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Acomodadas bajo un pino, de cara a la cruz, descansaron un rato. El nudo en la garganta de Laia fue aflojándose y las ganas de llorar remitieron. Era la primera vez que se emocionaba tanto por ver una cruz de piedra. Laia no era católica, no creía en dios alguno, no la había emocionado su simbolismo religioso, sino el valor sentimental que tenía para ella porque allí había hecho muchas cosas y se había sentido libre. Sacó las cosas de la mochila para comer, se arrepintió de no haber llevado algo que les pudiera servir de mantel o para sentarse, aunque le consolaba que Esther tampoco hubiera pensado en ello. —¿Aún se acampa aquí? —Sólo lo permiten para el festival de música, les cobran un dineral y así parece que salvamos el espacio. En la ciudad también hacían eso en algunos parques que estaban muy transcurridos, cobraban entrada «para su mantenimiento» decían, aunque la realidad era que lo hacían para llenarse los bolsillos. —No es que me moleste, es que es absurdo —refunfuñó meciendo el sándwich—. Acampar durante el año daña el espacio, pero pagando durante el festival puedes plantar tu tienda cuatro días y lo estás preservando. —Es un negocio, no tiene por qué ser lógico ni coherente mientras les dé dinero. —Lo sé, pero me cabrea. El hecho de que a ella no le sorprendiese debía de ser preocupante, pero estaba tan acostumbrada a ello que pagar por cualquier cosa era algo cotidiano. —¿Se siguen organizando caminatas? —Sí, claro que sí. El club excursionista sigue activo, aunque ya no participo mucho. No me queda demasiado tiempo libre para dedicarle. —Puede que me apunte a alguna salida mientras sigo aquí. Esther lo celebró con una gran sonrisa. —Avísame e intentaré escaparme contigo. —Hecho. Pasaron algunas motos de motocross haciendo escándalo y levantando polvo. Casi había olvidado que aquel era uno de los lugares preferidos de aquella gente que, a pesar de tener un circuito para ellos más abajo, preferían el claro y los caminos para practicar. Aunque era extraño la reconfortó saber que nada había cambiado tanto como para volverse irreconocible. Esperaron un rato bajo la sombra de los pinos tras acabar de comer, porque el bochorno era muy intenso, y con el cielo bastante más nublado que cuando habían iniciado el ascenso, continuaron adelante por el sendero. No había ni un alma, algo poco sorprendente teniendo en cuenta la hora y que era entre semana, que la gente estaría trabajando y los niños en las actividades extraescolares. Era mejor así, porque para estar rodeada de gente ya estaba la ciudad. El estar solas también garantizaba que la conversación fuera más sencilla, sin interrupciones ni oídos indiscretos. Tras casi hora y media de caminata divisaron las primeras casas. Laia no recordaba mucho de aquel lugar, a parte del pabellón y la plazoleta con el madroño, por lo que entrar no le provocó ninguna emoción en especial. Se limitó a seguir a Esther, que le contó que hacía unos años había trabajado allí, mientras le enseñaba el pueblo. Tal vez era porque hacía mucho que no pasaba por allí y nunca había sido un lugar especial para ella, pero le pareció un pueblo especialmente pequeño. No podría vivir allí, una cosa era buscar paz y otra sentirse ahogada en un lugar minúsculo. El pabellón estaba exactamente igual, con el tejado pintado de un verde deslucido y las paredes blanca llenas de marcas de balonazos. Incluso el madroño parecía atrapado en el tiempo, cargado de frutas pequeñas y rojizas que estaban a punto de acabar de madurar. —Está abierto, ¿quieres que entremos? —¿Se puede? —Claro. —Rió Esther—. ¿Ya has olvidado que las puertas abiertas en un pueblo significan acceso libre? Sí, lo había olvidado. Sintió el calor extenderse por sus mejillas al ritmo que se ruborizaba. —Hace un par de años que no vengo, pero apuesto a que está igual. La siguió al interior. No había aire acondicionado, no debería de sorprenderle, pero lo hizo, las ventanas altas estaban todas abiertas en un intento bastante fútil de mantener el lugar fresco. Olía a pabellón de deportes, aquella mezcla de sudor, plástico, goma y spray mentolado para las lesiones. Las gradas aún tenían los mismos asientos de plástico blanco atornillados al cemento. La red que cubría los laterales parecía ser exactamente la misma de antaño y la pista, de múltiples rayas paras múltiples juegos, se veía igual de desgastada y maltratada. —¿Crees que son los mismos asientos? Esther siguió la dirección a la que apuntaba su dedo índice y se encogió de hombros. —Sólo hay un modo de saberlo —declaró rodeando la pista. Laia la siguió con una mezcla de aturdimiento y curiosidad, subió los peldaños de cemento tras ella y se movió con cuidado por el espacio entre las filas de asientos hasta el centro. Esther se sentó como si estuviera preparada para ver a los jugadores saltar al campo y a animarles. La mirada de Esther se clavó en la parte trasera de los asientos que tenía justo delante, pasó el dedo por uno y sonrió. —Podemos confirmar que son los mismos —soltó alegre, se movió un asiento a la izquierda y Laia le imitó—. Parece mentira que siga ahí. «Esther, Laia, Marcos, Laura, Clàudia, Júlia, Carles, Pau» Laia deslizó los dedos por los nombres que habían marcado con la ayuda de un imperdible y unas llaves en el respaldo del asiento cuando creían que el mundo era bueno y las amistades duraban para siempre; no los habían pillado de milagro y aquella travesura les hizo reír y alimentó sus conversaciones durante semanas. Una promesa de ser amigos para siempre, rota, porque cada uno había seguido un camino diferente y ahora sólo estaban Esther y ella, separadas por años de silencio que desearía borrar. —Cómo pasa el tiempo... —Es inevitable —pronunció Esther—. A lo mejor, con el tiempo, nuestros caminos vuelven a cruzarse. Quizás sí, por el momento se conformaba con que la vida le hubiera devuelto a Esther.14
8 de febrero de 2026, 9:59