después del respingo con el que él lo había lanzado. Lo recibió de manos de la dama de la luz y cargándose el carcaj y el arco, asegurándose de que las dos dagas estuvieran en su posición, hizo una reverencia y salió.
La dama lo despidió con su elegancia, dejándole unos metros de ventaja antes de salir ella misma de los aposentos del príncipe. En el pasillo, nuevamente vacío, Galadriel tomó el camino hacia el jardín, la noche aún era joven y ella aún deseaba pensar otro rato más.
Aunque no lo pareciera, había mucho más qué hacer, y ella debía prepararse para ello o no sería capaz de llevarlo a cabo. Aún había tiempo y si hacía bien las cosas, era posible que todo tuviera un final mínimamente feliz, aunque no para todos.