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Había poco que hacer en aquel pueblo minúsculo, por lo que, quedarse en el pabellón, rememorando aquellas tardes de verano y la amistad intensa que habían vivido les pareció la mejor idea. Aunque Esther ya le había explicado alguna cosa de cómo había acabado la pandilla profundizó un poco más en el tema. Laia hizo algún comentario aislado hasta que llegaron a la parte que de verdad le interesaba: Marcos. Marcos era un buen chico, soñador, divertido y amable, aunque bastante pegajoso. Laia le tenía un cariño especial porque, a pesar de sentir algo por ella, nunca había intentado saltarse los límites establecidos. Siempre le había apoyado sin dudarlo. Siempre estaba allí para ella. Esther le contó que había empezado a cambiar el último domingo que ella había estado allí, la noche del fin del mundo. Marcos no había querido despedirse de ella, eso le había dolido, pero no hizo nada por ir a buscarle y solucionarlo porque... bueno, porque era una cría y no era consciente de la importancia de algunas cosas. Marcos empezó a dejar de ir a clase, se apartó del grupo y empezó a frecuentar compañías poco recomendables. Iván había tratado, en vano, de hacerle entrar en razón, de convencerle de que no tirase su vida a la basura, sin embargo, Marcos, no quería escuchar a nadie como si ya no quedase nada que pudiera interesarle en el mundo. La espiral autodestructiva, que había engullido a Marcos, desembocó en una corta estancia en la cárcel por darle una paliza a un grupo de turistas junto a sus nuevos amiguitos. Sus padres habían tenido que vender el bar para poder hacerse cargo de los costes para que, al final, Marcos se esfumase sin dejar rastro. No podía creer que Esther estuviese hablando del mismo Marcos al que ella conocía y había querido tanto. Iván no había querido rendirse con su hermano, lo había intentado todo, sin éxito, hasta que no le quedó más remedio que aceptar que jamás le recuperaría. Ya no había contacto entre ellos, sólo un abismo infranqueable. Le dolió. La situación. La pérdida. La impotencia. El preguntarse si podría haber hecho algo por cambiarlo. A media tarde cambiaron el pabellón por una cafetería en la que merendaron hablando de algo menos dramático que la situación de Marcos. Laia se atrevió a preguntarle por sus planes de futuro y por si salía con alguien. Esther, con las mejillas pintadas de rojo, contestó que por el momento su vida estaba bien como estaba y que no, no salía con nadie, lo que no implicaba que no mantuviera la puerta abierta a una posible relación. Se sorprendió preguntándose a sí misma si esa puerta abierta la contemplaba a ella y no pudo evitar que la cara se le encendiera. ¿Le gustaba Esther más allá de la amistad? Se sumergió en la contemplación. La cara de Esther era como la de una muñeca, de rasgos dulces y amable, decorada casi siempre por una sonrisa sincera y encantadora. El pelo largo y ondulado, salvaje y rebelde, dándole aquel aspecto de haberse quedado atrapada en el tiempo. El tono dorado de su piel. Y entonces, sin previo aviso y a traición, llegó la realización. Fulminante y devastadora. Esther nunca había sido sólo su amiga. Se había obligado a encajar sus sentimientos en alguna parte del molde del que no tenía que salirse, etiquetando de amistad lo que no lo era. Por las chicas tienen novios, no novias. Esther miró la hora en el móvil, se levantó y le dijo que era hora de volver, que si no les sorprendería la noche. A pesar de ser un camino simple podrían tropezar y caerse en la oscuridad. Aún aturdida, Laia, aceptó. Enfilaron el camino de montaña y tomaron el desvío a la derecha para volver por la hípica tal y como habían planeado. El sendero describía una leve cuesta arriba hasta desembocar en la parte más alta de la montaña. Desde allí se veía el mar teñido de gris por las nubes de lluvia que se acumulaban, y varios pueblos; era un poco como estar en la cima de mundo. La primera gota de lluvia cayó en su hombro y se deslizó traviesa y fría por su espalda provocándole un escalofrío. —Ay, no, está lloviendo —musitó Laia agobiada. —Serán cuatro gotas —declaró señalando al mar con su densa coloración gris—. Mira, la tormenta está sobre el mar, el viento sopla hacia el mar. Detrás nuestro está casi despejado, encima tenemos cuatro nubes. No durará. Además, estamos en el punto más alto, estamos a salvo. Una parte de ella lo sabía, pero a la parte de ciudad la asustaba. —Nos refugiaremos bajo los pinos hasta que amaine si quieres. —¿Y si se desata una tormenta eléctrica? —No hay tormenta eléctrica, tranquila. La experiencia le decía que era imposible que pasase, los documentales de desastres naturales lo contrario. Decidió confiar en Esther ya que, al fin y al cabo, era de allí y conocía el tiempo de la zona. La precipitación ganó algo de fuerza, refugiada bajo uno de los pinos observó a Esther con los ojos cerrados y los brazos estirados dejando que la lluvia la mojase. Le pareció catártico y mágico. Empujada por una necesidad infantil la imitó, disfrutando de las gotas frescas sobre su piel y rió contagiando a Esther. Aquel iba a pasar a ser uno de los días más geniales de su vida. Se había divertido, había descubierto la historia tras Iván y Marcos. Se habían aclarado sus sentimientos de un modo imprevisto y desconcertante. Y estaba haciendo una chiquillada plantándose bajo la lluvia sin paraguas en lo alto de una montaña. Pero la salida perfecta tenía que llegar a su fin en algún momento. Bajaron en cuanto la lluvia cesó atentas a sus pies para no resbalar con el fango. Observaron a los caballos un rato y cenaron en el restaurante chino. Se pararon frente a la puerta de la casa de Esther para despedirse. Laia sólo tenía una cosa en la cabeza: besar a Esther.15
21 de febrero de 2026, 14:25