Comprensión y liberación | Understanding and liberation

Het
R
En progreso
4
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 7 páginas, 3.084 palabras, 2 capítulos
Descripción:
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Capítulo 2

Ajustes
A medida que su rara enfermedad se iba calmando, según creía ella, el excesivo calor de la piel de Thranduil empezó a ser más soportable. Al despertar por las mañanas, la temperatura bajo las mantas, acurrucada entre los brazos masculinos de su señor, se sentía reconfortante. Era casi como si fuera adictiva, cómoda. Tauriel sentía la imperiosa necesidad de quedarse ahí, abrazada al rey de los elfos, por todo el tiempo posible. Sin embargo, cuando estaba esa tarde en los entrenamientos con los demás miembros de la élite del ejercito, que Huoriel rozó su mano al pasarse un carcaj de flechas. La elfa la miró sorprendida. —¡Tauriel! —soltó con asombro el carcaj antes de tomarla con firmeza por la muñeca y hacer a un lado la manga de su túnica. —¿Qué? ¿Qué pasa? —enarcó las cejas, tanto de extrañeza como de preocupación— no me espantes, ¿Qué ocurre? —Estás ardiendo en fiebre, eso es —se justificó ella con cierta exasperación—. Por Eru, Tauriel, pareciera como si tuvieras un horno en tu interior. ¡Vamos al sanador, o con Lady Galadriel ya que está aquí! La elfa dio un tirón rápido, liberando su brazo y apretando los labios. Ante la expresión de desconcierto de Huoriel, Tauriel le sonrió de forma tranquilizadora. Ahora ya entendía porqué podía soportar mejor el calor de la piel de Thranduil. —No, iré después... no hace falta que armes un gran escándalo. —¿Ya lo sabías? —ella ladeó la cabeza, confundida— Tener una fiebre tan intensa como la tuya no es ningún juego, deberías ir a que el sanador te revise. Puede ser muy perjudicial para tu salud. Ella negó, restándole importancia. Fingió volver a apuntar con su arco hacia un blanco lejano y casi le dio la espalda a su compañera. Huoriel captó la indirecta, pero eso no le impidió seguir insistiendo. —Tiene que ver con el rey ¿no es cierto? —alzó una ceja, recogió el carcaj caído y volvió a apuntar de la misma forma que su jefa de guardia— puede que haya pasado el tiempo, Tauriel, pero las cosas que están mal siguen estando mal no importa cuan aceptadas o normalizadas estén en la sociedad. Que nos hayamos acostumbrado a verlos tan cerca, no quiere decir que sea correcto. Si la obsesión y todo el asunto del secuestro no hubieran sido suficientes, ahora estás presentando síntomas reales. Como la pelirroja seguía guardando silencio, con una expresión enfurruñada y bastante más adusta que antes, Huoriel decidió continuar sin permiso de su interlocutora. —Estás contagiada del mismo mal... ¿Lady Galadriel aún no sabe qué hacer al respecto? —No, ella... —Tauriel se removió incómoda en su posición, bajando el arco y clavando la flecha en el césped frente a ambas— hemos hecho progresos, pero las cosas aún siguen estando mal. Bastante más mal de lo que me gustaría admitir. Las elfas observaron la flecha, clavada casi hasta la mitad en el suelo. A su manera, ambas estaban pensando en ello, aunque a niveles diferentes. —Pero ella dice que es cuestión de tiempo para que las cosas cambien —volvió a hablar Tauriel, aunque con un tono más apagado y mucho más reflexivo—... dice tener muchas ideas que probar. Su forma de tratarnos ha sido extraña, pero imagino que todo es necesario. —Lo será —asintió su amiga, mirándola con esperanza, con una nueva luz en los ojos. Le puso una mano en el hombro a forma de consuelo, antes de bajar para recoger la flecha, sacándola del césped con un tirón vigoroso—. Pero sigues estando en llamas, Tauriel... solo espero que esos síntomas no sean duraderos, y no traigan consigo mayores consecuencias. —Ya ha pasado un poco más de un año —aceptó la flecha, aunque con la mirada levemente perdida—, y él sigue con esta misma temperatura. Pensé que su mal se había calmado, porque estar cerca de él dejó de ser agobiante para terminar siendo una imperiosa necesidad. Hasta hace un momento, estaba segura de que su temperatura se había nivelado... ahora me doy cuenta de que realmente solo lo siento así porque yo me acoplé a él... Huoriel volvió a bajar los ojos con la misma mirada triste que su compañera. —Pero no quieres dejarlo... —Eso ni siquiera es una opción —le cortó de plano ella, con un pequeño atisbo de ira en su mirada clara—, no puedo ¿lo entiendes? si me separo de él moriré. Lo siento así... y si lo siento así es porque tiene que ser así... tampoco quiero que él muera por mi porque sé que a él le pasará lo mismo si me alejo... no, nada de separaciones. La otra elfa asintió, no muy convencida, disparando por fin hacia el blanco, a varios miles de metros más allá a un campo vecino. Ambas miraron, con su larga visión propia de su raza, hacia la diana colocada en lo alto de un árbol. La flecha había dado de lleno en el centro. Tauriel sin embargo no volvió a disparar, simplemente se abrazó a si misma, con una expresión en su perfecto rostro que demostraba desasosiego. Su piel necesitaba la de Thranduil, y como siempre, no en un sentido carnal. Podrían pasar mil años, pero ella aún no entendía como había tanta pureza en un contacto que para cualquiera sería mucho más. Simplemente necesitaba desesperadamente su cercanía, sus caricias y su tierna presencia para poder perderse en él. —No sé porqué sigues practicando —le sonrió a su amiga—, si ya eres bastante buena. —Siempre se puede ser mejor —le devolvió la sonrisa antes de verla recoger sus cosas—. ¿A donde vas? hoy se suponía que entrenaríamos toda la tarde. —De regreso... veré si... —su propio titubeo la preocupó— si Legolas sabe algo de Lady Galadriel... —¿No lo sabes? —inquirió su compañera, ante el gesto de desconcierto de Tauriel, Huoriel terminó de contarle— Legolas se fue la pasada noche a las regiones más lejanas del bosque oscuro.

***

La corte real era significativamente aburrida esa mañana. Los elfos estaban preocupados por un asunto referente al pozo de agua dulce que abastecía al castillo. Thranduil no estaba tan seguro de todo lo que se dijo, porque cuando miró a Lord Falchon y su peinado de esa mañana, una sonrisa se asomó en sus labios. Todo le recordaba a Tauriel, aún estando alejado de ella, su mente permanecía enteramente anclada a la joven elfa. Y lo quisiera o no, cosas pequeñas como esta eran las que lo hacían reir más a menudo que antes. —¿Mi señor? Por el tono y la forma de enunciar esa pregunta, Thranduil dedujo que el ujier repetía esa pregunta por segunda vez. El rey parpadeó un segundo, liberando su mente de Tauriel un momento para regresar a la realidad. No importaba cuan monótona fuera, debía apegarse a sus responsabilidades. —Resume, Galaeron —hizo un ademán de hastío para que su mano derecha obedeciera. El elfo de cabello oscuro y ojos grises pareció confundido por la dispersión que presentaba el rey. Pero se aclaró la garganta y se volvió brevemente hacia los demás reunidos en búsqueda de apoyo antes de empezar. —Como mi señor sabrá, el rio que atraviesa el bosque oscuro proviene del pozo principal de agua dulce en las montañas de las águilas. Nuestros hermanos que trabajan los campos en la falda de la montaña, llevan algo así como tres días reportando rastros grandes de sangre en el agua. Eso fue suficiente como para captar la atención del rey. Thranduil bajó levemente la mirada, y su expresión se volvió más aguda al pensar en las implicaciones. —Es sangre élfica —intervino Éreglys, ojos oscuros, cabellera tan pálida como la suya—, no falta ningún jornalero ni agricultor. Pero creemos que podría pertenecer a algún hombre o mujer del pueblo. —Envíen en misión a un grupo del ejercito —concluyó el rey—. Que informen antes de que el sol se oculte. Y que sean rápidos y cuidadosos. Podría no ser más que un simple asesinato menor, pero no debemos confiarnos. Que informen a la Capitana de la Guardia del Reino del Bosque, ella será la que me pasará los reportes. Los elfos intercambiaron miradas silenciosas unos de otros, pero asintieron, con obediencia dócil y mansa. Mientras salían de la sala, Thranduil se hubo en pie con elegancia antes de pasar hacia la ventana que daba al bosque. El trayecto hacia ella lo llevó a pasar cerca de una mesita colocada con los vinos reales para las reuniones con los nobles. El rey se sirvió una copa antes de acercarse a ver las inmediaciones de su reino. Aunque era una excusa, lo que deseaba ver, como siempre, era a Tauriel, más allá entre los árboles. Si de algo servía su mirada aguda y altamente fina, era que alcanzaba unas distancias avasalladoras desde esa altura del castillo. La elfa pelirroja sobresalía entre la espesura, aunque ella no lo supiera, era devorada por la mirada atenta de su rey. Las cosas aparentemente no habían cambiado entre ambos desde el incidente de la cadena en sus aposentos, pero Thranduil no dejaba de recordarlo. Aunque la pureza de su relación permanecía aún indemne, no podía decir que todo había pasado en vano. Cosas como esas, tan significativas, nunca se olvidan. Menos cuando es con una persona de la que uno está tan íntimamente ligado. Por eso, cuando en su admiración por la figura perfecta de la joven, Thranduil sintió la sensación cálida, por no decir abrasadora, del deseo. Inmediatamente desvió la mirada, perturbado. Si algo valoraba Tauriel de él es que sus intenciones no sobrepasaran la sana preocupación ni la casta ternura. No podía defraudarla. Si se dejaba llevar podría asustarla de verdad y ella querría irse de verdad de su lado. Bebió de un trago su copa de vino, concentrándose en el ardor dulce y afrutado pasando por su garganta. Las cosas estaban mal, llevaban mal desde hacía meses, cuando él decidió mantenerla en sus aposentos. Desde que él usó la cadena, desde que inició todo el asunto de los enanos. Solo esperaba que Lady Galadriel tuviera la respuesta todo, que pudiera salvarlos de si mismos...
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