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La habitación de la pensión era vieja, pero estaba bien cuidada. Ubicada en la última planta del edificio modernista, estaba dotada de una pequeña terraza que daba al patio interior y se podía ver el mar rompiendo al otro lado del muro que separaba el paseo marítimo de las vías del tren. Se sentó en una de las sillas de plástico e inspiró hondo el aire caliente y húmedo. Empezaba a sentirse bien. Su vida había empezado a colapsar tres semanas atrás. Primero la habían despedido sin darle un motivo decente, tal vez la habría desconcertado menos si, su jefe, no hubiera sido uno de los amigos de toda la vida de Albert, su pareja. Había vuelto a casa, furiosa, deseando desahogarse y demandarle por despido improcedente. Le daba igual que fuese amigo de Albert, que pudiera encontrárselo en cualquier reunión de amigos o que el mismísimo Albert se enfadase por denunciar a su amigo. Iba a hacerlo, iba a preparar tantos papeles como fuese necesario y recuperaría su puesto de trabajo, aunque eso la dejase en una posición incómoda ante el resto de sus compañeros. Había metido la llave en la cerradura y al abrir la puerta la risita de una mujer escapó del piso. Se había quedado inmóvil en el umbral intentado descubrir a quién pertenecía, si era de una conocida, si Albert le había dicho que iba a visitarle alguien. Estaba en blanco, estaba bloqueada. La mujer volvió a reír y eso, de algún modo, le dio valor para entrar cerrando la puerta sin hacer ruido. El segundo golpe de aquel día lo había recibido al llegar a la puerta abierta del salón de casa. Albert estaba desnudo en el sofá con una mujer, también desnuda, que no había visto antes. Ella reía mientras los labios de él paseaban por su espalda blanca y huesuda. Laia había querido gritarles, pero lo único que hizo fue lanzar un sollozo agónico que desencadenó un «cariño, puedo explicártelo». Si podía o no, le daba igual, no quería escuchar nada. Furiosa, se había metido en la habitación que compartían desde hacía diez años, recogido lo que le parecía más importante jurando que volvería a por el resto y había salido dando un portazo. Sin trabajo y con un novio infiel, Laia sentía que ya nada podía ir a peor, que había caído al punto más bajo. Pero se equivocaba. Aquella primera noche la había pasado en un hotelucho de mala muerte en uno de los barrios menos recomendables de la ciudad. Llorando, lamentándose, preguntándose qué debía de haber hecho mal para acabar de aquella manera, en qué momento se había equivocado y cómo podría haberlo evitado. No había encontrado respuesta, sólo tristeza y una sensación de autodesprecio preocupante. Por la mañana se había montado en el metro, viajando en la dirección contraria a la que tomaba para ir al trabajo que ya no tenía, con rumbo a casa de su madre en un pueblo aledaño a la ciudad. Habían discutido tiempo atrás, pero Laia estaba dispuesta a arrastrarse y volver con el rabo entre las patas, no sabía a quién más recurrir. Y llegó el tercer golpe, porque las desgracias, al parecer, siempre van de tres en tres. Había tocado el timbre y su poca esperanza se estampó contra la puerta de la portería. Su madre, a través del telefonillo le había dicho que podía irse por donde había venido. Que ya le había advertido cuando decidió irse con Albert que, si se marchaba, sería para siempre. Que ya no tenía ninguna hija. Que para ella había muerto en el momento en que cerró la puerta. Sin trabajo. Sin pareja. Sin familia. Laia tenía el recuerdo medio borroso de haberse sentado en el peldaño de la portería a esperar un milagro que no se produjo. Su madre no había cambiado de opinión, no volvió a responder al timbre ni salió de casa para nada. Derrotada, agotada y desesperada había intentado pensar en alguien a quien pudiese recurrir, pero no había nadie. El tiempo con Albert había sido bonito, sin embargo, ahora se daba cuenta de que la había ido alejando progresivamente de sus amigos, que estaba aislada, que estaba sola. En aquel momento oscuro había intentado vislumbrar una salida, pero no lograba hallarla. Se había levantado del suelo, sintiéndose patética y había regresado al hotelucho. El recuerdo de los siguientes días era impreciso y deforme, como si el tiempo hubiese avanzado y retrocedido de manera caprichosa queriendo robarle la coherencia a lo que le rodeaba. Y entonces, en un momento de insomnio había puesto la televisión, la cadena autonómica emitía un programa viejo sobre el modernismo. El reconocimiento del edificio la había golpeado, allí había sido feliz, cuando estaba allí los días eran hermosos y coloridos. Los días largos en el pequeño campin, las horas infinitas en la playa, las noches contando historias de miedo junto al mar... En ese momento supo que, regresar al lugar en el que había sido tan feliz, podría ayudarla a recuperar su vida. Empujada por una necesidad irrefrenable había dedicado los siguientes días a arreglar papeles, encontrar un abogado que pudiera determinar si podía lograr una compensación por despido improcedente y a prepararse para el pequeño viaje. La reserva en la pensión, su escaso equipaje y un billete de tren, no necesitaba nada más. Laia se secó la lágrima que le rodaba por la mejilla. No estaba en su mejor momento, no sabía cuándo se recuperaría, pero estaba en el buen camino. Allí se curaría, sin prisa y sin presión. El sonido familiar del tren sobre las vías la acarició, en aquel paraje no la molestaba, era parte del escenario idílico y cálido de su memoria. Se preguntó si aún viviría alguno de sus viejos amigos por allí, hacía tanto que no sabía nada de nadie... Esperaba que sí. Le encantaría poder reconocer a alguien, entablar una conversación absurda sobre cuánto se ha cambiado y descubrir qué había sido de la vida del otro. Quedándose encerrada no iba a solucionar nada. Laia se levantó de la silla para volver al interior de la habitación, se daría una buena ducha, se pondría ropa cómoda y saldría a comer algo y dar un paseo.2
16 de enero de 2026, 12:18