ID de la obra: 1589

El encargado de indumentaria

Het
G
Congelada
1
Tamaño:
9 páginas, 3.226 palabras, 2 capítulos
Descripción:
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Capítulo 1

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Se detuvieron en la calle acordada, frente a la casa a oscuras que le pertenecía al menor de los dos. Era una casa de un asocial, alejada un poco de las demás, pero no demasiado, con un segundo piso desde el cual se podía ver hasta más allá de donde era necesario y una única farola al lado de ésta para iluminar toda la calle al frente, pero no la casa. Cuando el auto por fin se apagó, ambos hombres permanecieron en silencio un poco de tiempo, con las miradas perdidas. Habían estado discutiendo encarnizadamente hacía un momento, era la primera vez, según ambos recordaban, que hubieran estado en tal desacuerdo como para llegar a una discusión como ésta. Ahora ambos estaban silenciosos, en parte porque temían decir algo más que lastimase al otro. Eran mejores amigos, después de todo, y una amistad como la de ellos no se rompería por una discusión, lo sabían, pero aun así no deseaban tentar al destino. El menor de ambos, con ojos claros y una expresión de angustia mal disimulada decidió moverse primero y bajar del auto. Era su casa, no sabía qué había estado esperando mientras se quedaron ahí en silencio. —Escucha Tony... —lo llamó el conductor desde dentro, tenía una mirada sombría, pero era evidente que la discusión lo había herido tanto como a su amigo. —Deja las cosas como están —suspiró él. Quiso seguir su camino hacia la casa, pero se volvió para decir antes—, no es tu culpa, Layne. —Gracias. —le sonrió tristemente— no es de nadie, la verdad. Pero... Déjame disculparme. Tony se arrebujó en su abrigo, incómodo y abrió varias veces las manos para volver a cerrarlas luego. —No tienes que disculparte. Yo no debí ponerme así. —No, en efecto no debiste —dijo con aire divertido— pero las cosas no son como queremos siempre. Después de todo, siempre pudiste haber dicho que no a regresar. Él llevó distraídamente sus manos a los botones, girándolos y moviéndolos como quien no quiere la cosa. Con el pensamiento de que esta vida era sin duda muy complicada. —Puedo rehusarme... —sugirió. —No, no puedes, Tony. No otra vez. Yo no estaré disponible y es necesario que alguien le ayude a Geoff. —Puedo ser el director desde casa. —No, Tony. No puedes. —Suspiraron ambos quedamente— perdóname por seguir insistiendo, pero gracias a ti los últimos videos han sido muy buenos. Tres de ellos ya alcanzaron el millón de visualizaciones en sus primeros días... Y a los seguidores les da mucha ilusión tenerte otra vez cerca. Tony se mordió el labio. —¿Quieres entrar? —No, gracias, tu casa huele a soledad y crisis de los cincuenta. —Oh, vamos, Layne. —le riñó él, pero había una sonrisa en su rostro— ni siquiera tengo cuarenta ¿me dirás que la tuya huele a algo más que a...? —No empieces. —se rió Layne. —Solo digo que esta conversación podría ser más pasajera adentro. —Lo sé, pero ya estoy cansado y no quiero perderme la telenovela que vemos con las niñas. Tony sonrió comprensivamente, Layne era un muy buen padre. Todo un hombre de hogar como debía ser. Lo admiraba y envidiaba en algún sentido. El tenía ese pequeño ángel, Dory, que le había hecho a Tony reconsiderar la idea de tener hijos propios. No obstante, ahora no tenía con quién tenerlos. —Saluda a la bebé de mi parte. —se despidió. —Lo haré, buenas noches. Tony entró en casa y se quedó ahí escuchando el sonido del auto irse. Se tomó un momento para odiarse a sí mismo por haber sido tan duro con Layne en el auto. No era su culpa que Geoff hubiera hecho esa elección para la cantante estrella de la nueva canción. Después de todo, necesitaban una voz potente y femenina para que todo sonara a la perfección. Pero nunca imaginó que la escogerían a ella, a Rachel, otra vez. Las manos empezaron a temblarle, por lo que tan pronto como pudo sacarse el abrigo de encima y la boina, se fue al baño. Y no precisamente por el llamado de la naturaleza. Se enfundó las manos en grandes guantes de látex y tomó una esponja y detergente. Cuando recibió la llamada de Eli, tenía espuma hasta en el cabello. —¿Qué pasa, hombre? —Layne me dijo lo que pasó. Tony gruñó algo parecido a una maldición cuando el cloro cayó sobre su camisa. —No quiero hablar de eso ahora. Con Layne y Kathy ya lo discutimos de más. —¿Qué estás haciendo exactamente? Escucho que alguien restriega furiosamente algo de fondo ¿estás limpiando otra vez? ¿O le estás sacando la pintura a algo? —Ayuda con la ansiedad —comentó vagamente él— ¿sólo de eso querías hablar? ¿De mis ataques de ansiedad? Eli se rió nerviosamente. —Solo quería decirte que no es el fin del mundo porque ustedes dos vuelvan a estar en la misma habitación. Tony apretó de más la esponja y rodó los ojos claros. —Ya lo sé. —Ah, ya lo sabes... ¿Y sigues limpiando? —Si, Eli, sigo limpiando... —volvió a gruñir— agradece que esta vez tenga puestos los guantes al menos de esa forma mis manos no se desollaran. ¿Feliz? Eli pareció darse cuenta de que esta situación no llegaría a nada si seguían así, pero aun así intentó ayudar una vez más. —Si tan mal te hace sentir, contrataremos a otra intérprete. No tiene que ser Rachel, puede ser Emoni o Ashley o Andrea o cualquier otra chica o le quitaremos la barba a Cesar. —No, déjalo así. —dejó la esponja en el suelo y se recostó contra la pared, echando la cabeza hacia atrás, la frialdad de los azulejos le hizo bien a su piel afiebrada— lo superaré para cuando sea el momento. —No bromees, Tony, todos te conocemos. No superarás a Rachel en unos días si no la has podido superar en... ¿Cuánto? ¿Diez años? Tony le colgó y, sin proponérselo, tomó otra vez la esponja y el detergente. Estaba repasando el wc por segunda vez, con los labios firmemente apretados y un severo tic en el ojo, unas horas más tarde, cuando el teléfono volvió a sonar. Consideró seria y concienzudamente no contestar, pero a la tercera vez que sonó no pudo sino contestar. —¿Qué? —No me digas que sigues limpiando. —la voz grave de Geoff. —¿Y qué si lo hago? ¿Necesitas sirvienta en casa, grandulón? Pues lastima. No hago visitas a domicilio. Geoff soltó una risa nasal para después exclamar: —No puedo creerlo, Tony, son las tres de la mañana. Él separó el teléfono de la oreja para ver la hora con el ceño fruncido: 3:45 Am. Había llegado a casa a las ocho de la noche ¿realmente había estado enfrascado en su infierno de pensamientos intrusivos mientras limpiaba por cinco horas seguidas? —¿Y qué con eso? —Que Layne me dijo que pasaría esto, hermano. Puse la alarma a las 3 exactas para llamarte porque me dijo que probablemente esta noche te la pasarías con el detergente de compañera. —Vuelve a la cama ¿quieres? No necesito más estrés. El fastidio en su voz era notorio, no obstante, Geoff hizo como si no lo notase. —Hermano, creo que tu ansiedad no se apaciguará limpiando. Pareciera que cuando estás ansioso te da por volverte obsesivo y compulsivo. —De lo contrario estaría caminando de aquí para allá hasta hacerle un hoyo al suelo. —se exasperó, tirando con violencia la esponja y sacándose los guantes para irse a otra parte de la casa— mira, esto no durará mucho tiempo. Solo hasta que nos saquemos de encima este video. —Con los chicos hemos pensado en sacar a Rachel de este proyecto. —No, no lo hagan por mi. Estaré bien. —intentó asegurarle— solo... Haré como si no existiera y caso cerrado. —No podrás pasar por alto su existencia, hermano —se volvió a reir— es la cantante principal. Sus altos y bajos se escucharán hasta la calle de la cuarenta y cinco. —La cuarenta y cinco queda a quince minutos en auto. —Exacto. Tony se estaba lavando las manos mientras sostenía el teléfono con el hombro y la oreja. —Aún así, insisto en salir yo. No quería darle problemas a ella ni mucho menos a ustedes. Prefiero negarme esta vez a ayudarlos. —Eso no puede ser, hermano, necesitamos que alguien haga los disfraces a medida, que dirija todo el proyecto y ni que decir del fondo. Tú eres más importante. Tony se secó con una toalla y tal y como lo pensó, empezó a dar vueltas por la habitación a grandes zancadas. —¡¿Entonces qué sugieres?! —Ella sale del proyecto y tú te quedas o ambos se quedan ¡y hacemos un increíble trabajo! —¿No me puedes dejar pensarlo? —Para nada. Mañana vendrán todos para las medidas de los disfraces y el rodaje será la semana siguiente. No nos podemos retrasar, sin mencionar que Rachel ya ha venido tres veces a los ensayos. —¿Y por qué nadie me dijo nada? —explotó Tony— ¿es que esperaban al último minuto para que no me quedara alternativa alguna? ¿Es eso? ¿Se han confabulado todos? ¿Ella lo sabe? —Cálmate, Tony, o te vas a quedar calvo. Estamos hablando civilizadamente como dos adultos que somos, no hay necesidad de que me grites como hiciste con Layne. Tony respiró con fuerza un par de veces y se dejó caer sobre un sillón de la esquina. La cabeza le dolía como nunca, necesitaba un trago, pero no podía darse el lujo de llegar con resaca al día siguiente. Cuando se dio cuenta de que su pie se estaba agitando compulsivamente contra el suelo reinició las respiraciones profundas otra vez. —Lo siento —dijo al cabo de un momento, con su estallido apagándose—. Lo siento. Un hombre va almacenando cosas en su interior y, al final, éstas estallan. —Estallar es algo que te gusta ¿o me equivoco? —No necesito sarcasmo ahora, Geoff. —murmuró entre dientes apretados. —Acabemos con este asunto de una vez ¿Quieres? —resopló Geoff— son las tres de la mañana en tres horas debes estar en el set de rodaje. Escúchame atentamente ¿te crees en condiciones para ir mañana y actuar como un ser humano normal? —¿Qué tiene de malo mi forma de ser usual? —Entiende, Tony, a la gente normalmente no le gusta tratar con neuróticos ni psicópatas. —Estás siendo insensible. —le acusó, acomodándose en el sofá para quedar recostado boca arriba. —¿Te repito la pregunta? —Está bien, está bien... —y se mesó el cabello con una mano hasta desarreglar completamente el peinado que ya era un desastre de por si— iré mañana y me comportaré... Pero, por Dios, Geoff, no me pidas que me quede en la misma habitación para los ensayos. Geoff pareció sonreír cuando dijo: —Trato hecho —Luego agregó, con algo más de seriedad— duérmete o hablaré con tu hermana para que te ponga en tu lugar. Descansa. Colgada la llamada, Tony se sentía peor que antes. Ahora si había firmado su sentencia de muerte.
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