Amor de verano

Femslash
PG-13
En progreso
5
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planificada Mini, escritos 43 páginas, 15.533 palabras, 15 capítulos
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Con un cómodo vestido de verano azul, Laia, dejó la pensión. Se había recogido el pelo húmedo en una trenza floja y atrapado el flequillo con un par de horquillas para mantenerlo alejado de la cara. El suave bullicio de las calles calmó sus nervios. El ritmo era totalmente diferente al de la ciudad, la gente charlaba sin prisas, sin risas histéricas tras las que escondían el próximo ataque de nervios. Un lugar diferente y tranquilo en el que empezar una vida nueva que esperaba fuese mucho más plácida. Pensó en qué lugar quería estar primero y lo tuvo claro. Había una pequeña iglesia tras ella se escondía un parque en el que, a menudo, se reunían los jóvenes del campin con los del pueblo, entremezclando los dos mundos y disfrutando del tiempo en grupo. A su lado, antiguamente, había también una cooperativa a la que acompañaba a su abuela a hacer la compra los sábados. Le encantaba aquel rincón del mundo. Subió la suave cuesta comprobando que su restaurante preferido aún estaba abierto, con sus imponentes puertas de maderas, ya sabía dónde cenaría aquella noche. Se detuvo un instante en la plazoleta, la droguería de la esquina y el bar seguían allí también y subió los escalones de piedra para admirar la entrada de la iglesia. —He vuelto —susurró y rió a solas en aquel espacio. El sentimiento de estar en casa se extendió por todo su cuerpo como una caricia. Empujó la puerta, pero estaba cerrada. Había olvidado que entre semana nunca abría, volvería el sábado y se sentaría en uno de sus bancos de madera para reencontrarse con su bonito interior. Rodeó la iglesia por la izquierda y subió el único peldaño que había para acceder al parque y salvar el leve desnivel. Un tobogán nuevo, con su viva pintura roja, la saludó desde el centro. Los columpios eran los mismos, pintados de amarillo y azul. No había niños. Tuvo que recordarse que el curso aún no había acabado, que era ella la que estaba fuera del transcurso normal del tiempo. Se sentó en uno de los columpios y se balanceó con suavidad, quedándose sobre la punta de los dedos unas veces sobre el talón las otras. La última vez que había estado allí había sido la noche antes de marcharse para no volver. Recordaba haber llorado amargamente con la que consideraba su mejor amiga, habían prometido mantener el contacto a pesar de saber que no lo lograrían. ¿Seguiría viviendo allí? Siempre decía que vivir en un pueblo a más de una hora en tren de la capital era aburrido, que algún día se mudaría a la ciudad. No, seguramente se habría marchado, si había alguien capaz de marcharse sin mirar atrás era ella. Continuó meciéndose con suavidad, con los ojos cerrados, disfrutando del sonido de las hojas agitadas por la brisa y el piar de los pájaros. En paz. En calma. El entrechocar de los eslabones de la cadena del columpio de al lado le hicieron abrir los ojos. Esperaba encontrarse a algún infante, sin embargo se topó con una mujer adulta como ella. Tenía el pelo largo y ondulado que caía como una cascada tapándole la cara, parecía agotada. —No se lo contaré a nadie si tú tampoco lo haces —susurró como si hubiera alguien más allí que pudiera oírla hablar. Contuvo las ganas de reír, su acompañante no lo hizo—. Lo siento, estoy teniendo un día de mierda y necesitaba volver a ser una cría sin preocupaciones un rato. —Te entiendo. —Ser adulta es un asco. Estaba de acuerdo, al menos, las preocupaciones infantiles eran más fáciles de gestionar y un helado acostumbraba a ser suficiente para solucionarlo todo. Añoraba la sencillez de la infancia. —Oye, ¿nos conocemos? —inquirió la mujer mirándola directamente por primera vez—. Tu cara me suena mucho. —Solía pasar los veranos y fines de semana aquí cuando era una cría —admitió Laia—. He venido a pasar unos días y... —Su compañera de columpio rió—. ¿Qué? —¿Va en serio? ¿Tanto he cambiado? Se sintió idiota oyéndola reír. —Admito que cuando me he sentado no tenía ni idea de quién eras, pero ha sido fácil reconocerte al hablar, Laia. —No puede ser, ¿Esther? —¡Sí! ¡Madre mía! ¡Han pasado siglos desde la última vez que nos vimos! Esther se levantó del columpio con jovialidad. Llevaba unos pantalones tejanos cortos y una camiseta de tirantes gruesos de color blanco, su larga melena se agitó. Arrastrada por su entusiasmo se levantó también recibiendo con gusto un abrazo fuerte y estrecho. —Te lo creas o no, estaba pensando en la última noche que pasamos aquí. —La noche del fin del mundo. Prometimos escribirnos caaada día. —Siento no haberlo hecho —susurró Laia. —Bueno, yo tampoco lo hice. Empatadas. Al parecer Esther conservaba aquel carácter amable, abierto y alegre. El mundo no había hecho mella en ella, seguía siendo la misma persona cálida y sin una pizca de rencor que recordaba. —Así que ¿de vacaciones? —No exactamente. Necesitaba un poco de... no lo sé. No quiero deprimirte con mis tonterías —musitó tratando de parecer fuerte y entera—. Te hacía en la ciudad, ¿decidiste quedarte? —Oh, bueno, no exactamente —soltó volviendo a sentarse en el columpio. Laia la imitó con curiosidad sincera—. A los diecinueve cogí mis trastos toda digna y me fui a la ciudad, tenía un montón de planes y tozudez. »Pensaba que allí encontraría mi lugar, que estaría bien, pero no. Ese ritmo es un horror. Siempre corriendo. Siempre agobiada. Apretujada en el metro, el tren, el autobús, el centro comercial... ¡Eso no es vida! Prefiero mi pueblo aburrido que morir de un infarto a los cincuenta. Laia soltó una carcajada. —Supongo que es cuestión de acostumbrarse, pero sí, es desquiciante vivir siempre corriendo. —No sé cómo lo soportáis. Esther volvió a levantarse del columpio dando un saltito como si a su lado estuviera la adolescente que había dejado atrás. —¿Vas a quedarte muchos días, Laia? —Quince. —Genial. Tengo que volver al trabajo. Si no tienes planes ¿te apetece que cenemos juntas esta noche? Así nos ponemos al día. —Sí, claro. ¿Dónde? La sonrisa casi infantil de Esther le calentó el corazón. —Nos vemos aquí a las nueve, sé puntual, ¿eh? Laia atinó a sonreír mientras la veía alejarse con sus pasitos alegres.
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